agarciaribas@gmail.com

Alex y Patrick – Capítulo 11

Fotor010401156Cuando me despierto me duele la cabeza. Miro el reloj y horrorizada compruebo que son las nueve de la mañana. Will sigue durmiendo a mi lado. Preveo que va a ser un día muy largo.
 
Me froto la frente y recuerdo cómo acabó la noche. Mi reacción de anoche con Patrick no fue nada justa. Él ha estado a mi lado estos días y no me estaba diciendo nada que no fuera verdad. No me gusta oírlo y sigo pensando que es injusto que Will no pueda quedarse conmigo hasta que se formalice el papeleo y den el visto bueno a la adopción. Él simplemente me estaba preparando para lo que pasará hoy y en lugar de aceptar su consejo y darle las gracias por todo lo que ha hecho estos días, le aparto de mi lado porque no me dice lo que quiero oír. Genial comportamiento de niñata Alex. ¡Bien por mí!
 
Rápidamente voy hacia el salón con la esperanza de que se haya quedado durmiendo en el sofá, pero me desilusiono al ver que no es así. Tampoco veo su mochila así que habrá pasado la noche en su apartamento. 
 
Abatida me dirijo a la cafetera. No me puedo creer lo estúpida que he sido así que mientras espero a que se caliente, cojo el móvil decidida a pedirle disculpas a Patrick. El corazón me da un salto cuando veo que él se me ha adelantado.
 
“Me he ido a mi apartamento a cambiarme de ropa. Tengo que ir a entregar unos trabajos al colegio. Llegaré a tiempo para cuando lleguen los de asuntos sociales”
 
“Esta noche has llorado mucho y sé que en parte es culpa mía. No puedo vivir pensando que te he hecho daño así que espero que me perdones. Siento que las cosas sean tan injustas”
 
Pulso responder y me quedo en blanco. Este hombre me deja siempre sin palabras. Es como si no fuera a estar a la altura de lo que él dice. Por dios, soy periodista, vivo de lo que escribo, así que debería ser capaz de hacerlo.
 
“Siento mi reacción. Pagué contigo mi frustración y eres quien menos lo merece. Perdóname por favor”
 
Siento la tentación de acabar la frase con un “te quiero” pero me retengo. No quiero que salga corriendo, aunque es lo que siento. Le quiero. No lo puedo evitar. Estaba enamorada de él mucho antes de hablarle y saber cómo es. Estaba enamorada de su físico imponente, de sus ojos, de sus labios, de la imagen que había moldeado de él a mi gusto. Así que ahora que le conozco y sé lo maravilloso que es, sé que le quiero. De todos modos, creo que hago bien callándome ese sentimiento de momento. No quiero asustarle ya que para él sólo hace unos días que nos conocemos.
 
Después de tomarme el café, me doy una ducha y me pongo unos vaqueros y una camiseta. Me hago una coleta alta y me decido a enfrentarme a lo inevitable y empiezo a prepararle una maleta a Will con toda su ropa. También le meto unas cuantas fotos que he estado haciendo estos días y sus muñecos de Star Wars. 
 
Diez minutos después Will sale del dormitorio ya vestido. Veo que lleva la mochila del colegio y la deja en el sofá. Suena el timbre y respondo por el interfono temiéndome lo peor. Son ellos, vienen a llevárselo de mi lado. 
Will me mira y de repente ve su maleta al lado de la puerta. Veo su expresión y sé que su pequeña cabeza va a mil por hora. Pasa la vista de la maleta a mí y vuelve a la maleta. No entiende nada o no quiere creer lo que entiende.
 
– Will… tengo que explicarte una cosa. Debí habértelo dicho antes pero lo supe hace apenas dos días y con todo lo de ayer se me olvidó decírtelo.
 
Llaman a la puerta y abro muy a mi pesar. Entran una mujer de mediana edad y un hombre algo más mayor.
 
– Will, sabes que quiero que te quedes conmigo pero tenemos que rellenar todos los papeles y unos señores tienen que comprobar que puedes quedarte conmigo. También vendrán a verte y te preguntarán si realmente quieres vivir conmigo. Pero mientras todo eso pasa, tienes que irte.
 
Empieza a negar con la cabeza. Está muy asustado y nervioso. 
 
– No, no, no, no, no… No me quiero ir… – susurra sus primeras palabras en varias horas.
– Will…
 
Justo en ese momento, Patrick llega corriendo y se queda a un lado contemplando la escena.
 
– ¡Dijiste que podía quedarme contigo! ¡Me prometiste que estarías a mi lado y que cuidarías de mí!
 
Empiezo a llorar de la impotencia. Todo lo que dice es verdad. Yo le prometí todo eso y justo cuando más me necesita, cuando sólo han pasado 48 horas de la muerte de su madre, no voy a estar a su lado.  
 
– Will, no puedo hacer nada. Yo quiero que estés conmigo pero ahora no puede ser.
 
Se acerca a mí, me coge las manos y me dice:
 
– Me portaré bien… No te molestaré, te lo prometo… pero déjame quedarme… tengo miedo.
 
Las lágrimas me nublan la vista y no soy capaz de decir nada, sólo de abrazarle. Patrick aparece en escena entonces. Aparta a Will de mi lado, se agacha delante suyo y le dice:
 
– Will, Alex te está diciendo la verdad. No podemos hacer nada. Hasta que no tramitemos los papeles y vean que Alex es apta para adoptarte, no podrás vivir con ella. Iremos a verte, te lo prometo.
– Patrick, me lo prometiste, me dijiste que cuidarías siempre de Alex y de mí. Ahora veo que sólo quieres cuidar de Alex porque te gusta y yo te molesto.
– Lo sentimos pero tenemos que llevarnos al chico – dice la mujer.
– ¡No! – grita Will alejándose.
 
Entonces el hombre agarra a Will mientras éste intenta zafarse. Yo corro hacia ellos gritando:
 
– ¡Le vais a hacer daño! ¡Es sólo un niño que tiene miedo!
 
Pero antes de llegar, Patrick me detiene. Yo le miro asombrada. No entiendo por qué no me deja acercarme a Will. Busco la respuesta en sus ojos pero no me mira. La mujer le da a Patrick una tarjeta.
 
– Esta es la dirección de la casa de acogida. Pueden visitarle llamando antes a este número de teléfono.
– ¿Tenemos hasta que pedir cita para verle? – digo gritando.
– ¡Te odio Patrick! ¡Te odio! ¡Eres un mentiroso! ¿Sabes qué? Quiero quedarme con Alex pero a ti no te quiero ver nunca más en la vida. ¡No te quiero! – Will está enrojecido y fuera de sí.
 
Minutos más tarde el silencio reina en la estancia. Soy incapaz de moverme, aplastada por las duras palabras de un niño de seis años. Eran palabras llenas de miedo, pero sobretodo de ira. Me seco las lágrimas con el dorso de la mano y miro a Patrick. Tiene la cabeza agachada y los hombros caídos. Está tenso, tiene los puños cerrados. Nunca le había visto así.
 
– Patrick… – le digo acercándome pero entonces levanta la cabeza y veo como tiene los ojos bañados en lágrimas y la mandíbula apretada.
– Déjame… – deja la tarjeta encima de la barra de la cocina y sale de mi piso dando un portazo.
 
Me quedo paralizada por su reacción. Las palabras de Will le han afectado muchísimo… normal por otra parte, a mí me hubieran destrozado la vida.
Le llamo al móvil pero me salta el contestador, así que le dejo un mensaje en el buzón de voz. Minutos después le escribo un mensaje y al no recibir respuesta, le envío otro. Repito esa acción incontables veces durante toda la noche hasta que descubro que ya ha salido el sol de nuevo. 
 
Mis días de permiso se han acabado, así que tengo que ir a trabajar de nuevo. Arrastrándome llego a la ducha y dejo correr el agua por mi cuerpo. 
 
Sin saber cómo, me encuentro sentada en la sala de reuniones en la redacción recibiendo la faena para los próximos días. Afortunadamente aún estoy dentro de plazo para entregar los dos reportajes que me asignaron hace unos días y sólo me han dado uno más para entregar en dos semanas.
 
Sigo intentando localizar a Patrick sin éxito. Le dejo varios mensajes en el buzón y le escribo varios mensajes. Empiezo a estar preocupada y me planteo si debería ir a verle al colegio. ¡Dios mío! Cómo he pasado de compartir cama con él a plantearme el volver a acosarle para poder llegar a verle…
 
La jornada laboral acaba y la verdad es que no he sido nada productiva aunque ni siquiera he parado a comer. Me he quedado sentada en mi mesa, haciendo ver que escribía cuando en realidad estaba rellenando los papeles de la adopción de Will. Cuando los tuve todos rellenados, los metí en un sobre y llamé al asistente social para entregárselos en persona y me dio cita para la tarde. 
 
Varias horas después, ya tengo todos los papeles entregados. El asistente social me explicó que en unos días me llamarían para hacerme una entrevista personal en mi casa para evaluarme psicológicamente y de paso ver el entorno en el que viviría el niño. Me advirtió que es más habitual que den custodias a parejas que a personas solteras pero que no estaba todo perdido y que lucharía por ello. Antes de irme estoy tentada en preguntarle por Patrick ya que éste me dijo que se conocían, pero no quedaría demasiado bien.
 
Llego a casa agotada y sin ganas de hacer nada así que directamente me meto en la cama.
 
El siguiente día transcurre sin ninguna noticia de Patrick aún. Sigue sin contestar a mis llamadas y tampoco a mis mensajes y empiezo a plantearme seriamente el hacerle una visita en el colegio.
 
Cojo la tarjeta y llamo al número para advertir que esta tarde quiero ir a ver a Will. La verdad es que no me ponen ningún problema y eso me anima bastante. 
 
Más tarde, cuando llego a la dirección indicada, compruebo que es una casa enorme en Brooklyn. Llamo a la puerta y me abre una señora que muy amablemente me conduce hacia el interior.
 
– Usted debe ser Alex. Yo soy Alice. Esta es mi casa y me ocupo de todos los niños que viven en ella.
– Hola… ¿Dónde está Will?
– Tranquila. Está arriba en su habitación haciendo los deberes. Antes de avisarle prefiero que charlemos un poco. Seguro que tiene muchas preguntas que hacerme.
– Bueno… de hecho… no pretendo ofenderla pero esto es provisional hasta que me den la custodia de Will.
– Lo sé querida. Will es un chico con suerte de que haya alguien que le quiera tanto como para pedir su custodia. Ojalá todos los niños de esta casa tuvieran la mitad de su suerte… 
– ¿Cuántos niños viven en esta casa?
– Ahora mismo doce. 
 
Pasados unos segundos, me mira y me dice.
 
– Lo que quiero que entienda es que no todo es tan fácil como usted cree. Puede que los trámites vayan muy lentos… 
– Ya he entregado los papeles y esta semana me tienen que llamar para venir a ver mi apartamento y evaluarme psicológicamente. ¿Cuánto se puede retrasar eso?
– No pongo en duda que usted no sea apta para hacerse cargo de Will, pero hay hechos que se tienen muy en cuenta como la unidad familiar. Se suele dar prioridad a las parejas con o sin hijos y tengo entendido que usted es soltera y vive sola.
 
Gracias por recordármelo vieja bruja… Ains, mi vena de pandillera ha vuelto a salir. Bajo la cara y sin poder evitarlo mis ojos se humedecen de nuevo. ¡Menuda semanita llevo!
 
– Ese crío me cambió la vida. Sé que es difícil de entender, pero es así. Es como si le conociera de toda la vida y me siento con el deber de intentar devolverle toda la felicidad que me ha regalado. Estoy segura que no habrá nadie capaz de hacerle tan feliz como yo, ni siquiera dos personas juntas podrán quererle tanto como yo.
 
Con una sonrisa en los labios, la mujer me dice entonces.
 
– Estoy segura de ello. Gracias por tu sinceridad. Ven querida, te acompaño a la habitación de Will.
– ¿Qué era esto? ¿Una prueba?
– Más o menos. Les cojo mucho cariño a mis niños y quiero asegurarme que la persona que quiere adoptarlos o acogerlos es lo suficientemente buena para ellos – y cogiéndome de la mano añade – Tenía buenas referencias de usted y no se equivocaron.
 
¿Referencias? No entiendo nada… pero me da igual porque llegamos a la habitación de Will. Cuando abre la puerta, le veo sentado en un escritorio escribiendo con su pose habitual sacando la lengua. La mujer nos deja solos.
 
– Hola cariño…
– Ayer no viniste. Pensaba que te habías olvidado de mí.
– Sabes que eso es imposible. Ayer no vine porque fui a entregar los papeles para formalizar tu adopción. Ya falta menos.
– ¿En serio? ¿No es una mentira?
– ¡Claro que no! 
 
Y entonces corre a abrazarme. Echaba de menos tanto esto… Pasamos el resto de la tarde hablando como si nada hubiera cambiado. Le explico que le compraré una cama nueva y adecuaré la habitación que me sobra para él. Y le prometo que cuando salga, iremos juntos a comprar algunos libros y juguetes para ponerlos en sus nuevas estanterías. Está muy ilusionado hasta que le pregunto.
 
– ¿Y en el colegio qué tal? 
– Bien. Mis amigos ya sabían lo que le había pasado a mi mamá así que no he tenido que explicarlo y todos han jugado conmigo.
– Lo sé. Patrick se lo contó para que te ayudaran al volver.
– Le odio. No quiere que viva contigo. Quiere vivir él solo contigo. Estoy aquí por su culpa.
– Eso no es verdad Will. Estás aquí porque tiene que ser así. A mí también me costó entenderlo y en cierta manera también lo pagué con él y fui muy injusta. Habla con él Will porque lo que le dijiste le afectó muchísimo. Se marchó de mi casa y no he vuelto a saber de él desde entonces.
– Pues al cole tampoco ha venido…
 
¿Cómo? ¿Qué? Ahora ya empiezo a mosquearme de verdad.
 
– ¿Tampoco ha ido al colegio?
– No, ha venido una profesora sustituta que nos ha dicho que Patrick estará unos días sin venir. 
 
Se me cae el mundo a los pies. No sé nada de él y la opción de ir a verle al colegio tampoco es viable. ¿No habrá tenido un accidente? ¿Y si llamo a los hospitales?
 
Los días transcurren y mis dudas acerca de Patrick no hacen más que aumentar. Se me pasa por la cabeza todo lo que le puede haber pasado y estoy empezando a volverme loca. Todas las tardes antes de ir a ver a Will paso por el parque recordando los viejos tiempos para ver si le veo corriendo como antes, sin éxito. Parece haber desaparecido y no sé a quién preguntarle. Incluso le pregunté a mi hermano si podía investigar un poco.
 
– Hermanita, esto es lo último… ¿Me estás diciendo que tengo que poner una orden de busca y captura a tu novio? ¿Tanto le has asustado?
 
Al oír mi llanto se apiadó de mí y cambió el chip de “hermano cafre” a “hermano como dios manda” y me explicó de la manera más comprensiva posible que no podía hacer nada. Patrick era adulto y no había indicios de haber desaparecido, incluso debía haber avisado al colegio ya que habían puesto una sustituta. Vamos, que no había nada que él pudiera hacer… legalmente. Le quité de la cabeza que hiciera nada que fuera o pareciera ilegal.
 
Lo único que conseguía animarme era mi visita diaria a Will. Poco a poco empezaba a recuperar la sonrisa y sus ojos empezaban a brillar y casi volvían a tener la misma vitalidad que hacía unas semanas. 
 
El jueves recibí la llamada del asistente social diciéndome que esa misma tarde pasaría el inspector por mi casa para hacerme la evaluación. Aunque estaba muy nerviosa, creo que fue bien. Comprobó todo el piso, le enseñé que tenía una habitación para Will y me hizo varias preguntas bastante simples, la verdad. Y pensar que habría gente que no pasara ese tipo de test… 
 
El viernes cuando llego a la casa de acogida, le explico a Will que ya han venido a ver el apartamento y me han hecho un test.
 
– ¿Y has contestado bien? Mira que hay exámenes que son chungos, ¿eh?
– ¡Jajaja! Pues yo creo que sí… Oye… ¿Patrick sigue sin ir a clase?
– No, aún está la otra. ¿No has hablado con él aún? ¿Crees que es porque está muy enfadado por lo que le dije? Yo no quiero que por mi culpa…
– No es por tu culpa Will…
– Pero Patrick te gusta, ¿verdad? Cuando te lo pregunté me dijiste que no pero yo sé que me dijiste una mentira. Y a él le gustas un montonazo. ¡Si parece que se le cae la baba mirándote! Cuando me llevaste al cole por primera vez, antes de que vinieras a recogerme me hizo un montón de preguntas acerca de ti…
– ¿En serio?
– Sí, y cuando le pregunté si le gustabas, se puso tan nervioso como cuando te lo pregunté a ti y empezó a decir “eh… no… sólo pregunto…” – me responde imitándole rascándose la cabeza.
 
No puedo parar de reír porque ese gesto de rascarse la cabeza realmente es muy de Patrick. Madre mía cómo le echo de menos…
 
Llego a casa empapada por la lluvia, así que me doy una ducha y me hago una sopa calentita que acompaño con una botella de vino Al no recibir respuesta a mi vigésima llamada, decido escribirle un nuevo mensaje a Patrick.
 
“Hola Patrick… yo de nuevo. No sé porqué me empeño en escribirte pero necesito saber que estás bien. Llevo toda la semana viendo a Will cada tarde y me dice que sigues sin ir a clase. ¿Estás bien? Por favor, no hace falta que me digas nada más, sólo contéstame esa pregunta”.
 
Dos copas de vino después, escribo otro mensaje.
 
“Sí que me gustaría que me dijeras algo más, a quién quiero engañar. Me gustaría que me dijeras que soy lo mejor que te ha pasado en mucho tiempo o que me echas de menos porque llevas días sin verme y antes no podías estar siquiera unas horas separado de mí, porque eso es exactamente lo que yo siento. Te quiero, ala ya lo he dicho. Ahora ya tienes un motivo para huir de mí con motivos”.
 
Un segundo después de haber dado a la tecla de enviar, ya me estoy arrepintiendo. Debería existir una tecla para poder anular todo lo escrito y enviado en momento de delirio… ¡a saber la de broncas que nos ahorraríamos y la de parejas que seguirían juntas!
 
Decido enfrentarme a las consecuencias de mi inconsciente mensaje por la mañana, así que apago el móvil y me voy a la cama.
 
Ruido. Golpes. Oigo unos golpes. Me desvelo poco a poco y oigo unos golpes procedentes de algún lado, aún no sé exactamente de donde. Poco a poco voy recuperando la conciencia y entonces soy capaz de darme cuenta que los golpes proceden de la puerta. A trompicones llego al salón y a tientas soy capaz de encender la luz. 
 
– ¿Quién es?
– Yo
 
Esa voz consigue despertarme de golpe. ¡Es Patrick! Antes de abrir me miro en el espejo nerviosa y me peino un poco el pelo. Déjalo Alex, recién levantada no tienes remedio…
 
Cuando abro la puerta me quedo sin respiración. Ahí está él, totalmente empapado por la lluvia. El pelo le gotea y se lo está echando hacia atrás. La camiseta negra la tiene completamente enganchada al cuerpo marcándole todos los músculos como si de una segunda piel se tratara. Me fijo que en la mano lleva el móvil. No me mira y parece nervioso, aunque creo que no más que yo.
 
– Hola Patrick. No sabía que ibas a venir. Pasa si quieres, estás empapado – le digo echándome a un lado para que pase.
– ¿Me quieres? – dice sin moverse un milímetro de donde está y aún sin mirarme.
– ¿Cómo? Ah… por el mensaje dices… bueno, me tomé unas copas de vino y se me soltó la lengua…
– ¿Me quieres? – repite levantando poco a poco la cabeza hasta mirarme directamente a los ojos. Y estoy perdida sólo con mirarle, ya no puedo mentirle, estoy hipnotizada.
– Soy una bocazas… Entiendo perfectamente que te asustes o te largues o me llames loca, pero sí, te quiero, no lo puedo evitar, me tienes totalmente enamorada.
– No me voy a ir a ninguna parte, y no me asusto tan fácilmente. Loca, lo estás un rato, pero me encanta. 
 
Y automáticamente se abalanza sobre mí y empieza a besarme lentamente, con devoción, cogiéndome la cara con ambas manos. Nos metemos en casa y cierra la puerta con el pie.
 
– ¿Estás sola? ¿Esperas a alguien?
– Pues claro que estoy sola… y no, no espero a nadie.
 
Pero entonces veo como se da la vuelta, echa la llave y pone el pestillo. Coge su móvil y lo apaga también.
 
– Por si acaso, no quiero interrupciones.
– Estoy de acuerdo – digo mientras le sonrío.
 
Se acerca a mí lentamente, con ese caminar suyo tan sexy, sin dejar de mirarme a los ojos. Me acaricia los brazos y empieza a besarme el cuello lentamente subiendo hacia la oreja. Me muerde el lóbulo y no puedo evitar echar la cabeza hacia atrás. Sus manos bajan por mis brazos y se posan en mi cintura mientras sus labios se acercan de nuevo a los míos. Me muerde el labio inferior y lo estira hacia él para luego besármelo. Mientras hace eso sus manos cobran vida y suben por mi camiseta hacia mis pechos. Me roza los pezones con los pulgares y no puedo evitar soltar un gemido. Sus caricias son lentas, sin prisas, memorizando mi cuerpo a través de sus manos.
 
Una vocecita interior, sospechosamente parecida a la de Joey, me insta a aprovechar el momento y empiezo a subirle la camiseta para acabar quitándosela por la cabeza. Veo su torso musculado y no puedo evitar echarle una buena y larga repasada. Me encanta lo que veo… sus abdominales bien definidos y sus pecho sin rastro de pelo, musculado pero sin ser exagerado. Empiezo a acariciarle los abdominales mientras resigo un camino de besos alrededor de sus hombros y clavículas.
 
Sus manos se posan entonces en mi trasero y me aprieta las nalgas y las mías contraatacan bajando por las abdominales y cogiéndole de las presillas del pantalón. Mis dedos juegan por la cinturilla del pantalón y al final desabrochan el botón de los vaqueros. Lentamente y notando toda su erección, bajo la cremallera. Hecha la cabeza hacia atrás mientras suelta un pequeño gruñido. Y metiendo la mano por dentro del pantalón pero por fuera del boxer acaricio su erección. 
 
– Me vuelves loco…
 
Entonces le cojo de las manos y sin dejar de mirarle le conduzco hacia mi dormitorio. Nos quedamos delante de la cama y me agacho para quitarle las zapatillas y los calcetines y acabar de bajarle los pantalones. Subo por sus piernas dándole suaves besos hasta llegar al boxer. Sin bajárselo le doy besos por todo su miembro mientras le miro. 
 
Luego me incorporo y empiezo a desnudarme. Consciente de que no me quita ojo, me subo la camiseta lentamente hasta dejar mi torso desnudo. Él me mira con devoción y con mucho deseo. Me coge ambos pechos con las manos y pellizca mis pezones ya endurecidos de antes. Luego me quito los pantalones del pijama y me quedo sólo con el culotte negro. 
 
Nunca en la vida me hubiera imaginado haciendo esto, provocando a alguien de tal manera, haciendo una especie de striptease, pero Patrick consigue que me desinhiba, con él no siento vergüenza, es como si le conociera de toda la vida y lo hago porque quiero darle placer y por propia iniciativa.
 
Ahora que estamos en igualdad de condiciones, me agacho de nuevo y le bajo los calzoncillos Él posa sus manos en mi cabeza y me mira fijamente desde arriba. Veo deseo en sus ojos y cierto asombro. Me humedezco los labios y empiezo a darle besos por todo el miembro, empezando por la base y cuando llego al glande lo recubro con mis labios. Patrick me agarra del pelo instintivamente y tensa todos los músculos y aprieta los dientes echando la cabeza hacia atrás. Empiezo a acariciarle toda su erección con mis labios haciendo movimientos muy lentos de arriba abajo mientras mi lengua sigue jugando con la punta. 
 
Patrick suelta un gruñido, me separa de él bruscamente, me levanta y me coge en brazos sin ningún esfuerzo. Enredo mis brazos en su cuello y mis piernas en su cintura y nos miramos a los ojos.
 
– ¿Qué estás haciendo conmigo Alex?
 
Y sin esperar respuesta me atrapa entre su cuerpo y la pared. Se separa un poco de mí e introduce la punta de su pene dentro de mí. Se detiene al oír el sonido que sale de mi garganta y me mira a los ojos como asegurándose de que estoy bien y puede seguir adelante.
 
– Ni se te ocurra parar ahora – le digo.
 
Y automáticamente me embiste hasta el fondo. Mis manos agarran su pelo y él me las coge y las coloca contra la pared por encima de cabeza. Apretando los dientes me penetra una vez tras otra, hundiendo su cabeza en mi cuello. Oigo como resopla en mi oreja y ese sonido, el de su placer, me pone más cachonda si cabe. Posa una de sus manos en mi trasero mientras con la otra tortura uno de mis pezones. Me mete un dedo en la boca, lo chupo y humedece el pezón con mi propia saliva. Estoy al borde del abismo y caigo definitivamente cuando agarrándome por la nuca y sin dejar de penetrarme con un ritmo constante, me besa en la boca introduciendo su húmeda lengua. Exploto y las oleadas de placer contraen mi vagina alrededor de su miembro.
 
– ¿Tienes preservativos? – me pregunta jadeando.
– En el cajón de la mesilla.
 
Sin bajarme al suelo, con cuidado, me estira en la cama. Sale de mí y se acerca al cajón de la mesita. Cuando coge el preservativo, se lo quito de las manos y poniéndome de rodillas en el colchón, rasgo el envoltorio.
 
– Déjame a mí…
 
Me mira divertido y abre sus manos como diciéndome “soy todo tuyo”. Le pongo el preservativo lentamente, resiguiendo toda la longitud con mis dedos, resiguiendo el dibujo de sus venas, de la manera más provocadora posible… y viendo su cara, funciona. Entonces me estiro boca arriba, doblo las rodillas y con ayuda de mis manos separo mis piernas como ofreciéndome a él. Finalmente subo mis brazos como si tuviera las manos atadas con una cuerda al cabecero de la cama. Literalmente, me estoy ofreciendo a él para que haga conmigo lo que quiera. 
 
– Madre mía qué vistas tengo desde aquí arriba… – me dice con su sonrisa de medio lado.
 
Y se estira en la cama besándome cada centímetro de piel. Primero por los pies, subiendo por las piernas, luego por la cara interna de los muslos, haciéndome cosquillas con su barba de pocos días. Y entonces me separó los labios y me atrapó el clítoris con la boca. En ese momento creí morir de placer. Me estaba torturando y estaba a punto de volverme a correr pero él lo notó a tiempo y cambió su boca por su pene y me lo introdujo hasta el fondo. Apoyando sus brazos a cada lado de mi cara, quedando nuestras bocas a escasos centímetros la una de la otra, empezó a penetrarme lentamente pero muy al fondo. Nuestras respiraciones se volvieron entrecortadas a la vez y sin dejar de mirarnos a los ojos justo en el momento de llegar al orgasmo, me besó y nuestros jadeos se perdieron uno dentro del otro.
 
Poco rato después yacíamos acostados en la cama aún desnudos. Mi cabeza apoyada en su pecho, se mecía al compás de su respiración. Una mano acariciaba mi espalda y la otra estaba en su vientre con los dedos entrelazados con los míos. De vez en cuando me besaba el pelo cariñosamente.
 
Nuestras respiraciones se iban relajando cada vez más, y poco antes de cerrar los ojos oí unas palabras que estuvieron resonando en mi cabeza durante toda la noche y que dibujaron una sonrisa que hacía días que no asomaba por mi boca.
 
– Yo también te quiero.

Deja un Comentario