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Alex y Patrick – Capítulo 13

Fotor0108135120Salgo del coche y me encamino hacia la entrada de la casa. Me giro para decirle adiós con la mano. Él imita mi gesto y veo como arranca el coche y se va. Dios, ¡qué guapo es mi chico! ¡Y qué sexy estaba con sus Ray Ban, apoyado en el volante y mirándome! Bueno, vale ya que me pasaría así la vida.
 
Llamo a la puerta y enseguida me abre una chica de unos quince años. 
 
– ¡Hola soy Alex! Vengo a ver a Will.
– Claro, pasa, está en la cocina con mi madre – me dice muy amable.
 
¿Con su madre? ¿Esta chica es hija de Alice? ¿Y viven en esta casa? Ya salió mi vena cotilla… Cotilla no, es una motivación pura y dura informativa… soy periodista al fin y al cabo…
 
Llego a la cocina y me encuentro a Will subido en una silla y con un delantal puesto. Con un rodillo de madera está intentando dar forma a una masa que tiene extendida encima del mármol. Está tan concentrado, sacando la lengua de lado, que ni se ha percatado de mi presencia en el umbral de la puerta. Está manchado de harina hasta en el pelo.
 
– ¡Hola querida! – me dice Alice al verme.
– ¡Hola Alex! ¡Mira lo que estamos haciendo! ¡Son galletas! Bueno, serán galletas. Ahora es una masa que se me pega a las manos y se resiste a que la alise que no veas… – me dice intentando quitarse un pegote de masa de entre los dedos.
– ¡Hola Will! ¡Hola Alice! Ya veo ya… Espero que me dejéis probarlas cuando estén hechas, ¿eh?
– Te daremos para que te lleves a casa, ¿verdad Alice?
– Claro que sí. De aquí saldrán muchas galletas.
 
Alice ayuda un poco a Will a extender la masa y él sigue sus instrucciones atento con sus ojos mirándolo todo, como siempre hace. No puedo evitar mirarle atentamente y se me cae la baba.
 
– Te veo muy contenta hoy – me sorprende Alice con una sonrisa en los labios.
– Eh… bueno… pues no sé – ¿pero qué pasa? ¿Todo el mundo es capaz de leerme la mente o qué?
 
Alice explica a Will cómo hacer las formas a las galletas con los moldes y acto seguido prepara café y me sirve uno. Nos sentamos en la mesa de la cocina.
 
– ¿Cómo está Will hoy?
– Bien, muy bien. Es un chico fantástico. Muy hablador por cierto… y preguntón.
– ¡Sí! ¡Dímelo a mí! ¡Jajaja! Los primeros días se enfadaba conmigo porque no tenía respuesta a muchas de sus preguntas…
– ¡Menudo hombrecito está hecho! 
– Sí… Alice, ¿la chica que me ha abierto la puerta era su hija?
– Ajá. Megan, mi hija pequeña.
– ¿Y viven aquí todos?
– Bueno, es nuestra casa… – me contesta divertida – A mi marido y a mí nos encantan los niños, queríamos tener muchos, pero yo tuve un cáncer de útero… me lo extirparon, y con tratamiento me curé, pero ya no pude tener hijos. 
– Lo siento… Debió ser muy duro.
– Al principio fue muy duro pero tomamos la decisión de acoger niños, ayudarles a tener un sitio estable y acogedor donde estar mientras esperaban a ser adoptados, y fue la mejor decisión que pudimos tener. Todos los niños que han pasado por esta casa han ido formando parte de nuestra familia.
– ¿Y Megan entonces?
– Tenemos tres hijos adoptados y Megan es una de ellos. Los tres estuvieron con nosotros aquí pero nadie se decidió por adoptarlos, así que lo hicimos nosotros.
– Por eso me dijo aquella vez que ojalá todos los niños tuvieran la misma suerte que Will.
– Sí… 
– ¿Por qué no les adoptaban? A sus hijos me refiero.
– Bueno… el mayor de mis hijos llegó aquí con su hermano. Su madre era drogadicta y murió de una sobredosis. Su hermano mayor se escapó una noche dejándole aquí sólo. Él estaba convencido de que algún día regresaría a por él y por eso cada vez que una familia estaba interesada en adoptarle, él convertía su vida en una pesadilla para que lo devolvieran y así quedarse en mi casa. Le dijimos que le adoptábamos nosotros y así estaría aquí si su hermano volvía, aunque sabíamos que no volvería nunca y creo que en el fondo él también lo sabía.
– Qué triste… pero qué bonito por su parte…
 
Dando un trago de café prosiguió con su historia:
 
– La mediana llegó a casa después de que ella y sus padres sufrieran un accidente de coche. Sus padres murieron en el acto y ella no habló durante mucho tiempo. Algunas familias la quisieron adoptar pero desistieron al final ante la negativa de la niña a comunicarse, así que decidimos hacerlo nosotros. Pasados cinco años empezó a hablar como si nada hubiera pasado.
 
Se levantó a ver los progresos de Will, dándole unas últimas indicaciones y se volvió a sentar conmigo.
 
– Y a Megan ya la conoces. Llegó con diez años, muy mayor para que alguien quiera adoptarla…
– ¿Cómo?
– Querida, la gente que quiere adoptar, quiere bebés o niños pequeños, no pre-adolescentes…
– Menos mal que hay gente en el mundo como usted y su marido. Hacen una labor increíble. Cuando me dijeron que Will tendría que pasar aquí un tiempo, se me cayó el alma a los pies pero desde que sé que está con alguien como usted, sé que está en buenas manos. Entonces, ¿su marido y usted viven aquí con los doce niños más sus hijos?
– No, aquí vivimos mi marido Charlie, yo, Megan y los doce chicos. Will es el más pequeño de los doce que tenemos ahora. Mis hijos mayores ya no viven con nosotros, son adultos responsables – me dice con una sonrisa de orgullo en la cara.
 
Es una gran mujer, pienso mientras ayuda a Will a poner la masa ya con sus formas en una bandeja de horno.
 
– Mira Alex, van a salir galletas con forma de letra. Te daré muchas de tu letra, aunque tendrás que compartirlas con Alice y con Aaron, el chico de la habitación de al lado, ¿vale? También te daré alguna de las mías, las W, para que te acuerdes de mí, ¿vale?
– Me parece genial. Oye, ¿y me podré llevar alguna para Patrick? ¿Has hecho P?
 
Will arruga la nariz. Sigue enfadado con él, se nota.
 
– Sí he hecho, pero para él no hay.
– No estás siendo justo con Patrick, Will… Está muy afectado por lo que le dijiste cariño… Te quiere tanto como yo y siente mucho lo que ha pasado. 
 
Mis palabras parecen haber encendido algún interruptor en su cabeza. Me mira con cara de asombro y los ojos se le vuelven vidriosos. De repente salta de la silla y sale corriendo escaleras arriba.
 
– ¿He dicho algo malo? 
– No, me parece que al contrario…
 
Viendo mi cara de no entender nada, Alice me coge de la mano y me dice:
 
– Cariño, estos niños no están muy acostumbrados a que les digan que les quieren muy a menudo y tan abiertamente… por eso oírtelo decir ha sido algo que no se esperaba y supongo que se ha debido asustar. Dale tiempo. 
– Entiendo… supongo que voy algo perdida en tema niños… Usted parece conocerles y entenderles tan bien…
– Cada niño es un mundo, nunca te dejarán de sorprender, así que nadie se puede considerar un experto. Y en cuanto al tema Patrick… no te preocupes, se solucionará. 
– Espero…
– Te veo sufrir por ello.
– Verá… los dos se han convertido en poco tiempo en los hombres de mi vida y no me quiero ver en la encrucijada de tener que elegir entre uno de ellos, porque no podría… – y las lágrimas vuelven a brotar sin freno por mis mejillas. 
 
Es la primera vez que hablo abiertamente con alguien de mi relación con Patrick, y en lugar de hacerlo con una sonrisa en los labios, lo hago llorando a moco tendido. Alice me abraza consolándome y acto seguido me coge de la mano y me arrastra escaleras arriba hasta la habitación de Will.
 
– ¡Vamos a ver señorito! – dice abriendo la puerta de golpe.
 
Will está sentado en la cama con algo en las manos que rápidamente dobla y esconde en el bolsillo de atrás de su pantalón. Se seca las lágrimas con el dorso de la mano.
 
– Will, este enfado que tienes contra Patrick está haciendo sufrir mucho a Alex. ¿En serio es tan importante como para no poder perdonarle?
– ¿Estás triste porque me he enfadado con Patrick, Alex? 
– Pues la verdad Will, un poco. Yo quiero venir a verte pero… también quiero que veas a Patrick… Nos está ayudando mucho…
– ¿Os gustáis? – me pregunta Will.
– Sí cariño, nos gustamos y estamos intentando empezar algo, pero a la vez no queremos hacer nada que a ti te moleste o que afecte a tu proceso de adopción. ¿Sabes qué ha estado haciendo Patrick los días que no ha ido al colegio? – Él niega con la cabeza – Ha estado intentando agilizar los trámites de la adopción. ¿Te acuerdas de la entrevista que me hicieron el otro día? Pues me la hicieron tan pronto gracias a él. Quiere que estés conmigo lo antes posible, y si por ello debemos ocultar nuestra relación o incluso vernos menos, lo entiende.
– Yo no quiero que estéis tristes… si te gusta Patrick y a él le gustas, yo quiero que estéis juntos… no quiero que por mi culpa no os veáis… pero Patrick me dijo que no dejaría que nada malo me pasara y que me separaran de ti…
– Pues yo no veo que te haya mentido – le digo – Nada malo te ha pasado. Alice y Charlie son geniales y te están cuidando genial y nadie te ha separado de mi… vengo a verte todos los días los trámites de la adopción están en marcha.
 
Al cabo de un rato pensando mi respuesta se me abalanza a darme un gran abrazo. Ese es mi chico.
 
– ¿Me quieres? – me pregunta al oído exactamente con el mismo tono de asombro que me utilizó Patrick hace unas horas.
– ¡Claro que sí!
– ¿Y Patrick? Has dicho que Patrick me quería…
– Claro cariño. Si quieres puedes preguntárselo cuando quieras. 
– Venga, vamos abajo, las galletas deben estar listas – interviene Alice.
 
Una vez de vuelta en la cocina, Alice saca las galletas del horno. Han quedado preciosas y huelen de maravilla.
 
Se oye follón procedente de otra habitación y Will va a curiosear cogido de mi mano. Entramos en un salón grande donde hay una televisión, unos sofás y una mesa muy grande. En uno de los sillones está sentado un hombre y tres chicos adolescentes viendo un partido de fútbol americano. En la mesa hay dos chicas estudiando. 
 
– ¡Hola chicos! ¡Hola Charlie! – saluda Will – ¿Cómo van los Giants?
– Hola campeón – dice el hombre – Ganando gracias a un touch down de veinte yardas.
 
Miro la escena divertida. Esta casa parece el camarote de los Hermanos Marx. Es imposible encontrase solo en alguna habitación. 
 
– Hola, soy Charlie, el marido de Alice. Tú debes ser Alex – me dice levantándose y dándome un apretón de mano.
– ¡Hola! Sí, la misma.
– Encantado de conocerte al fin – y vuelve a sentarse en el sillón.
¿Al fin? Bueno, parece que Will ha estado hablando de mí. Miro el reloj y compruebo que va siendo hora de avisar a Patrick para que me recoja así que le envío un mensaje.
 
“¡Hola! ¿Me pasas a recoger?”
 
“¡Claro! Dame media hora. Acabo de ducharme y me estoy vistiendo. En un rato salgo”
 
“Espero que no te hayas cansado demasiado corriendo…”
 
“Por ti, saco fuerzas donde no las hay, no te preocupes”
 
No puedo evitar sonreír. Me tiene loca… 
 
– Te gusta mucho… 
 
¡Madre mía! Will me está observando con una sonrisa en los labios. Este es mi Will de siempre. ¿Cómo sabe que estaba hablando con Patrick? ¿Tanto se me ve en la cara?
 
– Va a venir a buscarme en media hora más o menos.
– Vale, entonces tenemos media hora más para jugar. 
 
Jugamos el jardín de atrás. Hay un columpio, una canasta de baloncesto, una portería de futbol, bicicletas de todos los tamaños y balones esparcidos por todo el césped. 
 
“Hola preciosa”
 
¿Ya ha pasado media hora? Se me ha pasado el tiempo volando jugando con Will a todo lo que se le pasaba por la cabeza. Definitivamente hay más juguetes en esta casa de los que Will ha tenido jamás en toda su vida.
 
“Ahora salgo”
 
– Will, Patrick ha venido a recogerme… me tengo que ir. Pero mañana vuelvo, ¿vale?
 
Entramos en la casa, paso por el salón a despedirme de Charlie y los demás chicos y antes de salir por la puerta, voy a la cocina a decirle adiós a Alice. Está haciendo la cena para su regimiento.
 
Abro la puerta y antes de salir me agacho para darle un beso a Will. Le veo con una foto doblada en las manos y compruebo que es lo que se ha metido antes en el bolsillo del pantalón cuando hemos entrado en su habitación. Will me devuelve el beso pero no me mira a mí, mira por encima de mi hombro. Me giro siguiendo la mirada de Will y veo a Patrick apoyado en su coche aparcado delante de la casa. Nos saluda con la mano. Yo le devuelvo el saludo y miro a Will. Está indeciso, se le ve en la cara. Alice se acerca, se agacha y le dice:
 
– Cariño, si quieres dárselo, dáselo. No dejes que el rencor o la vergüenza te impidan hacer nada en esta vida.
 
Yo los miro sin entender nada. ¿Alice sabe qué lleva Will en las manos? 
 
Sin pensárselo dos veces, sale disparado hacia Patrick. Este se agacha y cuando llega a su altura le abraza. ¡Por dios qué imagen más bonita! Luego Will le enseña la foto a Patrick y le explica algo. Lo que daría por estar allí con ellos y enterarme de lo que le dice. Miro a Alice y juraría que tiene la misma cara de alegría y orgullo que tengo yo. Este Will es un gran chico. 
 
Siguen hablando durante un rato. La vista de Patrick va de la foto a Will, escuchándole atentamente. Al final se abrazan y veo a Patrick cerrar los ojos y abrazar a Will con mucho sentimiento. Cuando se separan, Patrick le habla y Will asiente a todo lo que dice. Luego el crío vuelve hacia la casa con la sonrisa más grande que le he visto nunca y corriendo entra en la casa. 
 
Sin saber muy bien qué hacer, me giro a Alice, le digo adiós con la mano y ella me devuelve el gesto y se despide hasta mañana. Luego se gira a Patrick y le dice adiós con la mano a él también. Patrick esboza una sonrisa y me espera apoyado en el coche.
 
El camino de vuelta a mi casa lo hacemos en silencio. No sé muy bien qué ha pasado entre ellos dos, algo bueno seguro a juzgar por la cara de Will, aunque no estoy tan segura viendo la cara de Patrick. Lleva callado y pensativo desde que ha arrancado el coche y aunque le miro de reojo, no me atrevo a preguntarle nada. Lucho contra una fuerza sobrehumana que me incita a echar el freno de mano y obligarle a contarme lo que ha pasado.
 
Subimos a casa y mientras yo me pongo algo más cómodo y me hago una coleta, él coge una botella de cerveza de la nevera. No es que yo beba mucha cerveza pero desde que Patrick pasa aquí bastante tiempo, procuro tener algunas frescas siempre. Después de diez minutos en los que mi cabreo ha ido en aumento hasta límites casi insalvables, le digo:
 
– No es por nada pero, ¿tienes intención de explicarme qué ha pasado? Llevas con cara seria desde que hemos salido…
 
Da un trago, se gira hacia mí y sin decirme nada saca del bolsillo del pantalón la foto que le dio Will. Cuando la abro descubro que es una de las que le puse en la maleta cuando se tuvo que ir a la casa de acogida. En ella salen Will y Patrick en el parque jugando al fútbol. Patrick está agarrando a Will por detrás mientras el crío sostiene el balón y se están cayendo al suelo. Los dos salen sonriendo y guapísimos.
 
– Es una foto preciosa.
– Dale la vuelta – me dice Patrick.
 
Cuando le doy la vuelta, veo la letra de Will y cuando lo leo me quedo petrificada.
 
“Mi papá y yo”
 
– Me ha dicho que él nunca conoció a su padre pero que en sus sueños se parece a mí. 
– Pero eso es precioso Patrick…
– Lo sé. Pero estoy asustado por lo que siento ahora mismo… Mi vida ha dado un giro de 180 grados en cuestión de días y tengo miedo de cagarla. No quiero haceros dañó a ti o a Will, no quiero decepcionaros. No sé si voy a saber sobrellevar toda esa responsabilidad.
 
Su cara muestra realmente la preocupación que demuestran sus palabras. Me acerco y le abrazo cogiéndole por la cintura y apoyando mi cabeza en su pecho.
 
– Lo creas o no, esos sentimientos me suenan. No sólo es tu vida la que ha cambiado radicalmente, la mía también, pero ha sido para mejor. Y respecto a lo de Will, pase lo que pase, no estarás sólo.

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