agarciaribas@gmail.com

Alex y Patrick – Capítulo 16

Fotor012192430– ¿En serio te pensabas que prefería ir a ver a veintidós tíos darse de hostias a estar contigo? – me dice aún desde el rellano.
– Bueno, pensaba que era una especie de salidas de tíos o algo por el estilo…
– No pienso salir por ahí con ningún tío antes que contigo. Te lo debo, te lo mereces y pienso hacer de esta primera cita nuestra la mejor que hayas tenido en tu vida. Así que cámbiate porque nos vamos.
– Pero… Joey y Will te estarán esperando, ¿no?
– No te preocupes, Joey y Will saben que van a ir solos al partido. 
– ¿Lo teníais todo planeado?
– Ajá… Y además, que sepas que no tenemos toque de queda. Joey se ha ofrecido a llevar a Will a casa de Alice luego.
– Estoy alucinada. ¿Todo esto lo has montado por mí?
 
Me sonríe y abre los brazos.
 
– Pues claro. Eres mi chica, ¿no?
– ¿Lo soy?
 
Y acercándose a mí lentamente, con sus andares de seductor, agachando la cabeza y levantando la vista hacia mí, me agarra por la cintura y me susurra en el oído.
 
– Eres todo para mí. 
 
Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo y cerré los ojos… sólo durante dos segundos porque Patrick me dio un cachete en el culo y añadió.
 
– Pero si no te vistes ahora mismo, llamo a tu hermano y le digo que me guarde un asiento.
– ¡Ni hablar! – Y acercándome a su oído añado – Esta noche eres todo mío.
 
Yo también sé como causarle escalofríos y ponérsela dura si hace falta… ¡qué se piensa! ¡Aquí o jugamos todos o ninguno!
 
Rápidamente me dirijo al dormitorio y abro el armario de par en par. Pongo mi súper poder de Robocop a trabajar y una a una analizo todas las posibilidades en décimas de segundo. Al final me decido por unos vaqueros negros pitillo, una blusa verde y una americana ajustada negra. Opto por mis botas de tacón negras como calzado. Entro en el baño, me recojo el pelo en una cola alta, dejando mi cuello al descubierto a propósito. Me maquillo levemente sólo para darme algo de color a las mejillas, ya que con el sofoco que llevo encima no me hace falta mucho más. Echo un último vistazo global a mi aspecto y me convence, arreglada pero informal.
 
Cuando salgo al salón, Patrick está sentado en uno de los brazos del sofá, ojeando uno de los cómics de Will. Si no fuera porque tengo muchas ganas de salir con él y pasear cogida de su mano, le tiraría al sofá de un empujón, le quitaría esas gafas que le dan ese aire de bohemio intelectual que me pone tanto y le quitaría la camisa de un tirón arrancándole los botones. Pero no, quiero que me saque por ahí, que me lleve a cenar o donde sea, quiero tener mi cita.
 
– Ya estoy – digo tratando de llamar su atención ya que sigue absorto en el dichoso cómic el muy friky.
 
Levanta la vista hacia mí dejando el cómic en el sofá y poniéndose de pie. Dada su reacción, creo que le gusta lo que ve… boca abierta y mirada fija en mí repasándome de arriba a abajo.
 
– Estoy por cancelar la cita… ¿nos quedamos aquí?
– ¡Eso ni pensarlo! Quiero mi cita contigo. 
– De acuerdo, nos vamos entonces.
– ¿Y dónde me llevas?
– Buen intento, pero tendrás que esperar para saberlo.
 
Bajamos y nos metemos en su coche. No puedo borrar la sonrisa de mis labios mientras veo como nos dirigimos al centro. Ya son cerca de las siete y media y empieza a oscurecer. Le observo y alucino al comprobar que hasta lo más cotidiano como conducir lo convierte en algo realmente sexy. Y lo mejor de todo es que él no es consciente de ello, le sale de forma natural.
Me he quedado tan embobada mirándole que no me he dado cuenta que hemos entrado en un parking. Sale del coche, abre el maletero, coge una mochila y corre a abrirme la puerta y me ofrece su mano como un caballero para ayudarme a salir.
 
– Señora – dice besándome la mano – Primera parada de su cita.
– ¿Dónde vamos?
– Dame cinco minutos y lo averiguarás.
 
Me coge de la mano, salimos del parking y me doy cuenta que estamos en Central Park West. Patrick saca el móvil y busca un número en la agenda.
 
– Hola, sí, estamos llegando… Vale, en dos minutos estamos allí.
 
Cuelga y me mira con una sonrisa de pícaro en los labios. Estoy nerviosa, no lo puedo evitar. Él también lo está, se le nota. Me aprieta la mano y me doy cuenta que es la primera vez que vamos cogidos así por la calle. Entonces llegamos a la entrada del Museo de Historia. Hay un chico esperándonos en una puerta lateral que es sólo para empleados.
 
– Hola Chris. 
– Hola Patrick.
– Ella es Alex. Alex, él es mi amigo Chris. Trabaja en el museo desde hace muchos años y es el responsable de las exposiciones itinerantes. También es quien me da entradas de vez en cuando.
– Encantada Chris.
– Igualmente. Bueno tío, toma las llaves, ya me las devuelves el lunes. Y pasadlo bien.
– Gracias, te debo una.
 
Entramos en el museo que está casi a oscuras. Por suerte Patrick se lo conoce como si fuera su segunda casa.
 
– ¿Qué hacemos aquí? ¿Está ya cerrado al público verdad?
– Claro. Estamos sólo nosotros y supongo que los guardas de seguridad, pero están advertidos de nuestra presencia.
 
Me conduce por varios pasillos hasta llegar al planetario, al que entramos por una puerta lateral y nos encierra dentro. Me dirige al centro de la sala, todas las sillas están en círculo a nuestro alrededor. Abre la mochila y saca una manta que estira en el suelo y va hacia los cuadros de mandos y toca varios botones. Coge una especie de mando a distancia y vuelve a mi lado.
 
– ¿Preparada? Ven – dice cogiéndome de la mano de nuevo – Estírate a mi lado.
 
Nos estiramos encima de la manta y aprieta un botón del mando a distancia. De repente la imagen de un cielo oscuro lleno de estrellas aparece en el techo. Aprieta otro botón y empieza a sonar música. Es “With or without you” de U2.
 
– Qué bonito… – digo llevándome una mano a la boca – Patrick esto es precioso…
– ¿Te gusta? Me dijiste que una de las maneras de conquistarte era llevarte a ver las estrellas… Aquí en la ciudad es complicado así que pensé en traerte aquí.
 
Me giro hacia él y me acurruco a su lado, apoyando la cabeza en su pecho.
 
– ¿Qué estamos viendo exactamente?
 
Y empieza a explicarme una por una cada constelación mientras yo embelesada escucho cada una de sus palabras. Llega un momento en que dejo de mirar al techo para mirarle a él. Y cuando ya no puedo resistirme más, le beso en los labios cortando su explicación. Es un beso tierno al principio pero una vez que me agarra por la nuca y su otra mano desciende por mi espalda, la cosa va subiendo de temperatura.
 
– Gracias por todo esto – consigo decir.
– Gracias a ti por dejarme compartirlo contigo. Pero la cosa no acaba aquí…
 
La canción ha cambiado, ahora es “Losing my religión” de REM. Vuelve a besarme apasionadamente, metiéndome la mano por debajo de la blusa y desabrochándome el sujetador con una facilidad pasmosa. Me incorporo a horcajadas encima suyo y sin importarme si pudiera entrar alguien empiezo a desabrocharle la camisa poco a poco. Él se incorpora y quedamos sentados uno delante del otro con las piernas entrelazadas. Nos miramos a los ojos mientras sigo desabrochándole los últimos botones de su camisa. Él apoya sus manos en el suelo detrás de la espalda y se deja hacer. Mira hacia mis manos mientras desabrocho el último botón y desnudo sus hombros. Paseo uno de mis dedos por su pecho bajando por sus abdominales y recreándome en cada uno de ellos. Acto seguido empiezo lentamente a desabrocharme la blusa. Oigo como su respiración se vuelve más intensa y sus ojos se oscurecen. Me saco la camisa y acabo de quitarme el sujetador. Patrick se incorpora hasta quedarse a escasos centímetros de mí. Su boca de dirige a uno de mis pezones mientras sus manos en mi espalda me aprietan con él. Su lengua juega a rodear mi pezón mientras sus labios lo succionan. Mis manos se enredan en su pelo mientras me agarra del pelo echándome la cabeza hacia atrás. Sus besos, sus caricias y la música sonando en mi cabeza… Ya no puedo controlar mis jadeos y estoy completamente mojada.
 
Las notas de “I don’t want to miss a thing” de Aerosmith empiezan a envolver toda la sala cuando delicadamente me tumba boca arriba encima de la manta y empieza a besarme. Mis labios están ya hinchados cuando empieza un camino descendente pasando por mis pechos. Cuando llega al estómago no puedo reprimir un fuerte jadeo. Mientras su lengua juega con mi ombligo sus manos me desabrochan el vaquero y empieza a bajármelo poco a poco, besando cada centímetro de mi piel. Cuando me lo ha quitado del todo el reguero de besos vuelve hacia arriba hasta llegar a mis muslos. Separa mis piernas y hunde su cara en mi entrepierna. Encojo mis rodillas en un acto reflejo y él me baja las bragas con la mirada más provocadora que me han puesto nunca. Se las mete en el bolsillo de atrás del pantalón.
 
– No quiero que las perdamos que mañana vendrá gente y alguno podría llevarse un souvenir inesperado.
 
Levanta una ceja y me mira con su sonrisa de medio lado mientras acerca su boca a mi pubis. Puedo sentir su aliento cuando me separa los labios y su lengua me acaricia. Estoy al borde del éxtasis y cuando me mordisquea suavemente el clítoris, convulsiono y llego al orgasmo. La cabeza me da vueltas y las oleadas de placer me sacuden de pies a cabeza.
 
Acto seguido veo que se pone de rodillas, se desabrocha el pantalón y los calzoncillos y se pone un preservativo que saca del bolsillo del pantalón.
 
Se estira encima de mí aguantando su peso en los antebrazos. Aún no me ha penetrado y me mira expectante. Yo sigo recuperándome del fantástico orgasmo que acaba de regalarme cuando oigo que la canción que suena ahora es “Don’t cry” de Guns ‘n Roses. 
 
– Eres preciosa… – dice sin dejar de mirarme.
 
Le sonrío y sigo sin poder articular palabra. Acaricio su cara repasando sus labios con mis pulgares. Luego le agarro por el trasero y le atraigo hacia mí y me penetra lentamente. Cierra los ojos y un jadeo sale de su boca y lo acojo acercando mis labios a su boca. El ritmo de sus embestidas es lento pero me penetra hasta el fondo. Mis uñas se clavan en su trasero y su ritmo se vuelve más rápido. Acerca su boca a mi oreja y me muerde el lóbulo.
 
– Patrick… – consigo articular no sin esfuerzo.
 
Y vuelvo a sucumbir a otro orgasmo devastador. Sólo en ese momento, Patrick se deja ir y hunde su cabeza en mi cuello. Sigue aguantando el peso en sus antebrazos así que sale de mi y se estira boca arriba para recuperar algo el aliento.
 
Apoyo mi cabeza en su pecho y echo un vistazo al techo. Nunca había hecho el amor a la luz de las estrellas y con música de fondo, música preciosa por cierto.
 
– Ha sido increíble Patrick. Y no hablo sólo del sexo… las estrellas, la música… ¿esta música viene de serie con el planetario?
– No, la música la he traído yo…
– ¿En serio? ¡Qué romántico!
– Busqué en Google “música para conseguir tirarse a una tía” y me salieron todas éstas.
– ¡Serás tonto! – digo dándole un pequeño golpe en el pecho.
 
Nos quedamos mirando las estrellas un rato más hasta que Patrick me pregunta:
 
– ¿Tienes hambre?
– Pues ahora que lo dices…
– Pues vamos, que tengo reserva en un sitio que te encantará.
– ¿Me devuelves mis bragas? – le digo mientras se pone los pantalones
– Puede… – dice enseñándomelas.
 
A éste le va la marcha… Me acerco a él y le doy un beso mientras una de mis manos se dirige a la entrepierna.
 
– Vale, vale… toma.
 
Quince minutos después estamos ya en el parking, después de haber recogido y dejado todo impecable. Me acurruco en el asiento del coche mientras miro por la ventana y veo las luces de la ciudad. Nueva York de noche es una pasada, estresante porque nunca duerme, pero preciosa al fin y al cabo.
 
Nos dirigimos hacia el sur desde Central Park y nos adentramos en las calles del Greenwich Village, mi barrio favorito de toda la ciudad.
 
– Me encanta este barrio. Es como vivir en un pequeño pueblo dentro de la vorágine de la ciudad.
– Me alegro de que te guste.
 
Aparcamos en una pequeña calle y saca un pañuelo negro. 
 
– Ven que te ponga esto. Te voy a vendar los ojos, ¿vale? Confía en mí.
– Vale, confío en ti.
 
Me venda los ojos y me ayuda a salir del coche. Caminamos unos pocos pasos y oigo unas llaves. Subimos unos pocos escalones y oigo una puerta abrirse. Entramos y me dirige con cuidado hasta volver a salir al exterior. Noto una fina brisa en mi piel.
 
– Vale, quédate aquí un momento, ahora vengo. No te destapes los ojos aún, ¿vale?
 
Estoy algo nerviosa. Sé que vamos a cenar, pero no sé donde estamos.
 
– De acuerdo. ¿Preparada? Te voy a quitar el pañuelo de los ojos.
 
Y cuando me destapa los ojos, veo que estamos en un pequeño jardín iluminado por completo por tenues lucecitas blancas colgadas a ambos extremos del jardín. Sin poderlo evitar paseo mi vista de un lado a otro boquiabierta. Estamos justo en la puerta que da a ese jardín, bajo una pérgola de madera con un toldo blanco. En frente nuestro hay una mesa rectangular con dos sillas, también de madera. La mesa está preparada para cenar, con un mantel blanco de lino, platos grises y unas copas de vino. Dos velas cuadradas son la única iluminación de la mesa. Las luces blancas cuelgan de unas celosías que delimitan el jardín a ambos lados y enfrente. Hay dos árboles a ambos extremos y macetas con flores siguiendo un camino junto a las celosías. Es precioso, pequeño, pero muy acogedor.
 
Veo que Patrick no ha parado de mirarme en todo el rato. Se diría que está expectante ante lo que pueda yo decir. La verdad es que ya me he dado cuenta de que esto no es un restaurante pero… ¿puede ser?
 
– ¿Y bien? ¿Te gusta?
– Patrick, es precioso.
 
Se mete las manos en los bolsillos y como con algo de vergüenza dice:
 
– Bienvenida a mi casa.
 
Doy una vuelta sobre mí misma para observar la fachada que da al jardín. Es una pequeña casa adosada dos plantas más lo que parece una buhardilla.
 
– ¿En serio es tuyo?
– Ajá. Ven, que te la enseño – dice cogiéndome de la mano.
 
Enciende las luces y veo un pequeño salón con cocina americana. Enfrente de la barra de la cocina está la mesa y justo detrás, en la pared opuesta a la cocina, hay una chimenea de ladrillos pintados de blanco. Al fondo está el salón, con un pequeño sofá de dos plazas y una butaca a un lado. La televisión está pegada a la pared. Las paredes están llenas de estanterías con libros. Me suelto de su mano y me dirijo a una de ellas. Paso el dedo por los lomos de los libros y giro sobre mí misma. El sitio sigue la misma línea que el jardín, pequeño pero muy acogedor. 
 
– Arriba están las habitaciones. Ven.
 
Subimos las escaleras y veo tres puertas. Entramos en la primera y veo un escritorio, la mochila de Patrick y muchos papeles y libros. 
 
– El despacho – digo.
 
Él afirma con la cabeza y nos dirigimos a la siguiente puerta y veo que es un dormitorio con una gran cama de matrimonio. Veo también un armario grande y encima de una silla, toneladas de ropa.
 
– Tu habitación, doy por hecho – digo señalando a la montaña de ropa.
– Sí, lo has adivinado. Lo siento, no me dio tiempo a más… – se disculpa rascándose la cabeza.
 
Hay otra puerta dentro de la habitación que resulta ser un baño. Hay una ducha y está bastante bien recogido. Aún huele al after shave de Patrick. Finalmente salimos y vamos a la tercera habitación, que está sin amueblar. Es la que da a la calle. Dentro hay una bicicleta y unas cuantas pesas.
 
– El cuarto trastero, o como quieras llamarlo. Vamos, donde guardo lo que no me cabe en otras habitaciones.
 
Al salir me señala a una trampilla en el techo.
 
– Arriba hay un desván lo suficientemente grande como para convertirlo en otra habitación pero tendría que ponerme a ello porque ahora está bastante dejado. No subo mucho… lo justo para guardar los adornos de navidad y poca cosa más.
 
Bajamos abajo de nuevo y volvemos a salir al jardín. Cada vez que lo veo me gusta más. Estoy enamorada de este jardín. Me retira la silla como un caballero y me invita a sentarme. Él se marcha al interior y le veo trastear en la cocina a través de la ventana que da al jardín. Se desenvuelve con soltura, se nota que vive solo y se ha tenido que espabilar. Sale con una botella de vino en las manos y me sirve un poco en una copa.
 
– Este era otro de los requisitos para conquistarte, llevarte a tomar una copa de vino a algún sitio. Hecho también, lo tacho de la lista. Y en cuanto salga la cena del horno, habré cumplido otra. ¿Lo estoy haciendo bien? – dice chocándome la copa y llevándosela a los labios.
 
Diez minutos después estamos sentados en la mesa disfrutando de un maravilloso magret de pato a la luz de las velas y de la luna.
 
– ¿Esto lo has cocinado tú? ¡Está delicioso!
– Bueno, te confieso que para la cena he tenido ayuda… – y viendo mis ojos interrogantes añade algo avergonzado – Lo he encargado en un restaurante del barrio. Yo no cocino mal pero no me atrevo con platos tan elaborados y una pizza no pegaba con este escenario, ¿no?
– En serio, eres increíble. Todo lo que has hecho esta noche por mí… 
– Llevaba días intentando pasar algo de tiempo contigo a solas pero también entiendo que quieras pasar el máximo de tiempo posible con Will, pero entonces me llamó tu hermano y me dijo que te quejaste de que no habíamos tenido una cita como dios manda aún…
– ¿Y le pediste que se quedara con Will?
– Bueno, le pedí que fueran solos al partido pero luego él se ofreció a llevar de vuelta a Will a la casa de acogida y que así pudiéramos estar tranquilos toda la noche.
– Ui, qué detallista y romántico se ha vuelto de repente mi hermano… no le reconozco…
– Si te digo que sus palabras exactas fueron “ya llevaré yo a Will a la casa de acogida y así tú y Alex podéis quedaros tranquilos follando hasta acabar escocidos”, ¿te suena más a él?
– ¡Ese sí es mi hermano!
 
El resto de la cena pasa rápido, charlando y riendo. A lo tonto nos hemos bebido la botella de vino entera y luego durante el postre, un riquísimo trozo de tarta sacher de chocolate, me sirve un sorbete de mojito delicioso. El mojito sí lo ha hecho él, incluso la menta la ha cogido del propio huerto de su jardín, un huerto urbano precioso que me cuenta que fabricó él mismo con maderas de palets.
 
Cuando ya hace un rato que hemos acabado el postre, se mete hacia dentro de casa y a los pocos segundos empiezo a escuchar música. La canción que empieza a sonar es una de las más bonitas que he oído en mi vida, “More tan words” del grupo Extreme. Se acerca a mí con sus andares sexys y ofreciéndome su mano me pregunta:
 
– ¿Bailas conmigo?
 
Encantada me levanto y me acerco a él. Apoyo mi cabeza en su pecho y me dejo guiar. La verdad es que se defiende bastante bien, se mueve con soltura y no me ha pisado ni una vez. En sus brazos me refugio y me siento segura. Cuando estoy con él no existe nadie más a mí alrededor. Acercándose a mi oído me susurra:
 
– Te necesito Alex. Ya no puedo vivir sin ti. Te amo con todas mis fuerzas, tanto que incluso me duele.
 
Madre mía… si me sigue diciendo esas cosas me moriré aquí mismo. Aun no me puedo creer que este chico sea de carne y hueso y enterito para mí. 
 
– Me dejas sin palabras Patrick… 
– No hace falta que digas nada.
– Pero es quiero decírtelo – digo poniéndole un dedo en sus labios para hacerle callar un momento – yo también te amo y ya no me imagino la vida sin ti.
Nos besamos con ansia, como si fuera la primera vez, casi sin darnos tiempo a respirar.
– A riesgo de sonar como Joey… te arrancaría ahora mismo la ropa y te follaría encima de la mesa.
– ¿Ah sí? 
 
Mis manos se dirigen hacia su cuello para rodearlo pero de repente me las coge y me las inmoviliza a la espalda. Sus ojos se han oscurecido en un instante, ya no son claros e inocentes, ahora son ardientes y pícaros. Intento soltar mis manos pero él me las aprieta con más fuerza y tengo que reconocer que eso me pone muy cachonda. Si a eso le sumamos que con la otra mano libre me coge del pelo y me lo estira hacia atrás, dejando todo mi cuello a su merced, ya vuelvo a estar mojada expectante de lo que vendrá a continuación.
Reconozco que esta nueva faceta de Patrick, dominante y brusco me pone muchísimo. En pocos pasos entramos en la casa y me empotra contra la pared del salón, al lado de la cocina, y se aprieta contra mí, notando su erección contra mi vientre. Coge mis manos y las pone una a cada lado de mi cara, también apoyadas contra la pared. Me suelta un momento, lo justo para bajarme los pantalones. Él hace lo propio con los suyos y apoyando sus brazos sobre los míos me mira fijamente a los ojos empujando su erección hacia mí.
 
Me saca la blusa por la cabeza, sin desabrocharme ni un botón y también sin quitarme el sujetador me hace asomar mis pechos por encima de las copas. Mis pezones vuelven a estar duros de la excitación y más aún cuando se dedica a succionarlos con fuerza.
 
Las rodillas empiezan a flaquearme, me está poniendo a cien. Rápidamente rebusca en los bolsillos de su pantalón en el suelo hasta encontrar un preservativo. Se lo pone y sin perder tiempo me agarra del culo, me levanta y me penetra sin contemplaciones. No puedo evitar soltar un grito y me mira buscando mi aprobación para seguir. Cuando ve que no me quejo más, coge mis piernas y las pone alrededor de su cintura. Sus brazos se apoyan en los míos atrapándolos contra la pared. Sus embestidas son bruscas pero sin duda alguna están consiguiendo su propósito. Cierro los ojos instintivamente y cuando estoy a punto de correrme, Patrick con una voz ronca increíblemente sexy me dice:
 
– Mírame a los ojos.
 
Justo entonces ambos nos liberamos y juntamos nuestras bocas atrapando nuestros jadeos de placer. Ha sido un polvo como el que había recreado cientos de veces en mi cabeza, exactamente igual. 
 
Mis piernas ya flaquean y soy incapaz de mantenerme en pie, pero ahí está mi hombre que me coge en brazos y sube por las escaleras. Entra en su dormitorio, me estira en su cama y me tapa con la colcha. Sale de la habitación y le oigo abajo cerrando la puerta del jardín y recogiendo un poco los platos. Cinco minutos después y habiendo hecho yo un esfuerzo titánico por no quedarme dormida, se acurruca a mi lado y me mira. En sus ojos ya reconozco al mismo Patrick de siempre, del que me he enamorado perdidamente.
 
– Gracias por la cita. Ha sido maravillosa.
– Te la debía y quería estar seguro de hacer todo lo necesario para conquistarte.
– A mí me tienes conquistada desde hace meses.

Deja un Comentario