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Alex y Patrick – Capítulo 17

Fotor0118120452Empiezo a notar calor en las piernas. Me giro y una fuerte luz me deslumbra. Dios mío, es el sol lo que me deslumbra. No hay persiana y veo que la cortina se reduce a una tela tipo gasa blanca. Busco a tientas algo para taparme la cabeza y encuentro la almohada. Me la coloco en la cabeza dándole a mi mente y mi cuerpo todo el tiempo que necesiten para recuperar la conciencia.
 
Miro a mi lado y veo el hueco vacío que ha dejado Patrick en la cama. Patrick… lo de anoche fue increíble. La cita fue perfecta, el rato en el planetario muy romántico, el sexo con mucho sentimiento, la cena en su casa relajada y deliciosa y el sexo de después fue rudo y apasionado. Me encantan las dos facetas que vi de él anoche. Primero me enseñó el Patrick de siempre, mi Patrick, el hombre del que me enamoré hasta perder los papeles. El que se tomó mucho tiempo en tener todos los detalles de la cita controlados, el que no dejó nada al azar. La música fue perfecta en todo momento, la idea de llevarme a ver las estrellas fue súper romántica, la cena espectacular, la decoración de su casa exquisita y cuando me sacó a bailar la cita ya no podía ir a mejor. Pero entonces apareció el Patrick dominante, el que me prohibió mover mis manos y tocarle, el que me hizo el amor de un modo rudo y primitivo que erizó todo mi bello y provocó un intenso orgasmo que me recorrió desde la punta de los dedos de los pies hasta el pelo de mi cabeza. Es el Patrick que me folló como soñé innumerables veces.
 
Me siento en la cama y miro alrededor buscando mi ropa, sin éxito. Espera… ¿me quitó la ropa abajo? No lo recuerdo… Entro en el baño y allí tampoco está. Vale, pues me tendré que poner algo suyo… Abro la cómoda y en el primer cajón encuentro calzoncillos. Elijo unos boxer que me quedan como si fuera un pantalón corto. Un cajón más abajo encuentro las camisetas y me pongo una blanca.
 
Salgo de la habitación y miro a un lado y a otro. No veo a Patrick y tampoco oigo ruido. Bajo las escaleras poco a poco y ya en la planta de abajo compruebo que Patrick tampoco está allí. Me dirijo a la cocina y en la cafetera, llena de café que huele de maravilla, encuentro una nota:
 
“Son las 6:30. He salido con la bici. Tardaré unas 2 horas. He dejado café hecho. ¡Te quiero!”
 
¿Con la bici? ¿A las 6:30? ¿Qué es una máquina o un robot que no necesita dormir y no se cansa nunca? 
 
Miro el reloj de la cocina y veo que son las 8:30, así que debe estar a punto de llegar. Me pongo café en una taza y me siento en el taburete de la barra de la cocina. Me giro de espaldas a la cocina y echo un vistazo a toda la estancia diáfana. De día aun es más bonita que de noche. Entra muchísima luz y veo como el blanco es el color que domina en toda la planta baja, tanto en los ladrillos de la chimenea, como en la mesa y las sillas del comedor lacadas, en la manta que reposa encima del sofá o los muebles de la cocina. Es muy acogedor.
 
Voy hacia el jardín. Hace una temperatura ideal y ya no hay signos de nada de lo que pasó anoche. Está claro que Patrick ha recogido todo antes de salir esta mañana. Paseo oliendo las flores y me acerco al pequeño huerto. Me siento en una de las sillas y encojo mis piernas apretando mis rodillas contra mi pecho y tapándomelas con la camiseta. Definitivamente, me encanta esta casa, creo que me podría acostumbrar a vivir aquí.
 
En ese momento aparece Patrick por la puerta. Lleva el casco en una mano y la bici en la otra. Lleva una camiseta de manga corta arrapada al cuerpo y un pantalón corto. Las gotas de sudor le resbalan por todo el cuerpo y tiene algunos mechones de pelo enganchados en la frente.
 
Cuando me ve me sonríe desde la entrada y viene hacia mí dejando la bici apoyada en la escalera.
 
– Buenos días, preciosa – me dice besándome.
– Hola. ¿Tú no duermes?
– Sí, pero también quiero salir a correr o en bici y a la vez pasar el mayor tiempo posible contigo, así que me quito horas de sueño. Me voy a la ducha y a afeitarme – y me besa de nuevo.
– Vale. Por cierto, ¿dónde está mi ropa?
– Ah sí. Estaba toda esparcida por el suelo así que la cogí y te la dejé plegada encima del sofá. Aunque tengo malas noticias en cuanto a tus bragas… me parece que me excedí con la fuerza al quitártelas y me temo que se rompieron un poco…
– ¡Jajaja! ¿En serio? No te tenía por un rompe bragas…
– Yo tampoco lo sabía… supongo que tú sacas mi lado más salvaje. Bajo en un rato, ¿vale?
 
Cuando me acabo el café subo hacia el dormitorio con la ropa en mi mano. Entro justo en el momento en que se deja de oír el agua de la ducha. Dejo la ropa encima de la cama y voy hacia el baño. Al abrir la puerta el vaho me invade. Patrick está delante del espejo con una toalla atada a la cintura y la cuchilla de afeitar en la mano. Aún tiene el torso y el pelo mojado y tiene el sexy subido. Me mira de reojo y me sonríe mientras desliza la cuchilla por su piel. 
 
Mi mente sucia, perversa y traviesa ya pone banda sonora a la escena y en mi cabeza empiezan a sonar las notas de “Sexyback” de Justin Timberlake.  
 
Me acerco poco a poco y me siento en el mármol del mueble del baño, justo enfrente de él. Me mira mientras sumerge la cuchilla en la pica llena de agua y echa la cabeza algo para atrás dejando al descubierto su cuello y se da otra pasada con la cuchilla.
 
Sin lugar a dudas es la imagen más sexy que he visto en mi vida y decido tomar parte en ella. Con cuidado me interpongo entre él y el espejo, abro mis piernas y le cojo de la cintura para atraerle hacia mí. Le cojo la cuchilla de la mano despacio y se la acerco a la cara y empiezo a afeitarle. Sus ojos no dejan de mirarme mientras pasada a pasada le afeito con cuidado cada centímetro de piel. Luego le cojo del mentón y le obligo a mirar al techo para afeitarle el cuello. Mientras lo hago veo su nuez subir y bajar al tragar. Sus manos se mueven hasta mi cintura. Con cada pasada oigo el sonido de las cuchillas al rozar su piel. Cuando acabo cojo la toalla de manos y le quito los pocos restos de gel de afeitar que le queda en la cara y cuello y alcanzo el after shave. Me echo un poco en la mano y me las froto para luego aplicárselo con cuidado sobre la piel. Más que aplicarle la loción, le estoy acariciando y cuando ya no me conformo con su cara y cuello, mis manos se dirigen a su pecho y a esas abdominales que me están volviendo loca. En estos momentos es cuando agradezco que haga tanto deporte. Deslizo los dedos de mis manos desde su pecho hasta el borde de la toalla bajando los escalones que forman sus abdominales.
 
Patrick apoya las manos en el mármol acercando su cara a la mía. Y yo acerco la nariz a su cuello para olerle. Me encanta el olor a su aftershave. Acerco mi boca a su oreja y después de besarla le susurro:
 
– Me voy a duchar. ¿Te vienes?
 
A su respuesta no le hacen falta palabras. Me quita la camiseta y los calzoncillos que le he cogido prestado y se quita la toalla. Empieza a besarme mientras camina hacia la ducha, haciéndome retroceder a mí a la vez. Abre la puerta y entramos sin dejar de besarnos. Patrick busca a tientas y abre el agua. Estamos justo debajo del chorro que cae al principio fría y me hace estremecer. Patrick me aprieta contra su cuerpo y deja de besarme por un momento. Me coge de la barbilla y me levanta la cara para que le mire a los ojos. El agua ya sale a una temperatura perfecta. Le observo mientras el agua resbala por su rostro y salpica contra sus hombros. Sus ojos azules son ahora cristalinos. Solo mirándonos nuestras respiraciones de aceleran y como un resorte Patrick me aborda cogiendo mi cara con sus manos y profanando mis labios me besa con pasión. Enredados el uno en el otro hacemos el amor como con desespero, como si lleváramos semanas sin tocarnos. Cuando el orgasmo me inunda, sale de mí justo a tiempo de correrse él también. 
 
Media hora después bajamos a la planta baja ya vestidos. Yo con la misma ropa de ayer sólo que con unos boxer Calvin Klein en lugar de mis bragas y él con sus vaqueros azules, una camiseta blanca de manga corta y una sudadera con capucha y cremallera azul oscuro
 
– ¿Quieres otro café? – me pregunta.
– Vale, me apunto, pero ponme algo de leche por favor. ¿Llamamos a Will?
– Sí, me parece bien. ¿Qué te apetece que hagamos hoy con él?
– Pues no sé… podríamos ir al zoo, por ejemplo.
– Mmmmm, me parece bien. 
 
Cojo mi móvil y veo que tengo un mensaje de Joey.
 
“Hola tortolitos. Todo ha ido genial Will se lo ha pasado en grande y ha aprendido como una docena de tacos nuevos y estamos perfeccionando el eructo. Son las 22:30 y le acabo de dejar en la casa de acogida. Ya me llamarás para contarme cómo ha ido”
 
No puedo evitar sonreír. Es tonto y bruto como nadie pero le quiero con locura y no puedo olvidar que la cita de anoche fue en parte gracias a él. Me acerco a la cocina para enseñarle a Patrick el mensaje y cuando lo lee tiene la misma reacción que yo, sonreír.
 
– Tu hermano es único. A ver cómo me lo monto yo en clase luego cuando Will muestre sus nuevas habilidades a los demás…
– Dímelo a mí… pero en parte esto es gracias a él… – digo haciendo un gesto con la mano entre nosotros dos.
– Entonces, ¿anoche cumplí tus expectativas? – me dice poniéndome la taza de café con leche delante.
– Sobrado, guapo, vas sobrado…
– Oye, anoche me dijiste algo que me sorprendió.
– ¿El qué?
– Que te había conquistado hace meses… pero sólo hace unas semanas que nos conocemos…
 
¿Eso dije? ¿En serio se me fue tanto la olla? ¿En serio soy tan débil que con un orgasmo se me suelta la lengua de esa manera? ¿Ahora cómo salgo de ésta? Esto de mentir no es lo mío, soy demasiado impulsiva como para ir midiendo mis palabras. A ver cómo salgo de ésta…
 
– ¿En serio dije eso? ¿Cuándo?
– Anoche cuando te llevé a la cama.
– Pues no sé. Supongo que mi capacidad de raciocinio quedó anulada después de la cita de anoche… No creo que fuera muy consciente de mis palabras… – y acercándome a él le doy un abrazo por la espalda.
– O sea que después de hacerte el amor estás a mi completa disposición y no sabes lo que haces o dices…
– Más o menos… – le respondo poniendo mi sonrisa más inocente.
 
El tema queda zanjado ahí. Parece que he sido lo suficiente convincente, así que para cambiar rápidamente de tema, cojo de nuevo el móvil para llamar a casa de Alice.
 
– Voy a llamar a Will. ¿Le digo que le recogemos en media hora?
 
Una hora más tarde estamos ya en el zoo. Will lleva a Patrick de la mano arrastrándole de un sitio a otro mientras yo les observo divertida. Es incansable y teniendo en cuenta la actividad física de ayer y de esta mañana, Patrick también lo parece.
 
Cuando llegamos a la zona de los pingüinos, los animales favoritos de Will, según nos ha dicho antes, vemos que les están dando de comer. Todos los niños se adelantan a verlo de cerca y la cuidadora les enseña cómo tirarles el pescado.
 
Patrick se apoya en una barandilla y me coge de la cintura apoyando mi espalda en su pecho. Me abraza por detrás mientras observamos a Will que está muy atento a las indicaciones que les dan. Me besa el cuello con dulzura y apoya la barbilla en mi hombro. 
 
– Sabes, podría acostumbrarme a esto… – dice de repente.
 
Esas palabras me provocan un nudo en la garganta y tengo que hacer verdaderos esfuerzos para no llorar de la emoción. En ese momento Will está imitando la manera de caminar de los pingüinos yendo de un lado y uno de los animales le está siguiendo. La cuidadora le aplaude y no puedo evitar reírme mientras alguna de esas lágrimas que intentaba retener me resbala por la mejilla. Patrick se ríe también y me abraza con más fuerza. Will se gira hacia nosotros y nos saluda con la mano. Está exultante y es maravilloso verle así. Y yo soy feliz, muy feliz al lado de mis chicos.
 
Sobre las 6 de la tarde llevamos a Will de vuelta. Patrick se despide de Will y se queda dentro del coche delante de la casa mientras yo le acompaño dentro. Alice nos saluda desde la cocina cuando entramos y Will sale corriendo hacia ella para explicarle su experiencia con los pingüinos. 
 
– Y entonces nos han dado un pescado para que se lo diésemos nosotros.
 
Alice le mira divertida mientras luego Will imita al pingüino de nuevo.
 
– Y mira mi gorra nueva. Me la ha dado Patrick. ¿A que mola? Es su favorita pero me ha dicho que se la guarde yo.
– Vale, genial. Ahora sube y ves a ducharte que cenamos en un rato. Charlie está arriba si necesitas ayuda.
– Vale, tengo hambre. Adiós Alex – me abraza y me da un beso – ¿Vendrás mañana?
– Claro.
 
Cuando sale corriendo escaleras arriba, Alice se me acerca.
 
– ¿Sabes algo nuevo de la adopción?
– No, aún nada…
– Bueno, no te preocupes. El asistente social está haciendo todo lo posible. Que sepas que Charlie y yo hemos hablado a tu favor. No sé si servirá de mucho pero queremos hacer todo lo que esté en nuestra mano porque vemos que Will será muy feliz contigo.
– Gracias Alice – le digo abrazándola – se lo agradezco mucho.
– Ayer conocí a tu hermano Joseph. Un chico muy simpático. Will me dijo que fue con él al futbol porque tú y Patrick teníais una cita de novios.
– No se calla nada el tío… 
– Se te ve feliz y parece que ese chico es bueno con Will, ¿verdad? Él me explicó que es su profesor.
– Sí, nos conocimos por eso… Yo empecé a llevar a Will al colegio porque su madre no estaba en condiciones y Patrick es su profesor… y bueno, ya sabe el resto…
– Pues que sepas que el amor te sienta bien querida, estás muy guapa.
– Gracias Alice.
– Es un chico afortunado.
– Créame, yo también. Es maravilloso… inteligente, amable, divertido, trabajador, sencillo, humilde y para qué negarlo, muy guapo y súper sexy – y digo esto último soltando una risita nerviosa y algo avergonzada por decir eso delante de ella.
– La verdad es que sí está muy bien el chico… – se ríe conmigo y cogiéndome de la mano me dice – algo me dice que los dos necesitabais ser felices.
– Gracias Alice, de corazón. Por lo que haces con Will y por lo fácil que me estás haciendo pasar estas semanas – y la abrazo con mucho cariño sintiendo una punzada de dolor en el corazón pensando que ojalá mi madre fuese la mitad de buena que ella.
 
Me meto en el coche y me acurruco en el asiento girada hacia Patrick y le observo mientras conduce. Cuando Patrick se da cuenta que le estoy mirando me mira de reojo sin dejar de prestarle atención al tráfico.
 
– ¿Qué piensas?
– En Alice. Hemos tenido mucha suerte con ella. Es una gran mujer. Bueno, y con Charlie también, pero es con Alice con la que siempre hablo.
– Sí. Es una mujer estupenda y Charlie parece un buen tipo. Will está en buenas manos.

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