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Alex y Patrick – Capítulo 31

Fotor031620063Entramos por la puerta de urgencias del hospital pocos minutos después que la ambulancia. No puedo evitar fijarme que en el suelo hay un reguero de sangre que se adentra en los quirófanos, aunque empleadas de la limpieza se afanan en limpiarlo. Joey se acerca al mostrador y le indican donde tenemos que esperarnos. Me agarra de la cintura y me guía hacia la sala de espera que le han indicado.
 
– Sentémonos aquí. Me han dicho que en cuanto puedan, saldrá un médico a darnos detalles. ¿Quieres algo? ¿Has comido?
 
Niego con la cabeza sin ganas de hablar. Realmente no tengo ganas de nada más que estar al lado de Patrick, no necesito ni quiero estar con nadie más.
 
– Alex, mírame por favor…
 
Con la mayor desgana posible giro mi cabeza hacia él, apoyándola contra la pared.
 
– Está en buenas manos. No adelantes acontecimientos. Tienes que ser fuerte, sobre todo por Will. Claire me dice que ha avisado a los padres de Patrick y vienen de camino. Me dice también que por Will no te preocupes, se lo ha llevado a casa, pero pregunta por vosotros y está bastante asustado.
– Ahora no puedo… – digo con la voz quebrada.
– Lo sé, tranquila. Eh, mírame – dice cogiéndome de la barbilla girándome la cara hacia él – saldrá de ésta seguro. Si salió entero de una de mis palizas, puede con esto sin dudarlo – y me acerca a él para abrazarme.
 
Minutos después sigo en sus brazos cuando sale un médico y se dirige a nosotros.
 
– Hola, soy el Dr. Wayne. ¿Son ustedes familiares de Patrick Wilson?
– Sí, ella es su pareja.
– Vale, verán – empieza a decir llevándonos a una zona más tranquila de la sala – la buena noticia es que el corazón vuelve a latir aunque le hemos conectado a una máquina de respiración asistida. Si todo va bien, en unos días probaremos de quitársela y ver cómo lo hace sin ayuda.
– ¿Pero? – dice Joey.
– El proyectil de la escopeta era un calibre 20 – y Joey hace una mueca de preocupación así que supongo que eso debe ser malo – y desgarró el hígado. La hemorragia es intensa y estamos haciendo todo lo posible para cerrar la herida. En caso de no poder cerrarla, necesitaría un trasplante urgente, pero ya le digo que estamos haciendo todo lo posible porque no haga falta. Además, en cuanto cerremos la herida seremos capaces de ver si ha afectado algún órgano más aunque a simple vista no lo parece.
 
El doctor me mira fijamente y parece comprender mi desconcierto y temor.
 
– Le prometo que en cuanto sepa algo más saldré a explicárselo y que en cuanto pueda verle la vendré a buscar y la llevaré con él. Lo que ha hecho por sus alumnos es algo increíble y quiero que sepa que todos los médicos del hospital daremos lo mejor de nosotros mismos para que salga adelante. 
– Gracias – es lo único que puedo decir.
– En cuanto la cirugía acabe vendré a avisarles.
 
Volvemos a sentarnos ya que poco más podemos hacer. Poco a poco empiezo a notar como pierdo la conciencia de lo que pasa a mi alrededor y veo las imágenes borrosas y como a cámara lenta. Joey no para de preguntarme si quiero algo o de darme conversación y yo sólo soy capaz de contestarle con meros movimientos de cabeza. De vez en cuando le veo hablar por teléfono sin perderme de vista ni un segundo. Al cabo de un rato llegan Alice y Charlie. Joey les pone al corriente de todo y luego se me acercan y me hablan. Alice me abraza y sólo soy capaz de responderle con llanto. Me gustaría consolarles a ellos también porque seguro que lo estarán pasando igual de mal pero simplemente no soy capaz. Estoy rendida, sin fuerzas para nada más que quedarme allí sentada y esperar.
 
Pierdo la noción del tiempo. No sé si llevo minutos u horas sentada en esa silla de plástico cuando aparece de nuevo el doctor, tal y como había prometido. Le miro a la cara y le intuyo una sonrisa y me levanto como un resorte movida por la esperanza.
 
– Bueno, hemos conseguido cerrar la herida. No hay lesiones en la columna ni en ningún otro órgano. De todos modos, ha perdido mucha sangre. Ahora sólo queda esperar. Las siguientes 24 horas son cruciales y dependiendo de cómo las pase, veremos la posibilidad de quitarle la respiración asistida.
 
Un gran suspiro sale de mi boca. Parece como si llevara conteniendo la respiración durante horas. Y una leve sonrisa aparece en mi cara. Joey me abraza por detrás y me besa el pelo. Miro a Alice de una manera cómplice y nos sonreímos. Ahora mismo debemos ser las mujeres más felices de todo el planeta. Aunque no estaremos tranquilas hasta que no veamos sus ojos azules brillar, ahora mismo somos mucho más optimistas que hace un rato.
 
– ¿Quieres verle? – me pregunta el médico.
– ¿Puedo? – pregunto sorprendida.
– Bueno, en teoría no, pero podemos hacer una excepción. Le hemos llevado a una sala en cuidados intensivos. Te daremos una tarjeta que debes utilizar siempre que quieras entrar. De momento sólo puede entrar una persona. A lo mejor mañana ya pueden entrar a verle ustedes, aunque siempre de uno en uno – y dirigiéndose a mí añade – Verás muchos tubos y máquinas, no te asustes, ¿vale?
 
Miro a los demás, sobre todo a Alice, buscando su aprobación. Sé que ella debe tener muchas ganas de verle y siento que le estoy robando algo suyo, pero ella me sonríe y asiente con su cabeza.
 
– Ves y dale muchos ánimos de parte de todos – y acercándose a mí me dice – y un gran beso de mi parte, ¿vale?
– ¿Puedo quedarme el rato que quiera? – le pregunto al médico.
– Se lo comentaremos a las enfermeras, aunque por mí no hay inconveniente.
 
El doctor me acompaña por los pasillos del hospital hasta llegar a la unidad de cuidados intensivos. Me da la tarjeta y se acerca al puesto de enfermeras. Le veo hablar con ellas hasta que una de las chicas señala uno de las salas que hay a mi derecha.
 
– Ven, la enfermera encargada de Patrick está dentro con él ahora mismo. 
 
Cuando nos acercamos se abre una puerta y de ella sale una enfermera negra de unos cincuenta años. 
 
– Rita, ella es Alex, la novia de Patrick. Se va a quedar con él. Si le explicas un poquito todo… es que me tengo que ir.
– Claro que sí – responde ella dirigiéndome una sonrisa enorme.
– Mañana me pasaré para ver cómo está y hablamos, ¿vale? – se despide el doctor.
– Gracias por todo.
 
Cuando el médico se aleja, Rita me coge de la mano fuerte y empieza a hablar.
 
– Antes de nada, quiero que sepas que lo que hizo tu chico es increíble. Tengo nietos y sólo pensar que podría entrar en su colegio un loco con una escopeta se me erizan los pelos. Ojalá los profesores de ellos tengan las pelotas como Patrick y les defiendan como él ha hecho si fuera el caso – y dándose unos golpes en la cabeza añade – toquemos madera que esto no vuelva a pasar nunca.
– Gracias.
– Segunda cosa. Tienes mala cara. ¿Has comido algo? 
 
Sorprendida por la pregunta niego con la cabeza lentamente.
 
– Verás cariño, que esté dormido no quiere decir que no te oiga ni sienta tu estado de ánimo, y lo que Patrick necesita ahora más que nunca es que seas positiva y estés animada. Que le hables y le digas lo mucho que le quieres y esas cosas. ¿Tenéis hijos? 
– Bueno… tenemos… sí, tenemos un hijo de seis años.
– Pues si quieres, y él quiere entrar y no le impresionan los tubos y demás, que venga. Puede entrar contigo. Los niños son fantásticos en estos casos porque hablan muchísimo y transmiten mucha energía y créeme que llevo muchos años en esto y sé que eso también cuenta en la recuperación.
 
Nos detenemos delante de la sala número siete.
 
– Ya estamos aquí, la siete. Las cortinas siempre están corridas así que entraremos las dos y luego te dejaré sola con él. Yo estaré en ese mostrador para lo que necesites, ¿vale?
 
Asiento con la cabeza nerviosa por entrar ya de una vez y poder verle.
 
– No te asustes, ¿vale? Verás que tiene un tubo muy grande en la boca que es de la respiración asistida, además de varios electrodos que monitorizan sus constantes. Tranquila, no le duele nada. Está sedado. ¿Lista?
 
Abre la puerta y de repente unos pitidos salen del interior de la habitación. Entro detrás de ella y me quedo parada justo detrás de la puerta. La imagen que me encuentro, aún habiéndome prevenido, me impacta sobremanera. Patrick está en la cama vestido con una bata de hospital y tapado hasta el pecho con una sábana, con un gran tubo saliéndole de la boca y varios electrodos que le salen de debajo de la bata. Varias máquinas a su alrededor emiten unos pitidos inquietantes.
 
– Aquí le tienes. Acércate, no pasa nada. Y puedes tocarle, pero cuidado con los tubos. Os dejo a solas.
 
Sale de la habitación y nos quedamos a solas. Me quedo varios segundos parada mirándole sin saber bien qué hacer. Miro a mi alrededor y encuentro una silla. La cojo y con todo el cuidado del mundo la pongo pegada a la cama, a la altura de su cara. Me siento en ella y acerco mi mano a su brazo lentamente. A pocos centímetros me paro dudando unos segundos pero al final le toco. No sé por qué razón me pensaba que estaría frío, pero no lo estaba. Por fin podía tocarle y fue cuando me desmoroné y las lágrimas empezaron a salir de mis ojos. Varios minutos después recordé las palabras de Rita y me obligué a tragarme el dolor. Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano y me aclaré la garganta. Cuando estuve algo más serena ya, empecé a hablarle.
 
– Hola mi vida… 
 
El nudo de mi garganta me hace muy difícil seguir hablando así que subo mi mano izquierda hacia su cabeza y le acaricio el pelo, como peinándoselo. Paso mi mano por su ceja y por encima de la cicatriz que le han dejado los puntos de la herida, que se los quitaron hace unos días.
 
– Will y el resto de chicos están todos bien. La otra profesora también. Lo que hiciste fue increíble cariño… pero ahora tienes que ponerte bien… porque no me puedes dejar sola… no nos puedes dejar solos a Will y a mí…
 
Conforme voy hablando me voy sintiendo más cómoda. Le explico que Will se ha quedado con Claire y que Joey me ha acompañado todo el rato. Le cuento también que sus padres han venido y están afuera esperando. Entonces es cuando pienso en Alice. Debe estar deseando ver a su hijo, así que decido hablar Rita y preguntarle si puedo dejarle mi tarjeta un momento.
 
– Rita, perdone…
– Hola cariño. ¿Habéis hablado? – me dice con una gran sonrisa en la cara.
– Sí, al principio me ha costado, pero parece que me voy acostumbrando. Rita, los padres de Patrick están fuera esperando… ¿crees que sería posible que le dejara mi tarjeta a su madre para que pase? Sólo serán unos minutos…
 
Rita me mira haciendo una mueca con la boca, pero se lo está pensando.
 
– No es justo que sólo le vea yo… serán sólo unos minutos y es su madre…
– Vale, pero esto queda entre tú y yo.
– Prometido.
 
Salgo fuera y enseguida encuentro a los padres de Patrick. Los dos me ven y enseguida vienen hacia mí. 
 
– ¿Le has visto? ¿Cómo está? – pregunta Alice enseguida.
– Le he visto. Está intubado y tiene muchas máquinas alrededor que suenan y eso, pero está estable y parece tranquilo. 
– Menos mal… Gracias Alex – me dice Charlie.
– Alice, tenga mi pase. Rita es la enfermera de Patrick que le acompañará a la sala donde está él. Puede pasar a verle un rato.
 
Alice me mira sorprendida y mientras le guiño un ojo le digo.
 
– Un pequeño favor.
 
Rita acompaña a Alice adentro y me quedo con Charlie. Me abrazo a él en un acto repentino. Él me abraza fuerte, con mucho sentimiento y oigo su respiración fuerte y parece aliviado.
 
– ¿Dónde está Joey? – le pregunto pasados unos segundos.
– Ha venido un chico y está con él ahí fuera fumando un cigarrillo.
– ¿Fumando? Le mato… pero si me dijo que lo había dejado…
 
Salgo hacia fuera y veo a Joey apoyado en la pared del hospital, hablando con un chico que me resulta algo familiar.
 
– ¡¿Se puede saber qué haces fumando?! ¡Me dijiste que lo habías dejado! 
– ¡Joder Alex! ¡Qué susto! 
– Lo siento. Creo que he sido yo la mala influencia… Llevo un día digamos… intenso y necesitaba un pitillo – me dice el tío que está con Joey.
 
Me lo quedo mirando con mi cara de “qué coño me estás contando” y al ver mi expresión, el tipo añade.
 
– Soy Gabriel. Te he traído el móvil.
 
Ya decía yo que me sonaba la cara… el chico que salió corriendo tras el que me robó el móvil, el del tatuaje en el brazo.
 
– Perdona, qué tonta soy, no te había reconocido. Cuando nos vimos estaba ida, fuera de control.
– Tranquila, no me extraña. Me he enterado este mediodía de lo que ha pasado y ahora tu hermano me ha explicado que tu novio es el profesor herido de gravedad.
– Alex – me dice Joey apagando su cigarrillo – voy a buscarte un bocadillo y un refresco a la cafetería. Tienes que comer algo. 
– Vale. Gracias.
– ¿Estás mejor? – me dice al oído mientras me abraza.
– Ahora que le he visto sí. He pedido que dejaran pasar a Alice con mi pase. Está ella adentro. Charlie está en la sala de espera.
– Bien hecho. Ahí ganándote a la suegra – y se aleja con mi primera sonrisa en la cara en varias horas.
 
Apoyo mi espalda contra la pared y poco a poco me voy deslizando dejándome caer al suelo hasta sentarme. Gabriel me mira y poco después me imita sentándose a mi lado. Dirijo mi mirada hacia él. Es guapo, bastante más de lo que me había fijado antes. Sigue con la misma ropa que esta mañana y ahora puedo ver con más detenimiento su tatuaje.
 
– Gracias por lo del móvil. 
– De nada. Es lo menos que podía hacer. Me va lo de ejercer de justiciero para salvar a las damas en apuros… – me dice con una sonrisa pícara y muy sexy – Por cierto, ¿cómo está tu novio?
– Bueno… hay que esperar… han conseguido parar la hemorragia del hígado provocada por la bala y han comprobado que no hay nada más dañado, pero ha perdido mucha sangre…
– ¿Y tú cómo estás?
– ¿Yo? Mejor, supongo… Más tranquila aunque con muchas cosas en las que pensar… 
 
De repente caigo en mirar la hora porque he perdido la noción del tiempo. Son las once de la noche.
 
– ¿Y qué haces tú a estas horas levantado? ¿Los justicieros no descansan?
– ¡Jajaja! Al salir de la oficina he llamado a tu hermano para devolverle el móvil y me ha dicho que estabais aquí. 
– ¿A estas horas sales de trabajar?
– No… hoy he salido tarde… pero hace un rato que estoy aquí charlando con Joey. Un tipo interesante tu hermano…
– Y que lo digas… pero a mí me da que haríais muy buenas migas…
 
En ese momento aparece Joey con mi sándwich y mi coca-cola.
 
– ¡A comer! ¿De qué hablabais?
– Nada en particular… – digo yo.
– Bueno – dice Gabriel incorporándose – yo me voy que mañana curro y tengo una jefa un tanto particular…
– Gracias de nuevo por el teléfono.
– Un placer señorita – me dice haciéndome una reverencia muy teatral – si me necesita alguna vez más hágame una señal y vendré.
 
Nos damos dos besos y acto seguido Joey y él intercambian un saludo de esos que se hacen los hombres chocándose las manos. Tal para cual, lo que yo te diga. 
 
– Te llamo algún día para salir y te enseño algún bar de copas interesante, ¿vale? – le dice mi hermano.
– Genial. Ya te llamaré yo también para ver cómo evoluciona Patrick. Nos vemos.
 
Se aleja con las manos en los bolsillos. Joey me pasa un brazo por los hombros y le da un trago a una lata de cerveza que se ha sacado para él.
 
– Joey, esta noche me quedaré aquí. ¿Mañana podrás traer a Will al hospital? Me han dicho que si él quiere puede entrar a verle y no voy a ser yo quien se lo impida. ¿Lo harías?
– Me parece una idea estupenda.

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