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Alex y Patrick – Capítulo 37

Fotor0407231020– ¡No sé qué ponerme! ¡Todo me queda fatal! ¡Mírame! Por favor si parezco la orca Willy…
– Alex… estás preciosa te pongas lo que te pongas… – me dice Patrick con cara de resignación sentado en la cama.
– ¡No! ¡Estoy gorda!
– Estás embarazada… ¿qué esperabas?
– O sea, que no lo niegas. ¡Tú también crees que estoy gorda! 
– Yo no he dicho eso… – me dice con los ojos muy abiertos y cara de asustado.
 
Me giro de nuevo hacia el espejo resoplando con fuerza. Llevo casi una hora probándome ropa y desechándola sin miramientos. Estoy en mi séptimo mes de embarazo y todos y cada uno de los ocho kilos que he engordado se han aposentado en mi barriga así que es imposible que encuentre nada que ponerme para una puñetera gala benéfica.
 
– ¿Por qué narices me tienen que enviar a mí a cubrir una gala benéfica? ¿Es que no hay más periodistas disponibles?
– Lo que yo me pregunto es por qué no has cogido ya la baja… Si la hubieras cogido no te hubieran enviado a cubrir esta…
 
Le lanzo una mirada asesina que capta al vuelo y se calla.
 
– Me encuentro bien y me gusta mi trabajo. No sirvo para quedarme en casa… Ya lo hemos hablado, si me sigo encontrando bien y Emma se sigue portando así de bien, pienso seguir trabajando hasta poco antes del parto. El problema es que pensaba seguir trabajando con pantalones barrigueros y mis converse y no vestida para una gala benéfica…
– Porque ponerte ese vestido con el cinturón…
– ¡Sí! Es la opción más cómoda dentro de lo que cabe… ¡¿pero con qué zapatos?! – le grito con lágrimas en los ojos.
– ¡Hola! ¿Qué pasa? – pregunta Will entrando en la habitación.
 
Su mirada se pierde detrás de mí y cuando me giro hacia esa dirección veo que Patrick le está haciendo señas con la mano en plan “huye tú que puedes”
 
– Eso, genial, aliaros en mi contra… – y empiezo a llorar a moco tendido.
– Mama… yo…
– No pasa nada Will, mamá está cansada – dice abrazándome mientras le hace señas para que salga de la habitación.
 
Me mantiene entre sus brazos durante un rato largo mientras me acaricia la espalda y me besa el pelo.
 
– Alex, créeme, te pongas lo que te pongas estarás preciosa. 
– Gracias – le digo al cabo de un rato – Estás teniendo mucha paciencia conmigo… Me parece que últimamente estoy un poco irascible…
– No… para nada… no te preocupes.
– Tampoco hace falta que mientas – le digo dándole un golpe – lo haces fatal y se te nota.
– Vale… un poco sí. Pero no me importa.
– ¿Me echaréis de menos esta noche?
– Un montón.
– ¿Qué tenéis planeado?
– Ya sabes. Noche de tíos. Videojuegos, peli, pizza, cerveza, coca-cola sin cafeína para Will. ¡Fiesta a tope!
– Bueno… me voy a acabar de arreglar. Qué pereza me da…
– ¡Pero si es en tu sitio favorito de toda la ciudad! Venga, anímate que ya verás que luego te lo pasas en grande.
– Sí, al menos tendré la ciudad a mis pies durante unas horas… pero me gustaría ir allí contigo…
– Te prometo que un día subimos los dos solos como si fuéramos un par de turistas.
– Te tomo la palabra.
 
Una hora después bajo las escaleras de casa y me encuentro a mis chicos viendo la tele estirados en el sofá. Ambos se incorporan al instante y empiezan a lanzarme piropos. 
 
– ¡Mamá! ¡Estás guapísima!
– Estás preciosa cariño. Bueno, las dos estáis preciosas.
– Ese vestido te queda muy bien, mami.
– Vale, vale, no os paséis que ya empieza a parecer peloteo.
 
Al final me he decidido por un vestido largo negro con un cinturón marrón que me queda por debajo de la barriga y me he puesto mis botas marrones que tienen algo de tacón, no mucho porque no creo que mi espalda aguantase. Voy todo lo arreglada como mi barrigón me permite.
 
– El taxi me está esperando. Primero tengo que pasar por casa de mi jefe para que me dé la acreditación, ¿vale?
– Vale – dice abrazándome mientras me besa – Cuida de tu madre Emma y no le des mucha guerra.
 
Media hora más tarde el taxi se para delante de casa de mi jefe en Brooklyn. De verdad la vuelta idiota que voy a dar y todo porque se olvidó de enviarme la acreditación a casa. 
 
– Espéreme un momento que ahora vuelvo – le digo al taxista.
 
Recorro el pequeño camino de entrada y llamo al timbre. Mi jefe abre la puerta pocos segundos después.
 
– ¡Hola Alex! ¡Guau, estás preciosa!
– Sí, claro… Ahórrate los piropos que no hace falta que me hagas la pelota…
– Esto… entonces… gracias por cubrir el evento…
– Lo siento. No quería contestarte así… últimamente estoy un poco irascible… Es que me he puesto muy nerviosa porque no sabía qué ponerme.
– Me parece que le gustarías hasta vestida con un saco – me dice mientras se pierde por el pasillo para buscar la acreditación.
– ¿Cómo?
– No, nada, que las embarazadas estáis preciosas os pongáis lo que os pongáis… Toma, aquí la tienes. Haz unas pocas fotos y sobretodo, diviértete.
– Gracias.
 
Vuelvo al taxi y miro el reloj. Ya voy diez minutos tarde y aún tenemos que llegar de nuevo al centro. Esta parada me ha entretenido más de lo debido.
 
Treinta y cinco minutos de atasco después, el taxi para en la quinta avenida. Miro el reloj y horrorizada compruebo que entre unas cosas y otras hace casi dos horas que he salido de casa y aún no he empezado a trabajar. Pago y salgo sin poder evitar mirar hacia arriba como una tonta. La de veces que he podido llegar a pasar por aquí y siempre, no falla, miro hacia arriba maravillada para ver el Empire State en todo su esplendor. Subiré por primera vez fuera del horario de visitas, que ha terminado hace más de dos horas, así que estoy también muy emocionada por ese motivo.
 
Me dirijo a la puerta de entrada y un guarda de seguridad me para al instante. Le enseño la acreditación, me mira con una sonrisa en los labios y me deja pasar.
 
El vestíbulo está completamente vacío aunque teniendo en cuenta que llego como una hora tarde, no me extraña demasiado. Me dirijo a los ascensores, y no puedo evitar mosquearme al entrar sola en uno de ellos. Creo que esto que estoy haciendo ahora debe ser un hecho histórico, subirme sola en uno de los ascensores del Empire State Building, a quien se lo cuente no se lo creerá. Aprieto el botón del piso 86 ya que la fiesta se celebra en la terraza mirador de ese piso. Me apoyo en la pared más alejada de la puerta descansando mi espalda durante los cuarenta y cinco que dura el trayecto. Se abren las puertas y me quedo parada ante la oscuridad y tranquilidad que reina en el lugar. Esto no puede estar bien… cojo mi acreditación y compruebo de nuevo la fecha y la hora pero parece estar todo correcto.
 
Salgo al observatorio y decido dar la vuelta aunque algo debe ir mal… no se oye a nadie… ya tiene que ser coñazo la fiesta para no oírse nada… 
 
Pero entonces unas pequeñas luces blancas se encienden delante de mí iluminando tenuemente la terraza. Me quedo parada, sin entender nada, mirando de un lado a otro asombrada.
 
– Hola…
 
Sobresaltada me giro al escuchar su voz a mi espalda. Y ahí está él. Vestido con traje y corbata, todo de negro, en contraste con sus brillantes ojos azules. El pelo bien peinado hacia atrás y recién afeitado. Tiene las manos metidas en los bolsillos en una pose de lo más sexy.
 
– ¿Qué pasa aquí? – digo riendo nerviosa.
– ¿No querías subir aquí conmigo?
– Pues sí… 
– Pues deseo concedido.
– ¿La fiesta no existe entonces?
 
Patrick niega con la cabeza poniendo una mueca divertida.
 
– ¿Pero entonces mi jefe estaba en el ajo? 
 
Mueve la cabeza afirmativamente.
 
– Estás muy guapo – digo mirándole de arriba abajo.
– La ocasión lo requiere. 
– ¿Ocasión?
 
Le veo acercarse poco a poco mientras traga saliva y a pocos metros de mí se arrodilla.
 
– ¡¿Se puede saber qué haces?! 
 
– Espera que desde aquí abajo parece que le esté hablando a Emma y no a ti – dice levantándose de nuevo.
– ¿Qué narices te piensas que estás haciendo? ¿Estás loco?
 
Me pone un dedo en los labios para hacerme callar y me coge de la mano acercándome a la barandilla para admirar las vistas. Se pone detrás de mí, poniendo sus brazos alrededor de mi cintura y abrazando a Emma. Me apoyo contra su pecho y su respiración me mece acompasando la mía, hasta que acabamos respirando al unísono. Abajo, delante nuestro se extiende Central Park, iluminado por las miles de farolas.
 
– Me has enseñado muchas cosas Alex, pero la lección más valiosa que he aprendido de ti es a querer a alguien sin miedo. A confiar ciegamente en las personas que quieres, sin temor a que te hagan daño. A arriesgarte y expresar los sentimientos. A cometer locuras por ver sonreír al amor de tu vida, aunque sea por unos segundos. Allí abajo, en Central Park, cometiste varias locuras por mí, y ahora, aquí arriba, es mi turno.
 
Su respiración se agita más y más. Me gira poniéndose frente a mí y me mira a los ojos.
 
– Alex… ¿quieres casarte conmigo?
 
Miles de imágenes se agolpan en mi cabeza. Recuerdos de mi infancia, cuando soñaba que un día un príncipe me llevaría lejos en su caballo y me pediría que me casara con él o de mi adolescencia cuando deseaba que el chico que me gustaba me pidiera que le acompañara al baile. Recuerdos de la universidad y mi relación con Jeff, basada sólo en el sexo y que no me aportaba nada más. Imágenes de estos meses, las lágrimas de Will al morir su madre, mi primera cita con Patrick, el dolor que sentí en mi corazón cuando descubrió las fotos y me dejó y los celos que sentí al verle besarse con Claire, el shock que me produjo saber que era hijo de Alice y Charlie y la compasión que sentí al conocer su infancia, el amor incondicional que nos une y nos hizo volver a estar juntos y adoptar a Will y el sentimiento maternal que el embarazo de Emma ha hecho aflorar en mí. Han sido meses de muchos sentimientos encontrados y la mayoría de ellos provocados por la misma persona. Ese hombre que tengo frente a mí y que me mira expectante a la espera de mi respuesta.
 
– Claro que quiero casarme contigo – digo posando mis labios encima de los suyos, sin querer mover un solo músculo para no romper la magia del momento.
– ¿Ahora? – me suelta de repente.
– ¿Cómo? No te entiendo… ¿Ahora de ya?
– Ajá… ¿Por qué esperar?
– Estás loco… ¿pero así sin más?
 
Me mira pícaro levantando una ceja mientras saca su teléfono del bolsillo del pantalón. 
 
– Subid – dice simplemente y luego cuelga.
 
Menos de un minuto después, un hombre mayor con alzacuellos aparece y nos saluda.
 
– Tú debes ser Alex – dice dándome la mano – Encantado. Hola Patrick.
– Reverendo.
– Esto es una locura – digo mirando a Patrick.
– ¿Echas de menos a alguien? – me pregunta entonces.
– Pues claro… a Will, a Joey… 
 
Entonces echa un vistazo hacia atrás nuestro y señala hacia allí con el dedo. Me giro y no puedo creer lo que veo. A escasos metros de nosotros están Will, Joey y Claire, Alice y Charlie, Megan, la hermana pequeña de Patrick y… ¿mi madre? ¿Qué hace aquí? Me mira y me saluda mientras me lanza un beso. Me vuelvo hacia Patrick de nuevo y le pregunto.
 
– ¿Cómo has organizado todo esto? ¿Cuándo lo has hecho?
 
Se encoge de hombros y me sonríe.
 
– Quiero casarme contigo, necesito casarme contigo. Soy así de simple, quiero ese papel que diga que tengo una familia, mi familia. Si por mí fuera te hubiera secuestrado y habríamos huido lejos, solos los dos, pero algo me dice que algunos no nos lo iban a perdonar nunca, así que intenté contentar a todo el mundo… Sobre todo a ti, trayendo a la gente que quieres a tu sitio favorito de la ciudad. Así que… ¿sigue en pie lo de casarte conmigo?
– Pues claro que sí – digo entre lágrimas.
 
Mira hacia Will y le hace una seña con el dedo para que se acerque.
 
– Hola. En serio que estás muy guapa – me dice mi chiquitín precioso con una gran sonrisa en la cara.
– ¿Y tú sabías todo esto?
– Él es el que más ha ayudado – me dice Patrick mientras Will asiente enérgicamente con la cabeza.
– ¿Listos? – pregunta el cura.
– Cuando quiera.
 
Dos meses y medio después estoy estirada en una camilla, resoplando como una loca y pidiendo a gritos la epidural, mientras me llevan corriendo hacia el paritorio. Patrick y Will corren detrás de la camilla hasta que llegamos a la zona de quirófanos, me meten dentro y les pierdo de vista.
 
– Alex, el bebé va a salir ya, no tenemos tiempo de ponerte la epidural porque no haría efecto a tiempo.
– ¡¿Cómo?! ¡No, no, no! ¡Quiero la epidural! ¡No seré capaz de hacerlo sola!
 
En ese momento entra Patrick vestido con una bata azul y preocupado se acerca a mí.
 
– Hola cariño. ¿Qué pasa?
– ¡Que no me quieren poner la epidural! – digo llorando.
– No se la podemos poner porque no haría efecto a tiempo – le dice el anestesista a Patrick.
– Tengo miedo… 
– Alex, mírame. Tú puedes con esto y con lo que quieras. Además, no me voy a separar de ti ni un segundo. Cuando veas la cara de Emma verás como todo habrá valido la pena, te lo aseguro.
 
En ese momento tengo una contracción brutal y le aprieto la mano a Patrick tanto que creo que se la voy a romper.
 
– De acuerdo, sigue empujando, que ya le vemos la cabeza – oigo que me dice una voz a través de una cortina que impide que me vea las piernas – Eso es, sólo un poco más y ya estaremos.
 
Patrick me mira y asiente con la cabeza. Me acaricia la mejilla con el pulgar para tranquilizarme y cuando me lo piden vuelvo a empujar mientras aprieto su mano. Varios empujes después, oímos un llanto estridente. Segundos más tarde tengo a mi niñita encima, envuelta en una mantita, descansando tranquila con los ojitos cerrados. No tiene nada de pelo, ni tan solo cejas y es rosadita y redondita.
 
– Tenías razón, ha merecido la pena.
– Es perfecta – dice sin quitarle los ojos de encima.
– En un rato las subiremos a la habitación – le dice el médico a Patrick – Si quiere, salga fuera con su hijo mayor. Pueden esperarlas allí mientras. Y… enhorabuena.
– Vale, gracias – dice dándole la mano – Nos vemos ahora, ¿vale? Aprovecharé para llamar a todos.
 
Las visitas por la habitación se van sucediendo y todos comentan que parece ser una niña muy tranquila. De hecho, aún no ha siquiera abierto los ojos y duerme tranquila. A media tarde le di el pecho pero ni siquiera se quejó para reclamarlo, lo hice porque me lo dijo la enfermera.
 
Cuando por fin estamos los cuatro solos al caer la noche, Will se estira a mi lado de costado, apoyando la cabeza en mi hombro, mirando a Emma que está justo al otro lado, en mi otro hombro.
 
– Es guapísima, ¿verdad?
– ¿Quieres cogerla? Aun no lo has hecho… – le digo.
– ¿En serio? Me da miedo hacerle daño…
– Ven, siéntate aquí – dice Patrick incorporándole y sentándole en la cama.
 
Me incorporo y con cuidado para no despertarla la pongo en sus brazos. Will la mira con los ojos muy abiertos y aguanta la respiración incluso.
 
– Tranquilo, respira, si se despierta no pasa nada – le tranquiliza Patrick dándole un beso.
– Hola… ¿te acuerdas de mí? Soy Will, tu hermano mayor, el que te hablaba cuando estabas en la barriga de mamá. Eres súper guapa ¿sabes? 
 
En ese momento Emma empieza a hacer muecas con la boca y Will abre la boca y los ojos. Emma mueve las manitas y se las acerca a la cara.
 
– Se mueve…
 
En ese momento Emma abre sus pequeños ojitos por primera vez desde que nació y me enamoro aún más si cabe de ella.
 
– Ualaaaaaa, tiene los mismos ojos que papá – dice Will mirándonos.
– Es verdad – digo mirando a Patrick – es perfecta.
 
Will empieza a hacerle carantoñas y a sacarle la lengua y Emma parece incluso sonreírle.
 
– Te quiero mucho chiquitaja.
– Definitivamente, Emma tiene mucha suerte – dice Patrick –  Tiene el mejor hermano mayor del mundo.

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