Primer Capítulo

Capítulo 1 – Cuando todo acabó

—¡Oh, joder…! ¡Sigue! ¡Más! ¡No pares!

—No lo voy a hacer… —jadeo, apretando los dientes.

—¡Más fuerte…!

Sus uñas arañan mi espalda, seguro que dejándome marcas sobre mis tatuajes. Esta tía es una fiera insaciable. Le va el sexo duro. Lo supe desde que la vi y nuestras miradas se cruzaron. Me he acostado con suficientes mujeres como para adivinar sus gustos sexuales con tan solo una mirada.

Siguiendo sus órdenes, empujo con más brío, escuchando sus jadeos en mi oreja, que muerde con sus dientes.

—¡Ah…! ¡Joder…! —me quejo, en vano, cuando ella no ceja en su empeño.

—¡Oh, joder, Chris! ¡Sigue! —grita, exigiéndome más.

Muevo las caderas con fuerza, hundiéndome en ella, pero el jet lag empieza a hacer mella en mí. He tenido que hacer un hueco en la gira para poder asistir a la boda de Simon, el mejor amigo de mi hermano Max. Soy, de alguna manera, el regalo de su parte para los novios. Me daba mucha pereza venir, y estuve a punto de cancelarlo, pero Lexy me conoce demasiado bien y me llamó para quitármelo de la cabeza. Al final, la boda ha resultado menos peñazo de lo que imaginé. He tenido la oportunidad de compartir tiempo con mi familia, a los que hacía tiempo que no veía y echaba algo de menos, sobre todo a mi padre. También he podido compartir un rato con los Turner, una familia peculiar que me encanta, y con algunos amigos más. He bebido, he bailado y, además, conocí a un par de chicas interesantes. Me enrollé con una de ellas, y cuando parecía que iba a tener final feliz, me crucé con la otra, una morena de rasgos asiáticos y cara de mala leche, creo que amiga de la novia. ¿Cómo me dijo que se llamaba…? Por más que me esfuerce no consigo recordarlo…

—¡Joder, Kim! —Escucho que alguien grita.

—Así se llamaba. Eso es. Gracias —pienso, dibujando una sonrisa de medio lado en los labios.

—¡¿No sabes llamar antes de entrar…?! —se queja Kim, poniendo los pies en el suelo al tiempo que se baja el vestido y me aparta.

—¡Es el guardarropa, Kim! ¡No es un sitio demasiado privado ni reservado que digamos…!

La chica se acerca y rebusca entre los bolsos, chaquetas y pañuelos esparcidos por el suelo, la mayoría por nuestra culpa. Entonces, al girar la cabeza y verme, mira a su amiga de nuevo, con las cejas levantadas.

—¡¿Él?! ¡¿Tenía que ser él?! —dice, apretando los dientes.

—O era él, o me tiraba a un hombre casado. Hay un tal Aaron ahí fuera que está tremendo.

—Es mi padre —me atrevo a intervenir, ya con los pantalones en su sitio.

—¿Ves? Todo queda en casa —ríe Kim, contagiándome.

—¡A mí no me hace ni puñetera gracia! ¡Es el hermano de Max, por el amor de Dios! ¡El mejor amigo de Simon!

—¡Ya sé quién es! ¡Sé perfectamente quién es! —contesta con el mismo tono que la novia, cuyo nombre tampoco recuerdo—. ¡¿Pero tú le has visto bien, Chloe?!

—Sí le he visto, sí.

Las dos giran la cabeza a la vez y me pillan encendiéndome un cigarrillo. Levanto los ojos y, sin moverme aún, las observo con recelo. Al rato, sintiéndome totalmente devorado por su mirada, sonrío y las saludo con una mano.

—Joder, qué tremendo está… —susurra Kim, mordiéndome el labio inferior mientras me mira de arriba abajo.

Chloe resopla desesperada, bajando los brazos, justo antes de caminar hacia la salida.

—Chloe —la llama Kim. Cuando se da la vuelta, prosigue—: ¿Venías a buscar algo, o solo a ponerte cachonda mirándonos…?

—¡Joder, mierda…! Busco un foulard para dejárselo a Faith —susurra Chloe, dando media vuelta. Cuando pasa por mi lado, me fulmina con la mirada—. Ya puedes estar borrando esa sonrisa de superioridad de la cara, guapito. Sé que antes te has enrollado con ella.

—Eso era… Faith… —digo, chasqueando los dedos.

—Oh, mierda. Ni tan siquiera sabías su nombre. Pues que sepas que, si se entera de esto, te cortará las pelotas. Y sin pelotas, tendrás una voz de pito muy poco varonil que seguro que te hará perder miles de fans…

Empieza a rebuscar entre las piezas de ropa esparcidas por el suelo, maldiciendo mientras lo hace. Lejos de calmarse, vuelve a encararme, señalándome con un dedo amenazador.

—No voy a permitir que enfrentes a mis dos mejores amigas… ¿Me entiendes?

—No era mi intención… —contesto, alzando las palmas de las manos en señal de rendición—. Aunque, entre tú y yo, esto me suele pasar a menudo…

—¿Esto…? —me pregunta, confundida.

—Enrollarme y tirarme a varias mujeres en una noche… Y me trae sin cuidado si son amigas del alma, simples conocidas o unas completas desconocidas. Así que, como te habrás dado ya cuenta, me importa una mierda si tus amigas se tiran de los pelos a partir de esta noche.

Chloe me mira frunciendo el ceño, con la boca abierta. Segundos después, se le escapa la risa y empieza a negar con la cabeza.

—Ahora lo entiendo todo… Eres como un puñetero adoptado. No tienes nada que ver con los Taylor “de verdad”. Cuando te vea por la televisión o en las revistas del corazón, reviviré este momento para recordarme a mí misma que eres un capullo que no se parece en nada a su padre o a sus hermanos.

Se da la vuelta de inmediato. Cuando pasa al lado de Kim, esta le tiende un pañuelo que Chloe coge sin siquiera mirarla, dando un portazo a su espalda. Poco después, Kim la sigue sin dirigirme la palabra.

»»»

—¿Nos podemos hacer una foto contigo?

—Claro… —contesto, mientras un grupo de cinco mujeres me rodean, me agarran y se frotan contra mí para sonreír frente a la cámara.

Después del flash de la cámara, todas ellas me besan. Sonrío mirándolas, escuchándolas hablar. Una de ellas llama especialmente mi atención. Es rubia y tiene el pelo corto, con el flequillo cruzando su frente. Me regala una sonrisa arrebatadora mientras me mira de reojo, con las mejillas sonrosadas. Tiene esa mezcla de timidez y belleza que tanto me gusta.

Como ella…

Así pues, cuando se están alejando, agarro su codo y tiro de ella hacia mí.

—¿Quieres bailar?

Por supuesto que quiere, aunque no me contesta. De nuevo se sonroja y mira de forma insistente hacia sus amigas, que la observan con una mezcla de envidia, felicidad y rabia. Sin soltar su mano, camino lentamente hacia la pista de baile y, una vez en el medio, rodeo su cintura con firmeza y la aprieto contra mi cuerpo. Escucho su respiración errática en mi oreja. Está nerviosa, y no puedo hacer otra cosa que sonreír satisfecho.

Me encanta esta sensación. En cuanto me hice famoso, comprobé que las mujeres me deseaban y muchas hacían cualquier cosa por acostarse conmigo. Se me insinuaban… Me tocaban… Me besaban… Durante un tiempo conseguí resistir, pero entonces la presión se hizo cada vez más difícil de sobrellevar, y los viajes eran cada vez más largos, y el tiempo sin vernos era mayor. Y sucedió… Y Jill se enteró… Es difícil ocultar las infidelidades cuando los paparazzi te persiguen a todas horas.

Y así fue como, cuando todo acabó, me convertí en un mujeriego.

—¿Cómo te llamas? —le pregunto.

—April.

—Precioso nombre. Soy Chris.

—Lo sé… —sonríe, agachando la cabeza de nuevo.

Por supuesto que sabes quién soy, pienso.

—¿De parte del novio o de la novia?

—De la novia. Soy su sobrina.

—¿Sobrina? ¿Cuántos años tienes?

—Veinte.

Resoplo sin ningún disimulo al comprobar que es mayor de edad.

—Menos mal… —susurro.

La miro fijamente después de decirlo. Sus ojos, en cambio, me rehúyen. Entonces, me decido a atacar y acerco mi boca lentamente a la suya. Cuando nuestros labios se rozan, escucho un carraspeo cerca de mi oreja.

—Espero que sepas dónde te metes…

—Piérdete, Lexy…

—No puedes enrollarte con todas las mujeres de la boda…

—April, ¿tienes novio? —La chica me mira con los ojos muy abiertos, negando con la cabeza un par de veces—. Y si lo tuvieras, ¿te voy a besar en contra de tu voluntad?

Antes de que conteste, Lexy chasquea la lengua e interviene:

—Haz lo que te dé la gana, Chris, pero…

—Y eso es lo que estoy haciendo… Así que, gracias por estos sabios consejos que, para variar, nadie te ha pedido.

—Vete a la mierda, capullo.

—Yo también te quiero, hermanita. —La observo unos segundos mientras se aleja, antes de volver a centrar mi atención en April. De todos modos, su predisposición ha cambiado y, lentamente, empieza a alejarse de espaldas—. Oh, venga…

—Yo no… No quiero problemas y…

—No hay ningún problema.

—Es igual…

—¡¿Hablas en serio?! ¡¿Sabes lo que te pierdes?!

En ese momento, Harry, el hermano mayor de Simon, me agarra del brazo y me lleva a un aparte.

—Chris, te lo pido por favor… No montes un numerito de los tuyos.

—¿Un… numerito de los míos…? —pregunto, frunciendo el ceño.

—Escucha, si tienes problemas, te puedo recomendar algunas clínicas…

—¿Clínicas?

—No sé a quién pretendes engañar, pero es evidente que tienes un problema de adicción.

—¡¿Y se puede saber quién cojones eres tú para…?!

—Soy alguien al que le trae sin cuidado los ceros que tenga tu cuenta corriente o lo bien parecido que seas. Lo que hagas con tu vida no me incumbe, pero es la boda de mi hermano pequeño, y quiero que te quede clara una cosa, y para ello me voy a rebajar a tu nivel: deja de joder, en el sentido figurado y literal, o me veré obligado a pedirte que te vayas.

—Eso lo tendrá que decir quién me haya invitado a la boda, ¿no?

—Siento ser el portador de malas noticias, pero no te han invitado… te han contratado. Y según veo, tu trabajo aquí ha terminado, así que puedes irte.

Le miro con la boca abierta, intentando procesar sus palabras.

—Mi hermano es el que me dijo que…

—Tu hermano tiene mucha paciencia contigo, pero si sigues así, no tardará en sentirse avergonzado. Así que haznos un favor a todos, incluido a ti mismo, y lárgate antes de que pierdas la poca dignidad que te queda.

Me giro de golpe, acercándome a él hasta dejar mi cara a escasos centímetros de la suya. No tiene pinta de aguantarme más de cinco puñetazos, así que, muy cabreado y, por qué no admitirlo, envalentonado por el alcohol, le agarro de las solapas de la camisa y le enseño mi puño.

—Oh, vamos… ¿Cómo puedes ser tan pueril? ¿Así es como pretendes justificar tu comportamiento? Es un método bastante primitivo, si me permites la observación.

Aprieto la mandíbula, resoplando entre dientes. Al rato, le suelto, dándole la razón a regañadientes. Le empujo con menos fuerza de la que me gustaría y me alejo caminando de espaldas, mirándole de forma desafiante.

—¡Joder! ¡¿No te cansas nunca de ser tan pedante?!

—Nunca me canso de ser yo —me contesta con las manos en los bolsillos, encogiéndose de hombros.

»»»

Acerco la nariz a la fina línea blanca y, tapándome una de las fosas nasales, la esnifo de principio a fin. Me la froto de forma repetida. Levanto la cabeza, mirando al techo, frotándome la cara con ambas manos. Dejo ir un largo suspiro y entonces me preparo la segunda raya.

—Oh, joder… ¡Mierda, Chris!

—¿Qué? No estoy abochornándote en público…

—¿Qué?

—Que me mantengo recluido para que no tengas que disculparme frente a tus amigos.

—Sabes que no es así, Chris.

—Harry vino a pegarme la charla, Max. Sé lo que piensas de mí.

—Y parece que surtió mucho efecto… ¿Por qué te metes esa mierda?

—Si la probaras, no te atreverías a llamarla así…

—Tú eres mejor que todo esto.

—No lo soy.

—¡Claro que lo eres! —grita, con la paciencia totalmente agotada, acercándose hasta la mesa para borrar la raya de cocaína, esparciendo la mayoría por el suelo y limpiándose los restos de la mano.

Preso de una ira irracional, me abalanzo sobre él y, agarrándole de las solapas de la camisa, le empotro contra la pared. Por el camino, arrasamos con un par de sillas, formando un pequeño estruendo. Cuando su espalda choca contra la pared y mi cara se queda a escasos centímetros de la suya, le miro con los ojos inyectados en rabia, escupiendo algo de saliva al respirar. Entonces me fijo en sus ojos, aquellos que hasta hace poco me miraban con orgullo y admiración. Esos que ahora lo hacen con miedo, pena y vergüenza…

—¿Prefieres renunciar a mí antes que a esa mierda? —me pregunta, muy dolido—. ¿Tanto te controla eso?

Le suelto con brusquedad, retirándome hacia atrás rápidamente. Niego con la cabeza, justo antes de agarrarme el pelo con ambas manos y darle la espalda. Entonces vuelvo a escuchar su voz.

—Tú me salvaste, Chris. Tú me hiciste lo que soy. ¡Eras mi hermano mayor, joder! —Escucho un sollozo—. Y, aunque hace tiempo que no te reconozco, sé que detrás de todo esto, sigues siendo ese chico de quince años con el pelo revuelto y ojos vivos que me miraba sonriente mientras tocaba la guitarra.

Escucho sus pasos a mi espalda, acercándose a mí.

—Escucha, Chris… Mamá y Aaron no son ajenos a los rumores… y… empiezan a estar preocupados. Lo sé.

—No hay nada de lo que preocuparse. Lo tengo controlado.

—¿Te crees tus propias palabras? Porque sé leer… Veo lo que sale en las revistas… Veo fotos tuyas borracho en varios clubs, enrollándote con cientos de mujeres… Eso no puede hacer ningún bien a tu carrera profesional, no digamos ya a la personal…

—Es eso, ¿no? Tienes envidia de la cantidad de mujeres que me tiro…

—¡¿Qué?! ¡No! ¡Por supuesto que no! ¡Yo no…! ¡Joder, Chris! ¡Madura un poco! ¿Sabes qué? Haz lo que te dé la gana —dice con desgana, totalmente derrotado, mientras se aleja hacia la puerta.

En cuanto me quedo solo, preso por la locura, arraso con algunas sillas, tirándolas de pura rabia. En el fondo, sé que tiene razón. Mi vida se ha convertido en un caos. Me siento como si me hundiera en arenas movedizas y, por más que intento salir, cada vez que hago algo, me hundo más y más. Y lo único que me mantiene despierto, lo único que me da fuerzas para seguir adelante, para subir noche tras noche a los escenarios, es este polvo blanco.

Lanzo una silla con fuerza contra la puerta, haciéndola pedazos al instante.

—¿Chris? Me ha dicho Max que estabas aquí… ¿Estás bien…? —Nada más escuchar la voz de mi padre, me giro hacia la puerta. Con los brazos a ambos lados del cuerpo, mi pecho sube y baja con rapidez. Siento el sudor poblando mi frente, además de varias gotas resbalando por mi espalda—. ¿Hola? ¿Chris?

Me froto la cara con ambas manos, intentando acicalarme, recobrar la compostura, como si mis manos fueran mágicas y pudiera borrar cualquier rastro de mi perdición. Luego, froto las palmas de las manos contra el pantalón y empiezo a caminar hacia la puerta. Antes de abrirla, hecho un vistazo hacia atrás, para comprobar que no hay restos visibles de cocaína.

—Hola… —saludo nada más abrir.

—¿Estás… bien? —me pregunta mirándome de arriba abajo.

Ha sido policía durante muchos años, y sé que su instinto está recibiendo señales de alerta. Primero mira más allá de mi espalda, para luego volverme a mirar a mí. Me mira a los ojos, frunciendo el ceño, justo en el momento en el que agacho la cabeza, fijando la vista en el suelo.

—¿Chris? —insiste.

Trago saliva antes de mirarle a los ojos.

—Estoy bien.

Se queda callado durante unos segundos que se me antojan horas. Incapaz de sostenerle la mirada, señalo hacia el pasillo y hago el ademán de empezar a caminar.

—Iba a… Yo… ya me iba.

—Chris, ¿qué pasa?

—Nada.

—¿En serio va a ser así?

—¿Cómo…? No entiendo…

—¿Me tomas por imbécil, Chris?

—¿Qué…? No… Yo… Estoy bien…

—Es evidente que no lo estás. ¿Cuánto hace que te drogas? Y no intentes negarlo. Tampoco intentes decirme que lo tienes controlado porque es evidente que no es así. Dime qué puedo hacer. —Hago un intento de negación, aturdido y sorprendido—. Quiero ayudarte.

—No…

—Chris, mamá y yo…

—No —repito.

—Chris.

—No.

—Chris, escúchame.

—¡No! ¡No hace falta que me sermonees! ¡Ni que te preocupes por mí! ¡Ni tú ni nadie!

—Necesitas ayuda, Chris. Aunque no lo creas.

—¡Cállate! —le grito, agarrándome la cabeza con ambas manos.

—No me pienso rendir, por mucho que me grites.

—¡Que te calles!

—Estoy aquí para recordarte que puedes contar conmigo para lo que necesites. Como siempre.

Su tono de voz calmado me saca de mis casillas, a pesar de que sus palabras deberían reconfortarme.

—¡¿Como siempre?! ¡¿Estás seguro?! ¡Me parece que olvidas quince años de mi vida!

—Chris… No voy a tener en cuenta esas palabras… Pensaba que todo eso estaba… superado y…

—¡No es tan fácil borrar quince años de mi vida!

—Sabes lo mucho que me arrepiento de aquello… —se excusa, frunciendo el ceño—. Sabes que puedes contar conmigo y con tu madre para lo que…

—¡Ella no es mi madre! —grito entonces, totalmente fuera de mí, apretando los puños. Lejos de alterarse, mi padre niega con la cabeza, lentamente, y luego se da la vuelta. Su comportamiento me cabrea. Su falta de respuesta me saca de quicio. Necesito que se enfrente a mí para tener una razón para seguir enfadado—. ¡Eso es! ¡Huye! ¡Pasa de mí!

—No paso de ti, paso de la versión de ti controlada por las drogas. Necesito que vuelvas a ser el de siempre. Hasta entonces, te quedas solo.

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Capítulo 1 – Casi Compatibles

—¿Lirios violetas o blancos?

—Blancos.

—¿Tú crees?

—Violetas.

—¿Seguro?

—Rachel, cielo, me da igual de qué color sean las flores de las mesas.

—Te estaba preguntando por las flores de mi ramo…

—Da igual…

¿Da igual? ¿Cómo que da igual? ¡A mí no me da igual! ¡Estamos hablando de las puñeteras flores del puñetero ramo de la puñetera boda que sus puñeteros padres querían!

—Está bien —resoplo, conteniendo mi enfado—. Oye, esta tarde habíamos quedado con el carpintero, pero no creo que pueda ir porque tengo una reunión con un cliente.

—No te preocupes. Ya voy yo y mañana te cuento.

—¿Mañana? ¿Hasta mañana no nos vemos? ¿No vendrás a verme a casa esta noche?

—Eh… No creo. Estoy agotado…

—De acuerdo… —vuelvo a claudicar—. Acuérdate de decirle al carpintero que los muebles de la cocina los queremos en color crema, no blancos. Que los cambie.

—Sí, cielo. Lo haré.

—Está bien. Te echaré de menos…

—Y yo. Adiós.

Cuando se corta la llamada, despego el teléfono de la oreja y miro la pantalla. En la facultad de derecho, todas las chicas estaban locas por él por tres razones: su aspecto físico, su carisma y su cuenta corriente o, mejor dicho, la de sus padres. Así que digamos que Michael no me conquistó por ser un romántico, pero últimamente está más distante de lo habitual.

Quizá sea por culpa de la presión en el trabajo… Es ayudante del Fiscal General de Nueva York y eso le obliga a pasar horas y horas en los juzgados. Y en los ratos que le quedan libres, está reunido con clientes. Así que yo me tengo que conformar con las sobras de todo ello… cuando queda alguna, claro está.

O puede que sea porque aún vivimos separados, ya que la casa que ambos compramos en el Upper East Side está completamente desmantelada por culpa de las interminables obras. Nunca pensé que la casa necesitara ningún cambio, tenía ese aspecto rústico y antiguo, con algunas paredes de ladrillo a la vista y esa chimenea enorme… A mí me gustaba como estaba, pero poco a poco me fui dejando convencer por Michael para convertirla en un loft diáfano y blanco.

O a lo mejor sea por los nervios de la inminente boda… aunque eso es poco probable, ya que soy yo la que se está ocupando de todo. Soy yo la que soporta las llamadas a horas intempestivas de Candance, nuestra planificadora de bodas, para preguntarme si prefiero que las servilletas tengan forma de cisne o de flor. Además, no fui yo la que quiso casarse, no lo creía necesario, pero sus padres insistieron. Él hizo lo que siempre hace cuando se trata de sus padres, decir amén a todo. Y yo lo que siempre hago cuando se trata de él, claudicar.

—¿Rachel? ¿Hola?

—¿Qué?

—¿Has oído algo de lo que he dicho?

—Sí. Sí, claro, claro.

—¡Y una mierda! ¡Joder, Rachel…! Esta puñetera boda no va a acabar solo contigo, sino también con nuestro bufete, y, en consecuencia, conmigo. Por favor, céntrate…

Intento centrarme en lo que Kelly me dice. Acaba de llegar al despacho, porque aún lleva el maletín en la mano. Su serio atuendo compuesto por un traje de falda y americana negra contrasta con su pelo teñido de rojo y sus labios pintados del mismo color. Dice que este aspecto le ayuda a ganarse una reputación en los juzgados, y la verdad es que son muchos los colegas de profesión que la temen, aunque no sé si es más por su indumentaria que por su pico de oro. De todos es sabido que Kelly carece de ese sensato filtro entre el cerebro y la boca, tan necesario en algunas situaciones.

—Te decía que la reunión de esta tarde se ha adelantado. Tienes exactamente media hora para comer antes de tener que irte —dice tendiéndome una ensalada.

—¿Reunión…?

—¡Ay, la hostia! ¡¿No me jodas que no te acuerdas…?! ¡Te lo comenté hace unos días! ¿Ese cliente que me llamó la semana pasada…? ¿Un putero que después de haberse tirado a todas sus secretarias durante más de veinte años pretende escatimarle a su mujer hasta el último centavo de la pensión…? ¿Te suena de algo ya?

—Sí, sí —contesto—. Me acuerdo.

—Bueno es saberlo, porque ese putero es nuestro futuro cliente.

—Kelly… Te lo dije… No puedo defender a un tipo así.

—Incorrecto. Lo que no puedes es rechazar a un cliente que nos va a pagar lo que ese tipo nos va a pagar…

—¡Pero es inmoral!

—¡Pero el dinero nos da de comer! Además, he visto unos “Manolos” que tienen mi nombre escrito en la suela. —Pongo los ojos en blanco al escucharla y en cuanto me ve, se excusa—: Ríete, pero al lado de los “Kellys” me pareció ver unas botas “Rachels”. Que trabajar por “amor al arte” está muy bien y es muy gratificante, pero no paga las facturas…

—Lo sé, pero… Va contra mis principios.

—¿Comer va contra tus principios?

—Hazlo tú, Kelly. Tú tienes menos… más…

—No puedo. Estoy con la monjita a la que tú accediste a defender y que nos pagará, como mucho, con magdalenas y galletas hechas en convento.

—Pero es reconfortante saber que estás ayudando a mejorar esta sociedad. Además, no me digas que cuando te compres esos zapatos y te los veas puestos, no se te encogerá un poquito el corazón al saber que te los ha comprado un adúltero.

—Bueno, quizá… —Kelly levanta la barbilla y mira al cielo, pensándoselo durante unos segundos, hasta que me vuelve a mirar y los ojos le brillan, y cuando creo que le he tocado la fibra, suelta—: ¡No veas lo bien que me quedan puestos! Me acabo de ver y… ¡tienen que ser míos!

La observo con la boca abierta, pero ella ni se inmuta. Se quita el abrigo y la americana, aparta una de las pilas de expedientes que sepultan mi mesa y que juro por Dios que algún día archivaré, y se sienta frente a mí.

—¿Cómo van esas obras? —me pregunta para cambiar de tema.

—¿En cuánto tiempo se construyó el Empire State?

—En poco más de un año.

—¡No fastidies! —le pregunto con los ojos muy abiertos y el tenedor a medio camino entre la ensalada y mi boca.

—¿Tan mal van?

—Mal no, lentas. Muy lentas. Esta tarde va el carpintero que nos está haciendo los muebles de la cocina para que Michael le explique la diferencia entre blanco y crema.

—¿Y ya te fías del criterio de un hombre en esas cosas? Ten en cuenta que su cerebro solo procesa los colores básicos. No les saques del negro, rojo, verde y azul.

—No puedo ir porque tenemos la… Espera. La reunión que tenía es esta que se acaba de adelantar, ¿no?

—Supongo… Esta tarde solo teníamos esa preparada…

—Pues si se ha adelantado, sí podré llegar a tiempo para ver al carpintero. O más o menos…

—¿Ves qué bien? No hay mal que por bien no venga. Vamos a esa reunión, tenemos contento a nuestro cliente, yo consigo mis “Manolos” y tú una cita con tu carpintero daltónico —sentencia y a mí, al final, se me escapa la risa.

Es cierto que últimamente no entra demasiado dinero en nuestras cuentas, sobre todo desde que decidimos representar a una organización benéfica a la que no cobramos nada por nuestros servicios. La noticia corrió como la pólvora y nuestros dos clientes posteriores, una ONG y la novicia del convento de clausura que está defendiendo Kelly, tampoco han aportado nada a nuestras deprimidas cuentas bancarias. Así pues, esta vez me tragaré mis principios y defenderé a ese capullo lo mejor que pueda.

≈≈≈

Varias horas después, salgo de la reunión con unos retortijones mortales, y no es que me haya sentado mal la ensalada… Es que se me ha revuelto el estómago escuchando al impresentable al que acabo de acceder a defender. Camino por la acera mirando hacia atrás, en busca de un taxi, mientras llamo a Kelly para informarla de todo.

—¿Tenemos “Manolos”?

—Te los haré poner todos los días, aunque te salgan juanetes.

—¡Gracias, gracias, gracias! ¿Es majo o qué?

—Kelly.

—¿Qué?

—Es repugnante.

—¿En serio? ¿Tan feo es? ¿Y cómo se ha tirado a tantas tías?

—¿Pues porque era su jefe y temían ser despedidas?

—Qué poco amor propio.

—Ya te digo… Bueno, que llamaba solo para avisarte de que tenemos nuevo cliente y de que, aunque tarde, voy a mi futura casa para pelearme con el carpintero —digo mientras consigo detener un taxi, que se detiene a mi lado—. Al 122 de la 71, entre Park y Lexington.

—Perfecto. ¡Nos vemos mañana!

Durante el trayecto hacia mi futura casa, intento llamar a Michael para avisarle de que voy, pero su teléfono está apagado. Le envío un mensaje, aunque, veinte minutos después, cuando el taxi se detiene frente a nuestra futura casa, aún no he obtenido respuesta.

Antes de subir las escaleras de mi futura casa, levanto la vista para admirar la fachada. Me encanta el barrio, me encanta la calle y me encanta mi nueva casa, pienso junto antes de sacar las llaves del bolso. Cuando entro, la casa está demasiado silenciosa y oscura. Miro el reloj. Es cierto que el carpintero quedó en venir hace veinte minutos, pero, o ha entendido muy rápido el tema de los colores, o el muy impresentable aún no ha hecho acto de presencia. En todo caso, Michael debería estar aquí aún, pienso mientras salgo de la cocina y llego al salón comedor. No me molesto en encender los interruptores porque la luz está cortada, así que saco mi teléfono y uso la luz de su pantalla como linterna. Entonces escucho voces arriba y subo las escaleras. Al llegar al rellano de arriba, una luz tenue sale de lo que será nuestro dormitorio, donde por ahora solo hay una cama. Doy los últimos pasos y justo cuando estoy frente a la puerta, antes de empezar a abrirla, escucho una risa de mujer. Se me hiela la sangre y se me corta la respiración. Apoyo las yemas de los dedos en la madera y la muevo lentamente para abrirla. Mientras lo hace, aún tengo la esperanza de ver algo totalmente inocente, con una explicación totalmente lógica, pero entonces veo velas encima de una silla, ropa escampada por el suelo, mis sábanas blancas revueltas en la cama y dos cuerpos desnudos frotándose entre sí. Michael está encima de una mujer y esta le rodea el trasero con una pierna mientras arquea la espalda de placer.

No me muevo, no grito, no lloro, no me enfurezco. Soy incapaz de hacer nada aparte de contemplar la escena, hasta que ella gira la cabeza y me ve en el quicio de la puerta. Pega un grito y eso alerta a Michael, que posa los ojos en mí. Enseguida se separa de ella y se baja de la cama. Camina hacia mí totalmente desnudo y por primera vez en todos estos años, siento arcadas al verle. La mujer se tapa con la sábana, mi sábana, la que compré para mi cama, no la suya, y entonces, presa de una rabia intensa, esquivo a Michael y me acerco a la cama.

—¡Son mis sábanas! —grito dando un tirón que la deja totalmente expuesta ante mí—. ¡Es mi cama!

—Rachel, cielo… —me dice Michael—. Te lo puedo explicar.

—¡No hace falta que me lo expliques! ¡Sé atar cabos yo solita!

Me acerco a la zorra que está ensuciando mi cama y la agarro por el pelo. Tiro de ella hasta obligarla a bajar de la cama y no la suelto ni siquiera cuando empezamos a bajar las escaleras hacia el salón.

—Rachel, por favor —me pide Michael mientras su amiga no deja de gritar y quejarse de dolor.

—¡Largo de mi casa! ¡Los dos!

—Pero… Rachel, escúchame…

—¡Fuera!

—¡No puedes echarme! —grita él entonces—. ¡Es mi casa también!

—¡Largo! ¡Fuera! ¡Marchaos los dos! ¡Id a follar a vuestra puta casa! ¡Y llevaos la sábana! —grito mientras se le tiro a la cara.

—Pero… Nuestra ropa está arriba…

Sin dejar de gritar y a empujones, consigo echarles de casa. Cierro la puerta con llave y entonces subo al dormitorio. Abro la ventana y tiro las velas, aún encendidas. Luego tiro la ropa de ella y finalmente, después de sacar las llaves de la casa del bolsillo del pantalón, se lo lanzo también.

No me molesto en mirar por la ventana mientras recogen todo, sino que bajo a la cocina. Nerviosa, impotente y fuera de mí, llena de rabia, apoyo las palmas de las manos en el impoluto mármol blanco, mirando a un lado y a otro mientras balanceo mi cuerpo hacia delante y hacia atrás. Entonces, movida por un impulso, me acerco al botellero. Está repleto de botellas de vino de Mike, la mayoría de ellas con un precio que ronda una cuarta parte de mi sueldo. No tengo costumbre de beber, pero necesito hacer algo, así que cojo una al azar, descorcho el tapón, y me sirvo una copa generosa.

Rato después, sigo sentada en lo que iba a ser mi cocina, rodeada de polvo y serrín, apoyada contra la pared, con la botella de vino vacía agarrada en la mano. Miro alrededor y entonces me pregunto si habrá venido el carpintero. Qué tontería, pienso para mí misma al caer en la cuenta de que puede que esta ya no vaya a ser mi cocina nunca más.

—¡Qué cojones! ¡Quiero que sea mi cocina! ¡Quiero mi puñetera cocina color crema!

Me seco las lágrimas con las mangas de la camisa y busco mi teléfono. Marco el número de Kelly, y espero a que conteste.

—¡Hola! —contesta jovial.

—Tengo dos noticias, una buena y una mala —digo con voz gangosa—. ¿Cuál quieres primero?

—Rachel, ¿estás llorando?

—¿La buena o la mala?

—¿La…? Joder, Rachel… No sé… ¿La… buena?

—Tienes una nueva clienta.

—¡Anda! ¡Eso es genial!

—La mala es que soy yo y no te pienso pagar.

—Eh…

—Necesito ayuda y no me voy a contratar a mí misma porque sería algo raro y necesito la opinión de una tercera persona.

—Eh… Rachel… Aunque me encante tener clientes nuevos, a pesar de que no me vayan a pagar, tengo que preguntar… ¿Qué ha pasado?

—He pillado a Michael con otra.

—¡¿Qué?!

—En mi casa. En mi cama. Encima de mis sábanas.

—¡¿Qué?! ¡Será hijo de puta! ¿Estás bien?

—¡No! ¡Estoy furiosa!

—No me extraña.

—¡No solo con él, sino conmigo misma! ¡¿Cómo he podido dejarme manipular por ese imbécil?! ¡He cambiado mi manera de ser por él! ¡Yo no necesitaba esta boda, y accedí por él! ¡Yo no quiero pasar las vacaciones en los Hamptons todos los puñeteros años! ¡No me apetece pasar los viernes por la noche soportando a los estirados de sus amigos! ¡¿Y cómo me lo paga?! ¡Tirándose a una furcia en mi cama!

—La hostia… ¿Y me quieres contratar para… apalearle? ¿Pincharle las ruedas del coche…? ¿Mandarle amenazas anónimas…?

—No, idiota. Te quiero contratar como abogada porque quiero quitárselo todo.

—Rachel, no estabais casados. No hay nada que dividir. No puedes quitarle algo que no tengáis a medias legalmente…

—Quiero mi casa. Para mí. No quiero que se la quede. No quiero que se tire a nadie en mi colchón, y necesito que me aconsejes cómo conseguirlo. Quiero aplastarle, Kelly, y para eso, eres la mejor.

—Quedarte con esa casa querrá decir que tendrás que comprarle su parte.

—Pues lo haré.

—¿Con qué dinero? Porque como todos nuestros clientes sean como tú, lo llevamos claro…

≈≈≈

—Quiero la casa —afirmo con rotundidad.

—De… De acuerdo… —contesta Michael.

—Te pagaré tu mitad.

—Tranquila…

—Dame unos días para pedir el crédito al banco y…

—Claro…

Me quedo callada sin saber qué más decir. Venía predispuesta a pelear, imaginando que me pondría las cosas mucho más difíciles, pero, por alguna razón que se me escapa, esto está siendo demasiado fácil.

—Rachel… —susurra Michael entonces—. Yo no quería que nada de esto pasara…

—¡¿Perdona?! ¡¿Qué es lo que no querías que pasara?! ¡¿Follarte a esa puta en nuestra casa?! ¡¿O que me enterara?! ¡Porque si lo que no querías es que me enterara, podrías haber elegido millones de sitios antes que mi casa, mi cama, mi colchón, mis sábanas…!

—O sea… No quería que te enteraras así… Quería contártelo, pero…

—¡¿Querías contarme que te tiras a una puta?!

—Estoy enamorado de Sylvia —confiesa, totalmente aterrorizado.

—¡¿Qué?!

—Estoy enamorado de ella… Yo… Nos llevamos viendo un tiempo y… Yo no quería que pasara, pero simplemente, pasó…

—¡¿Quieres decir que te la has tirado más veces?!

—Eh… Sí… Pero nunca antes en casa.

—¡Oh, joder! ¡¿Encima te lo tengo que agradecer?!

—No… Joder, Rachel… De verdad que quería contártelo, pero entre el trabajo y lo de la boda, nunca supe cuando hacerlo.

—¿Y aun estando enamorado de esa puta…?

—Sylvia —se atreve a interrumpirme, dejándome con la boca abierta durante unos segundos.

—Perdóname, pero si no te importa, puesto que se está tirando a mi prometido, para mí seguirá siendo la puta —le confirmo—. Y como iba diciendo, ¿aun estando enamorado de esa puta, seguías con la idea de casarte conmigo?

Se encoge de hombros a modo de respuesta y yo no puedo hacer otra cosa que mirarle boquiabierta.

—¡Michael! ¡No estábamos planeando irnos de excursión juntos! ¡Estábamos planeando casarnos!

Agacha la cabeza y la hunde entre los hombros. De repente parece mucho más pequeño y, sobre todo, muy vulnerable. Creo que incluso empiezo a sentir un poco de lástima por él.

—Te quiero, Rachel. Y nunca, nunca, nunca, quise hacerte daño.

—¿Realmente estás enamorado de ella? —le pregunto de forma cortante.

Tarda un poco en contestar, pero finalmente asiente con la cabeza.

—¿Y por qué seguías adelante con la boda?

—Porque era lo que mis padres querían…

—¡Por el amor de Dios, Michael! ¡¿Te ibas a casar conmigo porque era lo que tus padres querían?!

—No me atreví a decirles nada porque… porque… Ellos nunca aceptarían a Sylvia como mi esposa. Ellos te quieren a ti y… —Supongo que mi cara de asombro no le pasa desapercibida, porque enseguida se encarga de aclararme—: Sí. No me mires así. Mis padres te adoran. Guapa, inteligente… abogada…

Al final va a resultar que la bruja de su madre me tenía aprecio. Si lo llego a saber, no le compro esa báscula para su cumpleaños.

—Ella, en cambio, es peluquera y… Bueno… Ya sabes cómo son mis padres.

—Pues creo que ha llegado el momento de hablar con ellos —resoplo al final—, porque ambos estaremos de acuerdo en que esta boda no puede seguir adelante.

Michael asiente apretando los labios hasta convertirlos en una fina línea. Lo que más me cabrea es que ya no tenga ganas de asesinarle, sino que incluso me plantee darle una palmada en el hombro para darle ánimos. Él provocó esta situación, así que no quiero sentir ni una pizca de compasión por él. Así pues, antes de ablandarme más, le hago una señal con la cabeza a Kelly, que ha permanecido a mi lado durante todo este rato, y nos ponemos en pie.

—Tendrás noticias nuestras cuando tengamos el dinero para comprar tu parte de la casa —dice ella justo antes de salir del despacho de Michael.

Una vez en la calle, caminamos en busca de un taxi. Ninguna de las dos hablamos, pero nos miramos de reojo hasta que Kelly se atreve a preguntar:

—¿Qué cojones ha pasado ahí dentro?

—No tengo ni la más remota idea. De repente, más que rabia, me estaba compadeciendo de él. Ha sido… extraño. Pero he conseguido lo que quería.

—Sabes que con la de gastos que vas a tener, no podemos permitirnos ser durante más tiempo unas Hermanitas de la Caridad, ¿verdad? Tenemos que empezar a cobrar a nuestros clientes.

—Lo sé.

—Promételo.

—Lo prometo. Y ahora, necesito una copa de vino.

—¿Desde cuándo bebes vino?

—Desde que descubrí la fantástica colección de botellas de Michael.

 

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Capítulo 1 – Segundas oportunidades

Capítulo 1

Interestatal 81, kilómetro 430

Las historias que suelo contar empiezan con el típico “chica conoce a chico”. Después de un tiempo se enamoran, pero, por un motivo u otro, se distancian. Durante el tiempo en el que están separados, chico recurre a la bebida o al sexo por despecho, mientras que chica recurre a las pelis romanticonas y al helado de chocolate. Así hasta que se dan cuenta de que se quieren tanto que no merece la pena seguir enfadados y alguno de los dos hace algo hermoso para que el otro caiga rendido a sus pies. Es un argumento facilón, pero siempre vende… Hasta que “chica”soy yo y “chico” es mi prometido. Y el distanciamiento es porque“chica” descubre a “chico” con “secretaria” en la cama. “Chico” pide perdón repetidas veces, jurando y perjurando que es la primera y última vez, pero “chica” sabe que no es verdad y, harta de no sentirse amada como las protagonistas de sus libros, decide huir.

Y en eso estoy, huyendo. Los primeros cien kilómetros han sido una dura prueba contra mí misma, ya que he estado tentada en dar la vuelta decenas de veces. No porque con Edward fuera inmensamente feliz, sino porque, sin él, no soy nadie. Cuando le conocí, me enamoré completamente de él, de su carisma y de su poder. Poco a poco me fue absorbiendo, alejándome no solo de los míos, sino de mí misma. Por él, deje de ser Harper para convertirme en, simplemente, la novia de Edward.

Gracias a Dios, recobré la cordura unos kilómetros más adelante, cuando paré en una gasolinera para repostar gasolina. En un arrebato irracional, compré un paquete de tabaco, vicio que había dejado al poco de empezar con Edward, y unas latas de cerveza, bebida que también hacía tiempo que no probaba. Sí, lo habéis adivinado: cuando empecé a salir con Edward. Él es más de cócteles refinados… De repente, me descubrí al más puro estilo Thelma y Louise, cantando a pleno pulmón las canciones de la radio mientras daba sorbos a una lata de cerveza con un cigarrillo entre los dedos.

La huida estaba saliendo de película, hasta que, cuatro horas después de salir de Nueva York, una humareda negra empieza a salir del capó, y el coche hace un ruido que no me gusta nada. No entiendo de mecánica, pero de repente parece como si mi coche tuviera bronquitis, y eso no debe de ser muy bueno. Paro en la cuneta, abro la guantera y saco el mapa. Por más vueltas que le doy, no tengo ni puñetera idea de dónde estoy, así que resoplo hastiada y lo lanzo al asiento del copiloto. Me planto frente al capó con los brazos en jarras, hasta que me decido a abrirlo. Nada más hacerlo, corro hacia atrás, tapándome la cara con ambos brazos. No escucho ninguna explosión, así que me atrevo a mirar y, poco a poco, me acerco para comprobar el estropicio.

—Y cuando pensaba que las cosas no podían ir a peor… —susurro para mí misma mientras voy a por el teléfono.

Me quedo mirando la pantalla durante un buen rato, comprobando que tengo infinidad de llamadas y mensajes. Bajo el cursor sin dejar de leer el nombre de Edward, hasta que aparece el de mi hermana. Nota mental: devolver la llamada a mi hermana en cuanto pueda y pasar de Edward para siempre.

Pero para llegar a ese momento, primero tengo que centrarme en arreglar el coche. El móvil tiene GPS, así que a lo mejor algún satélite puede localizarme y decirme dónde estoy. Es una información indispensable si quiero llamar a la grúa sin quedar como una idiota. Aprieto el icono y después de un rato esperando a que el puñetero programa haga algo, compruebo horrorizada que estoy a kilómetros de cualquier zona habitada, perdida en algún lugar de la Interestatal 81. Sé que no es demasiada información, pero, igualmente, llamo a asistencia en carretera, arriesgándome a entrar en su ranking de llamadas inverosímiles.

—Asistencia en carretera, le atiende Dan. ¿En qué puedo ayudarle?

—Esto… ¡Hola, Dan! —le respondo lo más cordial posible.

—¡Hola! —Repite con entusiasmo—. ¿En qué puedo ayudarla?

—Pues mi coche me ha dejado tirada y necesitaría que mandara una grúa que me lleve al taller más cercano…

—¡Perfecto! Dígame dónde está y le mando una de inmediato.

—Ahí está el problema… No sé dónde estoy…

—¿Cómo?

Y ahí se ha esfumado su amabilidad.

—Pues que no sé dónde estoy —repito casi susurrando.

—¿Cómo puede ser que no sepa dónde está…?

—Bueno, sé que estoy en la Interestatal 81.

Silencio… Y ahora es cuando está avisando al resto de sus compañeros y poniendo el altavoz para que todos puedan oír nuestra surrealista conversación.

—Vale, vamos a ver señorita…

—Simmons.

—De acuerdo, señorita Simmons. Entonces, además de tener un problema con el coche, ¿está perdida?

—No, no estoy perdida, estoy en la Interestatal 81.

—Esa carretera tiene 481 quilómetros, señorita Simmons. Si no sabe exactamente en qué punto está…

—Tampoco me hace falta —respondo, herida en mi orgullo.

—Pero a mí sí para poder enviarle una grúa… —contesta imitando mi tono de voz.

Ahí me ha pillado.

—Veamos, he salido de Nueva York hace cuatro horas y me dirijo hacia el norte por la Interestatal 81 a una velocidad media de 100 o 120 kilómetros por hora… —Me callo al oír una carcajada al otro lado del teléfono—. ¿Se puede saber de qué se ríe, Dan?

—Perdone… Es que parece una pregunta de examen…

—¡Pues no es una broma! —grito, con algo de desesperación en mi voz.

—Trato de ayudarla, señorita Simmons, pero no me está poniendo las cosas fáciles. A ver —resopla, con la paciencia casi agotada—, ha dicho que va hacia el norte… ¿Ha llegado usted al lago Ontario?

—Creo que no.

—Créame, es lo suficientemente grande como para saber a ciencia cierta si lo ha visto o no. —Qué gracioso, Dan… Pero por mi supervivencia, pasaré por alto el sarcasmo—. Así que daremos por hecho que no lo ha visto… ¿Su velocidad ha sido constante durante todo el trayecto?

—Pues excepto cuando he parado a repostar…

Pero entonces escucho unas carcajadas al otro lado de la línea y me doy cuenta de que me está gastando una broma y me quedo callada. No digo nada, sino que espero a que estén satisfechos.

—Perdone… —le escucho decir al rato—. Creo que ya…Ya sé dónde puede estar. Llamaré a una grúa de la zona. Les daré su número de teléfono para que se pongan en contacto con usted.

—¿Cuánto tardarán?

—No lo sé… Ya les diré que la llamen cuanto antes.

—Gracias, Dan.

—De nada. Y suerte.

Cuelgo, me enciendo otro cigarrillo, abro una lata de cerveza y me siento a esperar. Parece que mi huida se acaba aquí, al menos por el momento. Me resigno pensando que cuatro horas desde Nueva York ya es una distancia más que aceptable. Ya he puesto tierra de por medio suficiente como para poder sentarme y meditar sobre qué hacer con mi vida a partir de ahora durante un tiempo. Viajo ligera de equipaje, con solo una maleta llena de ropa y libros, mi portátil, una libreta, un bolígrafo y mi teléfono.

Edward me ha apartado de muchas cosas, pero no pienso renunciar a mi pasión y profesión: escribir. Hace meses que no me siento frente al portátil, y lo que más me preocupa es que mi cabeza, esa que antes no paraba de imaginar diálogos y situaciones, parece haberse sumido en una larga sequía. Afortunadamente,las ventas de mi última novela fueron tan buenas como para poder permitirme estos meses en el dique seco.

Mi móvil empieza a sonar de nuevo. Temerosa, miro la pantalla,hasta que veo un número desconocido.

—¿Hola?

—¿Ha pedido una grúa?

—¡Sí! He sido yo.

—¿Dónde está exactamente?

¿En serio? ¿Mi amigo Dan no le ha dado ninguna pista? ¿De veras tengo que volver a pasar por el trago de quedar como una pirada? A lo lejos se escucha el aullido de un lobo, así que sí, estoy dispuesta a pasar por ello de nuevo.

—Mmmm… Pues…En la Interestatal 81… A cuatro horas de Nueva York… —Silencio al otro lado de la línea—. ¿Hola?

—Se está quedando conmigo, ¿verdad?

—No. Ya se lo he explicado a Dan.

—¿Quién es Dan?

—El tipo de asistencia en carretera que me cogió la llamada. Esperaba que él le hubiera dado más pistas de dónde estoy…

—¿Cree que si me lo hubiera dicho se lo estaría preguntando?

No sé si es su voz áspera, su tono cortante o que tiene toda la razón del mundo, pero me decido a soltarle toda la parrafada de nuevo, a riesgo de parecer una pirada.

—Hace cuatro horas que salí de Nueva York, he pasado por varias ciudades,pero no me he fijado en los nombres… He parado en una gasolinera hará como unas… dos horas, y luego, nada más hasta… aquí —digo mirando alrededor, sintiéndome tan pequeña en la inmensidad de la noche…—. Y no he llegado aún al lago Ontario.

—Si hubiera llegado a él, estaría en Oswego y no necesitaría una grúa.

¡Qué bien…! ¡Otro graciosillo…! Hoy tengo suerte de haber topado con todos los hombres encantadores y comprensivos de la zona… Estoy muy cansada y, por qué no admitirlo, algo asustada. Sólo necesito que me lleven a algún lugar civilizado en el que pueda alquilar una habitación de hotel y darme una ducha.

—¿Y me puede llevar a Oswego…? —Donde quiera que esté…

—Sí.

¡Bien! Parece que empezamos a entendernos.

—¿Y puede venir a recogerme…?

—Si no sé dónde está, no.

—¿No tiene algún chisme localizador de coches averiados o algo por el estilo? —pregunto al borde de un ataque de nervios.

—Sí señora, apriete el botón de la radio y su coche me mandará una Batseñal e iré a recogerla en mi Batmovil.

—¡Qué gracioso es usted! ¡¿Cuántos años tiene?!¡¿Doce?!

—Señora, lo único que le pido es que me diga dónde cojones está para poder recogerla, que me pague y dejarla en el taller. Ese es mi trabajo. Para localizar a gente perdida, ya está la policía.

—¡No!¡Su deber es encontrar a la gente que se ha quedado tirada en la carretera!¡Encontrarlas, antes de recogerlas!¡Así que encuéntreme! ¡¿Oiga?!¡¿Oiga?! ¡¿Me ha colgado?! ¡Me ha colgado! ¡Será capullo! ¡Me ha colgado!

Este tío no sabe con quién está hablando. Vale, a lo mejor no he sido de mucha ayuda, pero no se puede dejar colgada a una clienta así por las buenas… ¿Cómo puede este hombre dormir tranquilo esta noche sabiendo que ha dejado a una mujer sola en mitad de la nada? Ese pensamiento me acojona, así que, ya que el gracioso es mi única esperanza para poder ducharme esta noche, decido volver a llamarle, utilizando esta vez un tono de voz mucho más conciliador. Aguanto la respiración hasta que descuelga, ya que no las tenía todas conmigo de que lo hiciera.

—A ver, voy a hacer el trabajo por usted —digo dando vueltas en círculo para ver si encuentro algo que pueda servirle de referencia para localizarme—.Veo árboles, varios postes de luz…

Me quedo callada al no recibir respuesta. Entonces, cansada de todo, no solo de mi huida, sino también de los últimos meses y de lo sucedido hace unos días, lo único que soy capaz de hacer, con voz entrecortada, es suplicar.

—Por favor… Necesito su ayuda…

Oigo un largo suspiro al otro lado de la línea.

—En la cuneta, puede que escondida entre la maleza, haya alguna baliza de señalización. Ya sabe, uno de esos palos de cemento con un número grabado. Ese número, aunque le parezca mentira, no es gratuito, indica el kilómetro de carretera en el que se encuentra.

Decido pasar por alto su sarcástico comentario, y ya van dos veces hoy que lo hago, y me apresuro a buscar como una loca.

—Voy a mirar.

Corro de un lado a otro,desesperada, girándome de vez en cuando para no perder de vista el coche, cuando al fin encuentro un poste de cemento. Tal y como él supuso, tapado por las malas hierbas de la cuneta.

—¡Sí! ¡Lo tengo! ¡Lo tengo! ¡Aquí hay un palo!

Lo sé, sueno entusiasmada y quizá algo desesperada, pero es que ya me veía pasando la noche a la intemperie.

—Felicidades. ¿Y bien?

—Pone I-81, Kilómetro 430. ¡Kilómetro 430! —grito sin poder parar de reír—. ¡Qué número tan bonito!

—Señora.

—¡Es curioso que un palo tan pequeño vaya a salvarme la vida!

—Señora.

—¡Pues sí que me quedaba poco para llegar al final de la Interestatal, porque Dan me ha dicho antes que…!

—¡Señora!

—¿Qué? —contesto, algo temerosa por su tono de voz autoritario, aunque quizá me estaba dejando llevar por la emoción del momento.

—Quédese al lado del coche.

—Gracias, de verdad.Gracias.

Nada más colgar, le hago caso y me apoyo en el maletero del coche. Del capó ya casi no sale humo, pero prefiero dejarlo abierto un rato más. En ese momento mi teléfono suena de nuevo. Es Suze, mi hermana.

—Hola, Suze. Pensaba llamarte en un rato.

—¡¿Dónde narices estás?!¡¿Y qué significa que has dejado a Edward?! —En el quilómetro 430 de la Interestatal 81, y significa eso, que he dejado a Edward, pienso—.¡¿Te has vuelto loca?!

—Suze, necesito un tiempo a solas…

—Harper, te casas con Edward en menos de un mes… No puedes desaparecer así.

—No habrá boda.

—¡¿Qué?! ¡¿Estás loca?! ¡¿No te vas a casar con uno de los solteros más codiciados de Nueva York?!

—Confía en mí Suze. Tengo mis motivos. Necesito un tiempo a solas.

—Pero…

—Confía en mí. Te lo contaré todo, pero ahora necesito algo de tiempo…

—¡¿Y qué les digo a los demás?!¡¿Qué motivo doy para la no boda?!

—Diles lo que quieras. Me da igual. —Entonces veo unas luces acercándose a mi posición—. Suze, te tengo que dejar. Te llamaré. Lo prometo.

Me incorporo al instante, guardando el teléfono en el bolsillo de mi americana, mientras veo la silueta de un hombre acercándose.

—¡Hola! Gracias por venir —le digo.

El hombre pasa por mi lado sin siquiera dirigirme la palabra ni mirarme. Se acerca al capó del coche y hunde su cabeza en el interior. Le sigo expectante.

—Soy Harper. ¿Hablé con usted por teléfono?

Le observo esperando una respuesta, sin éxito. Está más interesado en mi coche que en mí. Apoya las manos en la parte delantera y entonces me fijo en sus brazos sucios y musculados. Sus manos también están manchadas de grasa y llenas de cortes. Le observo de arriba abajo, con una mueca de asco dibujada en la cara. Lleva unas botas de trabajo gastadas, unos vaqueros llenos de grasa y una camisa de cuadros de manga corta. Me acerco al coche e, imitándole, hundo la cabeza en el capó. Miro un rato el amasijo de cables y piezas sin tener ni idea de qué estoy haciendo o qué tengo que ver, hasta que giro la cabeza para verle la cara a mi rescatador. Tiene el pelo despeinado, que se le cae sobre los ojos, y la recta mandíbula poblada por una barba producto de varios días sin afeitarse. Sus pómulos están manchados de grasa, así como su nariz, en la que veo una cicatriz antigua. La cara, así como los brazos, están muy bronceados, aunque no creo que sea aficionado a la playa.

Se incorpora de golpe y yo imito su movimiento.Sin mediar palabra, engancha mi coche con el gancho y empieza a subirlo a la grúa, así que me apresuro a sacar mis pertenencias del interior. Cuando acaba, se sienta detrás del volante y arranca el motor. Aferrada a mi maleta,me acerco con timidez a la ventanilla del copiloto, sin atreverme a hablar. Realmente, la actitud de este tipo me sorprende y me intimida a la vez.

—¿Sube o qué? —me suelta de repente, girándose hacia mí y permitiéndome ver sus ojos por primera vez. Unos ojos de un azul tan intenso que casi me deslumbran.

Dejo mi maleta atrás y me siento donde el copiloto. Junto las piernas y pongo las manos en mi regazo, justo después de ponerme el cinturón. Estoy confusa e insegura, no sé cómo comportarme con él. Por teléfono no es que fuera muy simpático, pero al menos me dio algo más de conversación que ahora. ¿O quizá fui yo la que habló sin parar?

Enciende un cigarrillo, baja su ventanilla y arranca el motor. Dudo si darle conversación o no, así que, ante la duda, decido fijar la vista al frente y mirarle de reojo de vez en cuando.

Media hora más tarde, veo el cartel que anuncia que entramos en Oswego. Gracias a Dios, porque este silencio había pasado de incómodo a insoportable. Callejeamos durante unos minutos hasta llegar a una verja cerrada. Me agacho un poco para ver mejor a través de la luna delantera. Es un taller mecánico. Logan’s, reza el cartel sobre la verja. El tipo se baja del coche y la abre, lo que me da a pensar que es suyo. Luego conduce hasta dentro del patio y yo, después de unos segundos en los que me quedo quieta sin saber qué hacer, agarro mi maleta, me apeo y me quedo a un lado. Me siento totalmente perdida, en una ciudad que no conozco, con la única compañía de un tío grasiento que ni siquiera me dirige la palabra.

Definitivamente, esta no es la huida de mis sueños ni un pasaje digno de ser inmortalizado en alguno de mis libros. Parece que el tipo tiene intención de largarse, dejándome ahí tirada, así que el pánico me invade.

—¡Perdone! ¡Oiga, disculpe! —Se gira, apoyándose en la carrocería, mientras yo me acerco a la carrera, arrastrando la maleta y haciendo lo imposible para no caerme subida en mis tacones de diez centímetros—. ¿Qué hago yo ahora?

—Pues, a no ser que quiera dormir aquí, venir conmigo. Está cerrado, así que hasta mañana no le podremos decir qué, cuánto y cuándo. —Me deja sin palabras, y eso es muy complicado de lograr. Al ver mi cara, resoplando, me aclara—: Que hasta mañana no le podremos decir qué tiene exactamente el coche, cuánto costará la reparación ni cuándo lo tendremos listo.

Asiento lentamente y me subo a su furgoneta, a pesar de que todas mis señales de alarma están encendidas. Soy consciente de que no le conozco de nada, de que no tengo ni idea de dónde estoy y de que tampoco sé dónde pretende llevarme para pasar la noche. Estoy confiando en él, ciegamente, justo lo que me propuse no volver a hacer.

—¿Es suyo el taller? —Pregunto para intentar disimular mi nerviosismo e incomodidad, intentando demostrar a la vez toda la seguridad que ahora mismo no tengo.

Sin dejar de mirar a la carretera, asiente una vez. Le miro con los ojos muy abiertos durante unos segundos, hasta que me doy cuenta de que me tengo que conformar con ese gesto como respuesta. Entonces empiezo a recordar las decenas de noticias de chicas muertas a manos de locos asesinos y empiezo a arrepentirme de haberme subido con él. ¿Va a matarme? Esa es la pregunta que no para de rondar mi cabeza.

—¿A dónde me lleva? —Acabo preguntándole al final.

—A un motel.

Dos minutos más tarde,detiene la grúa junto a un edificio bastante bien cuidado, de aspecto colonial.

—Pregunte por Bree.

—De acuerdo. ¿A qué hora paso mañana por el taller?—pregunto antes de salir,con la mano aún en la manija de la puerta.

—Abrimos a las nueve.

—De acuerdo. Hasta mañana, entonces.

Me bajo y me quedo en la acera, con la mano levantada, diciendo adiós,a pesar de que ha arrancado hace un rato, sin siquiera despedirse.

—Imbécil…

Cruzo la puerta de entrada arrastrando la maleta y llego a lo que parece ser la recepción. Hay un gran mostrador con un timbre como el de las películas. Detrás, unos cuantos casilleros con llaves colgando. A mano derecha, unas escaleras y unas butacas al lado de un mueble expositor con varios folletos turísticos de la zona. Me acerco al mostrador y hago sonar el timbre, sin poder evitar la sonrisa. Al poco rato,aparece una chica morena, con el pelo recogido en una coleta.Parece muy joven, rondando los veinte.

—¡Hola! ¡Bienvenida! ¿En qué puedo ayudarla? —me saluda,risueña.

—Hola —la saludo agradecida por su amabilidad.

—¿Necesita una habitación? —me pregunta, ladeando la cabeza.

—¡Sí! —contesto tan emocionada que creo que incluso podría llorar—. ¿Eres Bree?

—Sí. ¿De veras soy tan famosa?

—Me envía Logan… —contesto titubeante.

—¿Logan?

Era Logan el nombre que vi escrito en el cartel del taller, ¿verdad? Me pregunto, extrañada.

—Que conduce una grúa y tiene un taller mecánico… —añado.

—¡Ah, vale! ¿Brad o Matt? Son hermanos. Logan es su apellido.

—¿Hay dos? Qué suerte la mía… —susurro—. Pues no era muy hablador que digamos, así que no me dio muchas pistas…

—Brad, sin duda. Mattes muy extrovertido y habla por los codos. Y tiene una sonrisa que te hipnotiza al instante…

Me doy cuenta que mientras le describe, sus ojos brillan sin parar.

—¿Y estás segura de que son hermanos?

—¿Cómo?

—Era una broma… Debo haber tenido mala suerte y me ha tocado el hermano gruñón.

Bree sonríe ante mi respuesta.

—Y bien, ¿cuántos días se quedará?

—Pues supongo que dependerá de lo que mi nuevo amigo tarde en reparar mi coche.

—Bien, no se preocupe, tenemos habitaciones de sobra. No hay mucho turista últimamente. Tenga su llave.Habitación siete, en el primer piso. En la

cafetería servimos todo tipo de comida, mi madre cocina muy bien. Si le apetece, puede bajar a cenar algo luego.

Cojo el poco equipaje que llevo y subo a mi habitación. Abro la puerta, dejo la maleta encima de la cama y busco el baño. Abro el grifo de la ducha, me desvisto y me meto bajo el chorro caliente del agua. Ha sido un día largo y estoy exhausta.

Después de quince reparadores minutos, salgo de la ducha envuelta en un esponjoso albornoz. Al salir del baño, observo con más detenimiento la habitación. Es acogedora, con suelos de madera, papel beige en las paredes y cortinas de gasa blanca. Hay una cama alta y grande a la izquierda, un escritorio debajo de la ventana y, a mano derecha,un mueble con una televisión. Sencilla pero suficiente. Además, es discreto y fuera del alcance de Edward, ya que no me lo imagino en un sitio como este al que él llamaría “antro”. No creo que se haya hospedado nunca en un hotel cuyas habitaciones cuesten menos de 500 dólares la noche…

Deshago mi maleta, dejando el portátil encima del escritorio y colocando mi ropa y enseres personales en su sitio. Me visto con unos tejanos y una camisa ajustada, me recojo el pelo en una coleta y bajo a la cafetería para cenar algo. En cuanto entro, me encuentro a Bree detrás de la barra, que me saluda con una sonrisa en los labios.

—¡Hola!

—¿Lo haces tú todo por aquí?

—Intento ayudar a mis padres en lo que pueda. ¿Qué le apetece cenar? —me preguntaen cuanto me siento en un taburete de la barra.

—Cualquier cosa. Un sándwich,por ejemplo. Y una cerveza bien fresquita —añado.

—¡Marchando! —Se pierde en lo que debe de ser la cocina.

Cinco minutos después, ya tengo mi sándwich y doy un sorbo a una cerveza helada.

—Está delicioso, Bree.

—Gracias.

—¿Cuántos años tienes? —le pregunto cuando se apoya en la barra, frente a mí.

—Veintiuno.

—¡Qué joven…!

—Usted no parece mucho más mayor…

—Desde el momento en el que no me tuteas, me tengo que preocupar…

—Perdone… Digo, perdona. No es por eso…

—Tengo treinta y cuatro.

—Lo que yo decía…

—Pues espero que, entonces, me sigas tuteando.

—De acuerdo… —sonríe, agachando la cabeza—. ¿A qué te dedicas?

—Soy escritora.

—¿En serio? ¿Y qué te trae por aquí?

—Nada… En realidad, estoy aquí porque el coche me dejó tirada y el de asistencia en carretera me puso en contacto con MísterSimpatía y él me trajo

aquí.

—¿Y a dónde ibas?

Medito la respuesta durante un buen rato, hasta que finalmente, decido maquillar un poquito la realidad soltando una verdad a medias.

—A ninguna parte. Realmente, necesitaba un lugar al que huir de… del ajetreo de la ciudad. ¿Y quién sabe? Quizá encontrar inspiración para mi próxima historia… A lo mejor resulta que ese sitio es Oswego, aunque sea por causas mayores.

—¡Vaya! ¡Qué pasada poder ir por el mundo sin rumbo fijo! ¿Y de dónde eres?

—De Nueva York.

—¡¿En serio?! ¡Tiene que ser una pasada! —dice con los ojos abiertos como platos.

—¿Y por qué no lo descubres por ti misma? Sólo está a cuatro horas en coche…

—Ya, pero… No puedo dejar a mis padres tirados…

—Tampoco es que te fueras a olvidar de ellos…

—La mayoría de la gente de mi promoción del instituto se fueron a estudiar allí.

—¿Y tú?

—No me lo pude permitir… Además, esto me gusta. No me imagino viviendo en otro sitio. Es una vida sencilla, sin demasiados lujos, pero es un sitio ideal para ser feliz.

La miro durante unos segundos, sonriendo ante su inocencia.

—Entonces, cuéntame, ¿dónde puedo buscar mi inspiración para escribir por aquí?

—Bueno, pues el lago Ontario es el reclamo por excelencia… —Me suena ligeramente, pienso—. Hay muchos sitios donde sentarse a ver el atardecer entre los árboles, embarcaderos donde poder pescar… Es precioso.

—Vale, me lo apunto. ¿Y aquí en el pueblo?

—Pues depende de la estación del año. Aún es otoño y la nieve tardará unas semanas en aparecer, así que puedes visitar los canales que llevan al lago. Hay casas a ambos lados del canal con embarcadero propio. Es la parte antigua de la ciudad y es muy tranquila. Las casas son preciosas. Brad y Matt viven en una de ellas.

Sus ojos vuelven a chispear al nombrar a ese tal Matt.

—¿Qué tiene ese Matt Logan que te gusta tanto?

—¿Cómo? —me pregunta, sonrojada.

—Cada vez que lo nombras, tus ojos brillan y se te dibuja una sonrisa enorme en la cara.

—Bueno… Puede que… me guste un poco… —contesta ruborizada, retorciendo un trapo de tela que cuelga de su mandil—. Pero no sabe ni que existo…

—¿Cómo lo sabes? ¿Acaso tiene novia?

—No, qué va… Es algo… mujeriego… Pero es mayor que yo, tiene veintinueve años… No salimos en el mismo grupo de amigos… Él va al pub, pero yo no salgo nunca porque me tengo que quedar aquí. Digamos que no frecuento su círculo de… interés.

—Lo de la edad, no tiene porqué ser un problema. Y lo de salir, se puede solucionar rápidamente. Deberías buscar opciones para poder acercarte a él. Nunca se sabe, no pierdas la esperanza de conquistarle algún día.

—No creo que sepa ni mi nombre… —asegura, negando con la cabeza con resignación—. ¿Y tú? ¿Has dejado a alguien en Nueva York?

—Estuve saliendo con un chico un tiempo, pero lo hemos dejado… Me hizo daño y no acabamos muy bien.

Decido dejar ahí la explicación.

—Vaya, lo siento… Espero entonces que Oswego se convierta en una inspiración para escribir y en una cura para tus heridas —dice sonriendo.

—Gracias, Bree.

—Y, a lo mejor, hasta conoces a alguien.

—Créeme, no es mi intención. Me vendrá bien dedicarme un tiempo a mí misma.

Mientras me acabo la cena, me sigue explicando cosas del pueblo y de la época invernal que se avecina. Me cuenta que suele nevar muchísimo y ya no se puede salir a navegar porque el lago de congela. Es cuando empieza la temporada de patinaje y hockey sobre hielo, el deporte estrella de la zona. Teniendo en cuenta que consiste en un grupo de tíos pegándose por meter un disco en una pequeña portería, me parece que no me va a costar mucho convertirme en una forofa más.

—Matt y Brad juegan en el equipo.

—¿En serio? Más a mi favor. —¿He dicho eso en voz alta?

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Capítulo 1 – Te quiero a tú

Aries con ascendente capricornio

—Vamos allá… —me digo a mí misma justo después de recogerme el pelo con uno de mis lápices. Muevo los dedos sobre el teclado, como un pianista a punto de empezar un recital—. Acuario…

—¡Hola! —me interrumpe Kim justo en el momento en que mis dedos empezaban a aporrear el teclado—. ¿Copas esta noche?

—¿Cuál es el plan?

—Copas. Esta noche. No tengo planeado nada más a partir de ahí… —contesta, como si no entendiera mi pregunta.

Cuando se pone seria, se le pone una cara de borde que es capaz de amedrentar a cualquiera. Sus ojos achinados, herencia de sus antepasados asiáticos, y su piel morena, completan esa pose de general vietnamita tan temida entre todos en la redacción, y que tanto pone al género masculino.

—No sé… Puede que me quede en casa esta vez.

—¿Por qué?  —insiste con expresión muy seria.

—Porque estoy cansada, y me apetece quedarme en casa viendo una peli…

—¿Un jueves?

—Kim, aunque a ti te parezca algo fuera de lo común, la gente suele hacer vida hogareña…

—Sí, los octogenarios, que no son conscientes del poco tiempo que les queda en la Tierra y lo malgastan…

La miro entornando los ojos, gesto al que ella responde encogiéndose de hombros al tiempo que levanta las cejas.

—¿Qué?

—Nada.

—Si te lo piensas mejor, llámame —dice poniéndose en pie.

Al tiempo que se aleja, varias cabezas se giran para admirar su retaguardia. Pongo los ojos en blanco y justo cuando me disponía a escribir de nuevo, escucho su voz otra vez.

—¡Ponme algo bonito en el de mañana…!

Le saco la lengua de forma infantil mientras repito sus palabras con tono de burla. Estoy hasta el gorro de jugar a ser pitonisa e inventarme el futuro de los lectores del periódico. Al principio, me lo tomé como un puesto de gran responsabilidad porque, según palabras de mi redactor jefe:

—Se trata de interpretar el devenir de una persona a partir de la interpretación de la posición relativa de los planetas del sistema solar y de los signos del zodíaco en el momento de su nacimiento.

Dicho así, sonaba importante. Seis meses después, cuando recordé que yo había estudiado periodismo y no cartomancia con un máster en astrología, cuando me di cuenta de que actualmente poca gente creía que su futuro venía escrito en las estrellas desde el día que nacieron, empecé a perder el interés. Al fin y al cabo, no me había tirado cuatro años de mi vida en la universidad para acabar escribiendo el horóscopo en un periódico. Dos años después, sigo sin perder la esperanza de que Doug se dé cuenta de que valgo mucho más que para escribir estas memeces. Es un trabajo muy digno, no lo niego, pero no está hecho para mí. Cuando de pequeña soñaba con ser periodista, me imaginaba siendo corresponsal en la otra punta del mundo, cuando la realidad es que el viaje más largo que he hecho por motivos de trabajo fue al zoo de Central Park la vez que tuve que sustituir a Adam en un reportaje acerca del nacimiento de un Lémur. Apasionante.

—¿Qué nos depara el futuro a los Acuario? —me pregunta Faith, la única mujer que se atreve a pelearse con los hombres en la sección de deportes, sentándose en el filo de mi mesa—. Te recuerdo que esta tarde he quedado para correr con aquel tipo que conocí en Central Park…

—¿Qué te parece…? “Vientos de cambio en el plano amoroso, el entorno se renueva, y se producirán encuentros importantes. El ámbito profesional sufrirá contrastes. Analiza tus potenciales, verás que cuentas con muchas cualidades y valores que te harán llegar a tus metas. Afinidad con: Sagitario. Ojo con: Cáncer”

—¡Qué facilidad tienes para no decir nada de nada y que aun así parezca creíble!

—Son dos años haciendo lo mismo ya… De hecho, creo que esta misma predicción se la endosé a Piscis hace unas semanas y a Virgo hace unos meses…

—Aun así, cruzo los dedos para que Charlie sea Sagitario.

—Y si no lo es, da igual. No me hagas ni caso… —resoplo resignada.

—¿Y qué te depara a ti tu futuro?

—Veamos… “Trata de no tener expectativas para hoy. Si no te ilusionas, nunca sentirás decepción. Te resultará más fácil seguir el flujo, y las curvas del camino no te desconcertarán. La energía astral en juego hoy te pide que tengas intimidad con pocas personas. Afinidad con: Ningún signo. Ojo con: Todos los signos”.

—¿Tan mal?

—Estoy de escribir el horóscopo hasta… hasta…

—Me hago una idea de hasta dónde estás, créeme.

—¡Llevo dos puñeteros años haciendo esta mierda y…! ¡Para esto no necesitan a una periodista, necesitan a alguien con imaginación y ganas de joder al prójimo con sus predicciones falsas!

—Algo de verdad tiene que haber cuando hay tantos programas de tarot y la gente cree en ellos…

—¡No me lleves la contraria! —la amenazo con un dedo.

—Vale, vale… Perdón… ¿Has hablado con Doug?

—No… Llevo haciendo esto que aborrezco durante todo este tiempo porque soy masoquista… ¡Pues claro que he hablado con Doug! ¡No soy idiota!

—¿Y qué te ha dicho…?

—Que soy muy valiosa para el periódico, que no todo el mundo lo puede hacer, que él también ve mucho potencial en mí, pero ningún puesto a la altura, que no me quiere perder por nada en el mundo porque soy insustituible…

—Eso es verdad.

—¿El qué? ¿Que soy insustituible?

—Que poca gente es capaz de destrozar el futuro próximo de la gente con tanta gracia y delicadeza.

La miro entornando los ojos, justo antes de girarme de nuevo hacia mi pantalla y empezar a borrar el pronóstico favorable que había escrito y cambiarlo por otro, que leo mientras mis dedos cometen la fechoría.

—“Más te vale convertirte en ermitaña, porque no te vas a comer un rosco. Atención Sagitario Maratón, corre como el viento para huir de ella. Afinidad con: El insensato que quiera aguantarte. Ojo con: Tu ex amiga Aries cabreada”.

—Lo dicho, nadie como tú para este trabajo. Has acertado en todo con tu horóscopo, porque no hay Dios que te aguante. Hasta más ver, hermana —dice caminando de espaldas, levantando la palma de la mano para decirme adiós sin mirarme.

En ese preciso instante, decido no dejar títere con cabeza y vengarme a mi manera, augurando penurias y calamidades para todo el mundo sin excepción.

—¡Joderos, pedazo de infelices…!

Qué triste soy…

≈≈≈

Está lloviendo a cántaros y voy cargada con las bolsas de la compra. No quiero dejarlas en el suelo mientras busco las llaves dentro de mi bolso, así que agarro con los dientes las asas de una de las bolsas mientras lo hago. Justo cuando la mandíbula se me está empezando a desencajar, consigo encontrarlas y abro.

—¡Hola, cariño! —me saluda la portera, asomando la cabeza por encima de su revista del corazón.

—Hola, señora Martínez —contesto resoplando mientras me dirijo al ascensor.

—No funciona.

—¡Joder! Me cago en mi mala suerte…

—¿Mal día?

—Peor —contesto mientras empiezo a subir los primeros escalones.

—¿Mañana cómo nos va a ir a los Cáncer?

—Mal —contesto casi sin pensar.

—¡Virgen santa! —dice mientras se santigua con una mano.

—Señora Martínez, me lo invento… —resoplo, muy cansada, tanto por lo pesado que me ha resultado el día como por la cantidad de veces que le he advertido de lo mismo.

—Pues algo tienes que tener de pitonisa.

—Se lo repito… Lo de los juanetes fue pura suerte…

—¡No! Escribiste que me levantaría con mal pie y me salió un juanete enorme.

—De acuerdo… —contesto dándome por vencida.

Nota mental: si no quiero matar a la portera de mi edificio en un corto espacio de tiempo, pronosticar unos cuantos días de bonanza para los Cáncer…

Entro en casa y aún no he dejado las bolsas en el mármol de la cocina que empieza a sonarme el móvil. Me doy toda la prisa que puedo, pero las asas de plástico parecen haberse fundido en mi piel, dejando una marca en mis dedos digna de haber acabado en una amputación en toda regla. Me los froto para intentar devolver la circulación de la sangre mientras me acerco al bolso y rebusco en él para encontrar mi teléfono.

—Kim.

—¿Te lo has pensado mejor? Salgo de casa en una hora…

—Acabo de llegar del supermercado. Está lloviendo y no llevaba paraguas. Ahora mismo iba a guardar la compra y a pegarme una ducha calentita…

—¿Es eso un no?

—Diviértete, Kim.

—Tú te lo pierdes…

—Si te cruzas con alguno aprovechable, mándamelo para casa.

—Si me cruzo con alguno aprovechable, lo mando para mi cama.

—No sé por qué, pero te creo —digo mientras la escucho hablar con otra persona, cuya voz creo reconocer—. De parte de Faith, que Charlie era Capricornio, pero de los buenos…

Sin poderlo evitar, estallo en carcajadas, al tiempo que ellas también lo hacen.

—Sois idiotas… —digo cuando me calmo.

—Pero nos quieres.

—Ese es mi problema.

—Si te lo piensas mejor, estamos en el Paradise. Literalmente, Ashley.

Antes de que se cuelgue la llamada, las vuelvo a escuchar reír. La verdad es que siempre que salgo con ellas me lo paso bien, pero hoy estoy tan deprimida que podría contagiar y provocar que todo el mundo acabe medicado.

Así pues, siguiendo mis planes iniciales, después de guardar la compra, lleno la bañera, pongo unas sales de baño, enciendo unas cuantas velas y me sumerjo en el agua caliente con un libro a mano. De fondo, la voz de Nina Simone me acompaña, cantándome “Here comes the sun”, como si ella también intentara animarme. De forma milagrosa, quizá gracias a la canción, puede que debido a los vapores del agua caliente o a la historia de amor que estoy leyendo, la sonrisa empieza a instalarse de nuevo en mi cara. Poco a poco, mi mala leche se va esfumando, hasta que mi teléfono vuelve a sonar a lo lejos. No dejo de sonreír a pesar de que me haya cortado el rollo, a pesar de tener que salir a toda prisa, tapándome con una enorme y esponjosa toalla blanca.

—Que no os haya llamado, ¿no os da alguna pista de mis intenciones? No, no pienso salir esta noche, así que tiraros a quién os dé la gana y mañana me lo contáis… So perras.

—¿Ashley…?

Al escuchar una voz masculina al otro lado de la línea, separo el teléfono de mi oreja y compruebo que, tal y como empiezo a sospechar, no son Kim y Faith las que me llaman, sino Doug.

—Eh… Hola… —digo entonces, dejando escapar una especie de risa nerviosa y algo tétrica—. Lo… Lo siento… Pensaba que… No sabía que…

—Tranquila. Doy por hecho que la so perra no soy yo. O al menos eso espero…

—No… —río—. Para nada… Seguro que no…

Mi voz se va apagando por segundos, hasta que decido que calladita estoy más mona.

—¿Mañana podrías venir a verme a primera hora de la mañana?

Aprieto los labios y cierro los ojos al tiempo que empiezo a maldecirme a mí misma por mi mala suerte. Al final va a resultar que tengo un don natural para predecir el futuro.

—¿A primera hora? —pregunto, más por llenar el silencio que se ha formado que porque no me haya quedado claro que a partir de mañana tendré que buscarme un nuevo empleo.

—Sí.

—Eh… Sí… Claro…

—Perfecto, entonces. Hasta mañana.

Y antes de que pueda despedirme, cuelga la llamada. Estoy perdida. Mañana tendré que volver a pelearme por un puesto de trabajo. Vuelta a los procesos de selección interminables, a pelearme por trabajos en los que te piden una experiencia laboral mínima de diez años a cambio de un sueldo que a duras penas me dará para alimentarme… Una especie de sudor frío recorre mi espalda, y miles de imágenes se suceden ante mis ojos… Yendo de entrevista en entrevista, quedándome sin dinero para pagar el alquiler… Volviendo a Rocheport, Missouri… Trabajando de camarera en una de las cafeterías del pueblo… ¿Quién me iba a decir a mí que iba a llegar un día en el que llegaría a echar de menos el horóscopo?

≈≈≈

—¡Buenos días, preciosa!

—Hola, Sra. Martínez…

—¿Dónde vas tan elegante?

—A buscar el finiquito… —murmuro.

—¡No puedes estar hablando en serio!

Mierda… Olvidaba su finísimo oído, cultivado a base de años escuchando todas las conversaciones de los vecinos del edificio.

—No lo sé con seguridad, ¿pero por qué me iba a citar mi jefe a primera hora de la mañana?

—¡Mujer, me habías asustado! Puede haberte llamado para darte un aumento, o para darte ese puesto que quieres en la sección de viajes, o para la sección de cocina… No, en esa no —se contesta a sí misma enseguida—. Viendo tu cesta de la compra, sería un suicidio culinario.

—Gracias por los ánimos, supongo…

—¡Ya verás como no es para tanto! Y si al final te hacen escribir recetas de cocina, yo te puedo echar un cable…

—Ajá… —contesto con la mirada perdida mientras camino hacia la puerta.

—¡Ya me contarás…! —oigo que insiste mientras la pesada puerta se cierra a mi espalda.

Miro al cielo, el cual, queriéndome dar aún más la razón, está gris y encapotado, amenazando con descargar la tormenta del siglo. Así pues, me subo el cuello de la gabardina y aligero el paso todo lo que mis tacones me permiten. Una vez dentro de la estación de metro, me siento en uno de los bancos del andén y saco el libro del bolso para volverme a sumergir en la historia de amor de Will y Louisa. Consiguen que me olvide de todo, al menos hasta que entro en el vagón, me siento y veo que el tipo de mi lado sostiene un periódico entre las manos. Por el rabillo del ojo compruebo que es el Daily Post, en el que trabajo, o al menos trabajaba hasta ayer, y me descubro invadida por un sentimiento de desazón.

—Menuda mierda… —se queja el tipo, moviendo la cabeza de un lado a otro.

Estiro el cuello para intentar comprobar qué sección está leyendo, hasta que me pilla y sonrío de forma inocente.

—¿Cómo está el mundo, eh…? —digo para disimular.

—Pues sí, y encima, parece que me espera una temporada complicada en los negocios…

—¿Tan mal la Bolsa?

—Ojalá fuera solo eso —contesta enseñándome la página que estaba leyendo, el horóscopo.

—No me lo diga… Es usted Virgo.

—¿Cómo lo sabe?

—Soy muy intuitiva. Pero no se preocupe, porque creo que vendrán tiempos mejores… —Sobre todo cuando me echen y sea otra becaria con mejor corazón que el mío quién se los invente—. Tenga fe.

Poco después, ya en la calle de nuevo, me veo obligada a correr para que las gotas de lluvia que empiezan a caer no empapen mi estudiado vestuario. Subo hasta la última planta y camino hacia el despacho de Doug como un alma en pena. Llamo a la puerta débilmente y entro arrastrando los pies. Al menos hasta que…

—¿Te encuentras mal?

—Eh… No lo sé…

—Es que tienes mala cara…

—Pues no sé…

—Si no te encuentras bien, podemos hablar en otro momento…

—Doug, por favor, si vas a echarme, hazlo ya. Rápido y directo. Podré soportarlo y prometo que no te montaré ningún drama.

—¿Echarte? Espera… ¿Has hecho algo por lo que tenga que echarte?

—Eh… No… Creo que no…

—Entonces, ¿por qué debería hacerlo?

—No sé… ¿Para qué si no ibas a querer verme a primera hora de la mañana?

—Para proponerte un reportaje… Queremos enviar a alguien a África para hacer un reportaje sobre las labores humanitarias en un campo de refugiados… ¿No querías que te tuviera en cuenta para…?

—¿Reportaje? ¿En África? ¿Yo?

—Eh… Sí…

Y entonces, el labio inferior empieza a temblar y los ojos se me humedecen. Cinco segundos después, intento hacerme entender entre sollozos y aspavientos. La cara de Doug pasa de la sorpresa al terror más absoluto en cuestión de segundos, así que, sin dejar de balbucear frases ininteligibles para nadie excepto yo misma, rebusco en el bolso hasta dar con un paquete de pañuelos de papel.

—Perdón… —consigo articular varios minutos después.

—¿Mejor…? —me pregunta con tiento.

—Sí… Es que ya me veía ordeñando vacas en Missouri y… —empiezo a decir, secándome las lágrimas con el pañuelo, hasta que veo su expresión aturdida—. Es igual. ¿Cuándo me marcho?

—Aún no te he contado todos los pormenores…

—Me dan igual. Acepto.

—Ni el sueldo…

—Me da igual. Acepto.

—Ni la duración…

—Me da igual. Acepto.

—De acuerdo, entonces —afirma con una enorme sonrisa en la cara, sacando una carpeta con un montón de papeles dentro—. El puesto es tuyo. Te explico…

≈≈≈

—¿A África? ¿África, el continente?

—¡Sí!

—¿Durante un mes entero?

—¡Sí!

—¿En Mali, África?

—¡Que sí!

—¿Y tú sola escribes el reportaje?

—¡Sí, sí, sí! ¡¿Os lo podéis creer?! ¡Y yo que pensaba que me iba a echar!

Kim y Faith me abrazan al tiempo que damos pequeños saltitos como unas auténticas adolescentes de serie de los noventa.

—¡Esto tenemos que celebrarlo por todo lo alto! ¡Tres chupitos de tequila! —le grita Faith con entusiasmo al camarero.

Nos los bebemos de un trago y enseguida levanta tres dedos de la mano para pedir otra ronda.

—Y cuenta, ¿cuándo te vas? —me pregunta Kim.

—La semana que viene. Doug me ha dado los próximos días libres para que vaya a ponerme las vacunas, me estudie toda la documentación que me ha dado, compre algunas cosas que pueda necesitar…

—¡Es la gran oportunidad que esperabas! —interviene Faith, tendiéndonos los vasos de chupito.

—Lo sé… Doug no me ha prometido nada en firme, pero dice que, si sale bien este reportaje, surgirán otros y yo tendría todos los números para encargarme…

—Guau… Mali… ¿Y no tienes nada de miedo?

—¿Miedo? ¿De qué?

—No sé… Es un gran cambio…

—Estaré hospedada en un hotel de la capital. Un hotel de lujo… con piscina, spa y esas cosas… No es que me vayan a dejar tirada en mitad del desierto…

—¿Ah no?

—El reportaje no es acerca de los hoteles de lujo en Bamako, sino de las labores humanitarias en una zona rural del país, ¿no?

—Ya… Bueno… Pero digo yo que por la noche podré reponerme de todo eso mientras me dejo masajear la espalda… No le voy a hacer un feo a Doug… Tengo que hacer uso de las instalaciones del hotel que me han buscado, ¿no?

Las tres reímos a carcajadas mientras damos cuenta del tequila. Sin saber cómo, pocos segundos después tengo otro vaso lleno entre los dedos y luego otro más.

—¿Y cómo es ese tío al que tienes que seguir?

—Ni idea… Es un médico…

—Oh, Dios mío… ¿Un tipo mitad médico, mitad Madre Teresa de Calcuta?

—No sé… Supongo… —contesto mientras se me escapa la risa.

—Un Robert Redford en Memorias de África…

—Ya… Seguro… —digo.

—Atenta… “Desearás redescubrirte, abrir nuevos caminos y vivir novedosas experiencias, también exigirás algo similar de quien comparte tus sentimientos. Todo esto dará lugar a relaciones estimulantes y enriquecedoras. La clave está en que ahora necesitarás nuevos estímulos que pueden ser intelectuales, espirituales o sexuales, pero alguien a tu lado con quien poder vibrar y efectuar una revolución conjunta”.

—¿Moraleja? —interviene Faith—. Tírate al médico samaritano.

—No voy en busca de una relación amorosa. Voy por trabajo —digo con toda la dignidad y credibilidad que cinco chupitos de tequila me pueden dar.

—Tampoco vas a darte masajes, pero si está ahí y se tercia…

≈≈≈

Ocho días después, habiendo soportado veinticinco horas de vuelo con una escala en Casablanca, pongo los pies en el aeropuerto de Bamako. En ese preciso instante la camisa se me pega al cuerpo y el pelo a mi frente. Empiezo a pensar que el vestuario que he elegido quizá no sea el más apropiado para el clima africano. La americana me da un aire de persona seria, pero resulta una tortura llevarla estando a casi cuarenta grados. Arrastrando la maleta, que parece pesar una tonelada, salgo al exterior del edificio y miro a un lado y a otro en busca de alguien con pinta de haber venido a recogerme. Muchos son los que me miran, pero ninguno se acerca. Supongo que no debe de ser muy habitual ver a una mujer rubia y blanca como la leche sola en la calle.

Doug me dijo que intentaría que alguien viniera a recogerme, y tenía esperanzas de que fuera el médico en cuya sombra me voy a convertir, para ir conociéndonos un poco más, no porque durante estos días me haya hecho ilusiones de que sea una mezcla de Hugh Jackman y Brad Pitt. No… Para nada… Pero, a menos que sea alguno de estos tipos que me miran con los ojos muy abiertos, apoyados en sus coches, me parece que me voy a tener que buscar la vida. Así pues, me acerco a uno de los tipos que me miran con la boca abierta y, vocalizando mucho y hablando lo más lento que puedo, digo:

—Hola. ¿Me puede llevar a esta dirección? —digo enseñándole el papel donde tengo apuntada la dirección exacta del hotel donde me hospedo.

El tipo mira el papel durante un rato que se me hace eterno. Empiezo a dudar que esté bien escrito, pero entonces levanta la vista hacia mí y no se me ocurre otra cosa que hacer que sonreír y enseñarle mi monedero. Parece que eso surte el efecto que quería, porque enseguida me abre la puerta trasera del coche y prácticamente me empuja dentro. Si no es porque se pasa todo el trayecto mirándome a través del espejo interior y sonriéndome, pensaría que más que un taxista es un secuestrador. Aun así, no me quedo tranquila hasta que una hora después, detiene el coche y señala hacia la fachada de un edificio. Resoplo aún más aliviada cuando, al mirar por la ventanilla, leo el nombre del que será mi hotel durante el próximo mes.

—¿Cuánto le debo? —le pregunto, intentando buscar el taxímetro, sin éxito.

Saco un par de billetes y entonces el tipo mueve las manos, pidiéndome más. Frunzo el ceño, pero tampoco controlo aún mucho el tema del cambio de divisa, así que le tiendo uno y luego un segundo. Cuando sonríe satisfecho, me apeo del coche y entonces mi maleta aterriza a mi lado de cualquier manera. Me doy la vuelta para despedirme, pero solo veo el maletero del coche y escucho el chirriar de las ruedas.

Una vez dentro del hotel, agradecida por el aire acondicionado, me acerco al mostrador de recepción, desde el que una risueña recepcionista que me recibe con un perfecto inglés. Gracias a Dios, porque el francés me parece un idioma muy romántico, pero estoy a años luz de hablarlo… A pesar de haberme descargado una aplicación para el móvil y haber estado practicando un poco antes de salir de casa.

—Bienvenida al Hotel Madison Bamako. ¿En qué puedo ayudarla?

—Hola. Soy Ashley Clark. Tengo una reserva aquí…

—Sí. Aquí está. Esta es la llave de su habitación. Permítame que llame a alguien que le lleve sus maletas y la acompañe. Le informo de que las instalaciones del spa están a su entera disposición…

—Muchísimas gracias —le respondo—. ¿Ha venido alguien preguntando por mí…?

—Eh… Me parece que no…

—Un médico americano… El doctor Morgan…

—No —contesta mirando la pantalla de su ordenador, justo antes de volver a levantar la cabeza y sonreírme abiertamente.

—Está bien.

—La avisaremos si viene…

—Genial.

≈≈≈

A la mañana siguiente, a las ocho en punto, tal y como me indicó Doug, enfundada en mi estudiado vestuario al más puro estilo Coronel Tapioca, con una enorme y pesada mochila a la espalda, me planto en el exterior del hotel, esperando a que aparezca el doctor Morgan.

A las ocho y media, llevo un rato cambiando el peso del cuerpo de una pierna a otra.

A las nueve, me siento en el borde de uno de los enormes maceteros de la entrada.

A las nueve y media empieza a apretar el calor y decido esperarle en el hall del hotel, al amparo del aire acondicionado.

A las diez llevo un rato haciéndome pis, así que me acerco a la recepcionista, la misma chica de ayer, y le pido que, si viene alguien a buscarme, le pida que se espere unos minutos.

A las once salgo al exterior, por si acaso estuviera esperándome fuera, dentro de algún coche, y enseguida me veo rodeada por una multitud de niños que, mostrándome las palmas de sus manos, me zarandean hablándome en francés. Me limito a sonreír y, asustada, aunque sin querer demostrarlo abiertamente, me vuelvo al interior del hotel, donde los porteros les impiden entrar.

Cerca de la una, decido comer en el restaurante del hotel, haciendo caso de los consejos de las miles de páginas webs y foros de viajes que he consultado durante estos días. Así pues, evito la lechuga, por si la han lavado con agua corriente del grifo, y los alimentos crudos en general, además de los mariscos, no vaya a ser que me provoquen diarrea en mi segundo día en el país.

A las cinco, me descubro buscando el horóscopo en un periódico local, y entonces me doy cuenta de que ya no vendrá a buscarme nadie.

—¿Quiere que la avise si viene alguien…? —me pregunta el recepcionista del turno de tarde.

—Eh… Sí, sí, claro…

—¿Puedo sugerirle un baño en nuestras piscinas de aguas termales?

Giro sobre mis talones y le observo frunciendo el ceño. Al rato, se me dibuja una sonrisa de complicidad y asiento con la cabeza.

≈≈≈

Mientras las firmes manos de Malick masajean mi espalda, me mando mensajes con Kim y Faith.

“¿Cómo que no se ha presentado?”

“Lo que oís… (O leéis, mejor dicho). Ayer no tuvo ni el detalle de venir a recogerme al aeropuerto y hoy no ha venido a recogerme…”

“¿Y cómo llegaste al hotel?”

“¿Por quién me habéis tomado? Soy una mujer de recursos y me hice entender con un taxista muy amable que me trajo”

“¿Y sabe Doug que te ha dejado tirada?”

“Le envié un correo electrónico antes, y me contestó que se iba a poner en contacto con los de la ONG para ver qué había podido pasar. Quedó en avisarme cuando supiera algo, pero tampoco estoy muy preocupada… Ahora mismo, estoy en manos de Malick, que me está dando un masaje relajante”

En cuanto envío el mensaje, miro de reojo al masajista que, como es habitual en todo el mundo, me sonríe al sentirse observado.

“¡Perra suertuda!”

“¿Está bueno?”

“No me he fijado, por Dios… Siempre estáis pensando en lo mismo…”

“Ya. Claro”

“Está buenísimo, ¿verdad?”

“Fijo que sí”

Los mensajes se suceden uno detrás de otro, sin darme opción a contestarles.

“Vamos… Que mucho no te ha afectado el desplante del doctor… ¿Cómo se llamaba?”

“Max Morgan. Doctor Max Morgan. O lo que es lo mismo, el impresentable Morgan”

≈≈≈

A la mañana siguiente, repito el ritual del día anterior, solo que esta vez, solicito los servicios de Malick mucho antes.

—Le aviso si alguien viene preguntando por usted… —me dice la recepcionista sonriente.

Por la noche, mientras ceno en mi habitación, le escribo otro correo electrónico a Doug para informarle de que, por segundo día, sigo esperando al tal Morgan. Él me contesta al poco rato, informándome que ya ha avisado a la ONG y que ellos le han dicho que se iban a poner en contacto con el médico. Que le habían pedido disculpas, pero que debíamos entender que las comunicaciones son algo precarias. Salgo al balcón, apoyando las manos en la barandilla mientras admiro las vistas de la ciudad desde mi habitación. El río Níger se extiende a mis pies, y se escuchan de fondo los cláxones de los coches. Hasta ahora, no me ha parecido que Mali sea uno de los países más pobres del mundo, aunque tampoco he salido mucho del hotel… Quizá mañana, si el impresentable vuelve a no presentarse, debería salir a dar una vuelta por la ciudad.

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Capítulo 1 – Caminando descalzo sobre la hierba

—¿Puedo probarlas, mamá?

—No, cariño, aún no. Están muy calientes.

Miro la bandeja de magdalenas recién salidas del horno con los ojos muy abiertos, juntando las manos frente al pecho, sin poder ocultar mi impaciencia. Siento la mano de mi madre en la cabeza y en cuanto la miro, ella me sonríe. Es una sonrisa melancólica y quizá algo triste, me doy cuenta de ello, y también sé el motivo. Miro detenidamente las marcas que se dibujan en su cara, producto de años de dolor y cansancio. A pesar de todo, cuando está conmigo, no deja de sonreír en ningún momento, intentando aparentar normalidad.

—Venga, coge una —me dice con una sonrisa afable, pasado un rato.

Me abalanzo sobre la bandeja y cojo una magdalena con cuidado. Le quito el pequeño envoltorio y me la llevo a la boca. Mamá me mira expectante, hasta que ve cómo cierro los ojos y mastico con una expresión de placer en la cara.

—¿Está buena, Jake?

—Está muy buena, mamá.

Entonces, el sonido de la puerta principal abriéndose ensombrece su expresión de golpe. Borra la sonrisa de su cara y me agarra con fuerza de la camiseta. Aguanta incluso la respiración, escuchando atentamente.

—¡¿Qué pasa?! ¡¿Nadie viene a darme la bienvenida?! —se oye a lo lejos la voz de mi padre, arrastrando las palabras, haciendo patente su estado de embriaguez.

—Corre, Jake. Sube a tu habitación y enciérrate en el armario —me apremia ella, agachándose frente a mí.

—No… —contesto con miedo, apretando los labios con fuerza, echando rápidos vistazos hacia la puerta de la cocina.

—Por favor, Jake… Sube, rápido.

—¡Pero no te puedo dejar…!

—¡Emmaaaaaaaaa! —grita mi padre aún desde el recibidor, seguramente demasiado borracho como para poder quitarse la chaqueta o como para caminar en línea recta.

—¡Corre, Jake! ¡Corre!

Mi madre me coge de los hombros y me obliga a darme la vuelta, empujándome para que salga por la puerta antes de que él la cruce. No quiero dejar sola a mi madre, pero le tengo pavor a él, así que subo las escaleras corriendo, tropezándome a medio camino. De rodillas en los peldaños, me quedo petrificado y giro lentamente la cabeza hacia atrás, intentando ver si él me ha podido ver. Pero entonces escucho sus pasos erráticos y su cuerpo golpeando contra las paredes del pasillo y, rápidamente, me enderezo y prosigo mi ascensión antes de que me coja. Una vez en el piso de arriba, corro hacia mi habitación, cierro la puerta a mi espalda y me meto dentro del armario empotrado. Cierro las puertas batientes y, tal y como me había enseñado mamá, coloco varias cajas llenas de ropa en la parte delantera y me parapeto detrás. Me siento en el suelo, encogiendo las piernas y abrazándome las rodillas, apoyando la frente en ellas. Empiezo a mecerme hacia delante y hacia atrás, mientras mi cabeza empieza a pensar métodos de evasión. En ocasiones es una canción, otras la tabla de multiplicar, o la alineación de los Giants del último partido. Lo que sea con tal de mantener la mente ocupada y no escuchar los gritos procedentes del piso de abajo. Ese truco no siempre funciona, depende sobre todo del nivel de embriaguez de mi padre o del dinero que haya perdido jugando al póquer.

—¡¿Esta mierda es lo que has estado haciendo?! ¡¿Dónde cojones está mi cena?!

Esta noche parece una de esas veces.

—No… He hervido unas patatas para hacer puré… Y pensaba acompañarlos de pescado a la plancha —escucho a mi madre con tono suplicante.

—¡¿Y en lugar de tenerme la cena preparada, te dedicas a jugar a las cocinitas?! ¡Seguro que estabas haciendo esta porquería con el mierdecilla ese! ¡¿Dónde está?! ¡Eh, Jake! ¡Baja!

—¡No! ¡No está!

—¡Y una mierda! ¡A mí no me engañas! ¡Baja, hijo!

—No está, te lo juro… —le suplica ella.

—¡Cállate, puta!

Entonces escucho una bofetada seguida de un grito y empiezo a mecerme con más intensidad.

—Siete por uno, siete. Siete por dos, catorce. Siete por tres, veintiuno… —Esta vez me decanto por las tablas de multiplicar, lo primero que me vino a la mente. Recito la del siete, que por alguna razón que aún desconozco, es la que más me cuesta—. Siete por cuatro, veintiocho…

—¡¿Jake?! ¡¿Dónde estás, hijo?!

La voz de mi padre se escucha ya en el piso de arriba, así que, para no revelar mi escondite, me muerdo el labio inferior con fuerza y me quedo lo más quieto posible.

—Paul, te juro que no está aquí… Está durmiendo en casa de su amigo Colin… —oigo que le miente mamá.

Ambos están en el pasillo, casi delante de la puerta de mi dormitorio, mientras yo sigo inmóvil, incluso conteniendo la respiración.

—¡No me lo creo! ¡Es un mierdecilla cobarde y está escondido aquí dentro!

—¡No! ¡Paul, por favor! —le suplica mamá, mientras empiezo a temblar y siento cómo mi entrepierna se humedece.

Rápidamente agacho la cabeza y compruebo que me he meado de miedo. Empiezo a ponerme nervioso por si él pudiera descubrirme. De ser así, la paliza sería de órdago, así que, sin hacer ruido, cojo una camiseta e intento secarme o, al menos, intentar que no huela.

—¡Aparta! —grita él—. ¡Jake, sal antes de que le haga daño a tu madre!

—¡No! ¡Paul, tiene solo diez años…!

—Está bien, tú lo has querido.

Lo que escucho a continuación es una lluvia de golpes y gritos, unos amenazadores, y otros de terror.

—Siete por cinco, treinta y cinco. Siete por seis, cuarenta y dos. Siete por siete, cuarenta y nueve…

Media hora después, los gritos dejan paso al llanto. Una hora después, la casa se sume en un absoluto silencio. Dos horas después, la oscuridad se apodera de todas las habitaciones. Tres horas después he dado la vuelta varias veces a las tablas de multiplicar, pero aun habiendo cesado, sigo oyendo los gritos en mi cabeza…

—Nueve por nueve, ochenta y uno, y nueve por diez, noventa. Uno por uno, uno. Uno por dos, dos. Uno por tres, tres…

≈≈≈

—Vamos, ¿por qué no quieres venir a la fiesta que organizo el sábado?

—Porque no me apetece.

—¿Que no te apetece una fiesta en una piscina lleno de chicas en biquini? ¿No serás marica? —dice alejándose de mí unos pasos, mientras me mira de arriba abajo.

—Colin, olvídalo. No puedo, y punto.

—¿Es por las cicatrices? ¿Para que no te las vean? Siempre puedes decir que sufriste un accidente de coche con tus padres…

—Mi padre vendió el coche y dilapidó la pasta apostando.

—Pero los demás no lo saben… —insiste Colin mientras yo niego con la cabeza—. Está bien, pues… Te puedes bañar con camiseta. Dices que eres alérgico al sol, y listos.

—¿Y si está nublado?

—Pues… ¡Que eres alérgico al aire!

Miro a Colin levantando las cejas. Al rato, agacho la cabeza, resignado, y sigo caminando hacia casa. Cuando él me alcanza, le sonrío negando con la cabeza. No se puede decir que no sea obstinado…

—¿Qué me dices? —me pregunta pasando un brazo por encima de mis hombros. En cuanto lo hace, suelto un quejido de dolor y él, asustado, se disculpa—: Lo siento. No sabía que…

—No es nada.

—¿Un nuevo moratón? ¿De cuándo es este?

—No, no… Hace unos días que no me pega…

—¿Y entonces…? —me pregunta Colin, señalándome la zona donde me ha tocado antes.

Al ver que no respondo, tira de mi camiseta para poder echar un vistazo. Entonces ve las marcas y arruga la frente.

—No es nada…

—¿Son marcas de quemaduras? —insiste Colin que, al no recibir respuesta de nuevo, se detiene, agarrándome del codo y obligándome a quedarme quieto—. ¿Cuándo te las ha hecho?

—Anoche… —contesto, intentando alejarme.

—¿Cómo te las ha hecho? ¿Son marcas de… cigarrillos? ¿Has ido al médico?

Empiezo a agobiarme, pero Colin me conoce lo suficiente como para saber que, si sigue con el interrogatorio, me cerraré en banda y será peor. Así pues, resopla resignado y decide dejar el tema y seguir hablando sobre la fiesta.

—¡Ya lo tengo! Habrá un requisito para poder meterse en mi piscina: llevar la camiseta puesta. ¿Qué te parece?

—No sé si me van a dejar ir…

—Tu madre seguro que te deja y tu padre no tiene por qué enterarse…

Después de dejar a Colin en su casa, corro para llegar a la mía y pedirle permiso a mi madre antes de que él llegue, no de trabajar, porque le despidieron hace unos meses, sino del bar. Realmente me apetece ir a esa fiesta, y si además no tengo que quitarme la camiseta para meterme en el agua…

—¡¿Mamá?! —la llamo nada más entrar por la puerta—. ¡¿Puedo ir el sábado a casa de Colin?! ¡¿Mamá?!

Entro corriendo en la cocina y, al no encontrarla allí, recorro la planta baja, justo antes de empezar a subir las escaleras de dos en dos, aún con una sonrisa ilusionada en los labios. Sonrisa que se esfuma en cuanto entro en el dormitorio de mis padres. Allí está mi madre, llorando, tapándose la boca con un pañuelo, ya teñido de rojo.

—¿Mamá…? —llamo su atención, casi en un susurro, acercándome a ella con tiento.

—Estoy bien, cariño —responde ella, secándose las lágrimas de las mejillas con mucha prisa e intentando recomponerse—. ¿Qué me decías? ¿Dónde quieres ir el sábado?

—¿Dónde está? —le pregunto caminando hacia el baño.

—Cariño… Espera…

—¡¿Dónde está?! —repito abriendo la puerta del baño de un golpe y encontrando a mi padre tirado en el suelo, totalmente borracho.

—Eh… Mira… Ha llegado el mierdecilla… —dice.

—¡Cállate! —le grito, totalmente fuera de mí.

Intento darle una patada, pero mi madre lo evita agarrándome por la espalda.

—Cariño, por favor… Déjale.

—¡No!

—Jake, cielo —me pide ella plantándose frente a mí, suplicándome no solo con el tono de voz, sino también con su mirada—. Hazlo por mí…

Al escuchar sus palabras, se me parte el corazón y me dejo arrastrar por ella hacia el piso de abajo. Ya en la cocina, me siento a la mesa, con los brazos encima de ella y apretando los puños con tanta fuerza, que los nudillos se me tiñen de blanco. Al rato miro a mi madre, que se está limpiando la sangre con un paño mojado, y me levanto para abrazarla. Tengo solo dieciséis años, pero hace tiempo que soy más alto que ella, así que no me cuesta arroparla e intentar que, al menos durante unos minutos, se sienta protegida por alguien.

—Sabes que no voy a la policía por ti… Pero dime una sola palabra, hazme una simple señal, y correré a denunciarle —le digo.

—¡No! —solloza ella.

—¿Por qué no? ¿Por qué le defiendes?

—Porque va a cambiar.

—¿Cuándo? ¿Cuándo te haya matado?

—Me lo ha prometido, y me ha pedido perdón…

—Ya… Hasta la próxima.

—No. Esta vez va en serio. Lloraba mientras me lo pedía.

—Tú también lloras cada vez que él te maltrata, cada vez que te grita… Y no parece que se apiade de ti.

—No… Sé que esta vez será diferente.

Chasqueo la lengua y decido dejar de discutir. La abrazo con fuerza mientras miro al techo.

—Algún día ganaré dinero y te sacaré de aquí, mamá…

—No. No quiero que trabajes. Quiero que estudies y te labres un futuro. Solo tienes dieciséis años, ya tendrás tiempo para trabajar.

≈≈≈

—Jake, aquí tienes. Buen trabajo.

—Gracias, señor.

Agarro el sobre que me tiende con el dinero correspondiente a una semana entera descargando las bodegas de los barcos que llegan al puerto. Es un trabajo duro, sobre todo para mi espalda, pero que puedo compaginar perfectamente con mis estudios de arquitectura. Quizá me está costando algo más de tiempo que a otros sacarme la carrera, porque trabajo de noche, y si trabajo, no duermo… Y si no duermo, no rindo igual de bien, pero lo necesito para pagarme unos estudios que mi madre no puede costear. Bastante tiene ella con comprar comida con el poco dinero que entra en casa.

—¿Cómo lo tienes la semana que viene? —me pregunta mi jefe.

Lo pienso durante unos segundos. Dentro de poco empiezan los exámenes finales y necesitaré todas las horas del día para estudiar, pero también necesito ahorrar todo el dinero que pueda para sacar a mamá de esa casa.

—Cuente conmigo, señor —respondo sin pensármelo dos veces.

—De acuerdo. Te llamaré.

Me acerco a la verja donde he dejado la bicicleta atada con un candado, lo abro y empiezo a pedalear hacia casa. Tengo exactamente cinco horas de sueño por delante hasta que me suene el despertador para ir a clase. Cuanto antes llegue, antes podré echarme a dormir y más horas podré descansar, así que aumento el ritmo de pedaleo. Afortunadamente, el tráfico a estas horas es prácticamente inexistente, y puedo ir todo lo rápido que mis cansadas piernas me permitan.

Cuando llego a la altura de mi casa, me encuentro al vecino de al lado plantado en la acera, en pijama.

—¡Gracias al cielo! —dice agarrándome de los brazos en cuanto detengo la bicicleta a su lado y me bajo de ella.

—¿Qué pasa?

—He llamado a la policía… Los gritos eran insoportables esta vez… Lo siento… No debí entrometerme, pero…

No escucho ni una palabra más. Dejo caer la bicicleta y corro hacia la puerta de entrada. En cuanto la traspaso, oigo ruido procedente de la cocina, aunque no son gritos. Por un momento, empiezo a pensar que todo haya sido un malentendido y ahora me encuentre a mamá cocinando unas deliciosas magdalenas. A pesar de tener esa posibilidad rondando por mi cabeza, no dejo de correr hasta que llego a la puerta de la cocina.

Me lleva un rato entender la escena que se presenta ante mí. Mi madre yace en el suelo, en mitad de un enorme charco de sangre. Mi padre está sentado en una silla, con los codos apoyados en la mesa, agarrándose la cabeza con las manos.

—¡¿Mamá?! —grito corriendo hacia ella—. ¡¿Mamá?!

Al verme entrar, él se pone inmediatamente en pie y se aleja lo máximo posible de mí. Está muy aturdido, y da signos de estar muy borracho también, ya que tiene que apoyarse contra la pared para no perder la verticalidad. De todos modos, yo no le presto la más mínima atención.

—¡Mamá!

Agarro la mano de mi madre y, con algo de miedo, intento echar un vistazo a la herida de su estómago. En ese momento, ella es consciente de mi presencia y esboza una sonrisa que resulta de lo más tétrica por culpa de la sangre que se acumula en su boca. Intenta hablarme, pero es incapaz de emitir ningún sonido, así que, con lágrimas en los ojos, niego con la cabeza.

—No, no… No pasa nada… No hables… La policía está en camino, y ellos se encargarán de todo… Y llamarán a una ambulancia también…

Entonces tose con mucho esfuerzo y de su boca sale un chorro de sangre. Abre mucho los ojos y me mira con mucho miedo, apretando mi mano con toda la fuerza que es capaz de emplear. Intenta levantar un brazo para tocarme la cara, pero se le acaban las fuerzas a medio camino y lo deja caer de golpe. En ese instante, su boca deja escapar un largo y sonoro suspiro y su cuerpo cae a plomo.

—¡Mamá! ¡Mamá, por favor! —digo zarandeándola bruscamente.

Cuando sus manos caen al suelo, a ambos lados de su cuerpo, y su cabeza se ladea como si fuera una marioneta, miro al cobarde hijo de puta. Sigue de pie, apoyado contra la pared, mirando la escena con los ojos muy abiertos.

—Yo… ¡Ha sido un accidente! —dice levantando las palmas de las manos, supongo que asustado por mi mirada encendida—. Yo no… No quería hacerle daño. Te lo juro…

—¡Y una mierda! —grito mientras me levanto, dejando el cuerpo inerte de mi madre en suelo, con mucho cuidado.

—Lo juro. Hijo…

Está tan borracho que intenta retroceder a pesar de tener la pared en la espalda, como si pudiera traspasarla.

—¿Hijo? ¿Ahora soy tu hijo? Ya no soy… ¿cómo era? Ah, sí, ¿el mierdecilla?

En cuanto llego a su altura, aprovechándome de su falta de reflejos y de mi mayor corpulencia, gracias en parte al trabajo en el puerto, le agarro del cuello de la camisa y empiezo a propinarle puñetazos en la cara mientras le grito, fuera de mí.

—¡Lo que eres es un puto cobarde! ¡Solo pegas a los que son más débiles que tú! ¡¿Por qué ya no me pegas a mí?! ¡¿Eh?! —digo empujándole mientras él trastabilla y se agarra del mármol para no caer al suelo—. ¡Vamos! ¡Pégame! ¡Pégame! ¡Pégameeeeeeeeee!

Preso de la rabia, agarro por el cuello una de las botellas vacías de cerveza que hay esparcidas por la encimera de la cocina, y le golpeo la cabeza con ella. Cae al suelo y me siento a horcajadas encima de él. Empiezo a golpear su cara con mis puños, sin ver con claridad por culpa de las lágrimas que se agolpan en mis ojos, apretando los dientes con fuerza. Como él se sigue revolviendo, vuelvo a agarrar la botella y empiezo a golpear su cabeza. Sigo hasta que me duelen los brazos, hasta que sus quejidos se vuelven débiles y ya casi no se mueve. Pero entonces, lejos de detenerme, le cojo del pelo y empiezo a golpear su cabeza contra el suelo.

—¡Eres un cobarde…! ¡Un cobarde hijo de puta…!

—¡Policía! —escucho que alguien grita, pero soy incapaz de parar—. ¡Deténgase!

—Cobarde, hijo de puta… —sollozo cada vez con menos fuerza—. Pégame a mí si te atreves…

—¡Alto! ¡Policía! ¡Apártese!

Entonces, unos brazos me agarran por la espalda y me inmovilizan contra el suelo. Noto una rodilla clavada en mi espalda y alguien aprieta mi cabeza contra las frías baldosas. Desde donde estoy, puedo ver cómo un par de agentes de policía se preocupan por el estado de mi padre, que permanece inmóvil. Uno de ellos le busca el pulso en el cuello durante unos segundos, hasta que niega con la cabeza y los dos se ponen en pie. Dan algunas órdenes a través de un walkie-talkie y entonces centran su atención en mí y en mi madre. A mí me esposan las manos a la espalda mientras me incorporan. A ella le toman el pulso y, aunque sé cuál será el veredicto, aguanto la respiración por si durante este rato se hubiera producido el milagro. Cuando veo la cara de circunstancias de los agentes, agacho la vista al suelo y empiezo a llorar de forma desconsolada. Se escucha a lo lejos el ruido de las sirenas de unas ambulancias y en cuanto entran los sanitarios, se dividen y se ocupan de los dos. Mi cuerpo tiembla sin que yo pueda hacer nada para detenerlo. Sé que me hablan, pero solo porque veo sus bocas moverse mientras me miran. Me llevan de un lado a otro, pero yo solo intento ver qué hacen con el cuerpo de mi madre. Me llevan a la fuerza hacia el exterior de la casa, aunque intento resistirme con todas mis fuerzas. Al menos lo intento hasta que veo cómo tapan el cuerpo de mi madre con una manta y la suben a una camilla. Al instante, me dejo caer de rodillas y, con las manos esposadas a mi espalda, me empiezo a mecer hacia delante y hacia atrás, como hacía cuando me escondía en el armario.

≈≈≈

—Siete por uno, siete. Siete por dos, catorce. Siete por tres, veintiuno. Siete por cuatro, veintiocho…

—¡Vamos, nenazas! ¡Hora del recreo!

—Siete por cinco, treinta y cinco. Siete por seis, cuarenta y dos…

—¡Eh, tú! ¡Weston! ¡¿Eres sordo?!

Dejo de mecerme al instante y levanto la cabeza. Al lado de los barrotes abiertos, veo a uno de los guardias, mirándome de forma burlona, con una sonrisa de medio lado.

—No quiero salir, señor —digo agachando la vista de nuevo—. Preferiría quedarme aquí dentro.

—Esto no es un puto hotel en el que puedas hacer lo que te apetezca. Si yo te digo que sales al patio, sales. ¡Y punto! ¡¿Ha quedado claro?!

Para enfatizar sus palabras, golpea los barrotes con una porra que lleva en la mano, así que me pongo en pie, salgo de la celda y empiezo a caminar por el pasillo, junto al resto de presos. Siguiendo el consejo de mi abogado de oficio, el único que pude costear, agacho la vista para no cruzar la mirada con nadie. Es lo único que pudo decirme al acabar el juicio, en el que me cayeron diez años de cárcel.

—¿Quién es ese? —escucho que alguien pregunta detrás de mí.

—Uno nuevo… Un cachorro…

—¿Sabes por qué está aquí?

—Dicen que por cargarse a un tío…

—¿Ese? ¿El que camina mirando al suelo? Joder, si hasta está temblando…

—Un cachorrillo asustado… Me lo pido.

Aprieto el paso y adelanto a algunos presos, aun mirando al suelo, hasta que salgo al patio y la luz del sol me ciega momentáneamente. Entre la comisaría, el juicio y mi entrada en Rikers, es la primera vez que salgo al aire libre en una semana, a pesar de que todo se desarrolló de forma rápida. La misma noche del suceso, me encerraron en el calabozo de la comisaría y allí estuve un par de días, recibiendo la única visita de mi abogado de oficio. Luego vino el juicio que, al no existir testigos a mi favor y sí el testimonio de los agentes que entraron en mi casa, que dijeron que no podía alegarse defensa propia, tuvo un veredicto muy rápido y contundente. Aun así, la pena se rebajó un poco porque las cicatrices de mi cuerpo se aceptaron como prueba de los años de malos tratos recibidos, así como las cicatrices que encontraron en el cuerpo sin vida de mi madre.

Me siento en una esquina alejada del patio, apoyando la espalda contra el muro y juntando las manos en mi regazo. Miro de reojo alrededor. La mayoría de presos me ignoran, pero hay un grupo cerca de las gradas, al lado de las canastas de baloncesto, que no dejan de mirarme. Cuando se dan cuenta de que les miro, ríen entre ellos y agacho la cabeza al momento. Al ver que caminan hacia mí, miro a un lado y a otro y empiezo a frotar las manos entre sí de forma compulsiva.

—¿Sabes? Estábamos discutiendo si ya te has meado encima —dice uno de ellos—. Salgamos de dudas… ¿Te has meado ya?

En lugar de contestarle, aprieto los labios hasta convertirlos en una fina línea y miro hacia otro lado.

—Verás… No puedes ignorarnos, ¿lo sabías? —dice otro, al que reconozco como la voz que escuché antes en los pasillos. Este hace un leve movimiento con la cabeza y al instante, un par de tipos enormes me agarran por la espalda y me retienen con fuerza—. Así que repito… ¿Te has meado ya?

Aunque no puedo mover la cabeza por culpa del agarre de esos tipos, muevo los ojos a un lado y a otro en busca de algo de ayuda de algún guardia. Todos miran hacia otro lado, y el que no lo hace, gira la cabeza en cuanto ve que le miro suplicando.

Sin darme tiempo a contestar, el que parece el cabecilla de todo, empieza a pegarme puñetazos en el estómago y en los costados, sin que nadie haga nada por impedirlo. Cuando se cansan, varios minutos después, y se largan, las piernas me fallan y mi cuerpo cae al suelo. Me enrosco en forma de ovillo para protegerme, haciendo verdaderos esfuerzos por respirar con normalidad, y me quedo ahí hasta que por los altavoces advierten que tenemos que volver a nuestras celdas. Yo no puedo moverme, aunque lo quiera, en parte por el miedo, aunque también porque creo que debo de tener alguna costilla rota. Así pues, cuando aparece a mi lado uno de los guardas que ha sido testigo de la paliza, y sin agacharse me pregunta qué me pasa, empiezo a ser consciente de las normas no escritas de este sitio…

—Pues tienes un par de costillas fisuradas —dice el médico mirando la radiografía que sostiene en alto—. Esta noche la pasarás aquí en la enfermería, ¿de acuerdo?

—Vale… —contesto con mucho esfuerzo.

—Por lo que veo, tienes diecinueve años y te han caído diez, ¿no? —me pregunta repasando mi informe—. ¿Aceptas un consejo?

—Supongo… De momento no me han servido de mucho…

—Porque te habrán aconsejado que no te metas en líos, que no mires a nadie ni te relaciones con nadie peligroso, ¿verdad? —dice mientras yo asiento con timidez, recordando el consejo de mi abogado—. Pues bien, eso es una gilipollez porque, hagas lo que hagas, si a alguno de esos tipos le apetece pegarte, lo hará, le mires o no, le hables o no…

—Entonces, ¿qué…?

—Pegar antes que ellos —contesta de forma solemne y directa, aunque al ver mi cara de estupor, decide añadir—: Como habrás podido observar, a los guardias de aquí les trae sin cuidado lo que pase entre los reclusos. Lo bueno es que tienen el mismo trato con todos, así que pasarán de ti, como lo han hecho, cuando te peguen una paliza a ti, y harán lo mismo si tú se la pegas a otros… Al menos, es de agradecer, ¿no crees?

Minutos después, el médico sale de la enfermería, en la que estoy solo, a pesar de que hay cuatro camas más, hecho que agradezco enormemente porque no sé aún de quién me puedo fiar y de quién no, además de no estar seguro de poder aplicar tan pronto el consejo del médico. Respiro tan profundamente como mis costillas me dejan y me permito cerrar los ojos para sumirme en un reparador sueño.

≈≈≈

Como un autómata, realizo un inventario de todo lo que reposa en las estanterías. Lo hago cada día, pero así me aseguro de que las existencias cuadran a la perfección para luego pasar los informes al alcaide y que él se encargue de dar el visto bueno para realizar el pedido. Es un trabajo que me mantiene ocupado unas cuantas horas al día, y que me permite estar solo, sin necesidad de rehuir la mirada de nadie o tener que pelear para preservar mi integridad física.

Hace algo más de un año que me asignaron este puesto, cuando el alcaide vio que era un tipo listo y de fiar. Antes pasé por la lavandería, donde estuve trabajando durante casi dos años, y tengo que reconocer que me alegré cuando me cambiaron, porque estaba harto de tocar con mis manos las sábanas de todo el mundo, la mayoría manchadas con fluidos corporales nada agradables. Ganarme la confianza del alcaide y los guardias no fue muy difícil, sospecho que interesarme por la lectura, ser algo exigente con el aseo personal, y no ser un inquilino asiduo de las celdas de aislamiento, decantaron la balanza en mi favor.

—Eh… Weston, ¿verdad? —oigo que me llaman.

—Está cerrado. Abro en media hora —digo sin siquiera darme la vuelta.

—Soy Roy.

—Perfecto, Roy, pero sigue estando cerrado —afirmo mientras cuento los cepillos de dientes de la estantería.

—Necesito un favor…

Resoplo mientras me giro, apoyando la carpeta en la cadera, para descubrir que quien me llama es uno de los recién llegados de mi bloque de celdas. Debe de tener unos cuarenta años, quizá algo más, aunque está en buena forma.

—Verás, te explico cómo funcionan aquí las cosas… Abro todos los días de diez a doce de la mañana. Durante esas dos horas, puedes venir y comprar lo que necesites, siempre y cuando tengas dinero en depósito. Ese dinero te lo tiene que transferir alguien de fuera, da igual quién. De eso mejor te informará el alcaide. No tenemos de todo, pero si necesitas algo que no tengamos, me lo dices, lo apunto y hago la petición. Olvídate de películas o revistas porno, música, aparatos electrónicos, ropa o comida —recito todo de memoria, como una cantinela, girándome para mostrar las estanterías—. Pero si lo que quieres es cualquier producto de aseo personal, cigarrillos, periódicos, libros, revistas, o chicles, ya sabes… Ven a verme.

Me doy la vuelta y sigo con el inventario, pero aún siento su presencia en mi espalda. Cuando me giro y le veo aún ahí plantado, le miro levantando las cejas y abriendo los brazos.

—¿Alguna duda?

—Ninguna. Sé cómo funciona este sitio. Soy nuevo… este año. He estado en otras dos ocasiones aquí dentro.

—¿Y entonces, por qué me has dejado pegarte toda la charla?

—Porque da gusto oírte recitar —se mofa.

—¿No tienes nada mejor que hacer?

—¿La verdad? No mucho. Solo venía para preguntarte si podemos hacer un trato. Verás… —dice acercándose un poco más—. No tengo dinero ni posibilidad de tenerlo, pero quiero conseguir cigarrillos sin tener que deber ningún favor a nadie…

—Pues me parece que no lo has entendido muy bien…

—Sin deber a nadie, excepto a ti.

—¿Excepto a mí? ¿Por qué yo? ¿A qué debo este honor?

—A que llevas este sitio, simplemente. No te emociones, no es que me haya enamorado de ti, si no tienes tetas, no eres mi tipo.

—Es un consuelo… ¿Y qué te hace pensar que podría necesitar de tus favores?

—Bueno… Tengo experiencia aquí dentro, y tú la cara algo magullada… Quizá necesitarías protección.

—Esa protección me hubiera venido bien hace un tiempo. Créeme que ahora, después de 1.214 días, me es bastante innecesaria. Digamos que estoy aplicando un sabio consejo que me dieron al poco de entrar y he descubierto que no se me da tan mal. Que no te engañen mis cicatrices, los otros también se llevaron algún recuerdo.

—Me caes bien… ¿Cuántos años tienes?

—¿Qué pasa? ¿No soy tu tipo, pero tienes una hija a la que quieres casar?

—No. No tengo familia. Simplemente, te veo muy joven y pareces demasiado listo como para que estés cumpliendo condena por homicidio. ¿Cuántos te cayeron? ¿Quince?

—Diez —respondo algo descolocado porque sepa el motivo de mi encarcelamiento.

—Mmmm… ¿Defensa propia? ¿Involuntario?

—No.

—¿No fue ni en defensa propia ni involuntario?

—No.

—¿Eras plenamente consciente de lo que hacías?

—Sí.

—Entonces los rumores son ciertos… Y me interesas aún más. Oye, voy a estar por aquí poco tiempo porque, aunque no tengo familia, sí tengo a alguien que necesita de mis servicios ahí fuera y hará lo posible por sacarme. Cuando salgas tú, búscame —me dice pasándome un trozo de papel con un número de teléfono escrito—. Me hago mayor y necesito un ayudante, y creo que eres el candidato ideal.

Me quedo quieto en el mismo sitio, con la carpeta en la mano, mientras él, con aspecto de estar satisfecho y de haber cumplido su misión, se mete las manos en los bolsillos y, encogiendo los hombros, me dice:

—Entonces, a pesar de que te haya ofrecido un curro para cuando salgas, ¿me quedo sin mi paquete de cigarrillos?

Chasqueo la lengua y me doy la vuelta. Sigo con el inventario hasta que rato después, empiezo a escuchar las voces de algunos reclusos acercándose a la ventana de la garita para empezar a hacer cola. Me doy prisa para acabar y cuando me doy la vuelta, veo que el papel con el número sigue encima del mostrador. Lo miro durante un rato, y al final, en un arrebato, lo cojo y me lo guardo en el bolsillo.

Durante las dos horas siguientes, varias preguntas dan vueltas por mi cabeza. ¿Qué sabe este tipo de mí? ¿Qué rumores circulan acerca de mí aquí dentro? ¿Candidato ideal para qué trabajo? Y, sobre todo, ¿por qué?

Cuando cierro para dar por finalizada mi jornada laboral, después de hacer un arqueo para saber cuánto dinero le queda a cada recluso y llevárselo al alcaide, sin saber bien por qué, cojo un paquete de cigarrillos y me lo meto en el bolsillo, descontándolo de mi dinero. Camino hacia el patio con las manos en los bolsillos y cuando salgo, le busco disimuladamente. Le veo a lo lejos, sentado en las gradas, con la espalda recostada hacia atrás y los ojos cerrados, como si en lugar de estar en Rikers estuviera en una playa de Miami. Me acerco hasta él y, cuando nota que alguien le tapa el sol, abre los ojos y se empieza a incorporar, poniendo una mano encima de las cejas a modo de visera.

—¿Por qué?

—¿Ves? Eso es algo que tendremos que pulir… Soy poco intuitivo y ni mucho menos sé leer la mente de los demás, así que, si no sabes explicarte mejor, me temo que vamos a tener un grave problema de comunicación.

—¿Por qué soy el candidato ideal para ayudarte en tu trabajo?

—Precisamente, porque me imaginaba que me harías esta pregunta en lugar de otras muchas.

Arrugo la frente, confundido, y acabo por sentarme a su lado, muy intrigado. Hacía tiempo que nadie llamaba mi atención de esa manera y quizá mi nuevo amigo resulte ser alguien con el suficiente nivel intelectual como para poder llegar a mantener una conversación algo inteligente. No es que me crea un superdotado ni nada por el estilo, pero hasta ahora las conversaciones que he mantenido aquí dentro han sido sobre todo acerca de mujeres, tabaco y deporte.

—Me parece que estoy algo oxidado y no te acabo de entender…

—Me has preguntado que por qué eras el candidato ideal, pero no me has preguntado en qué consiste el trabajo. Eso me dice mucho de ti… Por ejemplo, que lo que más te preocupa no es la naturaleza del trabajo, así que supongo que, en el fondo, estarías dispuesto a realizar cualquiera. ¿Me equivoco?

Lo pienso durante unos segundos. ¿Lo estaría?

—¿Qué estás preguntándote ahora mismo? —insiste Roy.

—Si estaría dispuesto a realizar cualquier trabajo…

—Ahí lo tienes —dice sonriendo mientras cierra un ojo por culpa del sol que le da en la cara—. Sigues sin preguntarte qué trabajo te estoy ofreciendo.

Le observo durante unos segundos, dándome cuenta de que tiene razón. Aprieto los labios y tuerzo el gesto, hasta que una débil sonrisa empieza a formarse en mi boca. Meto la mano en el bolsillo y saco el paquete de tabaco. En cuanto lo ve, sonríe abiertamente, se enciende uno y, apoyando los codos en las gradas, dice:

—Sabía que había escogido bien.

≈≈≈

—¡No! ¡Por favor! ¡No!

Sin hacer caso de sus súplicas, apoyo el cañón de la pistola en su sien y quito el seguro. En cuanto él escucha el sonido, abre mucho los ojos y aprieta la mandíbula con fuerza. Unas gotas de sudor empiezan a resbalar por su frente y empieza a removerse nervioso en la silla, a la que lleva atado desde hace más de cinco horas, cuando empezó nuestro particular interrogatorio. Un hombro roto, un balazo en la rodilla y una brecha en la ceja después, el tipo empieza a dar signos de rendirse.

—Como ves, Jake tiene muy poca paciencia… —dice Roy agachándose frente al tipo, hasta quedar a su altura—. Yo en cambio podría quedarme así hasta mañana. Me tendría que entretener de algún modo como, por ejemplo, cortarte uno a uno los dedos de las manos y los pies…

El tipo se revuelve con gesto de dolor y un nauseabundo olor a pis empieza a intoxicar el lugar, un almacén abandonado del Bronx.

—Así pues, como ves, Jake y yo tenemos diferentes maneras de hacer las cosas —prosigue Roy—. Mientras él prefiere acabar de una vez por todas con esto, pegarte un tiro y cenar en su casa con su mujer e hijos, yo prefiero divertirme un rato más a tu costa. Tú eliges…

El tipo resopla con fuerza por la boca mientras sus ojos se pasean de Roy a mí de forma nerviosa. En cuanto aprieto el cañón contra su piel, mira a Roy y empieza a suplicarle:

—Por favor… Por favor… Lo juro… No la volveré a tocar…

—No, no lo harás —digo justo en el momento en que aprieto el gatillo.

La sangre nos salpica a los dos, pero nos limpiamos sin inmutarnos. Mientras yo corto las cuerdas que le ataban y dejo que caiga al suelo, Roy me mira levantando una ceja.

—En serio, tío… Me apetecía cortar unos cuantos dedos… ¿Cuánto hace que no lo hacemos?

—Cinco horas con este capullo eran más que suficientes. Acuérdate de que yo quería pegarle un tiro y tirarle al Hudson, sin más, y en cambio accedí a montar toda esta pantomima por ti…

—Está bien… Qué mala leche llevas… ¿Cuánto hace que no follas?

En lugar de contestarle, quito la silla y empiezo a enrollar el cuerpo en el plástico que hemos puesto en el suelo para protegerlo de las salpicaduras de sangre y no dejar rastro.

—¿Por qué le has dicho que estaba casado y tenía hijos? —le pregunto.

—¿Te ha gustado? Creo que es algo que queda bien. Te da como un aire de más… como lo diría… ¡despiadado! Imagínate: marido perfecto y padre orgulloso de día, asesino de noche… —contesta riendo.

—Estás mal de la cabeza… —digo chasqueando la lengua.

—Es brillante, y lo sabes.

Una vez envuelto el cuerpo, lo cojo a pulso y lo meto con cuidado dentro del barril de metal lleno de ácido fluorhídrico. Luego empiezo a echar lejía al suelo, por si hubiera quedado alguna mancha, mientras Roy se enciende un cigarrillo.

—Podrías ayudar un poco…

—No tengo la espalda para muchos trotes… Para eso te tengo a ti, ¿recuerdas? Para esto te pedí que fueras mi ayudante. Y hablando de eso… ¿Puedes creer que ya haga cinco años de eso? ¿No se te ha pasado rápido?

—En serio, Roy, apártate algo más del bidón que los vapores del ácido te están afectando.

—¿No me digas que no te has acordado de nuestro aniversario? Entonces, ¿no me has comprado nada? ¿Ni siquiera me vas a llevar a bailar?

Se me escapa la risa mientras él saca su teléfono y le envía un mensaje a nuestro cliente para confirmarle que el trabajo está hecho, para informarle de que el tipo que violó a su hija hace cinco años y que salió de la cárcel hace una semana por buen comportamiento, se está disolviendo en un barril. Como él mismo dijo al contratarnos, puede que esto no le haga olvidar el calvario por el que pasó su pequeña, pero sí le ayude a dormir mejor por las noches.

—Listo. El segundo pago por el trabajo ha sido transferido a nuestra cuenta. Así que ya no tienes excusa para no salir esta noche a celebrarlo.

—No me apetece.

—¡Pero es nuestro aniversario…! —me contesta él haciéndome pucheros con el labio inferior—. ¿No harías eso por mí?

≈≈≈

En cuanto traspasamos las puertas del «Allowed», una ráfaga de luces cegadoras me obliga a entornar los ojos. Es el garito favorito de Roy porque, tal y como su nombre indica, todo está permitido. La planta de abajo es la de una discoteca normal y corriente, con su pista de baile, sus barras de bebidas, su guardarropía y sus lavabos. Pero en el piso de arriba hay decenas de habitaciones que se pueden alquilar por horas, todas equipadas con una cama, un baño e infinidad de juguetes eróticos a disposición del cliente. Cuando una habitación queda libre, antes de volverse a ocupar por otra pareja, trío o grupo, un grupo de limpiadoras se encarga de limpiar todo, cambiando sábanas y reponiendo los juguetes que se hayan podido utilizar por otro nuevos.

El sitio no es barato. De hecho, todos los socios pagan una especie de cuota mensual, pero de esta forma, se aseguran una serie de comodidades y limpieza que escasea en otros garitos del estilo. Son pocos los socios, cuyos nombres aparecen en una lista de la que es muy fácil salir, pero muy difícil entrar, y cada uno de ellos puede llevar a un acompañante por noche. En nuestro caso, Roy es el cliente habitual y yo el acompañante.

—Bien. Relaja los hombros, desentumece los músculos —dice Roy agarrándome de los hombros mientras me los masajea—, ¡y busca una tía a la que tirarte! ¡Ya! ¡Es urgente!

—Si no te importa, me quedaré aquí en la barra, me pediré un whisky, puede que dos, y luego me iré para casa a dormir.

—Tú mismo… ¿Nos tomamos el primero juntos? —me pregunta mientras yo asiento con la cabeza—. Perfecto entonces… Pero hazte un favor: cuando llegues a casa, hazte una paja y libera tensiones, porque estás algo encorsetado.

≈≈≈

Hace ya un buen rato que Roy se ha perdido escaleras arriba, acompañado de una tía que tenía pinta de estar dispuesta a todo. Vamos, de las que a él le gustan. Yo estoy apurando mi tercer whisky, cuando veo que una chica se sitúa a mi lado, colocando los codos encima de la barra, intentando llamar la atención de la camarera. La llama unas cuantas veces, aunque su voz no se oye debido al alto volumen de la música, así que opta por levantar la mano. Minutos después, al ver que sigue sin tener suerte, decido intervenir. Cinco segundos después de haberla llamado, se planta delante de mí, apoyando las manos en la barra y mirándome con una sonrisa lasciva.

—Ponle lo que te pida —digo señalando a la chica de mi lado, cuya cara pasa del estupor a la alegría en décimas de segundo.

—Gracias —me dice mientras yo asiento con la cabeza, dando el último trago a mi copa—. ¿Quién te ha arrastrado hasta aquí?

—¿Perdona? —le pregunto confundido.

—Pareces un poco fuera de tu ambiente… Te he estado observando durante un buen rato y… Espera, no te pienses que te espío ni nada por el estilo. Solo que te he visto igual de solo que yo y aquí todos parecen buscar lo mismo y… Oh, mierda… Ya me callo…

La miro con la frente arrugada, procesando aún todo lo que me ha llegado a decir. La camarera le sirve su bebida, algo de un color rosa chillón, y ella la paga y da un sorbo con timidez. Se coloca algunos mechones de su pelo, largo y pelirrojo, justo antes de darse la vuelta para mirar hacia la pista.

—¿Quién te ha arrastrado a ti? —me descubro preguntándole.

—¡Vaya!

—¿Qué?

—Empezaba a pensar que tenías un problema de sordera… O que eras mudo… O un completo gilipolla…

—Digamos que no se me da demasiado bien tratar con los… seres vivos en general.

—¿En serio? ¿Y a qué te dedicas? ¿Eres forense? ¿Médium? No, no, no… Espera… ¡Enterrador!

—Algo así —contesto esbozando una… ¿sonrisa? ¿Estoy sonriendo? Sí, parece ser que eso hago—. ¿Y bien?

—¿Y bien qué?

—Que quién te ha arrastrado hasta aquí a ti.

—¡Ah! Pues he venido con mi amiga Amy… Creo que está por allí en la pista de… —dice buscándola por la pista, hasta que parece dar con ella—. Bueno, de hecho, es esa que sube las escaleras con ese tipo…

Miro hacia donde ella señala y veo a una chica que mira hacia nosotros y saluda a la pelirroja con una mano. Cuando les perdemos de vista, resopla resignada y se deja caer en uno de los taburetes.

—Parece ser que tengo para rato aquí…

La miro durante unos segundos hasta que, aún sin saber bien por qué, me siento en el taburete contiguo.

—No hace falta que te veas forzado a hacerme compañía —dice señalándome con una mano—. Ya sé que los seres vivos no somos tu especialidad… Puedo arreglármelas sola.

—Te morirás de sed si no me quedo contigo.

—Eso es cierto… Aunque siempre puedo ligarme a un tío para que pida las copas por mí.

—¿A quién quieres engañar?

—¿Insinúas que no soy lo suficientemente guapa como para ligarme a un tío?

—No, no, no… —contesto sonrojándome sin remedio. Se me traba la lengua y empiezo a ponerme extrañamente nervioso, algo que no me ha sucedido nunca.

—Tranquilo —ríe ella abiertamente, enseñándome las dos filas de dientes—. Te estaba poniendo a prueba. Tienes razón, no estoy acostumbrada a frecuentar sitios como este ni a… ligar con tíos.

Los dos sonreímos mientras miramos al suelo. Al rato, ella da otro sorbo a su bebida rosa y yo miro de forma despreocupada a la pista.

—Roy.

—¿Te llamas Roy?

—No, lo que quería decir es que quien me ha arrastrado hasta aquí es mi amigo Roy, el cual ha seguido el mismo camino que tu ami

—¿Puedo probarlas, mamá?

—No, cariño, aún no. Están muy calientes.

Miro la bandeja de magdalenas recién salidas del horno con los ojos muy abiertos, juntando las manos frente al pecho, sin poder ocultar mi impaciencia. Siento la mano de mi madre en la cabeza y en cuanto la miro, ella me sonríe. Es una sonrisa melancólica y quizá algo triste, me doy cuenta de ello, y también sé el motivo. Miro detenidamente las marcas que se dibujan en su cara, producto de años de dolor y cansancio. A pesar de todo, cuando está conmigo, no deja de sonreír en ningún momento, intentando aparentar normalidad.

—Venga, coge una —me dice con una sonrisa afable, pasado un rato.

Me abalanzo sobre la bandeja y cojo una magdalena con cuidado. Le quito el pequeño envoltorio y me la llevo a la boca. Mamá me mira expectante, hasta que ve cómo cierro los ojos y mastico con una expresión de placer en la cara.

—¿Está buena, Jake?

—Está muy buena, mamá.

Entonces, el sonido de la puerta principal abriéndose ensombrece su expresión de golpe. Borra la sonrisa de su cara y me agarra con fuerza de la camiseta. Aguanta incluso la respiración, escuchando atentamente.

—¡¿Qué pasa?! ¡¿Nadie viene a darme la bienvenida?! —se oye a lo lejos la voz de mi padre, arrastrando las palabras, haciendo patente su estado de embriaguez.

—Corre, Jake. Sube a tu habitación y enciérrate en el armario —me apremia ella, agachándose frente a mí.

—No… —contesto con miedo, apretando los labios con fuerza, echando rápidos vistazos hacia la puerta de la cocina.

—Por favor, Jake… Sube, rápido.

—¡Pero no te puedo dejar…!

—¡Emmaaaaaaaaa! —grita mi padre aún desde el recibidor, seguramente demasiado borracho como para poder quitarse la chaqueta o como para caminar en línea recta.

—¡Corre, Jake! ¡Corre!

Mi madre me coge de los hombros y me obliga a darme la vuelta, empujándome para que salga por la puerta antes de que él la cruce. No quiero dejar sola a mi madre, pero le tengo pavor a él, así que subo las escaleras corriendo, tropezándome a medio camino. De rodillas en los peldaños, me quedo petrificado y giro lentamente la cabeza hacia atrás, intentando ver si él me ha podido ver. Pero entonces escucho sus pasos erráticos y su cuerpo golpeando contra las paredes del pasillo y, rápidamente, me enderezo y prosigo mi ascensión antes de que me coja. Una vez en el piso de arriba, corro hacia mi habitación, cierro la puerta a mi espalda y me meto dentro del armario empotrado. Cierro las puertas batientes y, tal y como me había enseñado mamá, coloco varias cajas llenas de ropa en la parte delantera y me parapeto detrás. Me siento en el suelo, encogiendo las piernas y abrazándome las rodillas, apoyando la frente en ellas. Empiezo a mecerme hacia delante y hacia atrás, mientras mi cabeza empieza a pensar métodos de evasión. En ocasiones es una canción, otras la tabla de multiplicar, o la alineación de los Giants del último partido. Lo que sea con tal de mantener la mente ocupada y no escuchar los gritos procedentes del piso de abajo. Ese truco no siempre funciona, depende sobre todo del nivel de embriaguez de mi padre o del dinero que haya perdido jugando al póquer.

—¡¿Esta mierda es lo que has estado haciendo?! ¡¿Dónde cojones está mi cena?!

Esta noche parece una de esas veces.

—No… He hervido unas patatas para hacer puré… Y pensaba acompañarlos de pescado a la plancha —escucho a mi madre con tono suplicante.

—¡¿Y en lugar de tenerme la cena preparada, te dedicas a jugar a las cocinitas?! ¡Seguro que estabas haciendo esta porquería con el mierdecilla ese! ¡¿Dónde está?! ¡Eh, Jake! ¡Baja!

—¡No! ¡No está!

—¡Y una mierda! ¡A mí no me engañas! ¡Baja, hijo!

—No está, te lo juro… —le suplica ella.

—¡Cállate, puta!

Entonces escucho una bofetada seguida de un grito y empiezo a mecerme con más intensidad.

—Siete por uno, siete. Siete por dos, catorce. Siete por tres, veintiuno… —Esta vez me decanto por las tablas de multiplicar, lo primero que me vino a la mente. Recito la del siete, que por alguna razón que aún desconozco, es la que más me cuesta—. Siete por cuatro, veintiocho…

—¡¿Jake?! ¡¿Dónde estás, hijo?!

La voz de mi padre se escucha ya en el piso de arriba, así que, para no revelar mi escondite, me muerdo el labio inferior con fuerza y me quedo lo más quieto posible.

—Paul, te juro que no está aquí… Está durmiendo en casa de su amigo Colin… —oigo que le miente mamá.

Ambos están en el pasillo, casi delante de la puerta de mi dormitorio, mientras yo sigo inmóvil, incluso conteniendo la respiración.

—¡No me lo creo! ¡Es un mierdecilla cobarde y está escondido aquí dentro!

—¡No! ¡Paul, por favor! —le suplica mamá, mientras empiezo a temblar y siento cómo mi entrepierna se humedece.

Rápidamente agacho la cabeza y compruebo que me he meado de miedo. Empiezo a ponerme nervioso por si él pudiera descubrirme. De ser así, la paliza sería de órdago, así que, sin hacer ruido, cojo una camiseta e intento secarme o, al menos, intentar que no huela.

—¡Aparta! —grita él—. ¡Jake, sal antes de que le haga daño a tu madre!

—¡No! ¡Paul, tiene solo diez años…!

—Está bien, tú lo has querido.

Lo que escucho a continuación es una lluvia de golpes y gritos, unos amenazadores, y otros de terror.

—Siete por cinco, treinta y cinco. Siete por seis, cuarenta y dos. Siete por siete, cuarenta y nueve…

Media hora después, los gritos dejan paso al llanto. Una hora después, la casa se sume en un absoluto silencio. Dos horas después, la oscuridad se apodera de todas las habitaciones. Tres horas después he dado la vuelta varias veces a las tablas de multiplicar, pero aun habiendo cesado, sigo oyendo los gritos en mi cabeza…

—Nueve por nueve, ochenta y uno, y nueve por diez, noventa. Uno por uno, uno. Uno por dos, dos. Uno por tres, tres…

≈≈≈

—Vamos, ¿por qué no quieres venir a la fiesta que organizo el sábado?

—Porque no me apetece.

—¿Que no te apetece una fiesta en una piscina lleno de chicas en biquini? ¿No serás marica? —dice alejándose de mí unos pasos, mientras me mira de arriba abajo.

—Colin, olvídalo. No puedo, y punto.

—¿Es por las cicatrices? ¿Para que no te las vean? Siempre puedes decir que sufriste un accidente de coche con tus padres…

—Mi padre vendió el coche y dilapidó la pasta apostando.

—Pero los demás no lo saben… —insiste Colin mientras yo niego con la cabeza—. Está bien, pues… Te puedes bañar con camiseta. Dices que eres alérgico al sol, y listos.

—¿Y si está nublado?

—Pues… ¡Que eres alérgico al aire!

Miro a Colin levantando las cejas. Al rato, agacho la cabeza, resignado, y sigo caminando hacia casa. Cuando él me alcanza, le sonrío negando con la cabeza. No se puede decir que no sea obstinado…

—¿Qué me dices? —me pregunta pasando un brazo por encima de mis hombros. En cuanto lo hace, suelto un quejido de dolor y él, asustado, se disculpa—: Lo siento. No sabía que…

—No es nada.

—¿Un nuevo moratón? ¿De cuándo es este?

—No, no… Hace unos días que no me pega…

—¿Y entonces…? —me pregunta Colin, señalándome la zona donde me ha tocado antes.

Al ver que no respondo, tira de mi camiseta para poder echar un vistazo. Entonces ve las marcas y arruga la frente.

—No es nada…

—¿Son marcas de quemaduras? —insiste Colin que, al no recibir respuesta de nuevo, se detiene, agarrándome del codo y obligándome a quedarme quieto—. ¿Cuándo te las ha hecho?

—Anoche… —contesto, intentando alejarme.

—¿Cómo te las ha hecho? ¿Son marcas de… cigarrillos? ¿Has ido al médico?

Empiezo a agobiarme, pero Colin me conoce lo suficiente como para saber que, si sigue con el interrogatorio, me cerraré en banda y será peor. Así pues, resopla resignado y decide dejar el tema y seguir hablando sobre la fiesta.

—¡Ya lo tengo! Habrá un requisito para poder meterse en mi piscina: llevar la camiseta puesta. ¿Qué te parece?

—No sé si me van a dejar ir…

—Tu madre seguro que te deja y tu padre no tiene por qué enterarse…

Después de dejar a Colin en su casa, corro para llegar a la mía y pedirle permiso a mi madre antes de que él llegue, no de trabajar, porque le despidieron hace unos meses, sino del bar. Realmente me apetece ir a esa fiesta, y si además no tengo que quitarme la camiseta para meterme en el agua…

—¡¿Mamá?! —la llamo nada más entrar por la puerta—. ¡¿Puedo ir el sábado a casa de Colin?! ¡¿Mamá?!

Entro corriendo en la cocina y, al no encontrarla allí, recorro la planta baja, justo antes de empezar a subir las escaleras de dos en dos, aún con una sonrisa ilusionada en los labios. Sonrisa que se esfuma en cuanto entro en el dormitorio de mis padres. Allí está mi madre, llorando, tapándose la boca con un pañuelo, ya teñido de rojo.

—¿Mamá…? —llamo su atención, casi en un susurro, acercándome a ella con tiento.

—Estoy bien, cariño —responde ella, secándose las lágrimas de las mejillas con mucha prisa e intentando recomponerse—. ¿Qué me decías? ¿Dónde quieres ir el sábado?

—¿Dónde está? —le pregunto caminando hacia el baño.

—Cariño… Espera…

—¡¿Dónde está?! —repito abriendo la puerta del baño de un golpe y encontrando a mi padre tirado en el suelo, totalmente borracho.

—Eh… Mira… Ha llegado el mierdecilla… —dice.

—¡Cállate! —le grito, totalmente fuera de mí.

Intento darle una patada, pero mi madre lo evita agarrándome por la espalda.

—Cariño, por favor… Déjale.

—¡No!

—Jake, cielo —me pide ella plantándose frente a mí, suplicándome no solo con el tono de voz, sino también con su mirada—. Hazlo por mí…

Al escuchar sus palabras, se me parte el corazón y me dejo arrastrar por ella hacia el piso de abajo. Ya en la cocina, me siento a la mesa, con los brazos encima de ella y apretando los puños con tanta fuerza, que los nudillos se me tiñen de blanco. Al rato miro a mi madre, que se está limpiando la sangre con un paño mojado, y me levanto para abrazarla. Tengo solo dieciséis años, pero hace tiempo que soy más alto que ella, así que no me cuesta arroparla e intentar que, al menos durante unos minutos, se sienta protegida por alguien.

—Sabes que no voy a la policía por ti… Pero dime una sola palabra, hazme una simple señal, y correré a denunciarle —le digo.

—¡No! —solloza ella.

—¿Por qué no? ¿Por qué le defiendes?

—Porque va a cambiar.

—¿Cuándo? ¿Cuándo te haya matado?

—Me lo ha prometido, y me ha pedido perdón…

—Ya… Hasta la próxima.

—No. Esta vez va en serio. Lloraba mientras me lo pedía.

—Tú también lloras cada vez que él te maltrata, cada vez que te grita… Y no parece que se apiade de ti.

—No… Sé que esta vez será diferente.

Chasqueo la lengua y decido dejar de discutir. La abrazo con fuerza mientras miro al techo.

—Algún día ganaré dinero y te sacaré de aquí, mamá…

—No. No quiero que trabajes. Quiero que estudies y te labres un futuro. Solo tienes dieciséis años, ya tendrás tiempo para trabajar.

≈≈≈

—Jake, aquí tienes. Buen trabajo.

—Gracias, señor.

Agarro el sobre que me tiende con el dinero correspondiente a una semana entera descargando las bodegas de los barcos que llegan al puerto. Es un trabajo duro, sobre todo para mi espalda, pero que puedo compaginar perfectamente con mis estudios de arquitectura. Quizá me está costando algo más de tiempo que a otros sacarme la carrera, porque trabajo de noche, y si trabajo, no duermo… Y si no duermo, no rindo igual de bien, pero lo necesito para pagarme unos estudios que mi madre no puede costear. Bastante tiene ella con comprar comida con el poco dinero que entra en casa.

—¿Cómo lo tienes la semana que viene? —me pregunta mi jefe.

Lo pienso durante unos segundos. Dentro de poco empiezan los exámenes finales y necesitaré todas las horas del día para estudiar, pero también necesito ahorrar todo el dinero que pueda para sacar a mamá de esa casa.

—Cuente conmigo, señor —respondo sin pensármelo dos veces.

—De acuerdo. Te llamaré.

Me acerco a la verja donde he dejado la bicicleta atada con un candado, lo abro y empiezo a pedalear hacia casa. Tengo exactamente cinco horas de sueño por delante hasta que me suene el despertador para ir a clase. Cuanto antes llegue, antes podré echarme a dormir y más horas podré descansar, así que aumento el ritmo de pedaleo. Afortunadamente, el tráfico a estas horas es prácticamente inexistente, y puedo ir todo lo rápido que mis cansadas piernas me permitan.

Cuando llego a la altura de mi casa, me encuentro al vecino de al lado plantado en la acera, en pijama.

—¡Gracias al cielo! —dice agarrándome de los brazos en cuanto detengo la bicicleta a su lado y me bajo de ella.

—¿Qué pasa?

—He llamado a la policía… Los gritos eran insoportables esta vez… Lo siento… No debí entrometerme, pero…

No escucho ni una palabra más. Dejo caer la bicicleta y corro hacia la puerta de entrada. En cuanto la traspaso, oigo ruido procedente de la cocina, aunque no son gritos. Por un momento, empiezo a pensar que todo haya sido un malentendido y ahora me encuentre a mamá cocinando unas deliciosas magdalenas. A pesar de tener esa posibilidad rondando por mi cabeza, no dejo de correr hasta que llego a la puerta de la cocina.

Me lleva un rato entender la escena que se presenta ante mí. Mi madre yace en el suelo, en mitad de un enorme charco de sangre. Mi padre está sentado en una silla, con los codos apoyados en la mesa, agarrándose la cabeza con las manos.

—¡¿Mamá?! —grito corriendo hacia ella—. ¡¿Mamá?!

Al verme entrar, él se pone inmediatamente en pie y se aleja lo máximo posible de mí. Está muy aturdido, y da signos de estar muy borracho también, ya que tiene que apoyarse contra la pared para no perder la verticalidad. De todos modos, yo no le presto la más mínima atención.

—¡Mamá!

Agarro la mano de mi madre y, con algo de miedo, intento echar un vistazo a la herida de su estómago. En ese momento, ella es consciente de mi presencia y esboza una sonrisa que resulta de lo más tétrica por culpa de la sangre que se acumula en su boca. Intenta hablarme, pero es incapaz de emitir ningún sonido, así que, con lágrimas en los ojos, niego con la cabeza.

—No, no… No pasa nada… No hables… La policía está en camino, y ellos se encargarán de todo… Y llamarán a una ambulancia también…

Entonces tose con mucho esfuerzo y de su boca sale un chorro de sangre. Abre mucho los ojos y me mira con mucho miedo, apretando mi mano con toda la fuerza que es capaz de emplear. Intenta levantar un brazo para tocarme la cara, pero se le acaban las fuerzas a medio camino y lo deja caer de golpe. En ese instante, su boca deja escapar un largo y sonoro suspiro y su cuerpo cae a plomo.

—¡Mamá! ¡Mamá, por favor! —digo zarandeándola bruscamente.

Cuando sus manos caen al suelo, a ambos lados de su cuerpo, y su cabeza se ladea como si fuera una marioneta, miro al cobarde hijo de puta. Sigue de pie, apoyado contra la pared, mirando la escena con los ojos muy abiertos.

—Yo… ¡Ha sido un accidente! —dice levantando las palmas de las manos, supongo que asustado por mi mirada encendida—. Yo no… No quería hacerle daño. Te lo juro…

—¡Y una mierda! —grito mientras me levanto, dejando el cuerpo inerte de mi madre en suelo, con mucho cuidado.

—Lo juro. Hijo…

Está tan borracho que intenta retroceder a pesar de tener la pared en la espalda, como si pudiera traspasarla.

—¿Hijo? ¿Ahora soy tu hijo? Ya no soy… ¿cómo era? Ah, sí, ¿el mierdecilla?

En cuanto llego a su altura, aprovechándome de su falta de reflejos y de mi mayor corpulencia, gracias en parte al trabajo en el puerto, le agarro del cuello de la camisa y empiezo a propinarle puñetazos en la cara mientras le grito, fuera de mí.

—¡Lo que eres es un puto cobarde! ¡Solo pegas a los que son más débiles que tú! ¡¿Por qué ya no me pegas a mí?! ¡¿Eh?! —digo empujándole mientras él trastabilla y se agarra del mármol para no caer al suelo—. ¡Vamos! ¡Pégame! ¡Pégame! ¡Pégameeeeeeeeee!

Preso de la rabia, agarro por el cuello una de las botellas vacías de cerveza que hay esparcidas por la encimera de la cocina, y le golpeo la cabeza con ella. Cae al suelo y me siento a horcajadas encima de él. Empiezo a golpear su cara con mis puños, sin ver con claridad por culpa de las lágrimas que se agolpan en mis ojos, apretando los dientes con fuerza. Como él se sigue revolviendo, vuelvo a agarrar la botella y empiezo a golpear su cabeza. Sigo hasta que me duelen los brazos, hasta que sus quejidos se vuelven débiles y ya casi no se mueve. Pero entonces, lejos de detenerme, le cojo del pelo y empiezo a golpear su cabeza contra el suelo.

—¡Eres un cobarde…! ¡Un cobarde hijo de puta…!

—¡Policía! —escucho que alguien grita, pero soy incapaz de parar—. ¡Deténgase!

—Cobarde, hijo de puta… —sollozo cada vez con menos fuerza—. Pégame a mí si te atreves…

—¡Alto! ¡Policía! ¡Apártese!

Entonces, unos brazos me agarran por la espalda y me inmovilizan contra el suelo. Noto una rodilla clavada en mi espalda y alguien aprieta mi cabeza contra las frías baldosas. Desde donde estoy, puedo ver cómo un par de agentes de policía se preocupan por el estado de mi padre, que permanece inmóvil. Uno de ellos le busca el pulso en el cuello durante unos segundos, hasta que niega con la cabeza y los dos se ponen en pie. Dan algunas órdenes a través de un walkie-talkie y entonces centran su atención en mí y en mi madre. A mí me esposan las manos a la espalda mientras me incorporan. A ella le toman el pulso y, aunque sé cuál será el veredicto, aguanto la respiración por si durante este rato se hubiera producido el milagro. Cuando veo la cara de circunstancias de los agentes, agacho la vista al suelo y empiezo a llorar de forma desconsolada. Se escucha a lo lejos el ruido de las sirenas de unas ambulancias y en cuanto entran los sanitarios, se dividen y se ocupan de los dos. Mi cuerpo tiembla sin que yo pueda hacer nada para detenerlo. Sé que me hablan, pero solo porque veo sus bocas moverse mientras me miran. Me llevan de un lado a otro, pero yo solo intento ver qué hacen con el cuerpo de mi madre. Me llevan a la fuerza hacia el exterior de la casa, aunque intento resistirme con todas mis fuerzas. Al menos lo intento hasta que veo cómo tapan el cuerpo de mi madre con una manta y la suben a una camilla. Al instante, me dejo caer de rodillas y, con las manos esposadas a mi espalda, me empiezo a mecer hacia delante y hacia atrás, como hacía cuando me escondía en el armario.

≈≈≈

—Siete por uno, siete. Siete por dos, catorce. Siete por tres, veintiuno. Siete por cuatro, veintiocho…

—¡Vamos, nenazas! ¡Hora del recreo!

—Siete por cinco, treinta y cinco. Siete por seis, cuarenta y dos…

—¡Eh, tú! ¡Weston! ¡¿Eres sordo?!

Dejo de mecerme al instante y levanto la cabeza. Al lado de los barrotes abiertos, veo a uno de los guardias, mirándome de forma burlona, con una sonrisa de medio lado.

—No quiero salir, señor —digo agachando la vista de nuevo—. Preferiría quedarme aquí dentro.

—Esto no es un puto hotel en el que puedas hacer lo que te apetezca. Si yo te digo que sales al patio, sales. ¡Y punto! ¡¿Ha quedado claro?!

Para enfatizar sus palabras, golpea los barrotes con una porra que lleva en la mano, así que me pongo en pie, salgo de la celda y empiezo a caminar por el pasillo, junto al resto de presos. Siguiendo el consejo de mi abogado de oficio, el único que pude costear, agacho la vista para no cruzar la mirada con nadie. Es lo único que pudo decirme al acabar el juicio, en el que me cayeron diez años de cárcel.

—¿Quién es ese? —escucho que alguien pregunta detrás de mí.

—Uno nuevo… Un cachorro…

—¿Sabes por qué está aquí?

—Dicen que por cargarse a un tío…

—¿Ese? ¿El que camina mirando al suelo? Joder, si hasta está temblando…

—Un cachorrillo asustado… Me lo pido.

Aprieto el paso y adelanto a algunos presos, aun mirando al suelo, hasta que salgo al patio y la luz del sol me ciega momentáneamente. Entre la comisaría, el juicio y mi entrada en Rikers, es la primera vez que salgo al aire libre en una semana, a pesar de que todo se desarrolló de forma rápida. La misma noche del suceso, me encerraron en el calabozo de la comisaría y allí estuve un par de días, recibiendo la única visita de mi abogado de oficio. Luego vino el juicio que, al no existir testigos a mi favor y sí el testimonio de los agentes que entraron en mi casa, que dijeron que no podía alegarse defensa propia, tuvo un veredicto muy rápido y contundente. Aun así, la pena se rebajó un poco porque las cicatrices de mi cuerpo se aceptaron como prueba de los años de malos tratos recibidos, así como las cicatrices que encontraron en el cuerpo sin vida de mi madre.

Me siento en una esquina alejada del patio, apoyando la espalda contra el muro y juntando las manos en mi regazo. Miro de reojo alrededor. La mayoría de presos me ignoran, pero hay un grupo cerca de las gradas, al lado de las canastas de baloncesto, que no dejan de mirarme. Cuando se dan cuenta de que les miro, ríen entre ellos y agacho la cabeza al momento. Al ver que caminan hacia mí, miro a un lado y a otro y empiezo a frotar las manos entre sí de forma compulsiva.

—¿Sabes? Estábamos discutiendo si ya te has meado encima —dice uno de ellos—. Salgamos de dudas… ¿Te has meado ya?

En lugar de contestarle, aprieto los labios hasta convertirlos en una fina línea y miro hacia otro lado.

—Verás… No puedes ignorarnos, ¿lo sabías? —dice otro, al que reconozco como la voz que escuché antes en los pasillos. Este hace un leve movimiento con la cabeza y al instante, un par de tipos enormes me agarran por la espalda y me retienen con fuerza—. Así que repito… ¿Te has meado ya?

Aunque no puedo mover la cabeza por culpa del agarre de esos tipos, muevo los ojos a un lado y a otro en busca de algo de ayuda de algún guardia. Todos miran hacia otro lado, y el que no lo hace, gira la cabeza en cuanto ve que le miro suplicando.

Sin darme tiempo a contestar, el que parece el cabecilla de todo, empieza a pegarme puñetazos en el estómago y en los costados, sin que nadie haga nada por impedirlo. Cuando se cansan, varios minutos después, y se largan, las piernas me fallan y mi cuerpo cae al suelo. Me enrosco en forma de ovillo para protegerme, haciendo verdaderos esfuerzos por respirar con normalidad, y me quedo ahí hasta que por los altavoces advierten que tenemos que volver a nuestras celdas. Yo no puedo moverme, aunque lo quiera, en parte por el miedo, aunque también porque creo que debo de tener alguna costilla rota. Así pues, cuando aparece a mi lado uno de los guardas que ha sido testigo de la paliza, y sin agacharse me pregunta qué me pasa, empiezo a ser consciente de las normas no escritas de este sitio…

—Pues tienes un par de costillas fisuradas —dice el médico mirando la radiografía que sostiene en alto—. Esta noche la pasarás aquí en la enfermería, ¿de acuerdo?

—Vale… —contesto con mucho esfuerzo.

—Por lo que veo, tienes diecinueve años y te han caído diez, ¿no? —me pregunta repasando mi informe—. ¿Aceptas un consejo?

—Supongo… De momento no me han servido de mucho…

—Porque te habrán aconsejado que no te metas en líos, que no mires a nadie ni te relaciones con nadie peligroso, ¿verdad? —dice mientras yo asiento con timidez, recordando el consejo de mi abogado—. Pues bien, eso es una gilipollez porque, hagas lo que hagas, si a alguno de esos tipos le apetece pegarte, lo hará, le mires o no, le hables o no…

—Entonces, ¿qué…?

—Pegar antes que ellos —contesta de forma solemne y directa, aunque al ver mi cara de estupor, decide añadir—: Como habrás podido observar, a los guardias de aquí les trae sin cuidado lo que pase entre los reclusos. Lo bueno es que tienen el mismo trato con todos, así que pasarán de ti, como lo han hecho, cuando te peguen una paliza a ti, y harán lo mismo si tú se la pegas a otros… Al menos, es de agradecer, ¿no crees?

Minutos después, el médico sale de la enfermería, en la que estoy solo, a pesar de que hay cuatro camas más, hecho que agradezco enormemente porque no sé aún de quién me puedo fiar y de quién no, además de no estar seguro de poder aplicar tan pronto el consejo del médico. Respiro tan profundamente como mis costillas me dejan y me permito cerrar los ojos para sumirme en un reparador sueño.

≈≈≈

Como un autómata, realizo un inventario de todo lo que reposa en las estanterías. Lo hago cada día, pero así me aseguro de que las existencias cuadran a la perfección para luego pasar los informes al alcaide y que él se encargue de dar el visto bueno para realizar el pedido. Es un trabajo que me mantiene ocupado unas cuantas horas al día, y que me permite estar solo, sin necesidad de rehuir la mirada de nadie o tener que pelear para preservar mi integridad física.

Hace algo más de un año que me asignaron este puesto, cuando el alcaide vio que era un tipo listo y de fiar. Antes pasé por la lavandería, donde estuve trabajando durante casi dos años, y tengo que reconocer que me alegré cuando me cambiaron, porque estaba harto de tocar con mis manos las sábanas de todo el mundo, la mayoría manchadas con fluidos corporales nada agradables. Ganarme la confianza del alcaide y los guardias no fue muy difícil, sospecho que interesarme por la lectura, ser algo exigente con el aseo personal, y no ser un inquilino asiduo de las celdas de aislamiento, decantaron la balanza en mi favor.

—Eh… Weston, ¿verdad? —oigo que me llaman.

—Está cerrado. Abro en media hora —digo sin siquiera darme la vuelta.

—Soy Roy.

—Perfecto, Roy, pero sigue estando cerrado —afirmo mientras cuento los cepillos de dientes de la estantería.

—Necesito un favor…

Resoplo mientras me giro, apoyando la carpeta en la cadera, para descubrir que quien me llama es uno de los recién llegados de mi bloque de celdas. Debe de tener unos cuarenta años, quizá algo más, aunque está en buena forma.

—Verás, te explico cómo funcionan aquí las cosas… Abro todos los días de diez a doce de la mañana. Durante esas dos horas, puedes venir y comprar lo que necesites, siempre y cuando tengas dinero en depósito. Ese dinero te lo tiene que transferir alguien de fuera, da igual quién. De eso mejor te informará el alcaide. No tenemos de todo, pero si necesitas algo que no tengamos, me lo dices, lo apunto y hago la petición. Olvídate de películas o revistas porno, música, aparatos electrónicos, ropa o comida —recito todo de memoria, como una cantinela, girándome para mostrar las estanterías—. Pero si lo que quieres es cualquier producto de aseo personal, cigarrillos, periódicos, libros, revistas, o chicles, ya sabes… Ven a verme.

Me doy la vuelta y sigo con el inventario, pero aún siento su presencia en mi espalda. Cuando me giro y le veo aún ahí plantado, le miro levantando las cejas y abriendo los brazos.

—¿Alguna duda?

—Ninguna. Sé cómo funciona este sitio. Soy nuevo… este año. He estado en otras dos ocasiones aquí dentro.

—¿Y entonces, por qué me has dejado pegarte toda la charla?

—Porque da gusto oírte recitar —se mofa.

—¿No tienes nada mejor que hacer?

—¿La verdad? No mucho. Solo venía para preguntarte si podemos hacer un trato. Verás… —dice acercándose un poco más—. No tengo dinero ni posibilidad de tenerlo, pero quiero conseguir cigarrillos sin tener que deber ningún favor a nadie…

—Pues me parece que no lo has entendido muy bien…

—Sin deber a nadie, excepto a ti.

—¿Excepto a mí? ¿Por qué yo? ¿A qué debo este honor?

—A que llevas este sitio, simplemente. No te emociones, no es que me haya enamorado de ti, si no tienes tetas, no eres mi tipo.

—Es un consuelo… ¿Y qué te hace pensar que podría necesitar de tus favores?

—Bueno… Tengo experiencia aquí dentro, y tú la cara algo magullada… Quizá necesitarías protección.

—Esa protección me hubiera venido bien hace un tiempo. Créeme que ahora, después de 1.214 días, me es bastante innecesaria. Digamos que estoy aplicando un sabio consejo que me dieron al poco de entrar y he descubierto que no se me da tan mal. Que no te engañen mis cicatrices, los otros también se llevaron algún recuerdo.

—Me caes bien… ¿Cuántos años tienes?

—¿Qué pasa? ¿No soy tu tipo, pero tienes una hija a la que quieres casar?

—No. No tengo familia. Simplemente, te veo muy joven y pareces demasiado listo como para que estés cumpliendo condena por homicidio. ¿Cuántos te cayeron? ¿Quince?

—Diez —respondo algo descolocado porque sepa el motivo de mi encarcelamiento.

—Mmmm… ¿Defensa propia? ¿Involuntario?

—No.

—¿No fue ni en defensa propia ni involuntario?

—No.

—¿Eras plenamente consciente de lo que hacías?

—Sí.

—Entonces los rumores son ciertos… Y me interesas aún más. Oye, voy a estar por aquí poco tiempo porque, aunque no tengo familia, sí tengo a alguien que necesita de mis servicios ahí fuera y hará lo posible por sacarme. Cuando salgas tú, búscame —me dice pasándome un trozo de papel con un número de teléfono escrito—. Me hago mayor y necesito un ayudante, y creo que eres el candidato ideal.

Me quedo quieto en el mismo sitio, con la carpeta en la mano, mientras él, con aspecto de estar satisfecho y de haber cumplido su misión, se mete las manos en los bolsillos y, encogiendo los hombros, me dice:

—Entonces, a pesar de que te haya ofrecido un curro para cuando salgas, ¿me quedo sin mi paquete de cigarrillos?

Chasqueo la lengua y me doy la vuelta. Sigo con el inventario hasta que rato después, empiezo a escuchar las voces de algunos reclusos acercándose a la ventana de la garita para empezar a hacer cola. Me doy prisa para acabar y cuando me doy la vuelta, veo que el papel con el número sigue encima del mostrador. Lo miro durante un rato, y al final, en un arrebato, lo cojo y me lo guardo en el bolsillo.

Durante las dos horas siguientes, varias preguntas dan vueltas por mi cabeza. ¿Qué sabe este tipo de mí? ¿Qué rumores circulan acerca de mí aquí dentro? ¿Candidato ideal para qué trabajo? Y, sobre todo, ¿por qué?

Cuando cierro para dar por finalizada mi jornada laboral, después de hacer un arqueo para saber cuánto dinero le queda a cada recluso y llevárselo al alcaide, sin saber bien por qué, cojo un paquete de cigarrillos y me lo meto en el bolsillo, descontándolo de mi dinero. Camino hacia el patio con las manos en los bolsillos y cuando salgo, le busco disimuladamente. Le veo a lo lejos, sentado en las gradas, con la espalda recostada hacia atrás y los ojos cerrados, como si en lugar de estar en Rikers estuviera en una playa de Miami. Me acerco hasta él y, cuando nota que alguien le tapa el sol, abre los ojos y se empieza a incorporar, poniendo una mano encima de las cejas a modo de visera.

—¿Por qué?

—¿Ves? Eso es algo que tendremos que pulir… Soy poco intuitivo y ni mucho menos sé leer la mente de los demás, así que, si no sabes explicarte mejor, me temo que vamos a tener un grave problema de comunicación.

—¿Por qué soy el candidato ideal para ayudarte en tu trabajo?

—Precisamente, porque me imaginaba que me harías esta pregunta en lugar de otras muchas.

Arrugo la frente, confundido, y acabo por sentarme a su lado, muy intrigado. Hacía tiempo que nadie llamaba mi atención de esa manera y quizá mi nuevo amigo resulte ser alguien con el suficiente nivel intelectual como para poder llegar a mantener una conversación algo inteligente. No es que me crea un superdotado ni nada por el estilo, pero hasta ahora las conversaciones que he mantenido aquí dentro han sido sobre todo acerca de mujeres, tabaco y deporte.

—Me parece que estoy algo oxidado y no te acabo de entender…

—Me has preguntado que por qué eras el candidato ideal, pero no me has preguntado en qué consiste el trabajo. Eso me dice mucho de ti… Por ejemplo, que lo que más te preocupa no es la naturaleza del trabajo, así que supongo que, en el fondo, estarías dispuesto a realizar cualquiera. ¿Me equivoco?

Lo pienso durante unos segundos. ¿Lo estaría?

—¿Qué estás preguntándote ahora mismo? —insiste Roy.

—Si estaría dispuesto a realizar cualquier trabajo…

—Ahí lo tienes —dice sonriendo mientras cierra un ojo por culpa del sol que le da en la cara—. Sigues sin preguntarte qué trabajo te estoy ofreciendo.

Le observo durante unos segundos, dándome cuenta de que tiene razón. Aprieto los labios y tuerzo el gesto, hasta que una débil sonrisa empieza a formarse en mi boca. Meto la mano en el bolsillo y saco el paquete de tabaco. En cuanto lo ve, sonríe abiertamente, se enciende uno y, apoyando los codos en las gradas, dice:

—Sabía que había escogido bien.

≈≈≈

—¡No! ¡Por favor! ¡No!

Sin hacer caso de sus súplicas, apoyo el cañón de la pistola en su sien y quito el seguro. En cuanto él escucha el sonido, abre mucho los ojos y aprieta la mandíbula con fuerza. Unas gotas de sudor empiezan a resbalar por su frente y empieza a removerse nervioso en la silla, a la que lleva atado desde hace más de cinco horas, cuando empezó nuestro particular interrogatorio. Un hombro roto, un balazo en la rodilla y una brecha en la ceja después, el tipo empieza a dar signos de rendirse.

—Como ves, Jake tiene muy poca paciencia… —dice Roy agachándose frente al tipo, hasta quedar a su altura—. Yo en cambio podría quedarme así hasta mañana. Me tendría que entretener de algún modo como, por ejemplo, cortarte uno a uno los dedos de las manos y los pies…

El tipo se revuelve con gesto de dolor y un nauseabundo olor a pis empieza a intoxicar el lugar, un almacén abandonado del Bronx.

—Así pues, como ves, Jake y yo tenemos diferentes maneras de hacer las cosas —prosigue Roy—. Mientras él prefiere acabar de una vez por todas con esto, pegarte un tiro y cenar en su casa con su mujer e hijos, yo prefiero divertirme un rato más a tu costa. Tú eliges…

El tipo resopla con fuerza por la boca mientras sus ojos se pasean de Roy a mí de forma nerviosa. En cuanto aprieto el cañón contra su piel, mira a Roy y empieza a suplicarle:

—Por favor… Por favor… Lo juro… No la volveré a tocar…

—No, no lo harás —digo justo en el momento en que aprieto el gatillo.

La sangre nos salpica a los dos, pero nos limpiamos sin inmutarnos. Mientras yo corto las cuerdas que le ataban y dejo que caiga al suelo, Roy me mira levantando una ceja.

—En serio, tío… Me apetecía cortar unos cuantos dedos… ¿Cuánto hace que no lo hacemos?

—Cinco horas con este capullo eran más que suficientes. Acuérdate de que yo quería pegarle un tiro y tirarle al Hudson, sin más, y en cambio accedí a montar toda esta pantomima por ti…

—Está bien… Qué mala leche llevas… ¿Cuánto hace que no follas?

En lugar de contestarle, quito la silla y empiezo a enrollar el cuerpo en el plástico que hemos puesto en el suelo para protegerlo de las salpicaduras de sangre y no dejar rastro.

—¿Por qué le has dicho que estaba casado y tenía hijos? —le pregunto.

—¿Te ha gustado? Creo que es algo que queda bien. Te da como un aire de más… como lo diría… ¡despiadado! Imagínate: marido perfecto y padre orgulloso de día, asesino de noche… —contesta riendo.

—Estás mal de la cabeza… —digo chasqueando la lengua.

—Es brillante, y lo sabes.

Una vez envuelto el cuerpo, lo cojo a pulso y lo meto con cuidado dentro del barril de metal lleno de ácido fluorhídrico. Luego empiezo a echar lejía al suelo, por si hubiera quedado alguna mancha, mientras Roy se enciende un cigarrillo.

—Podrías ayudar un poco…

—No tengo la espalda para muchos trotes… Para eso te tengo a ti, ¿recuerdas? Para esto te pedí que fueras mi ayudante. Y hablando de eso… ¿Puedes creer que ya haga cinco años de eso? ¿No se te ha pasado rápido?

—En serio, Roy, apártate algo más del bidón que los vapores del ácido te están afectando.

—¿No me digas que no te has acordado de nuestro aniversario? Entonces, ¿no me has comprado nada? ¿Ni siquiera me vas a llevar a bailar?

Se me escapa la risa mientras él saca su teléfono y le envía un mensaje a nuestro cliente para confirmarle que el trabajo está hecho, para informarle de que el tipo que violó a su hija hace cinco años y que salió de la cárcel hace una semana por buen comportamiento, se está disolviendo en un barril. Como él mismo dijo al contratarnos, puede que esto no le haga olvidar el calvario por el que pasó su pequeña, pero sí le ayude a dormir mejor por las noches.

—Listo. El segundo pago por el trabajo ha sido transferido a nuestra cuenta. Así que ya no tienes excusa para no salir esta noche a celebrarlo.

—No me apetece.

—¡Pero es nuestro aniversario…! —me contesta él haciéndome pucheros con el labio inferior—. ¿No harías eso por mí?

≈≈≈

En cuanto traspasamos las puertas del «Allowed», una ráfaga de luces cegadoras me obliga a entornar los ojos. Es el garito favorito de Roy porque, tal y como su nombre indica, todo está permitido. La planta de abajo es la de una discoteca normal y corriente, con su pista de baile, sus barras de bebidas, su guardarropía y sus lavabos. Pero en el piso de arriba hay decenas de habitaciones que se pueden alquilar por horas, todas equipadas con una cama, un baño e infinidad de juguetes eróticos a disposición del cliente. Cuando una habitación queda libre, antes de volverse a ocupar por otra pareja, trío o grupo, un grupo de limpiadoras se encarga de limpiar todo, cambiando sábanas y reponiendo los juguetes que se hayan podido utilizar por otro nuevos.

El sitio no es barato. De hecho, todos los socios pagan una especie de cuota mensual, pero de esta forma, se aseguran una serie de comodidades y limpieza que escasea en otros garitos del estilo. Son pocos los socios, cuyos nombres aparecen en una lista de la que es muy fácil salir, pero muy difícil entrar, y cada uno de ellos puede llevar a un acompañante por noche. En nuestro caso, Roy es el cliente habitual y yo el acompañante.

—Bien. Relaja los hombros, desentumece los músculos —dice Roy agarrándome de los hombros mientras me los masajea—, ¡y busca una tía a la que tirarte! ¡Ya! ¡Es urgente!

—Si no te importa, me quedaré aquí en la barra, me pediré un whisky, puede que dos, y luego me iré para casa a dormir.

—Tú mismo… ¿Nos tomamos el primero juntos? —me pregunta mientras yo asiento con la cabeza—. Perfecto entonces… Pero hazte un favor: cuando llegues a casa, hazte una paja y libera tensiones, porque estás algo encorsetado.

≈≈≈

Hace ya un buen rato que Roy se ha perdido escaleras arriba, acompañado de una tía que tenía pinta de estar dispuesta a todo. Vamos, de las que a él le gustan. Yo estoy apurando mi tercer whisky, cuando veo que una chica se sitúa a mi lado, colocando los codos encima de la barra, intentando llamar la atención de la camarera. La llama unas cuantas veces, aunque su voz no se oye debido al alto volumen de la música, así que opta por levantar la mano. Minutos después, al ver que sigue sin tener suerte, decido intervenir. Cinco segundos después de haberla llamado, se planta delante de mí, apoyando las manos en la barra y mirándome con una sonrisa lasciva.

—Ponle lo que te pida —digo señalando a la chica de mi lado, cuya cara pasa del estupor a la alegría en décimas de segundo.

—Gracias —me dice mientras yo asiento con la cabeza, dando el último trago a mi copa—. ¿Quién te ha arrastrado hasta aquí?

—¿Perdona? —le pregunto confundido.

—Pareces un poco fuera de tu ambiente… Te he estado observando durante un buen rato y… Espera, no te pienses que te espío ni nada por el estilo. Solo que te he visto igual de solo que yo y aquí todos parecen buscar lo mismo y… Oh, mierda… Ya me callo…

La miro con la frente arrugada, procesando aún todo lo que me ha llegado a decir. La camarera le sirve su bebida, algo de un color rosa chillón, y ella la paga y da un sorbo con timidez. Se coloca algunos mechones de su pelo, largo y pelirrojo, justo antes de darse la vuelta para mirar hacia la pista.

—¿Quién te ha arrastrado a ti? —me descubro preguntándole.

—¡Vaya!

—¿Qué?

—Empezaba a pensar que tenías un problema de sordera… O que eras mudo… O un completo gilipolla…

—Digamos que no se me da demasiado bien tratar con los… seres vivos en general.

—¿En serio? ¿Y a qué te dedicas? ¿Eres forense? ¿Médium? No, no, no… Espera… ¡Enterrador!

—Algo así —contesto esbozando una… ¿sonrisa? ¿Estoy sonriendo? Sí, parece ser que eso hago—. ¿Y bien?

—¿Y bien qué?

—Que quién te ha arrastrado hasta aquí a ti.

—¡Ah! Pues he venido con mi amiga Amy… Creo que está por allí en la pista de… —dice buscándola por la pista, hasta que parece dar con ella—. Bueno, de hecho, es esa que sube las escaleras con ese tipo…

Miro hacia donde ella señala y veo a una chica que mira hacia nosotros y saluda a la pelirroja con una mano. Cuando les perdemos de vista, resopla resignada y se deja caer en uno de los taburetes.

—Parece ser que tengo para rato aquí…

La miro durante unos segundos hasta que, aún sin saber bien por qué, me siento en el taburete contiguo.

—No hace falta que te veas forzado a hacerme compañía —dice señalándome con una mano—. Ya sé que los seres vivos no somos tu especialidad… Puedo arreglármelas sola.

—Te morirás de sed si no me quedo contigo.

—Eso es cierto… Aunque siempre puedo ligarme a un tío para que pida las copas por mí.

—¿A quién quieres engañar?

—¿Insinúas que no soy lo suficientemente guapa como para ligarme a un tío?

—No, no, no… —contesto sonrojándome sin remedio. Se me traba la lengua y empiezo a ponerme extrañamente nervioso, algo que no me ha sucedido nunca.

—Tranquilo —ríe ella abiertamente, enseñándome las dos filas de dientes—. Te estaba poniendo a prueba. Tienes razón, no estoy acostumbrada a frecuentar sitios como este ni a… ligar con tíos.

Los dos sonreímos mientras miramos al suelo. Al rato, ella da otro sorbo a su bebida rosa y yo miro de forma despreocupada a la pista.

—Roy.

—¿Te llamas Roy?

—No, lo que quería decir es que quien me ha arrastrado hasta aquí es mi amigo Roy, el cual ha seguido el mismo camino que tu amiga, hace un buen rato ya. Me llamo Jake.

Levanto la mano entre los dos y veo cómo ella me mira sonriendo mientras ladea la cabeza a un lado, como si me estuviera estudiando. Al cabo de un buen rato, me la estrecha y contesta:

—Tienes razón. Se te da de pena relacionarte con los humanos. Soy Hannah.

ga, hace un buen rato ya. Me llamo Jake.

Levanto la mano entre los dos y veo cómo ella me mira sonriendo mientras ladea la cabeza a un lado, como si me estuviera estudiando. Al cabo de un buen rato, me la estrecha y contesta:

—Tienes razón. Se te da de pena relacionarte con los humanos. Soy Hannah.

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