Primer Capítulo

Capítulo 1 – Esta es nuestra historia

—Esto… Val… ¿Estás… bien?

—¡¿A ti cómo te parece que…?!

Pero ya no es capaz de hablar más porque escucho cómo vomita al otro lado de la puerta del lavabo.

—Escucha, Val… Voy a entrar…

—¡No!

—Por Dios… No seas tonta…

—¡No! ¡Ya casi estoy!

Apoyo las manos en el marco de la puerta y espero paciente, escuchando atentamente cualquier ruido que suceda al otro lado. Escucho el agua del grifo correr y empiezo a tranquilizarme. Cuando abre la puerta, su cara lo dice todo. Está muy pálida y tiene unas ojeras oscuras debajo de los ojos.

—¿Sigues pensando que te ha sentado mal algo o crees que podemos ir ya al médico por si…?

—Tú tranquila, Valerie. No va a pasar nada…—empieza a decir en tono de reproche, repitiendo lo que le dije esa mañana durante nuestra luna de miel, cuando intuimos que habíamos olvidado “protegernos”.

—Entonces… Vas a…

—¡Sí, claro! ¡Claro que voy a pedir hora con el médico!

—Vale… Esto… ¿Vas a ir a trabajar?

—Sí, claro que iré.

—Ah, vale… ¿Quieres comer algo…?

—Lucas, déjame sola un rato, por favor.

La miro sin saber bien qué hacer porque he convivido con cuatro mujeres en casa y tengo experiencia sufriendo su extraño comportamiento cuando están enfadadas. Quizá me está pidiendo que la deje sola cuando en realidad no quiere que lo haga y si le hago caso, se enfade aún más conmigo. Es como esa célebre respuesta a tu pregunta…

—¿Estás enfadada?

—¡No! —te contesta gritando con esa cara que asusta más que la del pobre Alien…

Así que, para no cagarla, me quedo quieto en el sitio, intentando buscar su mirada.

—¡¿Se puede saber qué miras?!

—¿Realmente quieres que me vaya o…? —le pregunto con un hilo de voz.

—¡¿Eres sordo o qué?!

—Vale, vale, vale… ¿Te preparo algo de desa…? Vale, no, no. Estaré en la cocina por si me necesitas… Me iré en unos quince minutos, por si quieres que te lleve a… Vale, hasta ahora.

Cierro la puerta del dormitorio a mi espalda y me apoyo en ella unos segundos, resoplando aliviado aunque aún con un leve temblor en las rodillas. Preocupado y bastante confundido, arrastro los pies hasta la cocina y empiezo a prepararme el café. Me lo tomo con la vista fija en el pasillo, cada vez más consciente de la realidad que se nos viene encima. Una realidad de la que ambos éramos muy conscientes, aunque intentáramos negarlo e intentáramos camuflarla pensando en motivos dispares para sus dolencias.

Veinte minutos después, cinco más tarde de lo que antes he dicho, sigo en la cocina cuando ella aparece, arrastrando los pies. Tiene bastante mejor cara que antes, gracias a Dios, aunque el cansancio sigue siendo patente.

—¿Quieres…?

—No. Vámonos ya.

No insisto, así que actúo como un autómata, sin mirarla directamente aunque controlándola por el rabillo del ojo. Dejo la taza en el fregadero, cojo mi juego de llaves del cuenco, los dos cascos y aguanto la puerta mientras ella pasa.

—Como esto sea cierto —dice señalándose la barriga mientras empieza a bajar las escaleras—, tendré que ir pensando en ir a trabajar en otro medio de transporte, porque llegará un momento en el que no podré agarrarte.

Ralentizo el paso de forma inconsciente, clavando los ojos en su espalda mientras intento seguir caminando a pesar de la losa que parece haberme caído encima. Quedaría muy feo dejar que mi mujer fuera sola al trabajo, así que debería… renunciar a mi moto. Solo pensarlo me provoca escalofríos. ¿Hay embarazadas a las que no se les nota la barriga hasta casi el final, no? Valerie es más bien menuda, así que puede que ese sea su caso, y entonces podríamos ir en la moto hasta… ¿el séptimo u octavo mes? Puede incluso que ella coja la baja para entonces y yo no tenga que renunciar a la moto…

—Tengo hora en el médico a las tres de la tarde.

—¿Eh? —le pregunto volviendo a la realidad para darme cuenta de estamos ya en la calle, frente a la moto, y ella me mira fijamente.

—Que he llamado al médico y me han dado hora para hoy a las tres de la tarde.

—Tres de la tarde…

—Era la única hora que había libre.

—A las tres tengo una reunión con unos proveedores de servidores y con Jennifer pero puede que…

—No hace falta que vengas. Me puedo apañar sola.

—Pero puedo…

—No te molestes. Te llamaré al salir —concluye poniéndose el casco, convirtiendo cualquier opción de continuar con el diálogo en algo prácticamente imposible.

≈≈≈

—¿Me lo estás diciendo en serio?

—¡Te lo juro!

El cursor parpadea de forma incansable en la pantalla. Hace un buen rato que sigue en la misma posición, aunque mis dedos reposen encima de las teclas.

—No me lo creo.

—¡Que sí! Me ligué a la rubia del pub.

Además, tengo un tic en la pierna que me obliga a moverla sin parar. ¿Está enfadada conmigo?

—Pero si tu táctica consistía en jadearle en la oreja, por favor. No me creo que eso la haya conquistado.

—Porque ya se había fijado en mí… Además, yo no jadeo en su oreja… Le susurro con mi voz sexy.

—¿Voz sexy? Por el amor de Dios, si pareces el muñeco ese blanco con coloretes que va en triciclo… el de las pelis de miedo… Lucas, ¿tú te lo crees?

Algo no pasa si dos no quieren y, aunque los dos estábamos muy borrachos y no recordamos demasiado de esa noche, sé que ambos estábamos de acuerdo en lo que pasó. De acuerdo, no pensé en ponerme el preservativo, pero porque estaba demasiado ocupado con su lengua en mi tráquea. Ella tampoco hizo mucho por recordármelo…

—¡Lucas! ¡Eh!

—¿Qué? —pregunto al darme cuenta de que todos me miran.

—Que si te crees lo de Roger…

—¿El qué de Roger?

—Eh… ¿Dónde has estado toda la mañana? Llevamos hablando de lo mismo desde que hemos llegado… ¿Me estás diciendo que llevas cuatro horas ignorándonos por completo?

—No… No he dormido muy bien —atino a decir.

—¡Qué cabrón! Toda la noche follando, como si lo viera —dice Bruce.

—Esto… Sí… Eh… Hoyt, ¿podemos hablar un momento?

—Claro.

Vamos a la máquina del café y le invito a uno. Cuando lo tenemos ya en la mano, me vuelvo a perder en mis pensamientos, dándole vueltas con la cucharilla, totalmente hipnotizado por el movimiento circular.

—Esto… ¿Me vas a echar?

—¿Cómo?

—Porque no es un buen momento… Con el tema del bebé y eso…

—¡No te voy a echar! De hecho, te quería hablar de… bebés…

—¿Qué…?

—Verás… Es que… Creemos que Valerie está…

—¡¿Embarazada?!

—Shhhh… Aún no es seguro…

—¿Aún no ha ido al médico?

—No… Va esta tarde.

—¿Va? ¿En singular? ¿Ella sola?

—Sí.

—¿No vas con ella?

—Tengo una reunión a la misma hora…

—¿Y?

—Y ella me dijo que no le importaba, que no fuera…

—¿Y?

—¿Qué más quieres?

—¡¿Estás idiota o qué?! ¡Por supuesto que quiere que vayas!

—Joder, es que… parecía que lo decía en serio… Además, si te soy sincero, me vino bien que me dijera que no fuera…

—Explícate porque eso no me cuadra… ¿Tú no quieres pasar tiempo con Valerie? ¿Qué ha cambiado?

—Ella… Un poco… Me tiene descolocado, Hoyt. De repente se me tira encima y prácticamente me arranca la ropa, diez minutos después me grita que me odia y quince después, llora desconsolada…

—Por supuesto que lo hace.

—¿Es… normal?

—Es mujer y está preñada. Si cuando tienen la regla se vuelven locas, imagínatelas embarazadas… —contesta justo antes de imitar el ruido de una explosión y mover las manos al unísono.

—O sea, que la he cagado.

—Pero bien.

—Es que no sé cómo actuar… Si está vomitando en el baño, no me deja estar con ella. Si le digo que está muy guapa, se pone a llorar. Si le pregunto qué tal está, me responde a gritos. Es como convivir con el puto doctor Jekyll…

—¿Y dices que no estáis seguros de que esté embarazada?

—Bueno… Supongo que ambos lo sabemos pero ninguno quiere darlo por sentado…

—¿Vomita a menudo?

—Cada mañana.

—¿Y sus… —se calla para carraspear mientras pone sus manos frente a su pecho y hace un gesto algo obsceno—, tetas?

—¿Qué dices, imbécil?

—Me refiero a si las tiene más… grandes… No me lo niegues. Si es así, fijo que lo has notado. —Intento disimular y rehúyo su mirada, y es justo lo que necesita para saber que la respuesta es afirmativa—. ¿A que son alucinantes? Pues aprovecha porque dentro de poco no te dejará que te acerques a ellas.

—¿Por qué?

—Porque dejarán de ser tuyas para ser del bebé.

—Joder…

—Pero lo primero que tienes que hacer es ir con ella al médico.

—¿Aunque me haya dicho que no vaya?

—¿Sabes esos momentos cuando las mujeres dicen no pero quieren decir sí y viceversa? —Asiento apretando los labios—. Pues este es uno de ellos. De hecho, durante estos nueve meses, prepárate para vivir en una puñetera montaña rusa y ve practicando la sonrisa de mártir. Merece la pena por los ratos en los que las hormonas las ponen tan cachondas que se tiran al primero que vean. Procura ser tú…

—Vale… Voy a… Llamarla… Sí… —Me llevo el teléfono a la oreja después de marcar su número, pero varios tonos después, me salta el contestador—. No me lo coge… Voy a… Subir a la décima planta a verla.

—Corre. O morirás.

—Vale. Gracias —contesto golpeando su hombro.

En cuanto pongo un pie en la sala, miro hacia su mesa y al no verla, el temblor en las rodillas de esta mañana vuelve a hacer acto de presencia. Su pantalla está de color negro, así que o su ordenador está apagado o hace más de una hora que no lo usa, porque está programado así. Yo mismo lo hice.

—Carol… ¿Dónde está…?

—Se ha ido a comer con Janet —me contesta ella de forma arisca mientras las demás han dejado de hacer su trabajo para mirarme de arriba abajo con cara de asco—. Y luego, visto que tú no vas a hacerlo, ella la acompañará al médico.

—Carol, no voy porque ella me dijo que no hacía falta…

—Tienes una reunión, ¿no? Qué oportuno…

—La tengo, de hecho, empieza en diez minutos, pero estaba dispuesto a saltármela o a salir antes para acompañarla…

—Pues supongo que vas tarde.

—¿Sabes dónde…?

—¿No sabes dónde va al médico tu mujer? —pregunta Gloria, escandalizada.

—¡Vamos, Gloria! ¡Dadme un respiro!

Ella me mira fijamente un rato, sin ablandarse ni un ápice, hasta que al final Andrea resopla resignada y confiesa.

—Creo que al Memorial…

—¡Gracias! ¡Te debo una! ¡A todas! ¡Os invitaré a comer!

—¡Comemos mucho! ¡Y la noche de antes no cenaremos para desplumarte! —grita Franny.

—Vas a aprender a cuidar de tu mujer a base de hostias, pequeño —añade Gloria mientras yo levanto una mano para decirles adiós sin darme la vuelta.

≈≈≈

—Perdone, señorita… ¿En qué planta está ginecología?

—En la cuarta.

—Donde ven si una mujer está embarazada y eso…

—La cuarta, sí —repite con cara de circunstancias.

—De acuerdo —balbuceo a duras penas—. Gracias.

Cansado de esperar a los ascensores, decido subir por las escaleras a toda prisa. Así pues, cuando llego a la cuarta planta, víctima de la adrenalina, sigo corriendo por el pasillo, buscándola como un desesperado.

—¿Lucas?

Reconozco la voz de Janet y enseguida me giro hacia ella. Al instante veo que está sentada en una sala de espera junto a Valerie. En cuanto me acerco y me agacho frente a ella, Janet le hace una seña y empieza a alejarse por el pasillo.

—Hola…

—¿Y tu reunión? —me pregunta.

—Pospuesta.

—Entonces, estás aquí…

—No podía perderme esto… Ya sé que me dijiste que no querías que viniera…

Pero entonces se abalanza sobre mí y rodea mi cuello con sus brazos. Me pilla desprevenido, pero enseguida recuerdo las palabras de Hoyt y me doy cuenta de que estoy subido en uno de los vagones de la famosa montaña rusa.

—Tengo muchísimo miedo, Lucas.

—¿De qué?

—De no saber ser madre, de no hacer siempre lo correcto, de no ser una buena influencia para él o ella, de engordar hasta no verme las bragas, de coger la baja y pasarme los días comiendo helado y viendo telenovelas, de caerme boca arriba y no poder levantarme yo sola, de que no me quepan nunca más mis vaqueros, de que mis tetas se pongan enormes y luego me cuelguen hasta el ombligo, de no poder ir al cine nunca más en la vida, de no volver a tener un momento a solas contigo, de no…

—Eh, eh, eh… Vale… Nada de eso va a pasar.

—¿Cómo estás tan seguro?

—Porque nada de eso va a pasar. Porque aunque lo haremos lo mejor posible, seguro que nos equivocaremos, pero lo haremos juntos. Porque si no te caben tus vaqueros nunca más, te compraré otros que te vayan…

—Vale… —contesta riendo mientras se apoya en mi costado.

—Aunque si te caes boca arriba y no puedes levantarte, puede que tarde un rato en ayudarte porque te estaré grabando para luego colgar el vídeo en YouTube —digo al tiempo que ella me da un manotazo en el brazo—. Eso está mejor. Esta es mi Valerie…

La estrecho entre mis brazos y apoyo los labios en su pelo. Entonces me doy cuenta de que mi mano reposa en su vientre y de forma inconsciente, lo acaricio con la yema de los dedos.

—¿Sra. Turner? —dice una enfermera que aparece en la puerta de la sala de espera.

—¿Sabes? Me parece que es la primera vez que me llaman así —me comenta mientras se pone en pie al tiempo que levanta una mano—. Soy yo.

—Si me acompañan…

En cuanto entramos, la enfermera nos indica que nos sentemos frente a un escritorio. Esperamos muy poco porque enseguida entra la doctora, a la que Valerie debe de conocer, porque se saludan de forma efusiva. Después de contarle el motivo de nuestra visita, con una sonrisa, le pregunta:

—¿Cuántas faltas has tenido?

—Debería tener el periodo ahora mismo… Pero el mes pasado tampoco me vino.

—¿Y has esperado hasta ahora para comprobar si estás embarazada?

—Bueno… Pensamos que sería algo que comí que me sentó mal… Y luego el ajetreo de volver a casa…

—Si a las dos faltas le sumamos los vómitos que dices que sufres cada mañana, me parece que me estáis poniendo las cosas muy fáciles…

—Y creo que también me han aumentado los pechos… —dice con un hilo de voz.

—Sí —intervengo asintiendo con la cabeza.

La doctora sonríe mientras Valerie me mira con una ceja levantada.

—Bueno, pues aunque yo creo que la cosa está muy clara, vas a hacer pis en este frasco y luego, si sale el resultado que imagino, haremos una ecografía para intentar verle.

≈≈≈

—Bueno… Pues habéis hecho bien en venir porque si os descuidáis, pasamos por alto el primer trimestre del embarazo. Estás de nueve semanas, Valerie.

—¿Nueve semanas? O sea que esa noche dimos en el clavo… —dice mirándome.

—A la primera —contesto yo con una sonrisa satisfecha.

—Lo que os demuestra que, a partir de ahora, si no queréis que os vuelva a pasar, deberíais poner medios para evitarlo.

—Sí… —contestamos los dos a la vez, aunque no podemos dejar de sonreír.

—Pero ahora, vamos a lo que toca… Chicos, vamos a conocer a vuestro bebé. ¿Preparados?

Ambos asentimos sin dudarlo ni un segundo y en cuanto la doctora le introduce a Valerie ese aparato, me acerco más a ella y mientras le acaricio el pelo con cariño, le pregunto:

—¿Estás bien? ¿Te duele?

—Tranquilo… —me contesta riendo y acariciándome la mejilla, hasta que la habitación se inunda con el sonido de los latidos de un corazón.

—¡Joder! —digo poniéndome en pie y dando vueltas sobre mí mismo, como aturdido.

En la pantalla de televisión se ve una imagen pero yo soy incapaz de distinguir nada, aunque Valerie y la doctora la miran con una sonrisa en la cara. Me acerco con los ojos a punto de salirse de sus órbitas. Muevo la cabeza a un lado y al otro, pero sigo sin distinguir nada parecido a un bebé. De hecho, distingo poco más que unas manchas blancas, pero temo decirlo en voz alta y despertar a la bestia que parece en estado de letargo desde que he llegado al hospital.

—Lucas… —Me doy la vuelta al escuchar su voz emocionada. En cuanto veo las lágrimas rodando por sus mejillas, se me encoge el corazón y me apresuro a su lado—. ¿No es precioso?

Levanto las cejas alucinado. ¿Acaso sabe distinguir algo en esa imagen? Si digo la verdad, ¿se enfadará conmigo? Si descubre que le mentí, ¿despertaré la ira de los dioses si se entera? Pero entonces comprendo que me da igual no distinguir nada porque realmente todo es precioso: el sonido de los latidos, el momento… ¡Incluso ese pegote blanco en la pantalla es precioso!

—Lo es… —digo mientras ella me coge una mano y la aprieta contra su vientre, como si quisiera hacerle saber a ese renacuajo que no está solo.

≈≈≈

—Listos. Tenemos el resto de la tarde libre —digo guardándome el teléfono en el bolsillo del pantalón.

—¿Así? ¿Sin más?

—Así de fácil. Yo soy jefe del departamento de informática y tú te acuestas con uno de los jefes. ¡Anda! ¡Conmigo!

—Espero que no se lo hayas argumentado así a Jennifer…

—No. Le dije que te había dejado preñada y que estábamos discutiendo…

Me conoce lo suficiente como para saber que estoy de broma, así que ya no hace aspavientos ni se molesta. Sonríe y se deja abrazar por mí mientras paseamos por el parque.

—¿Quieres comer algo? —le pregunto al ver un puesto ambulante.

—¿Ya me quieres cebar?

—No te lo preguntaba a ti. Le preguntaba a mi hijo.

—Pues no, creo que no le apetece nada. Pero no me iría mal descansar un rato… ¿Nos sentamos allí? —me pregunta señalando hacia el césped.

Se estira allí, apoyando la cabeza en su bolso y mira al cielo con aire pensativo. Al rato, viendo que no me estiro a su lado, me mira y, sonriendo, me pregunta:

—¿No te sientas?

—Sí…

—¿Estás bien?

—Estoy algo… alucinado aún… —digo mientras me estiro a su lado aunque boca abajo.

—Pues ve haciéndote a la idea…

Balancea la foto de nuestro bebé frente a su cara y no puedo dejar de sonreír como un bobo. La cojo y la miro fijamente, girándola algo confundido.

—Antes no has visto nada, ¿verdad?

—No… Lo siento…

—No pasa nada… Mira… Cabeza, cuerpo y esto son los brazos y las piernas…

—Eso no son brazos y piernas, son muñones. De verdad que las mujeres tenéis una imaginación increíble…

Lejos de enfadarse, la veo mirar la foto embelesada y siento una punzada de celos, porque creo que nunca la he visto mirarme a mí de esa manera.

—Si te digo que he soñado con este momento toda mi vida, ¿te asustarías? O sea… No contigo… Si no, ser madre… Con quién sea…

—Bueno, reconozco que ahora me siento como un mero proveedor de espermatozoides, pero creo que entiendo lo que quieres decir…

—¿Y si te digo que ya he pensado en los nombres? Que ya sé que los tenemos que decidir entre los dos pero… bueno… siempre he pensado que mis hijos se llamarían Harrison y Rosie. Pero no pasa nada si a ti no te gustan porque…

—Pues así será.

—Pero si…

—Val, son geniales. Rosie y Harry.

—Harrison…

—Como “Harry El Sucio”. Me mola… —digo sin hacerle caso—. ¿Y qué prefieres que sea? ¿Harry o Rosie?

—Me da igual… ¿Y a ti?

—Bueno, las chicas me dais un poco de miedo, así que preferiría un Harry que una Rosie…

—Vale. Pero yo también quiero una niña.

—Vale, pero más adelante.

—No mucho más.

—Lo suficiente.

La miro de reojo y me arrastro hacia ella para besar sus labios. Luego centro mi atención en su vientre.

—¿Notas algo…?

—No. Aún es pronto.

Pero entonces acerco la cabeza a su barriga y apoyo la oreja en ella. Mientras Valerie enreda los dedos en mi pelo, yo me esfuerzo por escuchar algo.

—¿Y puede oírnos?

—No tiene orejas, Lucas… Así que lo dudo.

Pero a pesar de todo, acerco la boca y empiezo a hablarle.

—Hola… Somos tus padres y no es por nada, pero molamos un montón. Puede que no hayamos empezado con buen pie y que no hayas sido planeado ni buscado, pero ya que estás aquí, pues oye, que nos hace ilusión y eso.

—¡No le digas eso!

—¡¿Pues no dices que no nos oye?!

—Por si acaso… No le hagas caso —dice hablándole a su propia barriga—. Te queremos un montón, cariño. Y da igual que seas producto de una borrachera y de un descuido por parte de tu padre…

—Y de tu madre, que tampoco estaba por la labor de recordármelo…

—Lo que tú digas… Como iba diciendo, que casi que me alegro de no haberte planeado, porque has sido una fantástica sorpresa. Espera a que se lo contemos a tus abuelos y tíos…

—De aquí a siete meses y medio —añado yo.

—¿Tú quieres que tu familia me coja manía, no?

—No, lo que quiero es mantener la cordura. No quiero que el embarazo se convierta en una tortura y tú no sabes lo absorbente que puede llegar a ser mi familia.

—¡Pero el nacimiento de un nieto les hará muchísima ilusión a tus padres!

—El primero, les hizo ilusión. El siguiente, también. Cuando nació la primera chica, también. Pero créeme, cuando iban por el octavo, empezó a ser algo repetitivo… Este sería número quince… Delante de ti harán que se alegran y eso, pero por dentro pensarán: ¿otro más al que cuidar?

—¡Anda ya! ¡Eso es mentira! Lo inventa esa mente de antisocial que tienes. Estoy segura de que tanto tus padres como tus hermanos estarán encantados con la noticia. Les voy a enviar una foto de la ecografía —dice sacando el teléfono de su bolso.

—¡No! Por favor…

—Entiéndeme… Yo no tengo a nadie a quién contárselo… —me dice haciendo pucheros con el labio inferior.

—Esto es un chantaje emocional en toda regla, ¿verdad?

—Sí. ¿Cuela?

En cuanto ve que mi expresión se suaviza, saca una foto de la ecografía y la envía al grupo que tiene montado con mi familia en el que, por deseo expreso mío, yo no estoy.

—Estamos perdidos… —empiezo a decir justo cuando mi teléfono empieza a sonar y el suyo empieza a recibir respuestas a la foto—. Oh, mierda…

—¿Quién te llama?

—Mi madre…

—Responde.

—Hola, mamá… —Es lo único que me deja decir antes de gritarme.

—¡¿Cuándo pensabais decirnos que Valerie estaba embarazada?!

—Bueno, creo que la tradición es que los padres sean los primeros en saberlo, y teniendo en cuenta que de eso hace una hora escasa, creo que puedes estar contenta…

—¡Pero si está de nueve semanas!

—¿Cómo sabes que está de nueve semanas?

—Tu padre lo ha sabido por la foto. Parece mentira que aún lo preguntes… Pero dime, ¿cómo se encuentra Valerie?

—Bien… Bueno, por las mañanas tiene náuseas, pero de momento, todo bien —contesto mirando a Valerie, que me sonríe ilusionada.

—¿Se le nota algo de barriga?

—No, aún no…

—¿Por qué no me dijiste que estabais buscando un bebé?

—Mamá, por favor…

—Ay, perdona… A veces me olvido que hablo contigo y que no eres como tus hermanos…

—Gracias por el halago.

—Lucas… —me reprocha justo antes de suavizar el tono y volver a hablar—. ¿Y tú cómo estás?

—Bien. Muy bien.

—¿Bien por decir o bien de verdad? Te conozco y sé que no eres amigo de ataduras y te puedo asegurar que ese bebé será tuyo de por vida. Para siempre.

—Gracias, mamá… —digo justo al tiempo que escucho otra llamada entrante. Miro el teléfono y, frunciendo el ceño, le pregunto—: ¿Por qué me llama papá? ¿No estáis juntos?

—Está aquí a mi lado.

—Esto… No entiendo nada… ¿Sabe que estás hablando conmigo?

—Sí, pero dice que como no le paso el teléfono…

—Por el amor de Dios, mamá. Dile que cuelgue, que estoy hablando contigo…

—Dice que cuelgues. Que está hablando conmigo. —Escucho la voz de mi padre de fondo y cómo mi madre le responde, discutiendo con él—. No va a colgar.

—Vale, pues pásamelo un momento.

—Ni hablar. Aún no he acabado. ¿Cuándo vais a venir a vernos? ¿O preferís que vayamos nosotros y así Valerie está más tranquila?

—Vale, pues te cuelgo. De hecho, os cuelgo a los dos.

—Lucas, no…

Pero entonces cuelgo el teléfono y lo lanzo en el césped, justo antes de estirarme de nuevo en la hierba.

—¿Le has colgado el teléfono a tu madre?

—Y a mi padre.

—¿No estaban juntos?

—Sí… —Y al ver su cara de asombro, acabo por la vía rápida—: No preguntes. ¿Muchos mensajes?

—Decenas. De todos tus hermanos, cuñados, cuñadas, y de tus padres… —responde en el momento en que tanto su teléfono como el mío empiezan a sonar—. Tu padre.

—Levy —le informo enseñándole mi móvil, antes de descolgar y llevármelo a la oreja—. Eh. ¿A qué debo tu llamada? —le pregunto moviendo las cejas arriba y abajo mientras Valerie descuelga la llamada de mi padre.

—Sabes perfectamente a qué debo mi llamada, así que, enhorabuena.

—Ajá.

—¿Cómo está Valerie?

—Bien. Bueno, ya sabes…

—¿Y tú?

—También.

—Lucas, tu falta de experiencia en relacionarte con la raza humana en general te va a jugar malas pasadas, así que acepta mis consejos… Uno, la gente te va a felicitar por la noticia, así que da las gracias. Dos, la gente te va a preguntar por Valerie, y un “bueno, ya sabes” no se considera una buena respuesta. Tres, también te van a preguntar por tu estado, así que si no quieres parecer lo que eres, un sociópata antisocial, responde cosas como “muy feliz”, o “exultante”, pero por Dios, di algo.

—Vale.

—De acuerdo. ¿Y bien?

—¿Y bien qué?

—Oh, por favor, Lucas. ¡Que me respondas a alguna de las preguntas!

—Valerie tiene náuseas matutinas, pero por lo demás está perfectamente. Bueno, y le han crecido las… tetas —digo bajando el tono de voz al tiempo que me pongo en pie y camino de un lado a otro mientras escucho a mi hermano reír—. Yo estoy… confundido. O sea, feliz, pero a la vez estoy acojonado. ¿Es…? ¿Es normal sentir cosas tan contradictorias? Por un lado quiero enseñarle un montón de cosas a mi bebé, pero por otra me dan ganas de gritarle que no salga porque no soy lo que él o ella espera de mí.

—Lucas, ¿te cuento un secreto? Ellos no esperarán nada de ti excepto que estés a su lado cuando te necesiten. —Nos quedamos callados durante un buen rato, hasta que vuelve a hablar—. ¿Crees que podrás hacerlo?

—Creo que sí…

Contesto mientras vuelvo a acercarme a Valerie, que sigue al teléfono con mi padre. Sonríe, así que es buena señal. Me siento frente a ella y nos miramos a los ojos.

—Sí, Jerry, estoy segura de que solo es uno —dice entonces mientras pone los ojos en blanco y yo me llevo la mano a la frente—. Ajá, sé que puedo estar tranquila porque puedo dar a luz a más de un bebé…

—Papá, corta el rollo, ¿vale? —grito para que me oiga mientras Levy ríe a carcajadas.

—No puedes con él —me dice—, así que, que no te pase nada…

—Gracias, colega.

—De nada, hermano. Nos vemos pronto, ¿vale?

—Vale.

—Te quiero.

—Ajá.

Al rato, Valerie cuelga también y me mira levantando las cejas. Resoplo agachando la mirada, que ella busca al tiempo que me coge de las manos.

—Es normal que estén eufóricos…

—Lo están —afirmo asintiendo con la cabeza torciendo el gesto.

—A pesar de ser el número quince.

—Eso parece…

—Les he prometido que iremos a verles…

—Oh, mierda…

—Pero sabes que debemos hacerlo… Y podemos ir en moto.

—Eso es chantaje emocional de nuevo.

—¿Cuela, otra vez? —La miro a los ojos hasta que se me escapa la risa y me abalanzo lentamente sobre ella para besarla—. Me tomaré eso como un sí.

≈≈≈

Unas semanas más tarde…

Un niño. Vamos a ser padres de un niño. Hoy nos han dado la noticia. Le ha costado dejarse ver, pero en poco menos de tres meses, Harry formará parte de nuestras vidas, o como dice mi madre, será toda nuestra vida. Los vómitos han desaparecido y Valerie se encuentra muy bien. Ya tiene mucha barriga y, aunque no le cabe su ropa, está preciosa.

Hoy sus amigas han invadido nuestro apartamento para celebrar una fiesta para el bebé. Se ve que es algo habitual, aunque yo no acabo de entender cómo se puede celebrar una fiesta en la que el homenajeado aún no ha nacido. Yo he aprovechado para salir con los chicos a tomar una cerveza, pero ya estoy volviendo a casa porque Valerie acaba los días agotada y quiero estar allí para cuidar de ella.

—¡Hola! —saludo al entrar. Nuestro salón está plagado de globos y envoltorios de papel. Hay un cartel colgado del techo que reza: “¡Es un chico!” y otro hecho a mano en el que se puede leer: “¡Bienvenido, Harrison!”

—¡Hola!

—¡Hola, friky!

—¡¿Qué tal?!

Me preguntan todas mientras me acerco a Valerie, a la que beso con ternura mientras susurro en oído:

—¿Cómo te encuentras?

—Bien. ¡Mira cuántas cosas le han regalado a Harrison! —dice enseñándome decenas de conjuntos de ropa, chupetes, zapatitos pequeños de lana, gorritos e infinidad de cosas más.

—Dios mío. Aún no ha nacido y ya tiene más ropa que yo. ¿Nos habéis regalado también un apartamento más grande? —pregunto mirando a todas las chicas presentes en el salón, muchas más de las que yo conozco—. ¿Vosotras habéis tenido en cuenta los metros que tiene este apartamento, verdad?

—Pero si toda la ropa es pequeña. Además de monísima… Fue entrar en la tienda y volvernos locas —dice Carol.

—Por muy pequeña que sea, no sé si cabrá en el armario de Harry.

—Harrison —dicen todas a la vez.

—¿Y esto? —digo levantando un vestido blanco—. Es Harry, no Harriet.

—No es ni Harry ni Harriet. Es Harrison. Y esto es un faldón para el bautizo —me contesta Gloria—. Y es precioso.

—¿Y Bruce? —me pregunta Janet, que se ha acercado y me habla con susurros—. ¿Está en casa ya?

—Sano y salvo, señora —contesto haciendo una reverencia—. ¿Y todas estas chicas…?

—Trabajan contigo, pedazo de antisocial.

—¿En serio? Bueno, la verdad es que me suena esa señora de allí…

—Esa señora es la madre de Andrea y no trabaja con nosotros, así que es la única que no debería sonarte —contesta riendo a carcajadas mientras me da palmadas en el hombro antes de alejarse.

—Lucas, mira —me vuelve a llamar Valerie, cogiéndome de la mano hasta llegar a la mesa de al lado del sofá. Me sienta en él, y me pone una pila de libros en el regazo.

—Esto… Qué bien… —digo porque se supone que es lo que tengo que hacer, pero no puedo disimular el pavor que siento al leer títulos como “Ahora que vais a ser padres”, “Guía para padres primerizos”, “Cómo ser padres y no morir en el intento”, “La Biblia del embarazo” o mi favorito “¿Qué esperar cuando estás esperando?”. El que se inventó ese título, se merece un premio.

—¿Qué te parecen?

—¿Cuántos meses más piensas estar embarazada?

—¿Cómo…? No te entiendo.

—Creía que salías de cuentas en tres meses como mucho… Y aquí tengo lectura para dos años…

—Se supone que los listos leéis rápido…

Hago un mohín con la boca mientras le doy la vuelta a algunos de los libros para leer sus contraportadas. Como esperaba, todos acaban contando lo mismo, así que intento averiguar qué tienen de diferente para que las amigas de Valerie hayan decidido comprar todos los que existen en el mercado.

—¡Vamos! Será divertido…

—Aunque admito que este juego de palabras llama mi atención, creo que divertido es ser muy optimista. Me temo que van a estar llenos de topicazos y de consejos que puede que no sirvan por igual a todas las mujeres.

—Pues yo creo que nos van a ayudar a solucionar muchas dudas.

—Si tienes dudas, te las debería resolver tu ginecóloga, ¿no? Y si no puedes esperar, usa Google… Te diré más: si mandas tu pregunta en forma de mensaje a ese grupo que tienes con mi familia, seguro que en menos de dos minutos tienes la respuesta. Te recuerdo que en temas de bebés, están muy puestos…

≈≈≈

Algo más de tres meses después…

—Vamos… Yo sé que puedes…

Sonrío y peino su pelo con mis dedos. Contrae la cara con cada contracción y realmente debe de dolerle muchísimo, pero está aguantando como una campeona.

—Menos mal que nos leímos todos esos libros, ¿eh? Seguro que te están sirviendo de mucho para sobrellevar esto con mayor entereza…

—Cállate, idiota —dice entre dientes mientras me estruja la mano. Río a pesar del dolor, y entonces veo cómo ella me mira de reojo también sonriendo.

—Lo estás haciendo genial —le susurro antes de besar su frente.

—Pero tienes razón. Ahora mismo arrancaría todas las hojas de esos libros…

—Está bien, Valerie. Ahora te voy a pedir que empujes con todas tus fuerzas —dice entonces la doctora, cuya cabeza emerge de entre las piernas de Val—. ¿Lista?

—Eso creo —contesta ella.

—Pues vamos allá. ¡Empuja!

Valerie contrae el rostro y hace fuerza. La doctora y las enfermeras la animan. Yo en cambio no puedo dejar de admirarla y lo único que hago es agarrar su mano para infundirle ánimos.

—Eso es. Ya asoma la cabeza.

—¿Ya? —digo sorprendido.

—¿Quieres venir a verlo?

Miro a Valerie, que asiente, y entonces me acerco al otro lado de la sábana. La cabeza ya está fuera y en cuanto Valerie vuelve a empujar, asoman los hombros. El resto sucede con tanta rapidez que creo que ni siquiera me ha dado tiempo de asimilar las imágenes. Cuando pensaba cómo sería esto, tengo que reconocer que pensaba que sería más… sangriento. En cambio, si me preguntan ahora, creo que el único adjetivo con el que podría calificar el nacimiento de mi hijo sería fácil.

Antes de acercarnos a nuestro hijo, la doctora lo coge y espera a que llore, pero en lugar de hacerlo, Harry solo emite un quejido que hace reír a las enfermeras.

—¿Eso es normal? —pregunta Valerie.

—Bueno, parece que vuestro hijo no es de lágrima fácil. No pasa nada. Reacciona y está perfecto, así que no seré yo la que me queje porque no llore —dice mientras lo enrolla en una manta—. Aquí tenéis a vuestro pequeño.

—Hola, cariño —le dice Valerie en cuanto le tiene encima—. Soy mamá. Y este de aquí es papá. Pero qué guapo eres, mi vida.

Me acerco con tiento porque no quiero romper la magia de este momento, pero en cuanto le miro a la cara, compruebo que ha cerrado los ojos y se ha quedado dormido.

—Vaya… No llora, duerme… Si en unas semanas aprende a limpiarse solo el culo, esto va a ser coser y cantar. ¡Jodeos, libros de pacotilla!

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Capítulo 1 – Hasta que te conocí

—¡Abuela, me marcho! —grito desde la puerta.

—¡Ni se te ocurra irte sin darme un beso!

—Es que voy tarde… —resoplo caminando hacia la cocina, desde donde ella me habla.

—Pues no te va de dos segundos más.

En cuanto entro en la cocina, la encuentro muy concentrada, rodeada de envases de plástico. Me pone la mejilla y le doy un beso, mirando alrededor con el ceño fruncido.

—¿Abuela…? ¿Qué es todo esto?

—Estoy guardando comida para cuando me vaya la semana que viene a Florida.

—Estoy segura de que en ese hotel de Florida al que vais, os darán de comer.

—Más les vale, con lo que nos cobran… Pero no es para mí. Es para ti.

—Abuela, sé cocinar.

—Lo sé, pero te conozco. Nunca tienes tiempo de nada y acabarás alimentándote de patatas fritas y fideos chinos precocinados.

—¿Y este… aparato? —digo señalando a un artilugio de plástico blanco que no había visto hasta ahora.

—Envasa al vacío todo lo que metas en estos envases. Introduces aquí la comida, pones la tapa, pones esto aquí, aprietas el botón y… ¡listo! Envasando al vacío se conservan mejor los alimentos y todas sus propiedades y…

—¿De dónde has sacado la máquina esta, abuela? —la corto de golpe.

—¿No llegabas tarde?

—No me cambies de tema. ¿No habrás vuelto a comprar en la teletienda?

—Estaba en oferta… —confiesa al cabo de un rato.

—¡Abuela! ¡Te lo advertí!

—¿Acaso me gasto tu dinero? ¿A qué no? Pues deja que haga lo que quiera con el mío.

—Esto está llegando a un extremo que roza casi la adicción. La de chorradas que has comprado…

—La mayoría de cosas me han resultado muy útiles y las sigo usando.

—Ya, claro. ¿Y qué me dices del aparato imantado para limpiar cristales con la ventana cerrada? Casi le abres la cabeza a un chico al que le cayó en la cabeza la mitad del dichoso aparato. ¿Y de la ventosa para arreglar los golpes en la carrocería del coche? Aún la llevo enganchada en la puerta del copiloto.

—Es que solo ves lo negativo. Este envasador al vacío es una auténtica maravilla. Y el escurridor de lechuga también. Y el trapo con palo extensible para limpiar en los sitios altos, también.

—Todos perfectamente prescindibles.

—Vete, que llegarás tarde en tu primer día.

—Pues no me entretengas.

—Pues no me des la brasa.

—¿Sabes? Las abuelas normales no hablan así —digo dándole otro beso mientras me alejo de ella—. Ni malgastan su pensión en la teletienda, ni leen novelas eróticas, ni se van con su novio a Florida…

—Frank no es mi novio.

—¿Frank? ¿Quién es Frank?

—¿El hombre con el que me marcho a Florida que crees que es mi novio…? —me contesta con las cejas levantadas y un cierto tono de superioridad.

—¡Yo me refería a Warren!

—¿Warren? ¡Hace semanas que no nos vemos!

—¡¿Abuela?!

—¡¿Qué?! —dice imitando mi tono de voz.

Nos quedamos en la misma postura durante un buen rato, con los brazos extendidos, las palmas de las manos hacia arriba y los hombros levantados. Al rato, dando la batalla por perdida, resoplo con fuerza y me vuelvo a colgar el bolso del hombro.

—Es igual. Intenta no liarla demasiado. Te llamaré al mediodía.

—¿No vienes a comer?

—No creo. Es mi primer día y supongo que me llevará un tiempo situarme.

—De acuerdo. Que te vaya bien, cielo. Y recuerda, no seas borde con los clientes…

—¡Yo no soy borde! —Contesto, y entonces me doy cuenta de que he empleado un tono algo exagerado y lo bajo de golpe, pasando de nivel ogro Shrek a Campanilla en cero coma segundos—. Yo no soy borde…

—Ya, bueno… Recuerda que a veces, pierdes la paciencia fácilmente, pero tú intenta respirar profundamente…

—Estaré en el departamento de atención al cliente. No todo serán quejas, también tendré que atender consultas… Es una gran empresa y…

—Yo solo te doy un consejo. Tómalo o déjalo.

—Te lo agradezco, pero sé cuidarme solita.

—Y esa manía tuya de querer tener siempre la última palabra…

—¡Yo no soy así!

—Lo que tú digas…

—¡Adiós!—digo ya dándole la espalda, caminando con decisión por el pasillo.

Una vez en la calle, me quedo plantada frente a mi edificio, aún sin bajar los cinco escalones que me separan de la acera. Arrugo la frente y la nariz, entorno los ojos y miro al cielo, poniendo a trabajar a todas y cada una de las neuronas que tengo despiertas para que me ayuden a recordar dónde diablos tengo el coche aparcado.

—¡Joder!

Tres minutos y diecisiete segundos después, recuerdo que hace cuatro noches lo dejé aparcado varias calles más abajo de la mía, en una zona de carga y descarga, después de tirarme más de media hora dando vueltas como una idiota.

—¡Mierda, mierda, mierda! ¡Que esté, que esté, que esté! —imploro mientras corro sobre mis zapatos con diez centímetros de tacón, con las piernas embutidas en mi preciosa falda de tubo. Cuando estoy a punto de llegar, doy varios vistazos al cielo y empiezo a suplicar—: Por favor, sabes que nunca te pido nada, pero esta vez es una ocasión especial. Te pido por favor que mi coche siga estando donde lo dejé. Ya sé que estaba mal aparcado y te juro que estoy muy arrepentida por ello, pero necesito que mi coche siga allí. Necesito llegar a tiempo en mi primer día de trabajo. Tengo que causar buena impresión…

Giro la esquina y casi siento la tentación de cerrar los ojos. Si no fuera porque seguramente me rompería la crisma, lo hubiera hecho. Así pues, me limito a contener la respiración cuando giro y…

—¡Me cago en mi mala suerte! —digo arrancando del suelo el triángulo amarillo que me informa de que la grúa se ha llevado mi coche al depósito más cercano—. ¡¿Tanto te costaba?! ¡¿Eh?! ¡Maldito bastardo!

Una mujer agarra con más fuerza de la mano a su hijo cuando pasan por mi lado, mirándome de reojo. Entonces me doy cuenta de que quizá mi reacción esté siendo algo exagerada, apuntando al cielo con un dedo y gritando improperios, y sonrío de forma forzada mientras me aliso la blusa, recuperando la compostura.

—De acuerdo, Valerie. Soluciones… Soluciones… ¡Metro! Si corro hasta la boca de metro más próxima, puedo llegar en cuatro minutos… tres si me quito los zapatos y me subo un poco la falda. Una vez allí, son cinco paradas, teniendo en cuenta que tengo que cruzar el Hudson, o sea que tengo que sumar unos quince minutos más y luego lo que tarde en llegar desde la estación hasta las oficinas… Puedo, puedo… ¡Puedo!

Sin pensármelo dos veces, me quito los zapatos y empiezo a correr como si estuviera aún en mi época del instituto y el Sr. Farewell me estuviera puntuando. ¡Cómo le odiaba a él y a su maldito silbato!

Mis cálculos son bastante acertados, y en poco más de cinco minutos me encuentro dentro de un vagón de metro atestado de gente. Por supuesto, no hay ningún sitio libre donde sentarme, pero eso no supone ningún problema para una neoyorkina como yo. Me apoyo en la espalda del tipo que está detrás de mí, y listos. En la siguiente parada suben varias personas más, con lo que me veo obligada a moverme y quedo inevitablemente aplastada entre el sobaco de un tipo y la puerta del lado contrario al que he entrado. La decisión está clara, y me giro hacia la puerta, en cuya ventana puedo ver mi reflejo. Ya no tengo el mismo aspecto impecable de cuando he salido de casa. Mi ropa está bastante arrugada, varios mechones de pelo escapan de mi estupendo, y sobre todo muy profesional recogido y… ¡joder! Tengo varios agujeros en las medias, justo en la zona de los pies, por culpa de haberme descalzado antes para poder correr sin torcerme un tobillo. Además, me doy cuenta de que, chula de mí, aún llevo los zapatos en una mano. Al principio me planteo agacharme disimuladamente, para que nadie se dé cuenta de que voy descalza, pero luego me acuerdo de que estoy en Nueva York y de que podría estar paseándome con un bistec en cada teta, estilo Lady Gaga, y aun así nadie se sorprendería. Así pues, uno a uno, levanto los pies y me observo el estropicio en las medias justo antes de ponerme los zapatos. Como cabía esperar, Lady Gaga debe de tener mejor suerte que yo porque, en cuanto levanto la vista hacia la puerta, gracias al reflejo en la ventana veo cómo el tipo de detrás de mí no ha perdido detalle de ninguno de mis movimientos.

—A eso se le llama empezar el día con mal pie —dice entonces el dueño del sobaco oloroso.

No me molesto en dibujar una sonrisa sincera y me limito a mover las comisuras de los labios hacia arriba mientras ladeo la cabeza a un lado. La sonrisa del Joker debe de ser menos aterradora que la mía porque el tipo enseguida me da la espalda, diría que algo asustado.

Cuando el convoy está a punto de entrar en la estación donde me tengo que apear, me acerco a la puerta, restregándome contra los cuerpos del resto de pasajeros. Si tengo que repetir este trayecto a menudo, rezaré a todos los dioses para compartir vagón con Joe Manganiello y poderle sobar a base de bien. Alguna ventaja tiene que tener esto de viajar en metro y, si no es encontrarte con algún tío bueno de estos, la verdad, yo no sé verle ninguna más. Por eso me empeño en ir a todas partes en mi coche. Sin agobios, a mis anchas, con aire acondicionado, escuchando mi música y cantando a pleno pulmón, y oliendo a Eau d’Issey, mi perfume favorito, y no a Eau de sobaco. Lo que me recuerda que esta tarde tengo que sacar tiempo de donde sea para ir a recoger mi coche al depósito. Yo no repito un trayecto como este nunca más en mi vida.

Tres, dos, uno… ¡Ya! Las puertas se abren y salgo disparada al andén, gracias en parte a la marea humana que me empuja. Quizá, si doy un salto y extiendo los brazos, me pueden llevar en volandas hasta la calle, como si estuviera en un concierto de Maroon 5. Mmmmm… Adam Levine… Otro al que no me importaría encontrarme en el metro.

Una vez en el exterior, me lleva poco rato orientarme y encontrar el camino hacia el gran edificio acristalado, sede de una de las agencias de mensajería más importantes de Estados Unidos. Después de que me despidieran de la compañía de telecomunicaciones donde trabajaba, estuve ocho largos meses dando currículos como para poder empapelar toda la ciudad con ellos, sin obtener respuesta de ningún sitio. Tuve que dejar mi apartamento, cuyo alquiler no podía pagar, y volverme a mudar con mi abuela. Me vi obligada a prescindir de mi libertad, yo que estaba acostumbrada a vivir a mi aire. Por eso, cuando hace tres semanas me llamaron para una entrevista, me puse a dar saltos de alegría por todo el apartamento. Y no digamos cuando me llamaron hace una semana para decirme que el puesto era mío. Estaba tan contenta que cuando fui a firmar el contrato, temporal por el momento, ni pregunté cuál iba a ser mi sueldo. Con tal de volver a sentirme realizada, sería capaz de trabajar gratis. Bueno, quizá no, pero casi.

Ya soy capaz de ver la silueta del gran edificio frente a mí, así que aminoro el ritmo y aprovecho para peinarme un poco el pelo con los dedos y alisarme de nuevo la blusa y la falda. Me miro los pies para comprobar que los agujeros de las medias queden disimulados por los zapatos y cuando creo estar lista, levanto la vista al frente y empiezo a sonreír, esta vez de verdad porque hoy mismo empieza mi futuro, el que siempre soñé, el que tanto me ha costado conseguir después de varios años de carrera universitaria pagada en parte por mi abuela y por mi trabajo en la cafetería del campus, el que se abre ante mí justo detrás de estas enormes puertas automáticas…

—¡Me cago en la leche! —maldigo cuando un tipo me da un empujón y me hace perder el equilibrio.

—¡Lo siento! —creo que dice, ya que no soy capaz de escucharle con claridad porque aún lleva un casco de moto en la cabeza.

Mientras me intento recomponer de nuevo, le observo alejarse. Lleva una cazadora de cuero, unos vaqueros ajustados y unas raídas botas marrones, muy diferente a cómo va vestida el resto de gente que pulula por el vestíbulo, todos trajeados. Me alegro de haber decidido vestirme tan formal, pienso sin poder dejar de mirarle. Supongo que me llama la atención precisamente por ser tan… diferente al resto, aunque al final llego a la conclusión de que debe de ser un repartidor o algo por el estilo.

—¡Hola! —me saluda una voz jovial.

Cuando vuelvo a la realidad, me descubro frente al enorme mostrador de recepción, tras el que hay sentadas un par de chicas muy guapas, una rubia nórdica de ojos azules y la otra afroamericana de pelo negro y rizado. La chica que me ha saludado es esta última, que me mira expectante a que diga algo.

—Hola. Soy Valerie Shaw. Hoy empiezo a trabajar aquí y…

—Primera planta por esos ascensores de allí o por las escaleras de al lado.

Nada más decir eso, fija la vista en alguien a mi espalda, a quién saluda con el mismo tono jovial de antes. Dándome cuenta de que no voy a recibir más explicaciones por su parte, empiezo a caminar hacia los ascensores. En cuanto se abren las puertas, me veo empujada hacia dentro por la misma marea que antes me sacó en volandas del metro. Esta vez el problema es que me veo aplastada contra la pared opuesta a las puertas y que enseguida llegamos a la primera planta. Antes de que me dé tiempo de decir nada, las puertas se han vuelto a cerrar y estamos subiendo hacia arriba. Conforme ascendemos, el habitáculo se va vaciando, pero yo no me atrevo a moverme más por vergüenza que por otra cosa. Así pues, cuando solo quedamos dos personas dentro y un solo piso por subir, noto unos ojos clavados en mí.

—¿Se ha perdido, señorita…?

—Shaw. Hoy es mi primer día aquí y me he visto arrastrada hacia dentro del ascensor y luego ya no había marcha atrás y… —Al ver su cara seria, decido callarme y apretar el botón de la primera planta. Él sigue mi dedo con la mirada.

—Si va a la primera planta y no quiere llegar más tarde de lo que ya es, le recomiendo que baje conmigo ahora y vaya por las escaleras.

En ese momento, casi de forma providencial, las puertas se abren y él sale decidido, maletín en mano. Veo cómo de repente aparecen varias personas de la nada y, como si se tratara de una coreografía ensayada, todas interactúan con él sin pisarse ni atropellarse. Una chica le coge el maletín, otra le tiende unas carpetas, un chico le empieza a dictar lo que debe ser su agenda y otro simplemente le acompaña hasta traspasar las puertas de su despacho, en las que hay grabadas las palabras C. BRANCROFT. La persona que, si recuerdo haber leído bien, dirige todo este imperio. En definitiva, el tipo que estampará su firma al final de mi nómina.

—Mierda, mierda, mierda… —susurro mientras salgo del ascensor y me cuelo por la puerta que lleva a las escaleras y empiezo a bajar por ellas a toda prisa—. Me cago en la leche… No sabía que las oficinas estuvieran localizadas en el puto Empire State Building…

—¿Perdone? —me pregunta la chica que hay detrás del mostrador de la primera planta.

—¡Sí! ¡Hola! Soy Valerie Shaw y hoy es mi primer día y…

—Por ese pasillo. Tercera puerta a mano derecha.

Qué manía tiene la gente de aquí de no dejarte acabar las frases, pienso mientras sigo sus órdenes. Aún no ha empezado mi jornada laboral y ya estoy agotada, así que esta vez, ni me molesto en intentar acicalarme.

—Hola. Soy Valerie Shaw y hoy es mi primer día y… —digo nada más traspasar la puerta del despacho, sin llamar a la puerta. Esta vez nadie me corta, sino que me quedo totalmente muda por la escena que se desarrolla frente a mis ojos. El tipo con el que se supone que me tengo que ver, con los pantalones y los calzoncillos por los tobillos, entre las piernas de una rubia sentada encima de la mesa.

—¡¿Es que no sabe llamar a la puerta?! —consigue decir con la voz tomada mientras se sube los pantalones.

—Disculpe… Hoy es mi primer día y… llego tardísimo… y… —Me parece una tontería seguir hablando y me limito a seguir con la mirada a la chica, que sale del despacho a toda prisa.

—Valerie Shaw, ¿verdad? —me pregunta, llamando mi atención, intentando aparentar normalidad.

—Sí.

—¿Sabe usted que llega veinte minutos tarde?

—Lo siento —contesto, cuando en realidad estoy deseando decirle que me parece que él hubiera querido que me retrasase aún algo más y su amiga pudiera acabar la tarea encomendada.

—Que no se vuelva a repetir —me amenaza con un sobre en la mano—. Si me sigue, la llevaré hasta su planta, donde su coordinadora la pondrá al corriente de todo.

Me cuesta un poco seguirle ya que él da grandes zancadas y mi estrecha falda no me permite hacerlo. Debo de parecer una auténtica geisha, pienso, aunque enseguida deshecho ese pensamiento ya que creo que a este individuo eso le pondría aún más cachondo.

El trayecto en el ascensor se hace bastante incómodo, pero por suerte llegamos rápidamente a la décima planta, la que supongo que será mi nuevo hogar a partir de hoy. Si es que no consigo que me echen antes…

Le sigo a través de un sinfín de cubículos. En cada uno hay un escritorio, un ordenador, un colgador de abrigos, una silla que tiene pinta de ser comodísima y lo mejor, pilas y pilas de papeles de colores enganchados por todas partes.

—Carol, esta es Valentina Shaw, la nueva —dice deteniéndose en uno de ellos. La chica que hay dentro se levanta y me mira con una sonrisa que le hacen aparecer un par de hoyuelos en ambas mejillas. Debe de tener la misma edad que yo, quizá incluso dos o tres años menos. Eso, o es que el llevar el pelo muy corto le da un aspecto muy juvenil.

—Valerie —le corrijo enseguida.

—Lo que sea. Te dejo con ella —dice dándole el sobre que ha traído consigo.

—Gracias… —digo, pero entonces me doy cuenta de que no sé siquiera su nombre.

Le observo perderse hacia el ascensor, casi a la carrera, y cuando me doy la vuelta veo a Carol levantando el dedo corazón de ambas manos en su dirección. Se me escapa la risa, tanto por el gesto como por el alivio al saber que al menos una persona opina lo mismo que yo acerca de ese tipo.

—Hola, Valerie. Soy Carol —me saluda y se queda callada, esperando mi saludo.

—Hola, Carol —contesto riendo—. Disculpa que me ría. Es que por fin alguien parece que me deja hablar… Hasta ahora, nadie me ha dejado acabar ninguna frase y me han llevado de un lado a otro.

—Bueno, es que déjame decirte que has tenido muy buena suerte, porque vas a trabajar en el mejor departamento de toda la empresa. Aquí estamos las más simpáticas, divertidas y guapas de toda la empresa.

—Lo tendré en cuenta —contesto mientras la sigo.

En cuanto llegamos a un cubículo vacío, me lo señala con una mano, invitándome a entrar.

—Bienvenida a tu nuevo hogar. Puedes decorarlo como quieras. Plantas, muñecos, fotos de tu novio, marido, hijos, perro, gato y animales varios.

—¿Sirve una foto de Channing Tatum? —pregunto.

—¡Por supuesto que sirve! —me contesta levantado la palma de la mano en el aire para que choque los cinco con ella—. ¡Chicas, venid a conocer a Valerie!

Al instante, cuatro cabezas asoman por entre las paredes de diferentes cubículos. Todas ellas se acercan a mí y Carol se dispone a hacer las presentaciones.

—Valerie, ella es Gloria. Tiene cuarenta años, está casada y tiene dos niños.

—Hola —la saluda Gloria, una mujer alta y de rasgos hispanos, morena y de ojos negros.

—Encantada, Gloria.

—Ella es Francine, Franny para nosotras —dice mientras me presenta a una chica rubia y risueña. Me llama la atención su pelo recogido y adornado por multitud de lápices—. Tiene treinta y ocho años, está casada y tiene un hijo y tres perros.

—Encantada —decimos las dos.

—No te preocupes, nos proporcionan un lapicero, así que si no quieres, no tienes por qué guardarlos en tu pelo —vuelve a decir Carol, señalando a la cabeza de Franny, justo antes de seguir con las presentaciones—. Ella es Janet. Tiene veintinueve años y está soltera, por decisión propia.

—Por poco tiempo, porque tengo una relación sentimental secreta con Luke Evans.

Abro los ojos como platos mientras mi cabeza está a punto de estallar. Gracias a Dios, Gloria me aclara la situación.

—Tan secreta que ni él mismo lo sabe.

—Eso es solo un pequeño escollo en nuestra relación. Estamos hechos el uno para el otro…

—Es gay.

—Porque no me ha conocido aún.

—Con la de candidatos reales que tienes alrededor… No será porque no se te han acercado hombres a tantear el terreno… —interviene Franny.

—¿Alguno aprovechable? —le pregunta ella.

—John de logística no está nada mal…

—Pero tiene cuarenta y largos, Franny. Sin ánimo de ofender, pero me gustaría alguien que no tuviera que consumir Viagra en un plazo de dos años vista…

—¡Oye! ¡Que mi Kevin tiene cincuenta y dos y no toma nada! —informa Gloria.

—Haya paz, hermanas… —dice Carol para calmar los ánimos—. Y por último, ella es Andrea. Tiene treinta y cuatro años, y está prometida.

—Con alguien real —añade Andrea con una sonrisa justo antes de sacarle la lengua a Janet.

—Encantada.

—¿Te han contado algo acerca del trabajo…? —me pregunta señalando en la dirección por la que se ha marchado antes Don Culo.

—Muy por encima… Que iba a estar en el departamento de atención al cliente pero no lo que haría exactamente.

—Bueno… Es que eso es difícil de acotar porque, básicamente, hacemos de todo. Somos algo así como Dios, porque tocamos todas las teclas y debemos saber de todo. Guiamos a clientes perdidos a través de nuestra página web, consultamos expediciones, encontramos paquetes perdidos, aguantamos las quejas interminables de algunos clientes que reciben la mercancía rota, o fuera de tiempo, aunque esa no sea culpa nuestra…

—No lo reconocerán nunca, pero sin nosotras, esto se hunde —añade Gloria.

—Bueno, vayamos al grano—dice Carol, que empieza a sacar las cosas del sobre y me las va tendiendo—. Tu tarjeta para fichar. Tienes que pasarla por los detectores cuando entres, cuando vayas y vuelvas de comer y cuando te marches a casa al finalizar tu jornada.

—Vale.

—Tu material de oficina. Si necesitas algo más, tienes que hacer una instancia por mail al departamento de compras internas. Te suelen contestar al cabo de dos semanas más o menos y no siempre de forma positiva, así que si te quedas sin un bolígrafo, cómprate uno nuevo en una papelería. Acabarás antes.

—Entendido —digo dejándolo todo encima del escritorio.

—Tus vales de comida. Son mensuales. Si se te acaban antes, no te preocupes, existe un mercado negro dedicado a ello. Lo controlan los del departamento de marketing… Son buena gente y se puede negociar con ellos.

—Bueno es saberlo —contesto riendo.

—Esta es tu tarjeta para el gimnasio.

—¿Gimnasio?

—Sí. Hay uno en la planta veinte. Puedes ir cuando quieras, siempre que sea fuera de la jornada laboral.

—Vaya… —digo mirando la tarjeta con incredulidad. No es que sea una fanática del deporte, pero reconozco que tenerlo en el mismo edificio lo convierte como en una obligación, como si no tuviera excusa para no pisarlo—. ¿Vosotras vais?

—No —contestan casi a la vez.

—Entre los maridos, niños y eso… —se excusa Franny.

—Y que no hay ningún aliciente masculino en mallas al que admirar… —añade Janet.

—O sea, que de personal masculino aprovechable, vamos escasos —digo.

—Mucho —contesta Andrea.

—Tú calla que ya no estás en el mercado. Te vas a casar, así que deja para las que buscamos, ¿verdad, Carol? —dice Janet.

—Amén, hermana. Y por último —dice sacando un dossier—, esto es un pequeño directorio de todos los departamentos de la empresa, la planta en la que están situados y la gente que trabaja en cada uno. A algunos ya los conoces, como supongo que a las recepcionistas y…

—Al señor Brancroft…

—¿Perdona? —dice Janet atragantándose con su propia saliva.

—¿Has conocido al señor Brancroft?

—¿Su despacho está en la última planta? —pregunto mientras todas asienten con la cabeza, totalmente alucinadas—. ¿Y es así como de unos cincuenta y largos, pelo canoso, delgado y ojos muy vivos, que viste con un traje que parece cosido a su cuerpo de lo perfecto que le queda?

—Exactamente así.

—Pues sí. Le he conocido esta mañana. Por error…

Y empiezo a explicarles mi peripecia con el ascensor nada más llegar. Cuando acabo, después de esperar un rato para calmarnos y secarnos las lágrimas que nos ruedan por las mejillas, Carol dice:

—Pues menuda mañanita has tenido… Entre Brancroft y Benjamin…

—¿Benjamin? —pregunto.

—Sí, Benjamin White, el jefe de recursos humanos. El simpático comité de bienvenida del que has disfrutado hoy. Siento que hayas tenido que ver la cara de ese capullo de buena mañana.

—Créeme, ojalá le hubiera visto solo la cara —contesto sin pensar.

—¿Eh? ¿Cómo dices? —preguntan las cinco a la vez, casi atropellándose—. Exigimos una explicación.

—Pues que después de mi… ruta turística por todo el edificio, cuando por fin conseguí llegar a la primera planta y después de que me enviaran a su despacho, cansada de ir de un lado para otro, abrí la puerta sin llamar y…

—¿Y…? —preguntan al unísono.

—Y le pillé con los pantalones bajados mientras se tiraba a una tía encima de su mesa.

—¡¿Cómo?! ¡¿Qué?!

—¡Será…!

—¡Joder, qué asco!

—¡Ya decía yo que me ponía los pelos como escarpias cuando pasaba por su lado!

Todas hablan a la vez, o mejor dicho, todas le insultan a la vez, hasta que la voz de Andrea se impone sobre ellas.

—¿Quién era ella?

—¿Cómo lo voy a saber? —contesto.

—Descríbenosla.

—No sé… Despampanante. Rubia, metro setenta, pelo largo, delgada, con una falda y una camisa entallada, piernas kilométricas…

—Estás describiendo al setenta por ciento de las mujeres de la empresa.

—No sé…

—¿Sabrías reconocerla si la vuelves a ver?

—Creo que sí…

—Vale, pues tenemos una misión a la hora de comer. Tenemos una cita, nena.

—Vale —contesto divertida mientras todas vuelven a sus respectivos sitios, quedándome a solas con Carol.

Dos horas después, habiéndome explicado dónde encontrar los diferentes programas con los que voy a trabajar en el escritorio de mi ordenador y de hacerme una breve explicación de cada uno, después de haber atendido unas cuantas llamadas de prueba, se levanta de la silla que había colocado en mi lado.

—Si tienes cualquier duda, estoy allí mismo. No dudes en preguntarme.

Cuando me quedo sola, intento hacer un repaso mental a todos los pasos a seguir justo cuando tengo que atender mi primera llamada. Afortunadamente, solo tenía una duda acerca del tiempo que tardamos en llevar un paquete desde Tampa hasta San Francisco. Después de darle todos los precios, dependiendo del peso del paquete y de la urgencia que tenga, cuelgo satisfecha, con una enorme sonrisa en la cara.

—¿Lo ves, abuela? —digo en voz baja—. No todos los clientes son unos estúpidos y soy capaz de atenderles con una sonrisa en la cara.

Abro el dossier y empiezo a ojearlo, básicamente para cotillear los nombres de los trabajadores de los demás departamentos. Paso las páginas distraída hasta que llego al departamento de recursos humanos, el cual forman tres mujeres y Don Culo. Me da igual que se llame Benjamin, yo ya le he bautizado. En ese momento, suena mi teléfono y, con toda la buena predisposición del mundo, descuelgo. Aún sin darme tiempo a recitar el nombre de la empresa y mi nombre, los gritos de la persona al otro lado de la línea retumban en mi oído

—¡¿Me puede decir dónde cojones está el paquete que enviamos el martes pasado a Beijing?!

—Disculpe caballero…

—¡Ni disculpe ni hostias! ¡Estoy a punto de perder a uno de mis clientes más importantes si ese paquete no llega a tiempo!

—Si me permite que acceda al programa para localizarlo…

—¡Ya estás tardando!

Me obligo a respirar profundamente para intentar tranquilizarme y no soltarte algún improperio a ese energúmeno. Pero entonces, cuando hago doble clic sobre el icono del programa de seguimiento de expediciones, este se abre pero acaba cerrándose segundos después.

—¡Oye! ¡Chica! ¡¿Estás ahí?!

—Eh… Sí… Disculpe un segundo… —levanto la cabeza, asomándome por encima de las paredes de mi cubículo y miro alrededor. Todas están ocupadas al teléfono, pero gesticulo con las manos para hacerme ver.

Gloria me ve y tapa un momento su micrófono.

—Dime —susurra.

—No me va… —digo señalando hacia la pantalla de mi ordenador.

—Informática… —intenta hacerse oír por encima del barullo, justo antes de volver a perderse en su cubículo.

Miro hacia mi pantalla y me dejo caer en la silla. Miro el manual que reposa a mi lado y entonces se me abre la mente. Busco el departamento de informática y entonces veo cuatro nombres y un número de teléfono.

—Disculpe, caballero. Creo que he encontrado…

—¡¿Lo ha encontrado?! —me corta.

—Eh… Su paquete no… El problema en mi ordenador…

—¡Me cago en…!

—¡Un momento por favor! —grito justo antes de volver a ponerle en espera y marcando el número que veo en el dossier.

Mientras espero a que alguien coja la llamada al otro lado, golpeo mi mesa con el bolígrafo, presa de un tic nervioso.

—Vamos, vamos, vamos… Coged el teléfono…

—¿Qué? —responde alguien al fin.

—¡Hola! Soy Valerie Shaw, la chica nueva de Atención al… —Pero entonces el sonido inequívoco de cuando la llamada se cuelga taladra mi oreja. Miro la pantalla del teléfono, confundida, y vuelvo a marcar.

—¡¿Qué pasa?!

—¡No me cuelgues! —grito desesperada, mirando los cuatro nombres de la hoja del dossier—. ¿Eres…? ¿Hoyt?

—No.

—Da igual. Necesito vuestra ayuda. Se me ha colgado el programa y…

—¿No te has leído el manual?

—¿Cómo?

—No te lo has leído. Cuando lo hagas, sabrás qué hacer. —Y me vuelve a colgar, sin más.

—¡Me cago en el capullo mamarracho! —grito enfurecida.

—¿Perdone?

Palidezco y agacho la vista hacia el teléfono, lentamente, dándome cuenta de que sin querer, debo haber descolgado la línea donde esperaba el cliente.

—No hablaba con usted… Disculpe…

—¡Páseme con su superior!

—Lo siento mucho, caballero.

—¡Que me pase usted con alguien!

De forma providencial, Carol aparece a mi lado y pone una mano en mi hombro.

—Lo siento, lo siento, lo siento… No me va el programa… Intenté llamar a Informática pero…

—Uy, a esos hay que darles de comer aparte… Ya me paso la llamada a mi teléfono y le atiendo yo.

—Gracias.

—No te preocupes —dice guiñándome un ojo.

Entonces me fijo en el dossier y leo con detenimiento el apartado de Informática.

—He escuchado que has conocido ya a mis chicos favoritos —dice entonces Janet, poniéndose en pie y apoyando los brazos en la pared que separa nuestros cubículos—. Los del departamento de Informática son a cada cual más simpático. ¿Con quién has tenido el placer?

—Ni idea… Hoyt no era.

—De los cuatro, mi favorito es Bruce. Es como el más… blando. El resto, unos bordes. Lucas el que más.

—¿Y qué problema tienen, los muy capullos?

—Pues eso, que son unos capullos.

—¡No me han querido ayudar cuando les he llamado!

—Es que no les puedes llamar.

—¿Perdona? ¿No están para ayudar?

—Y lo hacen, pero no por teléfono, sino por mail. Tú les envías un correo electrónico explicando tu problema y si puedes les adjuntas datos como un pantallazo con el error que te salga, y cosas así. Y ellos te lo solucionan.

—No lo sabía…

—¿Le dijiste que eras nueva al que te cogió el teléfono?

—Sí… Creo…

—Pues entonces no era Bruce. Él se hubiera apiadado de ti. Si tampoco era Hoyt, solo nos quedan Roger o Lucas. ¿Cómo tenía la voz?

Me quedo muda pensando, y entonces su voz resuena en mi cabeza con claridad. Grave, seca y…¿sexy? Muevo la cabeza a un lado y a otro, desechando esa palabra antes de contestar:

—Grave, seca…

—¿Y sexy?

Mierda, ¿antes hablé en voz alta y no me di cuenta? Incapaz de articular palabra, empiezo a asentir con la cabeza, algo avergonzada.

—Lucas Turner.

—Pues es un gilipollas —digo al rato, intentando aparentar que su voz y su brusquedad no me han afectado para nada.

—Pues ese gilipollas es el que tiene que arreglarte el programa. Envíale un mail —me dice justo antes de ver desaparecer su cabeza por detrás de la pared separadora.

Así pues, abro el programa del correo electrónico, en el que descubro que ya tengo algunos mensajes en mi bandeja de entrada, y me dispongo a exponer mi problema al departamento de los capullos.

De: Valerie Shaw (vshaw@wwex.com)

Para: Lucas Turner (lturner@wwex.com)

Asunto: El programa de consulta de expediciones se me abre, se queda dos segundos como colgado y luego se vuelve a cerrar.

Mensaje:

¡Hola! Soy Valerie y hoy es mi primer día en el departamento de atención al cliente. Verás, iba a atender a un cliente que se quejaba de que no había llegado un paquete que había enviado a Beijing, pero al intentar abrir el programa de consulta de expediciones, este no me respondía. Y por lo que veo, ahora que lo estoy probando de nuevo, sigue sin funcionar. Le doy doble clic, sale el reloj de arena este, se queda como pensando unos segundos y ¡zas! Vamos, que no se abre nada.

Lo necesito porque supongo que gran parte de mi trabajo se centrará en eso, aunque claro, tampoco lo sé al cien por cien. ¿Te he dicho que soy nueva? Ah, sí, te lo he dicho algo más arriba…

Bueno, pues eso, ¿cuándo crees que me lo podrás resolver? ¿Me llamaras o me contestarás a este mail?

Por cierto, la que te llamaba antes era yo. Como bien decías, no había leído el manual… Ups… Lo siento. Creo que antes hemos empezado con mal pie. A ver si nos vemos a la hora de comer y empezamos de nuevo.

¡Gracias!

Valerie

Releo el mail un par de veces más, y cambio algunas cosas justo antes de darle al botón de enviar.

—Quizá debería haberme despedido con algo más personal, algo así como un “besos”, o “un abrazo” —susurro para mí misma justo en el momento en el que me entra otra llamada. Por suerte, no necesito el programa de consultas de expediciones, sino el de las normas para envíos de materias peligrosas. El cliente quiere enviar un ácido limpiador y quiere saber qué documentos debe adjuntar junto con los albaranes de envío—. Ahora mismo se lo consulto, señor.

—Muy amable. Gracias.

Genial. Otra llamada fácil de un cliente simpático, pienso mientras muevo el ratón para situar el cursor encima de otro de los programas. Justo cuando voy a clicar, el cursor empieza a volar por mi pantalla, abriendo un programa tras otro. Luego, para  mi asombro, sin yo tocar el teclado, se empiezan a escribir unas claves extrañas en una pantalla negra. Rápidamente, intento reconducir el cursor y muevo el ratón, cerrando todas las pantallas que se me han abierto. Incomprensiblemente, estas se vuelven a abrir y empieza una especie de batalla. El ordenador abre un programa y yo, con toda la rapidez que puedo, lo cierro. Miro la pantalla casi sin pestañear, hasta que se abre un documento Word y, sin darme tiempo a cerrarlo, sin yo tocar nada, empiezan a formarse unas letras.

“DEJA DE TOCARME LOS COJONES Y ESTATE QUIETA CON EL PUTO RATÓN”

Pego un grito y doy un salto hacia atrás con mi silla. Me tapo la boca con ambas manos en el momento en que empiezan a emerger cabezas de sus cubículos, alertadas por mi grito. Janet enseguida se acerca hasta mí, le señalo la pantalla, que se ha apagado de repente, y empiezo a decir:

—El cursor se movía solo y yo intentaba cerrar todo lo que se abría… Y luego salió un mensaje… Lo juro… Me amenazaba… Me pedía que dejara de mover el ratón…

En ese momento, Janet empieza a reír a carcajadas, dejándome atónita.

—¡Tranquila, que no hay ningún fantasma! Serían los de Informática intentando arreglarte el problema. Tienen una especie de acceso a todos los ordenadores, para no tener que salir de Mordor. Ya sabes, no vaya a ser que nos asustemos al ver a los orcos o ellos se deshagan al darles la luz… ¡Mira! Ya vuelve a encenderse tu ordenador.

Y dicho esto, se vuelve a su asiento mientras yo intento sonreír para no quedar como una completa cateta, aunque aún alucinada de que este tipo de cosas existan. Miro de reojo al resto de cubículos y compruebo para mi alivio que la mayoría vuelve a tener la vista fija en su pantalla y no en mí.

—¡Mierda! El cliente —grito en voz baja mientras cruzo los dedos para que no haya colgado—. ¿Caballero?

—Aquí sigo.

—Disculpe el retraso.

—No se preocupe. Entiendo que no es una consulta tan fácil de solucionar.

En realidad sí, pienso y a usted le vamos a dar el trofeo al cliente paciente del mes, porque yo lo digo. En cuanto le respondo a su consulta, se despide muy amable y me deja volver a respirar tranquila. Al menos hasta que se ilumina el icono del sobrecito, indicándome que he recibido un nuevo mensaje.

De: Lucas Turner (lturner@wwex.com)

Para: Valerie Shaw (vshaw@wwex.com)

Asunto: La próxima vez, reinicia antes de llamarme.

Mensaje:

Y ya de paso, aprende a sintetizar un poco, que me he cansado tan solo leyendo el asunto del correo, no digamos ya el mensaje.

Lucas

—¡Será capullo, el muy gilipollas!

—¿Qué te pasa ahora? —escucho que me pregunta Janet al otro lado de la pared.

—¡Que odio a los puñeteros orcos!

—Bienvenida al club.

≈≈≈

—¡¿Pero quién se ha creído que es?! —me quejo con mi café ya en la mano.

—Son así. Desde siempre —contesta Franny, que es la que lleva más tiempo trabajando en la empresa de las cinco.

Estamos en nuestro tiempo de descanso, que aprovechamos para sacar un café de la máquina y salir a tomar el aire. Bueno, eso es un decir, porque salimos a una especie de patio interior que los fumadores han tomado como suyo.

—No los vas a cambiar —añade Carol con su cigarro entre los dedos.

—Con lo simpática que fui en mi mensaje… Puto amargado…

—Con ellos, la simpatía no sirve. Mejor gruñirles, como hacen ellos —explica Andrea—. Yo cuando les pido algo, soy escuetísima. Le escribo en plan: “eh, tú, arréglame esto”.

—Mira, mira, mira… —dice Janet mientras me agarra de brazo—. Gírate lentamente. ¿Es esa la que estaba con Ben?

—Eh… No —contesto en cuanto la veo—. Era más alta.

—¡Pero si la viste despatarrada encima del escritorio! —interviene Gloria, haciendo gala de su carácter espontáneo y nada tímido.

—Pero luego pasó por mi lado, ya de pie, y era más o menos como yo. Esa chica es más bajita. ¿De dónde son toda esta gente, por cierto? ¿Alguno de ellos es uno de los orcos?

—Ni idea.

—¿Ni idea? No os entiendo…

—No sabemos cómo son.

—¿Por qué no? Ya sé que no os iríais nunca a tomar algo con ellos pero, ¿no habéis coincidido en el comedor? ¿O en el gimnasio? ¿O no han venido nunca a arreglar algo a nuestra planta? ¿Ni os habéis reunido?

—Negativo.

—¿Cómo es posible?

—¿Qué pasa? ¿Sientes curiosidad por alguno en concreto? ¿Lucas, quizá?

—¿Yo? ¡Ni hablar! —¿Seguro que no? Porque esa voz… ¡¿Qué estoy diciendo?!—. Solo que me cuesta entender que no conozcáis a toda la gente con la que trabajáis.

—Conocemos a muchos, pero ya sabes, horarios diferentes, plantas diferentes, más de doscientos empleados en un solo edificio, ellos son unos antisociales y nosotras no somos masoquistas y nos relacionamos solo con gente normal…

—¿Y tratan a todo el mundo igual y nadie les dice nada? —pregunto aún sin poder creer que lo hagan y salgan impunes.

—Sí, no te lo tomes como algo personal —contesta Carol apagando su cigarrillo—. ¿Subimos?

≈≈≈

El resto del día transcurre sin más incidentes, gritos ni sobresaltos, supongo que en parte debido a que mi ordenador funciona perfectamente. Aun así, no dejo de pensar en el tal Lucas, ese insensible que, lejos de apiadarse de una novata, se comportó como un auténtico capullo. Seguro que debe de estar apoltronado en su silla, él y sus doscientos kilos de peso, colocándose bien las gafas con cristales de culo de botella, y rascándose los granos de la cara. Porque sí, así es como mi mente imagina a Lucas.

—¿Pues sabes qué? Que no te voy a dar la satisfacción de quedarte con la última palabra.

Sí, ya sé que si estuviera aquí mi abuela me amenazaría con el dedo en alto, pero estoy segura de que si ella se hubiera cruzado también con este imbécil, lo habría puesto en su sitio con cuatro de sus frases. Justo lo que voy a hacer yo también.

—¿Una cerveza al salir? —dice Carol desde su cubículo.

—¡Me apunto! —contesta Janet.

—No puedo. Billy tiene entrenamiento y tengo que recogerle al salir —dice Franny.

—Yo tampoco —interviene Gloria—. Me voy al cine con mi hija.

—¿Val? —escucho que me preguntan pero estoy demasiado concentrada como para hablar, así que levanto un dedo para pedirles que se esperen un momento y sigo tecleando sin parar.

De: Valerie Shaw (vshaw@wwex.com)

Para: Lucas Turner (lturner@wwex.com)

Asunto: Escribo los asuntos tan largos como me apetece y si no te gustan, no los leas. Eso sí, si alguna vez no solucionas alguno de mis problemas, no dudaré ni un segundo en quejarme al departamento de personal.

Mensaje:

Y ya de paso, sonríe algo más. Quizá entonces te desharías de esa voz de amargado que tienes.

Valerie

Esta vez, ni besos, ni saludos, ni gracias ni leches.

—¿Qué haces…? —pregunta Janet.

—Impartir justicia divina —contesto satisfecha—. Y sí, me apunto a esa cerveza, aunque luego tengo que ir a recoger mi coche al depósito.

—Acabas de declarar la guerra, nena —dice Carol al leer mi mensaje, que envío en este preciso instante.

—Pues estoy dispuesta a luchar.

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Capítulo 1 – Quédate conmigo

Fotor0205185621—Cariño, eres la siguiente.
—Gracias Bobby.

Me miro en el espejo para darme los últimos retoques al maquillaje. Las bolsas debajo de los ojos se siguen notando demasiado, así que vuelvo a ponerme algo más de crema y maquillaje anti-ojeras. Miro el resultado y resoplo.

—Es lo que hay… A estas horas no estoy para milagros…
—Estás fantástica tonta.
—Tú que me miras con ojos de amiga incondicional, Pipper… Estas ojeras no las disimulo ni con un kilo de pintura, así que, así se queda.

Me subo la cremallera de las botas, me coloco bien la minifalda y miro que la camisa enseñe lo justo, al menos de momento. Ahora me toca el numerito de la colegiala… ¡por dios cómo lo odio! Pero al público que viene les encanta, así que aquí estoy, con 25 años y haciéndome pasar por una adolescente con uniforme que de inocente tiene lo mismo que de monja.

—Venga, que es el último baile de la noche —me anima de nuevo Pipper—, y estás tremenda.
—¿Ha mejorado algo el público de hoy? —le pregunto ya que ella ha vuelto del escenario hace pocos minutos.
—Siento desilusionarte pero no —dice haciendo una mueca de asco con la boca—. Los viejos habituales, un grupo de ejecutivos, un par de borrachos que están a un paso de que Klaus los mande a tomar el aire y una despedida de soltero.
—¿Qué esperáis? —nos pregunta Bobby que aparece de nuevo en la sala para avisarme de que salga al escenario—. ¿Que vengan Channing Tatum y sus amigos de Magic Mike a ver el espectáculo?
—Bobby, son las cuatro de la madrugada, llevo desde las siete de la mañana en pie, he servido cafés durante ocho horas y llevo cuatro bailando para un montón de babosos. Y así cinco días a la semana —le digo resignada—. Creo yo que ya me voy mereciendo un cliente para el que me apetezca bailar y no solo por las propinas.
—Venga preciosa —dice él mientras me acompaña a la salida del escenario—. Arrímate a los ejecutivos que son los que dan buenas propinas.
—Gracias Bobby —digo dándole un beso.

Sin Bobby no sabríamos qué hacer. No es exactamente el dueño porque a ese nunca le vemos, pero es el encargado. Siempre está disponible para nosotras. Es, como decimos Pipper y yo, un «amigo/padre» y en muchas ocasiones, nuestro paño de lágrimas.

Tras oír como anuncian mi número por los altavoces del local, las notas de la canción Naughty Girl de Beyoncé empiezan a sonar. Respiro hondo. La Kate de verdad deja paso a la Kate bailarina de streaptease.

Salgo al escenario caminando lentamente, mordiéndome el labio inferior mientras una mano juega inocentemente con un mechón de mi pelo. Todos los hombres me echan miradas lascivas y alguno ya tiene la mandíbula desencajada cuando una de mis piernas se enrosca sensualmente en la barra del centro del escenario. Juego con la barra durante un buen rato, subiendo y colgándome boca abajo, agarrada por las piernas, mientras me deslizo suavemente hacia abajo. Luego, una vez en el suelo, camino de rodillas, como si fuera un felino acechando a su presa. Una vez en el borde del escenario, me quedo de rodillas mientras me quito la camisa y me muevo sensualmente al ritmo de la canción. Muevo mi cabeza a un lado y a otro y hago que me pelo se balancee de un lado para otro, hasta que me quito la falda, quedándome así en ropa interior.

Aunque parte de mi número consiste en mirar a la gente del público, insinuar tanto con el cuerpo como con la mirada, muchas veces me olvido y cierro los ojos. Cuando salgo al escenario intento disfrutar al máximo posible de mi pasión y el motivo por el que sigo aguantando este trabajo, aparte de porque las generosas propinas me ayudan a pagar las facturas, bailar. Esta vez no es diferente. Procuro disfrutar de la canción, pensar que bailo para mí sola, delante del espejo de mi habitación. O mejor aún, que estoy bailando danza clásica en un teatro de Broadway.

Ese era el sueño de mi vida y bailé en un par de representaciones, pero circunstancias de la vida me apartaron de los escenarios durante un tiempo, y cuando volví, no tenía ni la edad ni la agilidad necesaria. Cuando tiré la toalla y dejé de presentarme a pruebas y audiciones, encontré trabajo de camarera en una cafetería del Soho. Y meses después, viendo que servir cafés durante 8 horas no era suficiente para pagar las facturas, me busqué este otro. No es el tipo de baile que yo soñaba hacer encima de un escenario, pero al menos estaba bien pagado y Klaus hacía que los clientes cumplieran a rajatabla la norma «se mira pero no se toca».

Cuando acaba la canción, me incorporo, recojo mi ropa y los billetes que han ido cayendo alrededor mío. Justo en ese momento, un chico de los del grupo de la despedida de soltero se levanta y llama mi atención con un fajo de billetes en la mano.

—Eh, tú, preciosa —dice acercándose al borde del escenario—. Ven, acércate.

Interpretando a regañadientes mi papel, me acerco y me agacho un poco.

—¿Ves ese de ahí? —balbucea bastante bebido señalando a un tío disfrazado de gorila—. Pues el domingo que viene se casa.
—Ajá, pues dale la enhorabuena de mi parte a Chita —digo girándome.
—Espera, espera —me agarra del brazo para detenerme y me giro, aunque zafándome con rapidez de su contacto—. ¿Qué te parece si te doy todo este dinero y le haces un favorcito?
—Lo siento pero esto es un club de striptease, no un prostíbulo. Además, la zoofilia no es lo mío.
—¡Eh zorra! —esta vez me agarra con más fuerza y casi me hace caer del escenario.

Klaus aparece al instante y me lo quita de encima cogiéndole de los hombros. Enseguida invita amablemente a todo el grupo a abandonar el local y yo me dirijo a los camerinos para, por fin, dar por finalizada mi agotadora jornada de trabajo. A lo mejor estas cosas deberían afectarme más, pero por desgracia, parece ser que muchos hombres no tienen clara la diferencia entre las palabras bailarina y prostituta. Así que este no es un caso aislado y al menos una vez a la semana, alguna de nosotras tiene que pasar por ello.

Ya en el camerino, junto todos los billetes, los ato en una goma y los meto en el bolso. Esta noche no se ha dado mal, algo más de 75 dólares. Me desmaquillo y me cambio de ropa mientras charlo un rato con Pipper, que me ha esperado para ir hasta la parada de metro juntas.

—¿Mañana igual? —me pregunta.
—Ajá —digo con desgana—. No libro hasta pasado mañana.
—Si sigues a este ritmo, algún día te dará algo.
—Lo necesito Pipper… —digo colgándome el bolso al hombro.
—Lo sé… Kate, deberías volver a probar —dice mientras nos encaminamos a la salida del club—. Eras buena, muy buena. Adiós Klaus.
—Adiós Klaus. Gracias por lo de antes —digo besándole en la mejilla.
—A sus pies señoras —nos responde haciéndonos un reverencia, gesto que en un tío negro, con unos brazos como mis dos piernas juntas y de casi 2 metros de altura, queda bastante cómico.

Caminamos unos metros más riendo por el gesto y retomamos nuestra conversación mientras nos dirigimos a la estación de metro, donde habitualmente nos separamos porque cogemos lineas diferentes, yo hacia el Village y ella hacia Tribeca.

—Pipper, las chicas que se presentan a las pruebas tienen como poco, cinco años menos que yo y el doble de currículum. Se me pasó la oportunidad. Ahora solo me queda esperar a que me toque la lotería o a que Channing Tatum venga al club con sus amigos de Magic Mike y me deje una propina que pague mis facturas durante al menos cinco años  —digo sacando la lengua divertida mientras nos reímos.
—O puedes esperar a que tu príncipe azul aparezca. Espera, ¿cómo era? Mitad príncipe azul, mitad héroe estilo G.I. Joe. ¿Era eso?
—Exacto —contesto riendo— Ya ves que soy de fácil contentar… Así me va, que sigo esperando.
—No desesperes. Quizá para bailar en Broadway sí que haya edad, pero cupido no entiende de esas cosas así que esperaremos lo que haga falta.
—¡Bien dicho! Pero que no espere demasiado por dios… —digo mirando al cielo y cruzando los dedos haciendo reír a Pipper.

Nos despedimos en la estación y cada una se dirige hacia su andén. Camino casi arrastrando los pies y en cuanto llega el metro y entro, me dejo caer en uno de los asientos. A estas horas, el vagón está casi vacío, a excepción de un viejo durmiendo al principio del vagón, y un tío leyendo un libro unos asientos más allá, así que decido estirar los pies ocupando el asiento de delante y giro la cabeza hacia la ventana. Cuando entramos en el túnel veo mi reflejo. La sexy bailarina se ha esfumado y la Kate real ha resurgido de las cenizas. Con el pelo atado en una coleta, sin maquillaje, con unos vaqueros y unas simple camiseta. Si alguno de los clientes que han venido esta noche me vieran ahora, pasarían de largo sin darse cuenta de que soy la misma chica que los ha puesto cachondos vestida de colegiala.

Sonrío ante mi pensamiento y miro hacia el otro lado del vagón, justo antes de llegar a la siguiente estación, y me fijo en el otro pasajero consciente del vagón, el lector empedernido. Está sentado de espaldas a mí, así que no puedo verle con claridad. Solo sé que lleva una gorra y una chaqueta tipo militar. Debe de venir de trabajar de algún sitio, aunque no veo que lleve ninguna mochila o maleta, solo el libro. Qué horas más raras también para leer…

En ese momento el metro se para y las puertas del vagón se abren. Un grupo de tíos borrachos entran hablando a gritos y riendo. Las puertas se vuelven a cerrar y el convoy prosigue la marcha. Los tíos empiezan a eructar y me giro para mirarles de reojo. Justo en ese momento uno de ellos me mira y nos reconocemos al instante. Es el capullo que me ha querido liar antes en el club con su amigo el gorila.

—Joder, fantástico —susurro para mí misma— Pues éste me ha reconocido. Lo que me faltaba.
—¡Hombre! ¡Mirad quién tenemos aquí chicos! —dice encaminándose a mí y trayendo consigo a los dos amigos que le acompañan.
—Veo que los de la protectora de animales se han llevado a tu amigo —le digo mientras los tres se sientan a mi alrededor, haciéndome quitar las piernas del asiento de delante.
—¡Jajaja! Sí, ahora quedamos los hombres de verdad. Este es mi amigo Chuck, este es Mike y yo soy el hombre de tu vida —me coge la mano para besármela e incluso a esta distancia me llega el hedor de su aliento, que apesta a alcohol que da gusto.
—El hombre de mi vida, ya… Pues yo mira que lo dudo.
—Ahora en serio —dice acercándose más y poniendo su brazo encima de mis hombros— Subo mi oferta. Ya no te ofrezco a mi amigo Terry…
—El simio —le corto.
—El mismo —contesta— Si no que lo que te ofrezco es ésto.

Le miro mientras señala su cara, provocando que mi boca de debata indecisa entre formar una sonrisa de circunstancia o una mueca de asco.

—Ahora en serio —digo quitando su brazo de mis hombros—, hombre de mis sueños, paso.
—Eso lo dices porque no has probado la mercancía —insiste, acercando su cara a la mía mientras yo retrocedo hasta que mi cabeza toca con el cristal de la ventana, mientras sus dos amigos se parten de la risa, manteniéndose sentados en el asiento a duras penas.

Coloca su mano en mi pierna mientras sus dedos me tocan el interior de mis muslos. La aparto varias veces pero él insiste. Su otra mano intenta coger mi cara para atraerla hacia la suya y en un acto reflejo, le doy un tortazo.

La expresión de su cara cambia al instante mientras se toca la mejilla contrariado. Aprieta los labios con fuerza mientras los agujeros de la nariz se le agrandan y los ojos parecen que se le van a salir de las órbitas. Levanta la mano para devolverme el golpe y me encojo en el asiento al verme rodeada por ellos tres, cuando de repente una mano le agarra del hombro y le lanza a los asientos de al lado, con fuerza.

—¡Pero serás hijo de puta! —grita él mientras los otros dos se quedan quietos sin saber qué hacer.

Reconozco al hombre de la gorra, el lector, y le doy las gracias mentalmente, sin perder de vista a los otros dos especímenes que tengo delante.

—Mamonazo, esto es algo entre la rubia y yo —dice el pesado levantándose de nuevo, cogiéndole de las solapas intentando oponer resistencia.

El chico de la gorra se zafa de su agarre y lo lanza hacia un lado de un puñetazo que le hace sangrar por la nariz. Mira a los otros dos que, como si pillaran la indirecta, se levantan del asiento y corren al lado de su amigo, pasando al lado de mi salvador lo más lejos que el estrecho pasillo les permite. En ese momento llegamos a la siguiente estación. Nadie abre las puertas para entrar, así que mi héroe se dirige a ellos, coge al capullo del jersey y lo arrastra como si fuera un pelele, ante la mirada asustada de sus amigos. Aprieta el botón de apertura de las puertas y le lanza al andén. Una vez que se asegura que este no tiene el valor suficiente para volver a entrar, mira a sus dos amigos, que como pasó antes, parecen entender su lenguaje visual y saltan fuera del vagón. Yo observo toda la escena desde mi asiento, con los ojos como platos y porqué no decirlo, una sonrisa en los labios.

Él se queda en la puerta incluso cuando el pitido del cierre de puertas suena y solo se mueve cuando el vagón se vuelve a poner en marcha. Entonces, como si no hubiera pasado nada, se dirige a su asiento, coge el libro y sigue leyendo. Sin más, sin mirarme, sin preguntarme cómo estoy, sin abrir la boca para nada.

Me quedo un rato sin saber qué hacer, sentada en mi asiento con la boca abierta y agarrada a mi bolso como si fuera un escudo protector mientras dirijo mis ojos repetidamente de él a la puerta.

Cuando entramos en el túnel, el ruido de las ruedas del vagón con las vías me devuelve a la realidad y trago saliva. Mi cabeza da vueltas y todas las versiones de mí que viven allí arriba, empiezan a conversar entre ellas.

«Debería levantarme y darle las gracias, ¿no?»

«Aunque él tampoco se ha molestado en preguntar si estaba bien»

«Hombre, salta a la vista que tú estás entera y los que se han llevado la peor parte han sido ellos»

«Pero es que es un poco rarito, ¿no? Ahí solo, leyendo, a estas horas…»

«¡Pero es de bien nacidos el ser agradecidos! Qué orgullosa estaría la abuela si me hubiera oído decir eso en voz alta»

Escuchando las voces de mi conciencia e intentando decidir cuál de ellas tenía más razón, oigo que anuncian que el metro está a punto de llegar a mi estación. Me levanto caminando con timidez y paso al lado de mi G.I. Joe sin siquiera atreverme a mirarle.

«¿Pero qué narices estoy haciendo?»

Dejo ir un sonoro suspiro quedándome quieta en el sitio. Doy media vuelta girando sobre mis talones y le miro directamente. Él mantiene la cabeza agachada, leyendo el libro que tiene en las manos, muy concentrado. La visera de su gorra le tapa totalmente la cara, así que aún no he sido capaz de verle con claridad.

—Esto… No quiero interrumpir tu lectura ni molestarte…

El convoy empieza a detenerse al llegar a la estación. Miro hacia el exterior por las ventanas y me vuelvo de nuevo hacia él, que sigue sin levantar la vista del libro. Por dios, o es un libro buenísimo, o es sordo perdido, o pasa de mí en toda mi cara. Pero me da igual que no me haga caso, e incluso si no me mira, yo le daré las gracias y así mi conciencia (y las voces de mi cabeza) se quedarán tranquilas.

—Solo quiero darte las gracias por lo de antes… Has sido muy amable.

Frunzo el ceño al ver que él ni siquiera me ha mirado, y ni corta ni perezosa, me agacho para comprobar que siga despierto y no esté durmiendo. Me quedo casi en cuclillas en medio del pasillo y entonces él gira la cabeza hacia mí.

Nuestras miradas se encuentran por primera vez y me quedo hipnotizada al instante. Durante unos segundos pierdo la noción del tiempo hasta el punto de no darme cuenta de que el convoy lleva un rato detenido en mi estación. Solo en el momento en que oigo el pitido anunciando el cierre de puertas, consigo reaccionar. Salgo corriendo y pego un salto hacia el andén cuando las puertas ya se estaban cerrando. Mi agilidad permite que caiga con los dos pies en el suelo y me evita hacer uno de los ridículos más espantosos de mi vida. El vagón sigue detenido durante unos segundos, seguramente porque el conductor tiene que estar descojonándose de la risa al verme hacer semejante acrobacia digna de la más pura Lara Croft, así que no me atrevo a girarme debido a la vergüenza. Simplemente me levanto y me dirijo a la salida.

De camino a casa no paro de pensar en lo sucedido. Cuando abro la puerta y me encuentro con Rose sentada en el sofá, debo de seguir con la misma cara, porque enseguida se da cuenta que algo ha pasado.

—¿Qué te pasa? —me pregunta.
—¿Por? —contesto intentando disimular.
—Porque vienes como acalorada… Estás roja como un tomate. Ya sabes que no hace falta que vengas corriendo, que yo me quedo con Cody el tiempo que haga falta.
—Lo sé Rose —digo abrazándola— No sé qué haría sin ti… ¿Cómo se ha portado hoy?
—Muy bien, como siempre. Pero creo que algo le preocupa porque estaba muy callado y se ha ido pronto a su habitación después de cenar, sin ver la televisión siquiera… Y se ha tirado un buen rato escuchando música con el cacharro ese en las orejas…
—Gracias Rose. Mañana cuando le lleve al colegio le preguntaré.
—Vale, y ahora, ¿qué te pasa para que vengas con esos calores?

Le explico toda la historia y solo abre la boca al final.

—¿Y dices que estaba aprovechable ese chico?
—¡Rose! Yo no he dicho eso.
—Bueno, algo tenía que tener para dejarte en este estado de catarsis…
—Sí, bueno, no le pude ver bien del todo pero tenía unos ojos muy bonitos. De un tono azul increíble. De todos modos, da igual, no creo que le vuelva a ver y si lo hago, me ha demostrado que no tiene mucha intención de entablar conversación conmigo.
—Bueno, no te cierres puertas… —dice sonriéndome pícara— Me voy a casa. ¿Mañana igual?
—Sí, mañana igual que hoy.
—Tendrías que tomarte las cosas con más calma cariño.
—Lo sé. Pero también sé que tengo que pagar las facturas y además está Cody… Quiere ir de campamentos con el colegio y no puedo decirle que no.
—Me gustaría ayudarte Kate…
—¡Ni hablar! Ya haces suficiente quedándote con él por las noches, sin cobrarme nada por ello. Ya me siento en deuda contigo. Lo hemos hablado muchas veces y la respuesta es no.
—Vale, vale… —sonríe y me da un gran abrazo antes de salir por la puerta y dejarme sola.

Rose es como mi ángel de la guarda. Como ha dicho ella misma en más de una ocasión cuando se lo he comentado, «un ángel de la guarda algo viejo, afroamericano y rechoncho». Ella es la que recoge a Cody del colegio y se queda con él cuando yo estoy trabajando, que por desgracia es casi todo el día. Vive en el mismo bloque que yo y cuida de mí desde que me mudé estando embarazada, hace ya más de seis años. Se ha convertido en alguien tan importante para mí, que la considero parte de mi familia. De hecho, la veo mucho más a ella que a mi propio padre.

Me dirijo a la habitación de Cody y me siento a su lado en la cama. Acaricio su pelo rubio y una sonrisa se me dibuja en la cara. No importa lo cansada que llegue a casa, él siempre consigue hacerme sentir mejor, aún estando dormido.

—¿Mamá?
—Shhhh… Sí, soy yo. Duerme cariño. No quería despertarte.

Entonces me fijo en un papel que guarda con fuerza en su mano y suspiro resignada. Compruebo que se haya dormido y con cuidado para no despertarle, se lo quito de las manos, sabiendo perfectamente de qué se trata porque a mí me hacía lo mismo cuando era pequeña. Esta es la manera que tiene mi padre para comunicarse con nosotros. Se las arregla para dejarnos papelitos con mensajes en varios sitios como el felpudo de la entrada, la maceta de la vecina o la papelera de delante de casa. Lo hacía conmigo cuando era pequeña y ahora lo hace con su nieto. Cody se ha acostumbrado a mirar cada día en esos sitios por si su abuelo da señales de vida. Es agente del FBI y trabaja encubierto, así que para no poner en peligro sus tapaderas ni ponernos en peligro a nosotros, no puede tener ningún tipo de contacto real con su familia. Siempre ha sido así, y fue el motivo por el que mi madre se separó de él en su día, cansada de estar casada con un fantasma, como ella decía.

«No os olvido. Os quiero»

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Canción:
«Naughty Girl» – Beyoncé

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Capítulo 1 – Fuera de combate

FotorCreated

—¡Rápido, chicos! ¡Que perderéis el autobús!

—¡Ya voy! —grita Connor bajando las escaleras a toda prisa.

—¡Estoy listo! —dice Evan justo después.

Los dos se plantan frente a su madre, bien peinados y sonrientes, listos para pasar la inspección.

—Vamos a ver… Dientes limpios… Orejas limpias… Más o menos bien peinados… —sonríe pasando los dedos por el rebelde pelo castaño de Evan, echándoselo a un lado para que no le caiga en los ojos—. Gafas bien puestas…

Beth les mira a los dos, sonriendo muy orgullosa, listos y preparados para empezar un nuevo curso. Además, este año es especial, porque Evan ya tiene cinco años y empieza el colegio. Es un gran cambio con respecto a la guardería, pero Connor y Kai, que tienen siete y nueve años respectivamente, le ayudarán a adaptarse.

—¡Kai, espabila! —grita mirando hacia arriba.

—¡Vooooooooooooy! ¡Tranquila! ¡No hay prisa…! ¡Si perdemos el autobús, vamos corriendo y punto! —grita Kai, aún desde el piso de arriba, para la desesperación de su madre, que niega con la cabeza, consciente de que nunca conseguirá que su hijo mayor se ilusione por ir al colegio.

—Mamá, me he puesto hasta colonia. ¿Me hueles? —le pregunta entonces Connor, acercándose a ella, aunque no haría falta porque ya ha advertido el olor desde antes de que entrara en la cocina.

—¡Madre mía! ¡Qué bien hueles!

—Ya sabes, es el primer día de curso y me han dicho que Segundo Grado es muy chungo y si me meto a la Señora Meyers en el bolsillo, tengo medio curso ganado.

—Bien pensado, cariño, aunque espero que sigas sin necesitar más ayudas externas aparte de esto —dice picando con su dedo en la cabeza de su hijo—. ¿Y tú, Evan? ¿Listo para tu primer día de colegio?

—¡Listo y preparadísimo! ¡Estoy tan nervioso…! ¡Voy a tener un pupitre para mí donde poder sentarme para hacer los trabajos! ¡Y lápices de colores! ¡Y en la clase habrá una pizarra! ¿Sabes, mamá? Voy a intentar sentarme delante de todo para estar muy atento a la profesora.

—Ah, pues me parece muy bien, cariño —responde ella.

En ese momento, Kai entra en la cocina y, acercándose a Evan por la espalda, susurra en su oído:

—Entre tú y yo, eso no lo digas en voz alta cuando estés en el colegio…

—¿Por qué? —pregunta Evan.

—Porque te cogerán manía desde el primer día, y créeme, no querrás que eso ocurra.

—Kai, deja de meterle miedo a tu hermano —dice Beth cogiéndole de las manos para atraerle hacia ella—. Vamos a ver… Revisión… Kai, por favor. No te has lavado los dientes, aún tienes legañas en los ojos y no quiero ni mirarte la orejas. ¿Se puede saber qué hacías allí arriba en vez de asearte?

—Cagar.

—Oh, por favor, Kai… ¿Todo este rato?

—Y leer un cómic —asegura, sonriendo orgulloso—. ¿No dices siempre que tengo que leer más?

—Kai, ¿qué pasará si digo esas cosas y me cogen manía? —insiste Evan, con cara de susto, agarrando a su hermano de la manga.

—Que los mayores te zurrarán de lo lindo —le dice, provocando que Evan abra mucho los ojos, asustado.

—Pero vosotros no vais a dejar que eso pase, ¿no? Vosotros sois mayores… ¿Kai…? ¿Connor…? —les pregunta a los dos, que se sonríen entre ellos con malicia—. ¿Mamá…?

—Eso no va a pasar, tranquilo. Y si en algún momento algún niño te molesta, tus hermanos te defenderán. Ya me encargaré yo de que lo hagan, porque de lo contrario, se les acabó jugar al baloncesto en las pistas.

—¡Mamá! —se quejan los dos a la vez.

—Vosotros veréis… Ahora, tú —dice señalando a Kai—, arriba de nuevo a lavarte los dientes y la cara. Tienes dos minutos. Si en ese tiempo no has bajado, me encargaré de que tu profesora te cargue con tantos deberes para hacer este fin de semana, que no tendrás tiempo ni para comer.

—¿En el colegio mandan deberes para hacer en casa? —pregunta Evan ilusionado, dando pequeños saltos, mientras su madre y sus hermanos le miran con una mezcla de sorpresa e incomprensión reflejada en el rostro—. ¡Ay, qué bien!

—Mamá, confiésalo —insiste Kai antes de subir de nuevo al baño—, es adoptado, ¿verdad?

—¡Kai, el tiempo corre! ¡Baño! ¡Ya! —dice Beth señalando a su hijo.

—¿Qué pasa? ¡Me gusta el colegio! —se queja Evan, extendiendo los brazos, sin entender por qué a todo el mundo le extraña tanto que le haga ilusión aprender cosas nuevas—. Connor saca buenas notas y nadie se mete con él…

—Pero no digo cosas como «¡deberes, qué bien!» o «me voy a sentar delante del todo para estar más atento a la profe» —le contesta Connor imitando el tono de voz agudo de Evan.

En ese momento, Kai baja corriendo las escaleras y frena en seco delante de su madre, abriendo los brazos y dando una vuelta sobre sí mismo, pavoneándose.

—¡Listo! Preparaos nenas, que voy…

—Ahora sí. Guapísimo —dice Beth estrechando a Kai entre sus brazos mientras le susurra al oído—. Cuida de Evan, por favor. Ve a verle siempre que puedas…

—Si sigue siendo tan pedante, me va a dar mucha faena —le contesta en voz baja.

—Hazlo por mí, ¿vale, mi vida? —le pide dándole un beso en la mejilla antes de soltarle.

—Sabes que sí —responde Kai guiñándole un ojo—. Lo que sea por mi chica favorita.

—Y por ser el primer día, procura que no te castiguen… Intenta empezar el curso con buen pié…

—Veremos a ver…

Pocos minutos después, Beth observa desde el porche de casa a sus tres hijos en la parada del autobús. Ve como, al parase el vehículo frente a ellos, Evan se agarra de las manos de sus hermanos y que estos, lejos de incomodarse, a pesar de sus múltiples quejas y burlas, le miran sonrientes, intentando tranquilizarle. Kai incluso le agarra de los hombros y cuando se abre la puerta, se agacha a su altura y, señalando hacia el conductor, le explica algo mientras Evan asiente. Justo antes de subir, Connor, que siempre ha tenido una conexión especial con su madre, se gira hacia ella y levanta el pulgar sonriente para tranquilizarla, gesto que ella agradece lanzándole un beso y diciéndole adiós con la mano.

≈≈≈

Kai lleva un rato sentado en su pupitre, en la última fila de la clase, charlando con algunos compañeros de clase, cuando su profesora entra por la puerta.

—¡Buenos días, chicos!

—¡Buenos días, señora Clarke! —contestan todos a la vez.

En cuanto levanta la vista, sonríe afable, mirando alrededor, hasta que se fija en Kai, que está con la espalda recostada en la silla, mirando al techo mientras juega con un lápiz en la boca.

—Kai O’Sullivan.

—¡Sí, señora! —contesta él poniéndose en pie, haciendo el saludo militar mientras el resto de la clase ríe.

—Buen intento, pero quiero tenerte cerca… Cindy, haz el favor de cambiarle el sitio a Kai —le pide a una chica que hasta ahora estaba sentada en la primera fila.

—Está claro que sigue sin ser inmune a mis encantos… —comenta mientras se levanta.

Kai tira la mochila en el suelo, al lado del pupitre que ha quedado libre, mientras se deja caer en la silla.

—Mucho mejor —dice la profesora, justo antes de fijar su vista en la chica sentada a mano derecha de Kai—. Parece ser que tenemos una nueva alumna. ¿Por qué no te levantas y te presentas?

La niña le obedece al instante y se coloca a su lado, de cara al resto de alumnos. Se muerde el labio inferior, agachando la vista y juntando las manos frente a ella.

—¿Cómo te llamas? ¿De dónde eres? —la ayuda la señora Clarke, dándole unas pistas acerca de por dónde empezar.

La niña se coloca el pelo detrás de las orejas y cuando levanta de nuevo la vista, decide tranquilizarse fijando la vista en un punto, y el destino quiere que sea en Kai. Él abre los ojos de par en par y enseguida se le dibuja una enorme sonrisa en los labios.

—Me llamo Judith McBride. Antes vivía en Minnesota, pero a mi papá le han trasladado a Nueva York y…

Mientras habla, Kai se echa hacia delante y apoya la barbilla en las manos, escuchándola detenidamente. Al rato, cuando ella acaba de hablar y vuelve a sentarse, la profesora les pide que saquen sus libros. Judith lo hace, pero Kai es incapaz de quitarle los ojos de encima.

—¿Qué miras? —le dice ella de repente.

—Ah, ¿que no te has dado cuenta aún? Pues a ti —contesta él sin cortarse un pelo.

Ella gira la cabeza hacia la profesora, disimulando, atenta a las explicaciones de la señora Clarke, aunque Kai puede comprobar que se ha sonrojado un poco.

—Si quieres, a la hora del recreo, te puedo hacer de guía turístico… Ya sabes… enseñarte un poco todo esto…

—Kai, por favor… —le llama la atención la señora Clarke—. Vamos a empezar bien el curso. Dime que el verano te ha servido para darte cuenta de que quieres hacer algo de provecho en la vida…

—Puede apostar por ello, señora.

—Vale, pues demuéstramelo.

Kai asiente con la cabeza mientras la profesora sigue con la explicación. Pocos segundos después, él se inclina hacia su derecha, y sin dejar de mirar al frente, insiste en voz baja:

—¿Qué me dices? ¿Tenemos una cita?

—No.

—¿Por qué no?

—Calla y déjame escuchar —susurra Judith.

—Conocer las capas de la Tierra no te servirá de mucha ayuda en el futuro, créeme. En cambio, conocerte este colegio como la palma de tu mano, es de vital importancia para ti.

—¿Ah, sí? ¿Y eso por qué?

—La cafetería, por ejemplo. ¿No quieres saber el camino más corto para llegar desde aquí? Te advierto que los primeros se llevan lo mejor… Y si toca verdura, las coles de bruselas se quedan siempre para el final…

Ella le mira de reojo, arrugando la boca, aunque sin dar su brazo a torcer, aún atenta a las explicaciones de la profesora, que sigue paseando a un lado y a otro de la clase.

—Los baños —insiste él—. ¿Acaso no te interesa saber qué baños están más limpios? Porque para tu información, sí, hay algunos más limpios que otros o…

—Kai, segundo aviso —La señora Clarke vuelve a parar la clase para llamarle la atención—. Al tercero, te mando al despacho del director Zachary, que ya te debe de echar de menos.

—Solo estoy siendo amable con la chica nueva —se excusa él—. Ya sabe, para que no se sienta sola y sin amigos…

—Muy amable por tu parte, pero espera al recreo para estrechar lazos.

—¡Eso mismo le estaba diciendo yo! Que saliera conmigo a la hora del recreo. ¿Ves, Judith? Si no quieres hacerme caso a mí, haz caso de la voz de la experiencia.

La profesora resopla con fuerza, dándole por imposible, mientras intenta acallar las risas de los demás alumnos. Kai tiene el poder de alborotar una clase con un solo comentario, y a veces, reconducirles es una ardua tarea.

Por suerte para ella, el resto de la hora de clase acaba sin más incidentes y en cuanto suena la alarma para salir al recreo, todos los alumnos salen despavoridos.

—¡Kai! ¡¿Vienes?! —le grita un compañero.

—¡Un momento! ¡Le prometí a mi madre que le echaría un ojo a Evan! —contesta él.

Corre hacia la zona del parvulario, donde están las clases de los niños más pequeños del centro, y busca la clase de Evan. A través del cristal de una de las puertas, le ve sentado alrededor de una mesa, con un lápiz en la mano, sacando la lengua mientras se esfuerza en escribir algo en una hoja. Es el único que está sentado, ya que el resto de sus compañeros están repartidos por toda la clase, la mayoría jugando. Kai, resignado, apoya las manos en la puerta y le observa mientras niega con la cabeza. Entonces, la profesora le ve en la puerta y se acerca hasta Evan para avisarle. En cuanto levanta la vista, sonríe de oreja a oreja y levanta la hoja para enseñársela. Kai, levanta los pulgares para compartir su entusiasmo. La profesora se levanta y entonces Evan coge la hoja y se acerca hasta la puerta.

—Hola, Kai —le saluda.

—¡Eh! ¡Hola! —le responde agachándose a su altura—. ¿Cómo te va? ¿Te gusta?

Evan se muerde los labios y agacha la cabeza, mirando la hoja que lleva entre las manos. Mueve los ojos de un lado a otro, indeciso, hasta que Kai le insiste:

—¿Evan…? ¿Estás bien?

—Es que no quiero que te enfades…

Kai chasquea la lengua y le revuelve el pelo con cariño.

—No me enfado. Te lo prometo —le dice mientras Evan levanta la vista y le mira muy ilusionado.

—Me encanta, Kai. ¡Mira lo que estoy haciendo!

—¡Vaya! ¿Lo has hecho tú solo? —le pregunta con orgullo, provocando que Evan asienta sonriendo—. ¡Pues está genial! Escribes muy pero que muy bien.

—Me ha dicho la profesora que me lo puedo llevar para enseñárselo a mamá y papá. ¿Vendrá Connor a verme? ¿Le dices que venga y así se lo enseño? Pero no le digas lo que he hecho, que será una sorpresa. La profesora ha dicho que hoy no saldremos al recreo, y por eso estamos jugando aquí en clase, así que no os veré allí. Para mí mejor, porque prefiero practicar las letras. ¿Y sabes qué más? Somos la clases de las estrellas y, ¿sabes a dónde nos van a llevar? ¡Al planetario! ¿Te lo puedes creer? ¡Y vamos a hacer más excursiones!

En ese momento, Kai, que había permanecido atento a todas sus explicaciones, intentando seguir y entender todo lo que su hermano le decía, a pesar de hablar de forma atropellada debido a la emoción, empieza a reír.

—¿Qué pasa? ¿De qué te ríes?

—De nada, colega —le contesta abrazándole y cogiéndole en brazos para llevarle de nuevo dentro de clase—. Solo estoy feliz de que te guste tanto venir al cole. Estoy seguro de que harás algo grande en la vida.

—Tú también —asegura Evan antes de apretar los labios contra la mejilla de su hermano para darle un enorme beso.

—Nos vemos a la salida, ¿vale? Te vendremos a recoger para ir juntos en el autobús. Espéranos a Connor o a mí, no salgas sin nosotros.

—Prometido.

Camina hacia atrás, diciéndole adiós a Evan con la mano hasta que, al salir al pasillo y darse la vuelta, se encuentra con Judith.

—Hola —la saluda él, metiéndose las manos en los bolsillos del vaquero.

—Hola —responde ella, sonriendo y echando rápidos vistazos a la clase de Evan.

—Es mi hermano pequeño —le informa él rascándose la nuca, algo avergonzado—. Es su primer día… y mi madre me ha pedido que venga a verle y…

—Es genial… —dice ella agachando la cabeza mientras se coloca unos mechones de pelo detrás de las orejas.

—¿Sí? —contesta Kai sorprendido, hasta que, al ver la oportunidad que se le acaba de presentar, decide aprovechar la ocasión—. Sí, la verdad es que no me cuesta nada y así le veo y yo también me quedo más tranquilo.

—Qué tierno…

—Sí… Esto… ¿te has perdido?

—Eso parece.

—Eso te pasa por no aceptar mi invitación. ¿A dónde querías ir?

—Al despacho del director. Tengo que entregar unos papeles que les pidió a mis padres…

—Sígueme, conozco el camino bastante bien —dice empezando a caminar, mirándola de reojo.

—Eso me ha parecido antes…

—Bah, las malas lenguas…

Caminan uno al lado del otro, esquivando a varios alumnos que, a pesar de la prohibición expresa, corren por los pasillos. Muchos de ellos saludan a Kai porque, a pesar de ser de cuarto, muchos le respetan como si fuera del último curso.

—Es aquí —dice entonces Kai, abriendo la puerta—. ¡Buenos días, Rose! ¿Cómo ha ido el verano?

—¡Malackay O’Sullivan, no me digas que ya te han castigado! ¡Batirías tu propio récord!

—¿Por quién me tomas, Rose? Solo venía a saludarte —contesta con su mejor sonrisa, haciendo las delicias de la secretaría del director—, y a acompañar a esta señorita. Rose, ella es Jud, es su primer día en el colegio y ha tenido la suerte de que me sentara a su lado en clase. Jud, ella es Rose. Es colega, y de fiar, cualquier cosa que necesites, puedes confiar en ella…

Las dos le miran divertidas, hasta que Rose, poniendo los ojos en blanco, mira a Judith y con una sonrisa afable.

—Me llamo Judith, no Jud.

—Jud es más corto y mola más.

—Nadie me llama Jud.

—Y no dejes que nadie más lo haga, así el honor será solo mío.

—Bienvenida —interviene entonces Rose—. ¿Qué necesitas?

—Venía a traerle estos papeles al señor Zachary…

En ese momento, el director sale de su despacho.

—Rose, salgo unos minutos a…

En cuanto ve a Kai, se frena en seco, mira el reloj y, con la boca abierta, le pregunta:

—¿Ya? ¿Tan solo dos horas has tardado?

—Que no estoy castigado… Solo he venido a acompañarla. Es nueva, y no sabía donde estaba su despacho. Qué fama tengo…

—Totalmente inmerecida, ¿verdad? —dice el señor Zachary, dándole unas palmadas en la espalda—. ¿Cómo ha ido el verano? ¿Tus hermanos están bien? ¿Y tus padres?

—Todos bien, señor. De hecho, Evan ha empezado este año.

—Otro O’Sullivan… ¿Me tengo que poner a temblar?

—No, para nada. Evan es muy inteligente. Mis padres han ido perfeccionando la especie conforme tenían hijos. Yo soy la prueba piloto y lo han ido mejorando hasta llegar a Evan.

—No te infravalores, Kai. Si te esforzaras tanto para estudiar como para hacer el mal, sacarías unas notas de escándalo.

—Me va más el lado oscuro…

—Ya… —resopla y, dirigiéndose a Judith, añade—: ¿Qué tienes para mí? Ah, sí. ¿Estos son los papeles que les pedí a tus padres?

—Sí, señor —contesta ella de forma muy educada.

—Perfecto entonces. Gracias. Espero no volver a verte por aquí en todo el curso y a ti —dice mirando a Kai—, al menos esta semana.

—Cinco días seguidos… Lo intentaré.

En cuanto salen de nuevo al pasillo, Kai la mira e intentando disimular su nerviosismo, evita su mirada.

—¿Quieres que te lleve a algún sitio más? ¿Sabes llegar a tu taquilla desde aquí? Yo voy para la mía para coger el bocadillo…

—No hace falta… Creo que me puedo orientar y sé llegar desde aquí.

—Vale… Pues nos vemos luego…

—Hasta luego.

La observa mientras se aleja y sabe que, aunque intente disimularlo, va muy perdida. Camina por el pasillo, recto, y si continúa así, acabará llegando a la puerta principal. Así pues, chasqueando la lengua, corre hasta ponerse a su altura.

—¿Te han adjudicado una taquilla fuera del colegio?

—¿Cómo? —pregunta ella con la cara roja como un tomate.

—¿Qué taquilla tienes?

—La 274 —susurra mordiéndose la mejilla por dentro de la boca.

—Ven —La agarra del brazo, tomando el primer pasillo a la izquierda, caminando pocos metros hasta que, apoyándose en una de las taquillas, le dice—: Esta es.

Judith se acerca a la que le indica y le mira con suspicacia antes de intentar abrirla.

—No te preocupes. Abrir taquillas no es uno de los motivos por los que piso tanto el despacho del director…

—No sé si eres de fiar… La fama que te precede habla por sí sola… —dice ella, haciendo girar la rueda para poner la combinación numérica.

—Como quieras. La mía está allí —señala mientras camina hacia la suya.

Mientras él coge su bocadillo, no puede evitar sonreír. Judith no solo es increíblemente guapa, sino que además parece una chica lista, no una boba que solo se preocupa por su aspecto físico. Y lo mejor de todo es que no se corta nada frente a él.

—¿Vas hacia el patio?

Kai se asusta al escuchar su voz tan cerca y no puede evitar dar un pequeño salto.

—¿Te he asustado? —dice Judith sin poder contener la risa—. Pensaba que eras un tipo duro.

—No… No, no me he asustado. Es solo que… Bueno, no…. Es igual. Que sí, que voy hacia el patio.

—¿Estás nervioso o algo? —le insiste ella, mirándole de reojo.

Kai la mira y, al verla sonreír de forma burlona, sin dejar de mirarle de reojo, entorna los ojos y ríe negando con la cabeza.

—¿Nervioso yo? ¿Por una chica? —pregunta con soberbia mientras salen al exterior—. Nunca me verás nervioso por culpa de una chica…

—¿Nunca? ¡Ya, claro! —le reta, acercándose a él con las manos en la cintura.

Se quedan un rato mirándose de frente, a escasos centímetros el uno del otro. Ella no retrocede ni un centímetro, aguantándole la mirada, mermando poco a poco la resistencia de Kai, que traga saliva cuando empieza a notar que su respiración se hace cada vez más pesada.

—¡Kai! ¡¿Echas unas canastas con nosotros?!

Le llaman a lo lejos, pero ellos dos no se inmutan. Se siguen mirando, aunque Kai empieza a claudicar y a echar rápidos vistazos alrededor.

—¿Qué es esto? ¿Una especie de pelea para ver quién aguanta más? —dice, pensando que usar una estrategia diferente pueda mover la balanza a su favor—. Porque te advierto que me encantan las peleas… Y yo nunca pierdo…

—¡Kai! ¡¿Vienes o qué?! —vuelven a llamarle.

—Te esperan tus amigos —dice Judith.

—Que les jodan.

—¡Anda, tira para la pista! —le pide ella, dándole un empujón.

—¿Y dejarte aquí sola y desamparada?

—Créeme, sé cuidarme sola… Además, si me siento en peligro, gritaré para que vengas a salvarme.

—O si te entran unas ganas locas de ir a mear y no recuerdas el camino… —asegura él señalándola mientras camina de espaldas hacia la pista.

En cuanto llega, le indican con quién forma equipo y enseguida le llega el balón. Después de driblar a un par de chicos y de hacer una pared con Tony, ya cerca de la canasta, se eleva y lanza el balón, que entra de forma limpia a través del aro. En cuanto lo hace, mira hacia Judith para comprobar que le haya visto encestar. Comprueba que se ha sentado en un banco y que desde allí, sigue atenta los lances del partido. Ella le sonríe, hecho que envalentona a Kai, que enseguida vuelve a pedir el esférico e intenta acercarse a la canasta.

—¡Pásala, tío! —le recrimina un chico, pero él quiere lucirse frente a ella, quiere que le vea encestar, y si puede ser, una canasta tras otra.

—Deja de pavonearte y pásala, colega —le dice Tony, dándole un puñetazo en el hombro.

Pero Kai no les escucha. Su única obsesión ahora mismo es encestar cuantas más canastas mejor. Y cada vez que lo hace, ella sonríe, incluso aplaude, y Kai ve cada vez más cerca el momento en que le pueda dar un beso y pedirle que sean novios. Al fin y al cabo, eso es lo que hace la gente cuando se gustan, ¿no? Hacerse novios…

—¡Que la pases! —le dice entonces Troy, un chico un curso mayor que él, dándole un fuerte empujón que le hace caer al suelo de culo.

Muchos de los chicos empiezan a reír, incluso algunos que ni siquiera estaban jugando, así que lo primero que hace Kai es mirar hacia Judith, y cuando la descubre riendo también, se enfurece y, enrabietado, se pone en pie en busca del chico que le empujó.

—¡Ha caído de culo, el muy tonto! —ríe, ajeno a las intenciones de Kai hasta que este se abalanza sobre él y le da un par de puñetazos.

El chico se zafa y, aún en el suelo, empieza a retroceder mientras otros gritan para llamar la atención de los profesores encargados de vigilar la hora del recreo.

—¿Qué pasa aquí? —pregunta uno de ellos en cuanto se acerca, agarrando a Kai por la espalda.

—¡Se abalanzó sobre mí! ¡Sin motivos! —se queja el chico, limpiándose la sangre que le mana de un labio, mientras una profesora se interesa por sus heridas.

—¡Y una mierda! —grita Kai—. ¡Me empujaste y te reíste de mí! ¡Gilipollas! ¡Que eres un gilipollas!

—¡Eh, eh, eh! ¡Basta, Kai! ¡Y vigila ese lenguaje! —le advierte el profesor que le agarra.

—Pero es que… Es que… ¡Ese capullo empezó!

—¡Kai! —vuelve a reprenderle el profesor.

—¡Tú me pegaste!

—¡Vete a la mierda, Troy!

—Ya está bien, Kai. Acompáñame al despacho del director.

Kai se deja llevar, pasando entre una multitud de chicos que le observan, unos riendo aún por la caída, otros le miran con cara de miedo y algunos le aplauden y vitorean. Él está avergonzado aún, porque piensa que ha hecho un ridículo enorme, y no puede quitarse de la cabeza la imagen de Judith riéndose de él. Camina con la cabeza agachada, hasta que entran en el despacho del director.

—No puede ser… —resopla Rose.

—Siéntate ahí —le pide el profesor que le ha acompañado, señalando las sillas situadas a mano izquierda, mientras le explica a Rose el motivo de su presencia allí.

Pasan casi quince minutos cuando el director entra por la puerta. Se le queda mirando y luego, extrañado, mira a Rose y a su reloj.

—Esto ya lo he vivido… Cuando he salido antes… tú te habías ido, ¿no?

Al no contestarle Kai, el director mira a Rose, que asiente con la cabeza, resignada.

—Se ha peleado con Troy Adams de quinto, le ha pegado algunos puñetazos, y ha dicho algunas palabras malsonantes… Troy sigue en la enfermería…

El director le mira fijamente durante unos segundos observando a Kai, el cual, apoyando la cabeza en la pared, mira el techo mientras golpea las patas de la silla con los pies.

—¿Ya estás contento? Primer día de clase, primera llamada a tus padres.

Kai se encoge de hombros, haciendo ver que le trae sin cuidado que le castiguen y que llamen a sus padres. Y es así, ahora mismo, lo único que le preocupa es que Judith le haya visto hacer el ridículo.

Media hora después, su madre entra en el despacho del director y, tras sentarse en la silla de al lado de su hijo, le mira con gesto severo.

—¿Ni un día, Kai? ¿Qué intentabas? ¿Batir un récord?

El director sonríe sin despegar los labios, dándose cuenta de que todos piensan lo mismo, aunque enseguida se pone más serio y le explica a Beth lo sucedido, incluyendo el estado físico de Troy, que ha salido de la enfermería con una ceja rota y un hematoma en el pómulo.

—¿En qué estabas pensando, Kai? —le pregunta su madre—. En nada bueno, como siempre. Kai, por favor… Inténtalo al menos…

Después de soportar las charlas de su madre y del director, Kai vuelve a clase. La señorita Hubert está en mitad de la explicación de la fotosíntesis cuando él entra. Se deja caer en su pupitre y apoya los brazos encima de la mesa.

—Bienvenido, Kai —le saluda mirándole por encima de sus gafas—. ¿Y tu libro?

—En la taquilla —contesta él con desgana, sin siquiera mirarla.

—Este va a ser un curso muuuuuy largo… —resopla la señorita Hubert, quitándose las gafas y cogiéndose el puente de la nariz con los dedos—. Judith, ¿puedes acercar tu pupitre al de Kai y compartir tu libro con él?

Ella obedece al instante, sin rechistar, mientras Kai, incómodo, mira hacia el otro lado y la profesora prosigue con su explicación. Aún no está listo para mirarla a la cara, para enfrentarse a su mirada burlona por el ridículo de antes. De repente, siente unos suaves golpes en el brazo pero cuando mira a Judith, ve que está con la vista fija en la profesora. Se fija entonces en el papel que reposa encima del libro situado entre los dos.

«Juegas muy bien al baloncesto, aunque creo que te va más el boxeo»

Kai sonríe agachando la cabeza, totalmente extasiado de felicidad y aliviado al comprobar que ella parece no haberle dado mucha importancia a su caída. Entonces, ella vuelve a acercarse el papel y, con la misma letra pulcra de antes, vuelve a escribir.

«Más que como guía, prefiero contratarte como guardaespaldas. ¿Cuál es tu precio? ¿Me va a costar muy caro?»

Kai gira la cabeza y entonces sus miradas se encuentran. Él entorna los ojos, sopesando su respuesta, la cual tiene muy clara, aunque no sabe si atreverse a confesarla. Se muerde el labio inferior y finalmente, cuando ve que ella le tiende el lápiz, se decide a escribir.

«Un beso es la tarifa normal»

En cuanto gira el papel para que ella lo lea, traga saliva y la mira expectante para ver su reacción. Judith levanta una ceja y luego, sin mirarle, dobla el papel y lo guarda al final del libro. Kai, resignado, apoya la barbilla en una mano y simplemente evade su mente, dejando que los minutos pasen, sin más. Así, en cuanto suena el timbre indicando el final de la clase y la hora del comedor, sale de clase y arrastra los pies hacia allí. En cuanto entra, antes de recoger su bandeja, se acerca a la mesa de los de primer curso y saluda cariñosamente a Evan. Charla con él y con alguno de sus compañeros un rato, y luego se acerca hasta Connor, que está en la fila para recoger la comida.

—Me han dicho que has batido tu propio récord…

—Las noticias vuelan. ¿Me cuelas? —dice cogiendo su bandeja mientras Connor le deja ponerse delante de él.

—¿Estás bien?

—Por supuesto.

—¿Qué ha pasado?

—Que el gilipollas de Troy me empujó y se rió de mí.

—¿Ya está?

—¿Te parece poco?

—Le has partido la ceja…

—Es igual… Evan está bien. Se lo está pasando en grande —dice cambiando de tema mientras sostiene la bandeja ya con la comida en ella, esperando a que la recoja su hermano.

—Ya. Le fui a ver antes y estaba contentísimo porque le van a llevar al planetario.

—¡Jajaja! Lo sé. Qué raro es…

—Es adoptado —bromea Connor—. Bueno, tío. Nos vemos en el pasillo para coger el autobús.

—Vale. Hasta luego, Con.

Cuando se separan y Kai levanta la vista para buscar un sitio donde sentarse, ve a Tony haciéndole señas a los lejos, pero entonces ella se pone a su lado y le da un beso en la mejilla.

—¿Con eso vale? —le pregunta.

—Eh… Yo… Pues… —balbucea Kai, totalmente alucinado.

—Me tomaré eso como un sí —resuelve ella rápidamente—. ¿Me presentas a tus amigos?

Desde ese día y hasta que a su padre le volvieron a trasladar de oficina en el trabajo, casi dos años después, fuimos inseparables. Incluso logró que durante el tiempo que estuvo a mi lado, pisara mucho menos el despacho del director. Creo que el señor Zachary llegó a echarme mucho de menos, y Rose también, pero yo era sorprendentemente feliz portándome bien. Mis padres también estaban maravillados, tanto por mi comportamiento como por mis notas, que mejoraron mucho. Jud fue especial… Fue mi primer amor de verdad.

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Capítulo 1 – Está sonando nuestra canción

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—Y ahora es cuando vendría el lema de la campaña —Connor aprieta el botón del mando a distancia del portátil y la imagen proyectada cambia para mostrar la frase comercial del anuncio en el que llevan trabajando casi un mes—. «Tómate tu tiempo».

Hace una pausa para que los clientes asimilen la idea. Pausa que suele aprovechar para intentar evaluar su reacción. De ese modo puede ver si van por el buen camino, o si por el contrario tiene que sacarse algún as de la manga. Camina lentamente desde el fondo de la sala, dirigiéndose hacia la pantalla del proyector, mientras ve como los propietarios de una de las empresas de café más importantes del país, asienten con la cabeza en señal de aprobación. Mira a Rick, su compañero de proyectos y mejor amigo, y le guiña un ojo mientras él le sonríe alzando el pulgar discretamente. Trabajan en una de las mejores agencias de publicidad del país, la que tiene a los mejores publicistas en plantilla, y con las mejores empresas del mundo en su cartera de clientes. Aún así, siempre contienen la respiración durante ese momento de silencio entre el final de su presentación y la reacción del cliente.

—Nuestra idea es hacer dos o incluso tres finales diferentes. A mucha gente le gusta el café y para muchos significa relax, tomarse un momento para ellos mismos —dice pasando el mando a distancia a Rick para dejarle el protagonismo.
—En la última imagen podría verse a una chica o chico joven relajándose después de una larga sesión de estudio, o a un hombre o mujer disfrutando de una taza al final de un largo día de trabajo, o incluso a un abuelo o abuela estirado en el sofá con el nieto durmiendo apoyado en su brazo mientras sostiene la taza de café con la otra mano.

Mientras Rick habla, Connor observa las caras de los clientes, y sabe que les han convencido, sabe que han ganado esta cuenta. Así que sin querer, su mente pasa página y desconecta, sabiendo que su trabajo aquí ha acabado. Ellos piensan e idean la campaña, y se la intentan vender al cliente. A partir de ahí, si tienen éxito en su trabajo, es cosa de otros llevarlas a la práctica.

Aprovechando la penumbra de la sala, mete la mano en el bolsillo del pantalón y saca su teléfono. Es casi mediodía. En poco más de media hora ha quedado con Sharon para comer. Le llamó ayer para quedar y está ansioso por volverla a ver. Es publicista como él, aunque trabaja en una de las agencias rivales. Se conocieron hace poco más de un año, cuando rivalizaron por una cuenta, que acabaron ganando ellos, aunque ella se llevó algo mucho más valioso para él, su corazón. Se adueñó de él en el mismo instante en que se cruzaron por los pasillos de las oficinas del cliente donde celebraban las reuniones, y ya no se lo devolvió. Desde entonces, le costó lo suyo conseguir que accediera a salir con él. Siempre le decía que sus trabajos les ocupaban demasiado tiempo, cosa totalmente cierta, pero poco a poco se fue colando en su vida, hasta llegar a convertirse en algo parecido a una pareja.

Desbloquea el móvil y enseguida aparece su foto como fondo de pantalla. Es perfecta. Guapa, inteligente, extrovertida y ambiciosa.

—Bueno, pues yo creo que no hay mucho más que decir, ¿no? —empieza a decir uno de los hombres—. Creo que hablo también en nombre de mis hermanos cuando digo: ¿cuándo empezamos?
—Mañana mismo nuestro equipo de diseño y maquetación se pone a ello —dice Connor guardando de nuevo el teléfono en el bolsillo y volviendo a abrir las cortinas de la sala para volver a dejar entrar la luz.

Se toma unos segundos observando las vistas de la ciudad que los increíbles ventanales de sus oficinas en la Avenida Madison regalan. Nació y creció en el Bronx, donde su padre decía que se sentía como en su Irlanda natal.

—En Nueva York viven casi el doble de irlandeses que en la propia Dublin —suele decir a menudo.

Cuando empezó a trabajar y a ganar dinero suficiente, se compró un apartamento en el Soho, así que ha vivido siempre en esta ciudad. La ama y nunca podrá separarse de ella más de dos semanas, lo justo como para dejar descansar a su cabeza del incesante ruido.

Se gira con una gran sonrisa en los labios. Presiente que hoy va a ser un gran día. Cuenta nueva, cita con Sharon y partido de los Knicks por la noche en casa de su padre. Perfecto.

—Habéis hecho un gran trabajo, chicos —le dice uno de los hombres estrechando su mano en cuanto se une a ellos.
—Gracias —responde Connor de manera afable.
—Señor O’Sullivan —dice entonces la mujer dándole la mano—, un placer.
—Gracias señora Folger —contesta él inclinando levemente la cabeza mientras agarra con delicadeza su mano.
—Llámeme Grace.
—Solo cuando usted me llame Connor.
—De acuerdo, Connor —dice sonrojándose ante su caballerosidad.

Bruce Dillon, el dueño de la agencia y por lo tanto su jefe, presente en todas las reuniones pero siempre jugando un papel en la sombra, acompaña a los clientes a la salida mientras Connor les aguanta la puerta de la sala.

—Gran trabajo Sully —le dice al pasar por su lado, dándole un suave golpe el hombro con el puño cerrado—. Esta cuenta es de las grandes.

Todos en el trabajo le llaman Sully, como diminutivo de su apellido, O’Sullivan, y así es conocido también en este mundillo, publicistas rivales incluidos, Sharon entre ellos.

—Gracias Bruce.

En cuanto les ven perderse por el pasillo, cierra la puerta con un gesto teatral y se gira hacia Rick escuchando las notas ya habituales de su canción del triunfo, el estribillo de «We are the champions» de Queen. Al instante los dos empiezan con su ritual: movimientos de victoria a cámara lenta, levantando los brazos y abrazándose. Cuando se cansan de hacer el payaso, que no es hasta que acaba el estribillo de la canción que Rick tiene grabada en su teléfono, Connor se afloja la corbata y se desabrocha el botón del cuello de la camisa.

—Si llegas a tontear más con la vieja, se le desintegran las bragas.
—Joder Rick… No seas guarro. Sabes que no es eso.
—Lo sé, lo sé. Ese tonteo forma parte del juego, a veces es necesario, bla, bla, bla… Pero no me jodas, ya les teníamos en el bote. Hoy lo has hecho para lucirte aún más. Pero déjame decirte algo —dice pasando su brazo por encima de los hombros de su amigo—. Búscate a una más joven porque esa no te dura ni dos asaltos.
—Vete a cagar Ricky —dice deshaciéndome del brazo y metiendo su portátil y el resto de sus cosas en la mochila mientras Rick ríe a carcajadas—. Además, te recuerdo que tengo novia.
—¿Ah sí? ¿Y ella lo sabe? O te refieres quizá a esa chica… ¿cómo se llamaba? Sí, hombre, esa que ves sólo cuando a ella le apetece… Esa que te llama cuando el resto de planes le fallan… ¿Cómo era…? ¡Sharon! ¿Es ella tu «novia»? —dice enfatizando la última palabra entrecomillándola con los dedos.
—Estoy llorando de la risa. ¿No ves las lágrimas? —contesta acercándose a él con la mochila al hombro—. ¿No? Pues será porque no me hace ni puta gracia.
—Vale, vale… —le frena cogiéndole del brazo—. Perdóname. No te enfades Sully… ¿Comemos juntos?
—No puedo. He quedado en menos de media hora para comer con Sharon.
—¿En serio? —contesta levantando las cejas, gesto que enseguida cambia al ver que Connor empieza a mosquearse de verdad—. Genial…
—Me llamó ayer. Dice que tiene algo que decirme.
—A lo mejor te dice que sí…
—¿Que sí qué? —pregunta confundido, arrugando la frente.
—Que sí quiere salir contigo.
—Vete a la mierda Rick —le suelta Connor levantándole el dedo del medio.

Se gira, agarra el tirador de la puerta de cristal y sale por ella escuchando aún las carcajadas de su compañero de trabajo, que además dice ser su amigo. Llega a los ascensores y mientras lo espera, comprueba de nuevo la hora. Llegará tarde seguro, más teniendo en cuenta que han quedado en un restaurante a unas quince manzanas de aquí, a medio camino entre las dos agencias, y el terrible tráfico de la ciudad a todas horas. Cuando se abren las puertas, se mete dentro sin levantar la vista del teléfono, comprobando el correo electrónico que le ha llegado durante la reunión. Resopla resignado pasando el cursor por encima de ellos hasta que se le dibuja una sonrisa al ver un mail de su hermano pequeño, Evan.

«Esta noche. No te olvides. Toca aplastar a los Lakers»

«Como si hubiéramos aplastado a alguien en algún partido», piensa resignado. Perderán seguro, como casi siempre, los dos lo saben, pero les gusta disimularlo.

«No me lo perdería por nada del mundo. ¿Julie te deja salir?»

Evan tiene dos años menos que él, 35, y cuatro menos que Kai, su hermano mayor. Y a pesar de ser el pequeño, es el único de los tres que sentó la cabeza y se casó con la maravillosa, guapísima y pija, Julie. Una chica a la que no se le conoce otro oficio que el de gastarse en ropa y en salir con sus amigas el dinero que gana su hermano.

«Por supuesto. No soy tan calzonazos»

—No, qué va.

Está tan enamorado de ella y tan ciego, que es incapaz de ver que Julie lleva casi cuatro años aprovechándose de él, desde el preciso instante en que se dijeron el «sí quiero». Evan trabaja como contable en una gran empresa y lo gana bastante bien, lo suficiente como para poder vivir muy holgados… si no fuera porque gran parte de ese dinero lo dilapida su querida mujer de gustos caros.

«A otro con ese cuento hermanito. ¿Cuántos vestidos te ha costado el partido de esta noche?»

La respuesta a este mensaje no llega tan rápido como la anterior, así que da por hecho que ha acertado de lleno con su comentario. Suspira resignado y contrariado por tener un hermano tan tonto. Todos lo vieron desde el principio, y esperaron a que él mismo se diera cuenta también, pero ya llevan cuatro años de matrimonio y el tío sigue cegado por la cabellera rubia y los ojos azules de esa arpía consumista.

«A las siete en casa de papá. Ahora le envío un mensaje a Kai para recordárselo. Te dejo, que he quedado con Sharon para comer»

Le escribe dando por zanjado el tema mientras camina hacia su bici. Se pone el casco, indispensable para zambullirse en el tráfico de la ciudad y vivir para contarlo, y antes de guardar el teléfono, le envía un mensaje a Kai para recordarle sus planes, aunque está seguro de que se acuerda y no se lo perdería por nada del mundo. De hecho, ya pueden tener la semana ocupada con reuniones de trabajo, comidas o citas varias, pero el partido de los Knicks en casa de su padre, es sagrado para los tres. No se pierden ni uno, pase lo que pase. Incluso aquella vez que Kai pasó unos días en el hospital después de un duro combate en el que su rival le dejó bastante perjudicado… Llegaron a convertir la habitación del hospital en el salón de la casa de su padre.

Serpentea entre los coches y se sube a la acera en varias ocasiones cuando se encuentra algún semáforo en rojo. Llega ya tarde y no puede permitirse quedarse parado ni dos minutos. Incluso hace unos metros agarrado a un taxi. Sabe que es de locos, que es peligroso, que le pueden multar por ello, pero lo ha hecho desde pequeño y le va a ahorrar varios minutos de retraso.

Deja la bicicleta atada con un candado cerca de la puerta del restaurante, al que se dirige a paso ligero guardando el casco en la mochila. Abre la puerta y da un vistazo alrededor para comprobar que, como es habitual, aún retrasándose unos quince minutos, Sharon no ha llegado. Busca una mesa libre y en cuanto se sienta, empieza a hojear la carta. Observa su reflejo en el plástico que la recubre y empieza a peinarse el pelo con los dedos, que lleva hecho un desastre por culpa del casco. Justo cuando comprueba que está algo más presentable, la ve aparecer por la puerta, con su traje chaqueta impecable, su maletín en una mano y el teléfono en la otra, que mantiene pegado a la oreja. Mira alrededor hasta que se fija en él, llamando su atención alzando una mano y con una sonrisa de bobo dibujada en la cara. Cuando le ve, ni siquiera sonríe, simplemente asiente con la cabeza y empieza a caminar hacia allí. En cuanto llega a la mesa, Connor se levanta y le retira la silla como el buen caballero irlandés que le enseñó su padre a ser. Ella se sienta sin siquiera mirarle. Es normal, porque está enfrascada en una conversación que parece ser muy importante. De hecho, lo podría asegurar si entendiera alguna palabra de lo que dice, porque está hablando en francés. Eso es otra de las cosas que le atraen tanto de ella, nunca deja de sorprenderle… ni siquiera sabía que hablara francés.

Su conversación se alarga como unos diez minutos más. Tiempo que él aprovecha para acabar su cerveza, pedir otra, volver a repasar la carta, contar los cuadros del mantel y alisar las arrugas de su pantalón como una decena de veces.

—Hola —dice ella por fin cuando cuelga el teléfono.
—Hola.
—Siento el retraso.
—No pasa nada. Yo también he llegado tarde. Rick y yo hemos conseguido la cuenta de Folger’s Coffee…

Mientras él habla, ella no para de teclear en el teléfono, levantando la vista de vez en cuando y esbozando una sonrisa de circunstancias. A los pocos minutos, se quedo callado y la observa en silencio hasta que ella se da cuenta de ello.

—Perdona —dice dejando el móvil a un lado de la mesa—. ¿Folger’s Coffee decías? ¡Enhorabuena! Es uno de los grandes.
—Sí… Pero no hablemos de trabajo —dice acercando su silla a la de ella—. Te he echado de menos…

Coge su cara por la barbilla y le gira la cara para que le mire. La besa en los labios con delicadeza, cerrando los ojos, saboreándola sin prisa. Cuando se separa de ella, apoya la palma de la mano a un lado de su cara y acaricia su mejilla con el pulgar.

—Pues… —dice agachando la cabeza y colocando unos mechones de pelo detrás de la oreja—. En realidad, lo que quería decirte sí tiene que ver con el trabajo…
—¿Ah sí? —contesta él apoyando la cabeza en el puño, mostrando interés—. Pues cuéntamelo.
—Pues verás… De hecho, la llamada que estaba atendiendo cuando he entrado tiene mucho que ver…

Coge la botella de cerveza y le da un sorbo, haciéndole un gesto con la mano para animarla a que siga hablando.

—Me han ofrecido un puesto de trabajo en la agencia B&B…
—¿B&B? —dice entornando los ojos confuso—. Pero eso es una agencia de…
—Sí, francesa.
—Y… entonces…
—Lo he pensado mucho Sully… y he decidido aceptar la oferta… Es una gran oportunidad para mí…

Ella sigue hablando sin parar, exponiendo todos los pros de aceptar ese trabajo. Deben de ser muchos por el rato que lleva hablando, aunque él ahora mismo es incapaz de ver ninguno. Solo es capaz de ver una contra, y muy grande: que vivirá a más de 5.500 kilómetros de distancia de Nueva York.

El resto de la comida lo pasa muy callado y aunque quiere contagiarse de su entusiasmo, le resulta imposible hacerlo. Y por más que intenta ver que es una gran oportunidad para ella, solo es capaz de repetir la misma frase una y otra vez, hasta que no puede retenerla por más tiempo en su cabeza.

—¡Qué puede tener de bueno que te vayas a más de 5.000 kilómetros de mí! —dice alzando la voz, llamando la atención de los comensales de las mesas más cercanas a ellos.
—Sully, es una gran oportunidad para mí —contesta ella bajando la voz y mirando alrededor avergonzada.
—¡Pero estarás a 5.000 kilómetros de mí!
—Sully, baja la voz…
—¡Y una mierda! ¡Joder Sharon! ¡No te vayas!
—No puedes pedirme eso…
—Pues te lo pido. No te vayas.
—Además, me voy mañana mismo.
—¿Mañana? Pero… —agacha la cabeza y mira de un lado a otro—. ¿Desde cuando lo sabes?
—Ha ido todo muy rápido… Me lo ofrecieron hace poco más de un mes…
—¡¿Un mes?! ¡¿Y me lo dices ahora?!
—Sully por favor…
—Sharon, yo te quiero —dice cogiéndole la mano una y otra vez desesperado, mientras ella se zafa incómoda—. Quiero estar contigo. Quédate. ¡Cásate conmigo!
—¡¿Qué?! ¡¿Estás loco o qué?! —dice poniéndose en pie.

Da varias vueltas sobre sí misma, totalmente desorientada por la confusión, hasta que finalmente empieza a caminar hacia la salida. Él tarda unos segundos en reaccionar, pero entonces ve su maletín en el suelo, al lado de su silla. Lo agarra, saca varios billetes de la cartera, los tira encima de la mesa para pagar la cuenta y empieza a correr para atraparla. Ya en el exterior, mira a un lado y a otro hasta que la ve parando un taxi.

—¡Sharon, espera!
—¡No Sully, déjame! —dice mirándole nerviosa.
—Te dejas el maletín…

Se acerca hasta él y se lo quita de las manos sin muchos miramientos. Cuando se vuelve a girar para subirse al taxi que se ha parado al lado de la acera, él la agarra del brazo.

—Sharon, espera —dice en un tono más tranquilo.
—¿Qué? —se gira cruzando los brazos.
—No me dejes…
—Es una oportunidad que no puedo rechazar —se vuelve a girar pero Connor se pone frente a ella, interponiendo su cuerpo entre ella y el taxi.
—Pero yo… yo… yo te quiero Sharon.
—Pues yo no. Al menos, no lo suficiente como para rechazar este trabajo por ti.

Esas son las palabras que le rompen el corazón y le dejan incapacitado para actuar. No puede hablar ni moverse, incluso le cuesta respirar. Ve como se sube al taxi y como este se pierde calle arriba. Aprieta los labios y arruga la frente contrariado a la par que empieza a notar cierto escozor en los ojos.

—¡Señor! ¡Señor! —un camarero del restaurante aparece frente a él con su mochila en las manos—. Creo que esto es suyo.
—Sí… —contesta desviando la cabeza para frotarse los ojos—. Gracias.

Se tira largo rato plantado en esa acera, perdiendo la noción del tiempo, intentando averiguar qué ha pasado, aún confundido por cómo se han sucedido los acontecimientos y con la velocidad que lo han hecho. Hace unas horas tenía ante él el mejor día de su vida y ahora se había convertido en una pesadilla.

Tampoco es consciente de cómo acaba sentado en un taburete del Sláinte, un pub irlandés cercano a casa de su padre, que suele frecuentar a menudo. Se bebe tres pintas de Guinness sin conversar con nadie, con la vista fija en la jarra y en la espuma del interior. Ha pasado tanto rato pensando en lo que quizá hubiera podido hacer para evitar su decisión o buscando motivos ocultos aparte de la oferta de trabajo, y ha acabado tan agotado por ello, que su mente se ha quedado en blanco. Es como si le hubieran extirpado el cerebro.

—Ian, ponme otra.
—Connor, vete a casa.
—Calla y ponme otra. ¿Acaso no te las estoy pagando?
—Prefiero que salgas por esa puerta por tu propio pie, a ganar unos dólares de más.

Chasquea la lengua contrariado mientras escucha a lo lejos la canción que suena por los altavoces del equipo de música. Es una de esas canciones tristes que hablan del desamor, perfecta para la ocasión, como si alguien se la hubiera dedicado por la radio. Solo cuando el teléfono le vibra insistentemente en el bolsillo, sale de su letargo y contesta sin molestarse en mirar quién es.

—¿Diga?
—¿Dónde estás? —le pregunta la voz de su hermano Evan.
—En Sláinte.
—Está en el pub —escucha que le dice a alguien—. ¿Y qué haces ahí?
—Beber.

Escucha varios ruidos, como si se estuvieran peleando por el teléfono, cuando de repente se oye la voz grave de su hermano mayor.

—Capullo, soy Kai. Mueve tu puto culo hasta casa de papá. El partido empieza en diez minutos.

Mira el reloj sorprendido por lo rápido que ha pasado el tiempo. Cuatro horas de su vida, desde ese «yo no te quiero» hasta esta llamada, de las cuales no puede recordar prácticamente nada.

—Voy, voy —dice antes de colgar rápidamente.

Se levanta del taburete, se cuelga la mochila al hombro y arrastra los pies hasta casa de su padre. La casa donde sus hermanos y él crecieron, la casa donde su madre les cuidó a todos hasta que murió de cáncer hace ya casi veinte años, cuando eran solo unos adolescentes. Llega caminando, agarrando la bici a su lado, ya que después de varias pintas no cree estar en condiciones de pedalear.

—¡Hola Connor! —le saluda el señor Murphy, su vecino de toda la vida—. Partidazo, ¿eh?
—Sí… —esboza una sonrisa muy forzada pero que a él le parece servir porque se mete en casa.

Deja la bici en el porche, abre la puerta de la casa y suelta la mochila en el suelo. Se encuentra con sus dos hermanos sentados en el sofá y su padre en su butaca, de cara al televisor, donde el partido está a punto de empezar ya.

—¿Estás bien? —le pregunta Evan girando la cabeza hacia él.
—Sí…
—¡Pilla! —dice Kai lanzándole una cerveza sin mirarle.

La coge al vuelo y la deja reposar un poco antes de abrirla. Se acerca a su padre y le da un beso en la mejilla. Le mira con cara afable, haciendo brillar sus infinitos ojos azules, que tanto él como sus hermanos han heredado. De los tres, el que más se parece a su padre es Kai. Evan en cambio es más parecido a su madre y él… bueno, digamos que es una mezcla de ambos.

—¿Cómo va todo hijo? —le pregunta mientras Connor se sienta en el brazo de la butaca.
—Bien.
—Pues no tienes cara de estar bien —vuelve a decir.
—Sí tío. Tienes una pinta horrible —suelta Evan dejando de mirar el televisor y prestándole atención unos segundos—. ¿No habías quedado con Sharon? ¿Ha pasado algo?
—¿Con Sharon? —interviene Kai—. ¿Te ha dado audiencia para verla?
—Vete a la mierda Kai.
—Chicos…
—Lo siento papá, pero estoy harto de esos comentarios.
—Ni que fueran mentira…
—¡Kai! ¡Basta! —vuelve a intervenir su padre.
—En serio Connor —insiste Evan—. ¿Todo bien con Sharon?

Resopla resignado y totalmente agotado.

—Es igual. Vamos a ver el partido, que ya empieza.
—A la mierda el partido. Si vamos a perder de todos modos.
—Dí que sí Evan. Con hinchas como tú, llenamos el Madison Square Garden seguro —suelta Kai.
—Ni caso al cabronazo este —replica Evan—. Cuéntanos.
—Sharon se va a Paris —dice finalmente pasados unos segundos.
—¿A Texas?
—No Evan, la Paris de Francia, no la Paris de Texas.

Los tres se le quedan mirando fijamente, dejando el partido totalmente olvidado. Connor les mira uno a uno, hasta que al final se centra en la botella que tiene en las manos.

—Y tú… quiero decir… ¿cómo estás? —le pregunta su padre.
—Pues jodido papá, jodido. Pensaba que lo nuestro iba en serio, que yo le importaba más…
—Connor, siento ser yo el que te diga esto, pero eres el único que lo pensaba —interviene de nuevo Kai—. Todos pensamos que vuestra relación solo te la creías tú…

Chasquea la lengua contrariado mientras mueve la cabeza desviando la vista. Se levanta y camina de un lado a otro por delante del televisor, incapaz de mantenerse sentado durante más tiempo.

—¿Todos pensabais eso? —pregunta mirando a Evan y a su padre—. ¿Papá? ¿Tú también?
—Connor… —su padre se lo piensa unos segundos, hasta que al final añade—: Esa chica no tenía tiempo para ti…
—Eso no es verdad… ¿Evan?
—Lo siento Connor, pero pienso como ellos. El único enamorado eras tú. Ella solo te quería para entretenerla en sus ratos libres. La lista de prioridades de esta chica son su trabajo —empieza a enumerar ayudándose de sus manos, como si descendieran una escalera—, su trabajo, su trabajo, su trabajo, y luego ya, si le queda algo de tiempo, tú.

Mira a Evan contrariado y muy cabreado por sus palabras. Aprieta la botella en su mano con fuerza, como si quisiera romperla en pedazos.

—¡Mira el que fue a dar lecciones! ¿Sabes por lo único que te quiere tu mujer? ¡Por tu dinero! Y tú… —le grita a Kai apuntándole con el dedo—. Tú… ¡ni siquiera tienes novia!
—Ni la quiero —empieza a contestar Kai—. Follo siempre que quiero. Y aquí el pequeño folla siempre que le compra algún trapo caro a la pija de su mujer. Tú en cambio, para follar tienes que pedir cita con tres meses de antelación.
—Serás… —dice abalanzándose sobre él sin medir las consecuencias.

Enseguida Evan reacciona intentando separarles. Su padre también se levanta y agarra a Connor por los hombros. Kai mientras, ríe a carcajadas sin intentar siquiera protegerse de sus débiles golpes. La verdad es que en condiciones normales, sería imposible que le ganara en una pelea a Kai y no solo porque sea boxeador semi-profesional sino porque es bastante más fuerte que él. Si a eso le sumamos su estado de casi embriaguez, la cosa se complica de forma exponencial.

Finalmente consiguen sentarle en el sofá y le retienen hasta que su respiración vuelve a ser más o menos acompasada. Los tres le miran con cara de preocupación, hasta que al final la rabia da paso a la tristeza y sin poderlo remediar, hace algo que sabe que se arrepentirá toda la vida de hacer: llorar delante de sus hermanos.

—Eh… —dice su padre sentándose a su lado, atrayendo su cabeza hacia su hombro— Tranquilo… No pasa nada…
—Es que no lo entiendo —empieza a sollozar—. Pensaba que me quería…
—Y seguro que te quiere, pero tus prioridades y las suyas son diferentes…

Su padre insta a sus hermanos a echarle un cable, pero lo único que ellos son capaces de hacer es mirarle como si de repente le hubieran salidos escamas verdes por todo el cuerpo.

—Se va mañana…
—¿Mañana ya? —dice Evan—. ¿Desde cuando lo sabía la muy guarra?
—Ha sido todo muy rápido… Desde hace un mes…
—¡Rápido los cojones! ¡Ha tenido 31 días para decírtelo! ¡Será puta!
—¡Kai! ¡Modera tu lenguaje! —le reprende mi padre.
—A la desesperada, le pedí incluso que se casara conmigo —cuando lo suelta, cierra los ojos imaginando la reacción general.
—¡¿Qué?! —grita Kai—. ¡¿Estás pirado o qué?!
—¿Y ella qué dijo? —pregunta Evan.
—Lo mismo que Kai.
—Luego la perseguí hasta el exterior del restaurante y le dije que la quería y me dijo que ella no, y se metió en un taxi huyendo de mí lo más rápido que pudo.
—¿Y te extraña? Joder Connor. Me imagino tu cara de loco persiguiéndola como si en lugar de ser su novio fueras un acosador…

Tras decir eso, Kai se agacha delante de él y apoya las manos en sus rodillas. Le mira como si fuera un bicho raro, pero en el fondo está haciendo un esfuerzo por entenderle.

—¿Sabes lo que necesitas? —Connor levanta la vista hacia su cara y niega con la cabeza. Es un capullo integral, pero es su hermano mayor y, aunque a veces se comporte como un idiota, sabe que le quiere y que todo lo que le dice es por su bien, y por eso confía en él—. Desahogarte.
—¿Qué quieres decir? —pregunta Evan.
—En cuando acabe el partido, nos vamos a ir de fiesta los tres. Vamos a ir a un local nuevo que conozco donde hay unas tías que quitan el sentido.
—Kai, no me apetece nada salir… —se queja Connor.
—Pero lo necesitas. No te estoy diciendo que te tires a ninguna tía, cosa que tampoco te vendría nada mal. Pero necesitas olvidarte de Sharon.
—Pero yo no quiero olvidarme de ella…
—Connor —dice Evan posando la mano en su cabeza—. Kai tiene razón. ¿Cuántas pistas más necesitas? Te dijo que no te quería, tomó la decisión sin contar contigo, hace más de un mes que lo sabe…

Gira la cabeza hacia su padre, que se ha mantenido al margen durante casi toda la conversación, pidiéndole su intervención. Donovan sabe de la importancia de sus palabras para su hijo, por eso se lo piensa mucho antes de abrir la boca.

—Creo que tienes todo el derecho del mundo a estar triste o cabreado, a guardar una especie de luto incluso, pero también creo que tus hermanos tienen razón. Esa chica ha demostrado no merecerse que estés decaído y aunque cueste, deberías intentar pasar página lo más rápido posible. Si la manera de conseguirlo es saliendo de marcha con Evan y Kai, adelante con ello —él también le revuelve el pelo de forma cariñosa y, mucho más confiado, prosigue con su discurso—. Hijo, tú vales mucho, los tres lo valéis, y está claro que esa chica no te merece. Busca a la indicada. Cuando la encuentres, lo sabrás.

El resto de la noche se deja llevar como un pelele. En casa de su padre se bebe todas las cervezas que le ponen en la mano. Luego le meten en un taxi y van a la discoteca que decía Kai. Le sientan en un taburete de la barra y ponen en su mano varios vasos de chupito con líquidos de diferentes colores llamativos. Luego Kai conoce a un grupo de chicas y enseguida se ve arrastrado a la pista de baile. Connor odia bailar y además se le da fatal, pero tampoco es consciente de sus propios movimientos, así que simplemente deja que esas chicas se froten contra su cuerpo. Pasadas unas horas, le vuelven a sentar al lado de la barra y vuelven a depositar en su mano más brebajes de colores.

—Evan —dice tirando de la manga de la camisa de su hermano pequeño—. No me encuentro muy bien. Quiero irme a casa.
—Vale —le contesta él, que aunque va bastante achispado, no llega a su nivel de embriaguez—. Espera que voy a buscar a Kai.

Varios minutos después, los dos aparecen a su lado de nuevo. Evan tiene cara de cansado porque con seguridad es el que lleva más horas levantado, trabajando todas las horas necesarias para darle todos los caprichos a Julie. Kai en cambio, vuelve con su cara de recién follado, una cara distinguible a kilómetros, incluso estando totalmente bebido.

—Me ha dicho Evan que quieres irte ya.
—Sí —asiente a la vez con la cabeza mientras todo da vueltas a su alrededor—. Siento haberte jodido el plan.
—¿Bromeas? Me he tirado a dos en el baño… ¡a la vez! —pasa el brazo de su hermano por encima de sus hombros y le agarra por la cintura, ayudándole a caminar—. Vámonos de aquí.

En cuanto salen al exterior, agradece la suave brisa que acaricia su cara. Aún así, todo sigue girando a su alrededor y siente esa sensación en el estómago típica de cuando vas a vomitar.

—Evan, para a un taxi. Vamos a llevar a Connor a su casa.
—Espera. Estoy avisando a Julie de que salgo para allá.
—Joder —contesta Kai dejando a Connor sentado en un banco—. Pelele… Ya lo hago yo.

Connor resbala por el respaldo del banco y cae inevitablemente al suelo, sin fuerzas para impedirlo. Se da un golpe en la cara contra la acera y se queda allí tirado boca abajo, hasta que Kai consigue parar un taxi y Evan deja de escribir el mensaje a su mujer.

—Vamos colega, que ya tenemos taxi.

Siente como le meten dentro sin muchos miramientos y cómo apoyan su cabeza contra la ventanilla de la puerta izquierda, mientras Evan se sienta a su lado y Kai delante, junto al taxista.

—¡Eh! ¡Esperad, esperad! No podéis entrar en este taxi…
—¡Vaya! —dice Kai—. ¡Hola!
—Fuera de mi taxi.
—¿Por?
—Porque vuestro amigo va muy borracho y acabará vomitando aquí dentro.
—Perdona, ¿tienes un cartel reservando el derecho de admisión? —le replica Kai, al que cuando bebe se le suelta la lengua—. Si bebes no conduzcas, ¿recuerdas el lema? Pues eso, hemos bebido, no conducimos. Tú no has bebido, o al menos eso espero, así que tú conduces.

Ella gira la cabeza fulminándole con la mirada, pero parece que finalmente claudica.

—¿No te puedes sentar detrás con tus amiguitos y dejarme tranquila, o voy a tener que disfrutar de tu compañía todo el trayecto?
—Es que aquí estoy más cómodo y ahora que sé que tú conduces y vas a estar a mi lado todo el trayecto, de aquí no me mueve ni Dios.
—Qué suerte la mía… Poneos los cinturones.
—Yo por ti me ato lo que haga falta. Y si llevas unas esposas, me las pongo también.
—Uy, qué gracioso por favor. No te pienses que no me ha hecho gracia, es que soy muy tímida y estoy llorando por dentro… —contesta ella en tono de burla—. Pero tú dame motivos y verás tu sueño realizado y acabarás la noche esposado.
—Qué carácter… Me gusta…
—¿Y a tu amigo qué le pasa? ¿Es sordo? ¡Eh! ¡Tú! —grita dirigiéndose a Connor que, aunque la oye, es incapaz de mover más que las pupilas de los ojos—. Ponte el cinturón.
—No insistas. Ya no está entre nosotros. Siente, pero no padece. Te escucha, pero no va a moverse. Dale un poco de tregua… —dice Kai bajando un poco el tono de voz—. Le ha dejado la novia y está de bajón.
—Ooooh… Qué pena… ¡Que te pongas el cinturón! —grita ella como una loca girando un poco la cabeza mientras inicia la marcha.

Kai y Evan se echan a reír ante el histerismo de la pobre taxista. Connor intenta abrir los ojos para fijarse mejor en ella. De ese modo, puede que consiga recordarla y así tener la oportunidad de pedirle disculpas si la vuelve a ver. Reúne todas sus fuerzas y consigue abrir los ojos justo en el momento en que se escucha un tremendo frenazo. Su cuerpo se abalanza hacia delante y su cabeza choca con fuerza contra el cristal protector que separa los asientos posteriores de los delanteros.

—¡Eh! ¡¿Estás loca o qué?! —grita Kai.
—Connor… —dice Evan volviéndole a incorporar y esta vez, poniéndole el cinturón—. ¡Tía loca! ¡Le has hecho una brecha en la nariz a mi hermano!
—Hace unos minutos estabas demasiado ocupado con el teléfono como para prestarle atención y ponerle el cinturón, así que técnicamente, la culpa es tuya.

El movimiento brusco no ha hecho más que empeorar el mareo en su estómago, así que pocos segundos después, siente las náuseas y vomita inclinándose hacia delante.

—Se acabó. Aquí acaba vuestro trayecto. Buscaros a otro pardillo dispuesto a ganar diez pavos y a gastarse luego veinte en limpiar su taxi.
—¡Pero no nos puedes dejar aquí! – grita Evan.
—Déjala. Desde aquí llegamos rápidamente a mi coche. Ya os llevo yo.
—¿Tú? ¿En tu estado?
—Como quieras. Me llevo a Connor a su casa. Tú vete caminando si lo prefieres.

Evan chasquea la lengua y parece claudicar mientras Kai abre la puerta del taxi para recoger a su hermano.

—Oh joder tío —dice poniendo una mueca con la boca—. Qué asco por favor.
—¿Y esto quien me lo paga a mí?
—Evan, dale veinte pavos, haz el favor.
—Lo siento… —balbucea Connor intentando mirar a la chica mientras le abandonan las fuerzas y está a punto de perder el conocimiento—. Lo siento…

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Canción:
«If you don’t wanna love me» – James Morrison

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