Primer Capítulo

Capítulo 1 – Está sonando nuestra canción

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—Y ahora es cuando vendría el lema de la campaña —Connor aprieta el botón del mando a distancia del portátil y la imagen proyectada cambia para mostrar la frase comercial del anuncio en el que llevan trabajando casi un mes—. «Tómate tu tiempo».

Hace una pausa para que los clientes asimilen la idea. Pausa que suele aprovechar para intentar evaluar su reacción. De ese modo puede ver si van por el buen camino, o si por el contrario tiene que sacarse algún as de la manga. Camina lentamente desde el fondo de la sala, dirigiéndose hacia la pantalla del proyector, mientras ve como los propietarios de una de las empresas de café más importantes del país, asienten con la cabeza en señal de aprobación. Mira a Rick, su compañero de proyectos y mejor amigo, y le guiña un ojo mientras él le sonríe alzando el pulgar discretamente. Trabajan en una de las mejores agencias de publicidad del país, la que tiene a los mejores publicistas en plantilla, y con las mejores empresas del mundo en su cartera de clientes. Aún así, siempre contienen la respiración durante ese momento de silencio entre el final de su presentación y la reacción del cliente.

—Nuestra idea es hacer dos o incluso tres finales diferentes. A mucha gente le gusta el café y para muchos significa relax, tomarse un momento para ellos mismos —dice pasando el mando a distancia a Rick para dejarle el protagonismo.
—En la última imagen podría verse a una chica o chico joven relajándose después de una larga sesión de estudio, o a un hombre o mujer disfrutando de una taza al final de un largo día de trabajo, o incluso a un abuelo o abuela estirado en el sofá con el nieto durmiendo apoyado en su brazo mientras sostiene la taza de café con la otra mano.

Mientras Rick habla, Connor observa las caras de los clientes, y sabe que les han convencido, sabe que han ganado esta cuenta. Así que sin querer, su mente pasa página y desconecta, sabiendo que su trabajo aquí ha acabado. Ellos piensan e idean la campaña, y se la intentan vender al cliente. A partir de ahí, si tienen éxito en su trabajo, es cosa de otros llevarlas a la práctica.

Aprovechando la penumbra de la sala, mete la mano en el bolsillo del pantalón y saca su teléfono. Es casi mediodía. En poco más de media hora ha quedado con Sharon para comer. Le llamó ayer para quedar y está ansioso por volverla a ver. Es publicista como él, aunque trabaja en una de las agencias rivales. Se conocieron hace poco más de un año, cuando rivalizaron por una cuenta, que acabaron ganando ellos, aunque ella se llevó algo mucho más valioso para él, su corazón. Se adueñó de él en el mismo instante en que se cruzaron por los pasillos de las oficinas del cliente donde celebraban las reuniones, y ya no se lo devolvió. Desde entonces, le costó lo suyo conseguir que accediera a salir con él. Siempre le decía que sus trabajos les ocupaban demasiado tiempo, cosa totalmente cierta, pero poco a poco se fue colando en su vida, hasta llegar a convertirse en algo parecido a una pareja.

Desbloquea el móvil y enseguida aparece su foto como fondo de pantalla. Es perfecta. Guapa, inteligente, extrovertida y ambiciosa.

—Bueno, pues yo creo que no hay mucho más que decir, ¿no? —empieza a decir uno de los hombres—. Creo que hablo también en nombre de mis hermanos cuando digo: ¿cuándo empezamos?
—Mañana mismo nuestro equipo de diseño y maquetación se pone a ello —dice Connor guardando de nuevo el teléfono en el bolsillo y volviendo a abrir las cortinas de la sala para volver a dejar entrar la luz.

Se toma unos segundos observando las vistas de la ciudad que los increíbles ventanales de sus oficinas en la Avenida Madison regalan. Nació y creció en el Bronx, donde su padre decía que se sentía como en su Irlanda natal.

—En Nueva York viven casi el doble de irlandeses que en la propia Dublin —suele decir a menudo.

Cuando empezó a trabajar y a ganar dinero suficiente, se compró un apartamento en el Soho, así que ha vivido siempre en esta ciudad. La ama y nunca podrá separarse de ella más de dos semanas, lo justo como para dejar descansar a su cabeza del incesante ruido.

Se gira con una gran sonrisa en los labios. Presiente que hoy va a ser un gran día. Cuenta nueva, cita con Sharon y partido de los Knicks por la noche en casa de su padre. Perfecto.

—Habéis hecho un gran trabajo, chicos —le dice uno de los hombres estrechando su mano en cuanto se une a ellos.
—Gracias —responde Connor de manera afable.
—Señor O’Sullivan —dice entonces la mujer dándole la mano—, un placer.
—Gracias señora Folger —contesta él inclinando levemente la cabeza mientras agarra con delicadeza su mano.
—Llámeme Grace.
—Solo cuando usted me llame Connor.
—De acuerdo, Connor —dice sonrojándose ante su caballerosidad.

Bruce Dillon, el dueño de la agencia y por lo tanto su jefe, presente en todas las reuniones pero siempre jugando un papel en la sombra, acompaña a los clientes a la salida mientras Connor les aguanta la puerta de la sala.

—Gran trabajo Sully —le dice al pasar por su lado, dándole un suave golpe el hombro con el puño cerrado—. Esta cuenta es de las grandes.

Todos en el trabajo le llaman Sully, como diminutivo de su apellido, O’Sullivan, y así es conocido también en este mundillo, publicistas rivales incluidos, Sharon entre ellos.

—Gracias Bruce.

En cuanto les ven perderse por el pasillo, cierra la puerta con un gesto teatral y se gira hacia Rick escuchando las notas ya habituales de su canción del triunfo, el estribillo de «We are the champions» de Queen. Al instante los dos empiezan con su ritual: movimientos de victoria a cámara lenta, levantando los brazos y abrazándose. Cuando se cansan de hacer el payaso, que no es hasta que acaba el estribillo de la canción que Rick tiene grabada en su teléfono, Connor se afloja la corbata y se desabrocha el botón del cuello de la camisa.

—Si llegas a tontear más con la vieja, se le desintegran las bragas.
—Joder Rick… No seas guarro. Sabes que no es eso.
—Lo sé, lo sé. Ese tonteo forma parte del juego, a veces es necesario, bla, bla, bla… Pero no me jodas, ya les teníamos en el bote. Hoy lo has hecho para lucirte aún más. Pero déjame decirte algo —dice pasando su brazo por encima de los hombros de su amigo—. Búscate a una más joven porque esa no te dura ni dos asaltos.
—Vete a cagar Ricky —dice deshaciéndome del brazo y metiendo su portátil y el resto de sus cosas en la mochila mientras Rick ríe a carcajadas—. Además, te recuerdo que tengo novia.
—¿Ah sí? ¿Y ella lo sabe? O te refieres quizá a esa chica… ¿cómo se llamaba? Sí, hombre, esa que ves sólo cuando a ella le apetece… Esa que te llama cuando el resto de planes le fallan… ¿Cómo era…? ¡Sharon! ¿Es ella tu «novia»? —dice enfatizando la última palabra entrecomillándola con los dedos.
—Estoy llorando de la risa. ¿No ves las lágrimas? —contesta acercándose a él con la mochila al hombro—. ¿No? Pues será porque no me hace ni puta gracia.
—Vale, vale… —le frena cogiéndole del brazo—. Perdóname. No te enfades Sully… ¿Comemos juntos?
—No puedo. He quedado en menos de media hora para comer con Sharon.
—¿En serio? —contesta levantando las cejas, gesto que enseguida cambia al ver que Connor empieza a mosquearse de verdad—. Genial…
—Me llamó ayer. Dice que tiene algo que decirme.
—A lo mejor te dice que sí…
—¿Que sí qué? —pregunta confundido, arrugando la frente.
—Que sí quiere salir contigo.
—Vete a la mierda Rick —le suelta Connor levantándole el dedo del medio.

Se gira, agarra el tirador de la puerta de cristal y sale por ella escuchando aún las carcajadas de su compañero de trabajo, que además dice ser su amigo. Llega a los ascensores y mientras lo espera, comprueba de nuevo la hora. Llegará tarde seguro, más teniendo en cuenta que han quedado en un restaurante a unas quince manzanas de aquí, a medio camino entre las dos agencias, y el terrible tráfico de la ciudad a todas horas. Cuando se abren las puertas, se mete dentro sin levantar la vista del teléfono, comprobando el correo electrónico que le ha llegado durante la reunión. Resopla resignado pasando el cursor por encima de ellos hasta que se le dibuja una sonrisa al ver un mail de su hermano pequeño, Evan.

«Esta noche. No te olvides. Toca aplastar a los Lakers»

«Como si hubiéramos aplastado a alguien en algún partido», piensa resignado. Perderán seguro, como casi siempre, los dos lo saben, pero les gusta disimularlo.

«No me lo perdería por nada del mundo. ¿Julie te deja salir?»

Evan tiene dos años menos que él, 35, y cuatro menos que Kai, su hermano mayor. Y a pesar de ser el pequeño, es el único de los tres que sentó la cabeza y se casó con la maravillosa, guapísima y pija, Julie. Una chica a la que no se le conoce otro oficio que el de gastarse en ropa y en salir con sus amigas el dinero que gana su hermano.

«Por supuesto. No soy tan calzonazos»

—No, qué va.

Está tan enamorado de ella y tan ciego, que es incapaz de ver que Julie lleva casi cuatro años aprovechándose de él, desde el preciso instante en que se dijeron el «sí quiero». Evan trabaja como contable en una gran empresa y lo gana bastante bien, lo suficiente como para poder vivir muy holgados… si no fuera porque gran parte de ese dinero lo dilapida su querida mujer de gustos caros.

«A otro con ese cuento hermanito. ¿Cuántos vestidos te ha costado el partido de esta noche?»

La respuesta a este mensaje no llega tan rápido como la anterior, así que da por hecho que ha acertado de lleno con su comentario. Suspira resignado y contrariado por tener un hermano tan tonto. Todos lo vieron desde el principio, y esperaron a que él mismo se diera cuenta también, pero ya llevan cuatro años de matrimonio y el tío sigue cegado por la cabellera rubia y los ojos azules de esa arpía consumista.

«A las siete en casa de papá. Ahora le envío un mensaje a Kai para recordárselo. Te dejo, que he quedado con Sharon para comer»

Le escribe dando por zanjado el tema mientras camina hacia su bici. Se pone el casco, indispensable para zambullirse en el tráfico de la ciudad y vivir para contarlo, y antes de guardar el teléfono, le envía un mensaje a Kai para recordarle sus planes, aunque está seguro de que se acuerda y no se lo perdería por nada del mundo. De hecho, ya pueden tener la semana ocupada con reuniones de trabajo, comidas o citas varias, pero el partido de los Knicks en casa de su padre, es sagrado para los tres. No se pierden ni uno, pase lo que pase. Incluso aquella vez que Kai pasó unos días en el hospital después de un duro combate en el que su rival le dejó bastante perjudicado… Llegaron a convertir la habitación del hospital en el salón de la casa de su padre.

Serpentea entre los coches y se sube a la acera en varias ocasiones cuando se encuentra algún semáforo en rojo. Llega ya tarde y no puede permitirse quedarse parado ni dos minutos. Incluso hace unos metros agarrado a un taxi. Sabe que es de locos, que es peligroso, que le pueden multar por ello, pero lo ha hecho desde pequeño y le va a ahorrar varios minutos de retraso.

Deja la bicicleta atada con un candado cerca de la puerta del restaurante, al que se dirige a paso ligero guardando el casco en la mochila. Abre la puerta y da un vistazo alrededor para comprobar que, como es habitual, aún retrasándose unos quince minutos, Sharon no ha llegado. Busca una mesa libre y en cuanto se sienta, empieza a hojear la carta. Observa su reflejo en el plástico que la recubre y empieza a peinarse el pelo con los dedos, que lleva hecho un desastre por culpa del casco. Justo cuando comprueba que está algo más presentable, la ve aparecer por la puerta, con su traje chaqueta impecable, su maletín en una mano y el teléfono en la otra, que mantiene pegado a la oreja. Mira alrededor hasta que se fija en él, llamando su atención alzando una mano y con una sonrisa de bobo dibujada en la cara. Cuando le ve, ni siquiera sonríe, simplemente asiente con la cabeza y empieza a caminar hacia allí. En cuanto llega a la mesa, Connor se levanta y le retira la silla como el buen caballero irlandés que le enseñó su padre a ser. Ella se sienta sin siquiera mirarle. Es normal, porque está enfrascada en una conversación que parece ser muy importante. De hecho, lo podría asegurar si entendiera alguna palabra de lo que dice, porque está hablando en francés. Eso es otra de las cosas que le atraen tanto de ella, nunca deja de sorprenderle… ni siquiera sabía que hablara francés.

Su conversación se alarga como unos diez minutos más. Tiempo que él aprovecha para acabar su cerveza, pedir otra, volver a repasar la carta, contar los cuadros del mantel y alisar las arrugas de su pantalón como una decena de veces.

—Hola —dice ella por fin cuando cuelga el teléfono.
—Hola.
—Siento el retraso.
—No pasa nada. Yo también he llegado tarde. Rick y yo hemos conseguido la cuenta de Folger’s Coffee…

Mientras él habla, ella no para de teclear en el teléfono, levantando la vista de vez en cuando y esbozando una sonrisa de circunstancias. A los pocos minutos, se quedo callado y la observa en silencio hasta que ella se da cuenta de ello.

—Perdona —dice dejando el móvil a un lado de la mesa—. ¿Folger’s Coffee decías? ¡Enhorabuena! Es uno de los grandes.
—Sí… Pero no hablemos de trabajo —dice acercando su silla a la de ella—. Te he echado de menos…

Coge su cara por la barbilla y le gira la cara para que le mire. La besa en los labios con delicadeza, cerrando los ojos, saboreándola sin prisa. Cuando se separa de ella, apoya la palma de la mano a un lado de su cara y acaricia su mejilla con el pulgar.

—Pues… —dice agachando la cabeza y colocando unos mechones de pelo detrás de la oreja—. En realidad, lo que quería decirte sí tiene que ver con el trabajo…
—¿Ah sí? —contesta él apoyando la cabeza en el puño, mostrando interés—. Pues cuéntamelo.
—Pues verás… De hecho, la llamada que estaba atendiendo cuando he entrado tiene mucho que ver…

Coge la botella de cerveza y le da un sorbo, haciéndole un gesto con la mano para animarla a que siga hablando.

—Me han ofrecido un puesto de trabajo en la agencia B&B…
—¿B&B? —dice entornando los ojos confuso—. Pero eso es una agencia de…
—Sí, francesa.
—Y… entonces…
—Lo he pensado mucho Sully… y he decidido aceptar la oferta… Es una gran oportunidad para mí…

Ella sigue hablando sin parar, exponiendo todos los pros de aceptar ese trabajo. Deben de ser muchos por el rato que lleva hablando, aunque él ahora mismo es incapaz de ver ninguno. Solo es capaz de ver una contra, y muy grande: que vivirá a más de 5.500 kilómetros de distancia de Nueva York.

El resto de la comida lo pasa muy callado y aunque quiere contagiarse de su entusiasmo, le resulta imposible hacerlo. Y por más que intenta ver que es una gran oportunidad para ella, solo es capaz de repetir la misma frase una y otra vez, hasta que no puede retenerla por más tiempo en su cabeza.

—¡Qué puede tener de bueno que te vayas a más de 5.000 kilómetros de mí! —dice alzando la voz, llamando la atención de los comensales de las mesas más cercanas a ellos.
—Sully, es una gran oportunidad para mí —contesta ella bajando la voz y mirando alrededor avergonzada.
—¡Pero estarás a 5.000 kilómetros de mí!
—Sully, baja la voz…
—¡Y una mierda! ¡Joder Sharon! ¡No te vayas!
—No puedes pedirme eso…
—Pues te lo pido. No te vayas.
—Además, me voy mañana mismo.
—¿Mañana? Pero… —agacha la cabeza y mira de un lado a otro—. ¿Desde cuando lo sabes?
—Ha ido todo muy rápido… Me lo ofrecieron hace poco más de un mes…
—¡¿Un mes?! ¡¿Y me lo dices ahora?!
—Sully por favor…
—Sharon, yo te quiero —dice cogiéndole la mano una y otra vez desesperado, mientras ella se zafa incómoda—. Quiero estar contigo. Quédate. ¡Cásate conmigo!
—¡¿Qué?! ¡¿Estás loco o qué?! —dice poniéndose en pie.

Da varias vueltas sobre sí misma, totalmente desorientada por la confusión, hasta que finalmente empieza a caminar hacia la salida. Él tarda unos segundos en reaccionar, pero entonces ve su maletín en el suelo, al lado de su silla. Lo agarra, saca varios billetes de la cartera, los tira encima de la mesa para pagar la cuenta y empieza a correr para atraparla. Ya en el exterior, mira a un lado y a otro hasta que la ve parando un taxi.

—¡Sharon, espera!
—¡No Sully, déjame! —dice mirándole nerviosa.
—Te dejas el maletín…

Se acerca hasta él y se lo quita de las manos sin muchos miramientos. Cuando se vuelve a girar para subirse al taxi que se ha parado al lado de la acera, él la agarra del brazo.

—Sharon, espera —dice en un tono más tranquilo.
—¿Qué? —se gira cruzando los brazos.
—No me dejes…
—Es una oportunidad que no puedo rechazar —se vuelve a girar pero Connor se pone frente a ella, interponiendo su cuerpo entre ella y el taxi.
—Pero yo… yo… yo te quiero Sharon.
—Pues yo no. Al menos, no lo suficiente como para rechazar este trabajo por ti.

Esas son las palabras que le rompen el corazón y le dejan incapacitado para actuar. No puede hablar ni moverse, incluso le cuesta respirar. Ve como se sube al taxi y como este se pierde calle arriba. Aprieta los labios y arruga la frente contrariado a la par que empieza a notar cierto escozor en los ojos.

—¡Señor! ¡Señor! —un camarero del restaurante aparece frente a él con su mochila en las manos—. Creo que esto es suyo.
—Sí… —contesta desviando la cabeza para frotarse los ojos—. Gracias.

Se tira largo rato plantado en esa acera, perdiendo la noción del tiempo, intentando averiguar qué ha pasado, aún confundido por cómo se han sucedido los acontecimientos y con la velocidad que lo han hecho. Hace unas horas tenía ante él el mejor día de su vida y ahora se había convertido en una pesadilla.

Tampoco es consciente de cómo acaba sentado en un taburete del Sláinte, un pub irlandés cercano a casa de su padre, que suele frecuentar a menudo. Se bebe tres pintas de Guinness sin conversar con nadie, con la vista fija en la jarra y en la espuma del interior. Ha pasado tanto rato pensando en lo que quizá hubiera podido hacer para evitar su decisión o buscando motivos ocultos aparte de la oferta de trabajo, y ha acabado tan agotado por ello, que su mente se ha quedado en blanco. Es como si le hubieran extirpado el cerebro.

—Ian, ponme otra.
—Connor, vete a casa.
—Calla y ponme otra. ¿Acaso no te las estoy pagando?
—Prefiero que salgas por esa puerta por tu propio pie, a ganar unos dólares de más.

Chasquea la lengua contrariado mientras escucha a lo lejos la canción que suena por los altavoces del equipo de música. Es una de esas canciones tristes que hablan del desamor, perfecta para la ocasión, como si alguien se la hubiera dedicado por la radio. Solo cuando el teléfono le vibra insistentemente en el bolsillo, sale de su letargo y contesta sin molestarse en mirar quién es.

—¿Diga?
—¿Dónde estás? —le pregunta la voz de su hermano Evan.
—En Sláinte.
—Está en el pub —escucha que le dice a alguien—. ¿Y qué haces ahí?
—Beber.

Escucha varios ruidos, como si se estuvieran peleando por el teléfono, cuando de repente se oye la voz grave de su hermano mayor.

—Capullo, soy Kai. Mueve tu puto culo hasta casa de papá. El partido empieza en diez minutos.

Mira el reloj sorprendido por lo rápido que ha pasado el tiempo. Cuatro horas de su vida, desde ese «yo no te quiero» hasta esta llamada, de las cuales no puede recordar prácticamente nada.

—Voy, voy —dice antes de colgar rápidamente.

Se levanta del taburete, se cuelga la mochila al hombro y arrastra los pies hasta casa de su padre. La casa donde sus hermanos y él crecieron, la casa donde su madre les cuidó a todos hasta que murió de cáncer hace ya casi veinte años, cuando eran solo unos adolescentes. Llega caminando, agarrando la bici a su lado, ya que después de varias pintas no cree estar en condiciones de pedalear.

—¡Hola Connor! —le saluda el señor Murphy, su vecino de toda la vida—. Partidazo, ¿eh?
—Sí… —esboza una sonrisa muy forzada pero que a él le parece servir porque se mete en casa.

Deja la bici en el porche, abre la puerta de la casa y suelta la mochila en el suelo. Se encuentra con sus dos hermanos sentados en el sofá y su padre en su butaca, de cara al televisor, donde el partido está a punto de empezar ya.

—¿Estás bien? —le pregunta Evan girando la cabeza hacia él.
—Sí…
—¡Pilla! —dice Kai lanzándole una cerveza sin mirarle.

La coge al vuelo y la deja reposar un poco antes de abrirla. Se acerca a su padre y le da un beso en la mejilla. Le mira con cara afable, haciendo brillar sus infinitos ojos azules, que tanto él como sus hermanos han heredado. De los tres, el que más se parece a su padre es Kai. Evan en cambio es más parecido a su madre y él… bueno, digamos que es una mezcla de ambos.

—¿Cómo va todo hijo? —le pregunta mientras Connor se sienta en el brazo de la butaca.
—Bien.
—Pues no tienes cara de estar bien —vuelve a decir.
—Sí tío. Tienes una pinta horrible —suelta Evan dejando de mirar el televisor y prestándole atención unos segundos—. ¿No habías quedado con Sharon? ¿Ha pasado algo?
—¿Con Sharon? —interviene Kai—. ¿Te ha dado audiencia para verla?
—Vete a la mierda Kai.
—Chicos…
—Lo siento papá, pero estoy harto de esos comentarios.
—Ni que fueran mentira…
—¡Kai! ¡Basta! —vuelve a intervenir su padre.
—En serio Connor —insiste Evan—. ¿Todo bien con Sharon?

Resopla resignado y totalmente agotado.

—Es igual. Vamos a ver el partido, que ya empieza.
—A la mierda el partido. Si vamos a perder de todos modos.
—Dí que sí Evan. Con hinchas como tú, llenamos el Madison Square Garden seguro —suelta Kai.
—Ni caso al cabronazo este —replica Evan—. Cuéntanos.
—Sharon se va a Paris —dice finalmente pasados unos segundos.
—¿A Texas?
—No Evan, la Paris de Francia, no la Paris de Texas.

Los tres se le quedan mirando fijamente, dejando el partido totalmente olvidado. Connor les mira uno a uno, hasta que al final se centra en la botella que tiene en las manos.

—Y tú… quiero decir… ¿cómo estás? —le pregunta su padre.
—Pues jodido papá, jodido. Pensaba que lo nuestro iba en serio, que yo le importaba más…
—Connor, siento ser yo el que te diga esto, pero eres el único que lo pensaba —interviene de nuevo Kai—. Todos pensamos que vuestra relación solo te la creías tú…

Chasquea la lengua contrariado mientras mueve la cabeza desviando la vista. Se levanta y camina de un lado a otro por delante del televisor, incapaz de mantenerse sentado durante más tiempo.

—¿Todos pensabais eso? —pregunta mirando a Evan y a su padre—. ¿Papá? ¿Tú también?
—Connor… —su padre se lo piensa unos segundos, hasta que al final añade—: Esa chica no tenía tiempo para ti…
—Eso no es verdad… ¿Evan?
—Lo siento Connor, pero pienso como ellos. El único enamorado eras tú. Ella solo te quería para entretenerla en sus ratos libres. La lista de prioridades de esta chica son su trabajo —empieza a enumerar ayudándose de sus manos, como si descendieran una escalera—, su trabajo, su trabajo, su trabajo, y luego ya, si le queda algo de tiempo, tú.

Mira a Evan contrariado y muy cabreado por sus palabras. Aprieta la botella en su mano con fuerza, como si quisiera romperla en pedazos.

—¡Mira el que fue a dar lecciones! ¿Sabes por lo único que te quiere tu mujer? ¡Por tu dinero! Y tú… —le grita a Kai apuntándole con el dedo—. Tú… ¡ni siquiera tienes novia!
—Ni la quiero —empieza a contestar Kai—. Follo siempre que quiero. Y aquí el pequeño folla siempre que le compra algún trapo caro a la pija de su mujer. Tú en cambio, para follar tienes que pedir cita con tres meses de antelación.
—Serás… —dice abalanzándose sobre él sin medir las consecuencias.

Enseguida Evan reacciona intentando separarles. Su padre también se levanta y agarra a Connor por los hombros. Kai mientras, ríe a carcajadas sin intentar siquiera protegerse de sus débiles golpes. La verdad es que en condiciones normales, sería imposible que le ganara en una pelea a Kai y no solo porque sea boxeador semi-profesional sino porque es bastante más fuerte que él. Si a eso le sumamos su estado de casi embriaguez, la cosa se complica de forma exponencial.

Finalmente consiguen sentarle en el sofá y le retienen hasta que su respiración vuelve a ser más o menos acompasada. Los tres le miran con cara de preocupación, hasta que al final la rabia da paso a la tristeza y sin poderlo remediar, hace algo que sabe que se arrepentirá toda la vida de hacer: llorar delante de sus hermanos.

—Eh… —dice su padre sentándose a su lado, atrayendo su cabeza hacia su hombro— Tranquilo… No pasa nada…
—Es que no lo entiendo —empieza a sollozar—. Pensaba que me quería…
—Y seguro que te quiere, pero tus prioridades y las suyas son diferentes…

Su padre insta a sus hermanos a echarle un cable, pero lo único que ellos son capaces de hacer es mirarle como si de repente le hubieran salidos escamas verdes por todo el cuerpo.

—Se va mañana…
—¿Mañana ya? —dice Evan—. ¿Desde cuando lo sabía la muy guarra?
—Ha sido todo muy rápido… Desde hace un mes…
—¡Rápido los cojones! ¡Ha tenido 31 días para decírtelo! ¡Será puta!
—¡Kai! ¡Modera tu lenguaje! —le reprende mi padre.
—A la desesperada, le pedí incluso que se casara conmigo —cuando lo suelta, cierra los ojos imaginando la reacción general.
—¡¿Qué?! —grita Kai—. ¡¿Estás pirado o qué?!
—¿Y ella qué dijo? —pregunta Evan.
—Lo mismo que Kai.
—Luego la perseguí hasta el exterior del restaurante y le dije que la quería y me dijo que ella no, y se metió en un taxi huyendo de mí lo más rápido que pudo.
—¿Y te extraña? Joder Connor. Me imagino tu cara de loco persiguiéndola como si en lugar de ser su novio fueras un acosador…

Tras decir eso, Kai se agacha delante de él y apoya las manos en sus rodillas. Le mira como si fuera un bicho raro, pero en el fondo está haciendo un esfuerzo por entenderle.

—¿Sabes lo que necesitas? —Connor levanta la vista hacia su cara y niega con la cabeza. Es un capullo integral, pero es su hermano mayor y, aunque a veces se comporte como un idiota, sabe que le quiere y que todo lo que le dice es por su bien, y por eso confía en él—. Desahogarte.
—¿Qué quieres decir? —pregunta Evan.
—En cuando acabe el partido, nos vamos a ir de fiesta los tres. Vamos a ir a un local nuevo que conozco donde hay unas tías que quitan el sentido.
—Kai, no me apetece nada salir… —se queja Connor.
—Pero lo necesitas. No te estoy diciendo que te tires a ninguna tía, cosa que tampoco te vendría nada mal. Pero necesitas olvidarte de Sharon.
—Pero yo no quiero olvidarme de ella…
—Connor —dice Evan posando la mano en su cabeza—. Kai tiene razón. ¿Cuántas pistas más necesitas? Te dijo que no te quería, tomó la decisión sin contar contigo, hace más de un mes que lo sabe…

Gira la cabeza hacia su padre, que se ha mantenido al margen durante casi toda la conversación, pidiéndole su intervención. Donovan sabe de la importancia de sus palabras para su hijo, por eso se lo piensa mucho antes de abrir la boca.

—Creo que tienes todo el derecho del mundo a estar triste o cabreado, a guardar una especie de luto incluso, pero también creo que tus hermanos tienen razón. Esa chica ha demostrado no merecerse que estés decaído y aunque cueste, deberías intentar pasar página lo más rápido posible. Si la manera de conseguirlo es saliendo de marcha con Evan y Kai, adelante con ello —él también le revuelve el pelo de forma cariñosa y, mucho más confiado, prosigue con su discurso—. Hijo, tú vales mucho, los tres lo valéis, y está claro que esa chica no te merece. Busca a la indicada. Cuando la encuentres, lo sabrás.

El resto de la noche se deja llevar como un pelele. En casa de su padre se bebe todas las cervezas que le ponen en la mano. Luego le meten en un taxi y van a la discoteca que decía Kai. Le sientan en un taburete de la barra y ponen en su mano varios vasos de chupito con líquidos de diferentes colores llamativos. Luego Kai conoce a un grupo de chicas y enseguida se ve arrastrado a la pista de baile. Connor odia bailar y además se le da fatal, pero tampoco es consciente de sus propios movimientos, así que simplemente deja que esas chicas se froten contra su cuerpo. Pasadas unas horas, le vuelven a sentar al lado de la barra y vuelven a depositar en su mano más brebajes de colores.

—Evan —dice tirando de la manga de la camisa de su hermano pequeño—. No me encuentro muy bien. Quiero irme a casa.
—Vale —le contesta él, que aunque va bastante achispado, no llega a su nivel de embriaguez—. Espera que voy a buscar a Kai.

Varios minutos después, los dos aparecen a su lado de nuevo. Evan tiene cara de cansado porque con seguridad es el que lleva más horas levantado, trabajando todas las horas necesarias para darle todos los caprichos a Julie. Kai en cambio, vuelve con su cara de recién follado, una cara distinguible a kilómetros, incluso estando totalmente bebido.

—Me ha dicho Evan que quieres irte ya.
—Sí —asiente a la vez con la cabeza mientras todo da vueltas a su alrededor—. Siento haberte jodido el plan.
—¿Bromeas? Me he tirado a dos en el baño… ¡a la vez! —pasa el brazo de su hermano por encima de sus hombros y le agarra por la cintura, ayudándole a caminar—. Vámonos de aquí.

En cuanto salen al exterior, agradece la suave brisa que acaricia su cara. Aún así, todo sigue girando a su alrededor y siente esa sensación en el estómago típica de cuando vas a vomitar.

—Evan, para a un taxi. Vamos a llevar a Connor a su casa.
—Espera. Estoy avisando a Julie de que salgo para allá.
—Joder —contesta Kai dejando a Connor sentado en un banco—. Pelele… Ya lo hago yo.

Connor resbala por el respaldo del banco y cae inevitablemente al suelo, sin fuerzas para impedirlo. Se da un golpe en la cara contra la acera y se queda allí tirado boca abajo, hasta que Kai consigue parar un taxi y Evan deja de escribir el mensaje a su mujer.

—Vamos colega, que ya tenemos taxi.

Siente como le meten dentro sin muchos miramientos y cómo apoyan su cabeza contra la ventanilla de la puerta izquierda, mientras Evan se sienta a su lado y Kai delante, junto al taxista.

—¡Eh! ¡Esperad, esperad! No podéis entrar en este taxi…
—¡Vaya! —dice Kai—. ¡Hola!
—Fuera de mi taxi.
—¿Por?
—Porque vuestro amigo va muy borracho y acabará vomitando aquí dentro.
—Perdona, ¿tienes un cartel reservando el derecho de admisión? —le replica Kai, al que cuando bebe se le suelta la lengua—. Si bebes no conduzcas, ¿recuerdas el lema? Pues eso, hemos bebido, no conducimos. Tú no has bebido, o al menos eso espero, así que tú conduces.

Ella gira la cabeza fulminándole con la mirada, pero parece que finalmente claudica.

—¿No te puedes sentar detrás con tus amiguitos y dejarme tranquila, o voy a tener que disfrutar de tu compañía todo el trayecto?
—Es que aquí estoy más cómodo y ahora que sé que tú conduces y vas a estar a mi lado todo el trayecto, de aquí no me mueve ni Dios.
—Qué suerte la mía… Poneos los cinturones.
—Yo por ti me ato lo que haga falta. Y si llevas unas esposas, me las pongo también.
—Uy, qué gracioso por favor. No te pienses que no me ha hecho gracia, es que soy muy tímida y estoy llorando por dentro… —contesta ella en tono de burla—. Pero tú dame motivos y verás tu sueño realizado y acabarás la noche esposado.
—Qué carácter… Me gusta…
—¿Y a tu amigo qué le pasa? ¿Es sordo? ¡Eh! ¡Tú! —grita dirigiéndose a Connor que, aunque la oye, es incapaz de mover más que las pupilas de los ojos—. Ponte el cinturón.
—No insistas. Ya no está entre nosotros. Siente, pero no padece. Te escucha, pero no va a moverse. Dale un poco de tregua… —dice Kai bajando un poco el tono de voz—. Le ha dejado la novia y está de bajón.
—Ooooh… Qué pena… ¡Que te pongas el cinturón! —grita ella como una loca girando un poco la cabeza mientras inicia la marcha.

Kai y Evan se echan a reír ante el histerismo de la pobre taxista. Connor intenta abrir los ojos para fijarse mejor en ella. De ese modo, puede que consiga recordarla y así tener la oportunidad de pedirle disculpas si la vuelve a ver. Reúne todas sus fuerzas y consigue abrir los ojos justo en el momento en que se escucha un tremendo frenazo. Su cuerpo se abalanza hacia delante y su cabeza choca con fuerza contra el cristal protector que separa los asientos posteriores de los delanteros.

—¡Eh! ¡¿Estás loca o qué?! —grita Kai.
—Connor… —dice Evan volviéndole a incorporar y esta vez, poniéndole el cinturón—. ¡Tía loca! ¡Le has hecho una brecha en la nariz a mi hermano!
—Hace unos minutos estabas demasiado ocupado con el teléfono como para prestarle atención y ponerle el cinturón, así que técnicamente, la culpa es tuya.

El movimiento brusco no ha hecho más que empeorar el mareo en su estómago, así que pocos segundos después, siente las náuseas y vomita inclinándose hacia delante.

—Se acabó. Aquí acaba vuestro trayecto. Buscaros a otro pardillo dispuesto a ganar diez pavos y a gastarse luego veinte en limpiar su taxi.
—¡Pero no nos puedes dejar aquí! – grita Evan.
—Déjala. Desde aquí llegamos rápidamente a mi coche. Ya os llevo yo.
—¿Tú? ¿En tu estado?
—Como quieras. Me llevo a Connor a su casa. Tú vete caminando si lo prefieres.

Evan chasquea la lengua y parece claudicar mientras Kai abre la puerta del taxi para recoger a su hermano.

—Oh joder tío —dice poniendo una mueca con la boca—. Qué asco por favor.
—¿Y esto quien me lo paga a mí?
—Evan, dale veinte pavos, haz el favor.
—Lo siento… —balbucea Connor intentando mirar a la chica mientras le abandonan las fuerzas y está a punto de perder el conocimiento—. Lo siento…

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Canción:
«If you don’t wanna love me» – James Morrison

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Capítulo 1 – No entrabas en mis planes

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AARON

—El sujeto llega en el coche. Todas las unidades alerta.

—Coche detenido en la entrada. Va a salir.

Observo al senador a través de la mira telescópica. No le pierdo de vista ni un segundo. Ni siquiera parpadeo. Son a lo sumo, treinta segundos, en los que mi única preocupación es que el individuo entre en el edificio sin ningún incidente. Hay compañeros apostados en las azoteas colindantes y es imposible acercarse al lugar a menos de dos kilómetros a la redonda, pero desde el once de septiembre, el gobierno extrema las medidas de seguridad para no arriesgarse.

—Listo —digo—. El individuo está dentro del edificio.

—Misión cumplida, señores —escucho la voz del Capitán Lewis—. A partir de aquí, dejemos trabajar a los escoltas. Nos vemos en los vehículos en diez.

—Equipo Alfa —digo a mis hombres—, retirada. Nos vemos abajo. Buen trabajo, chicos.

Cambio la frecuencia de la radio y, sin levantarme del suelo, repto hacia atrás, buscando la puerta por la que he accedido. En cuanto la traspaso y estoy a cubierto, me siento en las escaleras durante unos segundos e intento desentumecer los músculos. Me cuelgo de la barandilla de la escalera y hago crujir los huesos de la espalda.

—¿Cómo va eso, colega? —oigo la voz de Jimmy a través del auricular oculto en mi oído.

—Bien.

—¿Y tu espalda?

—Ahí está. Siete horas en la misma postura, empiezan a pasarme factura.

—Es que ya no eres un chaval… Tienes que ser más consciente de tus limitaciones. Quizá podrías pedir el traslado a algo más de tu conveniencia… ¿Te has meado encima también? Porque la incontinencia urinaria es otro de los síntomas y, para alguien de edad avanzada, aguantar siete horas es todo un suplicio…

—Serás gilipollas… Gracias por tu preocupación, pero no, no me he meado encima.

—De nada. Te espero abajo. ¿O subo a buscarte?

—Que te jodan.

—Eso espero. ¿Esta noche?

—Por mí, sí —contesto mientras bajo los escalones a paso ligero—. ¿Deb está de viaje otra vez?

—¡Oh yeah! ¡Soy libre!

—Algún día te pillará y te dará una patada en el culo. Entonces llorarás, porque no encontrarás a otra que te soporte y encima te quiera como lo hace ella.

—No tengo nada que esconderle. Solo salimos a divertirnos y a tomar unas copas. Es una manera de liberar las tensiones acumuladas durante nuestra jornada laboral.

—¿Esa es la versión que le vas a dar si algún día te pilla?

—Sí. ¿Cuela? ¿Parece seria?

—Hombre, siempre y cuando no te pille metiéndole la lengua hasta la tráquea a ninguna tía, puede que cuele.

—Perfecto entonces.

—Pero eso no quita que sigas siendo un mamonazo.

—Deb y yo tenemos una relación liberal.

—¿Y ella lo sabe? ¿O solo consiste en que tú te tiras a quién quieras cuando no está, mientras ella tiene que serte fiel? —digo ya a pie de calle, caminando hacia los furgones, con la vista fija en la espalda de Jimmy.

—Yo no le prohíbo que se tire a nadie… Mientras yo no lo vea. Ya sabes, ojos que no ven…

—No sé cómo cojones te aguanta.

—Porque soy adictivo.

—Y un capullo también —digo ya a su lado, con el sistema de comunicación ya apagado.

Jimmy me mira y dibuja una gran sonrisa en sus labios. Niego con la cabeza mientras resoplo con fuerza, resignado ante su actitud. Una cosa es innegable, él es así y no cambiará nunca. O, al menos, no lo hará hasta que alguna tía le meta en vereda. Hace ya más de diez años que nos conocemos, desde que él ingresó en la unidad. Le pusieron en mi equipo, bajo mis órdenes, y enseguida demostró tener las cualidades necesarias para ser un gran líder de grupo. Prueba de ello es que, hace cosa de tres años, le ascendieron a teniente y empezó a liderar a su propio equipo. Sin haber cumplido aún los treinta años, es el teniente más joven de toda la unidad de los S.W.A.T.

—¿Te apetece ir al Highbar? —me pregunta moviendo las cejas arriba y abajo.

Antes de poderle contestar, el Capitán Lewis se acerca hasta nosotros.

—Teniente Taylor, Teniente Dillon… —dice.

—Señor —contestamos ambos, serios y con la espalda erguida en señal de respeto.

—Han hecho un trabajo excelente hoy.

—Gracias, señor.

—Solo quería que supieran, antes que nadie, que ya tengo sustituto. El relevo se hará efectivo en los próximos días.

—Lo sentimos mucho, señor.

—¡No, por favor! ¡Ya me tocaba! Hace seis meses que debería de haberme jubilado pero no me han dejado hacerlo hasta encontrar al candidato perfecto.

—Es lógico. Usted deja el listón muy alto, señor —interviene Jimmy por primera vez.

—Gracias, pero ya no hace falta que me hagan más la pelota. Hagan lo que hagan a partir de ahora, será problema de mi sucesor. Solo les pido que se comporten con él con la misma profesionalidad que lo han hecho conmigo.

—Sí señor.

—De hecho —dice dirigiéndose a mí directamente—, le pido por favor que le eche una mano durante los primeros días. Le pediré que confíe en usted para lo que necesite. No me falle. Vayan a descansar. Nos vemos mañana.

Le observamos mientras entra en uno de los coches y se aleja calle abajo.

—¿Sabes algo del nuevo? —me pregunta Jimmy.

—Ni puta idea. Me acabo de enterar también de que ya tienen sucesor.

—Pues ya puede ser bueno… Con lo que han tardado en decidirse… Sigo pensando que te lo deberían de haber pedido a ti.

—¿Y retirarme del trabajo de campo? ¡Ni hablar! Yo no sirvo para dar órdenes desde detrás de un escritorio.

—A tus 37 años, no estás para muchos trotes ya… Deberías de ir pensando en algo más tranquilo —dice mientras le miro de reojo.

—No conseguirás que me rebote, porque sabes que este viejo es capaz de levantarte a cualquier tía… Estás picado desde la última noche que salimos.

—Esa pelirroja me miraba a mí.

—Ya, claro. Por eso me abordó cuando iba de camino a la barra.

—Porque no me vio a mí y a ti te tenía a tiro…

—Doble o nada. Esta noche —digo estrechándole la mano.

—Trato hecho. Gana el primero que se enrolle con alguna tía, pero siempre manteniendo el nivel de exigencia… Ya sabes… —dice, mirándome con una ceja levantada y haciendo la silueta de las curvas de una mujer con ambas manos, mientras mueve las caderas como si estuviera follándosela.

—Estás enfermo —digo alejándome de él, caminando hacia la furgoneta—. Nos vemos en la central.

LIVY

—Señora, esta es la última caja. ¿Dónde quiere que se la deje?

—Allí mismo —contesto señalando un lugar a mi espalda sin siquiera mirar.

Estoy agachada delante de decenas de cajas de cartón, preparadas para ser distribuidas por toda la casa, y no sé ni por dónde empezar. Me llevo una mano a la cabeza y, resoplando, me peino varios mechones que se me han soltado de la coleta. Resignada, me pongo en pie y doy una vuelta sobre mí misma para intentar averiguar cómo voy a meter todos estos trastos en mi nuevo y reducido apartamento. Entonces me doy cuenta de que hace rato que no veo a los chicos, y lo más preocupante, que hace el mismo tiempo que no les oigo.

—¡Lexy! ¿Estás con tu hermano?

—Señora… Perdone que la moleste pero… —dice el chico de la mudanza sosteniendo una factura entre los dedos.

—Sí… Esto… —contesto mirando alrededor en busca de mi bolso— ¡Lexy!

—¡¿Qué quieres?! —dice Lexy apareciendo en el salón con el IPod en la mano y los auriculares colgados del cuello.

—¿Podrías por favor echarme un cable? Mira cómo tengo todo esto. Podrías, al menos, llevar las cajas marcadas con tu nombre a tu dormitorio… —le digo sin mirarla y sin dejar de buscar mi bolso.

—No me caben —contesta dándose la vuelta y perdiéndose de nuevo por el pasillo.

—¡Lexy!

—Señora yo…

—¡Ya voy! —le grito sin pensarlo.

En ese momento, de forma providencial, mi hermana aparece por la puerta principal. Llama con los nudillos, con una enorme sonrisa en los labios que le dura poco, el tiempo que tarda en ver mi cara de agobio y el campo de batalla que tengo por salón.

—Lo siento, lo siento…

—¿Qué buscas? —me pregunta Brenda—. ¿En qué te ayudo?

—Mi bolso. Necesito encontrar mi bolso entre todo este desbarajuste… Y me gustaría que Lexy me ayudara, al menos con sus cajas. Y, ya de paso, saber dónde se ha metido Max.

—Bolso —me responde mi hermana dándomelo, al encontrarlo en menos de cinco segundos, mientras empieza a caminar hacia el pasillo—. Voy a ver qué puedo hacer con tus hijos…

—Gracias.

Saco el talonario de cheques y extiendo uno para pagar la factura de la mudanza. Se lo tiendo y le pido disculpas de nuevo al chico, que esboza una sonrisa de circunstancias y sale por la puerta sin perder un segundo.

—Livy, ¿puedes venir? —me pide mi hermana—. Estoy en el baño.

Intrigada, camino hacia allí. En cuanto entro, la veo asomada a la bañera, donde Max está acurrucado, durmiendo. Agacho la cabeza y me dejo caer en el váter, sentándome, totalmente agotada. Mi hermana se arrodilla frente a mí y me abraza con fuerza.

—Hola —me dice cuando se separa de mí.

—Hola…

—No hace falta que te pregunte cómo estás…

—No, mejor que no preguntes.

—Pero esto será solo los primeros días…

—Mi casa es un puñetero desastre lleno de cajas, mi hija me odia por habernos marchado de Salem y alejado así de su padre, y Max… —le señalo y enseguida me derrumbo.

Bren me vuelve a abrazar, acariciando mi espalda con ambas manos, dejando que me desahogue a gusto. Al rato, me seco las lágrimas y golpeo mis rodillas con las palmas.

—Bueno, será mejor que estire a Max en su cama…

—Esto… —dice Bren levantando un dedo—. No tienes colchones. Me parece que se ha estirado aquí porque no sabía donde hacerlo…

Rápidamente me levanto y recorro las tres habitaciones, comprobando que mi hermana tiene razón. Cuando miro en la de Lexy, la veo estirada en el suelo, con la cabeza apoyado en una bolsa, los cascos puestos y escribiendo mensajes en su móvil.

—¿Te ha saludado? —le pregunto a Bren cuando salimos hacia el salón.

—Sí, me ha gruñido. —Pongo los ojos en blanco, desesperada, y ella añade—: No te preocupes, ya se acostumbrará a esto. Estará así solo los primeros días.

—Odio los primeros días. Mañana se supone que me incorporo a mi nuevo puesto de trabajo, y no soy capaz de encontrar la caja con mi ropa, así que como no vaya vestida con la sudadera de los Beavers y el pantalón de chándal…

—¿Son muy escrupulosos con el tema de la vestimenta? —me pregunta, pero al ver por mi cara que no estoy para bromas, enseguida dice—: Vamos a ver, cuestión de prioridades. Hagamos una lista.

Saca su móvil y empieza a teclear como una loca mientras empieza a enumerar:

—Uno: encontrar la caja con tu ropa. Dos: llamar a una canguro. Tres: salir de marcha con tu hermana.

—No estoy para bromas, Bren.

—No estoy bromeando, Livy.

—No puedo dejar a los niños con una canguro la primera noche que pasamos en la ciudad.

—Tú misma has dicho que odias los primeros días… Podríamos conseguir que tu primer día en la ciudad fuera algo mejor —al ver mi silencio, Bren se envalentona y, al ver una puerta abierta a la esperanza, prosigue con una sonrisa en los labios—. Tenemos que ponernos al día de muchas cosas y qué mejor que hacerlo con una copa de vino en la mano. Y no aquí. Aquí no cuenta porque nos pondremos a recoger y no es plan. Solo te pido esta noche. Salimos, hablamos, recargas pilas y a partir de mañana por la mañana, te conviertes en una perfecta y responsable madre trabajadora.

AARON

—Pues no hay mucha gente hoy… —dice Jimmy..

—Ya estás buscando excusas…

—Ni lo sueñes. Seguro que hay alguna tigresa por aquí deseando que la domen.

Sin ningún disimulo, Jimmy mira alrededor, apoyando los codos en la barra. Esboza la mejor de sus sonrisas de seductor la cual, sumada a su aspecto desaliñado, con el pelo algo despeinado y la barba que suele lucir a menudo, suele ser un imán perfecto para las mujeres, para desgracia de su novia, Deb. Mientras él está a lo suyo, yo le hago una seña al camarero, que se acerca enseguida, y le pido un ron con cola para Jimmy y un whisky doble para mí.

—Sigo diciendo que el puesto tendría que haber sido para ti —me dice cuando le tiendo el vaso—. Y ahora, fuera bromas, porque no lo digo por tu avanzada edad. Te lo mereces, por tus años de servicio y porque eres el mejor preparado y el que mejor conoce la unidad y la ciudad.

—Ya te he dicho que no sirvo para estar detrás de un escritorio. Me aburriría, Jimmy.

—Nadie ha dicho que te tuvieras que quedar fuera. Podrías darnos las órdenes desde detrás de la mira telescópica, no desde detrás de las pantallas de vídeo.

—Es igual. Quien venga, será bien recibido.

—¡Y una mierda! He estado hablando con los demás, y todos opinan como yo.

—¡Buen equipo! —me burlo levantando el vaso y dándole un trago.

—No te cachondees.

—En serio, no pasa nada, Jimmy. Pero gracias por tu confianza.

—¿Bromeas? Si tuviera que poner mi vida en manos de alguien, te aseguro que no se me ocurre nadie mejor que en las tuyas. Así que permíteme que tenga algunas dudas acerca de nuestro próximo jefe…

Aprieto los labios con fuerza y esbozo una tímida sonrisa. Agarro a Jimmy por los hombros y le zarandeo de forma cariñosa.

—Bueno, ¿has visto ya a alguna que te interese? —le digo para cambiar de tema—. Lo digo más que nada para que luego no pongas excusas cuando te gane la apuesta…

—Esto está muy vacío hoy… —dice volviendo a echar un vistazo alrededor.

—Es domingo, Jimmy. Que unos inconscientes como tú y yo salgamos, no quiere decir que sea lo habitual. Que yo no tenga ninguna atadura familiar como mujer o hijos, y tú no tengas escrúpulos, no quiere decir que los demás no los tengan.

LIVY

—¡Por nosotras! ¡Por nuestro reencuentro! —dice Bren alzando su copa de vino—. Porque no hay mal que por bien no venga.

Alzo mi copa y la choco contra la de mi hermana, esbozando una sincera sonrisa. Es verdad, no hay mal que por bien no venga y, aunque el motivo por el que me he ido de Salem no es agradable, pedí el traslado en el trabajo a Nueva York por ella. Me apetecía no estar sola en esta gran ciudad, y el apoyo de mi hermana pequeña, seguro que me iría bien.

—¿Cómo está Scott? —le pregunto.

Su marido es bombero, uno de esos héroes que estuvieron presentes en los trabajos de desalojo, búsqueda de supervivientes y posterior limpieza, durante el once de septiembre. Esa catástrofe le pilló recién entrado en el cuerpo y fue algo muy duro para él, tanto, que ha estado en tratamiento psicológico durante años y de baja durante meses. De hecho, según lo que me contaba Bren, no volvió a ser el mismo hasta hace bien poco.

—Bien, trabajando. Cuando le he dicho que iba a salir contigo, me ha dado muchos recuerdos para ti. Dice que pasará a verte algún día de estos.

—¿Cómo está?

—Bien, muy bien. Por fin —contesta agachando la cabeza y mirando las manos alrededor de su copa—. Estamos empezando a plantearnos tener hijos…

—¡Eso es genial!

—Sí… Tengo la sensación de que estamos, como empezando de cero de nuevo, y la verdad es que estoy muy ilusionada.

Ahora soy yo la que agacho la cabeza. Me alegro mucho por ella, porque sé lo mal que lo han pasado, pero no puedo evitar sentir algo de envidia sana. Mi relación con Luke hacía mucho tiempo que no iba bien, desde mucho antes de tener a Max. Al principio, cuando nació Lexy, éramos felices, todo iba bien. Luego, mi trabajo empezó a absorberme, y a mantenerme muchas horas fuera de casa. Él nunca aceptó que tuviera un trabajo más importante que el suyo y, sobre todo, que ganara mucho más dinero que él. Empezamos a discutir por tonterías y a echarnos cosas en cara. Luego, en su afán de que pasara más tiempo en casa, me dejó embarazada. De hecho, estuvimos de acuerdo los dos. Fuimos una de esas parejas que pensamos que tener otro hijo nos uniría, y lo que hizo fue separarnos más. Yo no dejé de trabajar hasta el día antes de dar a luz, a pesar del estrés al que estaba sometida, y él no dejó de quejarse por ello. Sus quejas se volvieron acusaciones cuando, al ver que Max tenía casi dos años y no había dicho ninguna palabra, le llevamos al pediatra y este nos confirmó que nuestro hijo era sordo. Luke empezó a asegurar que era por mi culpa, aunque los médicos dijeron que era improbable que el estrés fuera la causa de ello. Las peleas y gritos fueron aumentando hasta que, una noche, dos años después, la cosa se nos fue de las manos y él me pegó. No había pasado nunca antes, pero no le di oportunidad de que se repitiera. Le denuncié a la policía y le metieron en la cárcel para cumplir una pena de cuatro meses. De eso hace dos semanas.

—¿Estás bien? —me pregunta al verme distraída—. Lo siento…

—¡No! Por favor —digo agarrándola de la mano—. Me alegro muchísimo por vosotros. Os lo merecéis.

Bren me sonríe y yo le devuelvo el gesto, dando un largo sorbo hasta apurar mi copa. Le hago una seña al camarero para que nos sirva dos más.

—¿Ya has encontrado colegio para Lexy y Max? —me pregunta al cabo de unos segundos.

—Sí. Mañana empiezan los dos. Lexy en un colegio que está a cinco minutos de casa y Max en una especie de academia para niños que requieren más atenciones. La verdad es que, en este aspecto, estar en una gran ciudad como Nueva York, es una ventaja. Tengo la esperanza de que Max haga grandes progresos. Necesito verle sonreír, Bren…

—Lo hará —me responde ella apretándome el brazo con cariño—. Y Lexy también lo hará.

—Lo dudo. Me odia. Por mi culpa, su padre está en la cárcel y está decidida a irse con él en cuanto salga de la cárcel.

—Dale tiempo. Nueva York acabará por hechizarla, solo hay que abrirle los ojos. Y acabará cambiando de opinión —dice Bren moviendo las cejas arriba y abajo.

—Eso espero. No me imagino la vida sin mis hijos, Bren. Y, aunque ahora será difícil pasar mucho tiempo con ellos, estoy dispuesta a convertir cantidad por calidad y exprimir al máximo los minutos que pueda pasar con ellos.

—Amén, hermana. Por la calidad y no la cantidad —dice sonriendo mientras se muerde el labio inferior de forma pícara—. Y eso, también se puede aplicar a los hombres, especie que, por otra parte, abunda en esta ciudad.

—Créeme, un hombre no entra en mis planes ahora mismo.

—Nadie te está pidiendo que le laves los calzoncillos, solo que se los quites…

Aunque intento reprimirlo, se me escapa la risa, provocando las carcajadas en mi hermana. Al final, volvemos a brindar y volvemos a apurar la copa.

—¿Te parece si seguimos en otro sitio?

—¿Qué hora es? ¡Dios mío, las doce! ¡Mañana trabajo, Bren! Además, los niños están…

—Con una excelente canguro recomendada por todas mis amigas. Una copa y ya está. Vamos a un lugar donde podamos movernos algo más y de paso, te enseño las vistas de lo que va a ser tu nueva ciudad. Venga, solo un rato… —me suplica haciendo pucheros con el labio inferior.

AARON

—¡Oh sí! —dice Jimmy dando un trago a su tercer ron con cola—. Pelirroja tremenda a las diez. Es, como poco, un siete. Mírala y juzga por ti mismo.

De mala gana, con los codos apoyados en la barra, rozando mi segundo whisky doble con los dedos, giro un poco la cabeza y asiento durante un buen rato.

—Esta noche, gano yo —dice alisándose la camisa y moviendo el cuello de un lado a otro—. Deséame suerte, Aaron. No, mejor no, no la necesito.

—Capullo…

—Envidioso. Quedamos aquí en, digamos… una hora.

—Hecho.

Cuando se aleja, apuro mi vaso y me dirijo al baño. Dejo salir a un tipo antes de entrar y me arrimo a uno de los urinarios. Apoyo la frente en las frías baldosas y empiezo a mear. Resoplo con fuerza, agotado, e incluso me permito cerrar los ojos durante unos segundos. De repente, la puerta del lavabo se abre de golpe y, de forma inconsciente, giro la cabeza para mirar quién entra. Me quedo con la boca abierta al ver que es una mujer rubia, de unos treinta y pico. Va vestida con unos vaqueros ajustados y un jersey de punto beige que deja uno de sus hombros al descubierto. Da vueltas sobre sí misma, algo confundida, mirando los urinarios, hasta que repara en mí.

—Esto… Me parece que me he confundido, ¿verdad?

—Pues sí… —contesto.

—Joder… —dice riendo sin motivo aparente, aunque regalándome una de las visiones más bellas que he visto en mucho tiempo—. La verdad es que me estoy haciendo mucho pis. ¿Te importa si…?

Giro la cabeza para mirar hacia donde señala, hacia los cubículos de los váteres y, al cabo de unos segundos, no porque dude si dejarla o no, sino por el estado de letargo en el que su sonrisa me ha sumido, respondo:

—Claro, pasa.

Veo como corre hasta el primero y escucho la cremallera de su vaquero y luego el sonido inequívoco de su pis cayendo en el váter. La escucho suspirar aliviada y se me escapa la risa. Al rato, oigo la cisterna y reacciono. Me ato el vaquero y me dirijo al lavamanos. Las lavo y seco sin dejar de echar rápidos vistazos hacia atrás. Algo preocupado por no verla salir, me acerco con sigilo y, cuando estoy justo delante de la puerta, esta se abre y ella sale con brío, chocándose contra mi cuerpo.

—Lo siento… —me disculpo—. Pensaba que, al no oírte… Que te habrías, no sé, desmayado…

—¿Tan borracha parece que voy?

—Algo, la verdad.

—Pues menos mal que he dado contigo, un hombre decente que no se aprovecha de una mujer en estado de embriaguez y que vela por mí —Yo sonrío y agacho la cabeza—. Te llamaré si vuelvo a tener ganar de hacer pis. Para que me acompañes y eso… ¿Te parece bien?

—Claro. Estaré ahí fuera, en la barra.

—Genial. Te haré una señal.

LIVY

—Vale, definitivamente, estoy muy borracha. Acabo de colarme en el lavabo de hombres.

—¡Anda ya!

—Lo que oyes. Había un tío dentro que ha debido de pensar que estaba loca, porque como estaba a punto de hacérmelo encima, le he pedido si le importaba que, ya que estaba allí, hiciera pis. Ha accedido amablemente —contesto riendo—. Mira, ese de allí.

Mi hermana mira hacia donde señalo y, sin cortarse un pelo, al no poderle ver bien, se levanta de golpe y se dirige hacia la barra.

—¡Te pido otra! —grita a medio camino.

—¡Pero dijimos que solo nos tomábamos una!

—¡Es por una buena causa! —dice alzando las manos.

Veo como llega a la barra y como pide al camarero. Luego, mientras este le sirve las copas, ella mira descaradamente hacia su izquierda, haciendo un repaso exhaustivo a mi nuevo amigo. Incluso retrocede un paso atrás para mirarle el culo, justo antes de mirarme y abanicarse con una mano. Al rato, sin poder parar de reír, producto del alcohol, porque en condiciones normales estaría muy cabreada con Bren, veo como vuelve con las dos copas en la mano, dando algún que otro traspiés.

—¿Y cuándo has dicho que vas a ir a tirarle la caña?

—No voy a ir a hacer nada.

—Vale, el alcohol te ha nublado la vista y el entendimiento. ¡¿Tú le has visto bien?! Está tremendo, Livy. Unos increíbles ojos azules, labios carnosos, nariz perfecta, cuerpo de escándalo, culo respingón ideal para tocarlo… —dice con cara de viciosa, poniendo las manos como si le estuviera pellizcando el aire.

En ese momento, miro hacia él y veo como se da la vuelta. Apoya los codos en la barra y entonces dirige la vista hacia nuestra mesa. Nuestras miradas se encuentran y, tras unos segundos de dilación, sonreímos a la vez. Él me saluda con la mano, gesto que yo imito, mientras oigo a mi hermana.

—Vale, desapercibido no te ha pasado… Y tú a él tampoco. Ve a hablar con él. Está solo.

—¡Qué va!

Pero entonces él, aún sonriendo, señala hacia el lavabo con un dedo. Se me escapa la risa y, sonrojada, agacho la vista hacia el suelo.

—¿Qué está pasando aquí? —pregunta Bren.

—Antes, aún no sé cómo me atreví, pero le dije que si necesitaba ayuda para ir al baño, le haría una seña.

—Pues ya estás tardando en ir al baño, o al almacén, o a pedir otra copa, o al guardarropa… Livy por favor, no seas tonta… ¿Cuánto hace que no te llevas una alegría para el cuerpo?

—No lo voy a hacer. No insistas.

—Tómatelo como una forma de quitarte de encima el estrés y los nervios. Como una terapia, sexual, pero terapia al fin y al cabo.

—No puedo. Además, no te voy a dejar  aquí sola.

—¡Ah, no! No cargues sobre mi conciencia el hecho de que no te vayas a tirar a ese tío. Soy mayorcita y puedo salir a la pista a divertirme y esperar a que acabéis… O puedo irme a casa tranquilamente… O me pagas otra copa y me quedo aquí tan tranquila…

Giro la cabeza de nuevo hacia él, que sigue mirándome de forma descarada. La verdad es que sí es muy guapo, y muy de mi estilo, con el pelo muy corto y una incipiente barba producto de dos o tres días sin afeitarse, bastante alto y ancho de espaldas.

—Voy a mover el esqueleto un ratito —dice Bren, que se levanta sin esperar mi respuesta y se dirige a la pista.

Entonces, decidida aunque sin pensarlo demasiado, me levanto y camino hacia él todo lo erguida que el alcohol que llevo en la sangre me permite. Cuando llego a él, producto de los nervios, doy un pequeño traspiés. Rápidamente, él me agarra y me devuelve a la verticalidad, todo sin ningún esfuerzo y sin perder la sonrisa de medio lado.

—Necesito…

—Ayuda para ir al baño, ya —me corta él.

Sonrío mordiéndome el labio inferior, donde los ojos de él se dirigen automáticamente. Veo la nuez de su cuello subir y bajar cuando traga saliva, y enseguida siento su mano agarrándome del codo con firmeza. Tira de mí hacia los lavabos, en un gesto dominante que se me antoja de lo más sexy. Esta vez, en lugar de ir a los lavabos de hombres, se dirige al de mujeres, pero antes de abrir la puerta, le detengo.

—Espera.

Se da la vuelta y nos miramos durante unos segundos. Una chica se acerca y, al darme cuenta de su intención de entrar en el baño, le agarro del brazo para apartarnos a un lado. Caminamos hacia el final del pasillo, hasta que me detengo y recuesto la espalda contra la pared. Él se detiene frente a mí, apoyando las palmas de las manos a ambos lados de mi cuerpo. A pesar de la oscuridad, siento cómo acerca su cara a la mía y su aliento roza mis labios, aún sin tocarme. A esa corta distancia, sus ojos azules me traspasan con total impunidad.

—¿A qué tengo que esperar? —me pregunta con voz ronca.

Sin poder retenerme durante más tiempo, me abalanzo contra su boca, saqueándola sin ningún miramiento, mordiendo sus labios mientras me cuelgo de su cuello. Pone sus manos en mis cintura y se aprieta contra mi cuerpo. Puedo sentir su erección contra la parte baja de mi vientre y eso me vuelve loca. Llevo los dedos a la cintura de su pantalón e intento desabrochar el botón.

—Shhh… —dice retrocediendo un paso, mirando a un lado y a otro del pasillo—. Ven.

Vuelve a tirar de mí con determinación, agarrándome con fuerza por la muñeca. Abre una puerta que, según descubrimos al entrar, resulta ser el almacén. En cuanto la cierra, se vuelve a abalanzar sobre mí, aprisionando mi cuerpo contra la única pared libre de estanterías. Ahora es él el que muerde mis labios y el que lleva la batuta. Intento agarrarme de su pelo pero él coge mis manos y apoya mis brazos contra la pared. Me quita el jersey por la cabeza y, sin necesidad de quitarme el sujetador, saca mis pechos de las copas, dejándolos expuestos a su merced. Acerca su boca a uno de ellos y muerde el pezón, tirando de él lo justo y necesario para que mi quejido sea una mezcla de placer con pequeñas dosis de dolor. Unas descargas empiezan a recorrer todo mi cuerpo, mojando la tela de mi pequeño tanga. Llevo mis manos a sus pectorales, y empiezo a desabrochar los botones de su camisa. Tengo poca paciencia, así que, antes de desabrocharlos todos, producto de mi lujuria, doy un tirón y hago saltar los últimos, descubriendo así su torso, firme, musculado, y sobre todo, solo para mí. Empiezo a quitársela y descubro sus hombros, pero decido no perder el tiempo, llevo mi boca a su piel y esta vez soy yo la que le muerde. Él emite un quejido y se retira unos pocos centímetros, pero, lejos de amedrentarse, parece que el gesto le pone cachondo, porque empieza a quitarse el pantalón con prisa. Yo hago lo mismo y, aunque me cuesta algo más de lo habitual, consigo deshacerme de la prenda, que lanzo a un lado de un puntapié junto con los zapatos, mientras él se pone un preservativo. Entonces, me coge en volandas y cuando yo pongo las piernas alrededor de su cintura, me penetra de una fuerte estocada. Ahogo un grito, que él acoge en su boca, justo en el momento en que repite el envite y vuelve a clavarse dentro de mí. Coge mis brazos y vuelve a ponerlos contra la pared, observándome de arriba abajo, obligándome a hacer fuerza con las piernas, apretando el agarre en su cintura, mientras vuelve a penetrarme con un ágil movimiento de caderas. Esa postura me permite tener una visión privilegiada de su pecho musculado y de sus perfectas abdominales. Veo también su cara que, aún contraída por el esfuerzo, sigue siendo jodidamente perfecta, con los ojos entornados y los dientes apretados, haciendo aparecer los huesos de la mandíbula a ambos lados. El sudor empieza a correr por nuestros cuerpos, debido no solo al ejercicio, sino también a la nula ventilación de la habitación. Observo cómo una gota de sudor le resbala desde la frente, pasando por el pómulo y la mejillas, hasta emprender un camino descendente por su cuello y su pecho. Totalmente hipnotizada, vuelvo a dirigir la vista a su cara. Cuando veo resbalar otra gota, como un animal en celo, desobedeciendo su expresa voluntad de dejar los brazos pegados a la pared, le agarro del pelo y tiro de él hacia atrás, dejando su cuello totalmente expuesto para que mi lengua se recree en él. Da un paso hacia atrás y le oigo jadear. De repente, ya no siento la fría pared a mi espalda, sino sus brazos, apretándome con fuerza contra él. Apoyo los brazos en sus hombros y empiezo a moverme arriba y abajo. Acerco mi cara a la suya e, incapaces de cerrar la boca, nuestros jadeos se entrelazan y se confunden. Empiezo a sentir como un brutal orgasmo se concentra en el centro de mi estómago y empieza a descender. Cuando lo siento estallar, de forma inconsciente, araño su espalda y apoyo la boca en su hombro, apretando los dientes contra su piel. En ese momento, me agarra de la nuca y, hundiendo la cara en el hueco de mi hombro, emite un sonido ronco mientras se vacía por completo.

AARON

—¡Joder! —pienso mientras intento recobrar el aliento.

Ella no se mueve, respirando con fuerza contra mi cuello. Siento como ha aflojado su agarre a mi alrededor, pero yo la sostengo en brazos, a la espera de que se vea capaz de apoyar los pies en el suelo. Estoy realmente agotado pero, a diferencia de lo que he hecho otras veces, en los que me importaban una mierda los sentimientos de la tía en cuestión y me largaba rápidamente, no sé por qué motivo, esta vez no quiero soltarla. Incluso agacho la vista hacia su cuerpo y, al ver su hombro desnudo, por un momento estoy tentado de besarlo.

Afortunadamente, ella parece haber recobrado las fuerzas y apoya los pies en el suelo. Evitando mi mirada, empieza a buscar sus ropas por el suelo. Pasados unos segundos en los que me quedo inmóvil, empiezo a vestirme también. Me quito el preservativo, hago un nudo y lo guardo en el bolsillo del pantalón. Me abrocho los botones de la camisa que aún quedan, quedando abierta por la parte de abajo. La espero mientras se pone los zapatos de tacón y entonces abro la puerta y salimos al pasillo.

—Voy… Voy al baño un momento —me dice, aún sin mirarme.

—Sí… Yo también.

En cuanto entro, tiro el preservativo en la papelera y apoyo las manos en uno de los lavamanos. Abro el grifo del agua y me mojo la cara repetidas veces. Al rato. levanto la vista y me miro en el espejo.

—¿Qué cojones ha sido eso? —me pregunto a mí mismo.

Ha sido increíble, aunque estoy algo confundido. Al final, cuando todo acabó, no tenía ganas de salir corriendo, sino de estrecharla entre mis brazos e incluso, acurrucarme en el suelo junto a ella, sin soltarla.

—Capullo —me digo, arrugando la frente.

Salgo fuera y, aunque no puedo evitar mirar hacia el baño de mujeres, salgo de nuevo hacia la barra de la discoteca. Echo un vistazo alrededor y enseguida veo a Jimmy, charlando con dos chicas que le ríen las gracias. En cuanto me ve, me saluda con la mano y me hace una seña para que me una a ellos, pero declino la invitación y le indico que tengo intención de irme. No siempre nos vamos juntos, dependiendo de cómo se nos dé la noche, por eso siempre venimos cada uno con su coche. Él asiente con la cabeza y me señala con la vista a sus dos acompañantes. Yo sonrío y, de forma disimulada, levanto el pulgar, justo en el momento en el que veo que sus ojos se posan en algo a mi espalda. Me giro y veo que la mira a ella, la cual acaba de salir del baño, peinándose el pelo con los dedos. Dejo de mirarla, para que no me pille embobado y miro de nuevo a Jimmy, que fija la vista en mí, empezando a atar cabos de repente. Abre la boca alucinado, mientras yo asiento con la cabeza y me llevo la mano a la bragueta del pantalón, moviendo las cejas arriba y abajo. Hace un gesto con las manos, como dándome por imposible y vuelve a centrarse en sus dos acompañantes.

Estoy dispuesto a irme, pero entonces, no sé por qué razón, la busco por la sala. Parece buscar a su amiga, mirando de un lado a otro, hasta que saca el teléfono del bolso. Cuando lo guarda, se cuelga el bolso del hombro y camina hacia la salida. ¿Su amiga se ha ido? ¿Habrá venido en coche? Aunque en su estado, no debería de conducir. Pero entonces, ¿va a tener que buscar un taxi ella sola?

—¿Tu amiga se ha ido? —le pregunto cuando la intercepto en la puerta de la calle.

—Mi hermana… —me contesta—. Sí, me ha enviado un mensaje diciéndome que estaba un poco mareada y que se marchaba para casa.

—Entonces, ¿te vas sola?

—Eh… Eso parece…

—¿Te llevo? Yo… tengo el coche aparcado allí… —digo señalando al final de la calle.

—No te molestes… Solo… Solo necesito saber donde estamos y buscaré un taxi. Tengo aquí la dirección de casa…

—Espera, espera, ¿no sabes dónde vives? ¿Tan borracha vas que te la tienes que apuntar?

—Me acabo de mudar y no he tenido tiempo literal de aprenderme la dirección. Sé que está en el Upper West Side…

Cojo el papel de sus manos y después de leer y trazar un mapa mental en mi cabeza, le hago una seña con la cabeza.

—Te llevo.

La ayudo a subirse a mi todoterreno, y tras asegurarme de que está cómoda, arranco el motor y me meto de lleno en el tráfico de la ciudad. A pesar de haber bastantes coches, se circula con fluidez y, tan solo diez minutos después, llegamos a su barrio. Hemos realizado todo el trayecto en silencio, aunque yo no he dejado de mirarla de reojo. Así, he podido ver que ha cerrado los ojos y creo que incluso, por unos minutos, se ha quedado dormida. Cuando estamos llegando a su calle, para intentar despertarla, empiezo a hablar.

—¿De dónde eres? —pregunto.

—Eh… —dice abriendo los ojos y tocándose los labios con los dedos—. De Salem, Oregon.

—¡Vaya! ¡Menudo cambio! ¿Por trabajo?

—Sí… —contesta mirando por la ventanilla—. Esta calle me suena…

—Menos mal, porque es la tuya —digo agachando la cabeza para ver los números de los edificios hasta encontrar el suyo—. Es aquí, ¿verdad?

—Sí. Esto… Muchas gracias.

—¿Por el polvo o por traerte?

—Por traerme a casa. Por el polvo, más bien me deberías dar tú las gracias a mí… —dice abriendo la puerta del coche.

—Pues de nada, supongo —contesto sin poder dejar de sonreír.

—Bueno… Ya nos veremos —me dice.

—Lo dudo. Esto no es Salem.

—Pues bueno, entonces… Adiós —dice pasados unos segundos, empezando a cerrar la puerta.

Yo no contesto, no porque no quiera, sino porque no me salen las palabras. Una parte de mí, que no conocía hasta ahora, quiere retenerla con cualquier excusa, volver a besar sus labios y, por qué no, volver a follar con ella, quizá esta vez con menos prisa, de forma más relajada y pausada, en un sitio algo más cómodo. En lugar de hablar, sonrío, y no dejo de hacerlo hasta que la veo perderse dentro de su edificio.

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