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Capítulo 1

Interestatal 81, kilómetro 430

Las historias que suelo contar empiezan con el típico “chica conoce a chico”. Después de un tiempo se enamoran, pero, por un motivo u otro, se distancian. Durante el tiempo en el que están separados, chico recurre a la bebida o al sexo por despecho, mientras que chica recurre a las pelis romanticonas y al helado de chocolate. Así hasta que se dan cuenta de que se quieren tanto que no merece la pena seguir enfadados y alguno de los dos hace algo hermoso para que el otro caiga rendido a sus pies. Es un argumento facilón, pero siempre vende… Hasta que “chica”soy yo y “chico” es mi prometido. Y el distanciamiento es porque“chica” descubre a “chico” con “secretaria” en la cama. “Chico” pide perdón repetidas veces, jurando y perjurando que es la primera y última vez, pero “chica” sabe que no es verdad y, harta de no sentirse amada como las protagonistas de sus libros, decide huir.

Y en eso estoy, huyendo. Los primeros cien kilómetros han sido una dura prueba contra mí misma, ya que he estado tentada en dar la vuelta decenas de veces. No porque con Edward fuera inmensamente feliz, sino porque, sin él, no soy nadie. Cuando le conocí, me enamoré completamente de él, de su carisma y de su poder. Poco a poco me fue absorbiendo, alejándome no solo de los míos, sino de mí misma. Por él, deje de ser Harper para convertirme en, simplemente, la novia de Edward.

Gracias a Dios, recobré la cordura unos kilómetros más adelante, cuando paré en una gasolinera para repostar gasolina. En un arrebato irracional, compré un paquete de tabaco, vicio que había dejado al poco de empezar con Edward, y unas latas de cerveza, bebida que también hacía tiempo que no probaba. Sí, lo habéis adivinado: cuando empecé a salir con Edward. Él es más de cócteles refinados… De repente, me descubrí al más puro estilo Thelma y Louise, cantando a pleno pulmón las canciones de la radio mientras daba sorbos a una lata de cerveza con un cigarrillo entre los dedos.

La huida estaba saliendo de película, hasta que, cuatro horas después de salir de Nueva York, una humareda negra empieza a salir del capó, y el coche hace un ruido que no me gusta nada. No entiendo de mecánica, pero de repente parece como si mi coche tuviera bronquitis, y eso no debe de ser muy bueno. Paro en la cuneta, abro la guantera y saco el mapa. Por más vueltas que le doy, no tengo ni puñetera idea de dónde estoy, así que resoplo hastiada y lo lanzo al asiento del copiloto. Me planto frente al capó con los brazos en jarras, hasta que me decido a abrirlo. Nada más hacerlo, corro hacia atrás, tapándome la cara con ambos brazos. No escucho ninguna explosión, así que me atrevo a mirar y, poco a poco, me acerco para comprobar el estropicio.

—Y cuando pensaba que las cosas no podían ir a peor… —susurro para mí misma mientras voy a por el teléfono.

Me quedo mirando la pantalla durante un buen rato, comprobando que tengo infinidad de llamadas y mensajes. Bajo el cursor sin dejar de leer el nombre de Edward, hasta que aparece el de mi hermana. Nota mental: devolver la llamada a mi hermana en cuanto pueda y pasar de Edward para siempre.

Pero para llegar a ese momento, primero tengo que centrarme en arreglar el coche. El móvil tiene GPS, así que a lo mejor algún satélite puede localizarme y decirme dónde estoy. Es una información indispensable si quiero llamar a la grúa sin quedar como una idiota. Aprieto el icono y después de un rato esperando a que el puñetero programa haga algo, compruebo horrorizada que estoy a kilómetros de cualquier zona habitada, perdida en algún lugar de la Interestatal 81. Sé que no es demasiada información, pero, igualmente, llamo a asistencia en carretera, arriesgándome a entrar en su ranking de llamadas inverosímiles.

—Asistencia en carretera, le atiende Dan. ¿En qué puedo ayudarle?

—Esto… ¡Hola, Dan! —le respondo lo más cordial posible.

—¡Hola! —Repite con entusiasmo—. ¿En qué puedo ayudarla?

—Pues mi coche me ha dejado tirada y necesitaría que mandara una grúa que me lleve al taller más cercano…

—¡Perfecto! Dígame dónde está y le mando una de inmediato.

—Ahí está el problema… No sé dónde estoy…

—¿Cómo?

Y ahí se ha esfumado su amabilidad.

—Pues que no sé dónde estoy —repito casi susurrando.

—¿Cómo puede ser que no sepa dónde está…?

—Bueno, sé que estoy en la Interestatal 81.

Silencio… Y ahora es cuando está avisando al resto de sus compañeros y poniendo el altavoz para que todos puedan oír nuestra surrealista conversación.

—Vale, vamos a ver señorita…

—Simmons.

—De acuerdo, señorita Simmons. Entonces, además de tener un problema con el coche, ¿está perdida?

—No, no estoy perdida, estoy en la Interestatal 81.

—Esa carretera tiene 481 quilómetros, señorita Simmons. Si no sabe exactamente en qué punto está…

—Tampoco me hace falta —respondo, herida en mi orgullo.

—Pero a mí sí para poder enviarle una grúa… —contesta imitando mi tono de voz.

Ahí me ha pillado.

—Veamos, he salido de Nueva York hace cuatro horas y me dirijo hacia el norte por la Interestatal 81 a una velocidad media de 100 o 120 kilómetros por hora… —Me callo al oír una carcajada al otro lado del teléfono—. ¿Se puede saber de qué se ríe, Dan?

—Perdone… Es que parece una pregunta de examen…

—¡Pues no es una broma! —grito, con algo de desesperación en mi voz.

—Trato de ayudarla, señorita Simmons, pero no me está poniendo las cosas fáciles. A ver —resopla, con la paciencia casi agotada—, ha dicho que va hacia el norte… ¿Ha llegado usted al lago Ontario?

—Creo que no.

—Créame, es lo suficientemente grande como para saber a ciencia cierta si lo ha visto o no. —Qué gracioso, Dan… Pero por mi supervivencia, pasaré por alto el sarcasmo—. Así que daremos por hecho que no lo ha visto… ¿Su velocidad ha sido constante durante todo el trayecto?

—Pues excepto cuando he parado a repostar…

Pero entonces escucho unas carcajadas al otro lado de la línea y me doy cuenta de que me está gastando una broma y me quedo callada. No digo nada, sino que espero a que estén satisfechos.

—Perdone… —le escucho decir al rato—. Creo que ya…Ya sé dónde puede estar. Llamaré a una grúa de la zona. Les daré su número de teléfono para que se pongan en contacto con usted.

—¿Cuánto tardarán?

—No lo sé… Ya les diré que la llamen cuanto antes.

—Gracias, Dan.

—De nada. Y suerte.

Cuelgo, me enciendo otro cigarrillo, abro una lata de cerveza y me siento a esperar. Parece que mi huida se acaba aquí, al menos por el momento. Me resigno pensando que cuatro horas desde Nueva York ya es una distancia más que aceptable. Ya he puesto tierra de por medio suficiente como para poder sentarme y meditar sobre qué hacer con mi vida a partir de ahora durante un tiempo. Viajo ligera de equipaje, con solo una maleta llena de ropa y libros, mi portátil, una libreta, un bolígrafo y mi teléfono.

Edward me ha apartado de muchas cosas, pero no pienso renunciar a mi pasión y profesión: escribir. Hace meses que no me siento frente al portátil, y lo que más me preocupa es que mi cabeza, esa que antes no paraba de imaginar diálogos y situaciones, parece haberse sumido en una larga sequía. Afortunadamente,las ventas de mi última novela fueron tan buenas como para poder permitirme estos meses en el dique seco.

Mi móvil empieza a sonar de nuevo. Temerosa, miro la pantalla,hasta que veo un número desconocido.

—¿Hola?

—¿Ha pedido una grúa?

—¡Sí! He sido yo.

—¿Dónde está exactamente?

¿En serio? ¿Mi amigo Dan no le ha dado ninguna pista? ¿De veras tengo que volver a pasar por el trago de quedar como una pirada? A lo lejos se escucha el aullido de un lobo, así que sí, estoy dispuesta a pasar por ello de nuevo.

—Mmmm… Pues…En la Interestatal 81… A cuatro horas de Nueva York… —Silencio al otro lado de la línea—. ¿Hola?

—Se está quedando conmigo, ¿verdad?

—No. Ya se lo he explicado a Dan.

—¿Quién es Dan?

—El tipo de asistencia en carretera que me cogió la llamada. Esperaba que él le hubiera dado más pistas de dónde estoy…

—¿Cree que si me lo hubiera dicho se lo estaría preguntando?

No sé si es su voz áspera, su tono cortante o que tiene toda la razón del mundo, pero me decido a soltarle toda la parrafada de nuevo, a riesgo de parecer una pirada.

—Hace cuatro horas que salí de Nueva York, he pasado por varias ciudades,pero no me he fijado en los nombres… He parado en una gasolinera hará como unas… dos horas, y luego, nada más hasta… aquí —digo mirando alrededor, sintiéndome tan pequeña en la inmensidad de la noche…—. Y no he llegado aún al lago Ontario.

—Si hubiera llegado a él, estaría en Oswego y no necesitaría una grúa.

¡Qué bien…! ¡Otro graciosillo…! Hoy tengo suerte de haber topado con todos los hombres encantadores y comprensivos de la zona… Estoy muy cansada y, por qué no admitirlo, algo asustada. Sólo necesito que me lleven a algún lugar civilizado en el que pueda alquilar una habitación de hotel y darme una ducha.

—¿Y me puede llevar a Oswego…? —Donde quiera que esté…

—Sí.

¡Bien! Parece que empezamos a entendernos.

—¿Y puede venir a recogerme…?

—Si no sé dónde está, no.

—¿No tiene algún chisme localizador de coches averiados o algo por el estilo? —pregunto al borde de un ataque de nervios.

—Sí señora, apriete el botón de la radio y su coche me mandará una Batseñal e iré a recogerla en mi Batmovil.

—¡Qué gracioso es usted! ¡¿Cuántos años tiene?!¡¿Doce?!

—Señora, lo único que le pido es que me diga dónde cojones está para poder recogerla, que me pague y dejarla en el taller. Ese es mi trabajo. Para localizar a gente perdida, ya está la policía.

—¡No!¡Su deber es encontrar a la gente que se ha quedado tirada en la carretera!¡Encontrarlas, antes de recogerlas!¡Así que encuéntreme! ¡¿Oiga?!¡¿Oiga?! ¡¿Me ha colgado?! ¡Me ha colgado! ¡Será capullo! ¡Me ha colgado!

Este tío no sabe con quién está hablando. Vale, a lo mejor no he sido de mucha ayuda, pero no se puede dejar colgada a una clienta así por las buenas… ¿Cómo puede este hombre dormir tranquilo esta noche sabiendo que ha dejado a una mujer sola en mitad de la nada? Ese pensamiento me acojona, así que, ya que el gracioso es mi única esperanza para poder ducharme esta noche, decido volver a llamarle, utilizando esta vez un tono de voz mucho más conciliador. Aguanto la respiración hasta que descuelga, ya que no las tenía todas conmigo de que lo hiciera.

—A ver, voy a hacer el trabajo por usted —digo dando vueltas en círculo para ver si encuentro algo que pueda servirle de referencia para localizarme—.Veo árboles, varios postes de luz…

Me quedo callada al no recibir respuesta. Entonces, cansada de todo, no solo de mi huida, sino también de los últimos meses y de lo sucedido hace unos días, lo único que soy capaz de hacer, con voz entrecortada, es suplicar.

—Por favor… Necesito su ayuda…

Oigo un largo suspiro al otro lado de la línea.

—En la cuneta, puede que escondida entre la maleza, haya alguna baliza de señalización. Ya sabe, uno de esos palos de cemento con un número grabado. Ese número, aunque le parezca mentira, no es gratuito, indica el kilómetro de carretera en el que se encuentra.

Decido pasar por alto su sarcástico comentario, y ya van dos veces hoy que lo hago, y me apresuro a buscar como una loca.

—Voy a mirar.

Corro de un lado a otro,desesperada, girándome de vez en cuando para no perder de vista el coche, cuando al fin encuentro un poste de cemento. Tal y como él supuso, tapado por las malas hierbas de la cuneta.

—¡Sí! ¡Lo tengo! ¡Lo tengo! ¡Aquí hay un palo!

Lo sé, sueno entusiasmada y quizá algo desesperada, pero es que ya me veía pasando la noche a la intemperie.

—Felicidades. ¿Y bien?

—Pone I-81, Kilómetro 430. ¡Kilómetro 430! —grito sin poder parar de reír—. ¡Qué número tan bonito!

—Señora.

—¡Es curioso que un palo tan pequeño vaya a salvarme la vida!

—Señora.

—¡Pues sí que me quedaba poco para llegar al final de la Interestatal, porque Dan me ha dicho antes que…!

—¡Señora!

—¿Qué? —contesto, algo temerosa por su tono de voz autoritario, aunque quizá me estaba dejando llevar por la emoción del momento.

—Quédese al lado del coche.

—Gracias, de verdad.Gracias.

Nada más colgar, le hago caso y me apoyo en el maletero del coche. Del capó ya casi no sale humo, pero prefiero dejarlo abierto un rato más. En ese momento mi teléfono suena de nuevo. Es Suze, mi hermana.

—Hola, Suze. Pensaba llamarte en un rato.

—¡¿Dónde narices estás?!¡¿Y qué significa que has dejado a Edward?! —En el quilómetro 430 de la Interestatal 81, y significa eso, que he dejado a Edward, pienso—.¡¿Te has vuelto loca?!

—Suze, necesito un tiempo a solas…

—Harper, te casas con Edward en menos de un mes… No puedes desaparecer así.

—No habrá boda.

—¡¿Qué?! ¡¿Estás loca?! ¡¿No te vas a casar con uno de los solteros más codiciados de Nueva York?!

—Confía en mí Suze. Tengo mis motivos. Necesito un tiempo a solas.

—Pero…

—Confía en mí. Te lo contaré todo, pero ahora necesito algo de tiempo…

—¡¿Y qué les digo a los demás?!¡¿Qué motivo doy para la no boda?!

—Diles lo que quieras. Me da igual. —Entonces veo unas luces acercándose a mi posición—. Suze, te tengo que dejar. Te llamaré. Lo prometo.

Me incorporo al instante, guardando el teléfono en el bolsillo de mi americana, mientras veo la silueta de un hombre acercándose.

—¡Hola! Gracias por venir —le digo.

El hombre pasa por mi lado sin siquiera dirigirme la palabra ni mirarme. Se acerca al capó del coche y hunde su cabeza en el interior. Le sigo expectante.

—Soy Harper. ¿Hablé con usted por teléfono?

Le observo esperando una respuesta, sin éxito. Está más interesado en mi coche que en mí. Apoya las manos en la parte delantera y entonces me fijo en sus brazos sucios y musculados. Sus manos también están manchadas de grasa y llenas de cortes. Le observo de arriba abajo, con una mueca de asco dibujada en la cara. Lleva unas botas de trabajo gastadas, unos vaqueros llenos de grasa y una camisa de cuadros de manga corta. Me acerco al coche e, imitándole, hundo la cabeza en el capó. Miro un rato el amasijo de cables y piezas sin tener ni idea de qué estoy haciendo o qué tengo que ver, hasta que giro la cabeza para verle la cara a mi rescatador. Tiene el pelo despeinado, que se le cae sobre los ojos, y la recta mandíbula poblada por una barba producto de varios días sin afeitarse. Sus pómulos están manchados de grasa, así como su nariz, en la que veo una cicatriz antigua. La cara, así como los brazos, están muy bronceados, aunque no creo que sea aficionado a la playa.

Se incorpora de golpe y yo imito su movimiento.Sin mediar palabra, engancha mi coche con el gancho y empieza a subirlo a la grúa, así que me apresuro a sacar mis pertenencias del interior. Cuando acaba, se sienta detrás del volante y arranca el motor. Aferrada a mi maleta,me acerco con timidez a la ventanilla del copiloto, sin atreverme a hablar. Realmente, la actitud de este tipo me sorprende y me intimida a la vez.

—¿Sube o qué? —me suelta de repente, girándose hacia mí y permitiéndome ver sus ojos por primera vez. Unos ojos de un azul tan intenso que casi me deslumbran.

Dejo mi maleta atrás y me siento donde el copiloto. Junto las piernas y pongo las manos en mi regazo, justo después de ponerme el cinturón. Estoy confusa e insegura, no sé cómo comportarme con él. Por teléfono no es que fuera muy simpático, pero al menos me dio algo más de conversación que ahora. ¿O quizá fui yo la que habló sin parar?

Enciende un cigarrillo, baja su ventanilla y arranca el motor. Dudo si darle conversación o no, así que, ante la duda, decido fijar la vista al frente y mirarle de reojo de vez en cuando.

Media hora más tarde, veo el cartel que anuncia que entramos en Oswego. Gracias a Dios, porque este silencio había pasado de incómodo a insoportable. Callejeamos durante unos minutos hasta llegar a una verja cerrada. Me agacho un poco para ver mejor a través de la luna delantera. Es un taller mecánico. Logan’s, reza el cartel sobre la verja. El tipo se baja del coche y la abre, lo que me da a pensar que es suyo. Luego conduce hasta dentro del patio y yo, después de unos segundos en los que me quedo quieta sin saber qué hacer, agarro mi maleta, me apeo y me quedo a un lado. Me siento totalmente perdida, en una ciudad que no conozco, con la única compañía de un tío grasiento que ni siquiera me dirige la palabra.

Definitivamente, esta no es la huida de mis sueños ni un pasaje digno de ser inmortalizado en alguno de mis libros. Parece que el tipo tiene intención de largarse, dejándome ahí tirada, así que el pánico me invade.

—¡Perdone! ¡Oiga, disculpe! —Se gira, apoyándose en la carrocería, mientras yo me acerco a la carrera, arrastrando la maleta y haciendo lo imposible para no caerme subida en mis tacones de diez centímetros—. ¿Qué hago yo ahora?

—Pues, a no ser que quiera dormir aquí, venir conmigo. Está cerrado, así que hasta mañana no le podremos decir qué, cuánto y cuándo. —Me deja sin palabras, y eso es muy complicado de lograr. Al ver mi cara, resoplando, me aclara—: Que hasta mañana no le podremos decir qué tiene exactamente el coche, cuánto costará la reparación ni cuándo lo tendremos listo.

Asiento lentamente y me subo a su furgoneta, a pesar de que todas mis señales de alarma están encendidas. Soy consciente de que no le conozco de nada, de que no tengo ni idea de dónde estoy y de que tampoco sé dónde pretende llevarme para pasar la noche. Estoy confiando en él, ciegamente, justo lo que me propuse no volver a hacer.

—¿Es suyo el taller? —Pregunto para intentar disimular mi nerviosismo e incomodidad, intentando demostrar a la vez toda la seguridad que ahora mismo no tengo.

Sin dejar de mirar a la carretera, asiente una vez. Le miro con los ojos muy abiertos durante unos segundos, hasta que me doy cuenta de que me tengo que conformar con ese gesto como respuesta. Entonces empiezo a recordar las decenas de noticias de chicas muertas a manos de locos asesinos y empiezo a arrepentirme de haberme subido con él. ¿Va a matarme? Esa es la pregunta que no para de rondar mi cabeza.

—¿A dónde me lleva? —Acabo preguntándole al final.

—A un motel.

Dos minutos más tarde,detiene la grúa junto a un edificio bastante bien cuidado, de aspecto colonial.

—Pregunte por Bree.

—De acuerdo. ¿A qué hora paso mañana por el taller?—pregunto antes de salir,con la mano aún en la manija de la puerta.

—Abrimos a las nueve.

—De acuerdo. Hasta mañana, entonces.

Me bajo y me quedo en la acera, con la mano levantada, diciendo adiós,a pesar de que ha arrancado hace un rato, sin siquiera despedirse.

—Imbécil…

Cruzo la puerta de entrada arrastrando la maleta y llego a lo que parece ser la recepción. Hay un gran mostrador con un timbre como el de las películas. Detrás, unos cuantos casilleros con llaves colgando. A mano derecha, unas escaleras y unas butacas al lado de un mueble expositor con varios folletos turísticos de la zona. Me acerco al mostrador y hago sonar el timbre, sin poder evitar la sonrisa. Al poco rato,aparece una chica morena, con el pelo recogido en una coleta.Parece muy joven, rondando los veinte.

—¡Hola! ¡Bienvenida! ¿En qué puedo ayudarla? —me saluda,risueña.

—Hola —la saludo agradecida por su amabilidad.

—¿Necesita una habitación? —me pregunta, ladeando la cabeza.

—¡Sí! —contesto tan emocionada que creo que incluso podría llorar—. ¿Eres Bree?

—Sí. ¿De veras soy tan famosa?

—Me envía Logan… —contesto titubeante.

—¿Logan?

Era Logan el nombre que vi escrito en el cartel del taller, ¿verdad? Me pregunto, extrañada.

—Que conduce una grúa y tiene un taller mecánico… —añado.

—¡Ah, vale! ¿Brad o Matt? Son hermanos. Logan es su apellido.

—¿Hay dos? Qué suerte la mía… —susurro—. Pues no era muy hablador que digamos, así que no me dio muchas pistas…

—Brad, sin duda. Mattes muy extrovertido y habla por los codos. Y tiene una sonrisa que te hipnotiza al instante…

Me doy cuenta que mientras le describe, sus ojos brillan sin parar.

—¿Y estás segura de que son hermanos?

—¿Cómo?

—Era una broma… Debo haber tenido mala suerte y me ha tocado el hermano gruñón.

Bree sonríe ante mi respuesta.

—Y bien, ¿cuántos días se quedará?

—Pues supongo que dependerá de lo que mi nuevo amigo tarde en reparar mi coche.

—Bien, no se preocupe, tenemos habitaciones de sobra. No hay mucho turista últimamente. Tenga su llave.Habitación siete, en el primer piso. En la

cafetería servimos todo tipo de comida, mi madre cocina muy bien. Si le apetece, puede bajar a cenar algo luego.

Cojo el poco equipaje que llevo y subo a mi habitación. Abro la puerta, dejo la maleta encima de la cama y busco el baño. Abro el grifo de la ducha, me desvisto y me meto bajo el chorro caliente del agua. Ha sido un día largo y estoy exhausta.

Después de quince reparadores minutos, salgo de la ducha envuelta en un esponjoso albornoz. Al salir del baño, observo con más detenimiento la habitación. Es acogedora, con suelos de madera, papel beige en las paredes y cortinas de gasa blanca. Hay una cama alta y grande a la izquierda, un escritorio debajo de la ventana y, a mano derecha,un mueble con una televisión. Sencilla pero suficiente. Además, es discreto y fuera del alcance de Edward, ya que no me lo imagino en un sitio como este al que él llamaría “antro”. No creo que se haya hospedado nunca en un hotel cuyas habitaciones cuesten menos de 500 dólares la noche…

Deshago mi maleta, dejando el portátil encima del escritorio y colocando mi ropa y enseres personales en su sitio. Me visto con unos tejanos y una camisa ajustada, me recojo el pelo en una coleta y bajo a la cafetería para cenar algo. En cuanto entro, me encuentro a Bree detrás de la barra, que me saluda con una sonrisa en los labios.

—¡Hola!

—¿Lo haces tú todo por aquí?

—Intento ayudar a mis padres en lo que pueda. ¿Qué le apetece cenar? —me preguntaen cuanto me siento en un taburete de la barra.

—Cualquier cosa. Un sándwich,por ejemplo. Y una cerveza bien fresquita —añado.

—¡Marchando! —Se pierde en lo que debe de ser la cocina.

Cinco minutos después, ya tengo mi sándwich y doy un sorbo a una cerveza helada.

—Está delicioso, Bree.

—Gracias.

—¿Cuántos años tienes? —le pregunto cuando se apoya en la barra, frente a mí.

—Veintiuno.

—¡Qué joven…!

—Usted no parece mucho más mayor…

—Desde el momento en el que no me tuteas, me tengo que preocupar…

—Perdone… Digo, perdona. No es por eso…

—Tengo treinta y cuatro.

—Lo que yo decía…

—Pues espero que, entonces, me sigas tuteando.

—De acuerdo… —sonríe, agachando la cabeza—. ¿A qué te dedicas?

—Soy escritora.

—¿En serio? ¿Y qué te trae por aquí?

—Nada… En realidad, estoy aquí porque el coche me dejó tirada y el de asistencia en carretera me puso en contacto con MísterSimpatía y él me trajo

aquí.

—¿Y a dónde ibas?

Medito la respuesta durante un buen rato, hasta que finalmente, decido maquillar un poquito la realidad soltando una verdad a medias.

—A ninguna parte. Realmente, necesitaba un lugar al que huir de… del ajetreo de la ciudad. ¿Y quién sabe? Quizá encontrar inspiración para mi próxima historia… A lo mejor resulta que ese sitio es Oswego, aunque sea por causas mayores.

—¡Vaya! ¡Qué pasada poder ir por el mundo sin rumbo fijo! ¿Y de dónde eres?

—De Nueva York.

—¡¿En serio?! ¡Tiene que ser una pasada! —dice con los ojos abiertos como platos.

—¿Y por qué no lo descubres por ti misma? Sólo está a cuatro horas en coche…

—Ya, pero… No puedo dejar a mis padres tirados…

—Tampoco es que te fueras a olvidar de ellos…

—La mayoría de la gente de mi promoción del instituto se fueron a estudiar allí.

—¿Y tú?

—No me lo pude permitir… Además, esto me gusta. No me imagino viviendo en otro sitio. Es una vida sencilla, sin demasiados lujos, pero es un sitio ideal para ser feliz.

La miro durante unos segundos, sonriendo ante su inocencia.

—Entonces, cuéntame, ¿dónde puedo buscar mi inspiración para escribir por aquí?

—Bueno, pues el lago Ontario es el reclamo por excelencia… —Me suena ligeramente, pienso—. Hay muchos sitios donde sentarse a ver el atardecer entre los árboles, embarcaderos donde poder pescar… Es precioso.

—Vale, me lo apunto. ¿Y aquí en el pueblo?

—Pues depende de la estación del año. Aún es otoño y la nieve tardará unas semanas en aparecer, así que puedes visitar los canales que llevan al lago. Hay casas a ambos lados del canal con embarcadero propio. Es la parte antigua de la ciudad y es muy tranquila. Las casas son preciosas. Brad y Matt viven en una de ellas.

Sus ojos vuelven a chispear al nombrar a ese tal Matt.

—¿Qué tiene ese Matt Logan que te gusta tanto?

—¿Cómo? —me pregunta, sonrojada.

—Cada vez que lo nombras, tus ojos brillan y se te dibuja una sonrisa enorme en la cara.

—Bueno… Puede que… me guste un poco… —contesta ruborizada, retorciendo un trapo de tela que cuelga de su mandil—. Pero no sabe ni que existo…

—¿Cómo lo sabes? ¿Acaso tiene novia?

—No, qué va… Es algo… mujeriego… Pero es mayor que yo, tiene veintinueve años… No salimos en el mismo grupo de amigos… Él va al pub, pero yo no salgo nunca porque me tengo que quedar aquí. Digamos que no frecuento su círculo de… interés.

—Lo de la edad, no tiene porqué ser un problema. Y lo de salir, se puede solucionar rápidamente. Deberías buscar opciones para poder acercarte a él. Nunca se sabe, no pierdas la esperanza de conquistarle algún día.

—No creo que sepa ni mi nombre… —asegura, negando con la cabeza con resignación—. ¿Y tú? ¿Has dejado a alguien en Nueva York?

—Estuve saliendo con un chico un tiempo, pero lo hemos dejado… Me hizo daño y no acabamos muy bien.

Decido dejar ahí la explicación.

—Vaya, lo siento… Espero entonces que Oswego se convierta en una inspiración para escribir y en una cura para tus heridas —dice sonriendo.

—Gracias, Bree.

—Y, a lo mejor, hasta conoces a alguien.

—Créeme, no es mi intención. Me vendrá bien dedicarme un tiempo a mí misma.

Mientras me acabo la cena, me sigue explicando cosas del pueblo y de la época invernal que se avecina. Me cuenta que suele nevar muchísimo y ya no se puede salir a navegar porque el lago de congela. Es cuando empieza la temporada de patinaje y hockey sobre hielo, el deporte estrella de la zona. Teniendo en cuenta que consiste en un grupo de tíos pegándose por meter un disco en una pequeña portería, me parece que no me va a costar mucho convertirme en una forofa más.

—Matt y Brad juegan en el equipo.

—¿En serio? Más a mi favor. —¿He dicho eso en voz alta?

29 Comentarios

  1. Gabriella-Reply
    6 mayo, 2015 en 23:08

    #13

    • Anna García-Reply
      6 mayo, 2015 en 23:14

      No tienes remedio…

  2. Gabriella returns!-Reply
    9 julio, 2015 en 18:01

    Buenas tardes querida Anna, me echabas de menos? Lo siento… Ruby y Niall me han dejado resaca…. ¡¡Empecemos!!

    • Anna García-Reply
      9 julio, 2015 en 21:46

      Lo tuyo es de récord! En serio te lo digo!
      No sé si lo voy a publicar algún día, pero si no lo hago finalmente, juro que te imprimiré una copia solo para ti.

  3. Gabriella la pesada-Reply
    17 diciembre, 2015 en 0:41

    Última vez antes de papel…. ❤️❤️❤️❤️ Saldrán los corazones en el comentario? Me encanta tu blog! Nunca sé con qué me va a sorprender jajaajjajaj

    • Anna García-Reply
      17 diciembre, 2015 en 8:38

      ¡Jajajaja!
      Estás fatal…

      • Anna García-Reply
        17 diciembre, 2015 en 8:38

        Sí, salieron los corazones…

        Bradley deja que hagas con él lo que quieras…
        ¿Te das cuenta, no?

        • Gabriella-Reply
          17 diciembre, 2015 en 13:06

          Ay si….. Y me encanta hacer lo q quiera con él!!! Ya tú sabes…

  4. Lili López-Reply
    30 enero, 2016 en 6:16

    Lo confieso… me ponen los hombres que son borde, jajajaja. Bradley ya tiene una admiradora (n.n)/
    Gracias, Anna. :*

    • Anna García-Reply
      30 enero, 2016 en 9:33

      Uy, únete a club… Hay varias admiradoras de Bradley… Sobre todo una…
      Aunque Matt también tiene las suyas…

      • Lili López-Reply
        30 enero, 2016 en 18:57

        Y muy merecidas, creo yo.

  5. Maka-Reply
    24 marzo, 2016 en 10:00

    Uuuuuh que buena pinta tienen estos dos! 🙂 después de “No entrabas en mis planes” y “Está sonando nuestra canción” tengo tus libros reservados para cuando necesito algo precioso y simplemente genial…así que, empecemos…:)

    • Anna García-Reply
      24 marzo, 2016 en 10:36

      🙂 A por ellos!

  6. Maria-Reply
    9 abril, 2016 en 17:18

    Eres mi gran descubrimiento. No digo nada mas porque sigo al capítulo 2
    Me encantan tus libros

    • Anna García-Reply
      10 abril, 2016 en 14:46

      Muchísimas gracias!
      Espero que te encante!

  7. Eli-Reply
    16 mayo, 2016 en 20:31

    Hola Anna:

    He comprado todos los libros que tienes en formato kindle en amazon. Llevo ya leídos “No entrabas en mis planes”, “Hasta que te conocí” y “Esta es nuestra historia”. Me han encantado: ha sido empezarlos y ¡no podía parar de leer!. Los dos últimos me han recorado mucho a mi propia historia personal aunque sin un final tan feliz.
    Los libros que no he encontrado son los que tienes tú aquí en tu página: “Segundas oportunidades” y “Alex y Patrick”. Me gustaría saber si se pueden comprar en algún sitio para poderlos tener guardados y leerlos cuando quiera. Voy a ponerme a leerlos ahora mismo pero no siempre tengo conexión a internet disponible.
    Espero que sigas escribiendo más historias pronto porque creo que no me cansaré de leerte. Un abrazo y gracias por darme y darnos tan buenos momentos…Elisa

    • Anna García-Reply
      16 mayo, 2016 en 23:20

      ¡Hola!

      Pues esas dos historias, de momento, solo se pueden leer aquí en mi web.
      En un futuro, quizá no muy lejano, las publique también.

      Gracias y miles de besos!

  8. Ursula-Reply
    4 julio, 2016 en 22:29

    Bueno pues este es el único que me quedaba por leer Anna, y que te puedo decir…. Es maravilloso como cualquiera de tus historias, e reído, he llorado, me emocionado… Pero sin ninguna duda me he enamorado, aún no se como lo logras pero siempre termina enamorada de cada uno de los personajes que hay en tus grandes Historias, pero lo peor es que siempre que llegó a la última hoja me digo ahora que?? paso Días añorandolos…. Deseo saber más y más de sus vidas…. Pero luego comienza otra nueva historia y vuelta a empezar, las devoró jajajaja ojalá algún día le llegue a ver publicado y le pueda añadir a la colección de Anna García, mi escritora sin duda alguna favorita

    • Anna García-Reply
      4 julio, 2016 en 23:32

      Muchísimas gracias!
      Algún día, creo que podrás añadirlo 😉

  9. 1 septiembre, 2016 en 0:04

    Bueno Anna, aquí estoy leyendo los que me faltan, los publicados solo en la página 🙁 yo los quería en el Kindle para leer de camino a mi casa y antes de dormir y sábados por la tarde….bueno en fin para leerlo uno, dos o tres veces como cada uno de tus libros. Me encantan son historias muy frescas.

    • Anna García-Reply
      1 septiembre, 2016 en 8:26

      No sé si las dos, pero al menos una de ellas, verá la luz cuando tenga algo de tiempo libre… 😉

  10. Yolanda-Reply
    1 septiembre, 2016 en 0:39

    Hola Anna. Ahora empiezo segundas oportunidades, el único que me queda por leer…….y tiene una pinta….

    Sigue así.

    • Anna García-Reply
      1 septiembre, 2016 en 8:27

      😀 Graciaaaaaaaaaaaaaaaaaaas!
      Ya me cuentas cuando lo acabes 😉

  11. Sandra-Reply
    11 diciembre, 2016 en 14:39

    Hay algun lugar donde pueda encontrar esta historia

    • Anna García-Reply
      11 diciembre, 2016 en 16:58

      Pues espero que en breve, en Amazon 😉

      • Sandra-Reply
        11 diciembre, 2016 en 17:16

        Genial
        Estaré pendiente, este fue el primero de tus libros que leí y ame a Bradley
        Gracias

  12. Millie Maldonado-Reply
    31 enero, 2017 en 8:08

    Cómo hago para obtener el libro “Segundas Oportunidades”, lo busqué en Kindle amazon y no lo encontré, quiero comprarlo

    • Anna García-Reply
      1 febrero, 2017 en 13:56

      Hola!
      Pues es la próxima historia que saldrá publicada, así que pronto podrás disfrutar de ella… 😉

      Saludos!

  13. Millie Maldonado-Reply
    16 febrero, 2017 en 10:01

    Ayyy muchas gracias Anna, ya me comen las ancias. Besos

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