Primer Capítulo

Piérdete… conmigo

Viaja con Emma

“El hotel cuenta con cinco piscinas, dos de ellas exclusivas para adultos…”

—Ese bikini no resalta nada el moreno de mi piel.

—Tonterías. Estás perfecta.

—Podríamos volver a rodar esa toma. Me he traído uno de color blanco que sería perfecto. O el color champagne… O… Bueno, luego les echo una ojeada a todos.

—¿Cuántos son todos?

—No sé… Unos… veinte.

—¿Veinte? ¡Pero si solo vamos a estar cinco días…!

—¿Y…? En realidad, lo hago por tu bien, para que saques las mejores tomas posibles y, para ello, todo tiene que ser perfecto. Bikini incluido.

Stu resopla agotado, pasando una mano por su cabeza calva y rascándose la larga barba con la otra.

—Será el trabajo de tu vida, decían… Viajando de gorra, decían… Fácil: grabar y editar en un momento y luego disfrutar de los paisajes, decían…

—¿Algún problema? —le pregunta, con una mirada reprobatoria.

—Para nada. Grabaremos todas las tomas que quieras.

—Muy bien.

Stu vuelve a centrarse en la pantalla de su portátil, donde están visionando lo que llevan grabado hasta ahora, imaginando que estrangula a Emma con la tira de cualquiera de esos veinte bikinis. Enseguida se le dibuja una sonrisa de satisfacción.

—Esa es la actitud, Steward.

Y fin. Se acabó la magia. Ella ha hecho pedazos el momento. Odia cómo suena su nombre en boca de Emma. Con ese acento remilgado que se empeña en poner, convirtiéndole al instante en uno de los mayordomos de Downton Abbey. Al principio, la corregía constantemente, advirtiéndola que su nombre es Stuart, Stu, no Steeeewaaaard… A la vista está que no sirvió de nada.

“…En el resort encontraremos tres restaurantes tipo buffet y cinco restaurantes a la carta conducidos por cinco chefs con varias estrellas Michelin a sus espaldas… Os recomiendo encarecidamente una visita…”

—Ese plano con la boca llena, elimínalo.

—¿Por qué?

—Porque me niego a que la gente me vea comer.

—¿Por qué?

—Porque no.

—Pero… todo el mundo come… Además, se ve extraño que hables de comida y no la pruebes. En los programas de cocina, ver cómo el cocinero prueba luego la comida que ha elaborado lo hace más creíble…

—Steward, ¿tengo cara de Gordon Ramsey?

Stu la mira con los ojos muy abiertos, incrédulo, absolutamente descolocado, debatiéndose entre asesinarla o cerrar el portátil y largarse. Finalmente, recuerda que necesita el sueldo para vivir.

Cierra la boca e inhala el aire a través de la nariz, Stu. Cuenta hasta cuatro. Aguanta la respiración durante siete segundos. Espira completamente el aire de tus pulmones durante ocho segundos. Me estoy calmando. Me estoy calmando. Es solo una pija insolente. El precio que tienes que pagar para cobrar a fin de mes. Tranquilo…

“…Entre otros muchos servicios, podremos hacer uso del gimnasio o del maravilloso spa las veinticuatro horas del día…”

—Esa toma me encanta, pero…

—Quieres que elimine algunas gotas de sudor de tu cara.

—¡Eso es, Steward! ¡Ya te tengo casi enseñado! —le dice, palmeando su espalda un par de veces. Justo después, se mira la mano e, incapaz de reprimir una mueca de asco, se limpia la mano.

El asesinato es un delito muy gordo, Stu. No lo hagas. Inspira, aguanta siete segundos y suéltalo…

Sentada en uno de los taburetes frente a la barra del bar, removiendo su cóctel con la pajita, Emma mira de reojo al grupo de hombres de su derecha. Hablan y ríen de forma escandalosa, todos con las caras encendidas por culpa del sol excepto uno de ellos, precisamente en el que Emma se fija. Si en una revista de negocios dedicaran un especial a empresarios de éxito con aspecto de modelos de pasarela, él sería seguramente el protagonista del reportaje. Viste “elegante pero informal”, perfecto con un pantalón de pinza color arena y una camisa de lino blanca que resalta su bronceado perfecto. Lleva el pelo engominado hacia atrás, perfectamente peinado y, por lo que puede observar desde la distancia, las gafas enmarcan un rostro anguloso, como esculpido.

Él también parece haberse fijado en ella, y le dedica largas e intensas miradas entre codazos de sus compañeros. Alguno incluso le habla al oído, señalando a Emma, que se revuelve sobre el taburete, cruzando las piernas, intentando parecer una mezcla entre interesante, misteriosa y coqueta. Mirada de “prostituta con carrera”, como diría su amiga Kat. Que vean que eres capaz tanto de realizar todas las posturas del kamasutra como de recitar las cinco declinaciones del latín.

—Hola, compañera. ¿Qué tomas?

Se gira sobresaltada al escuchar la voz de Stu a su lado. Le mira de arriba abajo, levantando un lado del labio superior de su boca, preguntándose cómo es posible que alguien estime oportuno presentarse en el pub del hotel con un pantalón de deporte más apropiado para jugar un tres contra tres en una cancha de baloncesto y una camiseta que vivió su mejor época allá por el año 1.980.

—Piérdete, Steward —le dice, justo antes de volver a dirigir la mirada hacia su apuesto empresario, el cual había empezado a caminar hacia ella, pero que ahora se hallaba parado a medio camino, valorando si seguir avanzando o volver con sus colegas.

Emma le sonríe nerviosa, justo antes de volver a girar la cabeza de nuevo hacia Stu.

—Largo. Ya. Vamos, rápido —le apremia, chasqueando los dedos.

Stu mira más allá de la espalda de Emma, hacia donde se dirige su mirada constantemente, comprendiendo enseguida el motivo de su nerviosismo. Al principio valora hacerle caso sin oponer resistencia, hasta que ve una ocasión perfecta para cobrarse una pequeña venganza.

—¿Ese tipo? ¿En serio? Creía que lo nuestro iba cobrando forma…

Stu se acerca más a ella y le pasa un brazo alrededor de la cintura.

—¿Se puede saber qué estás haciendo? Quita esa mano de mi cintura —dice ella, con los ojos abiertos como platos, así como las aletas de la nariz.

—Creía que empezábamos a entendernos y que estabas deseando que fuéramos un paso más allá.

—¡¿Un paso más allá?! Nuestra relación es simple y estrictamente profesional. Así que vete, por favor. Ahora.

—¿Me estás suplicando? —le pregunta.

—¿Es lo que quieres? Pues sí, te lo suplico. —A Stu se le dibuja una enorme sonrisa de superioridad en la cara—. ¿Se puede saber qué te hace tanta gracia.

—Que te arrastres de esta manera por un tío como ese que salta a la vista que está casado o prometido y que seguramente no es la primera vez que pretende echar un polvo durante un viaje de negocios.

—Perfecto. Gracias por tu opinión que, por cierto, nadie te ha pedido. Largo.

Stu se empieza a alejar al fin y ella vuelve a centrar su atención y todos sus sentidos en su pretendiente, que, al verla sonreír de oreja a oreja, colocar un mechón de pelo detrás de la oreja y morderse el labio inferior, parece entender todas las señales y empieza a caminar de nuevo hacia ella.

—Hola —la saluda con un acento tejano inconfundible—. Peter Wright.

—Emma Campbell —contesta ella, tendiéndole la mano que él esperaba y que besa con caballerosidad—. Encantada.

—¿Trabajo o placer?

—Trabajo. Estamos grabando un programa para el canal de viajes de la televisión por cable. Y ese esperpento de antes —dice, señalando un punto inconcreto de su espalda, con la intención de aclarar la situación de antes—, es el cámara que me acompaña.

—Gracias por la aclaración, aunque, a la vista está que no suponía ninguna amenaza para mí.

Peter hace un gesto inconsciente, abriendo un poco los brazos y esbozando una media sonrisa propia de un anuncio de pasta de dientes. Demuestra mucha confianza en sí mismo que, mezclada con ese aspecto de modelo de pasarela y una más que presumible cartera abultada, hace las delicias de Emma, que cae, inevitablemente, rendida a sus pies.

—¿Y tú? ¿Trabajo o placer?

—Pues espero que las dos cosas… —contesta, entornando los ojos, que se vuelven oscuros, como los de un depredador al acecho.

A Emma solo le bastaron un par de copas, unas pocas sonrisas de suficiencia más, una canción de rima más que cuestionable pero con ritmo pegadizo y sensual y unas caricias intencionadas camufladas como simples roces para acceder a acabar la velada en su habitación.

La mezcla del alcohol, el calor y la excitación hacen mella en Emma, a la cual le empieza a costar mantener la verticalidad mientras intenta encontrar la tarjeta de la habitación para abrir la puerta con el cuerpo de Peter pegado a su espalda. Lograrlo le llevó más tiempo del esperado, así que Peter empezó a desnudarse nada más traspasar la puerta y cerrarla de una patada con el talón.

Emma le observa detenidamente, casi con la boca abierta, admirando su torso esculpido. Parpadea varias veces, incrédula por la suerte que ha tenido al encontrar un espécimen de semejante valor, mientras se muerde el labio inferior de pura lascivia.

—¿Qué cojones haces? Quítate la ropa —le apremia él.

Al principio, el brusco comentario sorprende un poco a Emma, aunque enseguida decide pasarlo por alto y achacarlo a la excitación del momento. En cuanto ella consigue quitarse el vestido, algo que le lleva también más tiempo del habitual, él se abalanza sobre ella, tirándola sobre la cama sin ningún miramiento. Sus manos recorren el cuerpo de Emma de forma precipitada, con prisa. Y, sin darle tiempo a valorar si está disfrutando o no, él la penetra de una fuerte estocada. Ella ahoga un grito y contiene la respiración durante unos segundos. Peter inmoviliza sus brazos contra el colchón mientras mueve la pelvis hacia delante y hacia atrás, con movimientos rápidos y frenéticos. Amas sus pechos sin cuidado, casi maltratándolos, hasta que Emma suelta algún grito de queja que sirve para que Peter disminuya el ritmo. Quizá no esté resultando como ella esperaba, quizá ella hubiera preferido algo más de juegos preliminares, caricias y algo más de timidez, aunque no se puede decir que no esté disfrutando. Está claro que, brusco o no, él sabe lo que se hace. También puede que esperara que él tardara algo más en correrse, o que tuviera la decencia de esperarla a ella, pero no se puede decir que sea egoísta, ya que luego se encarga de que ella llegue al clímax.

Definitivamente, la experiencia no ha resultado como ella imaginaba, aunque no se puede decir que no haya sido satisfactoria.

Quizá la próxima vez… se descubre pensando, hasta que ve la marca en el dedo de su mano. Enseguida se maldice de su mala suerte, de su pésima suerte eligiendo pretendientes y, sobre todo, recordando las palabras de Stu.

…Un tío como ese que salta a la vista que está casado o prometido…

Cabreada, intenta apartárselo de encima con todas sus fuerzas, pateando la sábana para desenredarla de entre sus piernas y agarrándola para enrollarla alrededor de su cuerpo. Coge los pantalones de Peter y se los tira a la cama.

—¿Qué pasa?

—Quiero que te vayas —asevera, muy seria.

—¿Ya? Déjame que me recupere al menos… No pretendo quedarme a vivir aquí, pero necesito un rato para recuperar el aliento…

—Recupéralo en el pasillo —insiste ella, haciendo un esfuerzo enorme para contener las lágrimas.

—Pero ¿qué ha pasado? Creía que los dos lo estábamos pasando bien…

—Bueno, siento herir tu ego, pero puede que algunos lo hayan pasado mejor que otros.

—No me jodas, que tú te has corrido tanto como yo.

—Me pregunto qué opinará tu mujer de ello… ¿Quedará ella tan satisfecha como tú te crees después de follártela? —Para asombro de Emma, la expresión de Peter no demuestra sorpresa ni arrepentimiento—. ¿Cómo le quedan los cuernos? ¿Cabe por las puertas o se tiene que agachar?

—No me digas que todo esto es por Linda…

Emma abre los ojos y los brazos, sorprendida y algo descolocada.

—¿En serio? ¿Eres real, tío? ¿Acaso no tienes ningún cargo de conciencia?

—Pues… —Se queda pensativo un rato. De verdad. Tiene que pensar la respuesta antes de abrir la boca—. En todo caso, eso será cosa mía, ¿no? No sé por qué te pones así y te… preocupas tanto por ello. Ambos teníamos claro lo que era esto, ¿no?

Bueno… Más o menos… piensa Emma, aunque no cambia ni un ápice su expresión convencida.

—¿Y dónde está tu anillo? ¿Acaso lo escondes para hacer ver que estás… disponible?

—No, lo escondo porque a veces es un impedimento para ligar con chicas como tú.

De repente, Emma siente como si una losa la aplastara. Le acaba de confirmar que, efectivamente, esto es algo que hace a menudo. Y no contento con ello, ha comparado a Emma con cualquiera de las tías que, conscientes o no de su estado civil, habían acabado acostándose con él. Con una sola frase, Peter ha conseguido machacar a Emma, ningunearla como nunca nadie antes.

Furiosa, agarra uno de los zapatos de Peter y se lo lanza con todas sus fuerzas a la cabeza. Él lo esquiva a tiempo y se pone en pie, haciendo un ovillo con toda su ropa y trastabillando para salir de la habitación antes de llevarse de recuerdo algún moratón difícil de justificar ante Linda.

En cuanto Emma escucha la puerta cerrarse, se deja caer sobre la cama. Mira hacia los ventanales que dan a la enorme terraza de la habitación, viendo cómo los primeros rayos de sol la bañan. Consciente de que también debe haber amanecido en Nueva York, decide ahogar sus penas con Kat. Alcanza el teléfono y busca su número en el listado de llamadas recientes, algo que no le lleva más de dos segundos.

—Aaaaarg… —gruñe Kat después de varios tonos—. Eh… ¿Qué…?

—Qué bien que estás despierta. Necesito desfogarme.

—Yo… Esto…

—Kat, ¿estás bien?

—Pues… —Carraspea varias veces, antes de volver a hablar. O a intentarlo, al menos—. Según lo que entiendas tú por estar bien.

—Me he acostado con un impresentable.

—A ver… —Emma la oye removerse entre las sábanas, resoplando y bostezando de forma ruidosa y prolongada—. No te lo tomes a mal, pero eso no es ninguna novedad. ¿Dónde estás?

—En República Dominicana.

—Joder… Qué envidia me das… Eso es un curro… —susurra Kat.

—¿Podemos centrarnos en lo que nos atañe?

—Me asombra que hables en plural…

—¿Desde cuándo eres mi amiga? ¿Cuántas veces te he aguantado el pelo mientras vomitabas en el váter? ¿Cuántas fotos me obligas a hacerte hasta que no encuentras una a la que no ponerle ni una pega? ¿Cuántas…?

—Vale, vale, vale. Lo pillo. El impresentable. Hablemos de él. ¿De qué tipo era? ¿De los petulantes que se creen perfectos, de los fanfarrones con calzoncillos comprados en la tienda de “todo a un dólar”, de…?

—De los que se les olvida quitarse el anillo cuando toman el sol —la corta Emma. Kat chasquea la lengua y resopla con fuerza—. ¿Qué?

—Nada.

—Dilo.

—No, porque te enfadarás conmigo.

—Haberlo pensado antes de cagarla chasqueando la lengua de esa forma en vez de ayudarme con un discurso más comprensivo con mi desolación y mi ira. Desembucha.

—¿Cuándo dejarás de buscar al hombre perfecto? ¿Por qué no te dedicas solo a pasarlo bien y dejas que surja? Déjate llevar. Deja que… él te encuentre a ti. Deja de buscar. Deja de… ver a un marido potencial en cada tío al que conoces.

Se crea un silencio tenso entre ambas, solo roto por sus respiraciones.

—Te odio —lo rompe Emma.

—Lo sabía. Pero sabes que tengo razón. ¿Por qué no te limitas simplemente a pasarlo bien? ¿Estaba casado e intentó ocultártelo? ¿Qué más da? El capullo es él. Si no te llegas a fijar en ese pequeño trozo de piel blancuzco, tú no te habrías dado ni cuenta.

—Además, follaba fatal —confiesa Emma, con un tono bastante menos resentido.

—¡Eso sí que es imperdonable! ¿Sabes qué te digo? Que has hecho bien en darle la patada. ¿Casado? Bueno. ¿Pésimo en la cama? ¡No way!

A Emma se le escapa entonces la risa, relajándose ya del todo, diluyendo poco a poco el cabreo con su horroroso gusto para los hombres.

—Y a todo esto, ¿cómo está mi amigo?

—Oh, mierda… —Emma pasa una mano por su pelo, peinándoselo hacia atrás.

—¿Le ha pasado algo?

—No. Que me jode tener que darle razón… —Kat se queda callada, esperando alguna explicación más—. Él me advirtió anoche que esto mismo iba a pasar…

—Es un erudito, mi chico.

—¡No es tu chico! ¡Deja de decir eso que se me ponen los pelos de punta! ¡Nunca en la vida aceptaría que tuvieras una relación con… eso!

Kat estalla en carcajadas. Todo empezó como una broma. Cada vez que Emma se quejaba de alguna de sus “conquistas”, Kat se dio cuenta de que el único hombre que no la había decepcionado y que era una constante en su vida era Stu. Emma ponía cara de asco, simulaba las arcadas y ambas estallaban en carcajadas. Pero entonces llegó un día en el que Kat empezó a insinuar que, quizá, las camisetas viejas de los Cazafantasmas y las raídas Converse, eran un complemento sexy, y que el leve sobrepeso de Stu podía remediarse con un par de meses de spinning…

—Cuídamelo mucho, ¿vale?

—Te cuelgo, Kat.

—Perfecto —contesta, sin inmutarse un ápice por su amenaza—. Llámame cuando estés en casa.

Emma cuelga la llamada y se deja caer hacia atrás en la cama, aún con la sábana rodeando su cuerpo. Fija la vista en un punto cualquiera del techo, intentando ordenar sus pensamientos. Aunque le cueste admitirlo en voz alta, Kat tiene parte de razón. Debería dejar de empecinarse en convertir a todos sus pretendientes en maridos potenciales. Pero es muy triste que con treinta años, casi treinta y uno, aún no se haya cruzado con ningún candidato decente. A su edad, su madre llevaba casi diez años casada y ya había parido dos veces, algo que le recordaba a menudo, básicamente, cada vez que se reunían y le preguntaba si había conocido a alguien.

Alan fue lo más parecido a un firme candidato con el que cortar un pastel con una inscripción de “felices para siempre”. Era perfecto: estudiante de medicina, miembro de una de las mejores fraternidades de la Universidad de Columbia, con unas notas envidiables, un Camaro aparcado en el garaje y un futuro prometedor como cirujano en el hospital de cirugía estética del que su padre era principal accionista. Era perfecto hasta que me enteré de que, un par de meses después de empezar a salir conmigo, dejó embarazada a Rosario, la chica de servicio que sus padres tenían contratada en casa. Ellos se ocuparon de esconderlo todo, pagándole el aborto y dándole una suma de dinero considerable para callarle la boca. Ella accedió porque además consiguió un contrato de trabajo que le permitió quedarse en los Estados Unidos, casarse y poder comprarse una pequeña vivienda junto a su marido.

Pero yo no pude soportarlo. Él me juró que solo había sucedido una vez, pero ya estábamos juntos, y yo sentí que nunca podría volver a confiar en él. Así que, a pesar de que él era mi pasaporte a la felicidad, opté por dejarle. Me sentí como cuando compras un boleto de lotería de esos que tienes que rascar tres casillas para conseguir un premio. Había rascado las dos primeras y solo me faltaba una para llevarme el premio gordo… pero rasqué y perdí.

En ese momento, el móvil emite un pitido informándole de que ha recibido un correo electrónico. Al ladear la cabeza para mirar la pantalla, ve que se trata de un correo del señor Hanson, el director del canal. Se incorpora y abre la aplicación a toda prisa, algo extrañada. No es habitual recibir correos electrónicos de su parte…

¿Será una carta de despido? Se descubre pensando, aunque enseguida deshecha la idea, ya que, en ese caso, no le escribiría él en persona… ¿No?

Pues entonces puede que sea un aumento… Ya. Claro. No te despiden por correo, estamos de acuerdo. Pero tampoco lo usan para informarte de un aumento el sueldo.

 

De: Oliver Hanson

Para: Emma Campbell

Asunto: Reunión urgente

Cuerpo:

Emma, te emplazo a una reunión el lunes de la próxima semana a las nueve de la mañana en mi oficina.

Sé puntual.

—Genial. No me despiden por correo electrónico. Lo harán en persona.

Cuando Emma llega al restaurante, echa un vistazo alrededor hasta encontrar a su compañero devorando un plato rebosante de huevos revueltos y bacon.

—Me da a mí que va a necesitar algo más que unos meses de spinning… —susurra, acordándose de Kat.

Coge un plato y se dirige al mostrador de la fruta, donde se sirve un par de kiwis y llena un vaso con zumo de naranja. Entonces se dirige a la mesa y se deja caer en la silla. Stu levanta la cabeza y mira el plato de ella.

—Mmmm… ¿La noche no fue como tú pensabas?

—Buenos días para ti también, aunque no responderé a tu pregunta porque no te incumbe.

—Uuuuuuh… Qué mala leche de buena mañana… —dice, señalando luego los kiwis con un movimiento de cabeza—. ¿Problemas intestinales?

—A esto se le llama desayuno saludable, Steward, no lo que te metes entre pecho y espalda. Gracias por preocuparte. Por cierto, hoy tenemos que volver a filmar varias tomas en la playa. Creo que es mejor grabarlas al atardecer, ya que la luz es más cálida y suave y resalta mejor mi bronceado.

—Lo creas o no, el programa trata de viajes, no de ti. Las mejores tomas se las tiene que llevar el paisaje, no tu bronceado.

—Ya, claro. Por eso el título del programa es “Viaja con Emma”, y como yo soy la protagonista, yo cuento lo que me da la real gana —contesta ella, mirando alrededor con cierto disimulo.

—Ojalá ese mail sea para despedirme. Al menos, no tendré que soportarla más… —susurra Stu.

—¿Cómo? —pregunta de repente ella, girando la cabeza bruscamente—. ¿Qué mail? ¿Tú también has recibido un mail del director?

—Sí… Uno algo escueto, en realidad…

—¿Y crees realmente que nos van a echar?

—Rezo por ello…

Emma le mira levantando una ceja, un poco ofendida aunque acostumbrada a este tipo de comentarios por su parte.

—Si nos quisieran echar, no nos escribiría el mismísimo director general, ¿no? Lo harían desde recursos humanos… ¿No?

—Mmmm… Puede. A lo mejor, hasta ni se molestarían en escribirnos… Nos enviarían un burofax.

—Puede que quieran darnos un aumento… —Stu es incapaz de aguantar la risa—. ¿De qué te ríes? No suena tan inverosímil. Nuestro programa es de los más vistos en la cadena…

—¿Ah, sí? ¿En serio crees que el espectador fiel del canal está interesado en saber a qué hora del día es mejor tomarse una foto en una playa de República Dominicana o el color de bikini que mejor combina con tu tono de piel? ¿En serio, Emma? Así que reza para que te den una buena indemnización y empieza a pulir tu currículum.

Leer más...

Capítulo 1 – Yo sólo bailo contigo

—Me encanta la sensación de volar, o más bien, la de caer. Cada vez que tomo impulso con mis piernas, abro los brazos y espero a ese momento en el que me siento caer. Cierro los ojos y, durante esos pocos segundos, imagino que mi cuerpo flota en el aire hasta que empieza a descender. A veces imagino que la cama elástica desaparece bajo mis pies para sentir ese miedo. Es como un cosquilleo en mi barriga, como cuando estás en una montaña rusa. No tengo miedo a despachurrarme contra el suelo. En realidad, siento curiosidad por saber qué se sentiría al hacerlo.

—¡Neil!

Pero eso no se lo puedo contar a nadie porque me mirarían raro o cuchichearían a mi alrededor. Al principio, no entendía por qué lo hacían, pero ya tengo diez años. Soy mayor, sé que soy rarito y que tengo que simular ser “normal”.

Hace unos años, cuando era pequeño, me corté con unas tijeras y, en vez de llorar, no dije nada a nadie para que no me lo curaran y me tiré un par de horas mirando fijamente la herida, expectante ante cualquier cambio. En realidad, sentía curiosidad por ver qué pasaría si se me infectaba… Pensaba que se me caería el dedo… Qué iluso. Ahora soy lo suficientemente mayor como para saber que eso no pasaría nunca… aunque sí podría haber muerto de una infección derivada de esa pequeña herida si mamá no me la hubiera descubierto al bañarme.

—¡Neil! ¡Llegarás tarde! ¡Y es el primer día de clase!

Puede que dicho en voz alta sí pueda parecer un poco raro, pero no lo puedo evitar. Necesito saberlo. Me llama mucho la atención. No sé bien por qué. No entiendo por qué necesito saber cuánto duele romperse una pierna. No sé por qué me quedé mirando cómo aquella serpiente se comía ese ratón en el zoo. Todos los niños gritaban, lloraban o se daban la vuelta horrorizados mientras sus madres les abrazaban. Mamá me miraba asustada mientras yo no apartaba la mirada de ese terrario, con los ojos y la boca muy abiertos. Mientras yo me encaramaba al cristal, ella intentaba disimular y miraba al resto de padres con una sonrisa tétrica en la cara. Creo que en ese momento, deseaba salir huyendo de allí.

—¡Neil!

Papá aparece en el jardín, con mi mochila en una mano, pidiéndome explicaciones con el otro brazo estirado. En cuanto le veo, dejo de impulsarme con los pies y reboto un par de veces más sobre la cama elástica, antes de quedarme quieto con los brazos inertes a ambos lados del cuerpo.

—¡Vas a perder el autobús! —Parpadeo un par de veces, mirándole fijamente—. ¡Neil! ¡¿Hola?! ¡Despierta!

Me bajo de la cama elástica y me siento en el césped para ponerme las zapatillas de deporte. Me ato los cordones lo más rápido que puedo, pero no suelo trabajar bien bajo presión, y me lleva un par de intentos conseguirlo. Tampoco ayuda escuchar a mi padre resoplar desesperado.

—¿Por qué no te pones zapatillas con cierre de velcro? —me pregunta.

—Porque no soy un bebé —contesto susurrando mientras me pongo en pie y corro hacia él.

Me tiende la mochila, que me cuelgo de un hombro, mientras hago un esfuerzo enorme por seguirle a través de la cocina.

—¡Desayuno! —grita, señalando la bolsa de papel marrón que reposa sobre la encimera.

—¿Manzana? —le pregunto al mirar dentro, con una mueca de asco en la cara.

—Tienes que tomar una pieza de fruta al día.

—No tienes por qué seguir tan a rajatabla los consejos de los médicos y nutricionistas.

—Sigo a rajatabla los consejos de tu madre.

—Pero mamá no está en casa…

—¿No me digas? No me había dado cuenta…

—Me refiero a que no hace falta que hagas caso de las órdenes de mamá todos los días…

—Oh, sí. Sí tengo que hacerlo. Ya lo creo que tengo que hacerlo.

—Pero yo no te voy a delatar…

—Gracias, pero créeme, no haría falta. Se daría cuenta de ello.

Al salir a la calle, veo que mi padre está haciendo aspavientos con los brazos, intentando llamar la atención del conductor del autobús escolar, que se pierde calle abajo.

—¡Joder! ¡Mierda! —Me muerdo el labio inferior, intentando contener la sonrisa. No quiero que se dé cuenta de que perderme clase no sería para mí una catástrofe—. ¿Ahora qué hago contigo…? Opciones, opciones… Vamos, Harry…

Gira sobre sí mismo, mirando a un lado y a otro, como si buscara consejo alrededor nuestro. Aunque, en realidad, no hace falta que nadie se los dé, porque nadie sabe más que él de todo. Bueno, excepto mi abuelo.

—Podría irme contigo a la universidad y quedarme en tu despacho… Podría aprovechar para hacer deberes… o leer en la biblioteca… Te prometo que no te molestaré.

Se detiene de golpe, mirando la puerta del garaje.

—Eso es —dice, corriendo hacia ella—. ¡Vamos, Neil!

—¿Me llevas contigo…? —le pregunto incrédulo, colgándome de nuevo la mochila al hombro.

—Te llevo en moto al colegio.

—¿En moto? —le pregunto, incapaz de disimular mi decepción al ver que, como es habitual, me ha ignorado completamente—. Pero mamá te va a matar si se entera.

A veces creo que ni siquiera me escucha. Mamá me dijo una vez que no me lo tomara como algo personal, que papá es así con todo el mundo. No me consuela.

—¿No decías antes que no hacía falta que hiciéramos caso a todas las órdenes de mamá? Póntelo.

—¿No decías antes que preferías seguir sus normas a rajatabla?

Me lanza el casco que suele usar ella, o al menos solía usar, ya que hace mucho que no salen juntos en moto, pienso mientras lo sostengo y lo miro fijamente. De hecho, hace mucho que papá tampoco va en moto, pienso, mirando la preciosa Montesa Impala roja que una vez fue de mi bisabuelo, luego del abuelo y que este le regaló hace unos años. Creo que fue la abuela la que le convenció para hacerlo y que a él se le rompió el corazón cuando lo hizo.

—¿Puedes? —me pregunta, sacándome de mi ensoñación.

Cuando levanto la vista, le veo ya subido en ella, bajándose la visera del casco. Mi padre mola un montón, pienso mientras le miro. Mucho más de lo que yo molaré jamás… Él es especial también, como el abuelo y como yo, pero ellos molan un montón. Yo no. Yo doy miedo.

Me tiende una mano para ayudarme a subir, pero yo niego con la cabeza, poniendo el pie en una de las estriberas y agarrándome de su hombro para sentarme tras él.

»»»

“Mkultra fue un proyecto de la CIA que buscaba encontrar maneras de controlar la mente…”

—Mola… —susurro, justo antes de dar otro bocado a mi manzana y seguir leyendo el libro que reposa en mi regazo.

“En el marco del Subproyecto 68, el doctor Donald Ewen Cameron sometía a los pacientes de su Instituto Memorial Allen en Montreal, con depresión bipolar o trastornos de ansiedad, a una ‘terapia’ que les dejó serios daños y alteró sus vidas de forma irreparable”.

Levanto la vista y miro alrededor, sonriente. En mi colegio, como supongo que en todos, existen varios tipos de especímenes que tengo catalogados en mi libreta bajo el título: “Tipos de especímenes humanos”

  1. Los chicos populares: normalmente son aquellos cuya destreza deportiva tiende a ser inversamente proporcional a su intelecto.
  2. Las chicas populares: suelen ser escandalosas y gritan mientras hablan entre ellas. También mascan chicle sin parar y sus fiestas de cumpleaños son memorables. Al menos, eso dicen, porque nunca lo he comprobado por mí mismo.
  3. Los “empollones”: la mayoría llevan gafas y visten una camisa perfectamente planchada y metida por dentro de los pantalones. Se mueven en manada para evitar ser un blanco fácil para los abusones. Nota: no siempre funciona.
  4. Los repetidores: da igual que solo sean uno o dos años mayores que el resto, ellos intentarán parecer como si tuvieran edad suficiente como para ir a la universidad. Nota: pocos de ellos llegan.
  5. Los tipos malos: miran de reojo a todo el mundo, incluso entre ellos. Intentan intimidar y hacen cosas como robar el desayuno o el dinero de la comida. Dan algo de miedo. Estos pueden pertenecer también al grupo anterior.
  6. El resto: son los que no entran en ninguna de las categorías anteriores. Son majos y no suelen meterse conmigo. La mala noticia para mí es que son pocos.
  7. Yo.

He creado una categoría exclusiva para mí porque no creo encajar en ninguna otra. De hecho, creo que encajo en pocos sitios. Y creo que no me importa. Antes sí. Antes me esforzaba por caer bien, pero cuando se acercaban a mí, me miraban como si fuera un bicho raro. Así que prefiero mantenerme alejado de todos, en mi mundo, sin dar explicaciones a nadie de por qué hago lo que hago. Por eso leo, escribo, imagino, sueño u observo… solo. El abuelo diría que mi mundo es un club demasiado selecto como para admitir a cualquiera, pero me niego a creer que sea especial.

—¡Eh, tú! ¡Pásanos el balón!

Levanto la vista y miro hacia el chico que me ha gritado. Le observo durante un rato. Sin duda, forma parte del grupo uno, y se rodea de algunos especímenes del grupo cuatro y alguna chica del grupo dos.

Cierro el libro y el cuaderno y, mientras me pongo en pie, escucho:

—Si esperas que el rarito lance el balón y llegue hasta aquí, lo llevas fino…

Todos ríen por la ocurrencia, aunque yo hago ver que no los escucho carcajearse.

—¡No es coña! ¡¿Qué esperáis de alguien que sale con libros al recreo?! —insiste el mismo gracioso de antes.

—¡¿Qué tal el verano, rarito?!

—¡¿A cuántos bichos te has cargado?!

Abro los ojos y aprieto los labios con fuerza para evitar contestarle y meterme en líos.

—¡Neil, el rarito! —grita otro—. ¡¿Qué lees, so friky?!

—Nada —susurro.

—A ver.

De repente, cuando ya tenía el balón en la mano, uno de los chicos intenta quitarme el libro, el cual aferro con fuerza.

—Déjame en paz —susurro con miedo.

Giro sobre mí mismo para que no me coja ni el libro ni la libreta, realmente agobiado. Él parece estar divirtiéndose mucho, al igual que su camarilla, a los que escucho animarle. Envalentonado, empieza a empujarme para intentar que me caiga.

Entonces, sin pensarlo demasiado, lanzo el balón todo lo lejos que puedo para intentar alejarle de mí. No sé bien por qué lo he hecho, creo que pensé que si funcionaba con los perros, por qué no iba a hacerlo con él… Pero tengo la mala suerte de que no calculo bien y el balón sale por encima de la valla del patio. Nunca había lanzado tan fuerte, y creo que he elegido un mal momento para conseguirlo. De repente, las risas se cortan, creo que a la par que mi respiración.

—¡Serás capullo!

—No era mi intención…

Las manos del tipo se cierran alrededor de las solapas de mi camisa y me zarandea, justo antes de levantar el puño en alto. En un acto reflejo, y bastante cobarde, la verdad, cierro los ojos y me encojo. Al ver que soy un blanco fácil, rodeado ya por más de uno, me zarandean y me tiran al suelo. Me hago un ovillo y me protejo la cabeza mientras las patadas golpean todo mi cuerpo.

—¡Vamos! ¡Dejadle en paz! ¡Os estáis pasando! —Escucho a lo lejos la voz de una chica, a la que nadie parece hacer caso.

Intento recuperar el libro que se me ha escapado de las manos al intentar protegerme, pero uno de ellos es más rápido que yo y lo coge.

—¡Eh, mirad si es rarito! ¡Está leyendo acerca de experimentos con humanos! —grita otro.

—¡Ah, joder! ¡Qué asco!

—¡Es un puto psicópata!

Me llueven algunas patadas más, hasta que alguien da la voz de alarma y la multitud se dispersa, dejándome solo. Tiran el libro al suelo, que cae a pocos centímetros de mí, y me arrastro hasta cogerlo, al igual que la libreta. Me quedo boca arriba, agarrándolos contra mi pecho, mirando las nubes mientras intento recuperar la respiración, llenando mis pulmones de aire para expulsarlo luego, de forma prolongada.

Mirar las nubes me relaja, siempre lo ha hecho. Me gusta verlas moverse y jugar a buscar parecidos en sus formas. Una vez, estirado con el abuelo en el jardín de su casa, vimos una nube clavadita a Jack Nicholson en El Resplandor.

—¿Estás bien, Neil? —me pregunta el señor Francis, el profesor de literatura, ayudándome a ponerme en pie. Mientras asiento con la cabeza, insiste—: ¿Qué ha pasado?

—Nada… —contesto, empezando a alejarme.

—¿A dónde vas? Tengo que llevarte a la enfermería.

—No, no… De verdad… Estoy bien.

—Neil, tienes varios rasguños con sangre y la camisa rota.

—Mierda… —maldigo al comprobar que tiene razón.

—Insisto. ¿Tienes algo que contarme? —Agacho la cabeza, frunciendo el ceño, pateando el aire con un pie—. Sígueme.

Resoplo mientras lo hago, mirando de reojo a un lado y a otro. No quiero que piensen que me voy a chivar de lo que ha pasado. No soy tonto, y sé que las consecuencias serían mucho peores que los cuatro rasguños que me he llevado ahora.

—¿Querías algo, Judy? —Levanto la cabeza al escuchar la voz del señor Francis—. ¿Tienes algo que contarme?

—No… Nada. No pasa nada.

Reconozco la voz de la chica, es la misma que hace un rato intentó hacer que esos tipos dejaran de pegarme. Cuando nuestras miradas se cruzan, ella me saluda enseñándome la palma de la mano. No entiendo su actitud. ¿Por qué me mira? ¿Por qué me sonríe? ¿Acaso se quiere reír de mí? Nadie es amable conmigo porque sí, así que intento adivinar sus verdaderas intenciones, entornando los ojos, como si la quisiera fulminar con la mirada. Su expresión se ensombrece y, de repente, me enseña el dedo corazón mientras en sus labios puedo leer:

—Que te jodan.

»»»

Estoy solo en la consulta de la enfermería, sentado en una camilla, moviendo los pies hacia delante y hacia atrás mientras me toco la ceja, manchándome el dedo de sangre, que luego chupo.

En ese momento, se abre la puerta y entra el médico, seguido de cerca por la directora del colegio, la señora Higgins, que me ha traído hasta aquí.

—Neil, estamos intentando contactar con tu padre, pero no nos coge el teléfono —me dice ella.

—Estará dando clase —contesto distraído, con la vista fija en el instrumental que el médico ha colocado en una bandeja y acercado hasta mí.

—¿Y tu madre…?

—Está fuera. En Los Ángeles, creo —digo, encogiéndome de hombros—. No hace falta que la moleste. Es solo un corte y tampoco podría hacer nada desde allí…

—Tengo que hablar con tus padres, pero no solo por la pelea, si no por esto también…

Levanto la cabeza y veo que sostiene en alto el libro y mi libreta. Entorno los ojos, confundido.

—¿Por qué? —pregunto, confundido. La directora me mira, creo que sorprendida—. Solo estaba… leyendo. Me… interesan algunas cosas. Es… ciencia.

—De acuerdo, Neil… —interviene entonces el médico—. El corte es algo profundo, y vamos a tener que coserte la ceja. No será nada, no te preocupes.

—No estoy preocupado. Es solo un corte en la ceja. Calculo que dos puntos de sutura. Tres a lo sumo.

—De acuerdo… No te dolerá nada porque te voy a poner un poco de anestesia superficial.

—No —le corto.

—¿No, qué?

—No hace falta que me ponga anestesia… En una escala del uno al diez, ¿cuánto puede doler sin anestesia? Creo que tengo el umbral del dolor muy alto…

El médico entorna los ojos, sorprendido, y luego mira a la señora Higgins, la cual, aún con el móvil en la oreja, me mira con la boca abierta.

—Señor Turner —dice entonces, desviando la atención de mí—. Sí, se trata de Neil…

Leer más...

Capítulo 1 – Te estaba esperando

Por fin viernes… Llevo una semana agotadora y, para rematarla, hoy ha sido un día largo e intenso. A primera hora de la mañana he ido a sacar unas fotos de las obras del metro que están a punto de finalizar, y luego de la inauguración de la nueva exposición itinerante del Metropolitan. Para rematarlo, cuando volvía a la redacción, me llamó mi jefe.

 —Alex, cariño, Mike está atrapado en un atasco en la autopista, así que no llegará a tiempo a la rueda de prensa del alcalde. Deberías ir tú. Además, me acaban de informar de unas protestas estudiantiles por la subida de tasas y sería interesante echar unas fotos. Te va de camino cuando vuelvas hacia la redacción, ¿no? Luego, ya tú misma escribes cuatro líneas y con eso llenamos media página.

—Me parece que tu concepto de “ir de camino” y el mío, no se parecen mucho… —Se queda callado mientras yo resoplo, justo antes de claudicar—: Está bien.

—Te debo una.

—Te equivocas. Me debes un millón.

Así pues, después de encargarme de todo, llegué a la redacción agotada, despeinada, con tres bolsas colgadas de los hombros y con el tiempo justo para elegir las mejores fotos, escribir cuatro líneas acerca de las protestas y mandarlo todo a edición. Para conseguir llegar a todo, tuve que renunciar a un pequeño vicio, algo sin importancia… como comer. Así que mi único alimento del día han sido unas galletas Oreo machacadas que encontré en el cajón de mi escritorio, por lo que ahora mismo tengo tanta hambre que sería capaz hasta de comerme ese yogur que lleva en la nevera más tiempo que yo en el piso (regalo de bienvenida del anterior inquilino).

¡Pero no! Ahora mismo no puedo pararme a comer porque tengo una cita. Una cita en el parque. Necesito mi dosis diaria…

A toda prisa, entro en mi habitación, dejo la mochila con las cámaras y me pongo unas mallas y una camiseta. Me calzo las zapatillas de correr, cojo mi IPod, mi cinta para el pelo y la sudadera.

—¿Lista? —Creo que sí.

Compruebo mi reloj: las 18:37. No sé si llegaré a tiempo, así que decido empezar a correr nada más salir de casa. Cuando llego al parque son las 18:42.

—¡Mierda! Creo que llego dos minutos tarde… —Pero justo cuando empezaba a desanimarme y a plantearme volver a casa, le veo aparecer—. ¡No! ¡Ahí está! Disimula Alex, disimula…

Empiezo a correr por el camino que discurre al lado del lago, con los cinco sentidos alerta, esperando a que me adelante en cualquier momento. Echo un vistazo atrás y ahí está, a menos de 5 metros, con pantalón de chándal gris y sudadera negra con la capucha puesta.

Cuando me adelanta, inspiro con fuerza para esnifar su olor y escucho su respiración entrecortada. Le miro de reojo. ¡Por favor, qué guapo es! Me encantan sus facciones angulosas, su hoyuelo en la barbilla y esos pómulos marcados. Además, tiene una boca increíble, con unos labios carnosos que ahora mantiene abiertos por culpa del esfuerzo. Hoy no parece haberse afeitado, porque le asoma una tímida barba.

He llegado a desarrollar un poder sobrenatural que me permite analizarle por completo en una décima de segundo. Son muchos meses admirándole, esperando estos pocos segundos, por eso puedo adivinar tantos detalles.

Aumento el ritmo para intentar seguirle durante unos metros y así poder disfrutar de él un rato más. ¡Madre mía, qué espaldas! ¡Y qué culo! Aún con la sudadera y el pantalón largo, se puede intuir que tiene un cuerpazo de infarto. Espaldas anchas, cintura estrecha, culo prieto…

—¡Alex céntrate, que te caerás y te romperás los dientes!

A los 10 minutos, muy a mi pesar, estoy a punto de echar el hígado por la boca, así que empiezo a bajar el ritmo mientras le veo alejarse. No aparto la mirada mientras su silueta se hace pequeña en el horizonte, y, al llegar al quisco de helados, doy media vuelta para dirigirme de nuevo a casa, maldiciéndome por lo patética que soy y por la pésima forma física que tengo.

Al llegar a casa, enciendo el portátil y, al abrirse el correo electrónico, veo un mensaje de mi hermano. Sé que su único propósito será burlarse de mí, así que no tengo prisa en leerlo, antes necesito una ducha. Abro el grifo del agua caliente y me pongo debajo del chorro durante un buen rato, maldiciendo el día que, en plena borrachera, le confesé a Joey que estaba enamorada de un tío con el que ni siquiera había cruzado una palabra. Desde entonces, no para de meterse conmigo y de recordarme que “se me pasa el arroz” en la mayoría de sus mails y mensajes.

Somos tan diferentes que no parecemos ni hermanos, algo extraño, teniendo en cuenta que somos mellizos. Él es rubio, yo morena. Él tiene los ojos verdes, yo grises. Él mide 1,85 y yo 1,65. Él siempre ha sido muy extrovertido y, aunque a mí no me ha costado relacionarme con la gente, en el instituto la gente me conocía por ser la hermana de Joey. Él fue el típico adolescente carismático, aficionado a los deportes y ligón al que invitaban a fiestas y yo la chica centrada en los estudios con un grupo reducido de amigos, la mayoría de ellos compañeros del periódico del instituto. Al acabar esa etapa de nuestras vidas, los dos nos mudamos a la ciudad, yo me matriculé en la facultad de periodismo y él se alistó en la academia de policía. Estar en una ciudad desconocida, alejados de casa, nos unió mucho más, y llegamos a salir por la noche en plan “colegas”, borracheras incluidas… La noche de mi confesión, me había invitado a cenar para celebrar su ascenso a detective de homicidios, como los de las series de televisión. El caso es que, después de cenar, me llevó a un club que conocía donde pude comprobar cómo gran parte del aforo femenino del local también lo conocían a él.

—¿Ves esa rubia de allí? Pues me la he tirado. ¿Y esa camarera? Pues me la follé en el cuarto de las bebidas. ¿Y de ese grupito que están sentadas en ese reservado? Pues de las cinco, me he tirado a tres, dos de ellas a la vez.

—¡Joder, Joey…! ¡A ver si ahora se van a pensar que soy otro de tus ligues…!

—Así al menos alguien creerá que tienes vida sexual.

—Gilipollas… —Joey ríe a carcajadas, pasándome un brazo por encima de los hombros—. ¿Y esas tías? No entiendo cómo pueden estar ahí, tan… tranquilas, arrastrándose por delante de ti, poniéndote “ojitos” y saludándote sonrojadas, sabiendo que sólo son una más de las muchas que te has tirado…

—¿Y el buen rato que les hice pasar no cuenta? ¿Y la posibilidad de que se me ocurra repetir con alguna?

—Pobres infelices… A mí no me gustaría convertirme en la muñeca hinchable de alguien como tú…

—Y por eso sigues manteniendo tu deprimente récord de cuatro años sin follar.

—No es deprimente. Simplemente, no me bajo las bragas ante cualquiera. Estoy esperando a mi persona especial —le replico, cada vez más cabreada.

—Vamos, Alex… No te pongas así. Sé que te encanta lo que haces, pero a veces pienso que vives sólo para trabajar. Tienes que salir más y divertirte, y echarte un ligue que te pegue un meneo de vez en cuando. En mi caso, pienso que soy joven y esas chicas también. No tenemos ningún compromiso, no busco una relación seria y lo dejo siempre bien claro… —Me mira durante un rato, hasta que añade—: Ven, dame un abrazo, toma tu gin-tonic y cuéntame cómo va la búsqueda de ese príncipe azul.

Ese gin-tonic llevó a otro, y luego a otros dos más. Empecé a ver doble y a tener serios problemas para mantener la verticalidad. La lengua se me empezó a trabar y, como sucede siempre que me emborracho, lloro. Y resulta que entre lágrimas le acabé confesando que el hombre por el que suspiraba, el hombre con el que soñaba cada noche, mi príncipe azul, era un total desconocido para mí. Le expliqué con todo lujo de detalles la historia de cómo le conocí, o, mejor dicho, de cómo me convertí en su acosadora personal. Supongo que el alto nivel de alcohol que tenía en sangre no me permitió ver la cara de estupor de mi hermano, así como tampoco me advirtió que acabaría arrepintiéndome de esa confesión el resto de mi vida.

Le conté que la primera vez que le vi fue dos meses atrás, volviendo del trabajo. Estaba nevando y decidí pasar por el parque para sacar unas fotos. Mientras enfocaba al lago, mi objetivo captó la imagen de un chico vestido con un pantalón de chándal y una sudadera con capucha que corría hacia mí. A causa del frío, veía cómo su aliento salía de su boca en grandes bocanadas. Ya tenía que estar loco para salir a correr con ese tiempo, recuerdo que pensé. Al cruzarse conmigo, nuestras miradas se encontraron y entonces fue cuando me quedé petrificada, perdida en sus preciosos ojos azules. Fue tan sólo un segundo, pero su imagen se me quedó grabada como si de una fotografía se tratara.

Esa mirada me dejó tan trastocada, que al día siguiente volví a pasar por el mismo sitio, a la misma hora. Seguía nevando. De hecho, no había parado de hacerlo, pero el corredor misterioso tampoco faltó a su cita. Hacía mucho frío, demasiado para salir a correr y mucho más para estar medio escondida detrás de un árbol y espiarle. Supongo que éramos un par de locos, cada uno a su manera. Su ritmo era constante y tenía estilo corriendo. No es que yo entendiera mucho del tema, pero se notaba que hacía deporte con frecuencia.

Le confesé a Joey que, desde ese día, me las apaño para estar siempre en el mismo sitio y a la misma hora para ver correr al desconocido de ojos azules, a mi chico misterioso.

Le puse un nombre, Neil, y empecé a imaginarme cómo sería su vida. Una vida que, según mi estado de ánimo, variaba de “soltero y sin compromiso esperando a su chica ideal” (o sea a mí), pasando por “con una novia ninfómana que le pedía sexo a todas horas” (por eso se entrenaba cada día corriendo para mantener la forma) o “felizmente casado con una mujer de clase alta, asiduo a misa, con cuatro hijos y esperando el quinto”. Admitámoslo, esta es la vida que menos me pegaba con su aspecto, pero mi cabeza me impedía obviarla, intentando pintarme un panorama lo más pesimista posible para evitar que mi corazón se encariñara con él.

Con la excusa de hacerle fotos al paisaje, excusa que me ponía a mí misma para no parecer tan loca, le hacía fotos a él también. Si había poca gente en el parque, me daba corte y me escondía detrás de algún árbol. Lo sé. Patético.

Un día me convencí a dar un paso más e intentar acercarme a él: comprarme unas mallas y unas zapatillas para empezar a correr y así poder verle durante algo más de rato.  Me compré unos leggins negros monísimos y una camiseta rosa fucsia con unas zapatillas a juego. Y ahí acabó mi intento de acercamiento… ¿Qué os pensabais? ¿Qué iba a hacer como la gente normal y hablarle? No. Preferí sacar el hígado por la boca y sudar lo que no está escrito con tal de verle un máximo de quince minutos al día, que es lo máximo que aguanto corriendo tras él.

Así han pasado dos meses y hablar, lo que se dice hablar, no, pero un día intuí un ligero saludo con la cabeza. Las malas lenguas dirán que es un mero saludo cordial entre corredores. Mentira. Me saludó a mí. Seguro. De forma totalmente consciente. ¡Además, se me está poniendo un culo monísimo de tanto correr!

 ¿A quién quiero engañar? Joey tiene razón, soy patética. Tengo 28 años y me he enamorado de un tío del que ni siquiera sé el nombre y al que sólo veo un máximo de quince minutos al día.

Salgo de la ducha, me pongo el pijama, caliento el bol de fideos chinos en el microondas, cojo unos palillos y me siento frente al ordenador.

De: Joey

Para: Alex

Asunto: ¿TIENES COMIDA?

Mensaje:

¿Ha habido suerte? ¿Has hablado ya con él? ¿Sabes al menos como se llama realmente? Hermanita, decídete ya a hacer algo, o al final acabarás adoptando gatos.

Que ya tienes una edad…

 

Resoplo mientras me dispongo a contestar el mensaje.

De: Alex

Para: Joey

Asunto: GORRÓN

Mensaje:

Siento ser yo la que te recuerde que tenemos la misma edad, y tampoco te veo muy por la labor de sentar la cabeza. Así que, ¿quieres que vayamos juntos a la protectora de animales?

¿Cómo te va con tu nueva placa de detective? ¿Has visto ya muchas salpicaduras de sangre y encontrado pelos de asesino? ¿Alguna detective que haya llamado tu atención? Hablando de ello, por favor, recuerda que no está bien visto manchar de tus propios fluidos las escenas del crimen…

En respuesta a tu interés, te diré que no, aún no sé su nombre. Y no, tampoco he hablado con él. No todos somos tan lanzados como tú, y tampoco se me ocurre ninguna excusa con la que empezar a entablar conversación. De todos modos, las ideas y consejos serán bienvenidos. Veo que te interesa mucho mi vida social y no quiero que pierdas el sueño por mí. 

Te quiero, aunque odie reconocerlo,

Alex

 

Recibo su respuesta casi al instante.

De: Joey

Para: Alex

Asunto: OFREZCO CONSEJOS A CAMBIO DE COMIDA

Mensaje:

Voy para tu casa.

Tengo la noche libre.

Llevo cervezas y una lista de sugerencias para darle un empujón a tu vida amorosa.

Te quiero,  J.

Leer más...

Capítulo 1 – Cuando todo acabó

—¡Oh, joder…! ¡Sigue! ¡Más! ¡No pares!

—No lo voy a hacer… —jadeo, apretando los dientes.

—¡Más fuerte…!

Sus uñas arañan mi espalda, seguro que dejándome marcas sobre mis tatuajes. Esta tía es una fiera insaciable. Le va el sexo duro. Lo supe desde que la vi y nuestras miradas se cruzaron. Me he acostado con suficientes mujeres como para adivinar sus gustos sexuales con tan solo una mirada.

Siguiendo sus órdenes, empujo con más brío, escuchando sus jadeos en mi oreja, que muerde con sus dientes.

—¡Ah…! ¡Joder…! —me quejo, en vano, cuando ella no ceja en su empeño.

—¡Oh, joder, Chris! ¡Sigue! —grita, exigiéndome más.

Muevo las caderas con fuerza, hundiéndome en ella, pero el jet lag empieza a hacer mella en mí. He tenido que hacer un hueco en la gira para poder asistir a la boda de Simon, el mejor amigo de mi hermano Max. Soy, de alguna manera, el regalo de su parte para los novios. Me daba mucha pereza venir, y estuve a punto de cancelarlo, pero Lexy me conoce demasiado bien y me llamó para quitármelo de la cabeza. Al final, la boda ha resultado menos peñazo de lo que imaginé. He tenido la oportunidad de compartir tiempo con mi familia, a los que hacía tiempo que no veía y echaba algo de menos, sobre todo a mi padre. También he podido compartir un rato con los Turner, una familia peculiar que me encanta, y con algunos amigos más. He bebido, he bailado y, además, conocí a un par de chicas interesantes. Me enrollé con una de ellas, y cuando parecía que iba a tener final feliz, me crucé con la otra, una morena de rasgos asiáticos y cara de mala leche, creo que amiga de la novia. ¿Cómo me dijo que se llamaba…? Por más que me esfuerce no consigo recordarlo…

—¡Joder, Kim! —Escucho que alguien grita.

—Así se llamaba. Eso es. Gracias —pienso, dibujando una sonrisa de medio lado en los labios.

—¡¿No sabes llamar antes de entrar…?! —se queja Kim, poniendo los pies en el suelo al tiempo que se baja el vestido y me aparta.

—¡Es el guardarropa, Kim! ¡No es un sitio demasiado privado ni reservado que digamos…!

La chica se acerca y rebusca entre los bolsos, chaquetas y pañuelos esparcidos por el suelo, la mayoría por nuestra culpa. Entonces, al girar la cabeza y verme, mira a su amiga de nuevo, con las cejas levantadas.

—¡¿Él?! ¡¿Tenía que ser él?! —dice, apretando los dientes.

—O era él, o me tiraba a un hombre casado. Hay un tal Aaron ahí fuera que está tremendo.

—Es mi padre —me atrevo a intervenir, ya con los pantalones en su sitio.

—¿Ves? Todo queda en casa —ríe Kim, contagiándome.

—¡A mí no me hace ni puñetera gracia! ¡Es el hermano de Max, por el amor de Dios! ¡El mejor amigo de Simon!

—¡Ya sé quién es! ¡Sé perfectamente quién es! —contesta con el mismo tono que la novia, cuyo nombre tampoco recuerdo—. ¡¿Pero tú le has visto bien, Chloe?!

—Sí le he visto, sí.

Las dos giran la cabeza a la vez y me pillan encendiéndome un cigarrillo. Levanto los ojos y, sin moverme aún, las observo con recelo. Al rato, sintiéndome totalmente devorado por su mirada, sonrío y las saludo con una mano.

—Joder, qué tremendo está… —susurra Kim, mordiéndome el labio inferior mientras me mira de arriba abajo.

Chloe resopla desesperada, bajando los brazos, justo antes de caminar hacia la salida.

—Chloe —la llama Kim. Cuando se da la vuelta, prosigue—: ¿Venías a buscar algo, o solo a ponerte cachonda mirándonos…?

—¡Joder, mierda…! Busco un foulard para dejárselo a Faith —susurra Chloe, dando media vuelta. Cuando pasa por mi lado, me fulmina con la mirada—. Ya puedes estar borrando esa sonrisa de superioridad de la cara, guapito. Sé que antes te has enrollado con ella.

—Eso era… Faith… —digo, chasqueando los dedos.

—Oh, mierda. Ni tan siquiera sabías su nombre. Pues que sepas que, si se entera de esto, te cortará las pelotas. Y sin pelotas, tendrás una voz de pito muy poco varonil que seguro que te hará perder miles de fans…

Empieza a rebuscar entre las piezas de ropa esparcidas por el suelo, maldiciendo mientras lo hace. Lejos de calmarse, vuelve a encararme, señalándome con un dedo amenazador.

—No voy a permitir que enfrentes a mis dos mejores amigas… ¿Me entiendes?

—No era mi intención… —contesto, alzando las palmas de las manos en señal de rendición—. Aunque, entre tú y yo, esto me suele pasar a menudo…

—¿Esto…? —me pregunta, confundida.

—Enrollarme y tirarme a varias mujeres en una noche… Y me trae sin cuidado si son amigas del alma, simples conocidas o unas completas desconocidas. Así que, como te habrás dado ya cuenta, me importa una mierda si tus amigas se tiran de los pelos a partir de esta noche.

Chloe me mira frunciendo el ceño, con la boca abierta. Segundos después, se le escapa la risa y empieza a negar con la cabeza.

—Ahora lo entiendo todo… Eres como un puñetero adoptado. No tienes nada que ver con los Taylor “de verdad”. Cuando te vea por la televisión o en las revistas del corazón, reviviré este momento para recordarme a mí misma que eres un capullo que no se parece en nada a su padre o a sus hermanos.

Se da la vuelta de inmediato. Cuando pasa al lado de Kim, esta le tiende un pañuelo que Chloe coge sin siquiera mirarla, dando un portazo a su espalda. Poco después, Kim la sigue sin dirigirme la palabra.

»»»

—¿Nos podemos hacer una foto contigo?

—Claro… —contesto, mientras un grupo de cinco mujeres me rodean, me agarran y se frotan contra mí para sonreír frente a la cámara.

Después del flash de la cámara, todas ellas me besan. Sonrío mirándolas, escuchándolas hablar. Una de ellas llama especialmente mi atención. Es rubia y tiene el pelo corto, con el flequillo cruzando su frente. Me regala una sonrisa arrebatadora mientras me mira de reojo, con las mejillas sonrosadas. Tiene esa mezcla de timidez y belleza que tanto me gusta.

Como ella…

Así pues, cuando se están alejando, agarro su codo y tiro de ella hacia mí.

—¿Quieres bailar?

Por supuesto que quiere, aunque no me contesta. De nuevo se sonroja y mira de forma insistente hacia sus amigas, que la observan con una mezcla de envidia, felicidad y rabia. Sin soltar su mano, camino lentamente hacia la pista de baile y, una vez en el medio, rodeo su cintura con firmeza y la aprieto contra mi cuerpo. Escucho su respiración errática en mi oreja. Está nerviosa, y no puedo hacer otra cosa que sonreír satisfecho.

Me encanta esta sensación. En cuanto me hice famoso, comprobé que las mujeres me deseaban y muchas hacían cualquier cosa por acostarse conmigo. Se me insinuaban… Me tocaban… Me besaban… Durante un tiempo conseguí resistir, pero entonces la presión se hizo cada vez más difícil de sobrellevar, y los viajes eran cada vez más largos, y el tiempo sin vernos era mayor. Y sucedió… Y Jill se enteró… Es difícil ocultar las infidelidades cuando los paparazzi te persiguen a todas horas.

Y así fue como, cuando todo acabó, me convertí en un mujeriego.

—¿Cómo te llamas? —le pregunto.

—April.

—Precioso nombre. Soy Chris.

—Lo sé… —sonríe, agachando la cabeza de nuevo.

Por supuesto que sabes quién soy, pienso.

—¿De parte del novio o de la novia?

—De la novia. Soy su sobrina.

—¿Sobrina? ¿Cuántos años tienes?

—Veinte.

Resoplo sin ningún disimulo al comprobar que es mayor de edad.

—Menos mal… —susurro.

La miro fijamente después de decirlo. Sus ojos, en cambio, me rehúyen. Entonces, me decido a atacar y acerco mi boca lentamente a la suya. Cuando nuestros labios se rozan, escucho un carraspeo cerca de mi oreja.

—Espero que sepas dónde te metes…

—Piérdete, Lexy…

—No puedes enrollarte con todas las mujeres de la boda…

—April, ¿tienes novio? —La chica me mira con los ojos muy abiertos, negando con la cabeza un par de veces—. Y si lo tuvieras, ¿te voy a besar en contra de tu voluntad?

Antes de que conteste, Lexy chasquea la lengua e interviene:

—Haz lo que te dé la gana, Chris, pero…

—Y eso es lo que estoy haciendo… Así que, gracias por estos sabios consejos que, para variar, nadie te ha pedido.

—Vete a la mierda, capullo.

—Yo también te quiero, hermanita. —La observo unos segundos mientras se aleja, antes de volver a centrar mi atención en April. De todos modos, su predisposición ha cambiado y, lentamente, empieza a alejarse de espaldas—. Oh, venga…

—Yo no… No quiero problemas y…

—No hay ningún problema.

—Es igual…

—¡¿Hablas en serio?! ¡¿Sabes lo que te pierdes?!

En ese momento, Harry, el hermano mayor de Simon, me agarra del brazo y me lleva a un aparte.

—Chris, te lo pido por favor… No montes un numerito de los tuyos.

—¿Un… numerito de los míos…? —pregunto, frunciendo el ceño.

—Escucha, si tienes problemas, te puedo recomendar algunas clínicas…

—¿Clínicas?

—No sé a quién pretendes engañar, pero es evidente que tienes un problema de adicción.

—¡¿Y se puede saber quién cojones eres tú para…?!

—Soy alguien al que le trae sin cuidado los ceros que tenga tu cuenta corriente o lo bien parecido que seas. Lo que hagas con tu vida no me incumbe, pero es la boda de mi hermano pequeño, y quiero que te quede clara una cosa, y para ello me voy a rebajar a tu nivel: deja de joder, en el sentido figurado y literal, o me veré obligado a pedirte que te vayas.

—Eso lo tendrá que decir quién me haya invitado a la boda, ¿no?

—Siento ser el portador de malas noticias, pero no te han invitado… te han contratado. Y según veo, tu trabajo aquí ha terminado, así que puedes irte.

Le miro con la boca abierta, intentando procesar sus palabras.

—Mi hermano es el que me dijo que…

—Tu hermano tiene mucha paciencia contigo, pero si sigues así, no tardará en sentirse avergonzado. Así que haznos un favor a todos, incluido a ti mismo, y lárgate antes de que pierdas la poca dignidad que te queda.

Me giro de golpe, acercándome a él hasta dejar mi cara a escasos centímetros de la suya. No tiene pinta de aguantarme más de cinco puñetazos, así que, muy cabreado y, por qué no admitirlo, envalentonado por el alcohol, le agarro de las solapas de la camisa y le enseño mi puño.

—Oh, vamos… ¿Cómo puedes ser tan pueril? ¿Así es como pretendes justificar tu comportamiento? Es un método bastante primitivo, si me permites la observación.

Aprieto la mandíbula, resoplando entre dientes. Al rato, le suelto, dándole la razón a regañadientes. Le empujo con menos fuerza de la que me gustaría y me alejo caminando de espaldas, mirándole de forma desafiante.

—¡Joder! ¡¿No te cansas nunca de ser tan pedante?!

—Nunca me canso de ser yo —me contesta con las manos en los bolsillos, encogiéndose de hombros.

»»»

Acerco la nariz a la fina línea blanca y, tapándome una de las fosas nasales, la esnifo de principio a fin. Me la froto de forma repetida. Levanto la cabeza, mirando al techo, frotándome la cara con ambas manos. Dejo ir un largo suspiro y entonces me preparo la segunda raya.

—Oh, joder… ¡Mierda, Chris!

—¿Qué? No estoy abochornándote en público…

—¿Qué?

—Que me mantengo recluido para que no tengas que disculparme frente a tus amigos.

—Sabes que no es así, Chris.

—Harry vino a pegarme la charla, Max. Sé lo que piensas de mí.

—Y parece que surtió mucho efecto… ¿Por qué te metes esa mierda?

—Si la probaras, no te atreverías a llamarla así…

—Tú eres mejor que todo esto.

—No lo soy.

—¡Claro que lo eres! —grita, con la paciencia totalmente agotada, acercándose hasta la mesa para borrar la raya de cocaína, esparciendo la mayoría por el suelo y limpiándose los restos de la mano.

Preso de una ira irracional, me abalanzo sobre él y, agarrándole de las solapas de la camisa, le empotro contra la pared. Por el camino, arrasamos con un par de sillas, formando un pequeño estruendo. Cuando su espalda choca contra la pared y mi cara se queda a escasos centímetros de la suya, le miro con los ojos inyectados en rabia, escupiendo algo de saliva al respirar. Entonces me fijo en sus ojos, aquellos que hasta hace poco me miraban con orgullo y admiración. Esos que ahora lo hacen con miedo, pena y vergüenza…

—¿Prefieres renunciar a mí antes que a esa mierda? —me pregunta, muy dolido—. ¿Tanto te controla eso?

Le suelto con brusquedad, retirándome hacia atrás rápidamente. Niego con la cabeza, justo antes de agarrarme el pelo con ambas manos y darle la espalda. Entonces vuelvo a escuchar su voz.

—Tú me salvaste, Chris. Tú me hiciste lo que soy. ¡Eras mi hermano mayor, joder! —Escucho un sollozo—. Y, aunque hace tiempo que no te reconozco, sé que detrás de todo esto, sigues siendo ese chico de quince años con el pelo revuelto y ojos vivos que me miraba sonriente mientras tocaba la guitarra.

Escucho sus pasos a mi espalda, acercándose a mí.

—Escucha, Chris… Mamá y Aaron no son ajenos a los rumores… y… empiezan a estar preocupados. Lo sé.

—No hay nada de lo que preocuparse. Lo tengo controlado.

—¿Te crees tus propias palabras? Porque sé leer… Veo lo que sale en las revistas… Veo fotos tuyas borracho en varios clubs, enrollándote con cientos de mujeres… Eso no puede hacer ningún bien a tu carrera profesional, no digamos ya a la personal…

—Es eso, ¿no? Tienes envidia de la cantidad de mujeres que me tiro…

—¡¿Qué?! ¡No! ¡Por supuesto que no! ¡Yo no…! ¡Joder, Chris! ¡Madura un poco! ¿Sabes qué? Haz lo que te dé la gana —dice con desgana, totalmente derrotado, mientras se aleja hacia la puerta.

En cuanto me quedo solo, preso por la locura, arraso con algunas sillas, tirándolas de pura rabia. En el fondo, sé que tiene razón. Mi vida se ha convertido en un caos. Me siento como si me hundiera en arenas movedizas y, por más que intento salir, cada vez que hago algo, me hundo más y más. Y lo único que me mantiene despierto, lo único que me da fuerzas para seguir adelante, para subir noche tras noche a los escenarios, es este polvo blanco.

Lanzo una silla con fuerza contra la puerta, haciéndola pedazos al instante.

—¿Chris? Me ha dicho Max que estabas aquí… ¿Estás bien…? —Nada más escuchar la voz de mi padre, me giro hacia la puerta. Con los brazos a ambos lados del cuerpo, mi pecho sube y baja con rapidez. Siento el sudor poblando mi frente, además de varias gotas resbalando por mi espalda—. ¿Hola? ¿Chris?

Me froto la cara con ambas manos, intentando acicalarme, recobrar la compostura, como si mis manos fueran mágicas y pudiera borrar cualquier rastro de mi perdición. Luego, froto las palmas de las manos contra el pantalón y empiezo a caminar hacia la puerta. Antes de abrirla, hecho un vistazo hacia atrás, para comprobar que no hay restos visibles de cocaína.

—Hola… —saludo nada más abrir.

—¿Estás… bien? —me pregunta mirándome de arriba abajo.

Ha sido policía durante muchos años, y sé que su instinto está recibiendo señales de alerta. Primero mira más allá de mi espalda, para luego volverme a mirar a mí. Me mira a los ojos, frunciendo el ceño, justo en el momento en el que agacho la cabeza, fijando la vista en el suelo.

—¿Chris? —insiste.

Trago saliva antes de mirarle a los ojos.

—Estoy bien.

Se queda callado durante unos segundos que se me antojan horas. Incapaz de sostenerle la mirada, señalo hacia el pasillo y hago el ademán de empezar a caminar.

—Iba a… Yo… ya me iba.

—Chris, ¿qué pasa?

—Nada.

—¿En serio va a ser así?

—¿Cómo…? No entiendo…

—¿Me tomas por imbécil, Chris?

—¿Qué…? No… Yo… Estoy bien…

—Es evidente que no lo estás. ¿Cuánto hace que te drogas? Y no intentes negarlo. Tampoco intentes decirme que lo tienes controlado porque es evidente que no es así. Dime qué puedo hacer. —Hago un intento de negación, aturdido y sorprendido—. Quiero ayudarte.

—No…

—Chris, mamá y yo…

—No —repito.

—Chris.

—No.

—Chris, escúchame.

—¡No! ¡No hace falta que me sermonees! ¡Ni que te preocupes por mí! ¡Ni tú ni nadie!

—Necesitas ayuda, Chris. Aunque no lo creas.

—¡Cállate! —le grito, agarrándome la cabeza con ambas manos.

—No me pienso rendir, por mucho que me grites.

—¡Que te calles!

—Estoy aquí para recordarte que puedes contar conmigo para lo que necesites. Como siempre.

Su tono de voz calmado me saca de mis casillas, a pesar de que sus palabras deberían reconfortarme.

—¡¿Como siempre?! ¡¿Estás seguro?! ¡Me parece que olvidas quince años de mi vida!

—Chris… No voy a tener en cuenta esas palabras… Pensaba que todo eso estaba… superado y…

—¡No es tan fácil borrar quince años de mi vida!

—Sabes lo mucho que me arrepiento de aquello… —se excusa, frunciendo el ceño—. Sabes que puedes contar conmigo y con tu madre para lo que…

—¡Ella no es mi madre! —grito entonces, totalmente fuera de mí, apretando los puños. Lejos de alterarse, mi padre niega con la cabeza, lentamente, y luego se da la vuelta. Su comportamiento me cabrea. Su falta de respuesta me saca de quicio. Necesito que se enfrente a mí para tener una razón para seguir enfadado—. ¡Eso es! ¡Huye! ¡Pasa de mí!

—No paso de ti, paso de la versión de ti controlada por las drogas. Necesito que vuelvas a ser el de siempre. Hasta entonces, te quedas solo.

Leer más...

Capítulo 1 – Casi Compatibles

—¿Lirios violetas o blancos?

—Blancos.

—¿Tú crees?

—Violetas.

—¿Seguro?

—Rachel, cielo, me da igual de qué color sean las flores de las mesas.

—Te estaba preguntando por las flores de mi ramo…

—Da igual…

¿Da igual? ¿Cómo que da igual? ¡A mí no me da igual! ¡Estamos hablando de las puñeteras flores del puñetero ramo de la puñetera boda que sus puñeteros padres querían!

—Está bien —resoplo, conteniendo mi enfado—. Oye, esta tarde habíamos quedado con el carpintero, pero no creo que pueda ir porque tengo una reunión con un cliente.

—No te preocupes. Ya voy yo y mañana te cuento.

—¿Mañana? ¿Hasta mañana no nos vemos? ¿No vendrás a verme a casa esta noche?

—Eh… No creo. Estoy agotado…

—De acuerdo… —vuelvo a claudicar—. Acuérdate de decirle al carpintero que los muebles de la cocina los queremos en color crema, no blancos. Que los cambie.

—Sí, cielo. Lo haré.

—Está bien. Te echaré de menos…

—Y yo. Adiós.

Cuando se corta la llamada, despego el teléfono de la oreja y miro la pantalla. En la facultad de derecho, todas las chicas estaban locas por él por tres razones: su aspecto físico, su carisma y su cuenta corriente o, mejor dicho, la de sus padres. Así que digamos que Michael no me conquistó por ser un romántico, pero últimamente está más distante de lo habitual.

Quizá sea por culpa de la presión en el trabajo… Es ayudante del Fiscal General de Nueva York y eso le obliga a pasar horas y horas en los juzgados. Y en los ratos que le quedan libres, está reunido con clientes. Así que yo me tengo que conformar con las sobras de todo ello… cuando queda alguna, claro está.

O puede que sea porque aún vivimos separados, ya que la casa que ambos compramos en el Upper East Side está completamente desmantelada por culpa de las interminables obras. Nunca pensé que la casa necesitara ningún cambio, tenía ese aspecto rústico y antiguo, con algunas paredes de ladrillo a la vista y esa chimenea enorme… A mí me gustaba como estaba, pero poco a poco me fui dejando convencer por Michael para convertirla en un loft diáfano y blanco.

O a lo mejor sea por los nervios de la inminente boda… aunque eso es poco probable, ya que soy yo la que se está ocupando de todo. Soy yo la que soporta las llamadas a horas intempestivas de Candance, nuestra planificadora de bodas, para preguntarme si prefiero que las servilletas tengan forma de cisne o de flor. Además, no fui yo la que quiso casarse, no lo creía necesario, pero sus padres insistieron. Él hizo lo que siempre hace cuando se trata de sus padres, decir amén a todo. Y yo lo que siempre hago cuando se trata de él, claudicar.

—¿Rachel? ¿Hola?

—¿Qué?

—¿Has oído algo de lo que he dicho?

—Sí. Sí, claro, claro.

—¡Y una mierda! ¡Joder, Rachel…! Esta puñetera boda no va a acabar solo contigo, sino también con nuestro bufete, y, en consecuencia, conmigo. Por favor, céntrate…

Intento centrarme en lo que Kelly me dice. Acaba de llegar al despacho, porque aún lleva el maletín en la mano. Su serio atuendo compuesto por un traje de falda y americana negra contrasta con su pelo teñido de rojo y sus labios pintados del mismo color. Dice que este aspecto le ayuda a ganarse una reputación en los juzgados, y la verdad es que son muchos los colegas de profesión que la temen, aunque no sé si es más por su indumentaria que por su pico de oro. De todos es sabido que Kelly carece de ese sensato filtro entre el cerebro y la boca, tan necesario en algunas situaciones.

—Te decía que la reunión de esta tarde se ha adelantado. Tienes exactamente media hora para comer antes de tener que irte —dice tendiéndome una ensalada.

—¿Reunión…?

—¡Ay, la hostia! ¡¿No me jodas que no te acuerdas…?! ¡Te lo comenté hace unos días! ¿Ese cliente que me llamó la semana pasada…? ¿Un putero que después de haberse tirado a todas sus secretarias durante más de veinte años pretende escatimarle a su mujer hasta el último centavo de la pensión…? ¿Te suena de algo ya?

—Sí, sí —contesto—. Me acuerdo.

—Bueno es saberlo, porque ese putero es nuestro futuro cliente.

—Kelly… Te lo dije… No puedo defender a un tipo así.

—Incorrecto. Lo que no puedes es rechazar a un cliente que nos va a pagar lo que ese tipo nos va a pagar…

—¡Pero es inmoral!

—¡Pero el dinero nos da de comer! Además, he visto unos “Manolos” que tienen mi nombre escrito en la suela. —Pongo los ojos en blanco al escucharla y en cuanto me ve, se excusa—: Ríete, pero al lado de los “Kellys” me pareció ver unas botas “Rachels”. Que trabajar por “amor al arte” está muy bien y es muy gratificante, pero no paga las facturas…

—Lo sé, pero… Va contra mis principios.

—¿Comer va contra tus principios?

—Hazlo tú, Kelly. Tú tienes menos… más…

—No puedo. Estoy con la monjita a la que tú accediste a defender y que nos pagará, como mucho, con magdalenas y galletas hechas en convento.

—Pero es reconfortante saber que estás ayudando a mejorar esta sociedad. Además, no me digas que cuando te compres esos zapatos y te los veas puestos, no se te encogerá un poquito el corazón al saber que te los ha comprado un adúltero.

—Bueno, quizá… —Kelly levanta la barbilla y mira al cielo, pensándoselo durante unos segundos, hasta que me vuelve a mirar y los ojos le brillan, y cuando creo que le he tocado la fibra, suelta—: ¡No veas lo bien que me quedan puestos! Me acabo de ver y… ¡tienen que ser míos!

La observo con la boca abierta, pero ella ni se inmuta. Se quita el abrigo y la americana, aparta una de las pilas de expedientes que sepultan mi mesa y que juro por Dios que algún día archivaré, y se sienta frente a mí.

—¿Cómo van esas obras? —me pregunta para cambiar de tema.

—¿En cuánto tiempo se construyó el Empire State?

—En poco más de un año.

—¡No fastidies! —le pregunto con los ojos muy abiertos y el tenedor a medio camino entre la ensalada y mi boca.

—¿Tan mal van?

—Mal no, lentas. Muy lentas. Esta tarde va el carpintero que nos está haciendo los muebles de la cocina para que Michael le explique la diferencia entre blanco y crema.

—¿Y ya te fías del criterio de un hombre en esas cosas? Ten en cuenta que su cerebro solo procesa los colores básicos. No les saques del negro, rojo, verde y azul.

—No puedo ir porque tenemos la… Espera. La reunión que tenía es esta que se acaba de adelantar, ¿no?

—Supongo… Esta tarde solo teníamos esa preparada…

—Pues si se ha adelantado, sí podré llegar a tiempo para ver al carpintero. O más o menos…

—¿Ves qué bien? No hay mal que por bien no venga. Vamos a esa reunión, tenemos contento a nuestro cliente, yo consigo mis “Manolos” y tú una cita con tu carpintero daltónico —sentencia y a mí, al final, se me escapa la risa.

Es cierto que últimamente no entra demasiado dinero en nuestras cuentas, sobre todo desde que decidimos representar a una organización benéfica a la que no cobramos nada por nuestros servicios. La noticia corrió como la pólvora y nuestros dos clientes posteriores, una ONG y la novicia del convento de clausura que está defendiendo Kelly, tampoco han aportado nada a nuestras deprimidas cuentas bancarias. Así pues, esta vez me tragaré mis principios y defenderé a ese capullo lo mejor que pueda.

≈≈≈

Varias horas después, salgo de la reunión con unos retortijones mortales, y no es que me haya sentado mal la ensalada… Es que se me ha revuelto el estómago escuchando al impresentable al que acabo de acceder a defender. Camino por la acera mirando hacia atrás, en busca de un taxi, mientras llamo a Kelly para informarla de todo.

—¿Tenemos “Manolos”?

—Te los haré poner todos los días, aunque te salgan juanetes.

—¡Gracias, gracias, gracias! ¿Es majo o qué?

—Kelly.

—¿Qué?

—Es repugnante.

—¿En serio? ¿Tan feo es? ¿Y cómo se ha tirado a tantas tías?

—¿Pues porque era su jefe y temían ser despedidas?

—Qué poco amor propio.

—Ya te digo… Bueno, que llamaba solo para avisarte de que tenemos nuevo cliente y de que, aunque tarde, voy a mi futura casa para pelearme con el carpintero —digo mientras consigo detener un taxi, que se detiene a mi lado—. Al 122 de la 71, entre Park y Lexington.

—Perfecto. ¡Nos vemos mañana!

Durante el trayecto hacia mi futura casa, intento llamar a Michael para avisarle de que voy, pero su teléfono está apagado. Le envío un mensaje, aunque, veinte minutos después, cuando el taxi se detiene frente a nuestra futura casa, aún no he obtenido respuesta.

Antes de subir las escaleras de mi futura casa, levanto la vista para admirar la fachada. Me encanta el barrio, me encanta la calle y me encanta mi nueva casa, pienso junto antes de sacar las llaves del bolso. Cuando entro, la casa está demasiado silenciosa y oscura. Miro el reloj. Es cierto que el carpintero quedó en venir hace veinte minutos, pero, o ha entendido muy rápido el tema de los colores, o el muy impresentable aún no ha hecho acto de presencia. En todo caso, Michael debería estar aquí aún, pienso mientras salgo de la cocina y llego al salón comedor. No me molesto en encender los interruptores porque la luz está cortada, así que saco mi teléfono y uso la luz de su pantalla como linterna. Entonces escucho voces arriba y subo las escaleras. Al llegar al rellano de arriba, una luz tenue sale de lo que será nuestro dormitorio, donde por ahora solo hay una cama. Doy los últimos pasos y justo cuando estoy frente a la puerta, antes de empezar a abrirla, escucho una risa de mujer. Se me hiela la sangre y se me corta la respiración. Apoyo las yemas de los dedos en la madera y la muevo lentamente para abrirla. Mientras lo hace, aún tengo la esperanza de ver algo totalmente inocente, con una explicación totalmente lógica, pero entonces veo velas encima de una silla, ropa escampada por el suelo, mis sábanas blancas revueltas en la cama y dos cuerpos desnudos frotándose entre sí. Michael está encima de una mujer y esta le rodea el trasero con una pierna mientras arquea la espalda de placer.

No me muevo, no grito, no lloro, no me enfurezco. Soy incapaz de hacer nada aparte de contemplar la escena, hasta que ella gira la cabeza y me ve en el quicio de la puerta. Pega un grito y eso alerta a Michael, que posa los ojos en mí. Enseguida se separa de ella y se baja de la cama. Camina hacia mí totalmente desnudo y por primera vez en todos estos años, siento arcadas al verle. La mujer se tapa con la sábana, mi sábana, la que compré para mi cama, no la suya, y entonces, presa de una rabia intensa, esquivo a Michael y me acerco a la cama.

—¡Son mis sábanas! —grito dando un tirón que la deja totalmente expuesta ante mí—. ¡Es mi cama!

—Rachel, cielo… —me dice Michael—. Te lo puedo explicar.

—¡No hace falta que me lo expliques! ¡Sé atar cabos yo solita!

Me acerco a la zorra que está ensuciando mi cama y la agarro por el pelo. Tiro de ella hasta obligarla a bajar de la cama y no la suelto ni siquiera cuando empezamos a bajar las escaleras hacia el salón.

—Rachel, por favor —me pide Michael mientras su amiga no deja de gritar y quejarse de dolor.

—¡Largo de mi casa! ¡Los dos!

—Pero… Rachel, escúchame…

—¡Fuera!

—¡No puedes echarme! —grita él entonces—. ¡Es mi casa también!

—¡Largo! ¡Fuera! ¡Marchaos los dos! ¡Id a follar a vuestra puta casa! ¡Y llevaos la sábana! —grito mientras se le tiro a la cara.

—Pero… Nuestra ropa está arriba…

Sin dejar de gritar y a empujones, consigo echarles de casa. Cierro la puerta con llave y entonces subo al dormitorio. Abro la ventana y tiro las velas, aún encendidas. Luego tiro la ropa de ella y finalmente, después de sacar las llaves de la casa del bolsillo del pantalón, se lo lanzo también.

No me molesto en mirar por la ventana mientras recogen todo, sino que bajo a la cocina. Nerviosa, impotente y fuera de mí, llena de rabia, apoyo las palmas de las manos en el impoluto mármol blanco, mirando a un lado y a otro mientras balanceo mi cuerpo hacia delante y hacia atrás. Entonces, movida por un impulso, me acerco al botellero. Está repleto de botellas de vino de Mike, la mayoría de ellas con un precio que ronda una cuarta parte de mi sueldo. No tengo costumbre de beber, pero necesito hacer algo, así que cojo una al azar, descorcho el tapón, y me sirvo una copa generosa.

Rato después, sigo sentada en lo que iba a ser mi cocina, rodeada de polvo y serrín, apoyada contra la pared, con la botella de vino vacía agarrada en la mano. Miro alrededor y entonces me pregunto si habrá venido el carpintero. Qué tontería, pienso para mí misma al caer en la cuenta de que puede que esta ya no vaya a ser mi cocina nunca más.

—¡Qué cojones! ¡Quiero que sea mi cocina! ¡Quiero mi puñetera cocina color crema!

Me seco las lágrimas con las mangas de la camisa y busco mi teléfono. Marco el número de Kelly, y espero a que conteste.

—¡Hola! —contesta jovial.

—Tengo dos noticias, una buena y una mala —digo con voz gangosa—. ¿Cuál quieres primero?

—Rachel, ¿estás llorando?

—¿La buena o la mala?

—¿La…? Joder, Rachel… No sé… ¿La… buena?

—Tienes una nueva clienta.

—¡Anda! ¡Eso es genial!

—La mala es que soy yo y no te pienso pagar.

—Eh…

—Necesito ayuda y no me voy a contratar a mí misma porque sería algo raro y necesito la opinión de una tercera persona.

—Eh… Rachel… Aunque me encante tener clientes nuevos, a pesar de que no me vayan a pagar, tengo que preguntar… ¿Qué ha pasado?

—He pillado a Michael con otra.

—¡¿Qué?!

—En mi casa. En mi cama. Encima de mis sábanas.

—¡¿Qué?! ¡Será hijo de puta! ¿Estás bien?

—¡No! ¡Estoy furiosa!

—No me extraña.

—¡No solo con él, sino conmigo misma! ¡¿Cómo he podido dejarme manipular por ese imbécil?! ¡He cambiado mi manera de ser por él! ¡Yo no necesitaba esta boda, y accedí por él! ¡Yo no quiero pasar las vacaciones en los Hamptons todos los puñeteros años! ¡No me apetece pasar los viernes por la noche soportando a los estirados de sus amigos! ¡¿Y cómo me lo paga?! ¡Tirándose a una furcia en mi cama!

—La hostia… ¿Y me quieres contratar para… apalearle? ¿Pincharle las ruedas del coche…? ¿Mandarle amenazas anónimas…?

—No, idiota. Te quiero contratar como abogada porque quiero quitárselo todo.

—Rachel, no estabais casados. No hay nada que dividir. No puedes quitarle algo que no tengáis a medias legalmente…

—Quiero mi casa. Para mí. No quiero que se la quede. No quiero que se tire a nadie en mi colchón, y necesito que me aconsejes cómo conseguirlo. Quiero aplastarle, Kelly, y para eso, eres la mejor.

—Quedarte con esa casa querrá decir que tendrás que comprarle su parte.

—Pues lo haré.

—¿Con qué dinero? Porque como todos nuestros clientes sean como tú, lo llevamos claro…

≈≈≈

—Quiero la casa —afirmo con rotundidad.

—De… De acuerdo… —contesta Michael.

—Te pagaré tu mitad.

—Tranquila…

—Dame unos días para pedir el crédito al banco y…

—Claro…

Me quedo callada sin saber qué más decir. Venía predispuesta a pelear, imaginando que me pondría las cosas mucho más difíciles, pero, por alguna razón que se me escapa, esto está siendo demasiado fácil.

—Rachel… —susurra Michael entonces—. Yo no quería que nada de esto pasara…

—¡¿Perdona?! ¡¿Qué es lo que no querías que pasara?! ¡¿Follarte a esa puta en nuestra casa?! ¡¿O que me enterara?! ¡Porque si lo que no querías es que me enterara, podrías haber elegido millones de sitios antes que mi casa, mi cama, mi colchón, mis sábanas…!

—O sea… No quería que te enteraras así… Quería contártelo, pero…

—¡¿Querías contarme que te tiras a una puta?!

—Estoy enamorado de Sylvia —confiesa, totalmente aterrorizado.

—¡¿Qué?!

—Estoy enamorado de ella… Yo… Nos llevamos viendo un tiempo y… Yo no quería que pasara, pero simplemente, pasó…

—¡¿Quieres decir que te la has tirado más veces?!

—Eh… Sí… Pero nunca antes en casa.

—¡Oh, joder! ¡¿Encima te lo tengo que agradecer?!

—No… Joder, Rachel… De verdad que quería contártelo, pero entre el trabajo y lo de la boda, nunca supe cuando hacerlo.

—¿Y aun estando enamorado de esa puta…?

—Sylvia —se atreve a interrumpirme, dejándome con la boca abierta durante unos segundos.

—Perdóname, pero si no te importa, puesto que se está tirando a mi prometido, para mí seguirá siendo la puta —le confirmo—. Y como iba diciendo, ¿aun estando enamorado de esa puta, seguías con la idea de casarte conmigo?

Se encoge de hombros a modo de respuesta y yo no puedo hacer otra cosa que mirarle boquiabierta.

—¡Michael! ¡No estábamos planeando irnos de excursión juntos! ¡Estábamos planeando casarnos!

Agacha la cabeza y la hunde entre los hombros. De repente parece mucho más pequeño y, sobre todo, muy vulnerable. Creo que incluso empiezo a sentir un poco de lástima por él.

—Te quiero, Rachel. Y nunca, nunca, nunca, quise hacerte daño.

—¿Realmente estás enamorado de ella? —le pregunto de forma cortante.

Tarda un poco en contestar, pero finalmente asiente con la cabeza.

—¿Y por qué seguías adelante con la boda?

—Porque era lo que mis padres querían…

—¡Por el amor de Dios, Michael! ¡¿Te ibas a casar conmigo porque era lo que tus padres querían?!

—No me atreví a decirles nada porque… porque… Ellos nunca aceptarían a Sylvia como mi esposa. Ellos te quieren a ti y… —Supongo que mi cara de asombro no le pasa desapercibida, porque enseguida se encarga de aclararme—: Sí. No me mires así. Mis padres te adoran. Guapa, inteligente… abogada…

Al final va a resultar que la bruja de su madre me tenía aprecio. Si lo llego a saber, no le compro esa báscula para su cumpleaños.

—Ella, en cambio, es peluquera y… Bueno… Ya sabes cómo son mis padres.

—Pues creo que ha llegado el momento de hablar con ellos —resoplo al final—, porque ambos estaremos de acuerdo en que esta boda no puede seguir adelante.

Michael asiente apretando los labios hasta convertirlos en una fina línea. Lo que más me cabrea es que ya no tenga ganas de asesinarle, sino que incluso me plantee darle una palmada en el hombro para darle ánimos. Él provocó esta situación, así que no quiero sentir ni una pizca de compasión por él. Así pues, antes de ablandarme más, le hago una señal con la cabeza a Kelly, que ha permanecido a mi lado durante todo este rato, y nos ponemos en pie.

—Tendrás noticias nuestras cuando tengamos el dinero para comprar tu parte de la casa —dice ella justo antes de salir del despacho de Michael.

Una vez en la calle, caminamos en busca de un taxi. Ninguna de las dos hablamos, pero nos miramos de reojo hasta que Kelly se atreve a preguntar:

—¿Qué cojones ha pasado ahí dentro?

—No tengo ni la más remota idea. De repente, más que rabia, me estaba compadeciendo de él. Ha sido… extraño. Pero he conseguido lo que quería.

—Sabes que con la de gastos que vas a tener, no podemos permitirnos ser durante más tiempo unas Hermanitas de la Caridad, ¿verdad? Tenemos que empezar a cobrar a nuestros clientes.

—Lo sé.

—Promételo.

—Lo prometo. Y ahora, necesito una copa de vino.

—¿Desde cuándo bebes vino?

—Desde que descubrí la fantástica colección de botellas de Michael.

 

Leer más...