Primer Capítulo

Capítulo 1 – Nuestra perfecta historia de amor

Un punto de inflexión

Salgo del metro a toda prisa, corriendo sobre mis tacones. Esquivo a la gente mientras intento no perder el equilibrio, agarrando mi bolso con una mano. Afortunadamente, el pub donde he quedado con todos está a sólo unos metros de la parada de metro. Cuando entro, el local está abarrotado, pero no me lleva demasiado dar con ellos, sólo tengo que seguir los gritos y las risas. Estoy convencida de que tengo los amigos más escandalosos de toda Nueva York. Hago un eslalon, sorteando varios grupos de gente, contorsionando mi cuerpo. El “Drink or Die” es uno de los locales más populares del SoHo, y siempre está lleno. Su propietario, Julio, es uno de mis mejores amigos, así que nunca tenemos que preocuparnos por no encontrar mesa libre.

—¡Becky! ¡Ya pensábamos que no venías! —Ella es Nancy, amiga mía desde el instituto. Dulce, cariñosa, con un corazón que no le cabe en el pecho, enfermera y prometida con Bruce, al que conoció en una fiesta universitaria. Se pone en pie para darme un largo abrazo.

—Lo siento. Se ha alargado un poco… —digo, quitándome el pañuelo que llevo anudado al cuello.

—¡Cariño! ¡¿Qué te pongo?! —me grita Julio desde detrás de la barra—. ¿Sorbete de champagne o un Bloody Mary?

Hago una mueca con la boca y alzo los hombros. Él capta el mensaje y, apretando los labios, empieza a preparar mi bebida. Me desplomo en la silla y miro alrededor. Todos me miran con una mezcla de pena, comprensión y algo de vergüenza en la mirada. Todos menos Derek, que parece estar disfrutando con mi desgracia. Derek es sexy, un tipo duro, callado, muy seguro de sí mismo y normalmente va manchado de grasa. Endiabladamente atractivo… para mí y para el resto de mujeres, a las que no se puede resistir tan a menudo como a mí me hubiera gustado. Desde que lo dejamos parece algo resentido y distante conmigo.

—¿Qué te han dicho? —me pregunta Daniel, otro de mis amigos del instituto. Es guapo, inteligente, encantador y profesor. Todo un partidazo, sobre todo para Lee, su marido de origen coreano, al que conoció ejerciendo su profesión en un colegio.

—¿En cuál de las tres que he hecho hoy?

—¿Tres? Vaya…

Asiento con la cabeza, algo desanimada. Resoplo por la boca justo antes de empezar a explicarles:

—En la primera, que mañana harán más entrevistas y que ya me llamarán. En la segunda, después de casi dos horas de test psicotécnico, que está siendo un proceso de selección muy complicado pero instructivo y que ya me llamarán. Y en la última, de la que acabo de salir, que el perfil que buscan es muy concreto, y…

—Y que ya te llamarán —me corta Nicole, la última integrante de mi grupo de amigos del instituto. Mordaz, calculadora, arrolladoramente sincera, tremendamente fiel y una devoradora de hombres de manual—. Alerta spoiler: no lo harán.

La miro con la boca abierta y los ojos llenos de lágrimas pugnando por salir. No es que me duela su sinceridad porque, en el fondo, yo también lo pienso. Lo que me duele es escucharlo en voz alta. Nancy, Bruce, Lee y Daniel la fulminan con la mirada, pero ella parece ajena a ellos, bebiéndose su cerveza a morro de la botella mientras mira alrededor, seguro que buscando una posible presa.

—¡Nicole! —llama su atención Lee al final, al ver que ella no se da por aludida por sí sola.

—¿Qué? —pregunta al ver que todos la miran. Daniel le hace señas hacia mí, así que ella levanta las cejas y mueve la botella al hablar—: Oh, disculpad. ¿Preferís que le diga que seguro que la llaman?

—Sí —contesta Nancy.

—No —dice Bruce a la vez—. Pero podrías haber suavizado el golpe.

—Bienvenidos al mundo real —insiste Nicole, abriendo los brazos—. Becky, estoy segura de que vales mucho, pero, si no te han dicho nada ya, significa que no les has causado tanto impacto. Siento ser así de franca, pero prefiero decírtelo yo a que te lleves un chasco.

—Marchando un Gimlet[1]. Si podía curar el escorbuto, a saber lo que podrá hacer para mejorar la depresión causada por una infructuosa búsqueda de trabajo —dice Julio, poniendo la copa frente a mí y sentándose luego en la silla que había quedado libre.

—No, no pasa nada. No estoy deprimida… —empiezo a decir, hasta que la voz se me va apagando poco a poco.

En realidad, puede que sí esté algo… desesperada por encontrar trabajo. Siempre tuve bastante claro qué quería estudiar. Quería poder gestionar recursos humanos, conseguir que la gente fuera feliz en su trabajo y que las empresas pudieran aprovecharse de todo el potencial de sus empleados. Pensé que mis ideas encandilarían y que se pelearían por contratarme. Y, la verdad, no ha sido así. Es cierto que he conseguido algún trabajo, pero soy fiel a mis principios y en un par de ocasiones, acabé renunciando porque sólo querían una directora de recursos humanos a la vieja usanza: distante, inhumana y dispuesta a exprimir y despedir trabajadores siguiendo los deseos de alguno de los jefes. Eso no va conmigo. O, al menos, no iba conmigo. Porque tengo treinta años y sigo viviendo en casa de mi madre. Quizá empiece a ser el momento de tragarme esos principios…

Cuando vuelvo a la realidad, me doy cuenta de que sigo siendo el centro de todas las miradas.

—¡En serio! ¡No pasa nada! —digo, forzando una sonrisa para intentar quitarle dramatismo al tema—. Mañana tengo otra entrevista, y tengo la sensación de que esta vez es la definitiva.

Mi falso optimismo parece no contagiarse al resto, aunque intentan disimularlo. Derek no. Él me mira con soberbia, negando con la cabeza mientras resopla por la boca.

—¡Eso es! ¡Claro que sí! —me anima Nancy.

—Seguro que lo conseguirás —interviene Lee, posando su mano en mi antebrazo y apretando en un gesto cariñoso.

—Gracias, cielo —dice entonces Julio, acariciando el vientre del camarero mientras le mira como si le estuviera desnudando.

—Y si no, siempre puedes pedirle curro a Julio —añade Bruce, que observa la escena entre risas.

—¿Quién es ese, Julio? —le pregunta Nicole, mirando al chico de arriba abajo.

—Aleja tus garras de él, loba. Es mío y sólo obedecerá mis órdenes —dice Julio mientras mira fijamente el trasero del chico, que se aleja hacia la barra.

—Julio, aquí tienes mi tarjeta —interviene Bruce. Julio le mira frunciendo el ceño. A veces le cuesta entender el inglés, a pesar de los más de diez años que hace que llegó de Cuba, así que achaca su incomprensión al idioma. Bruce se apresura a aclarárselo—: Llámame cuando te arresten por contratar a menores. En este país es ilegal, colega.

Lee, Daniel y Derek ríen a carcajadas mientras que Nancy, como buena apaciguadora del grupo, le habla en tono conciliador:

—Julio, cielo, ¿has comprobado su edad?

—¡Por supuesto…! Más o menos… —confiesa, echando un vistazo hacia la barra, donde el chico sirve un par de copas a unas clientas con una sonrisa encantadora.

—Me suena… ¿Quieres decir que no formaba parte de la graduación del colegio de hará un par de años, Dan? —se mofa Lee, desatando las carcajadas de los demás, incluidas las mías.

—Mofaros todo lo que queráis. No me importa. Si se tercia, no perderé la oportunidad de meterle en mi cama. Y no voy a mirarle el carnet de conducir antes.

Doy un trago a mi copa, que resulta estar francamente buena. Cuando levanto la vista, me encuentro con la mirada penetrante de Derek. Me pone nerviosa, y él lo sabe, por eso abusa de ello.

—¿Así de bien están las cosas entre vosotros, eh? —me susurra Nancy al oído.

—Eso parece…

—¿Sabes que aún te quiere?

—Lo dudo. Dudo que me quisiera incluso cuando estábamos juntos. Dudo que Derek Hansen quiera a alguien más que no sea Derek Hansen.

Me llevo la copa a los labios y me bebo lo que queda de un trago, hecho que no pasa desapercibido para Julio, que levanta la mano.

—¡Colin! ¡Colin, cariño! —Y cuando él mira, aparte de dedicarle una mirada llena de perversión y de enseñarle la lengua de forma lasciva, le hace señas para que nos vuelva a servir lo mismo a todos.

—Julio, córtate un poco… A la primera oportunidad que tenga, saldrá huyendo despavorido y resbalará con tus babas —le dice Nicole.

—¿Celosa, querida?

—Julio, ¿olvidas que es martes? —interviene Daniel—. Mañana tenemos que madrugar.

—Está bien. Marchaos. Becky y yo nos quedamos a divertirnos.

—¡Oye, que yo tengo una entrevista de trabajo crucial para mi vida! —Esta vez, Derek resopla por la boca, y a mí se me acaba la paciencia—. ¡¿Tienes algún problema?!

—No —responde, mostrándome la palma de las manos.

—¡Claro que lo tienes! ¡Estoy cansada de tus miradas y gestos de desprecio! ¡Así que, como está claro que tienes un problema, te estoy brindando la oportunidad de exponerlo!

—Está bien —dice al fin, después de unos segundos en los que nos mantenemos la mirada y los demás se quedan callados, a la expectativa—. Deja de buscar el trabajo ideal y acepta un trabajo de verdad. A veces me da la sensación de que es tu excusa para eludir tus responsabilidades y seguir viviendo como una adolescente mantenida en casa de tu madre.

El resto de pares de ojos se clavan entonces en mí, como si estuvieran en un partido de tenis y me hubieran pasado la pelota.

—Serás… capullo —digo poniéndome en pie con intención de marcharme.

—Vamos, chicos… Enterrad el hacha de guerra… —nos pide Lee.

—Da igual. Se está haciendo tarde, igualmente —digo. En ese momento, el camarero adolescente apoya la bandeja sobre la mesa y empieza a dejar las copas. Antes de irme y sin dejar de fulminar a Derek con la mirada, cojo la mía y, de un largo trago, me la bebo entera—. Gracias, Julio. Chicos, nos vemos en la próxima.

—Está bien… Escríbenos mañana para contarnos.

No puedo negar que las dos copas han hecho mella en mí y, aunque intento mantener la dignidad intacta, mis observadores amigos se percatan de ello.

—¿Estás bien, Becky? —me pregunta Bruce.

No quiero darme la vuelta porque temo marearme y perder la verticalidad, así que me limito a levantar el pulgar de una mano y seguir avanzando.

El aire fresco del exterior consigue revitalizarme un poco, así que empiezo a caminar hacia la parada del metro con bastante mejor aspecto. Creo incluso que he recuperado el color de mis mejillas. Avanzo sobre el asfalto, escuchando el ruido de mis tacones sobre el cemento mezclado con el ajetreo de esta gran ciudad. Instintivamente, miro al cielo, ya oscuro. Con lo grande que es esta ciudad, tiene que haber miles de oportunidades laborales a la vuelta de la esquina, pienso, de repente mucho más animada. Así es mi vida últimamente, como una montaña rusa llena de altibajos.

Ahora quedaría muy glamuroso alzar el brazo y pedir un taxi, pero mi maltrecha economía no me lo permite, así que me tengo que conformar con volver a casa en metro. Lo cual no le hace demasiado bien a mi estómago, que se revuelve y se retuerce hasta provocarme unas horripilantes arcadas que consigo contener hasta que llego a casa. Corro desde la entrada hasta el baño que, milagrosamente, está libre a pesar de ser el único en una casa en la que convivimos cuatro mujeres: mi madre, mi hermana Robin, su hija Roxie y yo.

—¿Becky? —me llama mi madre, picando con los nudillos en la puerta—. ¿Estás bien?

—Casi —contesto, abrazada a la taza del váter.

—¿Tan mal han ido las entrevistas? —escucho a mi hermana preguntarme.

Cuando creo que ya he vomitado todo el contenido de mi estómago, desde la primera papilla, tiró de la cadena y abro el grifo del lavamanos. Mientras el agua corre, apoyada en el lavamanos, observo mi reflejo en el espejo.

—Tengo una pinta horrible… —susurro, aunque no lo suficientemente bajo como para que no me escuchen fuera.

—Eso siempre —suelta Robin, justo antes de que yo abra la puerta y me apoye en el marco con los brazos cruzados sobre el pecho.

—¿Cariño…? —Mi madre busca mi mirada, con gesto preocupado.

—No han ido bien… creo. En realidad, no me han dicho nada, pero creo que es evidente que no lo van a hacer.

—No pasa nada, cariño…

—Sí pasa, mamá. Tengo treinta años y sigo viviendo aquí… Sin ánimo de ofender —aclaro cuando me doy cuenta de que lo que he dicho puede sentarles mal a ambas—. A estas alturas, debería… tener un empleo y… vivir en mi propio apartamento. Hay algo malo en mí. Seguro. Estoy haciendo algo mal.

—Cariño, no hay nada malo en ti.

—Quizá debería… enfocarlo de diferente forma. Olvidarme de mis… ideas y…

—No —me corta Robin—. Sigue intentándolo. Yo creo en ti. Y Roxie. Y Riley, y mamá. Y sabemos que, si no eres tú misma, no eres feliz. Así que mañana, cuando entres en ese otro despacho, defiende tus ideas. —Mamá nos mira emocionada, y yo tengo que hacer un enorme esfuerzo por contener las lágrimas de nuevo. De todas formas, Robin se encarga enseguida de romper este momento tan dramático—: Y si ves que no funciona, entonces arrástrate y suplica por el puesto.

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—De acuerdo… Rebecca… Háblanos un poco de ti.

Me siento como si me estuviera jugando mi futuro frente a tres tipos sentados en unas enormes y antiguas butacas giratorias. Como en ese programa de televisión, sólo que sin pulsadores. O eso espero, porque imaginaos el espectáculo. Uno de ellos parece ser el que lleva la voz cantante, no me digáis que no está bien buscado el símil… El tipo sostiene entre las manos una carpeta que empiezo a dudar si contiene mi currículum o la edición de bolsillo de “Los Pilares de la Tierra”, porque no creo que lo primero sea tan interesante como para tirarse varios minutos leyéndolo —no es tan extenso— casi sin pestañear —ni tan interesante. Mi vida laboral se reduce a un par de años de cajera en una hamburguesería para ayudar a mi madre a pagarme la carrera y una aseguradora en la que aguanté lo que tardé en darme cuenta de que no me querían para ayudarles con mis ideas, si no para ser la cabeza visible de su plan de reestructuración, encargándome de los despidos. Estuve dos días soportando llantos, enfados, súplicas e incluso amenazas antes de renunciar. Listo. No hay más. Así que no sé qué le puede estar resultando tan fascinante.

Los otros dos parecen ir más acorde con la situación. Mientras que uno parece estar teniendo bastantes problemas para mantener los ojos abiertos, bostezos incluidos, el de más a la derecha mira por la ventana, como si soñara con huir de aquí y estar en un sitio mejor. Empiezo a empatizar con ambos, pero necesito este trabajo, así que, haciendo caso de mi madre y mi hermana, voy a exponerles todas mis ideas.

—Bueno, pues… Soy Rebecca Hunt, tengo treinta años y soy licenciada en Relaciones Laborales, estudios que complementé con un máster en Asertividad, Autoestima y Resolución de Conflictos que me ha enseñado a aportar un enfoque más humano a mi trabajo.

—¿Y eso lo ha podido poner usted en práctica en los… veintitrés meses que estuvo trabajando en una hamburguesería, o en los… doce días que estuvo en la aseguradora? —me corta, sin perturbar la expresión de su rostro. No puedo decir lo mismo de sus compañeros. El que dormía se ha despertado de golpe, y el que soñaba con huir parece estar algo más interesado en no hacerlo. Me alegro de haberle alegrado un poquito la mañana.

Mi cabeza funciona a mil por hora, imaginando respuestas sin control. Unas son inteligentes y mordaces, otras se limitan a soltar palabras malsonantes sin orden ni concierto. Por suerte, nací con un semi filtro que me ha salvado la vida en varias ocasiones: mi boca. Y digo semi, porque no siempre está dispuesta a echarme una mano, y a veces no se ha mantenido todo lo cerrada que debería. Esta vez, parece estar por la labor de colaborar.

—Bueno… Quizá no he podido ponerlo en práctica aún, ya que no he tenido la oportunidad de ponerlo en práctica… —contesto en un tono dubitativo e inseguro nada propio de mí, que intento enterrar lo antes posible—. Aunque le puedo asegurar que durante mis turnos en la hamburguesería, ayudé tanto a crear un estupendo ambiente laboral que se servían las comidas más felices de la historia de ese restaurante[2].

Mi especie de broma no parece hacerle ni pizca de gracia al tipo impertérrito, aunque los otros dos parecen estar algo más receptivos conmigo. No sé si eso juega demasiado en mi favor, pero siempre he sido optimista.

—Creo que la gente entiende de forma incorrecta el concepto “recursos humanos” —me apresuro a decir para intentar deshacer el extraño clímax que se había instalado en la habitación—. Creo que existe la idea errónea de que los humanos deben ser usados como recursos, como meros y simples peones en una hipotética cadena de montaje, reemplazables con total impunidad, sin atender a sus necesidades. Es como si fueran… necesarios sin necesidades. Yo creo en asignar el humano indicado a cada recurso, en… humanizar los recursos. Se pueden evitar despidos, se puede mejorar la productividad, se puede… humanizar el trabajo. Créanme, que un trabajador entre por la puerta con una sonrisa en la cara, les hace ganar dinero.

—¿Y por qué debería creer en su método y no en el de los otros candidatos que hemos entrevistado? —me pregunta después de mirarme en silencio durante varios segundos. Me muerdo el interior de la mejilla mientras en mi cabeza se libra una lucha interna a cuchillo. Mi cabeza quiere dar su respuesta, animada por mi corazón, que late como si le estuviera jaleando, mientras que mi boca se está viendo desbordada y en serios problemas para contenerlo todo—. Tengo cerca de doscientos currículums de gente que quiere trabajar aquí, la mayoría, por no decir el cien por cien, con mucha más experiencia que la suya. ¿Por qué la tengo que elegir a usted?

—Porque he conseguido despertar su curiosidad —me decido a contestar. Mi intención no es sólo referirme a mi interlocutor, si no sobre todo a sus dos socios, apostados a ambos lados de él, que al llegar yo parecían estar deseando estar en otro sitio antes que aquí dentro, justo como muchos trabajadores descontentos y poco motivados—. Porque cuando empezó la entrevista, usted parecía demasiado cansado como para prestarme atención, usted parecía estar deseando salir de aquí y usted… usted podría haber cancelado la entrevista al leer mi currículum, sin más, pero no lo hizo.

Los tres me miran fijamente. A mí me tiemblan las piernas, pero creo que estoy consiguiendo aparentar una inusitada serenidad, bastante impropia en mí, ya que soy de carácter nervioso e impulsivo. Si ahora mismo me pidieran salir por la puerta, creo que, simplemente, no conseguiría tenerme en pie. Y entonces, cuando estaba a punto de seguir el consejo de Robin y suplicar por el puesto, veo cómo se empieza a dibujar una sonrisa en la cara del tipo del medio, gesto que se contagia a los otros dos al verle, como si él les hubiera dado permiso. También le imitan cuando este se pone en pie y, sin dejar de sonreír con aires de superioridad, dejando caer la carpeta sobre el escritorio.

—Venga mañana. A las ocho. Pregunte por Mary Anne. Ella la ayudará a instalarse y le facilitará todo lo que necesite.

—¿En serio? ¿Sí? —les pregunto, aunque intento mantenerme serena y no hacer demasiado el ridículo—. Gracias, señor Sherman. Muchas gracias.

Después de darles las gracias repetidas veces y de hacer unas cuantas reverencias, camino por los pasillos haciendo gala de una serenidad asombrosa… al menos hasta que llego al parking y, justo al lado del coche de mi madre, que me ha prestado para poder venir, grito y salto de alegría con los brazos en alto. Incluso me permito el lujo de hacer una especie de baile desgarbado.

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—Recuerda, córtate un poco —me dice mi hermana mayor Riley, a la que veo a través de la pantalla de mi teléfono—. No intentes caer bien siendo súper mega simpática, porque quedará falso y forzado. Nadie es tan simpático. Nunca. Y menos una jefa de recursos humanos.

—Porque tenéis un concepto equivocado de lo que es una jefa de personal… y yo voy a…

—Ya, ya, ya. Vas a cambiar eso. Lo sabemos. Pero, ya sabes, poco a poco, Becky.

—Sé menos… intensa —me aconseja mi hermana mediana, Robin, metiéndose en la conversación mientras se dedica a cortar judías.

Mi madre se limita a mirarme de reojo, aunque en sus ojos puedo leer los mismos consejos, los mismos miedos. Y es que en casa, desde que mi padre murió cuando éramos muy pequeñas —Riley tenía ocho años, Robin seis y yo tres—, el dinero nunca ha sobrado. Mi madre tenía dos trabajos entre semana, limpiando casas y los fines de semana trabajaba de cajera en un hipermercado. Todo para que no nos faltara de nada, ni ropa, ni comida, ni educación, aunque cruzando los dedos para que no cayéramos enfermas, porque sería incapaz de pagar las facturas médicas. Así, en cuanto todas tuvimos edad para trabajar, lo hicimos. Ni Riley ni Robin fueron a la universidad, aunque por decisión propia. Riley encontró un buen trabajo pronto en el que ha ido ascendiendo hasta ahora. Está casada con Greg, un tipo estupendo, aunque no han tenido hijos. Robin se matriculó en magisterio, pero ese verano se quedó embarazada y ni siquiera pudo empezar las clases. El “dueño del espermatozoide que la embarazó”, porque no tenemos la menor intención de describirle como padre de Roxie, se desentendió de ellas, así que todas aunamos fuerzas para que a su hija no le faltara de nada. Ahora ella trabaja como secretaria de un tipo bastante desagradable y con la mano algo larga, pero le paga bien.

—Estoy muy feliz por ti, cariño —me dice mi madre, estrechándome entre sus brazos.

—Quiero que sepas que voy a aportar dinero a casa, y…

—Tranquila —me corta, poniendo un dedo sobre mis labios, sonriendo con cariño—. Empieza a ahorrar para ver si puedes cumplir poco a poco tus sueños.

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Me está costando conciliar el sueño, así que decido darles la noticia a mis amigos.

Yo: ¡Chicos, tengo trabajo!

Nancy: Sabía que lo conseguirías, cielo. Bruce te da la enhorabuena también. Está en la ducha.

Yo: Gracias, Nancy. Estoy muy contenta. Dale las gracias también a Bruce.

Julio: ¿Bruce en la ducha? ¿Está muy mojado?

Nancy: ¡Julio! ¡Para! ¡Es hetero y mío! Además, no es lo que interesa ahora. ¡Que Becky tiene trabajo!

Julio: Querida, un pene me interesa siempre, pero tienes razón en algo: ¡Becky, cielo! ¡Enhorabuena! Mi Gimlet obró el milagro, seguro.

Yo: Tu Gimlet me hizo vomitar.

Julio: Te depuró, y gratis. ¿Qué más quieres?

Yo: Jajaja. Gracias, Julio.

Nicole: ¿Alguien ha hablado de penes…? ¡Becky, genial! ¡A por todas! ¡Déjales pasmados! Recuerda: si hay algún espécimen de mi agrado, avísame y te haré una visita de cortesía.

Yo: Gracias, Nicole. Pero me voy a centrar en mi trabajo y a… dejar de lado… otros temas.

Nicole: Exacto. Déjalos de lado pero antes échales un ojo y me los mandas.

Daniel: ¡Esa es mi chica! ¡Qué bien, Becks! ¡Nos alegramos mucho!

Lee: ¡Esto tenemos que celebrarlo, Becky!

Yo: Gracias, chicos. Por supuesto. Hablamos cuando me asiente un poquito y quedamos para vernos.

Derek: Enhorabuena.

Yo: Gracias.

Derek sigue resentido, aunque más debería estarlo yo. Que le dirija la palabra es un logro teniendo en cuenta los dos años que supe que me había estado engañando.

Julio: Dios mío, la tensión sexual se puede notar incluso a través del teléfono. Follad ya de nuevo.

Daniel: Estás enfermo, Julio.

Bruce: ¿Quién quería ver mi pene?

Así son el cien por cien de nuestras conversaciones. Por muy serio que sea el tema, siempre acabamos igual: diciendo tonterías, metiéndonos los unos con los otros y hablando de sexo.

Yo: Bueno, chicos… Voy a ver si duermo un poco. Deseadme suerte.

Nancy: No la necesitas. Les vas a encantar.

Julio: ¡A por ellos!

Daniel: Te queremos.

Dejo el teléfono en la mesita de noche, a mi lado y dejo la vista fija en el techo. No puedo dejar de sonreír, realmente ilusionada, consciente de que puede ser un gran punto de inflexión en mi vida.


[1] Cóctel generalmente compuesto de 2 partes de ginebra y 1 parte de jugo de lima

[2] En referencia a los menús Happy Meal de una conocida cadena de comida rápida

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Capítulo 1 – Nuestra imperfecta historia de amor

Ser malabarista es un deporte de riesgo

Angie tiene hip hop a las cinco. Tom, terapia sensitiva a las cinco y media. Jonah tiene entrenamiento de hockey…

Ahora que me acuerdo, debo escribirle un correo electrónico a su tutor para concertar una entrevista con él.

A lo mejor, si Adam sale a tiempo del veterinario con Snoop, después de recoger a Jonah del entrenamiento, podría encargarse también de Angie y yo así poder centrarme en Tom…

—¡Hola, Jules! ¡Qué sorpresa encontrarte aquí! ¿Tienes guardia esta noche? —interrumpe mis pensamientos April, una de las pediatras del hospital, y mi mejor amiga desde hace años.

—¿Sorpresa? Si prácticamente vivo aquí… ¿Te toca estar en urgencias?

—Ajá —contesta, dejándose caer a mi lado, en el camastro de la sala de descanso. Pone una mano sobre mi rodilla y me la aprieta en un gesto cómplice y cariñoso—. ¿Cómo va todo?

—Bien —contesto, esbozando la mejor sonrisa que soy capaz de poner ahora mismo. Pero April me conoce demasiado, así que ladea la cabeza y me lanza una mirada llena de incredulidad.

Resoplo peinándome el pelo hacia atrás con las manos. Encojo las piernas y me abrazo las rodillas, antes de volver a abrir la boca.

—Intento encajar las piezas de este enorme puzle que es mi vida.

—Qué poética, chica… —sonríe April.

—Ya ves. Si alguien me hubiera dicho que la conciliación familiar era más complicada que los exámenes del MIR, me lo habría pensado dos veces…

April me mira de forma comprensiva. Ella no sólo convive prácticamente a diario conmigo en el hospital, comparte conmigo el estrés a causa de una de las profesiones más estresantes y con más responsabilidad que existen, si no que además conoce bien mi situación personal: lidiando con tres hijos, uno de ellos con necesidades especiales, un perro pulgoso, una casa que se cae a pedazos y un marido algo irresponsable e inmaduro.

—¿Cómo está Tom?

—Bueno… parece que la terapia nueva a la que le llevamos le gusta… O, al menos, no se queja demasiado cuando le llevamos…

—No suenas muy optimista —opina, pasando un brazo por encima de mis hombros y atrayéndome hacia ella.

—Lo soy. O sea… siento sonar así… pero es que estoy agotada. Y me siento mala madre por pensarlo, pero necesito un descanso. Aunque a la vez soy realista, y sé que no puedo tenerlo. —Me incorporo, separándome de ella unos centímetros para poder mirarnos y, con las manos en el regazo, intento abrirle mi corazón de nuevo. Y digo de nuevo, porque tengo la sensación de que me aprovecho de April. La utilizo como un pañuelo de lágrimas al que aferrarme cuando lo necesito. Y, últimamente, eso sucede bastante a menudo—. Se me caen las pelotas, April.

Cuando levanto la vista, la descubro observándome con los ojos muy abiertos, totalmente descolocada. Su expresión consigue hacerme sonreír durante unos segundos. Seguramente necesite más información. Si ni yo misma me entiendo a veces, ¿cómo narices lo van a hacer los demás?

—Me siento como una malabarista a la que le han ido exigiendo más y más. Cada vez más difícil, añadiéndome más y más pelotas. Más y más problemas con los que lidiar. —Aunque intenta disimular, la cara de April expresa de repente alivio cuando parece entender mis palabras—. Y puede incluso que haya sido yo la que me he ido exigiendo. No culpo a los demás de ello, que conste. Hasta ahora, he conseguido aguantar, pero últimamente, siento que se me van cayendo las pelotas… Jonah está pasota y cada vez más distante. Sus notas han caído en picado este semestre. Angie parece vivir siempre estresada, montando dramas por todo, con cambios de humor constantes. Nos peleamos por absolutamente todo, y siento que la estoy perdiendo. Ella y yo siempre habíamos estado muy unidas, y ahora… Y Tom no… —Resoplo antes de seguir hablando, valorando que mis palabras no suenen demasiado crueles y se puedan malinterpretar. Al final, consciente de que April es la única persona que no me va a juzgar por ellas, prosigo—: Tom no parece mejorar. Sé que no se va a curar, pero hacíamos pequeños avances. Pequeñas victorias que nos consolaban. Pero de un tiempo a esta parte, parece incluso retroceder… Cada vez come menos cosas… Ahora ya no consiente la carne. Le dan arcadas. Solo quiere purés o patatas fritas. —Resoplo de forma sonora, masajeándome el cuero cabelludo con ambas manos, justo antes de hacer lo propio en mi nuca—. Para colmo, Snoop no deja de vomitar y cagarse por todas partes. Y tiene especial predilección por mi lado de la cama. Me odia. Estoy segura. Aunque te puedo asegurar que es mutuo. Odio a ese puto Gremlin.

April es incapaz de contener las carcajadas.

—Pobre bicho… Es… diferente.

—Es feo, April. Feo y antipático. Maldito el día que Adam le vio en los contenedores de basura de la calle y empezó a llevarle comida. El muy cabrito averiguó dónde vivíamos y, desde entonces, no nos lo hemos podido quitar de encima.

—Espabilado es, al menos.

—Para lo que le interesa.

—Y hablando de Adam…

—Me encanta tu sutileza… —digo. La miro de reojo y ella se encoje de hombros, dibujando una mueca en los labios con la que me confirma que la he pillado—. Pues…

Agacho la vista hacia mi regazo y miro mis manos de nuevo, mientras las lágrimas se agolpan en mis ojos de forma inevitable. Al parpadear, algunas escapan, mojando mis manos.

—Eh… Eh… —April se apresura a abrazarme, apretándome contra ella. Me encojo y me dejo consolar mientras doy rienda suelta a los sentimientos y sensaciones que llevo reprimiendo desde hace tiempo.

—Lo nuestro nunca estuvo tan mal —confieso, entre sollozos—. Él no… Ya no… me mira como antes.

Aprieto los ojos con fuerza al confesar mi mayor miedo: que Adam deje de mirarme. Puede parecer algo extraño, pero su mirada fue lo que me conquistó el primer día. No por el color azul de sus ojos, si no por su intensidad.

La primera vez que lo hizo, yo salía con el guapísimo y futuro cirujano cardiovascular Graham Bailey. Graham y yo nos conocimos en la facultad de medicina, el primer día del primer curso. Me convertí en la chica más envidiada del campus ocho meses después, cuando me pidió salir en una fiesta. Cuatro años de Bachelor’s Degree[1] y cinco de medicina general después, a punto de empezar los dos años de residencia en el hospital, nos habíamos convertido en una pareja inseparable. Todo el mundo daba por hecho que lo nuestro era para siempre, que nos casaríamos y tendríamos una vida en común llena de éxitos gracias a nuestras prometedoras carreras. Muchos incluso nos veían protagonizando la portada de la revista Medical Journal. Incluso yo lo imaginé, para qué negarlo. Nuestras respectivas familias hacían planes para una futura e hipotética boda, que imaginaban retrasábamos hasta tener nuestras carreras profesionales encauzadas.

Era todo tan perfecto…

Hasta que Adam me miró.

Estábamos paseando por Washington Square Park, rodeando la fuente, con el Arco del Triunfo al fondo, cuando Graham tiró de mi mano.

—¡Mira! ¡Vamos a hacernos un retrato juntos!

Sonriendo como una boba, sintiéndome como una princesa de cuento cuyo príncipe azul lleva en volandas alrededor de su castillo mágico, me dejé guiar por él hasta que me sentó en un destartalado taburete de plástico, frente a un tipo con un bloc de dibujo en las manos. Vestía con un jersey de lana bastante estropeado y unos vaqueros anchos. Sus zapatillas también parecían haber recorrido cientos de kilómetros. No parecía poner mucho interés en su vestimenta… como tampoco es su aspecto físico. Tenía el pelo revuelto y descuidado, de un color naranja oscuro, a juego con el de su barba. A un lado había un rudimentario cartel escrito a mano en el que ofrecía retratos a diez dólares.

—Queremos un retrato de los dos juntos —le pidió Graham, pasando un brazo sobre mis hombros, acercándome a él.

—Serán veinte dólares, entonces —contestó el chico, levantando la vista del bloc y mirando a Graham con una sonrisa amable en los labios.

—Pero ahí pone que cuestan diez dólares.

—Los retratos individuales.

—Pues yo solo te voy a pagar diez dólares.

Adam le observó impasible, sin perder el semblante en ningún momento.

—Está bien.

Y entonces posó sus ojos en mí. Me miró y juro que sentí una corriente eléctrica recorriéndome. Se me secó la garganta y creo que incluso perdí la noción del tiempo durante unos segundos. Agradecí estar sentada, porque una ligera flojera estaba afectando a mis rodillas. Durante casi veinte minutos, sus ojos, de un color azul muy claro, casi transparente, iban del papel a mi rostro sin descanso. Cuando levantaba la vista, me miraba intensamente, como nunca nadie había hecho. Sentía como si intentara memorizarme, como si cada poro de mi piel fuera único, especial y maravilloso. Me bebía a través de sus ojos. Sé que eso suena inverosímil, pero juro que era así. Intentaba engullirme a través de ellos… Sentí que me conocía más que nadie en el mundo, que podía incluso ver y leer mi corazón. Fue una sensación rara e incluso abrumadora.

Hasta que dejó de mirarme y posó los ojos en Graham. Sólo entonces sentí que volvía a respirar sin dificultad y sólo entonces pude tragar saliva y aclarar mi garganta. Nos tendió el retrato con una sonrisa afable dibujada en sus labios. Ambos posamos nuestros ojos en el papel, en el que sólo estaba yo dibujada. Y entonces me di cuenta, al instante, de que realmente me había visto. Mi pose demostraba esa incertidumbre que sentí durante todo el rato que me estuvo dibujando. Ese miedo a mostrarme, sin pretenderlo, totalmente expuesta a él. Mis labios estaban curvados formando una sonrisa contenida, incapaces de decidirse si lo que estaba sintiendo era bueno o malo. Y mis ojos… ¿Cómo era posible que me hubiera dibujado como si me entendiera? ¿Cómo había logrado fotografiarme de esa manera? Si los mirabas de cerca, tenían un brillo especial, pero si te alejabas y los mirabas en conjunto con el resto de facciones de mi rostro, eran unos ojos tímidos y contenidos, incluso tristes.

—Pero… —balbuceó Graham, cogiendo el papel con ambas manos—. ¿Dónde…?

Confundido, le dio la vuelta al papel y entonces vio un monigote trazado con cinco líneas y un círculo haciendo las veces de cabeza.

—Te dije que quería un retrato de los dos —dijo Graham, con el ceño fruncido, realmente enfurecido.

—Y yo que por diez dólares solo realizo retratos individuales.

Graham se puso en pie de golpe, agarrando al chico por el jersey. Le sacaba varios centímetros y era bastante más corpulento, así que podría haberle amedrentado fácilmente. Pero, lejos de conseguirlo, el chico no dejó de sonreír en ningún momento, mirándome incluso de reojo.

No sé realmente si fue eso lo que descolocó a Graham, pero acabó soltándole, dándole un empujón que le hizo perder la verticalidad. Arrugó con una mano el retrato y se lo lanzó a la cara, agarrando mi mano con fuerza y tirando de mí sin demasiado cuidado.

Y eso se habría quedado en una simple anécdota que contar durante una reunión de mujeres, de esas en las que se bebe mucho y se habla sobre todo de sexo, ya sea del último juguete sexual o de nuestras fantasías. Porque tengo que confesar que esa mirada fue la protagonista de mis sueños húmedos durante los siguientes años. Incluso cuando hacía el amor con Graham, cerraba los ojos e imaginaba que me miraba con la devoción de aquel tipo.

Decía que se habría quedado en una anécdota, de no ser porque, casi dos años después, cuando ya había conseguido la plaza definitiva en urgencias del Hospital Presbiteriano del Bajo Manhattan, nuestra ciudad sufrió el mayor ataque terrorista de la historia cuando dos aviones se estrellaron contra las dos torres del World Trade Center, que acabaron derrumbándose. Éramos uno de los hospitales más cercanos y recibimos a todos los pacientes que pudimos, incluso más de los que realmente podíamos atender. Todos los médicos, daba igual si éramos cirujanos de urgencias como yo, dermatólogos de planta u oftalmólogos, trabajamos sin descanso durante días, atendiendo pacientes sin desfallecer. Unos se encargaban de hacer una criba según la gravedad, otros distribuían a los pacientes por los diferentes quirófanos, habitaciones, salas de espera e incluso pasillos, y otros les atendíamos. Y así fue cómo, al descorrer la cortina de uno de los boxes, volví a encontrarme con él. Estaba sentado en la camilla, totalmente cubierto de ese polvo blanco que se adhirió al cuerpo de todo el que estaba por la zona en el catastrófico momento. Con una camisa medio rota y sucia, y aguantando un trozo de tela contra su frente, que sangraba de forma considerable, tosía con fuerza. Entonces levantó la cabeza y nuestros ojos volvieron a encontrarse. Ambos nos reconocimos a pesar de estar en un lugar y en unas circunstancias totalmente distintas a cuando nos vimos por primera y única vez.

Yo dudé unos segundos, porque no tenía sentido… El dueño de la mirada con la que llevaba años soñando en secreto, no vestía de traje ni tenía aspecto de trabajar en el World Trade Center. Él también parecía confundido, aunque bien podía deberse al estado de shock en el que debía estar.

Finalmente, después de lo que se me antojaron horas, logré recomponerme y acercarme a él.

—Soy la doctora Crane. Déjeme ver… —le pedí, quedándome a escasos centímetros.

Él alejó la tela de su frente, sin dejar de mirarme. El corte parecía profundo, y seguro que requeriría de varios puntos de sutura. El problema era que, por primera vez en toda mi carrera, me veía incapaz de atender a un paciente. Estaba tan nerviosa, que bien podría clavarle la aguja de sutura en un ojo.

—¿Necesita algo, doctora?

Milagrosamente, April asomó la cabeza por la cortina, convirtiéndose desde ese mismo momento en mi mejor amiga y confidente. Ella ejercía como pediatra, pero, como todos, intentaba echar una mano allá donde la necesitaran, y estaba perfectamente capacitada para dar unas puntadas en la frente del protagonista de mis sueños húmedos.

—¡Sí! ¡Cósele, por favor! —dije en un tono de voz mucho más alto y nervioso del que me habría gustado, justo antes de salir huyendo.

Y, de nuevo, ahí se habría acabado nuestra peculiar historia, porque, seamos realistas, en la ciudad de Nueva York vivíamos poco más de ocho millones de personas por aquel entonces, así que las probabilidades de volvernos a encontrar eran ínfimas. De no ser porque, una vez cosido, con el alta en la mano, se recorrió todo el hospital hasta encontrarme.

—¿Eres tú, verdad? —me dijo desde una punta del pasillo.

Intenté negar con la cabeza, pero entonces él sacó la billetera del bolsillo trasero del pantalón y empezó a desdoblar un papel hasta mostrármelo. Y ahí estaba de nuevo. Esa versión de mí que solo él supo ver. Yo lo miraba con el ceño fruncido, incapaz de creer que lo hubiera guardado durante todo este tiempo. Moví la cabeza poco a poco, abriendo la boca a la vez, para intentar decir algo, aunque no se me ocurría nada con un mínimo de cordura.

—Eres tú —repitió él, esta vez afirmando, sin un ápice de duda en su voz.

—Pero tú no…

Fue lo único que pude decir, casi susurrando, mirándole de arriba abajo. Él hizo lo propio, abriendo los brazos.

—Me busqué un trabajo de verdad… —dijo, y pude entrever un deje de resignación en sus palabras—. Al menos, algo que me diera lo suficiente para comer. Aunque puede que ahora me haya quedado sin él… ¿Quién sabe?

Esbozó una sonrisa de circunstancias, hundiendo los dedos de las manos en su pelo, totalmente revuelto y sucio. Parecía al borde de las lágrimas, en estado de shock. Lo que estábamos viviendo era algo que posiblemente nunca olvidaríamos, así que era totalmente comprensible.

—Siempre puedes volver a coger el lápiz… —susurre. Él volvió a mirarme fijamente, asfixiándome lentamente mientras sus ojos me traspasaban. Esbozó una sonrisa de medio lado que creó serios problemas a mi estabilidad, así que no sé siquiera cómo fui capaz de continuar—: Se te daba realmente bien. Me… encantó.

—¿Cuál de los dos? —preguntó, dándole la vuelta al retrato para mostrarme el monigote que se suponía que representaba a Graham.

Fui incapaz de contener la sonrisa, aunque al instante recordé que quizá no estaba bien reírse de tu prometido, así que agaché la cabeza y clavé la vista en mis pies. Cuando empecé a escuchar el sonido de sus pisadas acercándose, empecé a temblar. Quería huir, pero una fuerza invisible me mantenía clavada en el sitio. Luché contra ella hasta que sus pies aparecieron en mi campo de visión y sentí su respiración rozando mi piel.

—¿Él y tú aún…? —me preguntó.

Su voz me pareció mucho más ronca, su tono mucho más contenido, como si tuviera miedo de conocer la respuesta. No más que yo de responderle, eso seguro.

Asentí con la cabeza, justo antes de añadir:

—Estamos prometidos.

—Ah.

Su escueta respuesta me confirmó su decepción, y entonces yo hice algo que nunca imaginé hacer.

—Pero estamos distanciados.

—¿Cuánto?

—Él vive en Los Ángeles y…

—Lo suficiente —me cortó, justo antes de poner una mano en mi nuca y posar sus labios sobre los míos.

Mi cabeza me decía que me apartara, que eso no estaba bien. Mi corazón, lejos de escucharla, latía con más fuerza que nunca.

—Consiguió una plaza de cirujano en el mejor hospital privado del país… —susurré separando mis labios de los de él, aunque sin despegar nuestra frente, apoyando las palmas de las manos en su pecho mientras la suya seguía agarrándome de la nuca—. La idea es que yo me mude allí cuando nos casemos…

—No te vayas.

Esa fue su manera de pedirme que no me casara con Graham. Y fue suficiente como para convencerme. En cuanto le escuché pronunciar esas palabras, me agarré con ambas manos de su camisa, decidida a cometer la mayor locura de mi vida.

—Soy Adam, por cierto.

Levanté la cabeza asombrada. Acababa de conocer su nombre y estaba dispuesta a mandarlo todo a la mierda por él. ¿En serio?

—Y yo Julia. Jules, en realidad.

Pues sí. Era capaz.

Tardé un par de meses en romper mi compromiso y mi relación con Graham. Él me preguntó si había conocido a alguien, y le dije que sí. Lo que nunca le confesé fue que él le conocía. Mis padres se quedaron de piedra con la noticia e intentaron hacerme cambiar de opinión. Al fin y al cabo, seguir con Graham solucionaba mi vida para siempre. ¿Qué padre no querría eso para su hija? Pero estaba enamorada de verdad, por primera vez en mi vida, y mi madre se dio cuenta de ello cuando les hablaba de Adam, o cuando fuimos a su casa para que le conocieran. Mi hermano Randall recibió la noticia con entusiasmo, ya que nunca le cayó bien Graham.

Enseguida me mudé a casa de Adam, situada en Park Slope, Brooklyn, a escasos minutos de Prospect Park. La había heredado de su abuela, que había fallecido el año anterior.

—Es vieja y necesita muchos arreglos —me dijo sin dejar de mirarme mientras la recorrí por primera vez—. Cuidado con las escaleras. No son firmes. Eso será de lo primero que arregle. O lo segundo, porque el calentador es muy antiguo y no sale agua caliente durante mucho rato… O lo tercero, porque no podemos subir a la buhardilla ya que el suelo no es seguro, y como es el techo de la segunda planta… Imagínate qué estropicio…

A pesar de todos los problemas, yo sólo podía seguirle, contagiándome de su ilusión. Nada de eso me pareció importante. Quizá me lo hubiera tomado más en serio si hubiera sabido que, diecinueve años después, muchos de esos “pequeños arreglos” aún estarían pendientes de arreglarse. Pero tampoco tuvimos mucho tiempo libre que dedicarle a nuestro viejo y destartalado nido de amor. Primero porque preferimos invertir nuestro tiempo libre haciendo el amor en vez de pintando o cambiando cañerías. Tampoco es que la incesante búsqueda de Adam de un trabajo relacionado con el dibujo ni mis interminables guardias en el hospital nos dieran demasiados respiros.

Y cuando ambos estuvimos más o menos asentados, yo como responsable de urgencias en el hospital y él como dibujante freelance para varias publicaciones, trabajo que podía hacer en casa, me quedé embarazada de Jonah. La vida era maravillosa. Adam podía hacerse cargo del bebé y trabajar desde casa y luego, cuando yo volvía del hospital, salíamos a dar paseos interminables por el parque, cogidos de la mano. Y luego volvíamos a casa y, aunque teníamos que subir las escaleras con cuidado porque seguían sin ser firmes, y el calentador seguía regalándonos agua caliente cuando le daba la gana, por la noche veíamos una película acurrucados en el sofá y hacíamos el amor con tanta pasión como el primer día. Poco más de un año después, nació Angie, y completó nuestro mundo. Ambos pasaron a ser nuestra prioridad absoluta.

Hasta que decidimos ir a por el tercero.

Tom nació un frío veinticuatro de noviembre. El embarazo, como los dos anteriores, fue perfecto. Sin vómitos ni mareos. No engordé más de nueve kilos y pude trabajar hasta el último trimestre. Fue un bebé llorón, aunque dormía mucho. No comía demasiado y reía poco. Era inmune a carantoñas y pedorretas e incluso a las gracias que le hacían Jonah y Angie. Con Adam bromeábamos, asegurando que tenía un sentido del humor selectivo. April siempre dice que cada niño es un mundo y se desarrolla a su ritmo, y yo me agarré a eso hasta que cumplió los dos años. Aún no había pronunciado su primera palabra, ni siquiera mamá o papá. Caminaba, aunque con cierta dificultad. Pensamos que era algo patoso. Mostraba su alegría moviendo las manos sin cesar, como si aletease, y le aterraba el sonido de la cisterna del váter cuando alguien tiraba de la cadena. Se tapaba las orejas con las dos manos y empezaba a mecerse hacia delante y hacia atrás.

Así, a pesar de las reticencias de Adam, decidí llevarle a un especialista que April me recomendó, el cual no dudó en diagnosticarle un trastorno del Espectro Autista. Desde ese mismo instante, nuestras vidas empezaron a girar entorno a Tom. Después de superar el estado de shock inicial con el que nos dejó la noticia, acordamos que haríamos todo lo que estuviera en nuestras manos para darle el mejor futuro posible.

Y así lo hicimos. Nos centramos en Tom. Y nos olvidamos del resto, incluso de nosotros. Incluso de mirarnos como lo hacíamos antes.

—Adam está loco por ti —dice April, devolviéndome al presente de un plumazo.

—Hace meses que no nos acostamos —aseguro, mirándola muy seria.

April tarda algo en contestar, pero con toda la convicción del mundo, afirma:

—No todo se reduce al sexo. —La miro levantando una ceja porque sé que ella es la menos indicada para proclamar esa afirmación. Ella, que ha llegado a cortar con un novio que no fue capaz de darle sexo un mínimo de cuatro veces a la semana—. Está bien. Puede que sea importante, pero no lo es todo.

—El otro día me paseé por delante de él desnuda, y ni siquiera se inmutó.

—A lo mejor no te vio. —Entorno los ojos, fulminándola, y ella resopla, prácticamente claudicando—. Es que no puedo creer que un tipo que guardó un retrato tuyo en su billetera durante años te deje de querer de la noche a la mañana. No me cabe en la cabeza. Es imposible. No. No puede ser.

Agotada, me froto los ojos. Quizá April tenga razón. En realidad, sé que la tiene. Sé que Adam me quiere, pero últimamente no me lo demuestra demasiado… Puede que yo tampoco haya puesto mucho de mi parte. Sé que he estado algo estresada al ser consciente de que no puedo controlarlo todo.

—Y si tienes dudas —insiste April—, es tan fácil como hablarlo abiertamente con él. O ir a terapia de pareja. El doctor Caulfield y su mujer estuvieron yendo un tiempo a una. Se ve que les cobraba un pastón, según se quejaba él, pero, si funciona…

—¿El doctor Caulfield no se separó hace un par de meses?

—Vaya. A lo mejor no funciona tan bien —dice, apretando los labios en una mueca bastante graciosa—. Entonces, mejor habladlo por vuestra cuenta y os ahorráis la pasta.

» » »

—Necesito esas zapatillas, mamá. Es vital para mí tenerlas.

—¿En serio? ¿Tu vida depende de ello?

—Ya me entiendes.

—No. No te entiendo.

—No te hagas la tonta.

—No lo hago, Angie. Simplemente me cuesta entender porqué tener esas zapatillas es cuestión de vida o muerte para ti —digo, mientras miro por el espejo interior para echar otro vistazo a Tom. Está chasqueando los dedos sin cesar, una estereotipia[2] nueva que le hemos detectado hace un par de meses, mientras mueve la boca como si cantara, aunque sin emitir sonido alguno, y balancea el cuerpo adelante y atrás.

—¡Porque todas las tienen, mamá!

—Angie, por favor. No grites —digo en el tono más calmado posible.

Tom tiene hiperacusia[3], una dolencia muy común en las personas con autismo. Es habitual que se sobresalte y se tape los oídos por culpa del ruido de un claxon, de maquinaria pesada de cualquier obra en construcción o incluso de algún grito. Por eso, intentamos hablar siempre en un tono suave y calmado, aunque el temperamento visceral de Angie se lo pone difícil a menudo. Él lleva un gorro orejero de lana en la cabeza, tanto en la calle como en casa, porque parece sentirse más protegido con él puesto, aunque Adam y yo sabemos que es simplemente un placebo.

Angie resopla, cruzando los brazos sobre el pecho para demostrarme su enfado. Frunce el ceño y me gira la cara, perdiendo la vista a través de la ventanilla de su lado.

—Angie… Mírame…

—No.

—No es que no te quiera comprar unas zapatillas, aunque déjame añadir que me parecen aberrantemente caras. Es que te compramos las que llevas hace menos de seis meses. Y, si no recuerdo mal, también te morías por ellas.

Sabe que tengo razón, así que prefiere quedarse callada, aunque, para no dar la sensación de rendición, permanece en la misma pose indignada. Seguro que está buscando cualquier otra razón para convencerme, porque la conozco y sé que no se dará por vencida tan fácilmente, pero la dejo porque necesito este momento de silencio mientras busco un hueco donde aparcar el maldito coche. Tom tampoco soporta las aglomeraciones de gente, así que el metro no es una opción de transporte para nosotros.

Afortunadamente, hoy sólo me ha llevado diecisiete minutos encontrar un aparcamiento, y a sólo seis calles de casa. Me bajo del coche y enseguida abro la puerta trasera. Me agacho al lado de Tom, le miro con una sonrisa y le desato el cinturón. Le tiendo mi mano, que él agarra enseguida.

—Vamos a casa, ¿de acuerdo?

Tom no me contesta, pero empieza a caminar tirando de mí. Angie da un portazo al cerrar su puerta, por si acaso yo hubiera olvidado que seguía enfadada. Para su fastidio, no le hago ningún caso y cierro el coche apuntando con la llave, sin siquiera girarme. Tom camina con la vista clavada en el suelo, intentando no pisar ninguna línea de separación entre las losas, mientras empieza a contar algo. Pueden ser los coches aparcados, las puertas de los edificios por los que pasamos, los árboles plantados en la acera… incluso los pájaros que nos sobrevuelan. Nunca lo sabemos, nunca nos lo dice, pero lo hace a menudo y parece gustarle y relajarle.

—Uno, dos, tres, cuatro…

—¿Hola? ¿Te acuerdas de mí? Soy yo. Tu hija. Angie.

—¿Cómo olvidarte…? —susurro, antes de añadir—: Camina más rápido, Angie, por favor. Tengo ganas de llegar a casa.

—Veintidós, veintitrés, veinticuatro…

—¿Hablarás con papá de mis zapatillas?

Suelto el aire con fuerza, armándome de valor.

—No, no, no, no —empieza a repetir Tom, negando a la vez con la cabeza.

Al principio, Angie se queda parada mientras yo intento contener la carcajada. Tom es así. Parece estar ausente la mayor parte del tiempo, pero se entera de muchas más cosas de lo que parece.

—¡Pero, mamá! —insiste Angie.

Afortunadamente, ya he metido la llave en la cerradura de la puerta de casa y casi entro a la carrera, buscando el cobijo de estas destartaladas paredes y, sobre todo, el apoyo de Adam.

—Hola, fieras —saluda este, caminando hacia el salón para recibirnos.

Se agacha frente a Tom y este se detiene en seco.

—¿Cómo ha ido? ¿Bien? —le pregunta, asintiendo con la cabeza—. ¿Te has divertido?

Tom se muerde el labio inferior y aletea con la manos, signo inequívoco de que está contento, así que Adam levanta los dos pulgares.

—Bien hecho, colega. Puñito.

Y coloca su puño en alto a la espera de que Tom lo choque con el suyo. Es algo que le ha estado enseñando durante meses, sin perder la paciencia. Yo creía que no lo conseguiría, pero un día, de repente… ocurrió. Como ahora, que no parece estar prestándole atención, porque no mantiene su mirada, pero lo alza y lo choca. Sin más. Sin ser siquiera consciente de lo mucho que ese gesto significa para nosotros. Justo después, sube las escaleras con decisión, seguro que en busca de su inseparable IPad, saltándose el escalón que lleva suelto desde antes de que él naciera. Lo hace sin siquiera pensarlo, por inercia, sin tropezar ni una sola vez. No como el resto de nosotros, cuya media de caídas y tropezones es de dos por semana.

—¿Y Jonah? —le pregunto a Adam, que me mira alzando las cejas, antes de abrir la boca.

—Eh… No sé…

—¿No tenías que recogerle del entreno de hockey?

—¿Ah, sí?

—¿No quedamos así cuando te llamé antes? —Adam entorna los ojos y gira levemente la cabeza. No puedo creerlo. ¿Acaso no me estaba escuchando? Estábamos manteniendo una conversación acerca de un tema que le debería de interesar: nuestros hijos. —. ¡¿Estaba hablando sola?!

Adam parece sorprendido por mi enfado, hecho que aún me enciende más.

—Yo… creía que sólo tenía que llevar a Snoop al veterinario…

—¡Sólo! ¡Ese es el problema! ¡Tú sólo, tú sólo y yo todo el resto! —le grito, totalmente fuera de mí. Me doy la vuelta y vuelvo a coger el bolso—. ¡No me estabas escuchando! ¡Para nada!

—Sí te escuchaba, pero… ¿A dónde vas…?

—¡¿A dónde crees tú que voy?! ¡A buscarle! ¡Te dije que no quería que volviera solo, cargado con todos los bártulos, desde el pabellón!

—Jules, tranquila… Tiene quince años… Sabe volver solo…

—¡Adam! ¡Sé perfectamente la edad que tiene mi hijo! ¡Pero está oscuro y no vivimos precisamente en un pueblo pequeño!

—Pero él quiere…

Me doy la vuelta de golpe y le fulmino con la mirada. Parece captar el mensaje de inmediato y cierra la boca, justo en el momento en el que se abre la puerta y aparece Jonah, con cara de enfado.

—Si al final vais a pasar de mí, al menos avisadme para que no os espere como un gilipollas en la puerta —suelta Jonah, antes de subir hacia su habitación y dar un portazo al cerrar.

Agacho la cabeza, agotada, mientras el bolso se me escurre del hombro y cae al suelo.

—Ahora que nos hemos quedado solos, puede que sea el momento para que papá opine también acerca de mis zapatillas…

—¡Angie, a tu cuarto! —grito de nuevo, ya con la paciencia agotada—. ¡Y de paso ordénala un poco, que está hecha un asco!

—¡Mira! ¡Hace juego con mi vida, entonces!

Y sube las escaleras, como antes hicieron sus hermanos, pero ella pisando con fuerza en cada escalón para hacer patente su enfado, haciendo crujir la madera bajo sus pies.

En ese momento, Snoop cree necesario aportar su granito de arena y se acerca hasta mis pies. Agacho la cabeza para mirarle y, justo entonces, vomita sobre ellos. Adam le recoge a toda prisa y me mira con ojos llenos de pánico, consciente de que esto puede desencadenar la ira de los dioses.

—El… veterinario dice que debe haber comido algo que le ha sentado mal… Tenemos que coger muestras de sus heces y… pero ya lo haré yo. Quítate las botas, que yo te las limpio… —me pide, agachándose frente a mí, esquivando el vómito con Snoop aún agarrado—. ¿Sabes qué vamos a hacer? Ve arriba a darte un baño. Si no sale agua caliente, avísame que lo solucionaré.

—¿Llamando por fin a un fontanero?

—Ya te he dicho que prefiero ahorrarnos ese dinero, que lo arreglaré yo. Avísame y te subiré una olla con agua caliente.

—En algo tienes razón… en que llevas años diciendo que vas a arreglarlo.

Adam alza las palmas de las manos en señal de rendición, así que me desinflo y decido hacerle caso. Lo que me preocupa es que voy a hacerle caso no porque me apetezca especialmente darme un baño, si no porque quiero perderles de vista a los cinco durante un rato.

» » »

Abro los ojos de golpe, sobresaltada. Me incorporo en la cama y entonces me doy cuenta de que aún llevo el albornoz puesto. Miro a un lado y a otro, confundida, intentando ubicarme. Alargo la mano hasta la mesita de noche para alcanzar mi teléfono móvil y entonces veo que faltan pocos minutos para las once de la noche. Agudizo el oído, quedándome muy quieta, pero no escucho nada. Rápidamente, me pongo un pantalón de pijama y una vieja camiseta de la universidad y salgo del dormitorio. Recorro el pasillo despacio y en silencio, sólo roto por la madera que cruje bajo mis pies. Abro la puerta de la habitación de Tom, la más cercana a la nuestra. Parece estar descansando plácidamente, tapado hasta la nariz con su manta, como a él le gusta, sea invierno o verano. Me acerco con sigilo y me siento a su lado en la cama. Le aparto el pelo de los ojos y le observo con ternura.

—Nuestro pequeño gran genio… —susurro.

¿Qué estará soñando? ¿Se sentirá tranquilo? ¿Estamos haciendo lo suficiente para ayudarle? ¿Es feliz? ¿Notará nuestro distanciamiento? ¿Estamos haciendo las cosas bien?

A menudo me machaco la cabeza con preguntas que no puedo responder, ni ahora, ni puede que nunca.

Levanto la cabeza y miro alrededor. Su habitación es de las pocas de la casa que está realmente acabada. Hemos intentado facilitarle las cosas al máximo, con mobiliario adaptado a él, a su altura, y las paredes llenas de los pictogramas que le ayudan con sus rutinas del día a día, todos dibujados por Adam. Esos dibujos le ayudan a seguir una rutina, como que antes de dormir nos ponemos el pijama y nos lavamos los dientes. O le ayudan a recordar cosas como el orden de la ropa al vestirse. En muchas de esas tareas necesita de nuestra supervisión, y se frustra cuando no le salen bien, algo que en su caso lo manifiesta golpeándose el mentón con el puño de su mano. Pero, a la larga, debemos lograr que las haga por inercia, sin ayuda. En días como hoy, lo veo todo tan utópico, que me cuesta no desanimarme.

Le doy un beso en la frente y salgo de su dormitorio, dirigiéndome al de Jonah. Cuando abro la puerta, le descubro con el móvil entre las manos.

—¿No deberías estar durmiendo ya? —le pregunto, susurrando.

Él me mira de reojo y resopla con aire de suficiencia, como si me estuviera perdonando la vida. Entonces enchufa al teléfono al cargador, dejándolo en la mesita de noche, y se estira en la cama, dándome la espalda.

—Te quiero, cariño. —Espero unos segundos y, al no recibir respuesta, insisto—: ¿Y tú a mí?

—Sí.

Consciente de que es la mayor muestra de cariño que voy a conseguir, cierro la puerta con cuidado y me dirijo a la siguiente habitación, la de Angie. Ella también parece haberse saltado la prohibición de usar el móvil después de cenar, ya que lo tiene sobre la colcha, y parece haberse dormido con él entre las manos. Lo cojo y lo desbloqueo. La condición indispensable para que accediéramos a comprarle el teléfono era que tanto su padre como yo tuviéramos total acceso a su contenido y a sus redes sociales, así que, sin ningún cargo de conciencia, me dispongo a leer sus últimos mensajes.

“¿Entonces qué? ¿Te van a dar la pasta tus padres?”

“No lo sé… Mi madre se ha puesto chunga y no está por la labor… Pero a la hora de la cena he hablado con mi padre y me ha contestado que ya veremos. Así que no está todo perdido”

“Tu padre mola mazo”

“Al menos, no está siempre amargado como mi madre”

Con lágrimas en los ojos, separo la vista de la pantalla y miro a Angie. ¿Una amargada? Quizá estoy así porque paso infinidad de horas trabajando para poder mantenerles. Los libros, la ropa, llenar la nevera constantemente y, sobre todo, los tratamientos de Tom no son gratis. Y puede tacharme de amargada tanto como quiera, pero prefiero gastarme el dinero en pagar las facturas que en comprarle unas zapatillas que, por cierto, no necesita. Decido confiscarle el móvil como castigo, así que me lo llevo conmigo y bajo las escaleras dispuesta a tener una seria conversación con Adam. ¿Ya veremos? Seguro que esa ha sido su manera de escurrir el bulto y tenerla contenta, y así es como yo quedo como la mala de la película. Siempre. A lo mejor, si él se cuadrara alguna vez con ellos, nos repartiríamos un poquito más el papel de amargado del cuento…

—¡Mierda! ¡Joder! —me quejo al tropezar con el escalón suelto de la escalera. Y ya van tres veces esta semana.

—¿Estás bien, cariño? —me pregunta Adam desde su escritorio de trabajo, situado en un lateral del salón, cerca de una de las ventanas que dan a la calle.

—Pues no.

—Creí que dormir te sentaría bien. Por eso no te he querido despertar… —dice, poniéndose en pie y acercándose a mí con los brazos extendidos, dispuesto a abrazarme.

Agarro sus antebrazos y le detengo antes, impidiéndoselo. Su expresión se torna de sorpresa, y me mira frunciendo el ceño.

—Tenemos que hablar —me descubro diciendo.

—Vale… —contesta él, muy quieto.

Resoplo y me dejo caer en el sofá. Noto bajo mi trasero algo duro, y me levanto de un brinco. Cuando aparto la manta, descubro uno de sus libros, que siempre deja tirados en cualquier sitio, a pesar de haber una preciosa estantería a cinco pasos escasos de distancia.

—Perdón… —se disculpa él, quizá consciente de que no es el mejor momento para añadir más motivos a mi enfado.

Por el rabillo del ojo veo cómo lo deja en su sitio y vuelve con la mirada perdida. Seguro que su cabeza está buscando mil y un motivos que puedan provocar esta charla. Estoy convencida de que él es consciente de que las cosas se han enfriado, de que nada es como antes. Seguro que ha notado que, cuando nos miramos, ya no sentimos con la misma intensidad que antes.

En ese momento, el horno hace sonar su campana, interrumpiendo el tenso momento que se avecina. Miro por encima de su hombro, hacia la cocina.

—He preparado unas costillas a la barbacoa para mañana… Las he cocinado a baja temperatura durante doce horas… Y para esta noche, hice puré de calabaza. Sorprendentemente, ha obtenido el beneplácito de todos los comensales. Sin excepción. Te he guardado un poco, por si te apetecía cenar algo…

Y entonces, en cuanto vuelvo a posar los ojos en él, en cuanto nuestras miradas se encuentran, él sonríe con timidez y puede que incluso con algo de miedo, y siento cómo me desinflo lentamente. Puede que ya no sea como antes, pero sigue siendo Adam. Quizá ya no salten chispas entre nosotros, pero sé que puedo contar con él. A lo mejor ya no corremos a la cama cada vez que los niños nos dan un respiro, pero siempre me tapa con una manta cuando me duermo en el sofá. Por no decir que, desde que descubrió su faceta culinaria, no he tenido que preocuparme nunca más de las comidas y cenas en casa.

—¿Y bien…? —carraspea suavemente—. ¿De qué querías hablar?

Cojo aire con fuerza un par de veces más mientras vuelvo a valorar las opciones. ¿Me armo de valor y le abro de par en par mi corazón o, como llevo haciendo mucho tiempo, camuflo mis sentimientos y lo dejo pasar?

—No le vamos a comprar unas zapatillas nuevas a Angie —acabo diciendo. Quizá no es el tema del que quería hablar con él, pero sin duda es uno que teníamos que tratar tarde o temprano.

—Ah.

Tanto en su tono de voz como en su expresión se refleja un cierto aire de alivio, lo que me da a entender que se esperaba una conversación bastante más profunda y difícil.

—Las suyas tienen apenas seis meses.

—De acuerdo.

—Así que no le des falsas esperanzas con respuestas del estilo “ya veremos” o “ya hablaremos” cuando te insista. Créeme, está medicamente probado que no le va a dar un ictus por no tenerlas.

—Tú eres la entendida en ello —contesta alzando las palmas de las manos mientras se le dibuja una pequeña sonrisa en los labios.

Nos miramos durante un rato. Puede que él no pretenda nunca tener “esa” conversación, pero, en el fondo, sé que la espera.

Snoop da un brinco y se sube al sofá, saltándose la prohibición expresa. No contento con ello, apoya la cabeza en la pierna de Adam y me mira de reojo, como si me retara a decirle algo y poder demostrarme que no tiene ninguna intención de hacerme caso.

—Voy a por ese puré de calabaza.

—De acuerdo.

Me levanto y, antes de alejarme, le doy un beso corto en los labios. Cuando lo hago, siento su mano en mi cintura, apretándome la piel con la yema de los dedos.

—Te espero en la cama —me dice en tono de promesa.

Y quizá la creyera porque, después de degustar la riquísima cena que me había guardado y subir las escaleras hacia el dormitorio, la sonrisa pícara que se había formado en mis labios se desvaneció de golpe al descubrirle roncando entre las sábanas, con un bloc de dibujo sobre el vientre y un lápiz de carboncillo aún en la mano. Resignada, recojo el bloc y el lápiz y los dejo sobre su mesita.

—No pasa nada. Habrá más noches —me digo a mí misma, resignada, intentando convencerme de ello.


[1] Cursos obligatorios de pre-medicina que se estudian en Estados Unidos.

[2] Movimientos, posturas o sonidos repetitivos o ritualizados sin un fin determinado.

[3] Condición médica en la que la persona afectada percibe como insoportables ciertos sonidos o ruidos.

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Piérdete… conmigo

Viaja con Emma

“El hotel cuenta con cinco piscinas, dos de ellas exclusivas para adultos…”

—Ese bikini no resalta nada el moreno de mi piel.

—Tonterías. Estás perfecta.

—Podríamos volver a rodar esa toma. Me he traído uno de color blanco que sería perfecto. O el color champagne… O… Bueno, luego les echo una ojeada a todos.

—¿Cuántos son todos?

—No sé… Unos… veinte.

—¿Veinte? ¡Pero si solo vamos a estar cinco días…!

—¿Y…? En realidad, lo hago por tu bien, para que saques las mejores tomas posibles y, para ello, todo tiene que ser perfecto. Bikini incluido.

Stu resopla agotado, pasando una mano por su cabeza calva y rascándose la larga barba con la otra.

—Será el trabajo de tu vida, decían… Viajando de gorra, decían… Fácil: grabar y editar en un momento y luego disfrutar de los paisajes, decían…

—¿Algún problema? —le pregunta, con una mirada reprobatoria.

—Para nada. Grabaremos todas las tomas que quieras.

—Muy bien.

Stu vuelve a centrarse en la pantalla de su portátil, donde están visionando lo que llevan grabado hasta ahora, imaginando que estrangula a Emma con la tira de cualquiera de esos veinte bikinis. Enseguida se le dibuja una sonrisa de satisfacción.

—Esa es la actitud, Steward.

Y fin. Se acabó la magia. Ella ha hecho pedazos el momento. Odia cómo suena su nombre en boca de Emma. Con ese acento remilgado que se empeña en poner, convirtiéndole al instante en uno de los mayordomos de Downton Abbey. Al principio, la corregía constantemente, advirtiéndola que su nombre es Stuart, Stu, no Steeeewaaaard… A la vista está que no sirvió de nada.

“…En el resort encontraremos tres restaurantes tipo buffet y cinco restaurantes a la carta conducidos por cinco chefs con varias estrellas Michelin a sus espaldas… Os recomiendo encarecidamente una visita…”

—Ese plano con la boca llena, elimínalo.

—¿Por qué?

—Porque me niego a que la gente me vea comer.

—¿Por qué?

—Porque no.

—Pero… todo el mundo come… Además, se ve extraño que hables de comida y no la pruebes. En los programas de cocina, ver cómo el cocinero prueba luego la comida que ha elaborado lo hace más creíble…

—Steward, ¿tengo cara de Gordon Ramsey?

Stu la mira con los ojos muy abiertos, incrédulo, absolutamente descolocado, debatiéndose entre asesinarla o cerrar el portátil y largarse. Finalmente, recuerda que necesita el sueldo para vivir.

Cierra la boca e inhala el aire a través de la nariz, Stu. Cuenta hasta cuatro. Aguanta la respiración durante siete segundos. Espira completamente el aire de tus pulmones durante ocho segundos. Me estoy calmando. Me estoy calmando. Es solo una pija insolente. El precio que tienes que pagar para cobrar a fin de mes. Tranquilo…

“…Entre otros muchos servicios, podremos hacer uso del gimnasio o del maravilloso spa las veinticuatro horas del día…”

—Esa toma me encanta, pero…

—Quieres que elimine algunas gotas de sudor de tu cara.

—¡Eso es, Steward! ¡Ya te tengo casi enseñado! —le dice, palmeando su espalda un par de veces. Justo después, se mira la mano e, incapaz de reprimir una mueca de asco, se limpia la mano.

El asesinato es un delito muy gordo, Stu. No lo hagas. Inspira, aguanta siete segundos y suéltalo…

Sentada en uno de los taburetes frente a la barra del bar, removiendo su cóctel con la pajita, Emma mira de reojo al grupo de hombres de su derecha. Hablan y ríen de forma escandalosa, todos con las caras encendidas por culpa del sol excepto uno de ellos, precisamente en el que Emma se fija. Si en una revista de negocios dedicaran un especial a empresarios de éxito con aspecto de modelos de pasarela, él sería seguramente el protagonista del reportaje. Viste “elegante pero informal”, perfecto con un pantalón de pinza color arena y una camisa de lino blanca que resalta su bronceado perfecto. Lleva el pelo engominado hacia atrás, perfectamente peinado y, por lo que puede observar desde la distancia, las gafas enmarcan un rostro anguloso, como esculpido.

Él también parece haberse fijado en ella, y le dedica largas e intensas miradas entre codazos de sus compañeros. Alguno incluso le habla al oído, señalando a Emma, que se revuelve sobre el taburete, cruzando las piernas, intentando parecer una mezcla entre interesante, misteriosa y coqueta. Mirada de “prostituta con carrera”, como diría su amiga Kat. Que vean que eres capaz tanto de realizar todas las posturas del kamasutra como de recitar las cinco declinaciones del latín.

—Hola, compañera. ¿Qué tomas?

Se gira sobresaltada al escuchar la voz de Stu a su lado. Le mira de arriba abajo, levantando un lado del labio superior de su boca, preguntándose cómo es posible que alguien estime oportuno presentarse en el pub del hotel con un pantalón de deporte más apropiado para jugar un tres contra tres en una cancha de baloncesto y una camiseta que vivió su mejor época allá por el año 1.980.

—Piérdete, Steward —le dice, justo antes de volver a dirigir la mirada hacia su apuesto empresario, el cual había empezado a caminar hacia ella, pero que ahora se hallaba parado a medio camino, valorando si seguir avanzando o volver con sus colegas.

Emma le sonríe nerviosa, justo antes de volver a girar la cabeza de nuevo hacia Stu.

—Largo. Ya. Vamos, rápido —le apremia, chasqueando los dedos.

Stu mira más allá de la espalda de Emma, hacia donde se dirige su mirada constantemente, comprendiendo enseguida el motivo de su nerviosismo. Al principio valora hacerle caso sin oponer resistencia, hasta que ve una ocasión perfecta para cobrarse una pequeña venganza.

—¿Ese tipo? ¿En serio? Creía que lo nuestro iba cobrando forma…

Stu se acerca más a ella y le pasa un brazo alrededor de la cintura.

—¿Se puede saber qué estás haciendo? Quita esa mano de mi cintura —dice ella, con los ojos abiertos como platos, así como las aletas de la nariz.

—Creía que empezábamos a entendernos y que estabas deseando que fuéramos un paso más allá.

—¡¿Un paso más allá?! Nuestra relación es simple y estrictamente profesional. Así que vete, por favor. Ahora.

—¿Me estás suplicando? —le pregunta.

—¿Es lo que quieres? Pues sí, te lo suplico. —A Stu se le dibuja una enorme sonrisa de superioridad en la cara—. ¿Se puede saber qué te hace tanta gracia.

—Que te arrastres de esta manera por un tío como ese que salta a la vista que está casado o prometido y que seguramente no es la primera vez que pretende echar un polvo durante un viaje de negocios.

—Perfecto. Gracias por tu opinión que, por cierto, nadie te ha pedido. Largo.

Stu se empieza a alejar al fin y ella vuelve a centrar su atención y todos sus sentidos en su pretendiente, que, al verla sonreír de oreja a oreja, colocar un mechón de pelo detrás de la oreja y morderse el labio inferior, parece entender todas las señales y empieza a caminar de nuevo hacia ella.

—Hola —la saluda con un acento tejano inconfundible—. Peter Wright.

—Emma Campbell —contesta ella, tendiéndole la mano que él esperaba y que besa con caballerosidad—. Encantada.

—¿Trabajo o placer?

—Trabajo. Estamos grabando un programa para el canal de viajes de la televisión por cable. Y ese esperpento de antes —dice, señalando un punto inconcreto de su espalda, con la intención de aclarar la situación de antes—, es el cámara que me acompaña.

—Gracias por la aclaración, aunque, a la vista está que no suponía ninguna amenaza para mí.

Peter hace un gesto inconsciente, abriendo un poco los brazos y esbozando una media sonrisa propia de un anuncio de pasta de dientes. Demuestra mucha confianza en sí mismo que, mezclada con ese aspecto de modelo de pasarela y una más que presumible cartera abultada, hace las delicias de Emma, que cae, inevitablemente, rendida a sus pies.

—¿Y tú? ¿Trabajo o placer?

—Pues espero que las dos cosas… —contesta, entornando los ojos, que se vuelven oscuros, como los de un depredador al acecho.

A Emma solo le bastaron un par de copas, unas pocas sonrisas de suficiencia más, una canción de rima más que cuestionable pero con ritmo pegadizo y sensual y unas caricias intencionadas camufladas como simples roces para acceder a acabar la velada en su habitación.

La mezcla del alcohol, el calor y la excitación hacen mella en Emma, a la cual le empieza a costar mantener la verticalidad mientras intenta encontrar la tarjeta de la habitación para abrir la puerta con el cuerpo de Peter pegado a su espalda. Lograrlo le llevó más tiempo del esperado, así que Peter empezó a desnudarse nada más traspasar la puerta y cerrarla de una patada con el talón.

Emma le observa detenidamente, casi con la boca abierta, admirando su torso esculpido. Parpadea varias veces, incrédula por la suerte que ha tenido al encontrar un espécimen de semejante valor, mientras se muerde el labio inferior de pura lascivia.

—¿Qué cojones haces? Quítate la ropa —le apremia él.

Al principio, el brusco comentario sorprende un poco a Emma, aunque enseguida decide pasarlo por alto y achacarlo a la excitación del momento. En cuanto ella consigue quitarse el vestido, algo que le lleva también más tiempo del habitual, él se abalanza sobre ella, tirándola sobre la cama sin ningún miramiento. Sus manos recorren el cuerpo de Emma de forma precipitada, con prisa. Y, sin darle tiempo a valorar si está disfrutando o no, él la penetra de una fuerte estocada. Ella ahoga un grito y contiene la respiración durante unos segundos. Peter inmoviliza sus brazos contra el colchón mientras mueve la pelvis hacia delante y hacia atrás, con movimientos rápidos y frenéticos. Amas sus pechos sin cuidado, casi maltratándolos, hasta que Emma suelta algún grito de queja que sirve para que Peter disminuya el ritmo. Quizá no esté resultando como ella esperaba, quizá ella hubiera preferido algo más de juegos preliminares, caricias y algo más de timidez, aunque no se puede decir que no esté disfrutando. Está claro que, brusco o no, él sabe lo que se hace. También puede que esperara que él tardara algo más en correrse, o que tuviera la decencia de esperarla a ella, pero no se puede decir que sea egoísta, ya que luego se encarga de que ella llegue al clímax.

Definitivamente, la experiencia no ha resultado como ella imaginaba, aunque no se puede decir que no haya sido satisfactoria.

Quizá la próxima vez… se descubre pensando, hasta que ve la marca en el dedo de su mano. Enseguida se maldice de su mala suerte, de su pésima suerte eligiendo pretendientes y, sobre todo, recordando las palabras de Stu.

…Un tío como ese que salta a la vista que está casado o prometido…

Cabreada, intenta apartárselo de encima con todas sus fuerzas, pateando la sábana para desenredarla de entre sus piernas y agarrándola para enrollarla alrededor de su cuerpo. Coge los pantalones de Peter y se los tira a la cama.

—¿Qué pasa?

—Quiero que te vayas —asevera, muy seria.

—¿Ya? Déjame que me recupere al menos… No pretendo quedarme a vivir aquí, pero necesito un rato para recuperar el aliento…

—Recupéralo en el pasillo —insiste ella, haciendo un esfuerzo enorme para contener las lágrimas.

—Pero ¿qué ha pasado? Creía que los dos lo estábamos pasando bien…

—Bueno, siento herir tu ego, pero puede que algunos lo hayan pasado mejor que otros.

—No me jodas, que tú te has corrido tanto como yo.

—Me pregunto qué opinará tu mujer de ello… ¿Quedará ella tan satisfecha como tú te crees después de follártela? —Para asombro de Emma, la expresión de Peter no demuestra sorpresa ni arrepentimiento—. ¿Cómo le quedan los cuernos? ¿Cabe por las puertas o se tiene que agachar?

—No me digas que todo esto es por Linda…

Emma abre los ojos y los brazos, sorprendida y algo descolocada.

—¿En serio? ¿Eres real, tío? ¿Acaso no tienes ningún cargo de conciencia?

—Pues… —Se queda pensativo un rato. De verdad. Tiene que pensar la respuesta antes de abrir la boca—. En todo caso, eso será cosa mía, ¿no? No sé por qué te pones así y te… preocupas tanto por ello. Ambos teníamos claro lo que era esto, ¿no?

Bueno… Más o menos… piensa Emma, aunque no cambia ni un ápice su expresión convencida.

—¿Y dónde está tu anillo? ¿Acaso lo escondes para hacer ver que estás… disponible?

—No, lo escondo porque a veces es un impedimento para ligar con chicas como tú.

De repente, Emma siente como si una losa la aplastara. Le acaba de confirmar que, efectivamente, esto es algo que hace a menudo. Y no contento con ello, ha comparado a Emma con cualquiera de las tías que, conscientes o no de su estado civil, habían acabado acostándose con él. Con una sola frase, Peter ha conseguido machacar a Emma, ningunearla como nunca nadie antes.

Furiosa, agarra uno de los zapatos de Peter y se lo lanza con todas sus fuerzas a la cabeza. Él lo esquiva a tiempo y se pone en pie, haciendo un ovillo con toda su ropa y trastabillando para salir de la habitación antes de llevarse de recuerdo algún moratón difícil de justificar ante Linda.

En cuanto Emma escucha la puerta cerrarse, se deja caer sobre la cama. Mira hacia los ventanales que dan a la enorme terraza de la habitación, viendo cómo los primeros rayos de sol la bañan. Consciente de que también debe haber amanecido en Nueva York, decide ahogar sus penas con Kat. Alcanza el teléfono y busca su número en el listado de llamadas recientes, algo que no le lleva más de dos segundos.

—Aaaaarg… —gruñe Kat después de varios tonos—. Eh… ¿Qué…?

—Qué bien que estás despierta. Necesito desfogarme.

—Yo… Esto…

—Kat, ¿estás bien?

—Pues… —Carraspea varias veces, antes de volver a hablar. O a intentarlo, al menos—. Según lo que entiendas tú por estar bien.

—Me he acostado con un impresentable.

—A ver… —Emma la oye removerse entre las sábanas, resoplando y bostezando de forma ruidosa y prolongada—. No te lo tomes a mal, pero eso no es ninguna novedad. ¿Dónde estás?

—En República Dominicana.

—Joder… Qué envidia me das… Eso es un curro… —susurra Kat.

—¿Podemos centrarnos en lo que nos atañe?

—Me asombra que hables en plural…

—¿Desde cuándo eres mi amiga? ¿Cuántas veces te he aguantado el pelo mientras vomitabas en el váter? ¿Cuántas fotos me obligas a hacerte hasta que no encuentras una a la que no ponerle ni una pega? ¿Cuántas…?

—Vale, vale, vale. Lo pillo. El impresentable. Hablemos de él. ¿De qué tipo era? ¿De los petulantes que se creen perfectos, de los fanfarrones con calzoncillos comprados en la tienda de “todo a un dólar”, de…?

—De los que se les olvida quitarse el anillo cuando toman el sol —la corta Emma. Kat chasquea la lengua y resopla con fuerza—. ¿Qué?

—Nada.

—Dilo.

—No, porque te enfadarás conmigo.

—Haberlo pensado antes de cagarla chasqueando la lengua de esa forma en vez de ayudarme con un discurso más comprensivo con mi desolación y mi ira. Desembucha.

—¿Cuándo dejarás de buscar al hombre perfecto? ¿Por qué no te dedicas solo a pasarlo bien y dejas que surja? Déjate llevar. Deja que… él te encuentre a ti. Deja de buscar. Deja de… ver a un marido potencial en cada tío al que conoces.

Se crea un silencio tenso entre ambas, solo roto por sus respiraciones.

—Te odio —lo rompe Emma.

—Lo sabía. Pero sabes que tengo razón. ¿Por qué no te limitas simplemente a pasarlo bien? ¿Estaba casado e intentó ocultártelo? ¿Qué más da? El capullo es él. Si no te llegas a fijar en ese pequeño trozo de piel blancuzco, tú no te habrías dado ni cuenta.

—Además, follaba fatal —confiesa Emma, con un tono bastante menos resentido.

—¡Eso sí que es imperdonable! ¿Sabes qué te digo? Que has hecho bien en darle la patada. ¿Casado? Bueno. ¿Pésimo en la cama? ¡No way!

A Emma se le escapa entonces la risa, relajándose ya del todo, diluyendo poco a poco el cabreo con su horroroso gusto para los hombres.

—Y a todo esto, ¿cómo está mi amigo?

—Oh, mierda… —Emma pasa una mano por su pelo, peinándoselo hacia atrás.

—¿Le ha pasado algo?

—No. Que me jode tener que darle razón… —Kat se queda callada, esperando alguna explicación más—. Él me advirtió anoche que esto mismo iba a pasar…

—Es un erudito, mi chico.

—¡No es tu chico! ¡Deja de decir eso que se me ponen los pelos de punta! ¡Nunca en la vida aceptaría que tuvieras una relación con… eso!

Kat estalla en carcajadas. Todo empezó como una broma. Cada vez que Emma se quejaba de alguna de sus “conquistas”, Kat se dio cuenta de que el único hombre que no la había decepcionado y que era una constante en su vida era Stu. Emma ponía cara de asco, simulaba las arcadas y ambas estallaban en carcajadas. Pero entonces llegó un día en el que Kat empezó a insinuar que, quizá, las camisetas viejas de los Cazafantasmas y las raídas Converse, eran un complemento sexy, y que el leve sobrepeso de Stu podía remediarse con un par de meses de spinning…

—Cuídamelo mucho, ¿vale?

—Te cuelgo, Kat.

—Perfecto —contesta, sin inmutarse un ápice por su amenaza—. Llámame cuando estés en casa.

Emma cuelga la llamada y se deja caer hacia atrás en la cama, aún con la sábana rodeando su cuerpo. Fija la vista en un punto cualquiera del techo, intentando ordenar sus pensamientos. Aunque le cueste admitirlo en voz alta, Kat tiene parte de razón. Debería dejar de empecinarse en convertir a todos sus pretendientes en maridos potenciales. Pero es muy triste que con treinta años, casi treinta y uno, aún no se haya cruzado con ningún candidato decente. A su edad, su madre llevaba casi diez años casada y ya había parido dos veces, algo que le recordaba a menudo, básicamente, cada vez que se reunían y le preguntaba si había conocido a alguien.

Alan fue lo más parecido a un firme candidato con el que cortar un pastel con una inscripción de “felices para siempre”. Era perfecto: estudiante de medicina, miembro de una de las mejores fraternidades de la Universidad de Columbia, con unas notas envidiables, un Camaro aparcado en el garaje y un futuro prometedor como cirujano en el hospital de cirugía estética del que su padre era principal accionista. Era perfecto hasta que me enteré de que, un par de meses después de empezar a salir conmigo, dejó embarazada a Rosario, la chica de servicio que sus padres tenían contratada en casa. Ellos se ocuparon de esconderlo todo, pagándole el aborto y dándole una suma de dinero considerable para callarle la boca. Ella accedió porque además consiguió un contrato de trabajo que le permitió quedarse en los Estados Unidos, casarse y poder comprarse una pequeña vivienda junto a su marido.

Pero yo no pude soportarlo. Él me juró que solo había sucedido una vez, pero ya estábamos juntos, y yo sentí que nunca podría volver a confiar en él. Así que, a pesar de que él era mi pasaporte a la felicidad, opté por dejarle. Me sentí como cuando compras un boleto de lotería de esos que tienes que rascar tres casillas para conseguir un premio. Había rascado las dos primeras y solo me faltaba una para llevarme el premio gordo… pero rasqué y perdí.

En ese momento, el móvil emite un pitido informándole de que ha recibido un correo electrónico. Al ladear la cabeza para mirar la pantalla, ve que se trata de un correo del señor Hanson, el director del canal. Se incorpora y abre la aplicación a toda prisa, algo extrañada. No es habitual recibir correos electrónicos de su parte…

¿Será una carta de despido? Se descubre pensando, aunque enseguida deshecha la idea, ya que, en ese caso, no le escribiría él en persona… ¿No?

Pues entonces puede que sea un aumento… Ya. Claro. No te despiden por correo, estamos de acuerdo. Pero tampoco lo usan para informarte de un aumento el sueldo.

 

De: Oliver Hanson

Para: Emma Campbell

Asunto: Reunión urgente

Cuerpo:

Emma, te emplazo a una reunión el lunes de la próxima semana a las nueve de la mañana en mi oficina.

Sé puntual.

—Genial. No me despiden por correo electrónico. Lo harán en persona.

Cuando Emma llega al restaurante, echa un vistazo alrededor hasta encontrar a su compañero devorando un plato rebosante de huevos revueltos y bacon.

—Me da a mí que va a necesitar algo más que unos meses de spinning… —susurra, acordándose de Kat.

Coge un plato y se dirige al mostrador de la fruta, donde se sirve un par de kiwis y llena un vaso con zumo de naranja. Entonces se dirige a la mesa y se deja caer en la silla. Stu levanta la cabeza y mira el plato de ella.

—Mmmm… ¿La noche no fue como tú pensabas?

—Buenos días para ti también, aunque no responderé a tu pregunta porque no te incumbe.

—Uuuuuuh… Qué mala leche de buena mañana… —dice, señalando luego los kiwis con un movimiento de cabeza—. ¿Problemas intestinales?

—A esto se le llama desayuno saludable, Steward, no lo que te metes entre pecho y espalda. Gracias por preocuparte. Por cierto, hoy tenemos que volver a filmar varias tomas en la playa. Creo que es mejor grabarlas al atardecer, ya que la luz es más cálida y suave y resalta mejor mi bronceado.

—Lo creas o no, el programa trata de viajes, no de ti. Las mejores tomas se las tiene que llevar el paisaje, no tu bronceado.

—Ya, claro. Por eso el título del programa es “Viaja con Emma”, y como yo soy la protagonista, yo cuento lo que me da la real gana —contesta ella, mirando alrededor con cierto disimulo.

—Ojalá ese mail sea para despedirme. Al menos, no tendré que soportarla más… —susurra Stu.

—¿Cómo? —pregunta de repente ella, girando la cabeza bruscamente—. ¿Qué mail? ¿Tú también has recibido un mail del director?

—Sí… Uno algo escueto, en realidad…

—¿Y crees realmente que nos van a echar?

—Rezo por ello…

Emma le mira levantando una ceja, un poco ofendida aunque acostumbrada a este tipo de comentarios por su parte.

—Si nos quisieran echar, no nos escribiría el mismísimo director general, ¿no? Lo harían desde recursos humanos… ¿No?

—Mmmm… Puede. A lo mejor, hasta ni se molestarían en escribirnos… Nos enviarían un burofax.

—Puede que quieran darnos un aumento… —Stu es incapaz de aguantar la risa—. ¿De qué te ríes? No suena tan inverosímil. Nuestro programa es de los más vistos en la cadena…

—¿Ah, sí? ¿En serio crees que el espectador fiel del canal está interesado en saber a qué hora del día es mejor tomarse una foto en una playa de República Dominicana o el color de bikini que mejor combina con tu tono de piel? ¿En serio, Emma? Así que reza para que te den una buena indemnización y empieza a pulir tu currículum.

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Capítulo 1 – Yo sólo bailo contigo

—Me encanta la sensación de volar, o más bien, la de caer. Cada vez que tomo impulso con mis piernas, abro los brazos y espero a ese momento en el que me siento caer. Cierro los ojos y, durante esos pocos segundos, imagino que mi cuerpo flota en el aire hasta que empieza a descender. A veces imagino que la cama elástica desaparece bajo mis pies para sentir ese miedo. Es como un cosquilleo en mi barriga, como cuando estás en una montaña rusa. No tengo miedo a despachurrarme contra el suelo. En realidad, siento curiosidad por saber qué se sentiría al hacerlo.

—¡Neil!

Pero eso no se lo puedo contar a nadie porque me mirarían raro o cuchichearían a mi alrededor. Al principio, no entendía por qué lo hacían, pero ya tengo diez años. Soy mayor, sé que soy rarito y que tengo que simular ser “normal”.

Hace unos años, cuando era pequeño, me corté con unas tijeras y, en vez de llorar, no dije nada a nadie para que no me lo curaran y me tiré un par de horas mirando fijamente la herida, expectante ante cualquier cambio. En realidad, sentía curiosidad por ver qué pasaría si se me infectaba… Pensaba que se me caería el dedo… Qué iluso. Ahora soy lo suficientemente mayor como para saber que eso no pasaría nunca… aunque sí podría haber muerto de una infección derivada de esa pequeña herida si mamá no me la hubiera descubierto al bañarme.

—¡Neil! ¡Llegarás tarde! ¡Y es el primer día de clase!

Puede que dicho en voz alta sí pueda parecer un poco raro, pero no lo puedo evitar. Necesito saberlo. Me llama mucho la atención. No sé bien por qué. No entiendo por qué necesito saber cuánto duele romperse una pierna. No sé por qué me quedé mirando cómo aquella serpiente se comía ese ratón en el zoo. Todos los niños gritaban, lloraban o se daban la vuelta horrorizados mientras sus madres les abrazaban. Mamá me miraba asustada mientras yo no apartaba la mirada de ese terrario, con los ojos y la boca muy abiertos. Mientras yo me encaramaba al cristal, ella intentaba disimular y miraba al resto de padres con una sonrisa tétrica en la cara. Creo que en ese momento, deseaba salir huyendo de allí.

—¡Neil!

Papá aparece en el jardín, con mi mochila en una mano, pidiéndome explicaciones con el otro brazo estirado. En cuanto le veo, dejo de impulsarme con los pies y reboto un par de veces más sobre la cama elástica, antes de quedarme quieto con los brazos inertes a ambos lados del cuerpo.

—¡Vas a perder el autobús! —Parpadeo un par de veces, mirándole fijamente—. ¡Neil! ¡¿Hola?! ¡Despierta!

Me bajo de la cama elástica y me siento en el césped para ponerme las zapatillas de deporte. Me ato los cordones lo más rápido que puedo, pero no suelo trabajar bien bajo presión, y me lleva un par de intentos conseguirlo. Tampoco ayuda escuchar a mi padre resoplar desesperado.

—¿Por qué no te pones zapatillas con cierre de velcro? —me pregunta.

—Porque no soy un bebé —contesto susurrando mientras me pongo en pie y corro hacia él.

Me tiende la mochila, que me cuelgo de un hombro, mientras hago un esfuerzo enorme por seguirle a través de la cocina.

—¡Desayuno! —grita, señalando la bolsa de papel marrón que reposa sobre la encimera.

—¿Manzana? —le pregunto al mirar dentro, con una mueca de asco en la cara.

—Tienes que tomar una pieza de fruta al día.

—No tienes por qué seguir tan a rajatabla los consejos de los médicos y nutricionistas.

—Sigo a rajatabla los consejos de tu madre.

—Pero mamá no está en casa…

—¿No me digas? No me había dado cuenta…

—Me refiero a que no hace falta que hagas caso de las órdenes de mamá todos los días…

—Oh, sí. Sí tengo que hacerlo. Ya lo creo que tengo que hacerlo.

—Pero yo no te voy a delatar…

—Gracias, pero créeme, no haría falta. Se daría cuenta de ello.

Al salir a la calle, veo que mi padre está haciendo aspavientos con los brazos, intentando llamar la atención del conductor del autobús escolar, que se pierde calle abajo.

—¡Joder! ¡Mierda! —Me muerdo el labio inferior, intentando contener la sonrisa. No quiero que se dé cuenta de que perderme clase no sería para mí una catástrofe—. ¿Ahora qué hago contigo…? Opciones, opciones… Vamos, Harry…

Gira sobre sí mismo, mirando a un lado y a otro, como si buscara consejo alrededor nuestro. Aunque, en realidad, no hace falta que nadie se los dé, porque nadie sabe más que él de todo. Bueno, excepto mi abuelo.

—Podría irme contigo a la universidad y quedarme en tu despacho… Podría aprovechar para hacer deberes… o leer en la biblioteca… Te prometo que no te molestaré.

Se detiene de golpe, mirando la puerta del garaje.

—Eso es —dice, corriendo hacia ella—. ¡Vamos, Neil!

—¿Me llevas contigo…? —le pregunto incrédulo, colgándome de nuevo la mochila al hombro.

—Te llevo en moto al colegio.

—¿En moto? —le pregunto, incapaz de disimular mi decepción al ver que, como es habitual, me ha ignorado completamente—. Pero mamá te va a matar si se entera.

A veces creo que ni siquiera me escucha. Mamá me dijo una vez que no me lo tomara como algo personal, que papá es así con todo el mundo. No me consuela.

—¿No decías antes que no hacía falta que hiciéramos caso a todas las órdenes de mamá? Póntelo.

—¿No decías antes que preferías seguir sus normas a rajatabla?

Me lanza el casco que suele usar ella, o al menos solía usar, ya que hace mucho que no salen juntos en moto, pienso mientras lo sostengo y lo miro fijamente. De hecho, hace mucho que papá tampoco va en moto, pienso, mirando la preciosa Montesa Impala roja que una vez fue de mi bisabuelo, luego del abuelo y que este le regaló hace unos años. Creo que fue la abuela la que le convenció para hacerlo y que a él se le rompió el corazón cuando lo hizo.

—¿Puedes? —me pregunta, sacándome de mi ensoñación.

Cuando levanto la vista, le veo ya subido en ella, bajándose la visera del casco. Mi padre mola un montón, pienso mientras le miro. Mucho más de lo que yo molaré jamás… Él es especial también, como el abuelo y como yo, pero ellos molan un montón. Yo no. Yo doy miedo.

Me tiende una mano para ayudarme a subir, pero yo niego con la cabeza, poniendo el pie en una de las estriberas y agarrándome de su hombro para sentarme tras él.

»»»

“Mkultra fue un proyecto de la CIA que buscaba encontrar maneras de controlar la mente…”

—Mola… —susurro, justo antes de dar otro bocado a mi manzana y seguir leyendo el libro que reposa en mi regazo.

“En el marco del Subproyecto 68, el doctor Donald Ewen Cameron sometía a los pacientes de su Instituto Memorial Allen en Montreal, con depresión bipolar o trastornos de ansiedad, a una ‘terapia’ que les dejó serios daños y alteró sus vidas de forma irreparable”.

Levanto la vista y miro alrededor, sonriente. En mi colegio, como supongo que en todos, existen varios tipos de especímenes que tengo catalogados en mi libreta bajo el título: “Tipos de especímenes humanos”

  1. Los chicos populares: normalmente son aquellos cuya destreza deportiva tiende a ser inversamente proporcional a su intelecto.
  2. Las chicas populares: suelen ser escandalosas y gritan mientras hablan entre ellas. También mascan chicle sin parar y sus fiestas de cumpleaños son memorables. Al menos, eso dicen, porque nunca lo he comprobado por mí mismo.
  3. Los “empollones”: la mayoría llevan gafas y visten una camisa perfectamente planchada y metida por dentro de los pantalones. Se mueven en manada para evitar ser un blanco fácil para los abusones. Nota: no siempre funciona.
  4. Los repetidores: da igual que solo sean uno o dos años mayores que el resto, ellos intentarán parecer como si tuvieran edad suficiente como para ir a la universidad. Nota: pocos de ellos llegan.
  5. Los tipos malos: miran de reojo a todo el mundo, incluso entre ellos. Intentan intimidar y hacen cosas como robar el desayuno o el dinero de la comida. Dan algo de miedo. Estos pueden pertenecer también al grupo anterior.
  6. El resto: son los que no entran en ninguna de las categorías anteriores. Son majos y no suelen meterse conmigo. La mala noticia para mí es que son pocos.
  7. Yo.

He creado una categoría exclusiva para mí porque no creo encajar en ninguna otra. De hecho, creo que encajo en pocos sitios. Y creo que no me importa. Antes sí. Antes me esforzaba por caer bien, pero cuando se acercaban a mí, me miraban como si fuera un bicho raro. Así que prefiero mantenerme alejado de todos, en mi mundo, sin dar explicaciones a nadie de por qué hago lo que hago. Por eso leo, escribo, imagino, sueño u observo… solo. El abuelo diría que mi mundo es un club demasiado selecto como para admitir a cualquiera, pero me niego a creer que sea especial.

—¡Eh, tú! ¡Pásanos el balón!

Levanto la vista y miro hacia el chico que me ha gritado. Le observo durante un rato. Sin duda, forma parte del grupo uno, y se rodea de algunos especímenes del grupo cuatro y alguna chica del grupo dos.

Cierro el libro y el cuaderno y, mientras me pongo en pie, escucho:

—Si esperas que el rarito lance el balón y llegue hasta aquí, lo llevas fino…

Todos ríen por la ocurrencia, aunque yo hago ver que no los escucho carcajearse.

—¡No es coña! ¡¿Qué esperáis de alguien que sale con libros al recreo?! —insiste el mismo gracioso de antes.

—¡¿Qué tal el verano, rarito?!

—¡¿A cuántos bichos te has cargado?!

Abro los ojos y aprieto los labios con fuerza para evitar contestarle y meterme en líos.

—¡Neil, el rarito! —grita otro—. ¡¿Qué lees, so friky?!

—Nada —susurro.

—A ver.

De repente, cuando ya tenía el balón en la mano, uno de los chicos intenta quitarme el libro, el cual aferro con fuerza.

—Déjame en paz —susurro con miedo.

Giro sobre mí mismo para que no me coja ni el libro ni la libreta, realmente agobiado. Él parece estar divirtiéndose mucho, al igual que su camarilla, a los que escucho animarle. Envalentonado, empieza a empujarme para intentar que me caiga.

Entonces, sin pensarlo demasiado, lanzo el balón todo lo lejos que puedo para intentar alejarle de mí. No sé bien por qué lo he hecho, creo que pensé que si funcionaba con los perros, por qué no iba a hacerlo con él… Pero tengo la mala suerte de que no calculo bien y el balón sale por encima de la valla del patio. Nunca había lanzado tan fuerte, y creo que he elegido un mal momento para conseguirlo. De repente, las risas se cortan, creo que a la par que mi respiración.

—¡Serás capullo!

—No era mi intención…

Las manos del tipo se cierran alrededor de las solapas de mi camisa y me zarandea, justo antes de levantar el puño en alto. En un acto reflejo, y bastante cobarde, la verdad, cierro los ojos y me encojo. Al ver que soy un blanco fácil, rodeado ya por más de uno, me zarandean y me tiran al suelo. Me hago un ovillo y me protejo la cabeza mientras las patadas golpean todo mi cuerpo.

—¡Vamos! ¡Dejadle en paz! ¡Os estáis pasando! —Escucho a lo lejos la voz de una chica, a la que nadie parece hacer caso.

Intento recuperar el libro que se me ha escapado de las manos al intentar protegerme, pero uno de ellos es más rápido que yo y lo coge.

—¡Eh, mirad si es rarito! ¡Está leyendo acerca de experimentos con humanos! —grita otro.

—¡Ah, joder! ¡Qué asco!

—¡Es un puto psicópata!

Me llueven algunas patadas más, hasta que alguien da la voz de alarma y la multitud se dispersa, dejándome solo. Tiran el libro al suelo, que cae a pocos centímetros de mí, y me arrastro hasta cogerlo, al igual que la libreta. Me quedo boca arriba, agarrándolos contra mi pecho, mirando las nubes mientras intento recuperar la respiración, llenando mis pulmones de aire para expulsarlo luego, de forma prolongada.

Mirar las nubes me relaja, siempre lo ha hecho. Me gusta verlas moverse y jugar a buscar parecidos en sus formas. Una vez, estirado con el abuelo en el jardín de su casa, vimos una nube clavadita a Jack Nicholson en El Resplandor.

—¿Estás bien, Neil? —me pregunta el señor Francis, el profesor de literatura, ayudándome a ponerme en pie. Mientras asiento con la cabeza, insiste—: ¿Qué ha pasado?

—Nada… —contesto, empezando a alejarme.

—¿A dónde vas? Tengo que llevarte a la enfermería.

—No, no… De verdad… Estoy bien.

—Neil, tienes varios rasguños con sangre y la camisa rota.

—Mierda… —maldigo al comprobar que tiene razón.

—Insisto. ¿Tienes algo que contarme? —Agacho la cabeza, frunciendo el ceño, pateando el aire con un pie—. Sígueme.

Resoplo mientras lo hago, mirando de reojo a un lado y a otro. No quiero que piensen que me voy a chivar de lo que ha pasado. No soy tonto, y sé que las consecuencias serían mucho peores que los cuatro rasguños que me he llevado ahora.

—¿Querías algo, Judy? —Levanto la cabeza al escuchar la voz del señor Francis—. ¿Tienes algo que contarme?

—No… Nada. No pasa nada.

Reconozco la voz de la chica, es la misma que hace un rato intentó hacer que esos tipos dejaran de pegarme. Cuando nuestras miradas se cruzan, ella me saluda enseñándome la palma de la mano. No entiendo su actitud. ¿Por qué me mira? ¿Por qué me sonríe? ¿Acaso se quiere reír de mí? Nadie es amable conmigo porque sí, así que intento adivinar sus verdaderas intenciones, entornando los ojos, como si la quisiera fulminar con la mirada. Su expresión se ensombrece y, de repente, me enseña el dedo corazón mientras en sus labios puedo leer:

—Que te jodan.

»»»

Estoy solo en la consulta de la enfermería, sentado en una camilla, moviendo los pies hacia delante y hacia atrás mientras me toco la ceja, manchándome el dedo de sangre, que luego chupo.

En ese momento, se abre la puerta y entra el médico, seguido de cerca por la directora del colegio, la señora Higgins, que me ha traído hasta aquí.

—Neil, estamos intentando contactar con tu padre, pero no nos coge el teléfono —me dice ella.

—Estará dando clase —contesto distraído, con la vista fija en el instrumental que el médico ha colocado en una bandeja y acercado hasta mí.

—¿Y tu madre…?

—Está fuera. En Los Ángeles, creo —digo, encogiéndome de hombros—. No hace falta que la moleste. Es solo un corte y tampoco podría hacer nada desde allí…

—Tengo que hablar con tus padres, pero no solo por la pelea, si no por esto también…

Levanto la cabeza y veo que sostiene en alto el libro y mi libreta. Entorno los ojos, confundido.

—¿Por qué? —pregunto, confundido. La directora me mira, creo que sorprendida—. Solo estaba… leyendo. Me… interesan algunas cosas. Es… ciencia.

—De acuerdo, Neil… —interviene entonces el médico—. El corte es algo profundo, y vamos a tener que coserte la ceja. No será nada, no te preocupes.

—No estoy preocupado. Es solo un corte en la ceja. Calculo que dos puntos de sutura. Tres a lo sumo.

—De acuerdo… No te dolerá nada porque te voy a poner un poco de anestesia superficial.

—No —le corto.

—¿No, qué?

—No hace falta que me ponga anestesia… En una escala del uno al diez, ¿cuánto puede doler sin anestesia? Creo que tengo el umbral del dolor muy alto…

El médico entorna los ojos, sorprendido, y luego mira a la señora Higgins, la cual, aún con el móvil en la oreja, me mira con la boca abierta.

—Señor Turner —dice entonces, desviando la atención de mí—. Sí, se trata de Neil…

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Capítulo 1 – Te estaba esperando

Por fin viernes… Llevo una semana agotadora y, para rematarla, hoy ha sido un día largo e intenso. A primera hora de la mañana he ido a sacar unas fotos de las obras del metro que están a punto de finalizar, y luego de la inauguración de la nueva exposición itinerante del Metropolitan. Para rematarlo, cuando volvía a la redacción, me llamó mi jefe.

 —Alex, cariño, Mike está atrapado en un atasco en la autopista, así que no llegará a tiempo a la rueda de prensa del alcalde. Deberías ir tú. Además, me acaban de informar de unas protestas estudiantiles por la subida de tasas y sería interesante echar unas fotos. Te va de camino cuando vuelvas hacia la redacción, ¿no? Luego, ya tú misma escribes cuatro líneas y con eso llenamos media página.

—Me parece que tu concepto de “ir de camino” y el mío, no se parecen mucho… —Se queda callado mientras yo resoplo, justo antes de claudicar—: Está bien.

—Te debo una.

—Te equivocas. Me debes un millón.

Así pues, después de encargarme de todo, llegué a la redacción agotada, despeinada, con tres bolsas colgadas de los hombros y con el tiempo justo para elegir las mejores fotos, escribir cuatro líneas acerca de las protestas y mandarlo todo a edición. Para conseguir llegar a todo, tuve que renunciar a un pequeño vicio, algo sin importancia… como comer. Así que mi único alimento del día han sido unas galletas Oreo machacadas que encontré en el cajón de mi escritorio, por lo que ahora mismo tengo tanta hambre que sería capaz hasta de comerme ese yogur que lleva en la nevera más tiempo que yo en el piso (regalo de bienvenida del anterior inquilino).

¡Pero no! Ahora mismo no puedo pararme a comer porque tengo una cita. Una cita en el parque. Necesito mi dosis diaria…

A toda prisa, entro en mi habitación, dejo la mochila con las cámaras y me pongo unas mallas y una camiseta. Me calzo las zapatillas de correr, cojo mi IPod, mi cinta para el pelo y la sudadera.

—¿Lista? —Creo que sí.

Compruebo mi reloj: las 18:37. No sé si llegaré a tiempo, así que decido empezar a correr nada más salir de casa. Cuando llego al parque son las 18:42.

—¡Mierda! Creo que llego dos minutos tarde… —Pero justo cuando empezaba a desanimarme y a plantearme volver a casa, le veo aparecer—. ¡No! ¡Ahí está! Disimula Alex, disimula…

Empiezo a correr por el camino que discurre al lado del lago, con los cinco sentidos alerta, esperando a que me adelante en cualquier momento. Echo un vistazo atrás y ahí está, a menos de 5 metros, con pantalón de chándal gris y sudadera negra con la capucha puesta.

Cuando me adelanta, inspiro con fuerza para esnifar su olor y escucho su respiración entrecortada. Le miro de reojo. ¡Por favor, qué guapo es! Me encantan sus facciones angulosas, su hoyuelo en la barbilla y esos pómulos marcados. Además, tiene una boca increíble, con unos labios carnosos que ahora mantiene abiertos por culpa del esfuerzo. Hoy no parece haberse afeitado, porque le asoma una tímida barba.

He llegado a desarrollar un poder sobrenatural que me permite analizarle por completo en una décima de segundo. Son muchos meses admirándole, esperando estos pocos segundos, por eso puedo adivinar tantos detalles.

Aumento el ritmo para intentar seguirle durante unos metros y así poder disfrutar de él un rato más. ¡Madre mía, qué espaldas! ¡Y qué culo! Aún con la sudadera y el pantalón largo, se puede intuir que tiene un cuerpazo de infarto. Espaldas anchas, cintura estrecha, culo prieto…

—¡Alex céntrate, que te caerás y te romperás los dientes!

A los 10 minutos, muy a mi pesar, estoy a punto de echar el hígado por la boca, así que empiezo a bajar el ritmo mientras le veo alejarse. No aparto la mirada mientras su silueta se hace pequeña en el horizonte, y, al llegar al quisco de helados, doy media vuelta para dirigirme de nuevo a casa, maldiciéndome por lo patética que soy y por la pésima forma física que tengo.

Al llegar a casa, enciendo el portátil y, al abrirse el correo electrónico, veo un mensaje de mi hermano. Sé que su único propósito será burlarse de mí, así que no tengo prisa en leerlo, antes necesito una ducha. Abro el grifo del agua caliente y me pongo debajo del chorro durante un buen rato, maldiciendo el día que, en plena borrachera, le confesé a Joey que estaba enamorada de un tío con el que ni siquiera había cruzado una palabra. Desde entonces, no para de meterse conmigo y de recordarme que “se me pasa el arroz” en la mayoría de sus mails y mensajes.

Somos tan diferentes que no parecemos ni hermanos, algo extraño, teniendo en cuenta que somos mellizos. Él es rubio, yo morena. Él tiene los ojos verdes, yo grises. Él mide 1,85 y yo 1,65. Él siempre ha sido muy extrovertido y, aunque a mí no me ha costado relacionarme con la gente, en el instituto la gente me conocía por ser la hermana de Joey. Él fue el típico adolescente carismático, aficionado a los deportes y ligón al que invitaban a fiestas y yo la chica centrada en los estudios con un grupo reducido de amigos, la mayoría de ellos compañeros del periódico del instituto. Al acabar esa etapa de nuestras vidas, los dos nos mudamos a la ciudad, yo me matriculé en la facultad de periodismo y él se alistó en la academia de policía. Estar en una ciudad desconocida, alejados de casa, nos unió mucho más, y llegamos a salir por la noche en plan “colegas”, borracheras incluidas… La noche de mi confesión, me había invitado a cenar para celebrar su ascenso a detective de homicidios, como los de las series de televisión. El caso es que, después de cenar, me llevó a un club que conocía donde pude comprobar cómo gran parte del aforo femenino del local también lo conocían a él.

—¿Ves esa rubia de allí? Pues me la he tirado. ¿Y esa camarera? Pues me la follé en el cuarto de las bebidas. ¿Y de ese grupito que están sentadas en ese reservado? Pues de las cinco, me he tirado a tres, dos de ellas a la vez.

—¡Joder, Joey…! ¡A ver si ahora se van a pensar que soy otro de tus ligues…!

—Así al menos alguien creerá que tienes vida sexual.

—Gilipollas… —Joey ríe a carcajadas, pasándome un brazo por encima de los hombros—. ¿Y esas tías? No entiendo cómo pueden estar ahí, tan… tranquilas, arrastrándose por delante de ti, poniéndote “ojitos” y saludándote sonrojadas, sabiendo que sólo son una más de las muchas que te has tirado…

—¿Y el buen rato que les hice pasar no cuenta? ¿Y la posibilidad de que se me ocurra repetir con alguna?

—Pobres infelices… A mí no me gustaría convertirme en la muñeca hinchable de alguien como tú…

—Y por eso sigues manteniendo tu deprimente récord de cuatro años sin follar.

—No es deprimente. Simplemente, no me bajo las bragas ante cualquiera. Estoy esperando a mi persona especial —le replico, cada vez más cabreada.

—Vamos, Alex… No te pongas así. Sé que te encanta lo que haces, pero a veces pienso que vives sólo para trabajar. Tienes que salir más y divertirte, y echarte un ligue que te pegue un meneo de vez en cuando. En mi caso, pienso que soy joven y esas chicas también. No tenemos ningún compromiso, no busco una relación seria y lo dejo siempre bien claro… —Me mira durante un rato, hasta que añade—: Ven, dame un abrazo, toma tu gin-tonic y cuéntame cómo va la búsqueda de ese príncipe azul.

Ese gin-tonic llevó a otro, y luego a otros dos más. Empecé a ver doble y a tener serios problemas para mantener la verticalidad. La lengua se me empezó a trabar y, como sucede siempre que me emborracho, lloro. Y resulta que entre lágrimas le acabé confesando que el hombre por el que suspiraba, el hombre con el que soñaba cada noche, mi príncipe azul, era un total desconocido para mí. Le expliqué con todo lujo de detalles la historia de cómo le conocí, o, mejor dicho, de cómo me convertí en su acosadora personal. Supongo que el alto nivel de alcohol que tenía en sangre no me permitió ver la cara de estupor de mi hermano, así como tampoco me advirtió que acabaría arrepintiéndome de esa confesión el resto de mi vida.

Le conté que la primera vez que le vi fue dos meses atrás, volviendo del trabajo. Estaba nevando y decidí pasar por el parque para sacar unas fotos. Mientras enfocaba al lago, mi objetivo captó la imagen de un chico vestido con un pantalón de chándal y una sudadera con capucha que corría hacia mí. A causa del frío, veía cómo su aliento salía de su boca en grandes bocanadas. Ya tenía que estar loco para salir a correr con ese tiempo, recuerdo que pensé. Al cruzarse conmigo, nuestras miradas se encontraron y entonces fue cuando me quedé petrificada, perdida en sus preciosos ojos azules. Fue tan sólo un segundo, pero su imagen se me quedó grabada como si de una fotografía se tratara.

Esa mirada me dejó tan trastocada, que al día siguiente volví a pasar por el mismo sitio, a la misma hora. Seguía nevando. De hecho, no había parado de hacerlo, pero el corredor misterioso tampoco faltó a su cita. Hacía mucho frío, demasiado para salir a correr y mucho más para estar medio escondida detrás de un árbol y espiarle. Supongo que éramos un par de locos, cada uno a su manera. Su ritmo era constante y tenía estilo corriendo. No es que yo entendiera mucho del tema, pero se notaba que hacía deporte con frecuencia.

Le confesé a Joey que, desde ese día, me las apaño para estar siempre en el mismo sitio y a la misma hora para ver correr al desconocido de ojos azules, a mi chico misterioso.

Le puse un nombre, Neil, y empecé a imaginarme cómo sería su vida. Una vida que, según mi estado de ánimo, variaba de “soltero y sin compromiso esperando a su chica ideal” (o sea a mí), pasando por “con una novia ninfómana que le pedía sexo a todas horas” (por eso se entrenaba cada día corriendo para mantener la forma) o “felizmente casado con una mujer de clase alta, asiduo a misa, con cuatro hijos y esperando el quinto”. Admitámoslo, esta es la vida que menos me pegaba con su aspecto, pero mi cabeza me impedía obviarla, intentando pintarme un panorama lo más pesimista posible para evitar que mi corazón se encariñara con él.

Con la excusa de hacerle fotos al paisaje, excusa que me ponía a mí misma para no parecer tan loca, le hacía fotos a él también. Si había poca gente en el parque, me daba corte y me escondía detrás de algún árbol. Lo sé. Patético.

Un día me convencí a dar un paso más e intentar acercarme a él: comprarme unas mallas y unas zapatillas para empezar a correr y así poder verle durante algo más de rato.  Me compré unos leggins negros monísimos y una camiseta rosa fucsia con unas zapatillas a juego. Y ahí acabó mi intento de acercamiento… ¿Qué os pensabais? ¿Qué iba a hacer como la gente normal y hablarle? No. Preferí sacar el hígado por la boca y sudar lo que no está escrito con tal de verle un máximo de quince minutos al día, que es lo máximo que aguanto corriendo tras él.

Así han pasado dos meses y hablar, lo que se dice hablar, no, pero un día intuí un ligero saludo con la cabeza. Las malas lenguas dirán que es un mero saludo cordial entre corredores. Mentira. Me saludó a mí. Seguro. De forma totalmente consciente. ¡Además, se me está poniendo un culo monísimo de tanto correr!

 ¿A quién quiero engañar? Joey tiene razón, soy patética. Tengo 28 años y me he enamorado de un tío del que ni siquiera sé el nombre y al que sólo veo un máximo de quince minutos al día.

Salgo de la ducha, me pongo el pijama, caliento el bol de fideos chinos en el microondas, cojo unos palillos y me siento frente al ordenador.

De: Joey

Para: Alex

Asunto: ¿TIENES COMIDA?

Mensaje:

¿Ha habido suerte? ¿Has hablado ya con él? ¿Sabes al menos como se llama realmente? Hermanita, decídete ya a hacer algo, o al final acabarás adoptando gatos.

Que ya tienes una edad…

 

Resoplo mientras me dispongo a contestar el mensaje.

De: Alex

Para: Joey

Asunto: GORRÓN

Mensaje:

Siento ser yo la que te recuerde que tenemos la misma edad, y tampoco te veo muy por la labor de sentar la cabeza. Así que, ¿quieres que vayamos juntos a la protectora de animales?

¿Cómo te va con tu nueva placa de detective? ¿Has visto ya muchas salpicaduras de sangre y encontrado pelos de asesino? ¿Alguna detective que haya llamado tu atención? Hablando de ello, por favor, recuerda que no está bien visto manchar de tus propios fluidos las escenas del crimen…

En respuesta a tu interés, te diré que no, aún no sé su nombre. Y no, tampoco he hablado con él. No todos somos tan lanzados como tú, y tampoco se me ocurre ninguna excusa con la que empezar a entablar conversación. De todos modos, las ideas y consejos serán bienvenidos. Veo que te interesa mucho mi vida social y no quiero que pierdas el sueño por mí. 

Te quiero, aunque odie reconocerlo,

Alex

 

Recibo su respuesta casi al instante.

De: Joey

Para: Alex

Asunto: OFREZCO CONSEJOS A CAMBIO DE COMIDA

Mensaje:

Voy para tu casa.

Tengo la noche libre.

Llevo cervezas y una lista de sugerencias para darle un empujón a tu vida amorosa.

Te quiero,  J.

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