Capítulo 1 – Nuestra perfecta historia de amor

Un punto de inflexión

Salgo del metro a toda prisa, corriendo sobre mis tacones. Esquivo a la gente mientras intento no perder el equilibrio, agarrando mi bolso con una mano. Afortunadamente, el pub donde he quedado con todos está a sólo unos metros de la parada de metro. Cuando entro, el local está abarrotado, pero no me lleva demasiado dar con ellos, sólo tengo que seguir los gritos y las risas. Estoy convencida de que tengo los amigos más escandalosos de toda Nueva York. Hago un eslalon, sorteando varios grupos de gente, contorsionando mi cuerpo. El “Drink or Die” es uno de los locales más populares del SoHo, y siempre está lleno. Su propietario, Julio, es uno de mis mejores amigos, así que nunca tenemos que preocuparnos por no encontrar mesa libre.

—¡Becky! ¡Ya pensábamos que no venías! —Ella es Nancy, amiga mía desde el instituto. Dulce, cariñosa, con un corazón que no le cabe en el pecho, enfermera y prometida con Bruce, al que conoció en una fiesta universitaria. Se pone en pie para darme un largo abrazo.

—Lo siento. Se ha alargado un poco… —digo, quitándome el pañuelo que llevo anudado al cuello.

—¡Cariño! ¡¿Qué te pongo?! —me grita Julio desde detrás de la barra—. ¿Sorbete de champagne o un Bloody Mary?

Hago una mueca con la boca y alzo los hombros. Él capta el mensaje y, apretando los labios, empieza a preparar mi bebida. Me desplomo en la silla y miro alrededor. Todos me miran con una mezcla de pena, comprensión y algo de vergüenza en la mirada. Todos menos Derek, que parece estar disfrutando con mi desgracia. Derek es sexy, un tipo duro, callado, muy seguro de sí mismo y normalmente va manchado de grasa. Endiabladamente atractivo… para mí y para el resto de mujeres, a las que no se puede resistir tan a menudo como a mí me hubiera gustado. Desde que lo dejamos parece algo resentido y distante conmigo.

—¿Qué te han dicho? —me pregunta Daniel, otro de mis amigos del instituto. Es guapo, inteligente, encantador y profesor. Todo un partidazo, sobre todo para Lee, su marido de origen coreano, al que conoció ejerciendo su profesión en un colegio.

—¿En cuál de las tres que he hecho hoy?

—¿Tres? Vaya…

Asiento con la cabeza, algo desanimada. Resoplo por la boca justo antes de empezar a explicarles:

—En la primera, que mañana harán más entrevistas y que ya me llamarán. En la segunda, después de casi dos horas de test psicotécnico, que está siendo un proceso de selección muy complicado pero instructivo y que ya me llamarán. Y en la última, de la que acabo de salir, que el perfil que buscan es muy concreto, y…

—Y que ya te llamarán —me corta Nicole, la última integrante de mi grupo de amigos del instituto. Mordaz, calculadora, arrolladoramente sincera, tremendamente fiel y una devoradora de hombres de manual—. Alerta spoiler: no lo harán.

La miro con la boca abierta y los ojos llenos de lágrimas pugnando por salir. No es que me duela su sinceridad porque, en el fondo, yo también lo pienso. Lo que me duele es escucharlo en voz alta. Nancy, Bruce, Lee y Daniel la fulminan con la mirada, pero ella parece ajena a ellos, bebiéndose su cerveza a morro de la botella mientras mira alrededor, seguro que buscando una posible presa.

—¡Nicole! —llama su atención Lee al final, al ver que ella no se da por aludida por sí sola.

—¿Qué? —pregunta al ver que todos la miran. Daniel le hace señas hacia mí, así que ella levanta las cejas y mueve la botella al hablar—: Oh, disculpad. ¿Preferís que le diga que seguro que la llaman?

—Sí —contesta Nancy.

—No —dice Bruce a la vez—. Pero podrías haber suavizado el golpe.

—Bienvenidos al mundo real —insiste Nicole, abriendo los brazos—. Becky, estoy segura de que vales mucho, pero, si no te han dicho nada ya, significa que no les has causado tanto impacto. Siento ser así de franca, pero prefiero decírtelo yo a que te lleves un chasco.

—Marchando un Gimlet[1]. Si podía curar el escorbuto, a saber lo que podrá hacer para mejorar la depresión causada por una infructuosa búsqueda de trabajo —dice Julio, poniendo la copa frente a mí y sentándose luego en la silla que había quedado libre.

—No, no pasa nada. No estoy deprimida… —empiezo a decir, hasta que la voz se me va apagando poco a poco.

En realidad, puede que sí esté algo… desesperada por encontrar trabajo. Siempre tuve bastante claro qué quería estudiar. Quería poder gestionar recursos humanos, conseguir que la gente fuera feliz en su trabajo y que las empresas pudieran aprovecharse de todo el potencial de sus empleados. Pensé que mis ideas encandilarían y que se pelearían por contratarme. Y, la verdad, no ha sido así. Es cierto que he conseguido algún trabajo, pero soy fiel a mis principios y en un par de ocasiones, acabé renunciando porque sólo querían una directora de recursos humanos a la vieja usanza: distante, inhumana y dispuesta a exprimir y despedir trabajadores siguiendo los deseos de alguno de los jefes. Eso no va conmigo. O, al menos, no iba conmigo. Porque tengo treinta años y sigo viviendo en casa de mi madre. Quizá empiece a ser el momento de tragarme esos principios…

Cuando vuelvo a la realidad, me doy cuenta de que sigo siendo el centro de todas las miradas.

—¡En serio! ¡No pasa nada! —digo, forzando una sonrisa para intentar quitarle dramatismo al tema—. Mañana tengo otra entrevista, y tengo la sensación de que esta vez es la definitiva.

Mi falso optimismo parece no contagiarse al resto, aunque intentan disimularlo. Derek no. Él me mira con soberbia, negando con la cabeza mientras resopla por la boca.

—¡Eso es! ¡Claro que sí! —me anima Nancy.

—Seguro que lo conseguirás —interviene Lee, posando su mano en mi antebrazo y apretando en un gesto cariñoso.

—Gracias, cielo —dice entonces Julio, acariciando el vientre del camarero mientras le mira como si le estuviera desnudando.

—Y si no, siempre puedes pedirle curro a Julio —añade Bruce, que observa la escena entre risas.

—¿Quién es ese, Julio? —le pregunta Nicole, mirando al chico de arriba abajo.

—Aleja tus garras de él, loba. Es mío y sólo obedecerá mis órdenes —dice Julio mientras mira fijamente el trasero del chico, que se aleja hacia la barra.

—Julio, aquí tienes mi tarjeta —interviene Bruce. Julio le mira frunciendo el ceño. A veces le cuesta entender el inglés, a pesar de los más de diez años que hace que llegó de Cuba, así que achaca su incomprensión al idioma. Bruce se apresura a aclarárselo—: Llámame cuando te arresten por contratar a menores. En este país es ilegal, colega.

Lee, Daniel y Derek ríen a carcajadas mientras que Nancy, como buena apaciguadora del grupo, le habla en tono conciliador:

—Julio, cielo, ¿has comprobado su edad?

—¡Por supuesto…! Más o menos… —confiesa, echando un vistazo hacia la barra, donde el chico sirve un par de copas a unas clientas con una sonrisa encantadora.

—Me suena… ¿Quieres decir que no formaba parte de la graduación del colegio de hará un par de años, Dan? —se mofa Lee, desatando las carcajadas de los demás, incluidas las mías.

—Mofaros todo lo que queráis. No me importa. Si se tercia, no perderé la oportunidad de meterle en mi cama. Y no voy a mirarle el carnet de conducir antes.

Doy un trago a mi copa, que resulta estar francamente buena. Cuando levanto la vista, me encuentro con la mirada penetrante de Derek. Me pone nerviosa, y él lo sabe, por eso abusa de ello.

—¿Así de bien están las cosas entre vosotros, eh? —me susurra Nancy al oído.

—Eso parece…

—¿Sabes que aún te quiere?

—Lo dudo. Dudo que me quisiera incluso cuando estábamos juntos. Dudo que Derek Hansen quiera a alguien más que no sea Derek Hansen.

Me llevo la copa a los labios y me bebo lo que queda de un trago, hecho que no pasa desapercibido para Julio, que levanta la mano.

—¡Colin! ¡Colin, cariño! —Y cuando él mira, aparte de dedicarle una mirada llena de perversión y de enseñarle la lengua de forma lasciva, le hace señas para que nos vuelva a servir lo mismo a todos.

—Julio, córtate un poco… A la primera oportunidad que tenga, saldrá huyendo despavorido y resbalará con tus babas —le dice Nicole.

—¿Celosa, querida?

—Julio, ¿olvidas que es martes? —interviene Daniel—. Mañana tenemos que madrugar.

—Está bien. Marchaos. Becky y yo nos quedamos a divertirnos.

—¡Oye, que yo tengo una entrevista de trabajo crucial para mi vida! —Esta vez, Derek resopla por la boca, y a mí se me acaba la paciencia—. ¡¿Tienes algún problema?!

—No —responde, mostrándome la palma de las manos.

—¡Claro que lo tienes! ¡Estoy cansada de tus miradas y gestos de desprecio! ¡Así que, como está claro que tienes un problema, te estoy brindando la oportunidad de exponerlo!

—Está bien —dice al fin, después de unos segundos en los que nos mantenemos la mirada y los demás se quedan callados, a la expectativa—. Deja de buscar el trabajo ideal y acepta un trabajo de verdad. A veces me da la sensación de que es tu excusa para eludir tus responsabilidades y seguir viviendo como una adolescente mantenida en casa de tu madre.

El resto de pares de ojos se clavan entonces en mí, como si estuvieran en un partido de tenis y me hubieran pasado la pelota.

—Serás… capullo —digo poniéndome en pie con intención de marcharme.

—Vamos, chicos… Enterrad el hacha de guerra… —nos pide Lee.

—Da igual. Se está haciendo tarde, igualmente —digo. En ese momento, el camarero adolescente apoya la bandeja sobre la mesa y empieza a dejar las copas. Antes de irme y sin dejar de fulminar a Derek con la mirada, cojo la mía y, de un largo trago, me la bebo entera—. Gracias, Julio. Chicos, nos vemos en la próxima.

—Está bien… Escríbenos mañana para contarnos.

No puedo negar que las dos copas han hecho mella en mí y, aunque intento mantener la dignidad intacta, mis observadores amigos se percatan de ello.

—¿Estás bien, Becky? —me pregunta Bruce.

No quiero darme la vuelta porque temo marearme y perder la verticalidad, así que me limito a levantar el pulgar de una mano y seguir avanzando.

El aire fresco del exterior consigue revitalizarme un poco, así que empiezo a caminar hacia la parada del metro con bastante mejor aspecto. Creo incluso que he recuperado el color de mis mejillas. Avanzo sobre el asfalto, escuchando el ruido de mis tacones sobre el cemento mezclado con el ajetreo de esta gran ciudad. Instintivamente, miro al cielo, ya oscuro. Con lo grande que es esta ciudad, tiene que haber miles de oportunidades laborales a la vuelta de la esquina, pienso, de repente mucho más animada. Así es mi vida últimamente, como una montaña rusa llena de altibajos.

Ahora quedaría muy glamuroso alzar el brazo y pedir un taxi, pero mi maltrecha economía no me lo permite, así que me tengo que conformar con volver a casa en metro. Lo cual no le hace demasiado bien a mi estómago, que se revuelve y se retuerce hasta provocarme unas horripilantes arcadas que consigo contener hasta que llego a casa. Corro desde la entrada hasta el baño que, milagrosamente, está libre a pesar de ser el único en una casa en la que convivimos cuatro mujeres: mi madre, mi hermana Robin, su hija Roxie y yo.

—¿Becky? —me llama mi madre, picando con los nudillos en la puerta—. ¿Estás bien?

—Casi —contesto, abrazada a la taza del váter.

—¿Tan mal han ido las entrevistas? —escucho a mi hermana preguntarme.

Cuando creo que ya he vomitado todo el contenido de mi estómago, desde la primera papilla, tiró de la cadena y abro el grifo del lavamanos. Mientras el agua corre, apoyada en el lavamanos, observo mi reflejo en el espejo.

—Tengo una pinta horrible… —susurro, aunque no lo suficientemente bajo como para que no me escuchen fuera.

—Eso siempre —suelta Robin, justo antes de que yo abra la puerta y me apoye en el marco con los brazos cruzados sobre el pecho.

—¿Cariño…? —Mi madre busca mi mirada, con gesto preocupado.

—No han ido bien… creo. En realidad, no me han dicho nada, pero creo que es evidente que no lo van a hacer.

—No pasa nada, cariño…

—Sí pasa, mamá. Tengo treinta años y sigo viviendo aquí… Sin ánimo de ofender —aclaro cuando me doy cuenta de que lo que he dicho puede sentarles mal a ambas—. A estas alturas, debería… tener un empleo y… vivir en mi propio apartamento. Hay algo malo en mí. Seguro. Estoy haciendo algo mal.

—Cariño, no hay nada malo en ti.

—Quizá debería… enfocarlo de diferente forma. Olvidarme de mis… ideas y…

—No —me corta Robin—. Sigue intentándolo. Yo creo en ti. Y Roxie. Y Riley, y mamá. Y sabemos que, si no eres tú misma, no eres feliz. Así que mañana, cuando entres en ese otro despacho, defiende tus ideas. —Mamá nos mira emocionada, y yo tengo que hacer un enorme esfuerzo por contener las lágrimas de nuevo. De todas formas, Robin se encarga enseguida de romper este momento tan dramático—: Y si ves que no funciona, entonces arrástrate y suplica por el puesto.

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—De acuerdo… Rebecca… Háblanos un poco de ti.

Me siento como si me estuviera jugando mi futuro frente a tres tipos sentados en unas enormes y antiguas butacas giratorias. Como en ese programa de televisión, sólo que sin pulsadores. O eso espero, porque imaginaos el espectáculo. Uno de ellos parece ser el que lleva la voz cantante, no me digáis que no está bien buscado el símil… El tipo sostiene entre las manos una carpeta que empiezo a dudar si contiene mi currículum o la edición de bolsillo de “Los Pilares de la Tierra”, porque no creo que lo primero sea tan interesante como para tirarse varios minutos leyéndolo —no es tan extenso— casi sin pestañear —ni tan interesante. Mi vida laboral se reduce a un par de años de cajera en una hamburguesería para ayudar a mi madre a pagarme la carrera y una aseguradora en la que aguanté lo que tardé en darme cuenta de que no me querían para ayudarles con mis ideas, si no para ser la cabeza visible de su plan de reestructuración, encargándome de los despidos. Estuve dos días soportando llantos, enfados, súplicas e incluso amenazas antes de renunciar. Listo. No hay más. Así que no sé qué le puede estar resultando tan fascinante.

Los otros dos parecen ir más acorde con la situación. Mientras que uno parece estar teniendo bastantes problemas para mantener los ojos abiertos, bostezos incluidos, el de más a la derecha mira por la ventana, como si soñara con huir de aquí y estar en un sitio mejor. Empiezo a empatizar con ambos, pero necesito este trabajo, así que, haciendo caso de mi madre y mi hermana, voy a exponerles todas mis ideas.

—Bueno, pues… Soy Rebecca Hunt, tengo treinta años y soy licenciada en Relaciones Laborales, estudios que complementé con un máster en Asertividad, Autoestima y Resolución de Conflictos que me ha enseñado a aportar un enfoque más humano a mi trabajo.

—¿Y eso lo ha podido poner usted en práctica en los… veintitrés meses que estuvo trabajando en una hamburguesería, o en los… doce días que estuvo en la aseguradora? —me corta, sin perturbar la expresión de su rostro. No puedo decir lo mismo de sus compañeros. El que dormía se ha despertado de golpe, y el que soñaba con huir parece estar algo más interesado en no hacerlo. Me alegro de haberle alegrado un poquito la mañana.

Mi cabeza funciona a mil por hora, imaginando respuestas sin control. Unas son inteligentes y mordaces, otras se limitan a soltar palabras malsonantes sin orden ni concierto. Por suerte, nací con un semi filtro que me ha salvado la vida en varias ocasiones: mi boca. Y digo semi, porque no siempre está dispuesta a echarme una mano, y a veces no se ha mantenido todo lo cerrada que debería. Esta vez, parece estar por la labor de colaborar.

—Bueno… Quizá no he podido ponerlo en práctica aún, ya que no he tenido la oportunidad de ponerlo en práctica… —contesto en un tono dubitativo e inseguro nada propio de mí, que intento enterrar lo antes posible—. Aunque le puedo asegurar que durante mis turnos en la hamburguesería, ayudé tanto a crear un estupendo ambiente laboral que se servían las comidas más felices de la historia de ese restaurante[2].

Mi especie de broma no parece hacerle ni pizca de gracia al tipo impertérrito, aunque los otros dos parecen estar algo más receptivos conmigo. No sé si eso juega demasiado en mi favor, pero siempre he sido optimista.

—Creo que la gente entiende de forma incorrecta el concepto “recursos humanos” —me apresuro a decir para intentar deshacer el extraño clímax que se había instalado en la habitación—. Creo que existe la idea errónea de que los humanos deben ser usados como recursos, como meros y simples peones en una hipotética cadena de montaje, reemplazables con total impunidad, sin atender a sus necesidades. Es como si fueran… necesarios sin necesidades. Yo creo en asignar el humano indicado a cada recurso, en… humanizar los recursos. Se pueden evitar despidos, se puede mejorar la productividad, se puede… humanizar el trabajo. Créanme, que un trabajador entre por la puerta con una sonrisa en la cara, les hace ganar dinero.

—¿Y por qué debería creer en su método y no en el de los otros candidatos que hemos entrevistado? —me pregunta después de mirarme en silencio durante varios segundos. Me muerdo el interior de la mejilla mientras en mi cabeza se libra una lucha interna a cuchillo. Mi cabeza quiere dar su respuesta, animada por mi corazón, que late como si le estuviera jaleando, mientras que mi boca se está viendo desbordada y en serios problemas para contenerlo todo—. Tengo cerca de doscientos currículums de gente que quiere trabajar aquí, la mayoría, por no decir el cien por cien, con mucha más experiencia que la suya. ¿Por qué la tengo que elegir a usted?

—Porque he conseguido despertar su curiosidad —me decido a contestar. Mi intención no es sólo referirme a mi interlocutor, si no sobre todo a sus dos socios, apostados a ambos lados de él, que al llegar yo parecían estar deseando estar en otro sitio antes que aquí dentro, justo como muchos trabajadores descontentos y poco motivados—. Porque cuando empezó la entrevista, usted parecía demasiado cansado como para prestarme atención, usted parecía estar deseando salir de aquí y usted… usted podría haber cancelado la entrevista al leer mi currículum, sin más, pero no lo hizo.

Los tres me miran fijamente. A mí me tiemblan las piernas, pero creo que estoy consiguiendo aparentar una inusitada serenidad, bastante impropia en mí, ya que soy de carácter nervioso e impulsivo. Si ahora mismo me pidieran salir por la puerta, creo que, simplemente, no conseguiría tenerme en pie. Y entonces, cuando estaba a punto de seguir el consejo de Robin y suplicar por el puesto, veo cómo se empieza a dibujar una sonrisa en la cara del tipo del medio, gesto que se contagia a los otros dos al verle, como si él les hubiera dado permiso. También le imitan cuando este se pone en pie y, sin dejar de sonreír con aires de superioridad, dejando caer la carpeta sobre el escritorio.

—Venga mañana. A las ocho. Pregunte por Mary Anne. Ella la ayudará a instalarse y le facilitará todo lo que necesite.

—¿En serio? ¿Sí? —les pregunto, aunque intento mantenerme serena y no hacer demasiado el ridículo—. Gracias, señor Sherman. Muchas gracias.

Después de darles las gracias repetidas veces y de hacer unas cuantas reverencias, camino por los pasillos haciendo gala de una serenidad asombrosa… al menos hasta que llego al parking y, justo al lado del coche de mi madre, que me ha prestado para poder venir, grito y salto de alegría con los brazos en alto. Incluso me permito el lujo de hacer una especie de baile desgarbado.

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—Recuerda, córtate un poco —me dice mi hermana mayor Riley, a la que veo a través de la pantalla de mi teléfono—. No intentes caer bien siendo súper mega simpática, porque quedará falso y forzado. Nadie es tan simpático. Nunca. Y menos una jefa de recursos humanos.

—Porque tenéis un concepto equivocado de lo que es una jefa de personal… y yo voy a…

—Ya, ya, ya. Vas a cambiar eso. Lo sabemos. Pero, ya sabes, poco a poco, Becky.

—Sé menos… intensa —me aconseja mi hermana mediana, Robin, metiéndose en la conversación mientras se dedica a cortar judías.

Mi madre se limita a mirarme de reojo, aunque en sus ojos puedo leer los mismos consejos, los mismos miedos. Y es que en casa, desde que mi padre murió cuando éramos muy pequeñas —Riley tenía ocho años, Robin seis y yo tres—, el dinero nunca ha sobrado. Mi madre tenía dos trabajos entre semana, limpiando casas y los fines de semana trabajaba de cajera en un hipermercado. Todo para que no nos faltara de nada, ni ropa, ni comida, ni educación, aunque cruzando los dedos para que no cayéramos enfermas, porque sería incapaz de pagar las facturas médicas. Así, en cuanto todas tuvimos edad para trabajar, lo hicimos. Ni Riley ni Robin fueron a la universidad, aunque por decisión propia. Riley encontró un buen trabajo pronto en el que ha ido ascendiendo hasta ahora. Está casada con Greg, un tipo estupendo, aunque no han tenido hijos. Robin se matriculó en magisterio, pero ese verano se quedó embarazada y ni siquiera pudo empezar las clases. El “dueño del espermatozoide que la embarazó”, porque no tenemos la menor intención de describirle como padre de Roxie, se desentendió de ellas, así que todas aunamos fuerzas para que a su hija no le faltara de nada. Ahora ella trabaja como secretaria de un tipo bastante desagradable y con la mano algo larga, pero le paga bien.

—Estoy muy feliz por ti, cariño —me dice mi madre, estrechándome entre sus brazos.

—Quiero que sepas que voy a aportar dinero a casa, y…

—Tranquila —me corta, poniendo un dedo sobre mis labios, sonriendo con cariño—. Empieza a ahorrar para ver si puedes cumplir poco a poco tus sueños.

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Me está costando conciliar el sueño, así que decido darles la noticia a mis amigos.

Yo: ¡Chicos, tengo trabajo!

Nancy: Sabía que lo conseguirías, cielo. Bruce te da la enhorabuena también. Está en la ducha.

Yo: Gracias, Nancy. Estoy muy contenta. Dale las gracias también a Bruce.

Julio: ¿Bruce en la ducha? ¿Está muy mojado?

Nancy: ¡Julio! ¡Para! ¡Es hetero y mío! Además, no es lo que interesa ahora. ¡Que Becky tiene trabajo!

Julio: Querida, un pene me interesa siempre, pero tienes razón en algo: ¡Becky, cielo! ¡Enhorabuena! Mi Gimlet obró el milagro, seguro.

Yo: Tu Gimlet me hizo vomitar.

Julio: Te depuró, y gratis. ¿Qué más quieres?

Yo: Jajaja. Gracias, Julio.

Nicole: ¿Alguien ha hablado de penes…? ¡Becky, genial! ¡A por todas! ¡Déjales pasmados! Recuerda: si hay algún espécimen de mi agrado, avísame y te haré una visita de cortesía.

Yo: Gracias, Nicole. Pero me voy a centrar en mi trabajo y a… dejar de lado… otros temas.

Nicole: Exacto. Déjalos de lado pero antes échales un ojo y me los mandas.

Daniel: ¡Esa es mi chica! ¡Qué bien, Becks! ¡Nos alegramos mucho!

Lee: ¡Esto tenemos que celebrarlo, Becky!

Yo: Gracias, chicos. Por supuesto. Hablamos cuando me asiente un poquito y quedamos para vernos.

Derek: Enhorabuena.

Yo: Gracias.

Derek sigue resentido, aunque más debería estarlo yo. Que le dirija la palabra es un logro teniendo en cuenta los dos años que supe que me había estado engañando.

Julio: Dios mío, la tensión sexual se puede notar incluso a través del teléfono. Follad ya de nuevo.

Daniel: Estás enfermo, Julio.

Bruce: ¿Quién quería ver mi pene?

Así son el cien por cien de nuestras conversaciones. Por muy serio que sea el tema, siempre acabamos igual: diciendo tonterías, metiéndonos los unos con los otros y hablando de sexo.

Yo: Bueno, chicos… Voy a ver si duermo un poco. Deseadme suerte.

Nancy: No la necesitas. Les vas a encantar.

Julio: ¡A por ellos!

Daniel: Te queremos.

Dejo el teléfono en la mesita de noche, a mi lado y dejo la vista fija en el techo. No puedo dejar de sonreír, realmente ilusionada, consciente de que puede ser un gran punto de inflexión en mi vida.


[1] Cóctel generalmente compuesto de 2 partes de ginebra y 1 parte de jugo de lima

[2] En referencia a los menús Happy Meal de una conocida cadena de comida rápida

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