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Te quiero a tú – Capítulo 1

Aries con ascendente capricornio

—Vamos allá… —me digo a mí misma justo después de recogerme el pelo con uno de mis lápices. Muevo los dedos sobre el teclado, como un pianista a punto de empezar un recital—. Acuario…

—¡Hola! —me interrumpe Kim justo en el momento en que mis dedos empezaban a aporrear el teclado—. ¿Copas esta noche?

—¿Cuál es el plan?

—Copas. Esta noche. No tengo planeado nada más a partir de ahí… —contesta, como si no entendiera mi pregunta.

Cuando se pone seria, se le pone una cara de borde que es capaz de amedrentar a cualquiera. Sus ojos achinados, herencia de sus antepasados asiáticos, y su piel morena, completan esa pose de general vietnamita tan temida entre todos en la redacción, y que tanto pone al género masculino.

—No sé… Puede que me quede en casa esta vez.

—¿Por qué?  —insiste con expresión muy seria.

—Porque estoy cansada, y me apetece quedarme en casa viendo una peli…

—¿Un jueves?

—Kim, aunque a ti te parezca algo fuera de lo común, la gente suele hacer vida hogareña…

—Sí, los octogenarios, que no son conscientes del poco tiempo que les queda en la Tierra y lo malgastan…

La miro entornando los ojos, gesto al que ella responde encogiéndose de hombros al tiempo que levanta las cejas.

—¿Qué?

—Nada.

—Si te lo piensas mejor, llámame —dice poniéndose en pie.

Al tiempo que se aleja, varias cabezas se giran para admirar su retaguardia. Pongo los ojos en blanco y justo cuando me disponía a escribir de nuevo, escucho su voz otra vez.

—¡Ponme algo bonito en el de mañana…!

Le saco la lengua de forma infantil mientras repito sus palabras con tono de burla. Estoy hasta el gorro de jugar a ser pitonisa e inventarme el futuro de los lectores del periódico. Al principio, me lo tomé como un puesto de gran responsabilidad porque, según palabras de mi redactor jefe:

—Se trata de interpretar el devenir de una persona a partir de la interpretación de la posición relativa de los planetas del sistema solar y de los signos del zodíaco en el momento de su nacimiento.

Dicho así, sonaba importante. Seis meses después, cuando recordé que yo había estudiado periodismo y no cartomancia con un máster en astrología, cuando me di cuenta de que actualmente poca gente creía que su futuro venía escrito en las estrellas desde el día que nacieron, empecé a perder el interés. Al fin y al cabo, no me había tirado cuatro años de mi vida en la universidad para acabar escribiendo el horóscopo en un periódico. Dos años después, sigo sin perder la esperanza de que Doug se dé cuenta de que valgo mucho más que para escribir estas memeces. Es un trabajo muy digno, no lo niego, pero no está hecho para mí. Cuando de pequeña soñaba con ser periodista, me imaginaba siendo corresponsal en la otra punta del mundo, cuando la realidad es que el viaje más largo que he hecho por motivos de trabajo fue al zoo de Central Park la vez que tuve que sustituir a Adam en un reportaje acerca del nacimiento de un Lémur. Apasionante.

—¿Qué nos depara el futuro a los Acuario? —me pregunta Faith, la única mujer que se atreve a pelearse con los hombres en la sección de deportes, sentándose en el filo de mi mesa—. Te recuerdo que esta tarde he quedado para correr con aquel tipo que conocí en Central Park…

—¿Qué te parece…? “Vientos de cambio en el plano amoroso, el entorno se renueva, y se producirán encuentros importantes. El ámbito profesional sufrirá contrastes. Analiza tus potenciales, verás que cuentas con muchas cualidades y valores que te harán llegar a tus metas. Afinidad con: Sagitario. Ojo con: Cáncer”

—¡Qué facilidad tienes para no decir nada de nada y que aun así parezca creíble!

—Son dos años haciendo lo mismo ya… De hecho, creo que esta misma predicción se la endosé a Piscis hace unas semanas y a Virgo hace unos meses…

—Aun así, cruzo los dedos para que Charlie sea Sagitario.

—Y si no lo es, da igual. No me hagas ni caso… —resoplo resignada.

—¿Y qué te depara a ti tu futuro?

—Veamos… “Trata de no tener expectativas para hoy. Si no te ilusionas, nunca sentirás decepción. Te resultará más fácil seguir el flujo, y las curvas del camino no te desconcertarán. La energía astral en juego hoy te pide que tengas intimidad con pocas personas. Afinidad con: Ningún signo. Ojo con: Todos los signos”.

—¿Tan mal?

—Estoy de escribir el horóscopo hasta… hasta…

—Me hago una idea de hasta dónde estás, créeme.

—¡Llevo dos puñeteros años haciendo esta mierda y…! ¡Para esto no necesitan a una periodista, necesitan a alguien con imaginación y ganas de joder al prójimo con sus predicciones falsas!

—Algo de verdad tiene que haber cuando hay tantos programas de tarot y la gente cree en ellos…

—¡No me lleves la contraria! —la amenazo con un dedo.

—Vale, vale… Perdón… ¿Has hablado con Doug?

—No… Llevo haciendo esto que aborrezco durante todo este tiempo porque soy masoquista… ¡Pues claro que he hablado con Doug! ¡No soy idiota!

—¿Y qué te ha dicho…?

—Que soy muy valiosa para el periódico, que no todo el mundo lo puede hacer, que él también ve mucho potencial en mí, pero ningún puesto a la altura, que no me quiere perder por nada en el mundo porque soy insustituible…

—Eso es verdad.

—¿El qué? ¿Que soy insustituible?

—Que poca gente es capaz de destrozar el futuro próximo de la gente con tanta gracia y delicadeza.

La miro entornando los ojos, justo antes de girarme de nuevo hacia mi pantalla y empezar a borrar el pronóstico favorable que había escrito y cambiarlo por otro, que leo mientras mis dedos cometen la fechoría.

—“Más te vale convertirte en ermitaña, porque no te vas a comer un rosco. Atención Sagitario Maratón, corre como el viento para huir de ella. Afinidad con: El insensato que quiera aguantarte. Ojo con: Tu ex amiga Aries cabreada”.

—Lo dicho, nadie como tú para este trabajo. Has acertado en todo con tu horóscopo, porque no hay Dios que te aguante. Hasta más ver, hermana —dice caminando de espaldas, levantando la palma de la mano para decirme adiós sin mirarme.

En ese preciso instante, decido no dejar títere con cabeza y vengarme a mi manera, augurando penurias y calamidades para todo el mundo sin excepción.

—¡Joderos, pedazo de infelices…!

Qué triste soy…

≈≈≈

Está lloviendo a cántaros y voy cargada con las bolsas de la compra. No quiero dejarlas en el suelo mientras busco las llaves dentro de mi bolso, así que agarro con los dientes las asas de una de las bolsas mientras lo hago. Justo cuando la mandíbula se me está empezando a desencajar, consigo encontrarlas y abro.

—¡Hola, cariño! —me saluda la portera, asomando la cabeza por encima de su revista del corazón.

—Hola, señora Martínez —contesto resoplando mientras me dirijo al ascensor.

—No funciona.

—¡Joder! Me cago en mi mala suerte…

—¿Mal día?

—Peor —contesto mientras empiezo a subir los primeros escalones.

—¿Mañana cómo nos va a ir a los Cáncer?

—Mal —contesto casi sin pensar.

—¡Virgen santa! —dice mientras se santigua con una mano.

—Señora Martínez, me lo invento… —resoplo, muy cansada, tanto por lo pesado que me ha resultado el día como por la cantidad de veces que le he advertido de lo mismo.

—Pues algo tienes que tener de pitonisa.

—Se lo repito… Lo de los juanetes fue pura suerte…

—¡No! Escribiste que me levantaría con mal pie y me salió un juanete enorme.

—De acuerdo… —contesto dándome por vencida.

Nota mental: si no quiero matar a la portera de mi edificio en un corto espacio de tiempo, pronosticar unos cuantos días de bonanza para los Cáncer…

Entro en casa y aún no he dejado las bolsas en el mármol de la cocina que empieza a sonarme el móvil. Me doy toda la prisa que puedo, pero las asas de plástico parecen haberse fundido en mi piel, dejando una marca en mis dedos digna de haber acabado en una amputación en toda regla. Me los froto para intentar devolver la circulación de la sangre mientras me acerco al bolso y rebusco en él para encontrar mi teléfono.

—Kim.

—¿Te lo has pensado mejor? Salgo de casa en una hora…

—Acabo de llegar del supermercado. Está lloviendo y no llevaba paraguas. Ahora mismo iba a guardar la compra y a pegarme una ducha calentita…

—¿Es eso un no?

—Diviértete, Kim.

—Tú te lo pierdes…

—Si te cruzas con alguno aprovechable, mándamelo para casa.

—Si me cruzo con alguno aprovechable, lo mando para mi cama.

—No sé por qué, pero te creo —digo mientras la escucho hablar con otra persona, cuya voz creo reconocer—. De parte de Faith, que Charlie era Capricornio, pero de los buenos…

Sin poderlo evitar, estallo en carcajadas, al tiempo que ellas también lo hacen.

—Sois idiotas… —digo cuando me calmo.

—Pero nos quieres.

—Ese es mi problema.

—Si te lo piensas mejor, estamos en el Paradise. Literalmente, Ashley.

Antes de que se cuelgue la llamada, las vuelvo a escuchar reír. La verdad es que siempre que salgo con ellas me lo paso bien, pero hoy estoy tan deprimida que podría contagiar y provocar que todo el mundo acabe medicado.

Así pues, siguiendo mis planes iniciales, después de guardar la compra, lleno la bañera, pongo unas sales de baño, enciendo unas cuantas velas y me sumerjo en el agua caliente con un libro a mano. De fondo, la voz de Nina Simone me acompaña, cantándome “Here comes the sun”, como si ella también intentara animarme. De forma milagrosa, quizá gracias a la canción, puede que debido a los vapores del agua caliente o a la historia de amor que estoy leyendo, la sonrisa empieza a instalarse de nuevo en mi cara. Poco a poco, mi mala leche se va esfumando, hasta que mi teléfono vuelve a sonar a lo lejos. No dejo de sonreír a pesar de que me haya cortado el rollo, a pesar de tener que salir a toda prisa, tapándome con una enorme y esponjosa toalla blanca.

—Que no os haya llamado, ¿no os da alguna pista de mis intenciones? No, no pienso salir esta noche, así que tiraros a quién os dé la gana y mañana me lo contáis… So perras.

—¿Ashley…?

Al escuchar una voz masculina al otro lado de la línea, separo el teléfono de mi oreja y compruebo que, tal y como empiezo a sospechar, no son Kim y Faith las que me llaman, sino Doug.

—Eh… Hola… —digo entonces, dejando escapar una especie de risa nerviosa y algo tétrica—. Lo… Lo siento… Pensaba que… No sabía que…

—Tranquila. Doy por hecho que la so perra no soy yo. O al menos eso espero…

—No… —río—. Para nada… Seguro que no…

Mi voz se va apagando por segundos, hasta que decido que calladita estoy más mona.

—¿Mañana podrías venir a verme a primera hora de la mañana?

Aprieto los labios y cierro los ojos al tiempo que empiezo a maldecirme a mí misma por mi mala suerte. Al final va a resultar que tengo un don natural para predecir el futuro.

—¿A primera hora? —pregunto, más por llenar el silencio que se ha formado que porque no me haya quedado claro que a partir de mañana tendré que buscarme un nuevo empleo.

—Sí.

—Eh… Sí… Claro…

—Perfecto, entonces. Hasta mañana.

Y antes de que pueda despedirme, cuelga la llamada. Estoy perdida. Mañana tendré que volver a pelearme por un puesto de trabajo. Vuelta a los procesos de selección interminables, a pelearme por trabajos en los que te piden una experiencia laboral mínima de diez años a cambio de un sueldo que a duras penas me dará para alimentarme… Una especie de sudor frío recorre mi espalda, y miles de imágenes se suceden ante mis ojos… Yendo de entrevista en entrevista, quedándome sin dinero para pagar el alquiler… Volviendo a Rocheport, Missouri… Trabajando de camarera en una de las cafeterías del pueblo… ¿Quién me iba a decir a mí que iba a llegar un día en el que llegaría a echar de menos el horóscopo?

≈≈≈

—¡Buenos días, preciosa!

—Hola, Sra. Martínez…

—¿Dónde vas tan elegante?

—A buscar el finiquito… —murmuro.

—¡No puedes estar hablando en serio!

Mierda… Olvidaba su finísimo oído, cultivado a base de años escuchando todas las conversaciones de los vecinos del edificio.

—No lo sé con seguridad, ¿pero por qué me iba a citar mi jefe a primera hora de la mañana?

—¡Mujer, me habías asustado! Puede haberte llamado para darte un aumento, o para darte ese puesto que quieres en la sección de viajes, o para la sección de cocina… No, en esa no —se contesta a sí misma enseguida—. Viendo tu cesta de la compra, sería un suicidio culinario.

—Gracias por los ánimos, supongo…

—¡Ya verás como no es para tanto! Y si al final te hacen escribir recetas de cocina, yo te puedo echar un cable…

—Ajá… —contesto con la mirada perdida mientras camino hacia la puerta.

—¡Ya me contarás…! —oigo que insiste mientras la pesada puerta se cierra a mi espalda.

Miro al cielo, el cual, queriéndome dar aún más la razón, está gris y encapotado, amenazando con descargar la tormenta del siglo. Así pues, me subo el cuello de la gabardina y aligero el paso todo lo que mis tacones me permiten. Una vez dentro de la estación de metro, me siento en uno de los bancos del andén y saco el libro del bolso para volverme a sumergir en la historia de amor de Will y Louisa. Consiguen que me olvide de todo, al menos hasta que entro en el vagón, me siento y veo que el tipo de mi lado sostiene un periódico entre las manos. Por el rabillo del ojo compruebo que es el Daily Post, en el que trabajo, o al menos trabajaba hasta ayer, y me descubro invadida por un sentimiento de desazón.

—Menuda mierda… —se queja el tipo, moviendo la cabeza de un lado a otro.

Estiro el cuello para intentar comprobar qué sección está leyendo, hasta que me pilla y sonrío de forma inocente.

—¿Cómo está el mundo, eh…? —digo para disimular.

—Pues sí, y encima, parece que me espera una temporada complicada en los negocios…

—¿Tan mal la Bolsa?

—Ojalá fuera solo eso —contesta enseñándome la página que estaba leyendo, el horóscopo.

—No me lo diga… Es usted Virgo.

—¿Cómo lo sabe?

—Soy muy intuitiva. Pero no se preocupe, porque creo que vendrán tiempos mejores… —Sobre todo cuando me echen y sea otra becaria con mejor corazón que el mío quién se los invente—. Tenga fe.

Poco después, ya en la calle de nuevo, me veo obligada a correr para que las gotas de lluvia que empiezan a caer no empapen mi estudiado vestuario. Subo hasta la última planta y camino hacia el despacho de Doug como un alma en pena. Llamo a la puerta débilmente y entro arrastrando los pies. Al menos hasta que…

—¿Te encuentras mal?

—Eh… No lo sé…

—Es que tienes mala cara…

—Pues no sé…

—Si no te encuentras bien, podemos hablar en otro momento…

—Doug, por favor, si vas a echarme, hazlo ya. Rápido y directo. Podré soportarlo y prometo que no te montaré ningún drama.

—¿Echarte? Espera… ¿Has hecho algo por lo que tenga que echarte?

—Eh… No… Creo que no…

—Entonces, ¿por qué debería hacerlo?

—No sé… ¿Para qué si no ibas a querer verme a primera hora de la mañana?

—Para proponerte un reportaje… Queremos enviar a alguien a África para hacer un reportaje sobre las labores humanitarias en un campo de refugiados… ¿No querías que te tuviera en cuenta para…?

—¿Reportaje? ¿En África? ¿Yo?

—Eh… Sí…

Y entonces, el labio inferior empieza a temblar y los ojos se me humedecen. Cinco segundos después, intento hacerme entender entre sollozos y aspavientos. La cara de Doug pasa de la sorpresa al terror más absoluto en cuestión de segundos, así que, sin dejar de balbucear frases ininteligibles para nadie excepto yo misma, rebusco en el bolso hasta dar con un paquete de pañuelos de papel.

—Perdón… —consigo articular varios minutos después.

—¿Mejor…? —me pregunta con tiento.

—Sí… Es que ya me veía ordeñando vacas en Missouri y… —empiezo a decir, secándome las lágrimas con el pañuelo, hasta que veo su expresión aturdida—. Es igual. ¿Cuándo me marcho?

—Aún no te he contado todos los pormenores…

—Me dan igual. Acepto.

—Ni el sueldo…

—Me da igual. Acepto.

—Ni la duración…

—Me da igual. Acepto.

—De acuerdo, entonces —afirma con una enorme sonrisa en la cara, sacando una carpeta con un montón de papeles dentro—. El puesto es tuyo. Te explico…

≈≈≈

—¿A África? ¿África, el continente?

—¡Sí!

—¿Durante un mes entero?

—¡Sí!

—¿En Mali, África?

—¡Que sí!

—¿Y tú sola escribes el reportaje?

—¡Sí, sí, sí! ¡¿Os lo podéis creer?! ¡Y yo que pensaba que me iba a echar!

Kim y Faith me abrazan al tiempo que damos pequeños saltitos como unas auténticas adolescentes de serie de los noventa.

—¡Esto tenemos que celebrarlo por todo lo alto! ¡Tres chupitos de tequila! —le grita Faith con entusiasmo al camarero.

Nos los bebemos de un trago y enseguida levanta tres dedos de la mano para pedir otra ronda.

—Y cuenta, ¿cuándo te vas? —me pregunta Kim.

—La semana que viene. Doug me ha dado los próximos días libres para que vaya a ponerme las vacunas, me estudie toda la documentación que me ha dado, compre algunas cosas que pueda necesitar…

—¡Es la gran oportunidad que esperabas! —interviene Faith, tendiéndonos los vasos de chupito.

—Lo sé… Doug no me ha prometido nada en firme, pero dice que, si sale bien este reportaje, surgirán otros y yo tendría todos los números para encargarme…

—Guau… Mali… ¿Y no tienes nada de miedo?

—¿Miedo? ¿De qué?

—No sé… Es un gran cambio…

—Estaré hospedada en un hotel de la capital. Un hotel de lujo… con piscina, spa y esas cosas… No es que me vayan a dejar tirada en mitad del desierto…

—¿Ah no?

—El reportaje no es acerca de los hoteles de lujo en Bamako, sino de las labores humanitarias en una zona rural del país, ¿no?

—Ya… Bueno… Pero digo yo que por la noche podré reponerme de todo eso mientras me dejo masajear la espalda… No le voy a hacer un feo a Doug… Tengo que hacer uso de las instalaciones del hotel que me han buscado, ¿no?

Las tres reímos a carcajadas mientras damos cuenta del tequila. Sin saber cómo, pocos segundos después tengo otro vaso lleno entre los dedos y luego otro más.

—¿Y cómo es ese tío al que tienes que seguir?

—Ni idea… Es un médico…

—Oh, Dios mío… ¿Un tipo mitad médico, mitad Madre Teresa de Calcuta?

—No sé… Supongo… —contesto mientras se me escapa la risa.

—Un Robert Redford en Memorias de África…

—Ya… Seguro… —digo.

—Atenta… “Desearás redescubrirte, abrir nuevos caminos y vivir novedosas experiencias, también exigirás algo similar de quien comparte tus sentimientos. Todo esto dará lugar a relaciones estimulantes y enriquecedoras. La clave está en que ahora necesitarás nuevos estímulos que pueden ser intelectuales, espirituales o sexuales, pero alguien a tu lado con quien poder vibrar y efectuar una revolución conjunta”.

—¿Moraleja? —interviene Faith—. Tírate al médico samaritano.

—No voy en busca de una relación amorosa. Voy por trabajo —digo con toda la dignidad y credibilidad que cinco chupitos de tequila me pueden dar.

—Tampoco vas a darte masajes, pero si está ahí y se tercia…

≈≈≈

Ocho días después, habiendo soportado veinticinco horas de vuelo con una escala en Casablanca, pongo los pies en el aeropuerto de Bamako. En ese preciso instante la camisa se me pega al cuerpo y el pelo a mi frente. Empiezo a pensar que el vestuario que he elegido quizá no sea el más apropiado para el clima africano. La americana me da un aire de persona seria, pero resulta una tortura llevarla estando a casi cuarenta grados. Arrastrando la maleta, que parece pesar una tonelada, salgo al exterior del edificio y miro a un lado y a otro en busca de alguien con pinta de haber venido a recogerme. Muchos son los que me miran, pero ninguno se acerca. Supongo que no debe de ser muy habitual ver a una mujer rubia y blanca como la leche sola en la calle.

Doug me dijo que intentaría que alguien viniera a recogerme, y tenía esperanzas de que fuera el médico en cuya sombra me voy a convertir, para ir conociéndonos un poco más, no porque durante estos días me haya hecho ilusiones de que sea una mezcla de Hugh Jackman y Brad Pitt. No… Para nada… Pero, a menos que sea alguno de estos tipos que me miran con los ojos muy abiertos, apoyados en sus coches, me parece que me voy a tener que buscar la vida. Así pues, me acerco a uno de los tipos que me miran con la boca abierta y, vocalizando mucho y hablando lo más lento que puedo, digo:

—Hola. ¿Me puede llevar a esta dirección? —digo enseñándole el papel donde tengo apuntada la dirección exacta del hotel donde me hospedo.

El tipo mira el papel durante un rato que se me hace eterno. Empiezo a dudar que esté bien escrito, pero entonces levanta la vista hacia mí y no se me ocurre otra cosa que hacer que sonreír y enseñarle mi monedero. Parece que eso surte el efecto que quería, porque enseguida me abre la puerta trasera del coche y prácticamente me empuja dentro. Si no es porque se pasa todo el trayecto mirándome a través del espejo interior y sonriéndome, pensaría que más que un taxista es un secuestrador. Aun así, no me quedo tranquila hasta que una hora después, detiene el coche y señala hacia la fachada de un edificio. Resoplo aún más aliviada cuando, al mirar por la ventanilla, leo el nombre del que será mi hotel durante el próximo mes.

—¿Cuánto le debo? —le pregunto, intentando buscar el taxímetro, sin éxito.

Saco un par de billetes y entonces el tipo mueve las manos, pidiéndome más. Frunzo el ceño, pero tampoco controlo aún mucho el tema del cambio de divisa, así que le tiendo uno y luego un segundo. Cuando sonríe satisfecho, me apeo del coche y entonces mi maleta aterriza a mi lado de cualquier manera. Me doy la vuelta para despedirme, pero solo veo el maletero del coche y escucho el chirriar de las ruedas.

Una vez dentro del hotel, agradecida por el aire acondicionado, me acerco al mostrador de recepción, desde el que una risueña recepcionista que me recibe con un perfecto inglés. Gracias a Dios, porque el francés me parece un idioma muy romántico, pero estoy a años luz de hablarlo… A pesar de haberme descargado una aplicación para el móvil y haber estado practicando un poco antes de salir de casa.

—Bienvenida al Hotel Madison Bamako. ¿En qué puedo ayudarla?

—Hola. Soy Ashley Clark. Tengo una reserva aquí…

—Sí. Aquí está. Esta es la llave de su habitación. Permítame que llame a alguien que le lleve sus maletas y la acompañe. Le informo de que las instalaciones del spa están a su entera disposición…

—Muchísimas gracias —le respondo—. ¿Ha venido alguien preguntando por mí…?

—Eh… Me parece que no…

—Un médico americano… El doctor Morgan…

—No —contesta mirando la pantalla de su ordenador, justo antes de volver a levantar la cabeza y sonreírme abiertamente.

—Está bien.

—La avisaremos si viene…

—Genial.

≈≈≈

A la mañana siguiente, a las ocho en punto, tal y como me indicó Doug, enfundada en mi estudiado vestuario al más puro estilo Coronel Tapioca, con una enorme y pesada mochila a la espalda, me planto en el exterior del hotel, esperando a que aparezca el doctor Morgan.

A las ocho y media, llevo un rato cambiando el peso del cuerpo de una pierna a otra.

A las nueve, me siento en el borde de uno de los enormes maceteros de la entrada.

A las nueve y media empieza a apretar el calor y decido esperarle en el hall del hotel, al amparo del aire acondicionado.

A las diez llevo un rato haciéndome pis, así que me acerco a la recepcionista, la misma chica de ayer, y le pido que, si viene alguien a buscarme, le pida que se espere unos minutos.

A las once salgo al exterior, por si acaso estuviera esperándome fuera, dentro de algún coche, y enseguida me veo rodeada por una multitud de niños que, mostrándome las palmas de sus manos, me zarandean hablándome en francés. Me limito a sonreír y, asustada, aunque sin querer demostrarlo abiertamente, me vuelvo al interior del hotel, donde los porteros les impiden entrar.

Cerca de la una, decido comer en el restaurante del hotel, haciendo caso de los consejos de las miles de páginas webs y foros de viajes que he consultado durante estos días. Así pues, evito la lechuga, por si la han lavado con agua corriente del grifo, y los alimentos crudos en general, además de los mariscos, no vaya a ser que me provoquen diarrea en mi segundo día en el país.

A las cinco, me descubro buscando el horóscopo en un periódico local, y entonces me doy cuenta de que ya no vendrá a buscarme nadie.

—¿Quiere que la avise si viene alguien…? —me pregunta el recepcionista del turno de tarde.

—Eh… Sí, sí, claro…

—¿Puedo sugerirle un baño en nuestras piscinas de aguas termales?

Giro sobre mis talones y le observo frunciendo el ceño. Al rato, se me dibuja una sonrisa de complicidad y asiento con la cabeza.

≈≈≈

Mientras las firmes manos de Malick masajean mi espalda, me mando mensajes con Kim y Faith.

“¿Cómo que no se ha presentado?”

“Lo que oís… (O leéis, mejor dicho). Ayer no tuvo ni el detalle de venir a recogerme al aeropuerto y hoy no ha venido a recogerme…”

“¿Y cómo llegaste al hotel?”

“¿Por quién me habéis tomado? Soy una mujer de recursos y me hice entender con un taxista muy amable que me trajo”

“¿Y sabe Doug que te ha dejado tirada?”

“Le envié un correo electrónico antes, y me contestó que se iba a poner en contacto con los de la ONG para ver qué había podido pasar. Quedó en avisarme cuando supiera algo, pero tampoco estoy muy preocupada… Ahora mismo, estoy en manos de Malick, que me está dando un masaje relajante”

En cuanto envío el mensaje, miro de reojo al masajista que, como es habitual en todo el mundo, me sonríe al sentirse observado.

“¡Perra suertuda!”

“¿Está bueno?”

“No me he fijado, por Dios… Siempre estáis pensando en lo mismo…”

“Ya. Claro”

“Está buenísimo, ¿verdad?”

“Fijo que sí”

Los mensajes se suceden uno detrás de otro, sin darme opción a contestarles.

“Vamos… Que mucho no te ha afectado el desplante del doctor… ¿Cómo se llamaba?”

“Max Morgan. Doctor Max Morgan. O lo que es lo mismo, el impresentable Morgan”

≈≈≈

A la mañana siguiente, repito el ritual del día anterior, solo que esta vez, solicito los servicios de Malick mucho antes.

—Le aviso si alguien viene preguntando por usted… —me dice la recepcionista sonriente.

Por la noche, mientras ceno en mi habitación, le escribo otro correo electrónico a Doug para informarle de que, por segundo día, sigo esperando al tal Morgan. Él me contesta al poco rato, informándome que ya ha avisado a la ONG y que ellos le han dicho que se iban a poner en contacto con el médico. Que le habían pedido disculpas, pero que debíamos entender que las comunicaciones son algo precarias. Salgo al balcón, apoyando las manos en la barandilla mientras admiro las vistas de la ciudad desde mi habitación. El río Níger se extiende a mis pies, y se escuchan de fondo los cláxones de los coches. Hasta ahora, no me ha parecido que Mali sea uno de los países más pobres del mundo, aunque tampoco he salido mucho del hotel… Quizá mañana, si el impresentable vuelve a no presentarse, debería salir a dar una vuelta por la ciudad.

4 Comentarios

  1. Irene-Reply
    26 febrero, 2017 en 21:00

    No solo me he leido el capitulo…sino el libro…me encantan todos y cada uno de los que escribes. Estoy cada dos por tres pendiente de amazon para ver si hay alguno nuevo!!gracias x regalarnos estas historias!!no dejes de escribir!!!

    • Anna García-Reply
      26 febrero, 2017 en 21:24

      😀 Muchísimas gracias!
      Pues en breve os daré noticias frescas…

  2. Mariella-Reply
    16 mayo, 2017 en 2:01

    Te quiero a tu Anna, eres una genia.Me encanta todo lo que escribes. Para cuando la historia de Chris?
    Tu fan desde Perú

    • Anna García-Reply
      16 mayo, 2017 en 19:23

      Hola!
      Pues es una historia que tengo en mente, así que espero no haceros esperar demasiado… 😉

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