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—¿Puedo probarlas, mamá?

—No, cariño, aún no. Están muy calientes.

Miro la bandeja de magdalenas recién salidas del horno con los ojos muy abiertos, juntando las manos frente al pecho, sin poder ocultar mi impaciencia. Siento la mano de mi madre en la cabeza y en cuanto la miro, ella me sonríe. Es una sonrisa melancólica y quizá algo triste, me doy cuenta de ello, y también sé el motivo. Miro detenidamente las marcas que se dibujan en su cara, producto de años de dolor y cansancio. A pesar de todo, cuando está conmigo, no deja de sonreír en ningún momento, intentando aparentar normalidad.

—Venga, coge una —me dice con una sonrisa afable, pasado un rato.

Me abalanzo sobre la bandeja y cojo una magdalena con cuidado. Le quito el pequeño envoltorio y me la llevo a la boca. Mamá me mira expectante, hasta que ve cómo cierro los ojos y mastico con una expresión de placer en la cara.

—¿Está buena, Jake?

—Está muy buena, mamá.

Entonces, el sonido de la puerta principal abriéndose ensombrece su expresión de golpe. Borra la sonrisa de su cara y me agarra con fuerza de la camiseta. Aguanta incluso la respiración, escuchando atentamente.

—¡¿Qué pasa?! ¡¿Nadie viene a darme la bienvenida?! —se oye a lo lejos la voz de mi padre, arrastrando las palabras, haciendo patente su estado de embriaguez.

—Corre, Jake. Sube a tu habitación y enciérrate en el armario —me apremia ella, agachándose frente a mí.

—No… —contesto con miedo, apretando los labios con fuerza, echando rápidos vistazos hacia la puerta de la cocina.

—Por favor, Jake… Sube, rápido.

—¡Pero no te puedo dejar…!

—¡Emmaaaaaaaaa! —grita mi padre aún desde el recibidor, seguramente demasiado borracho como para poder quitarse la chaqueta o como para caminar en línea recta.

—¡Corre, Jake! ¡Corre!

Mi madre me coge de los hombros y me obliga a darme la vuelta, empujándome para que salga por la puerta antes de que él la cruce. No quiero dejar sola a mi madre, pero le tengo pavor a él, así que subo las escaleras corriendo, tropezándome a medio camino. De rodillas en los peldaños, me quedo petrificado y giro lentamente la cabeza hacia atrás, intentando ver si él me ha podido ver. Pero entonces escucho sus pasos erráticos y su cuerpo golpeando contra las paredes del pasillo y, rápidamente, me enderezo y prosigo mi ascensión antes de que me coja. Una vez en el piso de arriba, corro hacia mi habitación, cierro la puerta a mi espalda y me meto dentro del armario empotrado. Cierro las puertas batientes y, tal y como me había enseñado mamá, coloco varias cajas llenas de ropa en la parte delantera y me parapeto detrás. Me siento en el suelo, encogiendo las piernas y abrazándome las rodillas, apoyando la frente en ellas. Empiezo a mecerme hacia delante y hacia atrás, mientras mi cabeza empieza a pensar métodos de evasión. En ocasiones es una canción, otras la tabla de multiplicar, o la alineación de los Giants del último partido. Lo que sea con tal de mantener la mente ocupada y no escuchar los gritos procedentes del piso de abajo. Ese truco no siempre funciona, depende sobre todo del nivel de embriaguez de mi padre o del dinero que haya perdido jugando al póquer.

—¡¿Esta mierda es lo que has estado haciendo?! ¡¿Dónde cojones está mi cena?!

Esta noche parece una de esas veces.

—No… He hervido unas patatas para hacer puré… Y pensaba acompañarlos de pescado a la plancha —escucho a mi madre con tono suplicante.

—¡¿Y en lugar de tenerme la cena preparada, te dedicas a jugar a las cocinitas?! ¡Seguro que estabas haciendo esta porquería con el mierdecilla ese! ¡¿Dónde está?! ¡Eh, Jake! ¡Baja!

—¡No! ¡No está!

—¡Y una mierda! ¡A mí no me engañas! ¡Baja, hijo!

—No está, te lo juro… —le suplica ella.

—¡Cállate, puta!

Entonces escucho una bofetada seguida de un grito y empiezo a mecerme con más intensidad.

—Siete por uno, siete. Siete por dos, catorce. Siete por tres, veintiuno… —Esta vez me decanto por las tablas de multiplicar, lo primero que me vino a la mente. Recito la del siete, que por alguna razón que aún desconozco, es la que más me cuesta—. Siete por cuatro, veintiocho…

—¡¿Jake?! ¡¿Dónde estás, hijo?!

La voz de mi padre se escucha ya en el piso de arriba, así que, para no revelar mi escondite, me muerdo el labio inferior con fuerza y me quedo lo más quieto posible.

—Paul, te juro que no está aquí… Está durmiendo en casa de su amigo Colin… —oigo que le miente mamá.

Ambos están en el pasillo, casi delante de la puerta de mi dormitorio, mientras yo sigo inmóvil, incluso conteniendo la respiración.

—¡No me lo creo! ¡Es un mierdecilla cobarde y está escondido aquí dentro!

—¡No! ¡Paul, por favor! —le suplica mamá, mientras empiezo a temblar y siento cómo mi entrepierna se humedece.

Rápidamente agacho la cabeza y compruebo que me he meado de miedo. Empiezo a ponerme nervioso por si él pudiera descubrirme. De ser así, la paliza sería de órdago, así que, sin hacer ruido, cojo una camiseta e intento secarme o, al menos, intentar que no huela.

—¡Aparta! —grita él—. ¡Jake, sal antes de que le haga daño a tu madre!

—¡No! ¡Paul, tiene solo diez años…!

—Está bien, tú lo has querido.

Lo que escucho a continuación es una lluvia de golpes y gritos, unos amenazadores, y otros de terror.

—Siete por cinco, treinta y cinco. Siete por seis, cuarenta y dos. Siete por siete, cuarenta y nueve…

Media hora después, los gritos dejan paso al llanto. Una hora después, la casa se sume en un absoluto silencio. Dos horas después, la oscuridad se apodera de todas las habitaciones. Tres horas después he dado la vuelta varias veces a las tablas de multiplicar, pero aun habiendo cesado, sigo oyendo los gritos en mi cabeza…

—Nueve por nueve, ochenta y uno, y nueve por diez, noventa. Uno por uno, uno. Uno por dos, dos. Uno por tres, tres…

≈≈≈

—Vamos, ¿por qué no quieres venir a la fiesta que organizo el sábado?

—Porque no me apetece.

—¿Que no te apetece una fiesta en una piscina lleno de chicas en biquini? ¿No serás marica? —dice alejándose de mí unos pasos, mientras me mira de arriba abajo.

—Colin, olvídalo. No puedo, y punto.

—¿Es por las cicatrices? ¿Para que no te las vean? Siempre puedes decir que sufriste un accidente de coche con tus padres…

—Mi padre vendió el coche y dilapidó la pasta apostando.

—Pero los demás no lo saben… —insiste Colin mientras yo niego con la cabeza—. Está bien, pues… Te puedes bañar con camiseta. Dices que eres alérgico al sol, y listos.

—¿Y si está nublado?

—Pues… ¡Que eres alérgico al aire!

Miro a Colin levantando las cejas. Al rato, agacho la cabeza, resignado, y sigo caminando hacia casa. Cuando él me alcanza, le sonrío negando con la cabeza. No se puede decir que no sea obstinado…

—¿Qué me dices? —me pregunta pasando un brazo por encima de mis hombros. En cuanto lo hace, suelto un quejido de dolor y él, asustado, se disculpa—: Lo siento. No sabía que…

—No es nada.

—¿Un nuevo moratón? ¿De cuándo es este?

—No, no… Hace unos días que no me pega…

—¿Y entonces…? —me pregunta Colin, señalándome la zona donde me ha tocado antes.

Al ver que no respondo, tira de mi camiseta para poder echar un vistazo. Entonces ve las marcas y arruga la frente.

—No es nada…

—¿Son marcas de quemaduras? —insiste Colin que, al no recibir respuesta de nuevo, se detiene, agarrándome del codo y obligándome a quedarme quieto—. ¿Cuándo te las ha hecho?

—Anoche… —contesto, intentando alejarme.

—¿Cómo te las ha hecho? ¿Son marcas de… cigarrillos? ¿Has ido al médico?

Empiezo a agobiarme, pero Colin me conoce lo suficiente como para saber que, si sigue con el interrogatorio, me cerraré en banda y será peor. Así pues, resopla resignado y decide dejar el tema y seguir hablando sobre la fiesta.

—¡Ya lo tengo! Habrá un requisito para poder meterse en mi piscina: llevar la camiseta puesta. ¿Qué te parece?

—No sé si me van a dejar ir…

—Tu madre seguro que te deja y tu padre no tiene por qué enterarse…

Después de dejar a Colin en su casa, corro para llegar a la mía y pedirle permiso a mi madre antes de que él llegue, no de trabajar, porque le despidieron hace unos meses, sino del bar. Realmente me apetece ir a esa fiesta, y si además no tengo que quitarme la camiseta para meterme en el agua…

—¡¿Mamá?! —la llamo nada más entrar por la puerta—. ¡¿Puedo ir el sábado a casa de Colin?! ¡¿Mamá?!

Entro corriendo en la cocina y, al no encontrarla allí, recorro la planta baja, justo antes de empezar a subir las escaleras de dos en dos, aún con una sonrisa ilusionada en los labios. Sonrisa que se esfuma en cuanto entro en el dormitorio de mis padres. Allí está mi madre, llorando, tapándose la boca con un pañuelo, ya teñido de rojo.

—¿Mamá…? —llamo su atención, casi en un susurro, acercándome a ella con tiento.

—Estoy bien, cariño —responde ella, secándose las lágrimas de las mejillas con mucha prisa e intentando recomponerse—. ¿Qué me decías? ¿Dónde quieres ir el sábado?

—¿Dónde está? —le pregunto caminando hacia el baño.

—Cariño… Espera…

—¡¿Dónde está?! —repito abriendo la puerta del baño de un golpe y encontrando a mi padre tirado en el suelo, totalmente borracho.

—Eh… Mira… Ha llegado el mierdecilla… —dice.

—¡Cállate! —le grito, totalmente fuera de mí.

Intento darle una patada, pero mi madre lo evita agarrándome por la espalda.

—Cariño, por favor… Déjale.

—¡No!

—Jake, cielo —me pide ella plantándose frente a mí, suplicándome no solo con el tono de voz, sino también con su mirada—. Hazlo por mí…

Al escuchar sus palabras, se me parte el corazón y me dejo arrastrar por ella hacia el piso de abajo. Ya en la cocina, me siento a la mesa, con los brazos encima de ella y apretando los puños con tanta fuerza, que los nudillos se me tiñen de blanco. Al rato miro a mi madre, que se está limpiando la sangre con un paño mojado, y me levanto para abrazarla. Tengo solo dieciséis años, pero hace tiempo que soy más alto que ella, así que no me cuesta arroparla e intentar que, al menos durante unos minutos, se sienta protegida por alguien.

—Sabes que no voy a la policía por ti… Pero dime una sola palabra, hazme una simple señal, y correré a denunciarle —le digo.

—¡No! —solloza ella.

—¿Por qué no? ¿Por qué le defiendes?

—Porque va a cambiar.

—¿Cuándo? ¿Cuándo te haya matado?

—Me lo ha prometido, y me ha pedido perdón…

—Ya… Hasta la próxima.

—No. Esta vez va en serio. Lloraba mientras me lo pedía.

—Tú también lloras cada vez que él te maltrata, cada vez que te grita… Y no parece que se apiade de ti.

—No… Sé que esta vez será diferente.

Chasqueo la lengua y decido dejar de discutir. La abrazo con fuerza mientras miro al techo.

—Algún día ganaré dinero y te sacaré de aquí, mamá…

—No. No quiero que trabajes. Quiero que estudies y te labres un futuro. Solo tienes dieciséis años, ya tendrás tiempo para trabajar.

≈≈≈

—Jake, aquí tienes. Buen trabajo.

—Gracias, señor.

Agarro el sobre que me tiende con el dinero correspondiente a una semana entera descargando las bodegas de los barcos que llegan al puerto. Es un trabajo duro, sobre todo para mi espalda, pero que puedo compaginar perfectamente con mis estudios de arquitectura. Quizá me está costando algo más de tiempo que a otros sacarme la carrera, porque trabajo de noche, y si trabajo, no duermo… Y si no duermo, no rindo igual de bien, pero lo necesito para pagarme unos estudios que mi madre no puede costear. Bastante tiene ella con comprar comida con el poco dinero que entra en casa.

—¿Cómo lo tienes la semana que viene? —me pregunta mi jefe.

Lo pienso durante unos segundos. Dentro de poco empiezan los exámenes finales y necesitaré todas las horas del día para estudiar, pero también necesito ahorrar todo el dinero que pueda para sacar a mamá de esa casa.

—Cuente conmigo, señor —respondo sin pensármelo dos veces.

—De acuerdo. Te llamaré.

Me acerco a la verja donde he dejado la bicicleta atada con un candado, lo abro y empiezo a pedalear hacia casa. Tengo exactamente cinco horas de sueño por delante hasta que me suene el despertador para ir a clase. Cuanto antes llegue, antes podré echarme a dormir y más horas podré descansar, así que aumento el ritmo de pedaleo. Afortunadamente, el tráfico a estas horas es prácticamente inexistente, y puedo ir todo lo rápido que mis cansadas piernas me permitan.

Cuando llego a la altura de mi casa, me encuentro al vecino de al lado plantado en la acera, en pijama.

—¡Gracias al cielo! —dice agarrándome de los brazos en cuanto detengo la bicicleta a su lado y me bajo de ella.

—¿Qué pasa?

—He llamado a la policía… Los gritos eran insoportables esta vez… Lo siento… No debí entrometerme, pero…

No escucho ni una palabra más. Dejo caer la bicicleta y corro hacia la puerta de entrada. En cuanto la traspaso, oigo ruido procedente de la cocina, aunque no son gritos. Por un momento, empiezo a pensar que todo haya sido un malentendido y ahora me encuentre a mamá cocinando unas deliciosas magdalenas. A pesar de tener esa posibilidad rondando por mi cabeza, no dejo de correr hasta que llego a la puerta de la cocina.

Me lleva un rato entender la escena que se presenta ante mí. Mi madre yace en el suelo, en mitad de un enorme charco de sangre. Mi padre está sentado en una silla, con los codos apoyados en la mesa, agarrándose la cabeza con las manos.

—¡¿Mamá?! —grito corriendo hacia ella—. ¡¿Mamá?!

Al verme entrar, él se pone inmediatamente en pie y se aleja lo máximo posible de mí. Está muy aturdido, y da signos de estar muy borracho también, ya que tiene que apoyarse contra la pared para no perder la verticalidad. De todos modos, yo no le presto la más mínima atención.

—¡Mamá!

Agarro la mano de mi madre y, con algo de miedo, intento echar un vistazo a la herida de su estómago. En ese momento, ella es consciente de mi presencia y esboza una sonrisa que resulta de lo más tétrica por culpa de la sangre que se acumula en su boca. Intenta hablarme, pero es incapaz de emitir ningún sonido, así que, con lágrimas en los ojos, niego con la cabeza.

—No, no… No pasa nada… No hables… La policía está en camino, y ellos se encargarán de todo… Y llamarán a una ambulancia también…

Entonces tose con mucho esfuerzo y de su boca sale un chorro de sangre. Abre mucho los ojos y me mira con mucho miedo, apretando mi mano con toda la fuerza que es capaz de emplear. Intenta levantar un brazo para tocarme la cara, pero se le acaban las fuerzas a medio camino y lo deja caer de golpe. En ese instante, su boca deja escapar un largo y sonoro suspiro y su cuerpo cae a plomo.

—¡Mamá! ¡Mamá, por favor! —digo zarandeándola bruscamente.

Cuando sus manos caen al suelo, a ambos lados de su cuerpo, y su cabeza se ladea como si fuera una marioneta, miro al cobarde hijo de puta. Sigue de pie, apoyado contra la pared, mirando la escena con los ojos muy abiertos.

—Yo… ¡Ha sido un accidente! —dice levantando las palmas de las manos, supongo que asustado por mi mirada encendida—. Yo no… No quería hacerle daño. Te lo juro…

—¡Y una mierda! —grito mientras me levanto, dejando el cuerpo inerte de mi madre en suelo, con mucho cuidado.

—Lo juro. Hijo…

Está tan borracho que intenta retroceder a pesar de tener la pared en la espalda, como si pudiera traspasarla.

—¿Hijo? ¿Ahora soy tu hijo? Ya no soy… ¿cómo era? Ah, sí, ¿el mierdecilla?

En cuanto llego a su altura, aprovechándome de su falta de reflejos y de mi mayor corpulencia, gracias en parte al trabajo en el puerto, le agarro del cuello de la camisa y empiezo a propinarle puñetazos en la cara mientras le grito, fuera de mí.

—¡Lo que eres es un puto cobarde! ¡Solo pegas a los que son más débiles que tú! ¡¿Por qué ya no me pegas a mí?! ¡¿Eh?! —digo empujándole mientras él trastabilla y se agarra del mármol para no caer al suelo—. ¡Vamos! ¡Pégame! ¡Pégame! ¡Pégameeeeeeeeee!

Preso de la rabia, agarro por el cuello una de las botellas vacías de cerveza que hay esparcidas por la encimera de la cocina, y le golpeo la cabeza con ella. Cae al suelo y me siento a horcajadas encima de él. Empiezo a golpear su cara con mis puños, sin ver con claridad por culpa de las lágrimas que se agolpan en mis ojos, apretando los dientes con fuerza. Como él se sigue revolviendo, vuelvo a agarrar la botella y empiezo a golpear su cabeza. Sigo hasta que me duelen los brazos, hasta que sus quejidos se vuelven débiles y ya casi no se mueve. Pero entonces, lejos de detenerme, le cojo del pelo y empiezo a golpear su cabeza contra el suelo.

—¡Eres un cobarde…! ¡Un cobarde hijo de puta…!

—¡Policía! —escucho que alguien grita, pero soy incapaz de parar—. ¡Deténgase!

—Cobarde, hijo de puta… —sollozo cada vez con menos fuerza—. Pégame a mí si te atreves…

—¡Alto! ¡Policía! ¡Apártese!

Entonces, unos brazos me agarran por la espalda y me inmovilizan contra el suelo. Noto una rodilla clavada en mi espalda y alguien aprieta mi cabeza contra las frías baldosas. Desde donde estoy, puedo ver cómo un par de agentes de policía se preocupan por el estado de mi padre, que permanece inmóvil. Uno de ellos le busca el pulso en el cuello durante unos segundos, hasta que niega con la cabeza y los dos se ponen en pie. Dan algunas órdenes a través de un walkie-talkie y entonces centran su atención en mí y en mi madre. A mí me esposan las manos a la espalda mientras me incorporan. A ella le toman el pulso y, aunque sé cuál será el veredicto, aguanto la respiración por si durante este rato se hubiera producido el milagro. Cuando veo la cara de circunstancias de los agentes, agacho la vista al suelo y empiezo a llorar de forma desconsolada. Se escucha a lo lejos el ruido de las sirenas de unas ambulancias y en cuanto entran los sanitarios, se dividen y se ocupan de los dos. Mi cuerpo tiembla sin que yo pueda hacer nada para detenerlo. Sé que me hablan, pero solo porque veo sus bocas moverse mientras me miran. Me llevan de un lado a otro, pero yo solo intento ver qué hacen con el cuerpo de mi madre. Me llevan a la fuerza hacia el exterior de la casa, aunque intento resistirme con todas mis fuerzas. Al menos lo intento hasta que veo cómo tapan el cuerpo de mi madre con una manta y la suben a una camilla. Al instante, me dejo caer de rodillas y, con las manos esposadas a mi espalda, me empiezo a mecer hacia delante y hacia atrás, como hacía cuando me escondía en el armario.

≈≈≈

—Siete por uno, siete. Siete por dos, catorce. Siete por tres, veintiuno. Siete por cuatro, veintiocho…

—¡Vamos, nenazas! ¡Hora del recreo!

—Siete por cinco, treinta y cinco. Siete por seis, cuarenta y dos…

—¡Eh, tú! ¡Weston! ¡¿Eres sordo?!

Dejo de mecerme al instante y levanto la cabeza. Al lado de los barrotes abiertos, veo a uno de los guardias, mirándome de forma burlona, con una sonrisa de medio lado.

—No quiero salir, señor —digo agachando la vista de nuevo—. Preferiría quedarme aquí dentro.

—Esto no es un puto hotel en el que puedas hacer lo que te apetezca. Si yo te digo que sales al patio, sales. ¡Y punto! ¡¿Ha quedado claro?!

Para enfatizar sus palabras, golpea los barrotes con una porra que lleva en la mano, así que me pongo en pie, salgo de la celda y empiezo a caminar por el pasillo, junto al resto de presos. Siguiendo el consejo de mi abogado de oficio, el único que pude costear, agacho la vista para no cruzar la mirada con nadie. Es lo único que pudo decirme al acabar el juicio, en el que me cayeron diez años de cárcel.

—¿Quién es ese? —escucho que alguien pregunta detrás de mí.

—Uno nuevo… Un cachorro…

—¿Sabes por qué está aquí?

—Dicen que por cargarse a un tío…

—¿Ese? ¿El que camina mirando al suelo? Joder, si hasta está temblando…

—Un cachorrillo asustado… Me lo pido.

Aprieto el paso y adelanto a algunos presos, aun mirando al suelo, hasta que salgo al patio y la luz del sol me ciega momentáneamente. Entre la comisaría, el juicio y mi entrada en Rikers, es la primera vez que salgo al aire libre en una semana, a pesar de que todo se desarrolló de forma rápida. La misma noche del suceso, me encerraron en el calabozo de la comisaría y allí estuve un par de días, recibiendo la única visita de mi abogado de oficio. Luego vino el juicio que, al no existir testigos a mi favor y sí el testimonio de los agentes que entraron en mi casa, que dijeron que no podía alegarse defensa propia, tuvo un veredicto muy rápido y contundente. Aun así, la pena se rebajó un poco porque las cicatrices de mi cuerpo se aceptaron como prueba de los años de malos tratos recibidos, así como las cicatrices que encontraron en el cuerpo sin vida de mi madre.

Me siento en una esquina alejada del patio, apoyando la espalda contra el muro y juntando las manos en mi regazo. Miro de reojo alrededor. La mayoría de presos me ignoran, pero hay un grupo cerca de las gradas, al lado de las canastas de baloncesto, que no dejan de mirarme. Cuando se dan cuenta de que les miro, ríen entre ellos y agacho la cabeza al momento. Al ver que caminan hacia mí, miro a un lado y a otro y empiezo a frotar las manos entre sí de forma compulsiva.

—¿Sabes? Estábamos discutiendo si ya te has meado encima —dice uno de ellos—. Salgamos de dudas… ¿Te has meado ya?

En lugar de contestarle, aprieto los labios hasta convertirlos en una fina línea y miro hacia otro lado.

—Verás… No puedes ignorarnos, ¿lo sabías? —dice otro, al que reconozco como la voz que escuché antes en los pasillos. Este hace un leve movimiento con la cabeza y al instante, un par de tipos enormes me agarran por la espalda y me retienen con fuerza—. Así que repito… ¿Te has meado ya?

Aunque no puedo mover la cabeza por culpa del agarre de esos tipos, muevo los ojos a un lado y a otro en busca de algo de ayuda de algún guardia. Todos miran hacia otro lado, y el que no lo hace, gira la cabeza en cuanto ve que le miro suplicando.

Sin darme tiempo a contestar, el que parece el cabecilla de todo, empieza a pegarme puñetazos en el estómago y en los costados, sin que nadie haga nada por impedirlo. Cuando se cansan, varios minutos después, y se largan, las piernas me fallan y mi cuerpo cae al suelo. Me enrosco en forma de ovillo para protegerme, haciendo verdaderos esfuerzos por respirar con normalidad, y me quedo ahí hasta que por los altavoces advierten que tenemos que volver a nuestras celdas. Yo no puedo moverme, aunque lo quiera, en parte por el miedo, aunque también porque creo que debo de tener alguna costilla rota. Así pues, cuando aparece a mi lado uno de los guardas que ha sido testigo de la paliza, y sin agacharse me pregunta qué me pasa, empiezo a ser consciente de las normas no escritas de este sitio…

—Pues tienes un par de costillas fisuradas —dice el médico mirando la radiografía que sostiene en alto—. Esta noche la pasarás aquí en la enfermería, ¿de acuerdo?

—Vale… —contesto con mucho esfuerzo.

—Por lo que veo, tienes diecinueve años y te han caído diez, ¿no? —me pregunta repasando mi informe—. ¿Aceptas un consejo?

—Supongo… De momento no me han servido de mucho…

—Porque te habrán aconsejado que no te metas en líos, que no mires a nadie ni te relaciones con nadie peligroso, ¿verdad? —dice mientras yo asiento con timidez, recordando el consejo de mi abogado—. Pues bien, eso es una gilipollez porque, hagas lo que hagas, si a alguno de esos tipos le apetece pegarte, lo hará, le mires o no, le hables o no…

—Entonces, ¿qué…?

—Pegar antes que ellos —contesta de forma solemne y directa, aunque al ver mi cara de estupor, decide añadir—: Como habrás podido observar, a los guardias de aquí les trae sin cuidado lo que pase entre los reclusos. Lo bueno es que tienen el mismo trato con todos, así que pasarán de ti, como lo han hecho, cuando te peguen una paliza a ti, y harán lo mismo si tú se la pegas a otros… Al menos, es de agradecer, ¿no crees?

Minutos después, el médico sale de la enfermería, en la que estoy solo, a pesar de que hay cuatro camas más, hecho que agradezco enormemente porque no sé aún de quién me puedo fiar y de quién no, además de no estar seguro de poder aplicar tan pronto el consejo del médico. Respiro tan profundamente como mis costillas me dejan y me permito cerrar los ojos para sumirme en un reparador sueño.

≈≈≈

Como un autómata, realizo un inventario de todo lo que reposa en las estanterías. Lo hago cada día, pero así me aseguro de que las existencias cuadran a la perfección para luego pasar los informes al alcaide y que él se encargue de dar el visto bueno para realizar el pedido. Es un trabajo que me mantiene ocupado unas cuantas horas al día, y que me permite estar solo, sin necesidad de rehuir la mirada de nadie o tener que pelear para preservar mi integridad física.

Hace algo más de un año que me asignaron este puesto, cuando el alcaide vio que era un tipo listo y de fiar. Antes pasé por la lavandería, donde estuve trabajando durante casi dos años, y tengo que reconocer que me alegré cuando me cambiaron, porque estaba harto de tocar con mis manos las sábanas de todo el mundo, la mayoría manchadas con fluidos corporales nada agradables. Ganarme la confianza del alcaide y los guardias no fue muy difícil, sospecho que interesarme por la lectura, ser algo exigente con el aseo personal, y no ser un inquilino asiduo de las celdas de aislamiento, decantaron la balanza en mi favor.

—Eh… Weston, ¿verdad? —oigo que me llaman.

—Está cerrado. Abro en media hora —digo sin siquiera darme la vuelta.

—Soy Roy.

—Perfecto, Roy, pero sigue estando cerrado —afirmo mientras cuento los cepillos de dientes de la estantería.

—Necesito un favor…

Resoplo mientras me giro, apoyando la carpeta en la cadera, para descubrir que quien me llama es uno de los recién llegados de mi bloque de celdas. Debe de tener unos cuarenta años, quizá algo más, aunque está en buena forma.

—Verás, te explico cómo funcionan aquí las cosas… Abro todos los días de diez a doce de la mañana. Durante esas dos horas, puedes venir y comprar lo que necesites, siempre y cuando tengas dinero en depósito. Ese dinero te lo tiene que transferir alguien de fuera, da igual quién. De eso mejor te informará el alcaide. No tenemos de todo, pero si necesitas algo que no tengamos, me lo dices, lo apunto y hago la petición. Olvídate de películas o revistas porno, música, aparatos electrónicos, ropa o comida —recito todo de memoria, como una cantinela, girándome para mostrar las estanterías—. Pero si lo que quieres es cualquier producto de aseo personal, cigarrillos, periódicos, libros, revistas, o chicles, ya sabes… Ven a verme.

Me doy la vuelta y sigo con el inventario, pero aún siento su presencia en mi espalda. Cuando me giro y le veo aún ahí plantado, le miro levantando las cejas y abriendo los brazos.

—¿Alguna duda?

—Ninguna. Sé cómo funciona este sitio. Soy nuevo… este año. He estado en otras dos ocasiones aquí dentro.

—¿Y entonces, por qué me has dejado pegarte toda la charla?

—Porque da gusto oírte recitar —se mofa.

—¿No tienes nada mejor que hacer?

—¿La verdad? No mucho. Solo venía para preguntarte si podemos hacer un trato. Verás… —dice acercándose un poco más—. No tengo dinero ni posibilidad de tenerlo, pero quiero conseguir cigarrillos sin tener que deber ningún favor a nadie…

—Pues me parece que no lo has entendido muy bien…

—Sin deber a nadie, excepto a ti.

—¿Excepto a mí? ¿Por qué yo? ¿A qué debo este honor?

—A que llevas este sitio, simplemente. No te emociones, no es que me haya enamorado de ti, si no tienes tetas, no eres mi tipo.

—Es un consuelo… ¿Y qué te hace pensar que podría necesitar de tus favores?

—Bueno… Tengo experiencia aquí dentro, y tú la cara algo magullada… Quizá necesitarías protección.

—Esa protección me hubiera venido bien hace un tiempo. Créeme que ahora, después de 1.214 días, me es bastante innecesaria. Digamos que estoy aplicando un sabio consejo que me dieron al poco de entrar y he descubierto que no se me da tan mal. Que no te engañen mis cicatrices, los otros también se llevaron algún recuerdo.

—Me caes bien… ¿Cuántos años tienes?

—¿Qué pasa? ¿No soy tu tipo, pero tienes una hija a la que quieres casar?

—No. No tengo familia. Simplemente, te veo muy joven y pareces demasiado listo como para que estés cumpliendo condena por homicidio. ¿Cuántos te cayeron? ¿Quince?

—Diez —respondo algo descolocado porque sepa el motivo de mi encarcelamiento.

—Mmmm… ¿Defensa propia? ¿Involuntario?

—No.

—¿No fue ni en defensa propia ni involuntario?

—No.

—¿Eras plenamente consciente de lo que hacías?

—Sí.

—Entonces los rumores son ciertos… Y me interesas aún más. Oye, voy a estar por aquí poco tiempo porque, aunque no tengo familia, sí tengo a alguien que necesita de mis servicios ahí fuera y hará lo posible por sacarme. Cuando salgas tú, búscame —me dice pasándome un trozo de papel con un número de teléfono escrito—. Me hago mayor y necesito un ayudante, y creo que eres el candidato ideal.

Me quedo quieto en el mismo sitio, con la carpeta en la mano, mientras él, con aspecto de estar satisfecho y de haber cumplido su misión, se mete las manos en los bolsillos y, encogiendo los hombros, me dice:

—Entonces, a pesar de que te haya ofrecido un curro para cuando salgas, ¿me quedo sin mi paquete de cigarrillos?

Chasqueo la lengua y me doy la vuelta. Sigo con el inventario hasta que rato después, empiezo a escuchar las voces de algunos reclusos acercándose a la ventana de la garita para empezar a hacer cola. Me doy prisa para acabar y cuando me doy la vuelta, veo que el papel con el número sigue encima del mostrador. Lo miro durante un rato, y al final, en un arrebato, lo cojo y me lo guardo en el bolsillo.

Durante las dos horas siguientes, varias preguntas dan vueltas por mi cabeza. ¿Qué sabe este tipo de mí? ¿Qué rumores circulan acerca de mí aquí dentro? ¿Candidato ideal para qué trabajo? Y, sobre todo, ¿por qué?

Cuando cierro para dar por finalizada mi jornada laboral, después de hacer un arqueo para saber cuánto dinero le queda a cada recluso y llevárselo al alcaide, sin saber bien por qué, cojo un paquete de cigarrillos y me lo meto en el bolsillo, descontándolo de mi dinero. Camino hacia el patio con las manos en los bolsillos y cuando salgo, le busco disimuladamente. Le veo a lo lejos, sentado en las gradas, con la espalda recostada hacia atrás y los ojos cerrados, como si en lugar de estar en Rikers estuviera en una playa de Miami. Me acerco hasta él y, cuando nota que alguien le tapa el sol, abre los ojos y se empieza a incorporar, poniendo una mano encima de las cejas a modo de visera.

—¿Por qué?

—¿Ves? Eso es algo que tendremos que pulir… Soy poco intuitivo y ni mucho menos sé leer la mente de los demás, así que, si no sabes explicarte mejor, me temo que vamos a tener un grave problema de comunicación.

—¿Por qué soy el candidato ideal para ayudarte en tu trabajo?

—Precisamente, porque me imaginaba que me harías esta pregunta en lugar de otras muchas.

Arrugo la frente, confundido, y acabo por sentarme a su lado, muy intrigado. Hacía tiempo que nadie llamaba mi atención de esa manera y quizá mi nuevo amigo resulte ser alguien con el suficiente nivel intelectual como para poder llegar a mantener una conversación algo inteligente. No es que me crea un superdotado ni nada por el estilo, pero hasta ahora las conversaciones que he mantenido aquí dentro han sido sobre todo acerca de mujeres, tabaco y deporte.

—Me parece que estoy algo oxidado y no te acabo de entender…

—Me has preguntado que por qué eras el candidato ideal, pero no me has preguntado en qué consiste el trabajo. Eso me dice mucho de ti… Por ejemplo, que lo que más te preocupa no es la naturaleza del trabajo, así que supongo que, en el fondo, estarías dispuesto a realizar cualquiera. ¿Me equivoco?

Lo pienso durante unos segundos. ¿Lo estaría?

—¿Qué estás preguntándote ahora mismo? —insiste Roy.

—Si estaría dispuesto a realizar cualquier trabajo…

—Ahí lo tienes —dice sonriendo mientras cierra un ojo por culpa del sol que le da en la cara—. Sigues sin preguntarte qué trabajo te estoy ofreciendo.

Le observo durante unos segundos, dándome cuenta de que tiene razón. Aprieto los labios y tuerzo el gesto, hasta que una débil sonrisa empieza a formarse en mi boca. Meto la mano en el bolsillo y saco el paquete de tabaco. En cuanto lo ve, sonríe abiertamente, se enciende uno y, apoyando los codos en las gradas, dice:

—Sabía que había escogido bien.

≈≈≈

—¡No! ¡Por favor! ¡No!

Sin hacer caso de sus súplicas, apoyo el cañón de la pistola en su sien y quito el seguro. En cuanto él escucha el sonido, abre mucho los ojos y aprieta la mandíbula con fuerza. Unas gotas de sudor empiezan a resbalar por su frente y empieza a removerse nervioso en la silla, a la que lleva atado desde hace más de cinco horas, cuando empezó nuestro particular interrogatorio. Un hombro roto, un balazo en la rodilla y una brecha en la ceja después, el tipo empieza a dar signos de rendirse.

—Como ves, Jake tiene muy poca paciencia… —dice Roy agachándose frente al tipo, hasta quedar a su altura—. Yo en cambio podría quedarme así hasta mañana. Me tendría que entretener de algún modo como, por ejemplo, cortarte uno a uno los dedos de las manos y los pies…

El tipo se revuelve con gesto de dolor y un nauseabundo olor a pis empieza a intoxicar el lugar, un almacén abandonado del Bronx.

—Así pues, como ves, Jake y yo tenemos diferentes maneras de hacer las cosas —prosigue Roy—. Mientras él prefiere acabar de una vez por todas con esto, pegarte un tiro y cenar en su casa con su mujer e hijos, yo prefiero divertirme un rato más a tu costa. Tú eliges…

El tipo resopla con fuerza por la boca mientras sus ojos se pasean de Roy a mí de forma nerviosa. En cuanto aprieto el cañón contra su piel, mira a Roy y empieza a suplicarle:

—Por favor… Por favor… Lo juro… No la volveré a tocar…

—No, no lo harás —digo justo en el momento en que aprieto el gatillo.

La sangre nos salpica a los dos, pero nos limpiamos sin inmutarnos. Mientras yo corto las cuerdas que le ataban y dejo que caiga al suelo, Roy me mira levantando una ceja.

—En serio, tío… Me apetecía cortar unos cuantos dedos… ¿Cuánto hace que no lo hacemos?

—Cinco horas con este capullo eran más que suficientes. Acuérdate de que yo quería pegarle un tiro y tirarle al Hudson, sin más, y en cambio accedí a montar toda esta pantomima por ti…

—Está bien… Qué mala leche llevas… ¿Cuánto hace que no follas?

En lugar de contestarle, quito la silla y empiezo a enrollar el cuerpo en el plástico que hemos puesto en el suelo para protegerlo de las salpicaduras de sangre y no dejar rastro.

—¿Por qué le has dicho que estaba casado y tenía hijos? —le pregunto.

—¿Te ha gustado? Creo que es algo que queda bien. Te da como un aire de más… como lo diría… ¡despiadado! Imagínate: marido perfecto y padre orgulloso de día, asesino de noche… —contesta riendo.

—Estás mal de la cabeza… —digo chasqueando la lengua.

—Es brillante, y lo sabes.

Una vez envuelto el cuerpo, lo cojo a pulso y lo meto con cuidado dentro del barril de metal lleno de ácido fluorhídrico. Luego empiezo a echar lejía al suelo, por si hubiera quedado alguna mancha, mientras Roy se enciende un cigarrillo.

—Podrías ayudar un poco…

—No tengo la espalda para muchos trotes… Para eso te tengo a ti, ¿recuerdas? Para esto te pedí que fueras mi ayudante. Y hablando de eso… ¿Puedes creer que ya haga cinco años de eso? ¿No se te ha pasado rápido?

—En serio, Roy, apártate algo más del bidón que los vapores del ácido te están afectando.

—¿No me digas que no te has acordado de nuestro aniversario? Entonces, ¿no me has comprado nada? ¿Ni siquiera me vas a llevar a bailar?

Se me escapa la risa mientras él saca su teléfono y le envía un mensaje a nuestro cliente para confirmarle que el trabajo está hecho, para informarle de que el tipo que violó a su hija hace cinco años y que salió de la cárcel hace una semana por buen comportamiento, se está disolviendo en un barril. Como él mismo dijo al contratarnos, puede que esto no le haga olvidar el calvario por el que pasó su pequeña, pero sí le ayude a dormir mejor por las noches.

—Listo. El segundo pago por el trabajo ha sido transferido a nuestra cuenta. Así que ya no tienes excusa para no salir esta noche a celebrarlo.

—No me apetece.

—¡Pero es nuestro aniversario…! —me contesta él haciéndome pucheros con el labio inferior—. ¿No harías eso por mí?

≈≈≈

En cuanto traspasamos las puertas del “Allowed”, una ráfaga de luces cegadoras me obliga a entornar los ojos. Es el garito favorito de Roy porque, tal y como su nombre indica, todo está permitido. La planta de abajo es la de una discoteca normal y corriente, con su pista de baile, sus barras de bebidas, su guardarropía y sus lavabos. Pero en el piso de arriba hay decenas de habitaciones que se pueden alquilar por horas, todas equipadas con una cama, un baño e infinidad de juguetes eróticos a disposición del cliente. Cuando una habitación queda libre, antes de volverse a ocupar por otra pareja, trío o grupo, un grupo de limpiadoras se encarga de limpiar todo, cambiando sábanas y reponiendo los juguetes que se hayan podido utilizar por otro nuevos.

El sitio no es barato. De hecho, todos los socios pagan una especie de cuota mensual, pero de esta forma, se aseguran una serie de comodidades y limpieza que escasea en otros garitos del estilo. Son pocos los socios, cuyos nombres aparecen en una lista de la que es muy fácil salir, pero muy difícil entrar, y cada uno de ellos puede llevar a un acompañante por noche. En nuestro caso, Roy es el cliente habitual y yo el acompañante.

—Bien. Relaja los hombros, desentumece los músculos —dice Roy agarrándome de los hombros mientras me los masajea—, ¡y busca una tía a la que tirarte! ¡Ya! ¡Es urgente!

—Si no te importa, me quedaré aquí en la barra, me pediré un whisky, puede que dos, y luego me iré para casa a dormir.

—Tú mismo… ¿Nos tomamos el primero juntos? —me pregunta mientras yo asiento con la cabeza—. Perfecto entonces… Pero hazte un favor: cuando llegues a casa, hazte una paja y libera tensiones, porque estás algo encorsetado.

≈≈≈

Hace ya un buen rato que Roy se ha perdido escaleras arriba, acompañado de una tía que tenía pinta de estar dispuesta a todo. Vamos, de las que a él le gustan. Yo estoy apurando mi tercer whisky, cuando veo que una chica se sitúa a mi lado, colocando los codos encima de la barra, intentando llamar la atención de la camarera. La llama unas cuantas veces, aunque su voz no se oye debido al alto volumen de la música, así que opta por levantar la mano. Minutos después, al ver que sigue sin tener suerte, decido intervenir. Cinco segundos después de haberla llamado, se planta delante de mí, apoyando las manos en la barra y mirándome con una sonrisa lasciva.

—Ponle lo que te pida —digo señalando a la chica de mi lado, cuya cara pasa del estupor a la alegría en décimas de segundo.

—Gracias —me dice mientras yo asiento con la cabeza, dando el último trago a mi copa—. ¿Quién te ha arrastrado hasta aquí?

—¿Perdona? —le pregunto confundido.

—Pareces un poco fuera de tu ambiente… Te he estado observando durante un buen rato y… Espera, no te pienses que te espío ni nada por el estilo. Solo que te he visto igual de solo que yo y aquí todos parecen buscar lo mismo y… Oh, mierda… Ya me callo…

La miro con la frente arrugada, procesando aún todo lo que me ha llegado a decir. La camarera le sirve su bebida, algo de un color rosa chillón, y ella la paga y da un sorbo con timidez. Se coloca algunos mechones de su pelo, largo y pelirrojo, justo antes de darse la vuelta para mirar hacia la pista.

—¿Quién te ha arrastrado a ti? —me descubro preguntándole.

—¡Vaya!

—¿Qué?

—Empezaba a pensar que tenías un problema de sordera… O que eras mudo… O un completo gilipolla…

—Digamos que no se me da demasiado bien tratar con los… seres vivos en general.

—¿En serio? ¿Y a qué te dedicas? ¿Eres forense? ¿Médium? No, no, no… Espera… ¡Enterrador!

—Algo así —contesto esbozando una… ¿sonrisa? ¿Estoy sonriendo? Sí, parece ser que eso hago—. ¿Y bien?

—¿Y bien qué?

—Que quién te ha arrastrado hasta aquí a ti.

—¡Ah! Pues he venido con mi amiga Amy… Creo que está por allí en la pista de… —dice buscándola por la pista, hasta que parece dar con ella—. Bueno, de hecho, es esa que sube las escaleras con ese tipo…

Miro hacia donde ella señala y veo a una chica que mira hacia nosotros y saluda a la pelirroja con una mano. Cuando les perdemos de vista, resopla resignada y se deja caer en uno de los taburetes.

—Parece ser que tengo para rato aquí…

La miro durante unos segundos hasta que, aún sin saber bien por qué, me siento en el taburete contiguo.

—No hace falta que te veas forzado a hacerme compañía —dice señalándome con una mano—. Ya sé que los seres vivos no somos tu especialidad… Puedo arreglármelas sola.

—Te morirás de sed si no me quedo contigo.

—Eso es cierto… Aunque siempre puedo ligarme a un tío para que pida las copas por mí.

—¿A quién quieres engañar?

—¿Insinúas que no soy lo suficientemente guapa como para ligarme a un tío?

—No, no, no… —contesto sonrojándome sin remedio. Se me traba la lengua y empiezo a ponerme extrañamente nervioso, algo que no me ha sucedido nunca.

—Tranquilo —ríe ella abiertamente, enseñándome las dos filas de dientes—. Te estaba poniendo a prueba. Tienes razón, no estoy acostumbrada a frecuentar sitios como este ni a… ligar con tíos.

Los dos sonreímos mientras miramos al suelo. Al rato, ella da otro sorbo a su bebida rosa y yo miro de forma despreocupada a la pista.

—Roy.

—¿Te llamas Roy?

—No, lo que quería decir es que quien me ha arrastrado hasta aquí es mi amigo Roy, el cual ha seguido el mismo camino que tu ami

—¿Puedo probarlas, mamá?

—No, cariño, aún no. Están muy calientes.

Miro la bandeja de magdalenas recién salidas del horno con los ojos muy abiertos, juntando las manos frente al pecho, sin poder ocultar mi impaciencia. Siento la mano de mi madre en la cabeza y en cuanto la miro, ella me sonríe. Es una sonrisa melancólica y quizá algo triste, me doy cuenta de ello, y también sé el motivo. Miro detenidamente las marcas que se dibujan en su cara, producto de años de dolor y cansancio. A pesar de todo, cuando está conmigo, no deja de sonreír en ningún momento, intentando aparentar normalidad.

—Venga, coge una —me dice con una sonrisa afable, pasado un rato.

Me abalanzo sobre la bandeja y cojo una magdalena con cuidado. Le quito el pequeño envoltorio y me la llevo a la boca. Mamá me mira expectante, hasta que ve cómo cierro los ojos y mastico con una expresión de placer en la cara.

—¿Está buena, Jake?

—Está muy buena, mamá.

Entonces, el sonido de la puerta principal abriéndose ensombrece su expresión de golpe. Borra la sonrisa de su cara y me agarra con fuerza de la camiseta. Aguanta incluso la respiración, escuchando atentamente.

—¡¿Qué pasa?! ¡¿Nadie viene a darme la bienvenida?! —se oye a lo lejos la voz de mi padre, arrastrando las palabras, haciendo patente su estado de embriaguez.

—Corre, Jake. Sube a tu habitación y enciérrate en el armario —me apremia ella, agachándose frente a mí.

—No… —contesto con miedo, apretando los labios con fuerza, echando rápidos vistazos hacia la puerta de la cocina.

—Por favor, Jake… Sube, rápido.

—¡Pero no te puedo dejar…!

—¡Emmaaaaaaaaa! —grita mi padre aún desde el recibidor, seguramente demasiado borracho como para poder quitarse la chaqueta o como para caminar en línea recta.

—¡Corre, Jake! ¡Corre!

Mi madre me coge de los hombros y me obliga a darme la vuelta, empujándome para que salga por la puerta antes de que él la cruce. No quiero dejar sola a mi madre, pero le tengo pavor a él, así que subo las escaleras corriendo, tropezándome a medio camino. De rodillas en los peldaños, me quedo petrificado y giro lentamente la cabeza hacia atrás, intentando ver si él me ha podido ver. Pero entonces escucho sus pasos erráticos y su cuerpo golpeando contra las paredes del pasillo y, rápidamente, me enderezo y prosigo mi ascensión antes de que me coja. Una vez en el piso de arriba, corro hacia mi habitación, cierro la puerta a mi espalda y me meto dentro del armario empotrado. Cierro las puertas batientes y, tal y como me había enseñado mamá, coloco varias cajas llenas de ropa en la parte delantera y me parapeto detrás. Me siento en el suelo, encogiendo las piernas y abrazándome las rodillas, apoyando la frente en ellas. Empiezo a mecerme hacia delante y hacia atrás, mientras mi cabeza empieza a pensar métodos de evasión. En ocasiones es una canción, otras la tabla de multiplicar, o la alineación de los Giants del último partido. Lo que sea con tal de mantener la mente ocupada y no escuchar los gritos procedentes del piso de abajo. Ese truco no siempre funciona, depende sobre todo del nivel de embriaguez de mi padre o del dinero que haya perdido jugando al póquer.

—¡¿Esta mierda es lo que has estado haciendo?! ¡¿Dónde cojones está mi cena?!

Esta noche parece una de esas veces.

—No… He hervido unas patatas para hacer puré… Y pensaba acompañarlos de pescado a la plancha —escucho a mi madre con tono suplicante.

—¡¿Y en lugar de tenerme la cena preparada, te dedicas a jugar a las cocinitas?! ¡Seguro que estabas haciendo esta porquería con el mierdecilla ese! ¡¿Dónde está?! ¡Eh, Jake! ¡Baja!

—¡No! ¡No está!

—¡Y una mierda! ¡A mí no me engañas! ¡Baja, hijo!

—No está, te lo juro… —le suplica ella.

—¡Cállate, puta!

Entonces escucho una bofetada seguida de un grito y empiezo a mecerme con más intensidad.

—Siete por uno, siete. Siete por dos, catorce. Siete por tres, veintiuno… —Esta vez me decanto por las tablas de multiplicar, lo primero que me vino a la mente. Recito la del siete, que por alguna razón que aún desconozco, es la que más me cuesta—. Siete por cuatro, veintiocho…

—¡¿Jake?! ¡¿Dónde estás, hijo?!

La voz de mi padre se escucha ya en el piso de arriba, así que, para no revelar mi escondite, me muerdo el labio inferior con fuerza y me quedo lo más quieto posible.

—Paul, te juro que no está aquí… Está durmiendo en casa de su amigo Colin… —oigo que le miente mamá.

Ambos están en el pasillo, casi delante de la puerta de mi dormitorio, mientras yo sigo inmóvil, incluso conteniendo la respiración.

—¡No me lo creo! ¡Es un mierdecilla cobarde y está escondido aquí dentro!

—¡No! ¡Paul, por favor! —le suplica mamá, mientras empiezo a temblar y siento cómo mi entrepierna se humedece.

Rápidamente agacho la cabeza y compruebo que me he meado de miedo. Empiezo a ponerme nervioso por si él pudiera descubrirme. De ser así, la paliza sería de órdago, así que, sin hacer ruido, cojo una camiseta e intento secarme o, al menos, intentar que no huela.

—¡Aparta! —grita él—. ¡Jake, sal antes de que le haga daño a tu madre!

—¡No! ¡Paul, tiene solo diez años…!

—Está bien, tú lo has querido.

Lo que escucho a continuación es una lluvia de golpes y gritos, unos amenazadores, y otros de terror.

—Siete por cinco, treinta y cinco. Siete por seis, cuarenta y dos. Siete por siete, cuarenta y nueve…

Media hora después, los gritos dejan paso al llanto. Una hora después, la casa se sume en un absoluto silencio. Dos horas después, la oscuridad se apodera de todas las habitaciones. Tres horas después he dado la vuelta varias veces a las tablas de multiplicar, pero aun habiendo cesado, sigo oyendo los gritos en mi cabeza…

—Nueve por nueve, ochenta y uno, y nueve por diez, noventa. Uno por uno, uno. Uno por dos, dos. Uno por tres, tres…

≈≈≈

—Vamos, ¿por qué no quieres venir a la fiesta que organizo el sábado?

—Porque no me apetece.

—¿Que no te apetece una fiesta en una piscina lleno de chicas en biquini? ¿No serás marica? —dice alejándose de mí unos pasos, mientras me mira de arriba abajo.

—Colin, olvídalo. No puedo, y punto.

—¿Es por las cicatrices? ¿Para que no te las vean? Siempre puedes decir que sufriste un accidente de coche con tus padres…

—Mi padre vendió el coche y dilapidó la pasta apostando.

—Pero los demás no lo saben… —insiste Colin mientras yo niego con la cabeza—. Está bien, pues… Te puedes bañar con camiseta. Dices que eres alérgico al sol, y listos.

—¿Y si está nublado?

—Pues… ¡Que eres alérgico al aire!

Miro a Colin levantando las cejas. Al rato, agacho la cabeza, resignado, y sigo caminando hacia casa. Cuando él me alcanza, le sonrío negando con la cabeza. No se puede decir que no sea obstinado…

—¿Qué me dices? —me pregunta pasando un brazo por encima de mis hombros. En cuanto lo hace, suelto un quejido de dolor y él, asustado, se disculpa—: Lo siento. No sabía que…

—No es nada.

—¿Un nuevo moratón? ¿De cuándo es este?

—No, no… Hace unos días que no me pega…

—¿Y entonces…? —me pregunta Colin, señalándome la zona donde me ha tocado antes.

Al ver que no respondo, tira de mi camiseta para poder echar un vistazo. Entonces ve las marcas y arruga la frente.

—No es nada…

—¿Son marcas de quemaduras? —insiste Colin que, al no recibir respuesta de nuevo, se detiene, agarrándome del codo y obligándome a quedarme quieto—. ¿Cuándo te las ha hecho?

—Anoche… —contesto, intentando alejarme.

—¿Cómo te las ha hecho? ¿Son marcas de… cigarrillos? ¿Has ido al médico?

Empiezo a agobiarme, pero Colin me conoce lo suficiente como para saber que, si sigue con el interrogatorio, me cerraré en banda y será peor. Así pues, resopla resignado y decide dejar el tema y seguir hablando sobre la fiesta.

—¡Ya lo tengo! Habrá un requisito para poder meterse en mi piscina: llevar la camiseta puesta. ¿Qué te parece?

—No sé si me van a dejar ir…

—Tu madre seguro que te deja y tu padre no tiene por qué enterarse…

Después de dejar a Colin en su casa, corro para llegar a la mía y pedirle permiso a mi madre antes de que él llegue, no de trabajar, porque le despidieron hace unos meses, sino del bar. Realmente me apetece ir a esa fiesta, y si además no tengo que quitarme la camiseta para meterme en el agua…

—¡¿Mamá?! —la llamo nada más entrar por la puerta—. ¡¿Puedo ir el sábado a casa de Colin?! ¡¿Mamá?!

Entro corriendo en la cocina y, al no encontrarla allí, recorro la planta baja, justo antes de empezar a subir las escaleras de dos en dos, aún con una sonrisa ilusionada en los labios. Sonrisa que se esfuma en cuanto entro en el dormitorio de mis padres. Allí está mi madre, llorando, tapándose la boca con un pañuelo, ya teñido de rojo.

—¿Mamá…? —llamo su atención, casi en un susurro, acercándome a ella con tiento.

—Estoy bien, cariño —responde ella, secándose las lágrimas de las mejillas con mucha prisa e intentando recomponerse—. ¿Qué me decías? ¿Dónde quieres ir el sábado?

—¿Dónde está? —le pregunto caminando hacia el baño.

—Cariño… Espera…

—¡¿Dónde está?! —repito abriendo la puerta del baño de un golpe y encontrando a mi padre tirado en el suelo, totalmente borracho.

—Eh… Mira… Ha llegado el mierdecilla… —dice.

—¡Cállate! —le grito, totalmente fuera de mí.

Intento darle una patada, pero mi madre lo evita agarrándome por la espalda.

—Cariño, por favor… Déjale.

—¡No!

—Jake, cielo —me pide ella plantándose frente a mí, suplicándome no solo con el tono de voz, sino también con su mirada—. Hazlo por mí…

Al escuchar sus palabras, se me parte el corazón y me dejo arrastrar por ella hacia el piso de abajo. Ya en la cocina, me siento a la mesa, con los brazos encima de ella y apretando los puños con tanta fuerza, que los nudillos se me tiñen de blanco. Al rato miro a mi madre, que se está limpiando la sangre con un paño mojado, y me levanto para abrazarla. Tengo solo dieciséis años, pero hace tiempo que soy más alto que ella, así que no me cuesta arroparla e intentar que, al menos durante unos minutos, se sienta protegida por alguien.

—Sabes que no voy a la policía por ti… Pero dime una sola palabra, hazme una simple señal, y correré a denunciarle —le digo.

—¡No! —solloza ella.

—¿Por qué no? ¿Por qué le defiendes?

—Porque va a cambiar.

—¿Cuándo? ¿Cuándo te haya matado?

—Me lo ha prometido, y me ha pedido perdón…

—Ya… Hasta la próxima.

—No. Esta vez va en serio. Lloraba mientras me lo pedía.

—Tú también lloras cada vez que él te maltrata, cada vez que te grita… Y no parece que se apiade de ti.

—No… Sé que esta vez será diferente.

Chasqueo la lengua y decido dejar de discutir. La abrazo con fuerza mientras miro al techo.

—Algún día ganaré dinero y te sacaré de aquí, mamá…

—No. No quiero que trabajes. Quiero que estudies y te labres un futuro. Solo tienes dieciséis años, ya tendrás tiempo para trabajar.

≈≈≈

—Jake, aquí tienes. Buen trabajo.

—Gracias, señor.

Agarro el sobre que me tiende con el dinero correspondiente a una semana entera descargando las bodegas de los barcos que llegan al puerto. Es un trabajo duro, sobre todo para mi espalda, pero que puedo compaginar perfectamente con mis estudios de arquitectura. Quizá me está costando algo más de tiempo que a otros sacarme la carrera, porque trabajo de noche, y si trabajo, no duermo… Y si no duermo, no rindo igual de bien, pero lo necesito para pagarme unos estudios que mi madre no puede costear. Bastante tiene ella con comprar comida con el poco dinero que entra en casa.

—¿Cómo lo tienes la semana que viene? —me pregunta mi jefe.

Lo pienso durante unos segundos. Dentro de poco empiezan los exámenes finales y necesitaré todas las horas del día para estudiar, pero también necesito ahorrar todo el dinero que pueda para sacar a mamá de esa casa.

—Cuente conmigo, señor —respondo sin pensármelo dos veces.

—De acuerdo. Te llamaré.

Me acerco a la verja donde he dejado la bicicleta atada con un candado, lo abro y empiezo a pedalear hacia casa. Tengo exactamente cinco horas de sueño por delante hasta que me suene el despertador para ir a clase. Cuanto antes llegue, antes podré echarme a dormir y más horas podré descansar, así que aumento el ritmo de pedaleo. Afortunadamente, el tráfico a estas horas es prácticamente inexistente, y puedo ir todo lo rápido que mis cansadas piernas me permitan.

Cuando llego a la altura de mi casa, me encuentro al vecino de al lado plantado en la acera, en pijama.

—¡Gracias al cielo! —dice agarrándome de los brazos en cuanto detengo la bicicleta a su lado y me bajo de ella.

—¿Qué pasa?

—He llamado a la policía… Los gritos eran insoportables esta vez… Lo siento… No debí entrometerme, pero…

No escucho ni una palabra más. Dejo caer la bicicleta y corro hacia la puerta de entrada. En cuanto la traspaso, oigo ruido procedente de la cocina, aunque no son gritos. Por un momento, empiezo a pensar que todo haya sido un malentendido y ahora me encuentre a mamá cocinando unas deliciosas magdalenas. A pesar de tener esa posibilidad rondando por mi cabeza, no dejo de correr hasta que llego a la puerta de la cocina.

Me lleva un rato entender la escena que se presenta ante mí. Mi madre yace en el suelo, en mitad de un enorme charco de sangre. Mi padre está sentado en una silla, con los codos apoyados en la mesa, agarrándose la cabeza con las manos.

—¡¿Mamá?! —grito corriendo hacia ella—. ¡¿Mamá?!

Al verme entrar, él se pone inmediatamente en pie y se aleja lo máximo posible de mí. Está muy aturdido, y da signos de estar muy borracho también, ya que tiene que apoyarse contra la pared para no perder la verticalidad. De todos modos, yo no le presto la más mínima atención.

—¡Mamá!

Agarro la mano de mi madre y, con algo de miedo, intento echar un vistazo a la herida de su estómago. En ese momento, ella es consciente de mi presencia y esboza una sonrisa que resulta de lo más tétrica por culpa de la sangre que se acumula en su boca. Intenta hablarme, pero es incapaz de emitir ningún sonido, así que, con lágrimas en los ojos, niego con la cabeza.

—No, no… No pasa nada… No hables… La policía está en camino, y ellos se encargarán de todo… Y llamarán a una ambulancia también…

Entonces tose con mucho esfuerzo y de su boca sale un chorro de sangre. Abre mucho los ojos y me mira con mucho miedo, apretando mi mano con toda la fuerza que es capaz de emplear. Intenta levantar un brazo para tocarme la cara, pero se le acaban las fuerzas a medio camino y lo deja caer de golpe. En ese instante, su boca deja escapar un largo y sonoro suspiro y su cuerpo cae a plomo.

—¡Mamá! ¡Mamá, por favor! —digo zarandeándola bruscamente.

Cuando sus manos caen al suelo, a ambos lados de su cuerpo, y su cabeza se ladea como si fuera una marioneta, miro al cobarde hijo de puta. Sigue de pie, apoyado contra la pared, mirando la escena con los ojos muy abiertos.

—Yo… ¡Ha sido un accidente! —dice levantando las palmas de las manos, supongo que asustado por mi mirada encendida—. Yo no… No quería hacerle daño. Te lo juro…

—¡Y una mierda! —grito mientras me levanto, dejando el cuerpo inerte de mi madre en suelo, con mucho cuidado.

—Lo juro. Hijo…

Está tan borracho que intenta retroceder a pesar de tener la pared en la espalda, como si pudiera traspasarla.

—¿Hijo? ¿Ahora soy tu hijo? Ya no soy… ¿cómo era? Ah, sí, ¿el mierdecilla?

En cuanto llego a su altura, aprovechándome de su falta de reflejos y de mi mayor corpulencia, gracias en parte al trabajo en el puerto, le agarro del cuello de la camisa y empiezo a propinarle puñetazos en la cara mientras le grito, fuera de mí.

—¡Lo que eres es un puto cobarde! ¡Solo pegas a los que son más débiles que tú! ¡¿Por qué ya no me pegas a mí?! ¡¿Eh?! —digo empujándole mientras él trastabilla y se agarra del mármol para no caer al suelo—. ¡Vamos! ¡Pégame! ¡Pégame! ¡Pégameeeeeeeeee!

Preso de la rabia, agarro por el cuello una de las botellas vacías de cerveza que hay esparcidas por la encimera de la cocina, y le golpeo la cabeza con ella. Cae al suelo y me siento a horcajadas encima de él. Empiezo a golpear su cara con mis puños, sin ver con claridad por culpa de las lágrimas que se agolpan en mis ojos, apretando los dientes con fuerza. Como él se sigue revolviendo, vuelvo a agarrar la botella y empiezo a golpear su cabeza. Sigo hasta que me duelen los brazos, hasta que sus quejidos se vuelven débiles y ya casi no se mueve. Pero entonces, lejos de detenerme, le cojo del pelo y empiezo a golpear su cabeza contra el suelo.

—¡Eres un cobarde…! ¡Un cobarde hijo de puta…!

—¡Policía! —escucho que alguien grita, pero soy incapaz de parar—. ¡Deténgase!

—Cobarde, hijo de puta… —sollozo cada vez con menos fuerza—. Pégame a mí si te atreves…

—¡Alto! ¡Policía! ¡Apártese!

Entonces, unos brazos me agarran por la espalda y me inmovilizan contra el suelo. Noto una rodilla clavada en mi espalda y alguien aprieta mi cabeza contra las frías baldosas. Desde donde estoy, puedo ver cómo un par de agentes de policía se preocupan por el estado de mi padre, que permanece inmóvil. Uno de ellos le busca el pulso en el cuello durante unos segundos, hasta que niega con la cabeza y los dos se ponen en pie. Dan algunas órdenes a través de un walkie-talkie y entonces centran su atención en mí y en mi madre. A mí me esposan las manos a la espalda mientras me incorporan. A ella le toman el pulso y, aunque sé cuál será el veredicto, aguanto la respiración por si durante este rato se hubiera producido el milagro. Cuando veo la cara de circunstancias de los agentes, agacho la vista al suelo y empiezo a llorar de forma desconsolada. Se escucha a lo lejos el ruido de las sirenas de unas ambulancias y en cuanto entran los sanitarios, se dividen y se ocupan de los dos. Mi cuerpo tiembla sin que yo pueda hacer nada para detenerlo. Sé que me hablan, pero solo porque veo sus bocas moverse mientras me miran. Me llevan de un lado a otro, pero yo solo intento ver qué hacen con el cuerpo de mi madre. Me llevan a la fuerza hacia el exterior de la casa, aunque intento resistirme con todas mis fuerzas. Al menos lo intento hasta que veo cómo tapan el cuerpo de mi madre con una manta y la suben a una camilla. Al instante, me dejo caer de rodillas y, con las manos esposadas a mi espalda, me empiezo a mecer hacia delante y hacia atrás, como hacía cuando me escondía en el armario.

≈≈≈

—Siete por uno, siete. Siete por dos, catorce. Siete por tres, veintiuno. Siete por cuatro, veintiocho…

—¡Vamos, nenazas! ¡Hora del recreo!

—Siete por cinco, treinta y cinco. Siete por seis, cuarenta y dos…

—¡Eh, tú! ¡Weston! ¡¿Eres sordo?!

Dejo de mecerme al instante y levanto la cabeza. Al lado de los barrotes abiertos, veo a uno de los guardias, mirándome de forma burlona, con una sonrisa de medio lado.

—No quiero salir, señor —digo agachando la vista de nuevo—. Preferiría quedarme aquí dentro.

—Esto no es un puto hotel en el que puedas hacer lo que te apetezca. Si yo te digo que sales al patio, sales. ¡Y punto! ¡¿Ha quedado claro?!

Para enfatizar sus palabras, golpea los barrotes con una porra que lleva en la mano, así que me pongo en pie, salgo de la celda y empiezo a caminar por el pasillo, junto al resto de presos. Siguiendo el consejo de mi abogado de oficio, el único que pude costear, agacho la vista para no cruzar la mirada con nadie. Es lo único que pudo decirme al acabar el juicio, en el que me cayeron diez años de cárcel.

—¿Quién es ese? —escucho que alguien pregunta detrás de mí.

—Uno nuevo… Un cachorro…

—¿Sabes por qué está aquí?

—Dicen que por cargarse a un tío…

—¿Ese? ¿El que camina mirando al suelo? Joder, si hasta está temblando…

—Un cachorrillo asustado… Me lo pido.

Aprieto el paso y adelanto a algunos presos, aun mirando al suelo, hasta que salgo al patio y la luz del sol me ciega momentáneamente. Entre la comisaría, el juicio y mi entrada en Rikers, es la primera vez que salgo al aire libre en una semana, a pesar de que todo se desarrolló de forma rápida. La misma noche del suceso, me encerraron en el calabozo de la comisaría y allí estuve un par de días, recibiendo la única visita de mi abogado de oficio. Luego vino el juicio que, al no existir testigos a mi favor y sí el testimonio de los agentes que entraron en mi casa, que dijeron que no podía alegarse defensa propia, tuvo un veredicto muy rápido y contundente. Aun así, la pena se rebajó un poco porque las cicatrices de mi cuerpo se aceptaron como prueba de los años de malos tratos recibidos, así como las cicatrices que encontraron en el cuerpo sin vida de mi madre.

Me siento en una esquina alejada del patio, apoyando la espalda contra el muro y juntando las manos en mi regazo. Miro de reojo alrededor. La mayoría de presos me ignoran, pero hay un grupo cerca de las gradas, al lado de las canastas de baloncesto, que no dejan de mirarme. Cuando se dan cuenta de que les miro, ríen entre ellos y agacho la cabeza al momento. Al ver que caminan hacia mí, miro a un lado y a otro y empiezo a frotar las manos entre sí de forma compulsiva.

—¿Sabes? Estábamos discutiendo si ya te has meado encima —dice uno de ellos—. Salgamos de dudas… ¿Te has meado ya?

En lugar de contestarle, aprieto los labios hasta convertirlos en una fina línea y miro hacia otro lado.

—Verás… No puedes ignorarnos, ¿lo sabías? —dice otro, al que reconozco como la voz que escuché antes en los pasillos. Este hace un leve movimiento con la cabeza y al instante, un par de tipos enormes me agarran por la espalda y me retienen con fuerza—. Así que repito… ¿Te has meado ya?

Aunque no puedo mover la cabeza por culpa del agarre de esos tipos, muevo los ojos a un lado y a otro en busca de algo de ayuda de algún guardia. Todos miran hacia otro lado, y el que no lo hace, gira la cabeza en cuanto ve que le miro suplicando.

Sin darme tiempo a contestar, el que parece el cabecilla de todo, empieza a pegarme puñetazos en el estómago y en los costados, sin que nadie haga nada por impedirlo. Cuando se cansan, varios minutos después, y se largan, las piernas me fallan y mi cuerpo cae al suelo. Me enrosco en forma de ovillo para protegerme, haciendo verdaderos esfuerzos por respirar con normalidad, y me quedo ahí hasta que por los altavoces advierten que tenemos que volver a nuestras celdas. Yo no puedo moverme, aunque lo quiera, en parte por el miedo, aunque también porque creo que debo de tener alguna costilla rota. Así pues, cuando aparece a mi lado uno de los guardas que ha sido testigo de la paliza, y sin agacharse me pregunta qué me pasa, empiezo a ser consciente de las normas no escritas de este sitio…

—Pues tienes un par de costillas fisuradas —dice el médico mirando la radiografía que sostiene en alto—. Esta noche la pasarás aquí en la enfermería, ¿de acuerdo?

—Vale… —contesto con mucho esfuerzo.

—Por lo que veo, tienes diecinueve años y te han caído diez, ¿no? —me pregunta repasando mi informe—. ¿Aceptas un consejo?

—Supongo… De momento no me han servido de mucho…

—Porque te habrán aconsejado que no te metas en líos, que no mires a nadie ni te relaciones con nadie peligroso, ¿verdad? —dice mientras yo asiento con timidez, recordando el consejo de mi abogado—. Pues bien, eso es una gilipollez porque, hagas lo que hagas, si a alguno de esos tipos le apetece pegarte, lo hará, le mires o no, le hables o no…

—Entonces, ¿qué…?

—Pegar antes que ellos —contesta de forma solemne y directa, aunque al ver mi cara de estupor, decide añadir—: Como habrás podido observar, a los guardias de aquí les trae sin cuidado lo que pase entre los reclusos. Lo bueno es que tienen el mismo trato con todos, así que pasarán de ti, como lo han hecho, cuando te peguen una paliza a ti, y harán lo mismo si tú se la pegas a otros… Al menos, es de agradecer, ¿no crees?

Minutos después, el médico sale de la enfermería, en la que estoy solo, a pesar de que hay cuatro camas más, hecho que agradezco enormemente porque no sé aún de quién me puedo fiar y de quién no, además de no estar seguro de poder aplicar tan pronto el consejo del médico. Respiro tan profundamente como mis costillas me dejan y me permito cerrar los ojos para sumirme en un reparador sueño.

≈≈≈

Como un autómata, realizo un inventario de todo lo que reposa en las estanterías. Lo hago cada día, pero así me aseguro de que las existencias cuadran a la perfección para luego pasar los informes al alcaide y que él se encargue de dar el visto bueno para realizar el pedido. Es un trabajo que me mantiene ocupado unas cuantas horas al día, y que me permite estar solo, sin necesidad de rehuir la mirada de nadie o tener que pelear para preservar mi integridad física.

Hace algo más de un año que me asignaron este puesto, cuando el alcaide vio que era un tipo listo y de fiar. Antes pasé por la lavandería, donde estuve trabajando durante casi dos años, y tengo que reconocer que me alegré cuando me cambiaron, porque estaba harto de tocar con mis manos las sábanas de todo el mundo, la mayoría manchadas con fluidos corporales nada agradables. Ganarme la confianza del alcaide y los guardias no fue muy difícil, sospecho que interesarme por la lectura, ser algo exigente con el aseo personal, y no ser un inquilino asiduo de las celdas de aislamiento, decantaron la balanza en mi favor.

—Eh… Weston, ¿verdad? —oigo que me llaman.

—Está cerrado. Abro en media hora —digo sin siquiera darme la vuelta.

—Soy Roy.

—Perfecto, Roy, pero sigue estando cerrado —afirmo mientras cuento los cepillos de dientes de la estantería.

—Necesito un favor…

Resoplo mientras me giro, apoyando la carpeta en la cadera, para descubrir que quien me llama es uno de los recién llegados de mi bloque de celdas. Debe de tener unos cuarenta años, quizá algo más, aunque está en buena forma.

—Verás, te explico cómo funcionan aquí las cosas… Abro todos los días de diez a doce de la mañana. Durante esas dos horas, puedes venir y comprar lo que necesites, siempre y cuando tengas dinero en depósito. Ese dinero te lo tiene que transferir alguien de fuera, da igual quién. De eso mejor te informará el alcaide. No tenemos de todo, pero si necesitas algo que no tengamos, me lo dices, lo apunto y hago la petición. Olvídate de películas o revistas porno, música, aparatos electrónicos, ropa o comida —recito todo de memoria, como una cantinela, girándome para mostrar las estanterías—. Pero si lo que quieres es cualquier producto de aseo personal, cigarrillos, periódicos, libros, revistas, o chicles, ya sabes… Ven a verme.

Me doy la vuelta y sigo con el inventario, pero aún siento su presencia en mi espalda. Cuando me giro y le veo aún ahí plantado, le miro levantando las cejas y abriendo los brazos.

—¿Alguna duda?

—Ninguna. Sé cómo funciona este sitio. Soy nuevo… este año. He estado en otras dos ocasiones aquí dentro.

—¿Y entonces, por qué me has dejado pegarte toda la charla?

—Porque da gusto oírte recitar —se mofa.

—¿No tienes nada mejor que hacer?

—¿La verdad? No mucho. Solo venía para preguntarte si podemos hacer un trato. Verás… —dice acercándose un poco más—. No tengo dinero ni posibilidad de tenerlo, pero quiero conseguir cigarrillos sin tener que deber ningún favor a nadie…

—Pues me parece que no lo has entendido muy bien…

—Sin deber a nadie, excepto a ti.

—¿Excepto a mí? ¿Por qué yo? ¿A qué debo este honor?

—A que llevas este sitio, simplemente. No te emociones, no es que me haya enamorado de ti, si no tienes tetas, no eres mi tipo.

—Es un consuelo… ¿Y qué te hace pensar que podría necesitar de tus favores?

—Bueno… Tengo experiencia aquí dentro, y tú la cara algo magullada… Quizá necesitarías protección.

—Esa protección me hubiera venido bien hace un tiempo. Créeme que ahora, después de 1.214 días, me es bastante innecesaria. Digamos que estoy aplicando un sabio consejo que me dieron al poco de entrar y he descubierto que no se me da tan mal. Que no te engañen mis cicatrices, los otros también se llevaron algún recuerdo.

—Me caes bien… ¿Cuántos años tienes?

—¿Qué pasa? ¿No soy tu tipo, pero tienes una hija a la que quieres casar?

—No. No tengo familia. Simplemente, te veo muy joven y pareces demasiado listo como para que estés cumpliendo condena por homicidio. ¿Cuántos te cayeron? ¿Quince?

—Diez —respondo algo descolocado porque sepa el motivo de mi encarcelamiento.

—Mmmm… ¿Defensa propia? ¿Involuntario?

—No.

—¿No fue ni en defensa propia ni involuntario?

—No.

—¿Eras plenamente consciente de lo que hacías?

—Sí.

—Entonces los rumores son ciertos… Y me interesas aún más. Oye, voy a estar por aquí poco tiempo porque, aunque no tengo familia, sí tengo a alguien que necesita de mis servicios ahí fuera y hará lo posible por sacarme. Cuando salgas tú, búscame —me dice pasándome un trozo de papel con un número de teléfono escrito—. Me hago mayor y necesito un ayudante, y creo que eres el candidato ideal.

Me quedo quieto en el mismo sitio, con la carpeta en la mano, mientras él, con aspecto de estar satisfecho y de haber cumplido su misión, se mete las manos en los bolsillos y, encogiendo los hombros, me dice:

—Entonces, a pesar de que te haya ofrecido un curro para cuando salgas, ¿me quedo sin mi paquete de cigarrillos?

Chasqueo la lengua y me doy la vuelta. Sigo con el inventario hasta que rato después, empiezo a escuchar las voces de algunos reclusos acercándose a la ventana de la garita para empezar a hacer cola. Me doy prisa para acabar y cuando me doy la vuelta, veo que el papel con el número sigue encima del mostrador. Lo miro durante un rato, y al final, en un arrebato, lo cojo y me lo guardo en el bolsillo.

Durante las dos horas siguientes, varias preguntas dan vueltas por mi cabeza. ¿Qué sabe este tipo de mí? ¿Qué rumores circulan acerca de mí aquí dentro? ¿Candidato ideal para qué trabajo? Y, sobre todo, ¿por qué?

Cuando cierro para dar por finalizada mi jornada laboral, después de hacer un arqueo para saber cuánto dinero le queda a cada recluso y llevárselo al alcaide, sin saber bien por qué, cojo un paquete de cigarrillos y me lo meto en el bolsillo, descontándolo de mi dinero. Camino hacia el patio con las manos en los bolsillos y cuando salgo, le busco disimuladamente. Le veo a lo lejos, sentado en las gradas, con la espalda recostada hacia atrás y los ojos cerrados, como si en lugar de estar en Rikers estuviera en una playa de Miami. Me acerco hasta él y, cuando nota que alguien le tapa el sol, abre los ojos y se empieza a incorporar, poniendo una mano encima de las cejas a modo de visera.

—¿Por qué?

—¿Ves? Eso es algo que tendremos que pulir… Soy poco intuitivo y ni mucho menos sé leer la mente de los demás, así que, si no sabes explicarte mejor, me temo que vamos a tener un grave problema de comunicación.

—¿Por qué soy el candidato ideal para ayudarte en tu trabajo?

—Precisamente, porque me imaginaba que me harías esta pregunta en lugar de otras muchas.

Arrugo la frente, confundido, y acabo por sentarme a su lado, muy intrigado. Hacía tiempo que nadie llamaba mi atención de esa manera y quizá mi nuevo amigo resulte ser alguien con el suficiente nivel intelectual como para poder llegar a mantener una conversación algo inteligente. No es que me crea un superdotado ni nada por el estilo, pero hasta ahora las conversaciones que he mantenido aquí dentro han sido sobre todo acerca de mujeres, tabaco y deporte.

—Me parece que estoy algo oxidado y no te acabo de entender…

—Me has preguntado que por qué eras el candidato ideal, pero no me has preguntado en qué consiste el trabajo. Eso me dice mucho de ti… Por ejemplo, que lo que más te preocupa no es la naturaleza del trabajo, así que supongo que, en el fondo, estarías dispuesto a realizar cualquiera. ¿Me equivoco?

Lo pienso durante unos segundos. ¿Lo estaría?

—¿Qué estás preguntándote ahora mismo? —insiste Roy.

—Si estaría dispuesto a realizar cualquier trabajo…

—Ahí lo tienes —dice sonriendo mientras cierra un ojo por culpa del sol que le da en la cara—. Sigues sin preguntarte qué trabajo te estoy ofreciendo.

Le observo durante unos segundos, dándome cuenta de que tiene razón. Aprieto los labios y tuerzo el gesto, hasta que una débil sonrisa empieza a formarse en mi boca. Meto la mano en el bolsillo y saco el paquete de tabaco. En cuanto lo ve, sonríe abiertamente, se enciende uno y, apoyando los codos en las gradas, dice:

—Sabía que había escogido bien.

≈≈≈

—¡No! ¡Por favor! ¡No!

Sin hacer caso de sus súplicas, apoyo el cañón de la pistola en su sien y quito el seguro. En cuanto él escucha el sonido, abre mucho los ojos y aprieta la mandíbula con fuerza. Unas gotas de sudor empiezan a resbalar por su frente y empieza a removerse nervioso en la silla, a la que lleva atado desde hace más de cinco horas, cuando empezó nuestro particular interrogatorio. Un hombro roto, un balazo en la rodilla y una brecha en la ceja después, el tipo empieza a dar signos de rendirse.

—Como ves, Jake tiene muy poca paciencia… —dice Roy agachándose frente al tipo, hasta quedar a su altura—. Yo en cambio podría quedarme así hasta mañana. Me tendría que entretener de algún modo como, por ejemplo, cortarte uno a uno los dedos de las manos y los pies…

El tipo se revuelve con gesto de dolor y un nauseabundo olor a pis empieza a intoxicar el lugar, un almacén abandonado del Bronx.

—Así pues, como ves, Jake y yo tenemos diferentes maneras de hacer las cosas —prosigue Roy—. Mientras él prefiere acabar de una vez por todas con esto, pegarte un tiro y cenar en su casa con su mujer e hijos, yo prefiero divertirme un rato más a tu costa. Tú eliges…

El tipo resopla con fuerza por la boca mientras sus ojos se pasean de Roy a mí de forma nerviosa. En cuanto aprieto el cañón contra su piel, mira a Roy y empieza a suplicarle:

—Por favor… Por favor… Lo juro… No la volveré a tocar…

—No, no lo harás —digo justo en el momento en que aprieto el gatillo.

La sangre nos salpica a los dos, pero nos limpiamos sin inmutarnos. Mientras yo corto las cuerdas que le ataban y dejo que caiga al suelo, Roy me mira levantando una ceja.

—En serio, tío… Me apetecía cortar unos cuantos dedos… ¿Cuánto hace que no lo hacemos?

—Cinco horas con este capullo eran más que suficientes. Acuérdate de que yo quería pegarle un tiro y tirarle al Hudson, sin más, y en cambio accedí a montar toda esta pantomima por ti…

—Está bien… Qué mala leche llevas… ¿Cuánto hace que no follas?

En lugar de contestarle, quito la silla y empiezo a enrollar el cuerpo en el plástico que hemos puesto en el suelo para protegerlo de las salpicaduras de sangre y no dejar rastro.

—¿Por qué le has dicho que estaba casado y tenía hijos? —le pregunto.

—¿Te ha gustado? Creo que es algo que queda bien. Te da como un aire de más… como lo diría… ¡despiadado! Imagínate: marido perfecto y padre orgulloso de día, asesino de noche… —contesta riendo.

—Estás mal de la cabeza… —digo chasqueando la lengua.

—Es brillante, y lo sabes.

Una vez envuelto el cuerpo, lo cojo a pulso y lo meto con cuidado dentro del barril de metal lleno de ácido fluorhídrico. Luego empiezo a echar lejía al suelo, por si hubiera quedado alguna mancha, mientras Roy se enciende un cigarrillo.

—Podrías ayudar un poco…

—No tengo la espalda para muchos trotes… Para eso te tengo a ti, ¿recuerdas? Para esto te pedí que fueras mi ayudante. Y hablando de eso… ¿Puedes creer que ya haga cinco años de eso? ¿No se te ha pasado rápido?

—En serio, Roy, apártate algo más del bidón que los vapores del ácido te están afectando.

—¿No me digas que no te has acordado de nuestro aniversario? Entonces, ¿no me has comprado nada? ¿Ni siquiera me vas a llevar a bailar?

Se me escapa la risa mientras él saca su teléfono y le envía un mensaje a nuestro cliente para confirmarle que el trabajo está hecho, para informarle de que el tipo que violó a su hija hace cinco años y que salió de la cárcel hace una semana por buen comportamiento, se está disolviendo en un barril. Como él mismo dijo al contratarnos, puede que esto no le haga olvidar el calvario por el que pasó su pequeña, pero sí le ayude a dormir mejor por las noches.

—Listo. El segundo pago por el trabajo ha sido transferido a nuestra cuenta. Así que ya no tienes excusa para no salir esta noche a celebrarlo.

—No me apetece.

—¡Pero es nuestro aniversario…! —me contesta él haciéndome pucheros con el labio inferior—. ¿No harías eso por mí?

≈≈≈

En cuanto traspasamos las puertas del “Allowed”, una ráfaga de luces cegadoras me obliga a entornar los ojos. Es el garito favorito de Roy porque, tal y como su nombre indica, todo está permitido. La planta de abajo es la de una discoteca normal y corriente, con su pista de baile, sus barras de bebidas, su guardarropía y sus lavabos. Pero en el piso de arriba hay decenas de habitaciones que se pueden alquilar por horas, todas equipadas con una cama, un baño e infinidad de juguetes eróticos a disposición del cliente. Cuando una habitación queda libre, antes de volverse a ocupar por otra pareja, trío o grupo, un grupo de limpiadoras se encarga de limpiar todo, cambiando sábanas y reponiendo los juguetes que se hayan podido utilizar por otro nuevos.

El sitio no es barato. De hecho, todos los socios pagan una especie de cuota mensual, pero de esta forma, se aseguran una serie de comodidades y limpieza que escasea en otros garitos del estilo. Son pocos los socios, cuyos nombres aparecen en una lista de la que es muy fácil salir, pero muy difícil entrar, y cada uno de ellos puede llevar a un acompañante por noche. En nuestro caso, Roy es el cliente habitual y yo el acompañante.

—Bien. Relaja los hombros, desentumece los músculos —dice Roy agarrándome de los hombros mientras me los masajea—, ¡y busca una tía a la que tirarte! ¡Ya! ¡Es urgente!

—Si no te importa, me quedaré aquí en la barra, me pediré un whisky, puede que dos, y luego me iré para casa a dormir.

—Tú mismo… ¿Nos tomamos el primero juntos? —me pregunta mientras yo asiento con la cabeza—. Perfecto entonces… Pero hazte un favor: cuando llegues a casa, hazte una paja y libera tensiones, porque estás algo encorsetado.

≈≈≈

Hace ya un buen rato que Roy se ha perdido escaleras arriba, acompañado de una tía que tenía pinta de estar dispuesta a todo. Vamos, de las que a él le gustan. Yo estoy apurando mi tercer whisky, cuando veo que una chica se sitúa a mi lado, colocando los codos encima de la barra, intentando llamar la atención de la camarera. La llama unas cuantas veces, aunque su voz no se oye debido al alto volumen de la música, así que opta por levantar la mano. Minutos después, al ver que sigue sin tener suerte, decido intervenir. Cinco segundos después de haberla llamado, se planta delante de mí, apoyando las manos en la barra y mirándome con una sonrisa lasciva.

—Ponle lo que te pida —digo señalando a la chica de mi lado, cuya cara pasa del estupor a la alegría en décimas de segundo.

—Gracias —me dice mientras yo asiento con la cabeza, dando el último trago a mi copa—. ¿Quién te ha arrastrado hasta aquí?

—¿Perdona? —le pregunto confundido.

—Pareces un poco fuera de tu ambiente… Te he estado observando durante un buen rato y… Espera, no te pienses que te espío ni nada por el estilo. Solo que te he visto igual de solo que yo y aquí todos parecen buscar lo mismo y… Oh, mierda… Ya me callo…

La miro con la frente arrugada, procesando aún todo lo que me ha llegado a decir. La camarera le sirve su bebida, algo de un color rosa chillón, y ella la paga y da un sorbo con timidez. Se coloca algunos mechones de su pelo, largo y pelirrojo, justo antes de darse la vuelta para mirar hacia la pista.

—¿Quién te ha arrastrado a ti? —me descubro preguntándole.

—¡Vaya!

—¿Qué?

—Empezaba a pensar que tenías un problema de sordera… O que eras mudo… O un completo gilipolla…

—Digamos que no se me da demasiado bien tratar con los… seres vivos en general.

—¿En serio? ¿Y a qué te dedicas? ¿Eres forense? ¿Médium? No, no, no… Espera… ¡Enterrador!

—Algo así —contesto esbozando una… ¿sonrisa? ¿Estoy sonriendo? Sí, parece ser que eso hago—. ¿Y bien?

—¿Y bien qué?

—Que quién te ha arrastrado hasta aquí a ti.

—¡Ah! Pues he venido con mi amiga Amy… Creo que está por allí en la pista de… —dice buscándola por la pista, hasta que parece dar con ella—. Bueno, de hecho, es esa que sube las escaleras con ese tipo…

Miro hacia donde ella señala y veo a una chica que mira hacia nosotros y saluda a la pelirroja con una mano. Cuando les perdemos de vista, resopla resignada y se deja caer en uno de los taburetes.

—Parece ser que tengo para rato aquí…

La miro durante unos segundos hasta que, aún sin saber bien por qué, me siento en el taburete contiguo.

—No hace falta que te veas forzado a hacerme compañía —dice señalándome con una mano—. Ya sé que los seres vivos no somos tu especialidad… Puedo arreglármelas sola.

—Te morirás de sed si no me quedo contigo.

—Eso es cierto… Aunque siempre puedo ligarme a un tío para que pida las copas por mí.

—¿A quién quieres engañar?

—¿Insinúas que no soy lo suficientemente guapa como para ligarme a un tío?

—No, no, no… —contesto sonrojándome sin remedio. Se me traba la lengua y empiezo a ponerme extrañamente nervioso, algo que no me ha sucedido nunca.

—Tranquilo —ríe ella abiertamente, enseñándome las dos filas de dientes—. Te estaba poniendo a prueba. Tienes razón, no estoy acostumbrada a frecuentar sitios como este ni a… ligar con tíos.

Los dos sonreímos mientras miramos al suelo. Al rato, ella da otro sorbo a su bebida rosa y yo miro de forma despreocupada a la pista.

—Roy.

—¿Te llamas Roy?

—No, lo que quería decir es que quien me ha arrastrado hasta aquí es mi amigo Roy, el cual ha seguido el mismo camino que tu amiga, hace un buen rato ya. Me llamo Jake.

Levanto la mano entre los dos y veo cómo ella me mira sonriendo mientras ladea la cabeza a un lado, como si me estuviera estudiando. Al cabo de un buen rato, me la estrecha y contesta:

—Tienes razón. Se te da de pena relacionarte con los humanos. Soy Hannah.

ga, hace un buen rato ya. Me llamo Jake.

Levanto la mano entre los dos y veo cómo ella me mira sonriendo mientras ladea la cabeza a un lado, como si me estuviera estudiando. Al cabo de un buen rato, me la estrecha y contesta:

—Tienes razón. Se te da de pena relacionarte con los humanos. Soy Hannah.

2 Comentarios

  1. Lidia-Reply
    6 julio, 2016 en 16:58

    Pero q alegria me has dado!!!! Yo de vacaciones en Croacia y pensando “o-hannáh pudiera leer un libro mi escritora favorita” y zasca! Ahí le has “dao” jake mate! ?. I ? youuuuuu. Besos de tu apasionada frikilectora q te da todas las oportunidades q sean necesarias, Muacks!!!

    • Anna García-Reply
      6 julio, 2016 en 18:05

      🙂 ¡Jajajaja! Un placer 😉

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